sábado, 31 de diciembre de 2011

Cuántos lectores precisa un escritor






Era más que probable que la sacerdotisa del tarot fallara en las funciones solemnes, si no tenía la conciencia tranquila, por haber hurgado donde no debiera, al anotar en el mamotreto que sostenía entre las manos errados destinos de criaturas ya difuntas, o dudase a la hora de poner en práctica los ritos en los eventos cruciales estresada por los pliegues del hábito, a lo largo de su dilatada liturgia, sirviendo a los dioses del universo.

Sobre todo los déjà vu (la experiencia de sentir que se ha experimentado antes una situación), en el reiterado transitar por los laberintos ceremoniales que oficiara, y se esté ahora preguntando, quizá llorando como una magdalena, qué pensarán de ella el día de mañana cuando desaparezca, o no dé la talla en un momento dado, y no exhibiera con desparpajo la sabiduría que se le presupone por su rango, referida a las ofrendas de las deidades.

Y no digamos sobre la necesidad de la sacerdotisa de mostrar conjuntados en el amor los latidos del corazón, porque se le torciesen en la psique de mala manera, cual loca veleta, alimentando insólitos regomellos, entre los mustios matojos de la suerte o el sucio hollín de la chimenea donde habitaba, o peor aún que zozobre su vocación sacerdotal, al no dictar con el empaque requerido las certeras predicciones sobre el porvenir de los justos, con las luces de la razón y de los cielos, o dejara de vislumbrarse la seriedad deontológica que se rumiaba en su hoja de ruta.

No podía por menos que desvelar los correctores que iba a aplicar a los desleales o a los que racaneasen a la hora de entonar el mea culpa, al sentirse zarandeados por la desconfianza ante las dádivas prometidas, al pensar que no eran de recibo, por si se guardaba alguna carta en la manga, no descubriendo el futuro ni el horóscopo, exigiendo que se dejase de pantomimas, poniendo las cartas boca arriba, y recondujera los negros augurios que se cernían sobre las cabezas de los humanos.

Y surge entonces la gran cuestión, cómo lo enfocará su lado justiciero, cuando se cerciore de que no se centran en las enseñanzas doctrinales, en las lecturas del más allá, o anden tibios en los decisivos foros celestiales.

Si tal advenimiento acaeciese, a buen seguro que quebrantaría el secreto de las deliberaciones, la identidad de su razón de ser, por muchas caretas que se superponga, no teniendo más remedio que dimitir del sublime cargo o desnudarse ante los ojos de los dioses en la claridad del sol de mediodía, transparentándose sus voluntades y pensamientos, confesando su incompetencia, y puntualizar asimismo las ensoñaciones voluptuosas que le acuciaran, o las delectaciones íntimas, artísticas, estéticas, literarias, amorosas, o las más rutinarias, de andar por casa, desgranando los enigmáticos arcanos, porque en ello le iba la supervivencia de su sagrado ministerio, dado que todo lo que se cuece en los más diversos ambientes es trascendente, incluso lo que hierve entre los fogones.

Por ende no resultaba extraño que tanto la sacerdotisa, con todo su bagaje místico, como el hambriento auditorio aparecieran un tanto desnortados, sumidos en una especie de amnesia afectiva o rara vorágine, sin saber a qué carta quedarse o adónde dirigirse, si al desierto o a los picos del Tíbet, a 40 bajo cero, en busca de ayuda entre tanto tiburón suelto, gurús, falsos hechiceros, chamanes, mentores, guías o maestros como proliferan, quemándose las cejas por salir del atolladero, enfrentándose a tanto descalabro, a las innúmeras incongruencias que se baten en excelsas esferas, o por qué no de novela negra en las calles de Nueva York o en las calles pasionales del crimen, en los arrabales del relato o en las tramas del casco antiguo de la ciudad, más accesibles a la comprensión humana.

Y, llegados a este hilván, se acrecienta la incertidumbre a cerca de si la sacerdotisa bendecirá o no al solitario escritor que se devana los sesos en noches de luna llena o de autos, estando en capilla para la inminente inmolación ante el folio en blanco, a lo mejor sin plan de vuelo ni pistas en lontananza, qué horror de escena, dejado de la mano de Dios, y no teniendo qué echarse a la boca o al cerebro, como no sea pan de palabras o mazapán en las fiestas navideñas, reconstruyendo in extremis alas para volar por las cumbres del texto, y amerizar en mares tranquilos, o no se sabe dónde ni cómo, ebrio o loco de remate, implorando la complicidad de la fría sacerdotisa, anhelando que sea en un atractivo manuscrito, de aventuras y globos de colores, habiendo tomado aliento y cuerpo el cuento y crecido a sus anchas, como las flores del campo o los céfiros marinos.

Allá por la era de la magia en el mundo primitivo, ser sacerdotisa era el sueño de cualquier doncella que se tuviese como tal, y acunase en sus sienes llegar a los más altos peldaños de los designios divinos. Ella había nacido en la orden de sacerdotisas, se había criado allí y debía vivir en cuerpo y alma para la orden, procurando ser un dechado de sacerdotisa. Los padres eran miembros del consejo por imposición de los diablos del averno, que se hospedaban en los alrededores del trono divino. Y empezó a cortejarla un mago recalcitrante, con grandes dosis adivinatorias, que había conseguido burlar los estrictos controles de la divinidad y de los agentes infernales, habiendo ingresado recientemente en el escalafón de la orden.

Todo estaba impregnado de puro hechizo, pero ella se negaba a comulgar con un mundo de magia. Quería vivir libre como el viento, fuera de cualquier presión, que significara una orden o leyes férreas. Para su sorpresa, el pretendiente la abandona al alba, al enterarse de sus planes de fuga, y a renglón seguido los padres la encierran en una celda con dos cancerberos en la puerta, a fin de que jamás se le acerque nadie o pueda escapar.

Pero la sacerdotisa, impaciente, y con el corazón deshilachado, al ver que todos a quienes en su día amó con locura la habían traicionado, realizó un último y desconcertante conjuro, que la transformó de pies a cabeza, encarnándose en todos los seres vivos de la naturaleza. Entonces ella ya no era una persona independiente, única, sino agua, viento, fuego, tierra, espíritu. Podía controlar la vida de cada uno de lo seres, pero a cambio entregó el alma, el corazón, su aliento. Y se condenó a una pobre vida, sin poder saber nada de descendencia, de arte, ni del amor.

Miles de años después, vendrá al mundo un joven, que lo cambiaría todo. Al igual que ella, no quería ser hechicero, su sueño era ser mensajero de primaveras y sorpresas. Y acude a la sacerdotisa, para que le otorgara una vida mejor. Y la sacerdotisa, sin proponérselo, en ese joven se pudo reconocer a sí misma. Y todo lo que anteriormente desechó, volvió de golpe a ella.

La nostalgia, la familia y el amor se adueñaron de ella, al ver al galán de los ojos azules como el agua de los océanos, del mismo material del que estaba hecha. Poco a poco, fue pasando más tiempo en compañía del joven, con objeto de lograrlo tomó el cuerpo de una bella jovencita, y como una tonta enamorada seguía los pasos del joven. Ambos se enamoraron perdidamente, y con el tiempo se descubrió la auténtica realidad.

Como último acto de amor, él renunció a su vida para unirse a ella y estar juntos de verdad. Y como la misteriosa sacerdotisa tenía prohibido amar y amó, besar y besó, abrazar y abrazó, su destino se truncó, al ver morir a su amor de pronto. Dejó de ser una diosa envidiada por todos, y se convirtió en una entelequia, en un vano recuerdo, lo mismo que él. Y cogidos de la mano, los dos enamorados, caminaron juntos hacia otros mundos desconocidos.

Al hilo de la magia de los hechiceros, cabe preguntarse, qué desenlaces le aguardan a la escritura, o atendiendo a qué factores alguien se puede considerar escritor, qué cánones lo dictaminan o qué currículos debe aportar para figurar en el libro de hechiceros de la creatividad, del mundo mágico de las fábulas. Se trata casi de una misión imposible, si se quiere concretar con precisión el escueto cimiento en que se sustenta la mayoría pensante, sobre la cantidad mínima de lectores que debe tener un escritor.

Así habrá quienes apuesten por una cuota exacta, no inferior a quinientos once, que les encandilen los encantos del mismo libro o autor, luchando para elevarlo a los altares de la ficción, y otros, los detractores, partiéndose el pecho por hundir sus naves, dado que hay tantos gustos como colores. Así dice al respecto Larra, “Terrible y triste me parece escribir lo que no ha de ser leído”… en carta a Andrés desde las Batuecas del Pobrecito Hablador.

Por ello, abundando en el rompecabezas libresco, unos propondrán ex cátedra que con cuarenta lectores ya es suficiente, otros, menos exigentes, dirán con quince o con veintidós y medio, y otros puede que se sientan recompensados con menos, así que la pesadumbre mayor recaerá sobre aquellos que escriben y les devore con más saña la avaricia, no dándose por satisfechos con ser ellos mismos los lectores de sus obras, o, todo lo más, un puñado de amigos.

Lo tienen bastante mal tanto unos como otros, en esta panorámica tan versátil de vértices opacos, harto subjetivos y caprichosos. El chileno Nicanor Parra señala, con no poca ironía: “¿Best seller? La KK se come: tanta mosca no puede estar equivocada”.

Por consiguiente, lo mejor será conformarse con lo que la diosa fortuna les depare, y, en todo caso, augurar un ubérrimo futuro, donde ondee en sueños el rótulo de las célebres corridas de toros, hoy, lleno hasta la bandera.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Una polémica abierta












Empezaron a repicar las campanas y había un jolgorio de chiquillos en sus enredos y cabriolas por las esquinas, semejando gorriones saltando de poyo en poyo o de rama en rama entre los árboles y las sombras de la plaza, cerca de una fuente, y en mitad de aquel desorden compacto, con la sesera bien emperejilada, venía el hombre, el de todos los días, al igual que el pescadero, el panadero o el vendedor de chuches (garbanzos tostados, chicles, pirulís, polvorones, peladillas y otras golosinas), y lo zaherían los muchachos sin piedad, con ásperos epítetos y piruetas y lajas, que silbaban por encima de las cabezas de los advenedizos, vociferando sin cesar, a pique de reventar las venas del cuello, el loco, el loco, que viene el loco…, y todos se ponían en derredor, en pie de guerra, protegiéndose detrás del muro de sus caretas, clavando la mirada en los más insignificantes detalles, rasgos del cutis, tics nerviosos, muecas, cómo alzaba los ojos para mirar o los pies al caminar, o cómo se limpiaba las enquistadas legañas o las narices cuando, por culpa de la alergia, estornudaba con gran estruendo.




¡Cuánto le costaba al hombre respirar en esos momentos!, y sin embargo transmitía un aire sereno, siempre en su sitio, pensativo, envuelto en una especie de aureola extraña, entre el furioso oleaje que lo saludaba, permaneciendo en sus cabales, ajeno a las voces y gritos que al unísono entonaba el coro apiñado en la plaza del pueblo; otros, evocando personajes similares de los ancestros, le increpaban por la espalda, Macharaviaya, Macharaviaya, viejo intruso, vete a tu pueblo, que nos das miedo con esas barbas tan grandes, porque no podían realizar sus juegos, y lo reiteraban con sorna, o acaso tocados por cierta tristeza, desparramándose la incontinencia de las gargantas infantiles por el entorno.




A veces, las acometidas subían de tono y las más bruscas, al desequilibrarse con el empuje del brío, rodaban por los lugares más insospechados, yendo río abajo, transportadas al mismo mar, adonde la vida de los ríos y de los mortales acaban, siempre que antes no sean sepultados en el camino por el fango de las aguas, al ser llevados en volandas y atravesarse por entre los enormes palos y patas de alguna acémila, que casualmente vadeara el río grande, el más caudaloso de la cuenca, ya que en ocasiones venía con los bigotes exaltados, formando turbios remolinos en la superficie del agua, bailando dramáticos tangos en los huérfanos inviernos, abiertas las fauces fluviales para devorar carne fresca.




El hombre iba con el flequillo inclinado sobre el ojo izquierdo, hurgando en su sabiduría, en los males del mundo, en las complejidades de las personas, sus raras filias y fobias, los subidones de ánimo, subido en flaco borriquillo, todo esplendoroso, con el sombrero de paja como corona, tan pancho, con el cigarrillo de chasca preso entre las rejas de los labios, fundiéndose en un tierno abrazo con el aliento, en un horizonte oscuro, inundado de negro humo, de manera que no se diferenciaba de las chimeneas de las fábricas, pues el impulso con que lo lanzaba era de tal calibre que el pobre jumento que lo transportaba rezongaba con dificultad, y se las veía y deseaba para sacudírselo con el rabo, en un desconcertante y persistente meneo, descompuesto por la premura de llegar a tierra firme, a su establo.




El loco no apuntaba indicios de fatiga, ni de venganza o impaciencia por las avinagradas diatribas que le disparaban. El jolgorio no decaía ni un instante, tenía fuelle para rato, y seguía incrustado entre la vorágine de las rotas gargantas, contagiando el ambiente, los sufridos olivos, los destartalados almendros y las mortecinas higueras del campo, compartiendo los avatares de la pétrea efigie del loco, configurando todo el marco de su conspicuo y sagaz carácter, que no jadeaba ni exhalaba queja alguna. Era un dechado de locura; ojalá nos contagie, pero no caerá esa breva.




Los días de fiesta el hombre se deshacía en parabienes con los transeúntes ya desde la alborada; las gotas de rocío le abrían el apetito y los sentimientos, las sensaciones más hondas, y era cuando el loco mejor se lo pasaba, con las cachazas que tenía, paseando por su escenario vital, sin prisas, sin mordeduras humanas o de mosquitos impertinentes que le impidiesen ser él mismo, con las viejas abarcas y el sombrerete agujereado, tarareando estribillos de melodías de los años de supuesta cordura, cuando moceaba, en que le gustaba salir de la taberna a mear detrás de la tapia, y los pósters y canciones de Marisol, Brigite Bardotte, Palito Ortega, Rapfael o Frank Sinatra, y rememoraba los ritmos, tales como, “Yo soy aquel que cada noche te persigue, yo soy aquel que por quererte ya no vive, el que te sueña”…o “Tú eres lo más lindo de mi vida, aunque yo no te lo diga, aunque yo no te lo diga, si tú no estás no tengo alegría, tú eres como el sol de la mañana, que entra por mi ventana”…, o “Háblame del mar marinero, háblame, que desde mi ventana el mar no se ve”…, o “Extraños en la noche”..., no desafinando en los compases de la música ni de los chupitos o cubatas que tomaba, desafiando al resto de los cuerdos, enfangados en sus afanes de conquista de locos tesoros, dando muestras de una sensatez exquisita, porque perdía la cabeza por lo sencillo, por lo meritorio, entregándose con todas sus fuerzas, orillando hipocresías, ruindades e injusticias.




Era increíble cómo se zambullía en los vaivenes de la algarabía y la alegría que lo nutría, balanceándose en los columpios de su pensamiento, con el aplomo y el tino de un auténtico malabarista, cual plomada de alta precisión.




No obstante, siempre que cruzaba la plaza o las callejas colindantes, se oía el tierno eco del griterío desgranándose en el aire, mezclándose con el polen de las flores de las macetas que chillaban a su manera, placenteramente, colgadas de las ventanas o en los portales y patios de las casas, y era un eco reiterativo, cansino, como el de todos los días, el loco, el loco, que viene el loco…




Había sin duda una polémica abierta en torno a la persona y al comportamiento, ya que los destellos de ciencia oculta en su cerebro mostraban bien a las claras que su locura engendraba la ciencia infusa, las creaciones más genuinas, los pasos más firmes y sugerentes, en medio de la anodina y adocenada melancolía reinante, destilando en sus actuaciones y silencios la encarnación de las esencias más nítidas y florecientes que imaginarse pueda.




Y nientras tanto, tú como yo, en manos de un barbero cualquiera, un verdadero loco, que cobra caro, con la crisis que crepita, estando uno expuesto a que de un viaje se lleve por delante el gaznate o la testuz, cobrando, el muy loco por el dinero, un pastón.




A buen seguro que el pelado no iba a salirle a uno barato, una ganga de las rebajas de enero, sino todo lo contrario, iba a ser la ejecución más tonta que hayan visto los siglos a manos de alguien que se hacía pasar por un loco de remate, dándoselas de listillo de barrio, estafando miserablemente al personal.







jueves, 8 de diciembre de 2011

La soledad del dragón



Según reza en el legajo hallado en las ruinas de un vetusto convento, el dragón es un animal fabuloso, producto del miedo imaginario de los antiguos, representado como un extraño reptil de cola de serpiente, garras de león y alas de águila, exhalando un olor pestilente.


Es el símbolo de la animalidad, enemigo primordial del género humano, un genio maligno, que se encuentra en los pueblos de Oriente y Occidente. En las representaciones plásticas, quienes evocan la espiritualidad o el bien, aparecen en encarnizada lucha contra el dragón; así, Cadmo, Apolo y Perseo, en la mitología griega; Sigfrido, en la nórdica; San Jorge y San Miguel Arcángel, en la cristiana.


Los dragones esculpidos en los monumentos bizantinos encarnan las calamidades públicas, tales como el hambre y la peste. Otros opinan que el dragón es portador de determinados obstáculos en la vida, dificultando el descubrimiento de las maravillas del inconsciente a causa de los lazos tan estrechos que nos atan a lo consciente.


El nombre deriva del griego derkein, que significa ver, y por su fuerza, agilidad y vista extraordinaria es considerado como el guardián vigilante por antonomasia; así, la diosa Juno encargó a un dragón la custodia de las manzanas de oro en el jardín de las Hespérides.


El arte chino y japonés ha generado múltiples dragones, que son verdaderas maravillas de composición y ejecución.


Desde el Renacimiento se le representa, pictórica o escultóricamente, como símbolo del diablo. En heráldica se le pinta con alas de murciélago, y figura en el escudo, el yelmo o el casco.


No obstante, después de tan dilatado y proceloso currículo, no puede uno por menos que preguntarse, qué culpa tiene el sufrido animal de todo cuanto se ha urdido a sus espaldas, en ese patio de monipodio, sin enterarse de la negra leyenda, y todo por un afán recaudatorio o legendario de la estirpe humana, anhelando figurar en los frontispicios y anales de la historia como mentores de nuevas razas o de los seres más misteriosos, y quizá lo explique claramente el hecho de que como no tenían otra cosa más interesante en que entretenerse en las cavernas, se dedicaron a idear y pintar monstruos u otros inocentes seres, y, después de siglos de vagancia y pertinaz contumacia, se han atribuido unos poderes que no les corresponden, hilvanando miles de historias y batallitas sobre el dragón sin venir a cuento, dándole bofetadas hasta en el cielo de la boca, erigiendo envenenados monumentos a su costa, echándole en cara todos los desconchones y catástrofes del globo terráqueo, filmando series vergonzosas de televisión, con anacrónico e irrisorio tramado, que clama al cielo y al suelo que pisan los dragones, al atisbarse la indignidad de los ilustres arúspices que lo alientan, que no benefician en nada a estas indefensas criaturas, tan dóciles y benignas, ansiosas de paz, que desean arribar a tierra firme, a su refugio, sin meterse con nadie, con su peculiar y genuina estampa.


Al dragón, en su fuero interno, le encantaría llevar una vida corriente, sencilla, sin sobresaltos, tomando unas copitas con los amigos, entre bromas, chistes y chascarrillos, o pasear por las callejuelas del casco antiguo de la ciudad, o viajar por los sitios más sugestivos del planeta, solo o en pareja, en cualquier época del año, si los ahorrillos así se lo permitiesen, pero mira por donde no lo dejan en paz, lo traían a mal traer, arrancándole los ojos del alma, el fuego de su inteligencia, las crestas que le nacieron al venir al mundo, despellejándolo, escribiendo en la mentes de las personas auténticas barbaridades, manchando su hoja de servicios con infamias, atrocidades y ultrajes, siendo a la postre el pararrayos de todos los desaguisados que se cuecen encima y debajo del firmamento como, desprendimientos o choques de cometas, asteroides, meteoritos, o el promotor de los puntos negros, los tsunamis, los tornados, e incluso de las tormentas que brotan en la convivencia humana, y el pobre dragón se ha arrugado, viéndose en la necesidad comulgar con terribles ruedas de molino, no pudiendo resollar incrustado en el iglú, sin lanzar cantos o chinas con la onda, siniestras miradas o escupitajos contra los maltratadores, y se encierra en su soledad, en la lobreguez del instinto, viéndose obligado a mudar la costumbre, el hábitat, haciendo las maletas cada dos por tres, en invierno o verano, haciéndose pasar por un extraterrestre o un perro vagabundo, callejeando sin cesar por nocturnas plazas o espeso bosque a las claras del día.


Después de muchas cavilaciones, se ha refugiado en su casa, su dulce hogar, no queriendo intervenir en los foros que proliferan por la red, ni en los mass media, porque le tiembla el espíritu y tienden trampas por doquier, y desconfía de los gerifaltes que maquillan la escena, y ha llegado a la conclusión de que el tiempo es oro, y no está dispuesto a perder ni una brizna de su existencia en fútiles garrucheos o necias mezquindades, que a nada conducen, absteniéndose de concurrir a los distintos foros, poniendo los puntos sobre las íes, aunque tenga toda la razón del mundo, y esté dotado de poderes sobrenaturales, como atestiguan las dinastías chinas, –de ahí viene la envidia encarnizada que despierta- para hacer eso y mucho más, pero como es una criatura paciente, comprensiva y sensata, no quiere entregarse o rebajarse a esos tejemanejes, que tanto venden en la sociedad actual, y pasa de todo, como un hippie cualquiera, porque viene ya de vuelta, y entiende que sus profanadores no están capacitados para aprehender sus argumentos, ni asumir el papel que les incumbe en este mundo, convencido de que es precisamente lo contrario de lo que se le acusa.


Por otro lado, no quiere tocar las manzana de la discordia ni las de oro, al no admitir que se parezca lo más mínimo a una serpiente, a un gigantesco cocodrilo o un verde lagarto, y menos a un murciélago, ni haber pasado tan siquiera por su imaginación en ningún momento; es más, cuando los servidores del bosque le pasan las minutas de los trabajos, los menús de los empleados, los honorarios, las facturas de la compra en el corte chino, o las referencias de los habitantes del planeta Tierra se monda de risa, al comprobar la poca valía que exhiben los mortales, sobre todo en alegaciones y argumentos ad hominem para destronarlo de su pedestal, para cargárselo en una palabra, y otras veces, se hincha de llorar por el continuo descalabro en que se encuentran sumidos los terrícolas, enredados como están en un río de veleidades, insultos y bofetadas, cebándose con él, tildándolo de malvado, traidor y mullidor de infernales trapisondas, manchando su impecable historial, habiendo mantenido siempre el tipo y el coraje, con las manos limpias en todo momento, quedando indemnes su prestigio, sus andares por los lugares más comprometidos del Olimpo, del Tibet o del Parnaso, o los palacios de oriente o por las duras rocas de la misma Petra, respetando a vikingos, mongoles, chinos o japoneses, a pesar de la incesante tortura a que lo han sometido en interminables exposiciones, teatrillos y desfiles, llegando a mofarse en sus barbas de los gustos y costumbres, aunque a veces reconoce in péctore sentirse reconfortado y feliz siendo transportado en andas, a hombros o en carrozas por los bulevares y plazas orientales, vomitando fuego por los ojos y la boca de modo infernal, dado que él lo asume plenamente como un juego, sintiéndose autocomplaciente en tales circunstancias.


Por encima de todo es una criatura encantadora, agradecida, y se la cae la baba a la menor carantoña, y a renglón seguido, utilizando todos los medios a su alcance, se lo hace saber a toda su corte del bosque, donde ahora vive, soltando un grito estilo tarzán, que la gente no percibe, pero que retumba en la espesura de los bosques como una bomba, sintiéndose liberado de las ásperas cargas.


En el fondo es una persona de buen corazón, sensible, respetuosa, amiga de sus amigos, y no quiere armarla, pasando por alto tanta humillación, y pasar por este mundo sin ser notado, aunque nadie apueste un centavo por él, tanto es así, que hay momentos en que le dan ganas de disfrazarse de mendigo, o ladrón de estrellas o payaso de circo, recorriendo plazas y palacios, o apontocarse en la puerta de una iglesia con objeto de recabar unas migajas de cariño, con idea de que la honda pena mengüe, y de ese modo cicratizar las heridas que le embargan.


Y a todo esto, no quiere ni pensar en cuando llegue el día en que tenga que contárselo a los descendientes, a sobrinos, nietos, biznietos, taratanietos y requetetaratanietos, pues vaya usted a saber lo que dirán, al escuchar las monstruosidades que propalan a los cuatro vientos los desaprensivos de su mítico requetetaratabuelo, el famoso dragón, que antaño se paseaba ufano, pletórico de facultades por las tórridas estepas y montañas rocosas, cubiertas de blancas toneladas de nieve allá por aquellas prehistóricas épocas.


Ahora prefiere permanecer enclaustrado en su casa, la casita mía, como le gusta denominarla, pronunciándolo con peculiar acento, entre chino, mongol y japonés, en el idioma de las deidades ancestrales del bosque umbrío, entre el susurro de abejas y el aullido del lobo, recalcando el trabajo que le ha costado aclimatarse a esa vida terrenal, renunciando a otras prebendas y a los banquetes de los dioses en celestiales bacanales y opíparas orgías.


El otro día le telefoneé a altas horas de la madrugada, y me atendió con suma delicadeza, ofreciéndose para lo que fuese menester, preocupándose de los más nimios detalles, si me encontraba económicamente colgado por alguna compra o mordida de última hora, coche, cortijo o isla desierta, porque puestos a pedir no hay quien nos gane, ya que para él todo vale lo mismo, y con los ojos draconianos que tiene entreve a mil leguas lo que el ojo humano no ve, de forma que apabulla al personal, descifrando los intrincados pensamientos que bullen en los desvencijados cerebros.


Por lo tanto se puede afirmar que los dragones son los auténticos guías y guardianes de los elementos primordiales de la existencia, Tierra, aire, Agua, Fuego y el Espíritu.

   
















sábado, 3 de diciembre de 2011

Vivir es un asunto urgente






Como habían llegado a la conclusión de que vivir era un asunto urgente, sin más dilaciones ni suspicacias se pusieron manos a la obra.
Empezaron por los faunos, las ninfas, los centauros y el Minotauro, acaso atraídos por los vívidos bocetos de Picasso en sus torrenciales años de creatividad y alegría de vivir, en que la sexualidad explotaba en los lienzos, los desbordaba, viviendo para el placer, tanto estético como sensual, desmontando miembros entremezclados, genitales, hímenes, y desmenuzando las raíces, los misterios que encierran estos seres, descifrando la genealogía. Así, catalogaron al Minotauro como el toro de Minos, el rey semilegendario de Cnossos, un auténtico monstruo nacido de los amores del toro con Pasifae, la mujer de Minos. Mitad toro y mitad hombre, que se alimentaba de carne humana, y residía en el laberinto de Creta, hasta que acabó con su vida Teseo. El Minotauro supone, simbólicamente, el predominio de lo animal sobre lo espiritual en el hombre.
La concepción griega del toro humano antropófago, según algún crítico, preside una teoría: la de la enemiga entre toro y hombre, generadora del espectáculo taurino, en el que el hombre burla y castiga al toro como un desquite por su antropofagia. Esto sería la interpretación mediterránea del mito, que algunos artistas han plasmado con caprichoso concepto, como Picasso en sus dibujos, El Minotauro en familia, o El Minotauro musa de casa; curiosa interpretación familiar y casera del mito.
Ningún artista plástico ha convertido en símbolo tan recurrente la iconografía del minotauro como Pablo Picasso. Este animal híbrido aparece en muchos de sus trabajos, especialmente en los que corresponden a la década de los 30.
De esta manera, el minotauro se convertiría en una especie de “alter ego” del artista, por medio del cual éste retrata los avatares de su vida íntima. Cabe destacar que la identificación del pintor con figuras de sus lienzos es común: en su “época rosa” proyectaba sus experiencias en el personaje del “arlequín”, mientras que en los años 50 se identifica con el protagonista de la serie de El pintor y la modelo.
Según otras fuentes, es una personificación solar, a la vez que una de las antiguas leyendas sobre el primitivo culto al toro.
De todos es sabido que la fiesta de la muerte del toro viene a corroborar, en parte, estas hipótesis, que estriba en la artística mofa del animal con temerarios pases de pecho, desplantes y enfervorizados olés en un clamoroso flamear de pañuelos, concluyendo con su derrota –la tragedia sería a la inversa-, cayendo en redondo en la arena ante la mayestática imagen del maestro entre una lluvia de aplausos, flores y trofeos.
No cabe duda de que en el devenir de los días andamos perdidos, nos sentimos movidos por otras mordidas, por otras cornadas, ajenos a lo que en realidad reina en la grandeza humana y en las memorables páginas de la vida; ya que si se atisbasen meridianamente los fogonazos, a buen seguro que no figurarían en el altar del olvido, en la soledad de los cementerios, sin afecto, sin primavera, algo impropio de personas ansiosas por desentrañar las singulares remembranzas y efluvios más plausibles del cosmos.
Las mentes se adocenan, instalándose en unos parámetros a ras de tierra, sin prometedores empresas y sugestivos arco iris, como no sean los de su propia denigración por el prurito de que lo han engullido en algún foro, y se dejan llevar por los suspiros de reptiles que se arrastran por lodazales y escombreras, luciendo los brillos de los detritus, encorsetados a veces en voluptuosos labios de un perfil estirado o de blanqueados famosillos de poco pelo, que suben y bajan como un tío vivo, que aparecen y desaparecen por las aguas de la pantalla, embaucando a la inexperta clientela con la pérfida estela que destilan en francachelas o rancias y nocturnas norias u oscuras parrillas, unas veces eructando con la boca llena de monsergas, otras, comiendo pizza o la manzana de la discordia, tergiversando los ecos mundanos, las prontas lecturas, los viles devaneos de auténticos comparsas, que, como buenos amigos, incomprensiblemente se arañan, besan o desean la destrucción o la muerte de manera zafia, sin hilvanes que vengan a cuento, impregnándose las paredes y las miradas, el cielo y el suelo de mugre, de trocitos de mordida envenenada, o de lo que escurre de las comisuras de los labios, acumulando gavillas de desaires, cobardías y desechos, desembocando en el sencillo público, un auditorio propicio que traga a manos llenas, distraído, surgiendo posteriormente la brutal algarabía, el sublime estruendo, disfrutando a la postre del rico maná, con el que se sustenta el espíritu, y monta endiablados saraos, espectáculos florales o veladas, aunque vaya el buque a la deriva o cargado de vanas promesas, donde no baila la beldad ni la bondad, ni se come el pan tierno de toda la vida, o el candoroso cordero, ni se levanta la copa de oro de la utopía, que enciende la lámpara de los siglos de las luces, de los grandes despertares, de filósofos e ilustres pensadores que en la tierra han sido, como los enciclopedistas y filósofos franceses, Diderot, D´Alemberg, Voltaire o Montesquieu, o el infatigable Cicerón, con la famosa Catilinaria “ Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra” (Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia), o los ínclitos helenos, Parménides, Aristóteles, Sócrates o Euclides, y un interminable retablo de lumínicos faros que duermen el sueño de los justos.
Las loas parece que muchas veces son caprichosas, van al son del viento, al norte, al sur o al sol que más calienta, ya que los elogios pueden multiplicarse subjetivamente hasta el infinito, y de esa forma, la ceguera, la necedad, la pedantería, la pereza, el placer, la ebriedad, la contumacia, la intemperancia, la solidaridad, la locura, el altruismo, las crisis, los amores, puede que paradójicamente coadyuven a caminar, aportando cada uno su granito de arena, cada uno a su aire, después de muchos tiras y aflojas, y todo ello, tal vez, nos conduzca a los parajes más límpidos y transparentes de la consciencia humana, porque quién no pone en duda, a bote pronto, que dar la vida por alguien o quitarse el bocado de la boca para dárselo a otro no es de locos, o desprenderse de un órgano para salvar a un semejante o arrojarse a la mar bravía entre tanto tiburón para rescatar a un náufrago no es pura vesania.
Por ende la locura en el fondo amamanta las motivaciones de las criaturas, es la madre que nos protege sin percatarnos de ello, que ayuda a vivir de una forma más urgente, descubriendo exuberantes y ubérrimos frutos, que después la humanidad sabrá agradecer trasmitiéndolos sin recato de padres a hijos, y de ese modo se incrementarán las ansias de luchar por la vida y la concordia, y se saciará la sed de justicia de los pueblos, que piden con desespero sustento, ayuda, soplos de consuelo y agua para regar el estío interior.
Por lo tanto, no hay que titubear más, vive, y piensa, que es gratis, y se abrirán las ventanas por donde entren los rayos de esperanza, del buen obrar, penetrando en la oscuridad de las tinieblas, en los cerebros atiborrados de pútrida mescolanza, que pulula por los muladares más sofisticados, donde apenas luce el sol ni compensa estacionarse ni un instante. Por ello, es preferible pensar, pensar en libertad en mitad de los altozanos, en los valles, o donde a cada cual le plazca, reencontrándose en la soledad consigo mismo, discerniendo lo abstruso de las esencias, de las certezas contrastadas, que nos legaron los numerosos sabios que por el mundo han transitado.
En cuanto al logro de la longevidad, en la pugna por un vivir urgente, se perfilan como algo aleccionador ciertas pautas de conducta, que a buen seguro ayudarán a tal fin, como son, darle sin miedo al zapato, tener mucho trato y retirarse a tiempo del plato. El hecho de poner en práctica estos axiomas abrirán las puertas al funcionamiento de la maquinaria humana, vísceras, pulmones, cerebelo, páncreas, corazón, impulsando el acoplamiento de los motores y el engrase interno, resultando la vida más tierna y llevadera, discurriendo por unos vericuetos lúcidos, limpios de ripios, de virutas, apareciendo enjutas las travesías, al ser empapado el sudor de la pena, y de esa guisa se permitirá el libre intercambio de transeúntes, viajeros, peregrinos, que acaso sea lo que verdaderamente enriquezca la música de nuestros violines, de nuestras visiones de ensueño, de cálidas alboradas o románticos atardeceres en marítimos acantilados o en playas de cálida arena, siendo acariciados por los besos de las olas, que van y vienen en un acto humanitario, de perro fiel, que obedece las delectaciones del dueño.
Otras veces, tal vez suspiremos por el libre albedrío, tumbados al sol, ensimismados en insondables elucubraciones, rompiendo moldes o los fríos hielos de invierno, o sacudiéndonos el intruso que se ha enquistado en nuestro hábitat, emponzoñándonos la existencia con disparatadas musarañas, cayendo en lo contrario de lo que a toda costa se quiere evitar.
Ahora que las crujientes castañas se ofrecen como alternativa al rutinario silencio de las tardes deshojadas, sombrías de otoño, surge la oportunidad de degustar los nuevos placeres, el Carpe diem, las envidiables y secretas sorpresas que se esconden tras los musgos, el murmullo y las amapolas de los muros, o merodean por lugares solitarios, y luego se expenden por rincones, calles y plazas, en risueños tenderetes, por un módico precio de empatía y autoestima, siendo preciso armarse de valor y abrir los ojos del alma, de la comunicación, de los pesares y pensares del precario monedero y comulgar fugazmente con ellos, en un acto de buena voluntad, de hermanamiento con la madre naturaleza, echando las campanas al vuelo y a la basura los sinsabores, y navegar por el cauce de una savia renovada, de un exultante vivir, paladeando salsa y merengue cubano, pimientos del piquillo o rabos de lagartija, soltándose el pelo, cantando bajo la lluvia, mojándose el culo, investidos de viva sensatez, de las sustancias que nutren el área de descanso de la mente, cimentándonos en la firme confianza de nosotros mismos.
Sólo resta informar a la tripulación y a los pasajeros del vuelo 1980 de Etihad a las 17´30 rumbo a Dubai, a cerca de los consejos del proverbio latino, Primum vivere, deinde philosophari (Primero vivir, luego filosofar).

sábado, 26 de noviembre de 2011

Sorteo


Al columbrar al cojo, que cruzaba alegremente la calle con el semáforo en rojo, a Julio se le abrieron los ojos y se le llenaron los pulmones de un aire fresco, sintiéndose resplandeciente, como un hombre nuevo, al deshacerse del miope caparazón que lo aprisionaba en aquel estricto recinto de pensamientos.
No creía mucho en los artilugios de la suerte ni en los juegos de azar, como los sorteos, aunque a veces tuviese alguna suertecilla, pues la vida está llena de sorpresas y contradicciones, como cuando sortearon aquel año a los quintos de su reemplazo, en que se sentía deprimido, sin ganas de probar bocado ni salir a la calle, pensando que a lo mejor le tocaba un destino funesto, en la quinta puñeta, con lo a gusto que estaba en su ciudad, paseando con la novia y la cervecita todos los días en el círculo de amigos, sin embargo la abogada de imposibles o no se sabe qué duendecillos le echaron un cable, saliéndole todo a pedir de boca, no debiendo atravesar el charco o los tórridos desiertos para hacer la mili, quedándose en la Península, cerca de los suyos, disfrutando de su compañía.
Por aquellos años Julio intentaba labrarse un porvenir, romper barreras, conseguir un pasaporte para al futuro, así, quería hacer el bachiller y emprender alguna pequeña carrera, preferiblemente breve, corta, y enderezar el rumbo, pero el horno no estaba para bollos en el ámbito familiar, y necesitaba hacerse de unos ahorrillos para tal empresa. Con tal fin consultaba meticulosamente los magazines dominicales, revistas y prensa en general con asiduidad, escarbando por entre los rincones de las páginas buscando el tesoro escondido, y examinando con lupa las ofertas de empleo que por allí se publicaban, en la esperanza de toparse con alguna alegría que le garantizase unos arrimos, un mínimo de ingresos, que le permitiesen luchar contra la estrechez y, al menos, costearse la estancia en la capital durante ese tiempo, y de esa manera realizar el sueño, los estudios que anhelaba.
Sin embargo las expectativas se tornaban broncas, oscuras, tenía que esforzarse al máximo, y exponerse a las mayores privaciones, ya que, con el paso de los días, enfrascado como estaba en los libros y en la redes del trabajo, no frecuentaba otros circuitos existenciales, andando siempre estresado y apresado por la incertidumbre, torturándose con la esquiva búsqueda de algún trabajo temporal; vivía en un continuo sin vivir, y, para colmo, los fines de semana debía de encerrarse en su habitáculo para ponerse al día y preparar algún examen, y cuando llegaba el fin de curso, se hallaba al borde de un ataque de nervios y del precipicio académico, pues al recoger las papeletas de manos del bedel, veía que la mayoría de los exámenes los traía suspensos, por lo que no podía por menos que pasarse los veranos semienclaustrado, a pan y agua, a la sombra de un pino junto a la playa o de una higuera en la montaña, o en su guarida con montañas de fotocopias y libros y más libros, recuperando lo que le quedaba pendiente.
Julio, en las épocas, que no eran muchas, en que no debía recuperar materia suspensa, y como evasión, se dedicaba a devorar libros de ficción y de todo cuanto caía en sus manos, leyendo los Diálogos de Platón, donde se habla del famoso continente, así como la novela de Benoit sobre las conquistas de los atlantes y sus grandiosas hazañas, y la obra épica de Jacinto Verdaguer sobre la Atlántida. En consecuencia, en los ratos de ocio de que disponía, daba rienda suelta a la imaginación, y se descolgaba por las laderas de la fantasía, desentrañando leyendas, o rumiando historias que le habían contado en la niñez, o que descubrió más tarde por su propios medios en algún libro que cayese en sus manos. Y a propósito de tales lecturas, le impactó lo referente a tal mito, que, aunque no creía mucho en lo que se relataba, no obstante pasaba horas y horas ensimismado, dándole vueltas a semejante acontecimiento, y lo mismo le ocurría con los astros, las estrellas o los interrogantes que envuelven la existencia de otros mundos habitados, y, por ende, sin apenas darse cuenta, se decantó por los avatares de la Atlántida, interesándose sobremanera, y profundizó en sus entresijos, concluyendo que se destruyó por una oleada de gigantescos terremotos y erupciones a grandísima escala, similar a lo que está aconteciendo actualmente en la isla de El Hierro pero a pequeña escala, lo que provocó un descomunal desmadre y el vuelco de los continentes, subvirtiendo la orografía de muchos de ellos.
Los habitantes de este continente, los atlantes, eran gente forzuda y luchadora, y se esculpían simbólicamente en el arte como sólidas estatuas que sostenían el cielo, a fin de que no se derrumbase como un castillo de naipes, estrellándose contra el pobre planeta Tierra, haciéndolo añicos.
Siguiendo con tales informaciones, los textos de Platón testifican la situación de la Atlántida frente a las columnas de Hércules, lugar entendido tradicionalmente como el estrecho de Gibraltar, y la describen como una isla más grande que Libia y Asia juntas. Su geografía era escarpada, con una gran llanura rodeada de montañas hasta el mar. A mitad de la llanura, el relato ubica una montaña baja, destacando que fue el hogar por antonomasia –por entonces aún no había ni okupas ni overbooking-, con compacto tejado y grande chimenea, donde ardían con ansias gruesos troncos de leña en los crudos fríos de invierno, y se contaban, al calor de la lumbre, chistes, chascarrillos y cuentos de los ancestros de los dioses.
Uno de los primeros habitantes de la isla fue Evenor. Según el parlamento de Critias, Evenor era uno de los hombres que había nacido de la lama de la tierra, con buenos augurios, en el entonces territorio inhabitado de la Atlántida. Evenor convivía con toda normalidad, en un ambiente sereno y tranquilo, sin contaminación ni ruidos de fábricas, sin sobresaltos por la bolsa o la prima de riesgo o los terremotos de Wall Street, con su mujer, Leucipe, sin brotes de violencia de género,(aunque echaba en falta que no fuese un poco más cariñosa, y le obsequiase con besos tan indiferentes, tan fríos), en una montaña baja, casi una meseta, que se ubicaba a unos cincuenta estadios del mar (unos 10 Km.). Fue padre de Clito. Ésta fue su única hija. Cuando Clito alcanza la edad de tener marido, muere Evenor y también su esposa. Clito sería la madre de la estirpe de los reyes atlantes.
Se cuenta, en el ámbito divino, que Poseidón era en realidad el amo y señor de las tierras de los atlantes, puesto que, cuando los dioses se habían repartido el mundo, no se sabe si como buenos amigos o si habría habido rencillas o testaferros entre ellos, como acaece de vez en cuando, y la suerte había querido que a Poseidón le correspondiera, entre otros lugares, la Atlántida. He aquí la razón de su gran influencia en esta isla. Este dios se enamoró de Clito, y para protegerla o mantenerla cautiva, creó tres anillos de agua en torno de la montaña que habitaba su amada. La pareja tuvo diez hijos, cosa nada desdeñable pero comprensible en aquella época, donde el vasto y ubérrimo campo permitía nutrir y retozar a sus anchas por las verdes praderas, y azuzaba a la procreación a fin de poblar el desierto continente aún en ciernes o en pañales, y para los cuales el dios dividió la isla en sus respectivos diez reinos. Al hijo mayor, Atlas o Atlante, le entregó el reino que comprendía la montaña rodeada de círculos de agua, dándole, además, autoridad soberana sobre sus hermanos. En honor a Atlas, la isla entera fue llamada Atlántida y el mar que la circundaba, Atlántico. Su hermano gemelo se llamaba Gadiro, y gobernaba el extremo de la isla, que se extendía desde las Columnas de Hércules hasta la región que, posiblemente por derivación de su nombre, se denominaba Gadiria (Cádiz).
Con el paso del tiempo Julio se fue aficionando a la lotería, a los cupones de la ONCE y otros sorteos, hasta tal punto que cayó en la ingrata ludopatía, y enrocado en ese rocambolesco mundillo, como llevaba bastante tiempo publicando novela negra, de aventuras y otros géneros, con objeto de amortizar parte de los gastos, convino en idear alguna estrategia o eficaz artimaña para salir airoso del atolladero, y encontrar algún acicate que le permitiese luchar contra la estrechez y ayudarse en la publicación de nuevos libros, y después de estudiar concienzudamente múltiples proyectos y efectuar innúmeros cálculos, abrió un blog en Internet, poniendo a la venta los trabajos, cuentos y demás novelas, estableciendo un juego de azar, un sorteo, que consistía en sortearse él mismo a los posibles clientes y lectores, de forma que los agraciados con la suerte los invitaría a cenar en el mejor restaurante de la comarca y a un espléndido espectáculo, una fiesta especial, que fuese del agrado de los afortunados, bien en saraos, tablao flamenco, ópera o en lo que se terciara.
No cabe duda de que en el fondo, después de tantos altibajos, lecturas y entelequias, lo que en realidad le preocupaba a Julio era no suspender el examen de su atlántida vital, teniendo buena estrella, y si de camino vendía novela negra, mucho mejor.

martes, 15 de noviembre de 2011

Elogio de la cordura


Aquel día el hombre no estaba para muchas bromas, las ojeras lo delataban, se sentía destronado de su órbita, como un astro errante, o que se hubiese nombrado la cuerda en casa del ahorcado, pues al abrir el escritorio, se topó con un mosaico de enunciados de grueso calado, cuasi lapidarios, y diríase que escritos a sangre y fuego, con la sensación de que habrían entrado por el orificio del baño en su sanctasanctórum de forma clandestina, sin reparar en las molestias de los moradores, ni en las más elementales normas de convivencia, de modo que estuvo en un tris de endosarles dos patadas en el trasero, largándolos con aire fresco, y si la memoria no le fallaba, eran los siguientes, La paciencia, El elogio de la cordura, y el mito de Sísifo; claro que, como suele ocurrir en estas coyunturas, a la hora de la verdad la gente se lava las manos o escurre el bulto, y siempre se podrá argüir que ocurrió por azar o error al ser entes inanimados per se, carentes de luces, impulsados por órdenes mayores, por la acción de una máquina ciega, la todopoderosa Internet.
A lo mejor se cumplieron a rajatabla los actos de protocolo o cánones al uso, pero los humanos son harto sensibles y tienen sus ritmos, imprevisibles baches, gustos, euforias, y no pueden por menos que rebelarse contra irracionales tropelías en defensa de la propia naturaleza, del legítimo derecho, exteriorizando la más enérgica protesta contra cualquier trama urdida, perjudicando consciente o inconscientemente la intimidad, la trayectoria o su impecable imagen.
Sin ir más lejos, la galleta, que masticaba en esos instantes, se le atragantó peligrosamente, reflejando una situación grotesca, pero triste, propia de una frívola ficción, como acaece a veces en el celuloide, pero nada más lejos de la realidad, ya que todo cuanto allí se desvelaba era verídico, verificable, como la vida misma, echándosele un nudo en la garganta, hasta el punto de que no lograba articular palabra, y menos aún enhebrar una brizna mental, era algo inexplícale, encontrándose en el trance de perder el equilibrio, la paciencia, la cordura y hasta la gruesa piedra de molino de Sísifo que llevaba adosada a la espalda, aunque esto le supondría un alegrón y un gran alivio para las costillas.
Semejante aglutinamiento de sentencias lo sentenciaban a muerte casi de por vida, y lo más severo era que no vislumbraba un resquicio en el horizonte, que le aprobase mirar para otro lado o desentenderse de tales temas, siendo superior a sus fuerzas, debido a la situación tan comprometida y cerrada por la que transitaba, y a su vez de camino le facilitara ponderar con aplomo el complejo dilema, llegando a una conclusión, que mal rayo me parta, exclamaría, si no cogía el toro por los cuernos, terminando el cuento de una puñetera vez, enfrentándose a la realidad, ya que comprendía que en el fondo no dependía de él mismo, sino del ego y de las circunstancias.
Entonces empezó a marear la perdiz, a calibrar distintas elucubraciones, y deletrear con parsimonia el primer vocablo que sobrevoló sobre su testuz, Paciencia, tal vez porque fuese lo que más necesitaba en tan cruciales momentos, y el pronunciarlo le resultaba grato y conciliador, aunque llevarlo a la práctica ya sería harina de otro costal, al tener que discernir in profundis sobre la materia, pues advertía de la posibilidad de que surgiese un cúmulo de panfletos, memorandos o tratados sobre la configuración de tal virtud, enturbiándole los sesos, y haberlos haylos sin duda en la viña desde tiempos inmemoriales, aunque por exigencias del guión se precisara resumir los dictados, a saber, los sufridos pacientes de un hospital; la juventud se muestra impaciente ante el porvenir; la obra teatral El divino impaciente; con paciencia todo se alcanza; la paciencia alarga la vida; la paciencia es amarga, pero sus frutos son dulces; la paciencia y el tiempo hacen más que la fuerza y la violencia, y un largo etcétera.
En realidad, la sustancia de la paciencia no estriba más que en quedarse uno en stand by, a la espera de que le llegue el turno, la llegada de lo que sueña ardorosamente como interesante, apetecible y reconfortable, mereciendo la espera y la pena de que pase por su puerta. Pero en ese impasse, los malos augurios, hacen de las suyas, interviniendo con maquiavélico propósito, y pergeñan miles de argucias para reventar la vivienda o habitáculo que con tanto esfuerzo se ha erigido, al cobijo del altruismo o de los consejos de los sabios.
Y no le iba a la zaga en semejantes tareas la cordura, un término tan encomiable, que atesora ínclitas connotaciones dignas de subirla a los altares de las consciencias, y que apunta sin duda al corazón –del latín cor, cordis-, a lo más sensible, al amor, recalcando con contundencia que obras son amores y no buenas razones, aunque yendo ambos de la mano, como almas gemelas, que disparan, cada uno a su manera, a las entrañas del reloj humano, que marcan las horas con dulces suspiros, con las manecillas en un tictac de sístole y diástole, no pudiendo fumarse un cigarrillo en la puerta ni tomarse un respiro, truene o relampaguee, y, sin embargo, qué poco valorados están a veces en la vida el corazón y la cordura, y en esos laberintos, dando un paso al frente, conviene izar su bandera, y exclamar con Larra, vuelva usted mañana, no se vaya todavía, vuelva usted, por favor, a hilvanar la aguja con este otro hilo, que es del color que le pega a la presente prenda, al evento que nos ocupa, y mandar a hacer gárgaras a los enemigos de la discreción, del diálogo, de la perspicacia, de la empatía, de la tolerancia, del castillo de las buenas maneras, sentando plaza y plantándose en sus campos, en sus trece, contra viento y marea, priorizando el juicio, la razón y sucedáneos, de forma que los cimentados principios vayan galopando sonrientes por el sendero de la concordia, por donde deben proseguir, buscando el bien ajeno y el propio, el que se mece entre las dos orillas del puente del río, limando asperezas, templando turbulencias, rimando rivalidades, elogiando y eligiendo el término medio que proclamara Aristóteles, in medias res, a fin de que las acometidas extemporáneas no hagan su agosto en las engalanadas casetas de la feria, en las sazonadas cosechas tan ricamente cultivadas, esquilmando tierras e intelectos en el proceloso razonamiento de la vida.
Todo tiene un límite, pero es preferible tener paciencia, que cosas peores se verán en el teatro de la vida, en los aconteceres diarios, por ello no hay que perder los estribos por leves bagatelas o estulticias, por un simple cambio de hora al amarillear las hojas otoñales, o por alguna aviesa sonrisa o memez, como acaso fuese el despropósito de un desnortado mosquito, que, perdido el GPS de la orientación, amerizó con suma precisión en la mismísima pista del vaso de vino que se estaba bebiendo.
Es aconsejable leer con atención las biografías y memorias de los eximios ingenios de la historia, de toda la pléyade de insignes pensadores e investigadores que pululan por el firmamento de las letras, y de esa guisa impregnarse de sus hálitos, de los procederes, familiarizándose con la savia de su experiencia, la erudición y los tesoros que encierran, y así nuestras señas de identidad se enseñorearán y crecerán, armándose de valor e hidalguía, arreglando la crisis, el paro, el maltrato, la pobreza, los desheredados, la lobbycracia del poder, las guerras, la orfandad, la precariedad, y por ende no bailarán en la cuerda floja, o penderán de un hilo o de la dirección del viento, o de una mosquita muerta que, desafiando las leyes de la gravedad, distorsione la convivencia, cerrando el camino, la boca, a la cordura, y se le ocurra esquiar desairadamente en limos serenos, en un vaso de buen vino, o en las estancias únicas, recreativas de la vida, en plácidas noches de luna llena, sentados en cualquier balcón, como el de Europa o en la terraza de un bar, acompañados de alguien querido, y que, voraces y locos intrusos, sin apenas mojarse el culo, creyéndose reyes de quimeras, quizá piensen que las personas son de cemento, o como dice la canción, No somos tontos, sabemos lo que queremos, y anhelamos trotar con determinación por los colinas de Imagine, como John Lennon, cuando canta con las cuerdas –de cordura- de la guitarra a un nuevo amanecer, (…Imagina que no hay posesiones/, quisiera saber si puedes sin necesidad de gula o de hambre/, una hermandad de hombres, imagínate a toda la gente compartiendo el mundo/. Puedes decir que soy un soñador/, pero no soy el único/. Espero que algún día te unas a nosotros/, y el mundo vivirá como uno//.), y así participar en inolvidables moragas y espetos de palabras y sardinas, imaginando que se toca el fondo de las cuestiones palpitantes, y no se mordisquea la corteza de la razón, o se desaira a quienes marcan hitos en el discurrir de la cordura, utilizando retazos de locura para estrangular la ecuanimidad; y por si hubiese dudas a estas alturas de la noche, evoquemos algunos aforismos que se cuecen en el concepto: más cordura nos enseñan los fracasos que los éxitos; la cordura y el genio son novios, pero jamás han podido casarse; el primer suspiro de amor, es el último de cordura; varón prevenido de cordura, será combatido de impertinencia.
No es difícil ubicarse en las antípodas de la cuerda o de lo cuerdo, -tirando sin parar hasta envenenarla, imponiendo el imperio de la sinrazón-, de lo que se sustenta por sí mismo en cualquier esquina, paraje o isla perdida, porque acaso no desguace aparentemente el armazón del meollo, de lo que en verdad vale e importa; y todo ello hierve no lejos de las fuentes termales de innumerables libros, que van y vienen, rodando por nuestras cabezas, por las bibliotecas o librerías, expuestos en los escaparates, con cara de buenas personas y con estilo.
A buen seguro que tirando de la cordura con una larga y flexible cuerda, y transportando con la paciencia de Job la pesada piedra de Sísifo, ascenderemos a las altas esferas de la felicidad.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Folio


Su textura atrae en determinados momentos y circunstancias, cuando la imaginación abre las ventanas y deja que entren los rayos solares y creativos, y placenteramente se sitúa uno en su regazo, ante su faz, y va fabricando productos, eventos, acontecimientos o las más disparatadas peripecias; cuando eso ocurre, entonces su imagen es grata, risueña y atractiva.
Sin embargo, cuando los negros nubarrones se ceban con él, y su cándida blancura se torna esquiva, remolona y antipática, sembrando negatividad y desidia entre sus fibras, entonces chirrían todos los elementos de la estructura, el color, la temperatura, el tamaño, y los primordiales objetivos para los que fue hecho en los talleres del ramo.
Antaño los pobres no ofrecían sus mejores guiños ni galas, eran de un material tosco, rústico, apenas sin labrar. Lo mismo aparecía en un tronco arbóreo que en las paredes de una caverna despintada por las inclemencias del tiempo, o la acción de los humanos. Al cabo de los siglos, las técnicas se han perfeccionado y pululan inmaculados por doquier, en librerías, bibliotecas, papelerías, talleres de escritura, etc.
Existen infinidad de tipos, modelos y tamaños, y es a los niños a quienes más ilusión les hace con sus diabluras, al esbozar los primeros balbuceos y pinitos de grafías y abecedarios. Más adelante se recrean en sus líneas lúdicas, deletreando adivinanzas, leyendo historietas, cuentos, resolviendo sopas de letras, crucigramas, y así, poco a poco, se van afianzando y desarrollando en sus entresijos, en sus cimientos, solazándose, tanto chicos como ya grandes, inmersos en sus tiernas y dulces garras, viviendo o plasmando los sentimientos más íntimos, envasándolos en una especie de cápsulas literarias muy rebuscadas y selectas, que destilan almíbar a los letraheridos, y una vitalidad cósmica, que resucita a los moribundos y pusilánimes, conteniendo en sus entrañas, ladrones, justos, ajusticiados, rebeldes, altruistas, cuerdos, desvencijados, ilusionados, deprimidos, ciegos que ven, histriones, bandidos, santos, proezas, reclusos, las fantasías de millones de historias y tramas, que participan y viven conjuntamente los más diversos avatares en los diferentes laberintos, vericuetos y etapas de la vida, desde la cuna hasta la sepultura.
La existencia está configurada y zurcida de puro cuento, cuentos al nacer y cuentos y más cuentos durante el viaje y al concluirlo, y sigue viva la leyenda, hasta el punto de ser transportados en la barca infernal de Caronte a la otra orilla, atravesando la laguna Estigia o el río Aqueronte, y por si fuera poco, y si nadie lo remedia, nos seguiremos alimentando de ellos por los siglos de los siglos.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Si lo prefieres


El invierno hizo de su capa un sayo, y como si tuviese mala leche se plantó como un valentón en la plaza desafiante y exclamó, aquí estoy, y vaya que si se notó.
El muy desvergonzado apretaba los colmillos con toda la fiereza, parecía que le iba la vida en ello; tanto es así que no cesaba de llover y llover. Los campos se sentían asfixiados por no dar abasto a beber tanta agua, y por si fuera poco el agua se convirtió en nieve, emulando el milagro de las bodas de Caná, pero, en este caso, en un sólido blanco, y llegaron rabiosas las nieves, de modo que lo iban revistiendo todo de un traje blanco, como de primera comunión, pero dejando a los moradores empantanados, en un estado lamentable, ya que aparecían como amortajados en un desecho patatal, en el campo de batalla, donde hubiesen caído por su patria miles de soldados, y donde no se podía dar un paso ante el amontonamiento de tantas criaturas tiradas de mala manera por los suelos, como negras colillas, con una cruz en el pecho, dibujada con el cruce de manos y el tronco del árbol encima por el fuerte vendaval, árboles tronchados, que se atravesaban en sus regazos, en sus mismas narices, en pie de guerra unas veces, y otras, implorando el perdón a la misericordia divina por el horroroso temporal.
No obstante la arboleda, como si lo llevase en la sangre, luchaba por conservar su majestuosidad, la dignidad, la figura impoluta junto con el talle y los brotes verdes que en primavera le habían salido, y como si disfrutasen de siete vidas y a su sombra se percibía la blanda suavidad de unas indefensas mariposas arrastradas por ese huracán y la sacudida de esos gigantes arbóreos, atrapadas en un desigual forcejeo, merendándoselas el insensible vegetal, y de paso se llevaban por delante algún que otro esqueleto de lagarto o peligroso escorpión, camisa de serpiente o la misma serpiente con cabeza y extremidades.
Mientras tanto las mesetas y colinas, emparejándose con la campiña, daban fe del escandaloso diluvio, que poco a poco se fueron tornando compactas y engreídas, semejando helados lagos, que enfurecidos y de forma increíble, ladraban rabiosos como perros salvajes en la lejanía, con redobladas ansias de venganza.
Aquellos lagos monumentales y momentáneos, se fueron expandiendo entre chaparrones y ventiscas con cara de niño travieso, formando imágenes raras, una especie de espejismos de compleja plataforma que, a la postre, resultaba extraordinaria, y una ocasión que ni pintiparada para la práctica del esquí.
Albricias, gritaba interiormente Paco. No era un secreto que le encantaba el aroma virginal de la nieve, y esquiar como un poseso por el pecho de las sierras y las faldas, pues muy a menudo soñaba cuando dormía que estaba esquiando en la cama, deslizándose a tumba abierta por las rampas más comprometidas y peligrosas, por lo que vio el cielo abierto aquella mañana de marzo, y masculló entre dientes, qué suerte, ésta es la mía, convirtiendo el sueño en realidad, gritando después y saltando loco de contento en el cristal de las aguas. Con las mismas, asiendo los enseres de los que disponía, se dirigió a la compañera con cierto sigilo.
-Mira, Petra, cariño, por qué no vienes conmigo a esquiar, antes de que la nieve se evapore, o se presente otro horrible temporal, además ya sabes que el tiempo es oro y hay que aprovecharlo, así que gocemos de este día tan delicioso.
-Oye, Paco, qué pesado eres, no me agrada ese deporte, no seas cabezota, pues sabes de sobra que me provoca vértigo, y me huele que tal vez esté embarazada y no debo correr riesgos. No seas un chico malo, así que mejor será que te olvides de mí, y te vayas tú solito a disfrutar del esquí y de tus copitos de nieve, te lo agradeceré en el alma. Sin embargo podría acompañarte en otras actividades menos arriesgadas. Pero fíjate, sabes una cosa, que estoy muerta de frío, y odio la nieve y lo que conllevan sus connotaciones y refranes desde tiempos inmemoriales, cuando estudiaba en el colegio, y ya estoy hasta el moño con tus gustos, pues me salen ronchas y alergias a borbotones por todo el cuerpo, me brotan como un manantial, y me ahogan como si llevase una soga al cuello, y no digamos la cantidad de frases hechas y dichos populares que viven a su costa, verás si no, a saber, año de nieves, año de bienes; buena es la nieve que a su tiempo viene; la nieve marcina, se la comen las gallinas; amor de madre ni la nieve la hace enfriarse; helada de enero, nieve de febrero, aires de marzo y lluvia de marzo dan hermoso año, y un largo etcétera; esto es tan solo una pequeña muestra, pues el río sigue con su abundante caudal, fluyendo de los veneros de los vocablos y de las cumbres hasta las llanuras, formando meandros entre altiplanicies, campiñas y valles hasta acabarse en el mar, y así de esa guisa en un eterno discurrir por los insondables lechos, que si pintando esto de un color, que si aquello otro o lo de más allá con un arco iris sensacional…y nunca fenecen las aguas, las nieves, las sentencias, los refranes, en el eterno ciclo, real o metafórico, de la naturaleza.
-Bueno, perdona Petra, yo sólo quiero jugar, me lo pide el cuerpo, pero sólo tienes que echarle un poquito de cariño y valor a nuestra relación, y todo se arreglará si te abres a la cordura, anhelando que pasemos un rato divertido, relajante, así, por ejemplo, podríamos desnudarnos en un pispás, y revolcarnos en el suave manto blanco y lograríamos entrar en calor, o jugar al escondite o a la gallina ciega, y a buen seguro que sudaríamos de lo lindo, matando el maldito frío. Dime, qué opinas al respecto. A ver si se te muda el semblante tan recalcitrante y hosco, recórcholis. O si lo prefieres, danzamos en la beldad de la nieve, dejándonos llevar por la fuerza de la gravedad y rodamos monte abajo acariciándonos con el aliento, embadurnándonos todo el cuerpo de sonrisas blancas, y una vez inmersos en esa nívea carpa, no hay que preocuparse, porque nadie que cruce por estos pagos nos reconocerá, aunque acaso, asombrados, se lleven las manos a la cabeza instintivamente, debido a los prejuicios o a la original estampa al visionarnos regocijándonos en unas circunstancias tan singulares, que a buen seguro nunca más volverán a repetirse, los cuerpos cubiertos de un encendido y dulce velo blanco, pero desnudos en mitad de la transparente y sutil carpa de nieve.
"Oye, Petra, o por qué no nos disfrazamos aprovechando los carnavales, cambiamos los roles, como en los mejores tiempos de la inmortal Venecia, tú, un hombre y yo, una mujer, qué te parece. Me coloco las dos hermosas calabazas que tenemos del cortijo de tu padre, de las que tan orgulloso se siente, y me enfundo tus prendas íntimas y la peluca rubia de las bodas, y verás cómo damos el pego esta noche, y nuestra pandilla ni se va a enterar.
"Eso sí, nos hacemos nuestra agenda, un punto de encuentro y el santo y seña, y a navegar por los canales de Venecia en góndola, como personas importantes, qué carajo, si fuese menester. Yo me dedicaré a dar besos en la boca a todo quisque, y estoy convencido de que nadie se va a molestar en esa mágica y misteriosa noche, porque con el porte, la voz y las prendas que vista los trajinaré a todos sin remisión, mientras tú te harás la tonta, esperando que alguien te meta mano, ya me entiendes, puro cuento, pues ante tus bruscas y viriles reacciones de macho indomable nadie osará semejante cobardía, o crearte algún minúsculo problemilla. Piénsatelo, y lo vamos preparando, aunque si lo prefieres nos quedamos en casa, aletargados como todos los sábados del año contando los desconchones de las esquinas de las paredes, las estrellas del firmamento a través de la ventana o las blancas ovejitas, como dos carcamales, para coger el sueño, dos viejecitos que no pueden pisar el umbral de la puerta de la calle, ni dar un paso adelante en la alfombra roja del vivir.
"No sé la respuesta Petra, pero conociéndote casi desde el vientre de tu madre, me da la espina de que hasta que no peines y repeines canas seguro que no vas a espabilar, y despejar el oscuro horizonte, y lo más probable será que pasemos la prehistoria, la historia y toda una vida en las mazmorras o en las cuevas de Altamira o del Drach, entre cuatro muros, como auténticos cartujos, con las botas de pobres de solemnidad puestas respecto a los ecos mundanos, y cumpliendo la promesa de los votos en el monasterio, orando y dándonos golpes de pecho al alba ante el altar de la desidia, encendiendo velas a todos los santos del cielo, y a los cristos del perdón, de la triste pena y de la buena muerte, sin nadar en las halagüeñas y chispeantes aguas del vibrante río de la vida.

lunes, 24 de octubre de 2011

La pausa


Godoy tenía esbozado meticulosamente el camino, además de unas pecas en la cara y la cabeza rapada, de forma que no podía permitir que cualquier intruso le trucara la hoja de ruta, alegando tal o cual pretexto, obstaculizando por mera decisión su marcha, sobre todo si ya de antemano había perfilado con clarividencia las prístinas intenciones de lo proyectado.
Resultaba que desde corta edad, en que su abuelo lo acompañaba al colegio, ya había adquirido, sin percatarse de ello, la costumbre de desplazarse cada día por las mismas calles y plazas, parándose en las esquinas que le apetecía, igual que sucede cuando se pasea al chuche por el parque, -caprichosos que son ellos-, y asimismo pegaba cuatro saltos en los rellanos de las escaleras de su bloque según bajaba cual potro salvaje; había a la sazón una vecina un tanto indiscreta y malintencionada, que fisgaba todas las mañanas por la mirilla de la puerta las cabriolas y los traviesos descalabros del pequeño Godoy, repartiendo posteriormente los mensajes con premura a los demás vecinos, generando una corriente emponzoñada y hostil hacia su persona, hasta el punto de llegar un día a comunicar al presidente de la comunidad tales patrañas, con objeto de que tomase cartas en tan grave y solemne asunto, y lo metiese en las mazmorras, en cintura, reclamando un severo correctivo.
La pobre e ingenua criatura salía de su casa bailando, más contento que unas castañuelas, con la irresistible energía propia de la edad, y necesitaba trotar, relinchar, quemar el veneno que llevaba en el cuerpo cuanto antes, y así poder aplicarse en clase, relajándose, pero ni por ésas.
Cierto día cogió una veloz carrerilla al descender por las escaleras, corriendo el riesgo de estrellarse o caerse por una de las ventanas del pasillo, debido al impulso que llevaba, y entonces el abuelo pegó un grito de desesperación, con el rostro desencajado, y el nieto, como tarzán en el bosque, iba desmelenado, dando tumbos por aquellas frías cataratas de las escaleras, perdiendo totalmente el control, ¡Godoy, Godoy!, exclamó el abuelo, espera, haz una pausa, hombre, párate, respira, que me ahogo y no puedo seguirte, pero ya era demasiado tarde, era tan vertiginosa la velocidad que había tomado, que cayó rodando como una pelota rota, saltando de tranco en tranco, echando sangre por las sienes, y alarmando sobremanera al vecindario, que en esos momentos desayunaba quedamente pensando en las inminentes e inquietas labores diarias que le aguardaba, así como en los atascos que tenía que padecer para acudir al trabajo, e imaginando la enigmática cara del jefe de la empresa con la crisis que le asfixiaba, recordando que el último fin de semana se rumoreaba que había en puertas un nuevo ERE en la empresa de algunos.
Las pausas eran para Godoy toda una pesadilla, pues le rompía el ritmo cotidiano y cerebral, le entraba una especie de negro ictus, algo inexplicable, de tal manera que, siendo persona sumamente sensible, podría causarle cualquier estrago irreparable en su frágil corazón, bien por arritmia o por alguna cardiopatía inoportuna. Y como además era un poco despistado, no asimilaba las enseñanzas de la vida como debiera, tropezando siempre en la misma piedra o transportándola a lo alto del monte cual osado Sísifo, de suerte que en cuanto le tocaban en ese punto, no había forma de conducirlo o amansarlo y hacerle entrar en razón, deshaciéndose lo mejor de sí mismo, que no era poco, como un azucarillo en un vaso de agua.
De ahí que el abuelo lo catalogara como un loco cervatillo o díscolo gorrión, saltando de mata en mata, de peña en peña o de puerta en puerta, siempre volando por el aire, sin tomar tierra, siendo sin duda el más duro de los reproches que le achacaban el abuelo y los familiares, y de esa guisa disfrutar placenteramente durante un rato de un breve descanso en la campiña, en el baño, o jugando entre ellos sosegadamente, pudiendo charlar sin prisas con él de lo divino y lo humano, de los acontecimientos del día a día, de las amistades que tenía, de los deberes del cole, de lo que le disgustaba o más le chiflaba y moría por él, y de paso proporcionarle unas breves dosis sobre el comportamiento, para los embates que se pudiese topar en un futuro no lejano, a fin de fortalecerlo para las horas más crudas, al decidir qué realizar o no, qué caminos tomar, o las complicadas actuaciones en los diversos vaivenes que acaecen a cada paso por la vida.
Godoy era puro nervio, siempre en continuo movimiento, como las olas marinas, tanto en pleamar como en bajamar, con luna llena o menguante, se hallaba inmune a los agentes externos de la naturaleza. Las pausas, los descansos, la quietud no figuraban en su mente, sólo volar, volar y volar sin rumbo, permaneciendo siempre en el aire, en suspensión –como un ángel-, como si su cuerpo hubiese sido hecho exclusivamente de aire, -o quisiese remedar la hazaña de Ícaro-, y no de barro o de carne pura y dura, como el resto de los mortales, que, en determinadas ocasiones, muy a su pesar, se les pone de gallina.
A lo mejor gozaba de unas cualidades raras, algo excéntricas o prodigiosas por algún milagro, nunca se sabe, viviendo en un mundo diferente y feliz, lleno de luz, de estrellas comprensibles, únicas, y más humanas y cercanas, donde no exista la envidia, el estrés, las zancadillas, el odio o las perversas intenciones en los corazones, y que a nosotros nos esté vedado percibir tal beatífica aura, y en consecuencia caemos en una feroz crítica de manera ciega, o sin razón alguna, y con alegre aspereza, amarrados a las insensibles cadenas de nuestra impotencia y cortas luces, nos suene a chino todo ese misterioso mundo de Godoy, que tal vez, en el fondo, sea genial, generoso y fantásticamente creativo, digno de encomio.

lunes, 17 de octubre de 2011

Reunión en el retrete


Casandra, atormentada por los escrúpulos, cual trasunto de una propia nota biográfica que redactase, no coordinaba las neuronas últimamente, de modo que cada una tiraba por su lado, al igual que la cabra tira al monte, y sin más circunloquios, se bloqueó.
En una noche otoñal de luna llena del dos mil once, con las altas temperaturas a las que se veía sometida, Casandra concertó con su cohorte una solemne reunión en el retrete más próximo del palacio de Apolo, no lejos del templo sagrado, a fin de enderezar los entuertos que le llovían desde todos los frentes, pero sobre todo desde la andorga.
No estaba dispuesta a continuar por más tiempo padeciendo la insufrible intranquilidad de semejantes sofocos y violentos apretujones, no ya del pueblo llano, porque no le creyesen las profecías tan nítidas y calculadas que realizaba, como les aconteció a los troyanos por no creerlas cayendo prisioneros en manos del enemigo, sino del mayúsculo ninguneo de que era objeto por parte de los insignes y poderosos dioses del entorno –Príamo, Hécuba y Apolo, entre otros-, que le circundaban en aquella atmósfera divina.
La desventurada Casandra, en contra de su voluntad más puritana, y a pesar de los detractores que la hostigaban con acritud, al verse obligada a deslizarse por las vertientes de lo escatológico más cruel, siendo sin duda alérgica a tales coyunturas advenedizas, tenía que comulgar con ruedas de molino, debiendo incorporarse a periódicas sesiones de espiritismo y catárticas terapias a fin de subvertir las fobias y rémoras que la atenazaban, y aceptarse a fin de cuentas con todas las calamidades que se alojaban en su cuerpo, es decir, tal cual su constitución divina había sido concebida, pero su amor propio se rebelaba sin denuedo ofreciendo las mayores de las intransigencias a tales avatares.
Continuando con la biografía de Apolo, vemos que fue hijo de Zeus y Leto, y hermano de Artemisa, y dios de la luz y del sol. Su hijo Asclepio le ayudaba en la medicina y la curación de las enfermedades. Ejercía dominio sobre los colonos de aquellos territorios; asimismo era jefe de las Musas, y el dios de la música y de la poesía.
En el ámbito amoroso fue el prototipo por excelencia de la galantería y la conquista, superando con creces, a años luz, a los futuros personajes que pululan por las páginas de la literatura engendrados por obra de los mortales. Tuvo relaciones con Dafne, sólo hay que evocar aquellas terribles persecuciones a las que la obligó, pero debido a que se burlaba de Cupido por imitar a los humanos, entonces éste se vengó disparando una flecha a Dafne, logrando que ésta odiase a Apolo, y éste se venga transformándola en laurel, pero consagrado a su persona. Más adelante tuvo unas aventurillas con Lucótee, hija de Orcamo y hermana de Clicia, y posteriormente, como era de suponer, llegaron otros amores, Marpesa, aunque lo rechazaba por ser un dios inmortal –tal vez pensase que el amor no perdura por los siglos de los siglos-, mientras ella con el paso del tiempo envejecería y la abandonaría. Luego vendría la ilustre ninfa, Castalia, pero pronto huyó zambulléndose en la fuente de Delfos, al pie del Parnaso, cuya agua sagrada inspiraba a los poetas en la creación artística.
Más adelante tuvo con Cirene un hijo, llamado Aristeo, que se convirtió en el dios de los árboles frutales y de la agricultura. Con Hécuba, esposa de Príamo, tuvo a Troilo. Luego se enamoró de Casandra, hija de Hécuba y Príamo. Pero no acabó ahí la cosa, pues luego se enamoró de Coronis, cerrando provisionalmente el largo corolario amatorio.
!Pobre Casandra, cuántos devaneos y veleidades tendría que sobrellevar en su débil y frágil cuerpo, por lo que tal vez sus vibraciones intestinales serían una clara somatización de las convulsiones de enamorada no correspondida!
Pero a lo largo de su dilatada vida, resultando sumamente difícil poner puertas al campo, y más aún si la lascivia se abre en carne viva, Apolo también gozó de amantes masculinos. Las circunstancias mandan, como decía Ortega, yo soy yo y mi circunstancia, y así sucedió en aquellos idílicos parajes y melifluos ambientes, donde a la sazón Apolo era el dios de la palestra, lugar donde los hermosos jóvenes se reunían para practicar atletismo, y siempre iban desnudos, lo que abría el apetito de los sentidos, aunque fuese acaso un placer efímero –lo bueno si breve…-, pues al poco tiempo sufrirían algunos trágicas muertes. Tuvo, entre otros, a Jacinto, un príncipe espartano, de gran belleza, mas cuando lanzaban el disco fue desviado por el celoso Céfiro, golpeándole en la cabeza con tan mala fortuna que Jacinto falleció, y en castigo Apolo lo convirtió en viento, para que no pudiese detenerse ni relacionarse con nadie. Luego tuvo a Cipariso, que le regaló un ciervo domesticado como compañero, pero lo mató accidentalmente, y solicitó a Apolo que sus lágrimas rodasen eternamente por valles y campiñas, éste accedió y lo transformó en ciprés, de ahí que simbolice la tristeza, dado que su savia forma gotitas que asemejan las lágrimas.
Con el paso del tiempo, se le atragantó a Casandra de tal forma la poca estima que le profesaban todos ellos que, no aguantando más, tuvo que acudir al gurú de turno de los mismos dioses que reinaba con múltiples prebendas por aquellos lares, y le expuso minuciosamente las cuitas, ultrajes y debilidades sin ambages ni tabúes, no reservándose el misterio de las horribles colitis que la azotaban sin reconcomio, y más si cabe al coincidir unas y otras, las desafecciones más íntimas, humanas y divinas, de lacayos y congéneres, con la nutrida nómina de crónicas e indescriptibles gastroenteritis agudas, que la llevaban a mal traer, y siendo persona precavida –pues lo llevaba en los genes-, con olfato de elefante o de buen oráculo, averiguando lo que le fuese a caer encima, el enigmático obrar del vientre, advirtió a todo el séquito sin excepción, los habilitados ujieres y bedeles encargados del distinguido evento, que el mejor lugar o escenario para entrevistarse con los mandamases, arúspices y demás selecta corte de los dioses era la letrina, pero eso sí, debidamente adecentada por expertos criados en tan delicados menesteres, y todo ello en prevención por la eventualidad de algún advenimiento no deseado, y de esa guisa encontrarse a salvo de cualquier extravagante indiscreción o impronta acometida, que tramasen las díscolas vísceras en tan singular y trascendente confluencia, ponderando en su justos términos el lastimoso trance por el que muy a su pesar transitaba.
Los dioses de su firmamento, aunque eran comprensibles y campechanos en cierta medida, no cayeron en la cuenta sobre las preferencias de Casandra por estar distraídos elucubrando sobre los amores frustrados en que se habían visto envueltos en anteriores citas, simposios y convenciones, donde cada cual llevaba el agua a su molino, achacándole al otro la falta de entrega, afecto o correspondencia en dádivas y desvelos y cuidados dispensados, ya que todo lo más que imaginaban era que las prístinas razones de la proposición serían políticamente correctas, y que todo se debería acaso al albur de ser un tanto caprichosa como la abuela, o tal vez porque estuviese embarazada, o por simples casualidades del azar, cosa extraña no obstante para la sutil mentalidad de los dioses, que lo saben todo, pues sabido es que habitan en escrupulosos y suntuosos palacios, rodeados de las comodidades más sofisticadas, baños térmicos, lujos y egregios oráculos, brillando todo como los chorros del oro.
Finalmente, la reunión se llevó a cabo en el retrete, como se había anunciado anteriormente por los emisarios del reino, con todo el boato y pompa de las grandes solemnidades, sintiéndose toda la comitiva harto satisfecha y confiada y contenta por tal determinación, ajenos como debían estar a la probable presencia de insoportables insectos voladores y moscas, hedores y otros furtivos aromas y factores, que por una brizna de pulcritud conviene obviar.
Los claros clarines de la corte de los dioses comenzaron a difundir sus alegres sones y aleluyas, en ese raro cielo en el que se cobijaban, echando mano de gruesas y luengas túnicas y bastones de mando, con el pecho ornado de brillantes medallones logrados en ínclitas intervenciones a lo largo y ancho del cosmos, marcando hitos, en auténticas gestas, en encarnizados enfrentamientos con otros dioses, de tirios y troyanos, habiéndolos humillado en su propio territorio, y posteriormente borrados del mapa, de su propio hábitat, cumplimentando sobradamente su envidiable hoja de servicios, subiendo a las cumbres del cielo y de la fama, cerca de los astros y satélites más influyentes, que pueblan el firmamento celeste, compartiendo casa, bienestar y bocados divinos.
La inmortalidad era lo que menos valoraban, toda vez que ya lo son per se, como la mosca posee patas, cabeza y ojos.
Casandra, figurando como el símbolo de las personas clarividentes por antonomasia, aunque rodeada de una pléyade de incrédulos por expreso mandato de su amor Apolo, no podía fallar en sus deliberaciones por nada del mundo.
Y dicho y hecho. Cuando más ensimismados y enzarzados en los asuntos se hallaban los eximios dioses reunidos en el retrete, empezó una furiosa y chocante cohetería de fuegos artificiales, con pronóstico reservado –remedando la erupción del volcán de la isla canaria-, un estruendo de viento y pedorretas y eructos y raras soflamas huecas e incandescentes, de suerte que se oscureció el día y el ambiente reinante hasta límites insospechados, debiendo salir huyendo Casandra, cual animal acorralado y despavorido –siendo mujer tan pulcra y tierna y delicada, amante de los dioses-, rodando por las escaleras, por supuesto que sin despedirse, y sin haber gozado del suave placer de utilizar el papel higiénico que por allí le aguardaba, siendo la comidilla en las tertulias del reino hasta los primeros atisbos del canto del gallo durante muchos, muchísimos otoños, como otras belenes estébanes, cotilleando en los tronos de oro de toda la deidad celestial.
Y es que no hay peor profecía para acallar y satisfacer a los incrédulos, al auditorio, que la de la inminente necesidad de la micción o la súbita evacuación de vientre.

martes, 11 de octubre de 2011

Escritura en acción en los jardines de Lola


Espensipo
Espensipo apostaba por la vida, por la sencillez de una tarde en el campo, con unos cuantos amigos, comiendo cerezas y peras y aguacates o higos de pascua, o bien saboreando algún licor en cualquier barecillo típico del pueblo. Porque aquel verano se había propuesto vivir a secas, pero vivir en toda la amplitud del término, y declararle la guerra a la indiferencia, a los actos insensibles, que de un tiempo a esta parte lo deshumanizaban, de suerte que rehuía el placer más alentador, las alegres sonrisas de la vida, tropezando muy a su pesar en las mismas banalidades un día sí y el otro también, reiteradamente, como si quisiese remedar las funciones de otro Sísifo, en este caso urbano.
Finalmente adoptó la drástica medida de enterrar en una fosa común y bien profunda todo lo que presentase algunos ribetes de lo que más desdeñaba, la insensibilidad.

Rumor
Las mañanas se le torcían sobremanera, casi verticalmente, cuando se subía en la montaña rusa, por el mero hecho de evocar la áspera infancia, en que con otros zagales y zagalas zigzagueaba por el recinto del ferial con el firme propósito de divertirse. Algunos días se iba a la fuente que había a la entrada del pueblo, que apagaba la sed de los vecinos, y a veces se entretenía con una pistola de agua disparando por sorpresa a los transeúntes en el cogote o en los mismos ojos al volver la cabeza, sin ningún reparo. Le encantaba el rumor de la imaginación, porque le abría las puertas de un mundo nuevo, virgen, y el deseo de atrapar o descubrir inusitadas sensaciones, sobre todo cuando acariciaba la brisa las copas de los árboles y su cara, ofreciendo un rostro amable y dulce, ondulante, vibrando con dulzura por la vasta campiña, y el rumor, antes tan vago e impreciso se tornaba sereno, compacto, claro, empujándole a encarar los problemas con verdadero optimismo.

El dedo
El dedo acusador se convirtió en su dedo verdadero, cuando acudió al curandero al cabo del tiempo por no sentir mejoría, ya que en la fábrica donde laboraba sufrió un percance grave, y el jefe de personal le incrustó rápidamente el dedo de un muñeco que por allí andaba rodando, y se lo escayoló con premura, sin que se diese cuenta de nada, por mor del lastimoso trance por el que atravesaba, sintiéndose casi ciego y muerto de dolor y miedo.
Ahora ya podía presumir de llevar el dedo más chuli del mundo, el verdadero según sus cálculos, tras la intervención milagrosa del curandero –engullir sendos vasos de H2O con enigmáticos polvillos y unos trocitos de papiro puntiagudos dentro- a la que había sido sometido.

La cama
A Ángela le encantaban las camas grandes, espaciosas y que reluciesen como las aguas de los océanos, cuando los rayos solares se estrellaban sobre la superficie en el incesante balanceo de las olas. Pero Ángela no quería mancillar la tranquilidad y hermosura de la faz de la cama, quería respetar su atractivo, su duende, su ángel, y se decidió por acostar a sus muñecas predilectas, las más elegantes y cariñosas. Aquellas con las que más se identificaba, procurando que todas estuviesen ubicadas escrupulosamente, guardando las distancias estéticamente, y haciendo juego con los colores de la colcha que la cubría. Ella, cuando le vencía el sueño a altas horas de la madrugada, se acurrucaba pacientemente en un rincón de la alcoba, aguantando como podía el chaparrón del sueño, y se sentía embelesada observando la estampa tan gratificante de sus muñequitas.
Mañana será otro día, musitaba entre dientes, harto condescendiente con sus sublimes e inquebrantables principios.

El cajero
Cada vez que cruzaba aquella calle le entraba pavor al atisbar el cajero automático que allí había. Resultaba que muchas noches, oía unos ruidos raros, como si en su interior se albergaran infinitas ratas de enorme tamaño o terribles tigres, gritando desaforadamente como seres humanos en un estado de inminente pánico, bien por sentirse atacados por el fuego de un incendio o impulsados por la fuerza del hambre.
Después de la travesía, y a veces ni tan siquiera eso, ella permanecía toda la noche en vela, aturdida, como si los sintiese en sus entrañas, y le arrancaran trocitos muy lentamente, como si pensasen que estaba durmiendo y no quisieran despertarla, y no había forma de que conciliara el sueño, por el infernal estruendo que rumiaba en su cerebro día y noche. Al cabo del tiempo y luego de una profunda reflexión, decidió un plan, que lo presentía como algo definitivo, a fin de mitigar en lo posible el grave problema.
Puso al corriente a los bomberos del barrio de todos los pormenores del asunto, y de la situación tan penosa por la que estaban pasando los vecinos y ella misma, instándoles a que satisficiesen su nerviosa ansiedad, por lo que los bomberos, atendiendo a sus súplicas, acudieron en su auxilio en cuanto pudieron, y cuál no sería su sorpresa cuando al acercarse al cajero automático saltaban por los aires cientos de serpientes de cascabel silbando despavoridas, sembrando el desconcierto entre los transeúntes y entre el mismo cuerpo de bomberos, curtidos como estaban en mil batallas, y fueron desbordados por los acontecimientos, viéndose impotentes para fulminar tanta víbora viviente.