viernes, 9 de febrero de 2018

Escritos a vuelapluma (enero 2018)


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1. El silencioso aullido primitivo que escapaba afilado de los ojos sembraba el desconcierto en el ambiente, formándose un especie de nubarrón negro que turbaba al vecindario, tanto así que se vieron obligados a telefonear al 112 pidiendo auxilio.
   Durante el tiempo que tardó en llegar la ambulancia hubo varios casos de convulsiones, no pudiendo hacerse nada para aliviarlas.
   Y echaron mano de un producto del mismo que utilizaron los astronautas en el viaje a la luna, siendo pan bendito, remitiendo milagrosamente todas las sensaciones de agotamiento, asfixia y muerte.
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2. Un misterio cuyo mayor misterio es su claridad, así de contundente se expresaba ante el auditorio el chamán a la hora de poner los puntos sobre las -íes en toda aquella amalgama de letanías y formularios que fue hilvanando con su talentoso bisturí, desvelando los enigmas y claves de los mamotretos que aparecieron en un monasterio de la Toscana tras las excavaciones que llevaron a cabo.
   Al fin, lo más trasparente brotaba, como por arte de magia, de las mismas entrañas de las tinieblas.          
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   3. Y la naturaleza así, quedando al desnudo, lista para la luz, quiso hacer una de las suyas, horadando las estructuras de los pensamientos y las raíces de la vida para construir monumentales edificios encantados con toda clase de materiales trasparentes, empezando con los rayos solares en los instantes en que más alborotados aparecen yendo a su aire, haciendo de su capa un sayo, mezclando lo humano y divino, lo líquido y sólido según lo imaginaban en sus cenáculos al caer la tarde.
   En esos instantes la naturaleza toda desnuda se abría en canal profiriendo verdades y sentencias magistrales como la copa de un pino, así como profecías comprometidas, detallándolo todo con pelos y señales, jugándose el tipo, su prestigio y el pundonor.
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   4. Sobre el tablero en tonos grises de la mesa de la cafetería se hallaban los dos escritos sudando la gota gorda, intentando sacarle punta a la propuesta que habían hecho para escribir un minirrelato con tales mimbres.
   Aquella noche ni ella ni él tuvieron la delicadeza de apearse de los caballos, poniendo los pies en tierra y soltar los correajes y la escopeta cruzada que llevaban para de una forma cómoda y sencilla desenfundar la pluma y dejarla trotar a sus anchas por la pradera del folio en blanco sin miedo a los gazapos, o a que se dispare el arma que portaban cargada por encontrarse cruzando tierra enemiga, toda vez que pululaban por aquellos enrarecidos parajes no pocos cuatreros con escafandras y pasamontañas no respetando al forastero.

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5. Un equilibrio sólo roto por la asimetría de los adornos vegetales en el kimono era lo que se palpaba aquella noche de luna llena, extendiéndose su armonía por los cielos y la tierra de manera radiante, de modo que los residentes y visitantes se detenían en mitad de calles y plazas como extasiados para contemplar los engranajes y las sutiles filigranas tan ricamente labradas, generando un mar de gozo y bonanza, que los mismos huéspedes de la selva, insectos y fieras más feroces, se contagiaron hasta tal punto que cogieron los enseres, sus artimañas e instrumentos y empezaron a diseñar chabolas como de oro fino y jardines colgantes como nunca se habían dado en su mundo.    

                 


sábado, 20 de enero de 2018

El DNI




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   Quizá sea preferible ir de incógnito por la vida pasando inadvertido, porque aumentaría sin duda las expectativas de que los sueños se cumplan, discurriendo las criaturas felices y contentas por las laberínticas encrucijadas.
   Cuando la adicción aprieta no hay mano de santo que la pare, o pozo negro que la engulla.
   En cierto pueblo morisco (*Nodnrajaug) de la ancha Andalucía vivía enganchada al shopping Puri, hasta el punto de que pasaba los mejores momentos de su vida pateando tiendas o grandes superficies, dedicando el resto del tiempo a las labores domésticas. Y se entregaba en alma y cuerpo al arte culinaria hasta que el director de orquesta que llevaba dentro le paraba los pies diciendo aquí estoy yo, poniéndola a interpretar mercantiles baladas, heroicas compras de ensueño.
   Llegado el momento fijado, y sin dilación alguna, salió de compras aquel día para matar el gusanillo que le corroía portando los documentos personales, tarjeta de crédito y un puñado de dólares, no sin antes emperejilarse con las mejores galas pintándose hasta las cejas, retocando el lunarillo que lucía en la mejilla izquierda.
   Se puso ropa cómoda y ligera para la ocasión a fin de aliviar la ardua tarea que le aguardaba, recorriendo los distintos stands faltándole horas al día para completarlo, teniendo en mente que sería un día diferente.
   Soñaba con encontrar un potosí en el Black Friday, que por cierto no era, pero qué más daba, o acaso fuese el día de Reyes o de Santa Claus obsequiando al gentío a diestro y siniestro.
   Aquel día amanecía soleado, compacto, de buen ver, aunque en el horizonte se vislumbraba leves nubes con tintes negros. No obstante, todo invitaba a zambullirse en las ofertas recibiendo alegrías y dulces estímulos, y despertaban el apetito y las ansias de tirarse de cabeza al río revuelto de las gangas, chollos y saldos capturando las más prestigiosas especies y marcas parisinas, londinenses o las nacionales, Paco Rabanne, Purificación García o Carolina Herrera.
   Así transcurría la jornada, toda risueña y llena de envidiables encantos.
   Una vez que visitó el centro comercial por antonomasia de la ciudad, el de toda la vida, se fue a los grandes almacenes de extrarradio en el transporte urbano. Y después de subir y bajar un sinfín de escaleras automáticas, en un frenético ir y venir de unos stands atiborrados de ropa a otros haciendo un gran acopio, se acercó a caja para abonar el importe.
   Y cuál no sería su estupor cuando al abrir el bolso no estaba el monedero, pensando que unos cacos se lo habrían robado junto con el pasaporte, la tarjeta bancaria y lo más preocupante de todo, El DNI.
   En vista de lo cual, y temiendo encontrarse desnuda ante un posible control policial, se personó en comisaría para ponerlo en su conocimiento. Pero aquel día por lo visto no era el más indicado para tal misión, quizá por lo del color negro del día según bullía en sus entendederas, vaya usted a saber, y las pasó moradas esperando todo el santo día por la cantidad de gente que como ella acudía a denunciar algo, y fue debido, según se supo más tarde, a que el grueso de la policía había sido requerido para un caso más urgente, la explosión de varias bombas no lejos de donde se encontraba, quedando tan sólo dos agentes para atender al personal, viéndose obligada a esperar una eternidad, debiendo matar el hambre con unos bollitos, o más bien unos cuscurros de mortadela y queso que le quedaban.
   Una vez realizadas las diligencias oportunas sobre el affaire, regresó a su residencia.
   Mas trascurridas unas pocas semanas empezó a sentirse mal, pensando que si salía a la calle podía verse envuelta en alguna redada por mor de disturbios callejeros o ajuste de cuentas, y volvió a ir a la comisaría de su pueblo al objeto de hacerse un DNI nuevo, quedando más tranquila con el resguardo en el bolsillo mientras tramitaban el otro.
   En el breve trayecto, se topó con una gran tienda que estaba echando la casa por la ventana, liquidando todas las existencias por cierre.
   Con las mismas entró como una exhalación, sin tiempo que perder, como no podía ser de otra manera, y una vez que se despachó a su gusto, fue a la caja a sabiendas de que no disponía de fondos, pero lo resolvió dejando reservada la compra para el día siguiente.
   Puri, en su afán por la moda, el estilo, y, cómo no, para estar en forma se inscribió a un curso de meditación chakra en su proceloso caminar, recuperando energías y cierto bienestar espiritual, evocando los años de catequesis y meditación parroquial de su adolescencia.
   Y no quedó ahí la cosa, ya que impulsada por los hálitos de su homónima Purificación García, empezó a buscar diseños exclusivos de su firma por todas las boutiques de moda, a sabiendas de que estaba sin blanca, y lo dejó pendiente, mas cuando terminó la operación se le torcieron los vientos.   
   En esas trapisondas andaba Puri, cuando sintió la necesidad de ir al baño, y cuál no sería su extrañeza cuando al introducir la mano en el bolso se topó con unos raros documentos, de distinta tinta y hechura pero con perfiles similares, de color rojo chillón mezclados con sangre seca, aumentando la incertidumbre más si cabe cuando vio que la foto del DNI era de una muchacha siria, que aparecía colgada en las redes sociales como presunta terrorista.
   Quizá no fuese lo peor que le habría ocurrido a Puri, pacífica y bondadosa como ella sola, al tener la mala suerte de cruzar una calleja del casco antiguo, refugio de indigentes y ocupas, en el instante preciso en que llegaban las fuerzas del orden pidiendo la documentación a todo el mundo, y al comprobar la de Puri la introdujeron ipso facto en el furgón, toda vez que no encontraban ninguna justificación al hecho de llevar en su bolso documentos de una supuesta asesina, ingresando en prisión preventiva, mientras se llevaba a cabo las oportunas pesquisas, si era inocente o pertenecía a una célula yihadista.
   Al cabo de un tiempo, las dudas se fueron despejando, y en un día trasparente y limpio vio Puri el cielo abierto, saliendo sana y salva del negro módulo, que casi le muerde el alma, pero al menos le arrancó los puntos negros de la adicción, no pensando ir nunca más a las rebajas, llevando una vida tranquila con los suyos. 
   A la mañana siguiente de la liberación fue Puri a la iglesia del barrio a agradecer a Santa Rita, abogada de imposibles, lo que había hecho por ella, liberándola de tan onerosa carga, cual otro Sísifo, y después de haberle acaecido tantos y tantos contratiempos y pesares.
   No cabe duda de que salió Puri totalmente purificada del templo, libre del compulsivo instinto, aunque con la cabeza gacha pero satisfecha, el pecho lleno de aire puro y una sonrisa ancha.
   Y sintiéndose desbordada por la emoción, y un tanto distraída por la euforia, se dio de bruces con un enorme cartel del Corte Inglés cayendo como un muerto al suelo.
   En grandes letras rojas anunciaba: últimas rebajas al 70 por 100 de descuento.    

                                                              *Nota del editor. Ése es el nombre del pueblo que aparece en el manuscrito.


jueves, 18 de enero de 2018

Cual ave


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Más que azafata volaba
por los cuatro costados
de los continentes,  
aterrizando en los más tentadores
aeropuertos,   
cual pieza única hecha de moldeable
y etéreo acero
en la fragua de Vulcano:
hoy en las Maldivas,
ayer en la Toscana,
mañana de Santurce a Bilbao
cantando a los cuatro vientos
bocados de cielo,
sardina fresca,
o ardientes encantamientos,
meciéndose en los encendidos
oleajes del mar de la vida.                                                                                                           



domingo, 7 de enero de 2018

Mosaico del Balcón de Europa



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AUTORES
Luisa Serrano
Haydée Acosta
Pepe Guerrero
Paco López
Vicky Fernández


   Las manos ya perciben el frío del invierno que se avecina. Un ligero airecillo perturba a los paseantes, que tienden a buscar los locales caldeados.
   El rumor de las olas invita a acercarse a la barandilla a pesar del frío, y en la playa de Calahonda, dormida, las olas rompientes dejan puntillas blancas sobre la arena de la orilla.
   Hoy las terrazas están serenas, han perdido la agitación estival; las luces que bordean la costa contribuyen a esta sensación de serenidad. Sólo, a lo lejos, una luz verde demasiado estridente rompe el conjunto.
   La luna no nos acompaña en este paseo, pero sí un gato gris que merodea entre las plantas y nos observa desganado y paciente.
   El Rey Alfonso XII, vestido de forma ligera, da la sensación de estar pasando frío; allí, abandonado, sin la habitual escolta de turistas, permanece impertérrito en su estatua de bronce.
   Y en un banco orientado al oeste, ajena al frío y a cuanto la rodea, una mujer parece meditar mirando al vacío.
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Ya anocheció sobre el Balcón de Europa. Junto a los arcos, sentado sobre el bordillo que da a la playa de Calahonda, se encuentra un hombre de entre cuarenta y cincuenta años, o quizá lo parece por su aspecto algo gastado, su vestimenta rústica y su mirada dirigida hacia delante, sin punto fijo, solo mirando, pero como sin ver. Lleva encajado un gorro (el viento que sopla a esa hora del atardecer es algo gélido). A su lado una gran mochila y un par de bártulos más, propio del que viaja sin alojamiento fijo y tal vez sin rumbo fijo. Al cabo de unos minutos, se ha girado hacia la playa, como valorando el espacio que allí existe. Tal vez esta noche, las ruinas del Papagayo sean su parador provisional.
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Sentado en un banco de madera, frente al oscuro mar, el anciano mira atentamente la nada. Esta noche los pensamientos no pasan por su mente. Se cubre la cabeza con un sombrero bicolor, negro y beige, el ala delantera flexible doblada sobre su frente. Su cara la puebla una descuidada y espesa barba canosa. Viste uso pantalones grises y sobre la camisa blanca un gabán marrón algo grasiento. Solo le acompaña la soledad, a pesar de estar rodeado de paseantes nocturnos. Ha venido de lejos a hablar con el mar, con las estrellas ausentes que las cubren unos nubarrones negros. El hombre no espera a nadie ni a nada. Las horas para él no existen y a pesar del frío húmedo se encuentra relajado. Está de espalda a las personas que tras él pasean. No necesita compañía en ese momento. No se oculta, pero no quiere ser visto.
La noche va avanzando lentamente y él no tiene prisas por marchar a casa, al hogar que ha quedado vacío tras la muerte de la única mujer que ha amado en su vida. Sabe que le esperan las frías sábanas y mantas que no logra calentar su enjuto cuerpo ni sus pies que solo entraban en calor junto a los de ella. Tiene aún la imagen de su mujer, aquella joven de ojos de color azabache. La primera vez que la vio paseando por el Paseo cogida del brazo de su amiga se enamoró de ella y de la sonrisa que le iluminaba la cara.
Este Balcón de Europa no le agrada, por eso da la espalda a todos los paseantes que pululan y que le son totalmente extraños.
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Cuando eran las 20,18, y empezaba a hacer un frío que pelaba, aquel personaje debía de tener la percepción de que una multitud paseaba por el Balcón de Europa. ¿Tendría consciencia de su soledad? Ya lo creo que sí. Desgraciadamente para él, estaba frío, inmóvil. No tenía pulso ni respiración. Probablemente ni tendría vida. Por otro lado, su fisonomía parecía recordar a todo el mundo a un personaje conocido, incluso famoso. Sabían que en los libros de historia aparecía un tipo tal. Escudriñando en los recovecos de sus neuronas iban configurando la imagen y zas! Aquel personaje resultaba ser una estatua en bronce del Rey de España conocido como Alfonso XII. Tuvieron mala suerte, buscando un personaje solitario y se encuentran con un rey.
            A partir de aquí, surgen los prejuicios. ¿Acaso era lógico elegir a una estatua como personaje solitario?. Después vinieron los considerandos. Al fin y al cabo, las estatuas también pueden tener vida, vida animada. ¿Quién sabe si a partir de las 3 o las 4 de la madrugada la estatura no se baja a la playa a darse un bañito?, incluso, teniendo en cuenta su inclinación, según las malas lenguas, a visitar camas ajenas, la de alguna que otra nerjeña.

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Iba el hombre, un tanto desenfadado, paseando con la pareja por el Balcón de Europa, alejado del ajetreo diario, respirando aires de libertad, o al menos eso aparentaba.
   Sin embargo, se le notaba un rictus de tristeza, síntomas de insatisfacción, tal vez porque la pareja le hubiese recriminado algún ligero desliz en el último encuentro con unos amigos.
   Lo culpaba, enfadada, de haberse extralimitado en atenciones con la pareja del amigo, lo que le perturbó sobremanera.
   Él no entendía nada de lo que le trasmitía, y pensaba que estaba inventando.
   Al cruzar la sombra nocturna de un árbol por la luz de una farola, se rascó la cabeza algo preocupado, hurgando en lo que ella le había señalado, y no alcanzando a ver los entresijos del disgusto, imaginó que posiblemente le estaba pidiendo unas gotas de ternura.   

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Charlando dicharacheramente, avanzan por el centro del Paseo los cuatro hombres, viejos amigos del pueblo, a gusto de disfrutar del gran entorno que se abre a su alrededor en este primer frío anochecer de noviembre, escaso de turistas. Son mayores, se conocen desde hace años, uno de ellos camina a compás de su bastón de invidente, ya que una enfermedad en mitad de su madurez, lo privó de este primordial sentido en un lugar tan digno de ser visto como su maravilloso Balcón de Europa.
Pero sus recuerdos le mantienen fresco el bello paisaje y no sufre por ello. Sus compañeros de siempre siguen manteniendo con él las acostumbradas charlas, su café mañanero, su aperitivo nocturno y las mil y una comidillas sobre política, turistas, esposas, nietos, o lo que se precie de ser comentado familiarmente y sin maldad acerca de la vida del pueblo. Él, precisamente, ya no juega al ajedrez con la misma precisión de antes, ni asiste a exposiciones de pintura, pero aprendió a utilizar bastante bien el sistema Braille y no ha perdido la costumbre de leer un poco antes de dormir,
Con sus amigos dan largos paseos y se reúnen a charlar y reír.  Aquí, cada tarde, como si se tratara de una gran pileta olímpica, hacen tres o cuatro largos desde la boca del paseo hasta la reola, antes de recogerse en sus hogares.

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Al tiempo que aquellos individuos observaban a otros individuos y grupos de individuos, pensaban que ellos también podían ser observados, incluso por el grupo de individuos e individuas de la Aventura de Escribir, tras el reportaje para el Pulitzer. Realmente, estos resultaban cuanto menos, unos descerebrados de safari por la sabana. Claro que estaban suponiendo que solo cada uno de ellos se encontraba en condiciones de justificar sus movimientos erráticos, tomando notas como si fueran encuestadores que buscaran opiniones sobre si ya estaban en otoño.
Pronto se darían cuenta que daba igual. Pues, ¡Menudos eran estos de la Aventura de Escribir! Cuando se empeñan en algo no hay quién los pare.
Pero aquellos tipos no iban a estar toda la noche en el Balcón de Europa, y uno de ellos vio como por fin, se agrupaban y, ordenadamente, 3 delante y otro 2 detrás, se dirigían a la Tetería Zaidin. Al percatarse de tal movimiento se apresuró a llegar antes que ellos y tras colocarse el habitual mandilón se dispuso a tomar nota de la comanda. Como el tipo era muy discreto no se atrevió a realizar comentario alguno. Pensaría que esas eran las reglas del juego. A muy pesar suyo se enteró de que el paquete de 2 se retrasó porque se encontraron con Maribel, a quién hubieron de saludar.

La hija, protegiéndose con la bufanda del fresco reinante según caminaba con su padre y una amiga por el Balcón de Europa, apuntaba que debía cambiar la ventana de la casa antes de que apretara más el frío y llegasen las importunas lluvias de invierno. El padre le indicaba, algo distante, que pusiese rejas, que con eso bastaba.
   Se palpaba con claridad meridiana que la hija pisaba segura, confiada, sabiendo lo que necesitaba. Quizás porque a lo que últimamente más temía era a la frialdad y a los malos vientos que pudiesen entrar en su vida, escarmentada por la anterior pareja que tuvo durante un tiempo.
   La amiga, que les acompañaba, se mostraba prudente, cariacontecida, y sobrellevaba lo mejor que podía las discrepancias entre ellos, constatando que no estaban en consonancia en las claves de las partituras humanas.
   Al padre, viudo y curtido en mil batallas, se le había endurecido en parte el alma, y los tornados más virulentos no le hacían mella, en cambio ella, más sensible y delicada, se colocaba el flequillo en su lugar preferido, y tragando saliva presurosa, le hablaba al padre en silencio, mirándolo de reojo con cierto desdén, no comulgando con su filosofía.  
Pasear a cualquier hora por el Balcón de Europa es encontrarte con todo tipo de personas. Aunque la noche es fría y oscura, hay gente deambulando y asomada a la barandilla para observar las negras aguas del mar o haciéndose fotos con la estatua del rey Alfonso XII o subidos en los cañones, vestigios del antiguo castillo Bajo de Nerja.

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            Me ha llamado la atención entre lo pocos transeúntes que pululan a estas horas tardías en el Balcón de Europa, ver dos parejas de japoneses caminando tranquilamente a esas horas por el centro del Paseo. Aseguraría que son oriundos de Japón y no de China, porque los primeros son más elegantes en el vestir y se nota la calidad de las ropas, vestidos y los complementos. Es raro verlos a esas horas tardías porque generalmente no son[p1]  noctámbulos y casi siempre se suelen ver en grandes grupos y cargados con cámaras fotográficas o palos de selfi. Las cuatro personas, dos mayores y dos más jóvenes, no hablan entre ellos y pasean sin tocarse. Supongo son familiares, incluso apostaría que son padres e hijos. Cada uno va ensimismado y algo impasible, tal vez eso es lo que más me ha hecho fijarme en ellos y ha picado mi curiosidad, la impasibilidad de sus rostros, no adivinar si están tristes o contentos o cabreados.
De pronto, en un instante he dejado de verlos, han desaparecido de mi vista tal como aparecieron, increíble.















miércoles, 27 de diciembre de 2017

El cobertizo





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   El frío apretaba sin miramiento, impidiendo conciliar el sueño a Casimiro. Vivir por más tiempo en aquella especie de penal era de héroes. La frágil choza, que su padre había construido de forma provisional antes de irse a luchar contra los invasores, no ofrecía garantías.
   Unos blancos armados hasta los dientes habían llegado del viejo continente europeo a su territorio negro. Habían desembarcado mientras dormían, dominando a los pocos días el país. Y al despertarse Casimiro con sus hermanos más pequeños después de una noche de perros, no entendía nada de lo que sucedía, sintiéndose solo y desconsolado.
   El padre se fue con una vieja escopeta que encontró abandonada en el bosque y el cuchillo que siempre le acompañaba para buscarse la vida, el pan de cada día, debiendo enfrentarse con la fiera que se cruzase por los senderos, y salió presuroso aquel día para defender a los retoños de los intrusos dejándolos solos en el desangelado nido, al igual que las aves cuando salen a por sustento para sus crías.
   La vida allí era bastante dura. Y las hojas de los árboles caían en tropel en tales fechas, casi a las puertas del invierno, que aquel año se adelantaba al calendario nevando como nunca, y las hojas más rebeldes que resistieron con los fuertes vientos fueron fulminadas ipso facto a la par que el ramaje que las sostenía, desencadenándose a renglón seguido una horrorosa ciclogénesis explosiva que tumbó casi todo, quedando la carretera de tierra de la aldea intransitable, no pudiendo circular carruajes ni bestias u otros medios para desplazarse a los diferentes puntos por necesidad, de modo que cuando apretaban demasiado las clavijas no sabían qué hacer o adónde ir a pedir ayuda o algo que echarse a la boca, y menos aún cosechar alguna alegría para superar los miedos.
   La noche negra que vivió en el cobertizo Casimiro, el despierto zagalillo de la familia, vino a despertar en él unos inesperados y tiernos vislumbres, en consonancia con lo que le habían narrado los ancestros cuando se sentaban al calor de la chimenea, y reparó en esos momentos en las vibraciones que le sacudían, como si algún prodigio estuviese ocurriendo por tales fechas a miles de kilómetros, y lo advirtió por los angélicos y milagrosos destellos de una estrella, revelándole que una criaturita muy especial había bajado de los cielos, no sabiendo lo que significaban tales palabras, ni los cielos ni la estirpe del niño, aunque sospechaba que sería en un país lejano y situado en las alturas, adonde sólo se podría llegar en cohetes interplanetarios, como los que utilizaban los astronautas por el espacio, y nunca podría ir en camello o burro, dándole mucha pena, sintiéndose harto consternado, dado que se conformaría con encontrárselo en alguna loma cuando fuese a buscar tesoros perdidos entre las montañas de basura traída de los barrios ricos de la urbe.
   La nieve caía sin cesar, formando imprevistos diques y montículos por entre los vericuetos, acrecentándose la incertidumbre de Casimiro por la tardanza del progenitor, y llegaba a pensar que podía haber muerto en el cuerpo a cuerpo, escapándosele una lágrima.
   Y los copos de nieve seguían sobrevolando sobre los campos y copas de los árboles configurando un blanco manto, y generando una corriente de aire inmaculado, como si fuera a celebrarse un desfile de ángeles, engalanándose el ambiente, brillando la naturaleza como los chorros del oro.
   De cuando en vez se cuestionaba Casimiro los espacios por los que se movería su padre, y por qué tardaría tanto, cayendo las noches una tras otra junto a los amaneceres, pero no aparecía por ningún sitio, pensando en lo peor.
   Entonces Casimiro, que era el mayor, se vistió abrigándose lo mejor que pudo, y salió en su busca atravesando montañas y valles, pero no vislumbraba pisadas o muestras fehacientes del paradero.
   El padre no volvió, quedando huérfano y sumido en una profunda depresión, mas, según bajaba cabizbajo por las laderas de un cerro, oyó en una vaguada ciertos mugidos, topándose al poco con un establo, y al escuchar unos susurros se asomó por el ventanuco viendo a un niño recién nacido con sus padres y a un buey y una mula.
   Entró de inmediato en la estancia, y abrazó a San José y a la Virgen María, entablando una emocionada conversación, preguntándoles de paso si sabían algo de su padre.
   Y con las mismas le ofrecieron un reconfortante refrigerio para reponer fuerzas, siendo agasajado por tan insignes personajes, la Sagrada Familia al completo. Quién le iba a decir a Casimiro que después de la frustrada búsqueda, acaso como premio por su amor filial, iba a encontrarse nada menos que con el Niño Dios.
   Salió a la puerta del establo para que no se despertase, y junto con los pastores que acababan de llegar entonaban villancicos, "A Belén pastores, a Belén chiquillos, que ha nacido el rey de los angelitos"...
   Los pastores fueron sacando del zurrón los regalos, queso, requesones, calostros y yogures caseros, mientras que Casimiro se arrugaba contrariado por no haber llevado algo, aunque fuese un sonajero, pese a no haber sido avisado.
   Y saltaban todos contentos y felices sobre los níveos campos cantando, Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buen corazón.  





lunes, 25 de diciembre de 2017

Ráfagas





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   Ráfagas de viento, arrebatos de dolor ensañándose en las entrañas de la piel formando preocupantes ampollas, que se expandían por el cuerpo azuzadas por unas raras germinaciones que brotaban en su mundo, tal vez por contagio de pútridas algas o embalses de agua en mal estado, al bañarse durante la excursión que realizó con la peña cultural del barrio, o bien bebiendo agua de algún manantial a la vera del camino sin calibrar en las consecuencias.
   De haber ido a la excursión no se arrepentiría jamás, pues lo pasó en grande no faltando de nada, quizá tiempo por lo corta que se le hizo, comiendo como un rey una riquísima carne argentina regada con excelentes vinos vallisoletanos regalo de la empresa en la que trabajaba.
   Sin embargo las secuelas de todo aquello le llevaba a mal traer, dado que su vida se iba casi a tronchar al poco de la bacanal con el grupo según iba por las montañas y verdes pinares, volviéndose las cañas lanzas, al sobrevenirle unas migrañas con fuertes vómitos creyendo que se moría.
   Si bien la primavera pasada sufrió unas molestias estomacales de escasa virulencia que sobrellevó bien, en cambio los furiosos arrechuchos de ahora tenían otra cariz, llevaban en sus carnes otras intenciones, siendo tan turbias que clamaban al cielo, pues estando como estaba siempre tan pulcro y seguro de sí mismo no se explicaba los repentinos retortijones de aquella mañana, apuntando sin tapujos a un más que probable embarazo, eso es, ¡un embarazo!, poniendo el grito en el cielo cuando tradujo la enrevesada letra del informe de la clínica, consciente de que semejante veredicto no guardaba relación alguna con su historial y menos aún con su vida presente.
   Sin embargo, a veces, los aviesos duendes o eventuales coyunturas se retuercen como una soga, complicándose más de la cuenta los acontecimientos.
   Y al cabo de un tiempo, a propósito del lastimoso estado en que se encontraba, su tíaTula apuntó:
   -¿A ver, sobrino, todo esto no será por la operación en Londres?
   - ¡Pardiez, tía, no desvaríes!
   -¿No recuerdas la insinuación harto sigilosa de la matrona, que exhibías femineidad?
   -Pssssssss, ni lo pienses, no me tires de la lengua .... - farfulló fuera de sí.
   -Sabes que se hizo a espaldas de la familia con no pocos riesgos y con mis ahorrillos, que no sabes el trabajo que me costó.
   -Pero quedó todo bien, tía.
   -¿Y no quedaría algún cabo suelto, querido sobrino?
   -¡Que nooooo, tía, que noooo, ya está bien!
   Era de dominio público que desde el punto y hora en que fue intervenido, apareció siempre como un varón a carta cabal, tanto en los papeles oficiales como en el fogueo diario, presumiendo de estar en forma y bien dotado, y en consonancia con los cánones urológicos no dejando en ningún momento en entredicho su hombría.
   Nunca había sufrido percance alguno ni se vio envuelto en escándalos ni nada parecido, y cabe preguntarse al respecto si no le gastarían alguna putadita tomando copas en alguna fiesta echándole estupefacientes, poniéndolo a los pies de los caballos.
   Hay que reconocer que nada de lo que le achacaban mediante analíticas era cierto, ni cuadraba con su estado actual, tan sólo cabía la hipótesis de que le hubiesen roto o trucado algún filamento de los conductos cosidos o desactivados en la intervención londinense saltando todo por los aires, y haberle inyectado de paso semen incendiario mientras permaneciera inconsciente, aunque en ningún caso tal suposición revistiese visos de certeza.   
   Siempre había estado al tanto de su salud, cumpliendo meticulosamente las revisiones médicas, cerciorándose en todo momento de los niveles del hemograma y del poder hormonal, asistiendo para ello a los más prestigiosos simposios de la materia allí donde se celebrase, aunque fuese en las antípodas.
   Sin embargo hay que reconocer que no es oro todo lo que reluce, toda vez que a la hora de la verdad prima la plata en ciertos estamentos, poderoso caballero es don dinero, y así, para curarse en salud, los eximios doctores y adláteres de la clínica harían la vista gorda y lo indecible por la obra, intentando tapar errores de bulto, evitando que se viniese abajo el tinglado financiero que habían montado, extendiendo sin pudor informes falsos a gusto de los interesados, incluso de los delincuentes, de forma que el dictamen pudiese ser entendido lo mismo en un sentido que en otro, al igual que la pitonisa romana cuando le consultaban los generales por el desenlace de la batalla, respondiendo con una frase tan intrincada y ambigua que podía significar tanto una cosa como la contraria, y así siempre acertaba quedando sumamente complacidos los generales.
   No cabe duda de que si las extemporáneas corrientes que lo llevaron por los renglones torcidos de la vida se hubiesen convertido en ráfagas de amor y cordura, a buen seguro que habría encendidas fragancias columpiándose en su jardín.


jueves, 21 de diciembre de 2017

Viaje al fondo de la mente



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   Cierto día iba Alfonso por la calle y se topó con el anuncio de una conferencia en la fachada de un viejo edificio con el epígrafe, Viaje al fondo de la mente, y se quedó patidifuso, sopesando si merecía la pena asistir o marcharse presto para no salir con los pies fríos y la cabeza caliente, al considerarlo sumamente espinoso, e incluso peligroso por correr el riesgo de ser engullido por las aguas de ese mar tan negro.
   Lo primero que le vino a la cabeza fue lo extraño del título, porque la publicidad de las agencias de viaje suele ser a distintos lugares materiales del planeta, fiordos, Pitiusas, Maldivas, etc., pero nunca a lo intangible o abstruso, porque viajar al fondo de la mente da mucho que hablar, pues ni en sueños lo imaginaba, creyendo que sería una inocentada por encontrarse en vísperas de la festividad de los Santos Inocentes, sin embargo haciendo de tripas corazón optó por quedarse.
   La sala estaba a rebosar, como la plaza de toros en las grandes ocasiones, esperando expectantes el desfile torero de la mente. La primera frase que pronunció el ponente fue, "Mens sana in corpore sano", y se mordía los labios Alfonso recordando los latines estudiantiles, pegando mordiscos a esa manzana un tanto olvidada y podrida por el paso del tiempo, aunque pescó una idea al vuelo, la introspección, sacudirse por dentro quitándose el follaje y quedarse desnudo vislumbrando las arrugas y detritus internos, y continuaba disertando el conferenciante sobre tan singular asunto viajando sin prisa pero sin pausa al fondo de la mente, y lo hacía alegremente, con la sonrisa en la cara, como niño con los regalos el día de Reyes.
   A Alfonso, que andaba perdido por aquellos laberintos, le acuciaba un rosario de cuestiones, pensando que el tema no se relacionaba en absoluto con lo que hacía a menudo, ir a la taberna de la esquina, a la playa, a veces, nudista, o a comprar el periódico o el pan a la tienda de una moza de buen ver, o bien, abrir una novela de viajes al centro de la tierra, de la luna o a los mares del Sur, toda vez que en tales casos -se decía para sí- valdría la pena el intento por ser más creíble, y de paso tener andado ya medio camino, aprovechando el material elaborado por quienes le habían precedido habiéndolo plasmado en cartografías, apuntes o en otros servidores al uso, facilitando las claves de sus músicas, sin miedo a perder la cabeza o quedar todo en agua de borrajas.
   Si se aborda el núcleo duro de una mente sana, todo lo que se medite sobre su enjundia resultará poco ante tamaña empresa; en consecuencia habrá que estructurar un esbozo en condiciones que lo configure, y tirar hacia adelante, confeccionando una agenda dietética y una tabla de gimnasia a su altura.
   Y con ese talante intentaba Alfonso empezar el nuevo año, siguiendo el rumbo del refranero, año nuevo vida nueva, cumpliendo el régimen establecido y sudar la gota gorda en el gimnasio aplicando las enseñanzas recibidas.
   Para pergeñar fidedignos cimientos del concepto de "mente sana", no habrá más remedio que echarle al guiso cerebral las neuronas pertinentes con sus respectivas salsas secretas y los secretos guardados para que la cocción dé su fruto, dándole sentido, cuerpo y sabor a los pensamientos, obviando hipocondrías, migrañas u otras cefaleas.
   Y a renglón seguido, ante el estrés del público asistente por desvelar los enigmas del mundo interior, ansioso por hurgar en las más íntimas entrañas, se llevó a cabo un riguroso turno de preguntas para tranquilizar al personal.  
   -Empiece usted, señor -dijo el moderador.
   -¿Mire, el guiso no lleva unas gotitas de intuición?
   Y fue ahí donde se rompió la noche, queriendo todos meter baza, surgiendo un abanico de preguntas y respuestas en un ambiente encrespado resultando cuerdas, unas, e irrisorias, otras, no quedando la cosa zanjada ni mucho menos, porque brotaban como por generación espontánea las incógnitas.
   Y seguían preguntando, ¿hasta qué niveles juegan su baza la lógica, la emoción, la empatía, el odio, las obsesiones, las filias y fobias o las veleidades personales, así como el hecho tan trascendente en la vida de focalizar la atención, tan crucial para el estímulo y la respuesta, a fin de no discurrir por horizontes viciados?
   -Obrando con sensatez.
   -A ver, ¿hay más preguntas?
-Pero, ¿cómo se pueden generar neuronas sanas en el cerebro tomando al pie de la letra la máxima de Thomas Hobbes, "Homo homini lupus", en que el hombre es un lobo para el otro?
   No cabe duda de que lo razonable sería renovar cuanto antes las obsoletas directrices o parámetros instalados en la masa gris como, la letra con sangre entra, la mejor defensa es un buen ataque, etc., y cambiar el término competitivo por cooperativo, y de esa guisa la humanidad se alineará con la cordura, evitando perjudicar y ser perjudicada, entrando en el circuito de la paz, el progreso y el bienestar social.
   Bien, sigan preguntando, por favor:
   -Pero siempre existirá la soberbia, la envidia y la venganza en la mente humana -apostillaba alguien que había detrás.
   - ¿Psssssss.................!
   -¿Nadie responde?-porfió.
Nunca llueve a gusto de todos. Se palpan en el fluir de la corriente diaria las borrascas, y hay que aceptar que todas las preguntas no tienen respuesta, y no por eso se acaba el mundo.
   Si se toma en sentido estricto la semántica de compasión, se habrá andado un gran trecho para resolver o aliviar las heridas, los dimes y diretes del debate que tanto nos atañe en estos momentos. Porque si la persona se coloca en el sufrimiento de la otra y lo hace suyo, se encenderá una luz que sanará a más de una mente obtusa, limpiando de paso la cochambre acoplada en el cerebro.
   Entonces surgen más dudas, ¿cómo encajar el significado de la palabra lástima en los sentimientos humanos para no dañar a nadie, por hallarse el otro en un escalón superior, cuando alguien se compadece de una víctima por terrorismo, guerras o desastres naturales.
   En tales procesos, si cogemos el corazón y lo ponemos en la palma de la mano emulando a San Agustín cuando dice, ama y haz lo que quieras, nos percataremos de que la solución a tanta mugre craneal se hará en un primer paso con la simpatía, y ahondando en ello se restañará todo el desencanto con la empatía y el amor.
   Admitiendo que todas las preguntas no tienen respuesta, hay que seguir, no obstante, preguntando una y mil veces como los niños. ¿Cómo explicar la actuación del cerebro del tenista que en cuestión de segundos devuelve la pelota al contrario, y tantos y tantos avatares súbitos de los miembros del cuerpo o funciones de los sentidos a la hora de ejecutar cualquier ejercicio como, abrir una puerta, pelar la pava en noche buena según costumbre, o asar un lechón a fuego lento, y regado, que tampoco viene mal, con vinillo de los Jarales, lugar de encanto para el senderismo según los entendidos, que de todo hay en la viña y en las vides guajareñas, que por allí crecen, dando vida a los afamados caldos para riego de las matanzas del marrano cuando llega su día.
   La morcilla, la longaniza, el lomo y demás delicatesen cuecen y maduran mejor los pensares, y mantienen la mente despierta y sana, abierta a los nuevos vientos en un cuerpo envidiable, subiendo o bajando los cerros y collados guajareños, bien para arrancar esparto o pastorear el ganado, bien por quitar unos kilos al cuerpo casándolo con la mente en un maridaje saludable acorde con las pautas sanitarias.        
   El poder de la mente es sin duda irrefrenable y misterioso, si bien cada vez menos por el avance científico y los célebres lavados de cerebro, aunque sean una chapuza a veces. Se pueden cerrar todas las bibliotecas y centros culturales del mundo, o cercar el campo con alambradas de alto voltaje, pero nunca habrá cerrojos suficientes para frenar el vuelo de la mente.
   No obstante, es incuestionable que lo que bulle en el mar de la mente es tan escurridizo como el hecho de coger un pez en el agua.
   -Pssss, de eso nada.-dijo alguien que acababa de llegar.
   -¿Cómo ...? -contesta.
   -Es sencillo, se extrae la sustancia y se aclara con biopsias - dice.
   -Pero hablamos de algo inmaterial...-insiste.
   Los viajes al centro de la tierra, a los mares o a la luna no tienen ni punto de comparación con los intrincados entresijos y nódulos que configuran los anillos celulares y neuronas del cráneo, según rezan las voces de los más doctos en la materia. 
   ¿Cómo deshilvanar el ovillo de la intuición en las emociones, en la compasión junto con la empatía y las obsesiones, la ojeriza y el mal de ojo o las calenturillas que entran por el cuerpo al beber los vientos por alguien en una noche fría?
   En ésas andaba Alfonso aquella mañana, aparejando el mulo para ir a los  Motriles con unos cuantos bultillos de fruto de la tierra para ganar un dinerillo y pagar las trampas de la última siembra, que por cierto fue ruinosa por los bajos precios del mercado, no llegando a sufragar los gastos.
   Y entre tanto, yendo de aquí para allá reflexionando, llegó a la conclusión de que lo mejor será borrar los puntos negros de la mente para no caer en absurdas oligofrenias, y dejarse llevar por las cosas buenas que brinda la vida.