lunes, 6 de enero de 2020

Pi o labrarse un porvenir





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   No sabía Eli cómo superar el contratiempo que de repente se le vino encima, al ir a despedir al novio a la estación de ferrocarril, tan cariñosos  como habían estado en el bar brindando por la marcha de Ignacio a París, y al salir el tren ni siquiera sacó el pañuelo para despedirse mirando para otro lado.
   -¿Tendrá allí a otra?-masculló entre dientes con furia.
   Se quedó de piedra Eli, hilvanando mil conjeturas, ya que era el paño de sus lágrimas en las tardes tristes, y tan pronto como pudo se enganchó a las redes sociales azuzada por lo sucedido buceando en las incoherencias de Ignacio, las obsesiones y sus últimos pasos, con la esperanza de hallar alguna información al respecto, no tanto secreta sino más bien de sentido común, llamando a las cosas por su nombre, pues hablando se entiende la gente –pensaba ella-, llamando al pan, pan, y al vino, vino sin más rodeos, convencida de que se coge antes a un mentiroso que a un cojo.
   Eli tenía muy claro los objetivos, quería escalar las cumbres de la astrofísica, pues ya de pequeña el firmamento y los planetas le entusiasmaban, y un viaje de estudios que realizó con su instituto a la NASA terminó por convencerla del todo, y para ello quería empezar por los cimientos aplicándose a tope en las distintas materias académicas que estudiaba, hasta que dio el salto a la Universidad.
   Ya en la Universidad se sentía pletórica y feliz, no conformándose con aprobar los cursos por los pelos, sino que se esforzaba al máximo e intentaba poner una pica en Flandes, investigando los enigmas del espacio en los campos más enrarecidos.
   Entre el maremágnum de conceptos, teorías y tesis que pululaban sobre el universo le llamó poderosamente la atención los innumerables cómputos que circulan desde tiempos inmemoriales a cerca de los valores de Pi (3´1416 ó 3´14159…) recopilados a través de los más variados púlpitos de arúspices y doctores del cosmos, y se propuso profundizar en los mundos de la matemática buscando otras salidas o artilugios científicos más novedosos e impactantes con idea de poner luz y orden en los cuarteles de invierno de la física cuántica.
   La teoría cuántica es harto difícil de interpretar, ya que es bastante abstracta por su pequeñez. Así por ejemplo, si pateamos un balón, conseguimos información empírica del funcionamiento del mundo a una escala humana, pero no podemos hacerlo con un quark, el fermión que forma la materia nuclear y unas partículas llamadas hadrones, o aventando un fotón, partícula responsable del fenómeno electromagnético.
   Eli, a través de sus créditos universitarios y másteres confiaba en que más pronto que tarde se saldría con la suya y se haría la luz en tales entramados científicos.
   Sin embargo los giros o turbulencias de los vuelos de Ignacio no se les daban tan bien.
  Pasó agotadoras jornadas abriendo puertas y ventanas de la nube y del GPS pegada a la estela que supuestamente había dejado, y después de estar investigando noche y día los bandazos de Ignacio, no pudo encontrar ningún rastro certero que le llevase a su paradero.
   En el tejer y destejer de los días brotan en las conductas humanas más enredos inexplicables o acaso subterfugios más complejos que en la vida de los astros, planetas o satélites.   
   El valor de Pi se extrae de la longitud de la circunferencia entre la longitud del diámetro. Y por ahora sabemos más de ochocientos mil decimales al respecto, sin embargo la impudicia humana es más atrevida e incierta sin lugar a dudas, y a buen seguro que le gana….
   Ella adquirió un pasaje para seguir los pasos de Ignacio con vistas a esclarecer en la medida de lo posible alguna pista…y cuál no sería la sorpresa cuando lee en un periódico italiano que un capo de la mafia siciliana lo había secuestrado, encontrando la policía el cadáver flotando en las turbias aguas de un lago. Allí terminó el misterio de su viaje.
   Al poco tiempo Eli pasó página, y paseaba por Londres con un apuesto mozalbete toda radiante y feliz con su lunarillo en la mejilla izquierda intacto, y encontrándose en trámites para unir sus vidas. 
   Con el tiempo Eli, tras unos duros exámenes en la Universidad de Oxford consigue la cátedra que tanto anhelaba, llegando a sentar cátedra con los valores de la mecánica cuántica y los potenciales valores de Pi, y diríase que su vida amorosa iba viento en popa cumpliéndose los sueños.    
             
  





jueves, 31 de octubre de 2019

Otoño





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Quería tocar el otoño con la yema de los dedos, acariciarlo como a un membrillo disfrutando de su color y olor, y no buceando en las románticas aguas decimonónicas con la fantasía, imaginando hojarascas tras las puertas de cementerios, ruinas o abadías dejadas de la mano de Dios o acaso belcebú, arrastradas por el viento por trochas y caminos, y cual empecinado y romántico poeta galantear a las estrellas como a excelsas doncellas, o escenificar divinos encuentros en montes de ánimas, de luz o de comprometidos Cristos dialogando de tú a tú con almas desvalidas desde el madero.
   Y cuán grande no sería la algarabía cuando se abrieron de par en par las puertas del otoño dando barra libre a los sentires, porque ya iba siendo hora de que hiciera acto de presencia y no figurase sólo en el calendario, cual novio que espera a la novia en el altar y nunca llega.
   El otoño venía tarde y con retrancas, por lo que tuvo todo el tiempo del mundo para prepararse en una especie de carroza con toda la corte de damas, caballeros, nieves, ventiscas y lluvias así como nuevos animales emulando al arca de Noé, refrescando la piel de toro y sus angustiadas gargantas.
   Mas no se puede pasar por alto la felonía del verano con sus malas artes, que haciendo de su capa un sayo distraía al personal con guiños o títeres en tierra de nadie intentando llevarse la mejor tajada de la tarta cósmica, montando orgías sin cuento en chiringuitos y saraos con tanga o despelotes comiendo y bebiendo en copas de oro: ocasos, ortos, horas y más horas, minutos y meses, toda una eternidad, apurando hasta la última gota poniéndose morado pretendiendo extender su reinado, incluso agarrándose a un clavo ardiendo montando tiendas de campaña por majadas, oteros o grises alcores para quedarse, obstaculizando la entrada del otoño, y se regodeaba en sus narices hasta tal punto que rozaba la esquizofrenia estando a pique de convertir las tierras hispanas en un cúmulo de desérticas dunas.
   Apenas quedaba ya líquido elemento en los embalses, aunque en algunos puntos privilegiados brotase el agua, como sucedía en el manantial guajareño de la minilla en el barranco de Arrendate, que suministraba agüita fresca cuando aún no había frigoríficos en las casas, si bien se advertía que estaba dando las últimas bocanadas.
   Otro tanto acontecía en la acequia denominada alta, así llamada por el nivel por donde discurre su cauce aguantando estoicamente la sequía, de modo que ni los más viejos del lugar daban crédito al copioso caudal que fluía por su regazo.
   El reflejo del sol en los tejados y fachadas del pueblo obligaba a entornar los ojos, y a pesar de la alfombra de hojas por los amarillentos caminos seguía bullendo en las mentes de los vecinos la primavera última tan lluviosa, risueña y rebosante de vida conscientes de que el tiempo vuela y se nos va de las manos.
   El firmamento permanecía despejado ese día, tan solo unas rojizas y tiernas motas poblaban los espacios, no queriendo ocultar la ansiada carroza del otoño con todo su séquito en el desfile estacional.
   Los mayores tomaban el sol como de costumbre en los poyos de la plaza, y del reformado consistorio, antiguo ayuntamiento de la villa y reconvertido en centro de salud, salía y entraba la gente en busca de milagrosas recetas y algunas gotas de calor humano para sobrellevar la ciática de turno o el cólico nefrítico que llegara al amanecer.
  Algunos pájaros revoloteaban alegres en los aleros de los tejados. Era un día de principios de otoño en un pueblo de raíces moriscas con calles estrechas y empinadas cuestas, donde los habitantes se miraban en su terruño como en el espejo del río de la Toba, que baña la jurisdicción guajareña.
   No hace mucho los hombres sacaban la petaca para liar el cigarrillo en amena conversación recordando a los últimos de Filipinas, sobre todo cuando no urgían las labores del campo.
   -¡Antonio, no fumes, que no es bueno, y nos vas a estropear el día – dijo una voz de mujer.
     Era todo un ritual lo de liar cigarrillos poniendo entre los dedos el papelillo que se arrancaba del librito echando la picadura y empujándola con los pulgares haciéndole rodar hasta formar el cilindro, y mojando el otro borde con la lengua terminaba la operación.
   En esos momentos venía calle abajo un muchacho en bicicleta cantando ufano una canción, “Por qué han pintado tus orejas, la flor de lirio real…dicen que tú eres buena, y a la azucena te quisieran comparar”… mientras un lugareño salía con la bestia del establo rumbo a la capital motrileña para gestionar los más variopintos asuntos, y de paso echaba un trago en alguna venta por el camino apaciguando las angustias existenciales y degustando alguna ración de chopitos o tapas variadas del terreno.
   Y tenían lugar los más variados avatares evocando escenas de películas de pistoleros, como la novela del oeste que siempre llevaba en el bolsillo del pantalón su amigo, sentándose a leer en cualquier tranco de la calle, rememorando lejanas tierras esquilmadas y secas como la de aquel pesado y lento verano.
   No perdonaban los labriegos la falta de agua, viendo nerviosos que los nacimientos de toda la vida no resollaban, aparecían muertos, sólo algunos daban señales de vida goteando asustadizas lagrimillas que se perdían entre mastranzos, piedras y arenisca.
   Al tendero del pueblo cuando se desplazaba a los Motriles para reponer mercancía le pedían múltiples favores, lo mismo que al cartero de los tres pueblos guajareños al ir a por la correspondencia, atiborrándolo de los más raros encargos: medicamentos para el crecimiento, vendajes para niños quebrados, ropas íntimas con la talla a ojo de buen cubero, agua de carabaña, lavativas u otras curiosidades, incluso garrafas de helados transportadas en lo alto del mulo subiendo la Cuesta de Panata durante el esplendor de la flama agosteña.
   -Como si no tuviese otra cosa que hacer, que vuestros encargos - les decía.
   Al caer en sus manos la foto del firmamento, se quedó extasiado descubriendo la nitidez de las venas y pálpitos siderales exhibiendo sin regomello las partes íntimas en carne viva, y encerraba la imagen tanto misterio y encanto cósmico que encendía a los más recalcitrantes corazones.
   Porque en el núcleo de la foto brotaban las más sinceras sensaciones de un cielo abierto al mundo, con intención de ser estudiado y tenido en cuenta para las generaciones venideras, toda vez que hay que reconocer que tiene sus días buenos y respectivas jaquecas en días bajos de moral como cualquier hijo de vecino, cuando el firmamento no levanta cabeza humillado por los contratiempos o algún punto negro interpuesto obstruyendo los giros interplanetarios, sembrando desconfianza o fuertes temores que van in crescendo cuando se oscurece de pronto el sol o la luna por un eclipse o extremistas nubes que perdiendo la cabeza empiezan a diluviar sobre la tierra muerta de sed por el abuso  estacional del verano, queriendo abarcar su espacio y el del vecino otoño, dejando tiradas a las muchedumbres hartas de tantos rayos solares, y para remediarlo sus habitantes hacían rogativas procesionando por las calles de la villa a los santos más buenos con idea de ablandar los corazones de las duras y hurañas nubes, y se dignasen abrir la pucha de los riegos para que caiga el agua alegremente sobre los marchitos campos y vegas de la Tierra.     
   Y más vale tarde que nunca, comentaban resignándose los vecinos, aceptando la tardanza del otoño para sacar las castañas del fuego ( y sin obviar saborear las castañas asadas en los tenderetes con lo ricas que están junto a sus humos de incienso abrigando el ambiente y las frialdades humanas), porque la flora, fauna y las criaturas precisan del líquido elemento para vivir, y porque el añorado otoño lleva dibujado en su ADN el cambio de camisa y de tiempo, desnudando a la naturaleza para vestirla de nuevo en su momento de eclosión, y cual avezado mensajero nos advierte sobre los crudos fríos que nos aguardan en invierno o tal vez de las postrimerías vitales.       

                                   


jueves, 26 de septiembre de 2019

Adiós

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No aceptaba una despedida por las bravas. En la agenda guardaba la fecha de la cita con todas las consecuencias consciente de que las palabras se las lleva el viento, emulando el verbo bíblico, “eres piedra y sobre esta roca lo edificaré… y no podrán contra ella”, y pleno de facultades y en su sano juicio se sentó a esperar a Eugenia en el lugar convenido aquel mes de septiembre al término de las vacaciones, y la ansiaba con tanta fuerza que aparecía tatuada en la mirada formando parte de su ser.
   No recordaba la última vez que se sintió feliz en una cita.
   Nadie podría arrancársela por mucho que se empeñara, pues se vería obligado a amputarle un miembro o algo similar, si lo pretendiese.
   Las manecillas del reloj seguían impertérritas su curso, y la traviesa y rubia cola de caballo no aparecía ni por asomo. La incertidumbre y desconfianza se iban apoderando de su estado de ánimo anegando sus neuronas con envenenado líquido que le chorreaba por las sienes como aceite hirviendo, corriendo el  riesgo de acabar con su vida.
   En esas entremedias cogió el móvil para verificar las últimas notificaciones y de paso matar el tiempo intentando evadirse de la incertidumbre que lo amordazaba, y hacía bien porque de esa forma sujetaba las bridas de los instintos superando los malos tragos, evitando males mayores.
   Y en tales coyunturas reflexionaba sobre el affaire rumiando suposiciones, turbios murmullos o tal vez aviesos desaires ponderando la actitud de Eugenia por si hubiese cambiado de opinión emprendiendo otras travesías.
   El augusto y lento verano trascurría con los rigores de costumbre, las engorrosas inclemencias caniculares, y no por unos fríos íntimos e inexplicables, dado que en tal caso sería bastante trágico que urdiese venganzas nunca confesadas, sino antes bien por las calenturientas horas y largos días que se acumulaban a lo loco y plantándose en mitad de la calle y plazas profiriendo a voz en grito: esto es mío y me pertenece, no habiendo nadie que los mande con la música a otra parte, que bastantes músicas pululaban ya por aquellos parajes.
   La cuestión era que Eugenia no daba señales de vida por ningún resquicio de la tarde, y la noche ya se echaba encima extendiendo sus garras por el entorno a marchas forzadas.
   Y seguía esperando con la paciencia de Job a que llegase con su alegre cabello al viento desafiando la gravedad y los torbellinos de microscópicas y dislocadas particulillas que revoloteaban en nuestras mismas narices.
   Hay que señalar que siempre fue una moza de armas tomar y muy suya, no amedrentándose por nada del mundo. Mas la escena no pintaba bien, saliéndose a todas luces del guión, al no casar con las más elementales pautas de cortesía y sentido común.
   Una carta mal escrita fue el único testimonio en todo el lapso de tiempo, a pesar de que porfiase que la cita seguía en pie, no cuadrando en absoluto con la realidad.
   Él sabía de buena tinta que ese año se marcharía ella a los Países Bajos no a hacer la mili en los Tercios de Flandes como antaño iban los mozos cuando pertenecían a la corona española, sino que se trataba más bien del ensalzado curso de Erasmus, tal vez la panacea o campus abierto para escalar los más altos peldaños socioeconómicos o de intelectualidad, o a lo mejor para poner en órbita cerrados cerebros en conserva, y durante tan seductora estancia erasmista se suponía que la vida se transformaría milagrosamente cuajando su fruto, o al menos así figuraba en las estadísticas oficiales, si bien habrá que guardarse muy mucho de no minusvalorar la reacción que pudiese tener Erasmo de Róterdam si levantase la cabeza y le preguntaran al respecto, al ser un humanista hasta la médula, exigente como nadie de la ciencia y avances de la Humanidad, por lo que no se sabe si daría el visto bueno a tanta algarabía o al alegre montaje cultural levantado a su costa.
   Sin entrar en profundidades, pero desgranando un poco las ventajas o perjuicios del paréntesis universitario denominado a bombo y platillo el ya mencionado curso de Erasmus, como si fuese la piedra filosofal de la salvación humana, que a bote pronto no se sabe siquiera de dónde extrajeron tan altisonante denominación o qué arúspice en un chispazo de inconmensurable lucidez y progreso europeísta dio en el blanco de tal vocablo, que por cierto podría haberse llamado por ejemplo, Elio Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática de la Lengua Española, o Cristóbal Colón por su gesta americana o el mismo Marco Polo pongamos por caso, no desmereciendo ninguno por sus esfuerzos en pro del desarrollo de  la vida humana, y llegados a este punto ¿por qué no el inventor de la penicilina, Alexander Fleming, que tantas vidas ha salvado y sigue salvando?.
   Pues bien, Eugenia, haciendo caso omiso de la etimología de su onomástica (del griego, eu: buen, y genio: origen, es decir, bien nacida) resultaba que en el caso que nos ocupa no se ajustaba a las expectativas, de manera que trascurrió respingona y errática la tarde sin que ella apareciera.
   Pasaron los días, los meses y años pasaron, y al cabo del tiempo encontró en el buzón de su apartamento de la playa una carta mal escrita, más que nada porque al plasmar las emociones pareciera que tuviese párkison, amnesia o alguna rara patología que no le dejase ir al núcleo del asunto, escribiendo evasión o autonomía personal o igualdad de género donde debiera figurar la palabra Amor o cariño con mayúsculas, y otras cosillas por el estilo que es mejor olvidar, no cogiendo el toro por los cuernos y trasmitir la esencia de lo que sucedía en la trastienda.
   Y según iba desgranando los puntos de los parágrafos, los obtusos vericuetos y frases a medias, así como  las ausencias de hechos relevantes que chillaban con furia, y que se veían venir, sin embargo no llegaban a salir del cascarón.
   Finalmente vomitó por sorpresa, refiriendo que había sufrido un secuestro al llegar a Bruselas, no pudiendo embarcar en el avión que le llevaría a España aquella aciaga tarde llena de acariciadas esperanzas y tiernos proyectos, o dicho con otras palabras, que partían los corazones o despertaban a las piedras, porque aquel día iba a desembuchar lo que tan sigilosamente guardaba en secreto, declararse a ella, pedirle la mano o mejor su corazón para construir juntos un nido de felicidad, reluciendo en su frente, cual marmóreo frontispicio griego, la ensoñada sentencia, I love you.
   Y una vez concluida la carta, se fraguó el adiós, la triste despedida.
   Tan sólo quiso recordarla con unas heridas y frustradas palabras que le brotaban como agónicos suspiros:
   Ni en los ojos, ni en tu pecho,
   ¿En dónde me acogerías?
   ¿En el aliento, en tus suspiros?
   Dime entonces, ¿dónde enterrarías mis sueños?                  
                  

        

viernes, 23 de agosto de 2019

Improvisación





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   Al toparse con el tema Improvisación, que significa groso modo, hacer algo que no está previsto o preparado le dio un vuelco el corazón, empezando a temblar con más virulencia si cabe que la presidenta Ángela Mérkel en los actos protocolarios a los distintos jefes de estado, agravado por el súbito eclipse de visión por el absceso que le salió en las mismas narices del ojo, no quedándole más remedio que apechugar con lo puesto, haciendo de tripas corazón.

   Los mimbres de la intriga estaban al parecer servidos, viéndose obligado mal que bien a tirarse a la piscina con los ojos cerrados y la cabeza abierta de par en par a los advenimientos de allende los mares o de cualquier punto del globo, buscando el genuino karma de la Improvisación.
   Una vez realizada una concienzuda reflexión sobre el asunto, le vino a la mente un sinfín de tramas de piratas, maquiavélicos príncipes, bandoleros o contrabandistas acomodaticios  de guante blanco.
   A sabiendas de que no había una propuesta tajante a la que hincarle el diente y despedazarla como al marrano en la matanza, convino no obstante en poner los cinco sentidos y los recursos a su alcance para salir del atolladero, intentando dejar el pabellón a la altura de tan delicadas circunstancias.
   Y en ésas andaba el hombre hurgando en las neuronas, yendo de un lado para otro, no sabiéndose a ciencia cierta si mendigaba un milagro al cielo o maldecía tal vez su estrella por meterse en semejantes berenjenales, y nunca mejor dicho porque estaba entrando en los dominios de una guarida de órdago, no una cualquiera de tres peras al cuarto sino el selecto lugar donde se mascaba la tragedia por momentos, al correrse los más altos riesgos si se materializaba el efecto mariposa, asumiendo la filosofía del dicho popular, caiga quien caiga, al ser nada menos que la guarida del indómito e ínclito Cóndor, apodado así en los más reputados mentideros de las letras hispanas, emulando a otros celebérrimos santuarios como el café Gijón.
   Un buen día, alguien disfrazado de pirata portaba una maleta de doble fondo, como James Bond, en principio rumbo a lo desconocido, pero pronto se atisbó que iba a la misteriosa guarida presentando fundadas sospechas de ocultar algo en su interior, no un revólver por suerte sino un cóndor disecado robado en Lima según fuentes policiales, y como después se supo, alegando que lo hacía por unos ideales supranacionales, con objeto de levantar un museo etnográfico y de folklore sudamericano en los Guájares como un auténtico indiano, siguiendo las directrices del Louvre y las revelaciones de distinguido arquitecto del ramo junto a un experimentado taxidermólogo que garantizaba su buen estado de conservación, intentando de ese modo poner la primera piedra para tan honroso y sublime templo artístico.
   Con el paso del tiempo sus inmejorables proyectos y designios se fueron diluyendo como azucarillo en vaso de agua, yéndose a pique por la desidia de los patrocinadores y la falta de amor propio.
   Según se desprendía de los textos exhumados de un viejo baúl enterrado entre la paja de un cortijo guajareño, la guarida del Cóndor fue bautizada con tal apelativo porque en sus inicios y según las versiones más acreditadas de los eruditos en el affaire hasta la fecha, llegó a albergar armas de guerra durante el levantamiento morisco, convirtiéndose durante un tiempo en un auténtico polvorín, utilizándose más adelante como laboratorio de animales disecados y colmillos de elefante principalmente.
   La cosa no quedaba ahí, ya que con el paso del tiempo se instalaron unas cámaras frigoríficas  cuya misión consistía en conservar vivos a toda costa corazones, riñones y otras partes del cuerpo humano, con el fin de venderlos en el mercado negro, enriqueciéndose vertiginosamente los desalmados promotores.
   De casta le venía al galgo, dado que habría que remontarse a los prístinos comienzos de la historia del enclave, donde se levanta actualmente la referida guarida.
   Otro pergamino encontrado atestiguaba con letra un tanto críptica que había pasado por los más diversos avatares a lo largo de los siglos, siendo un tiempo cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones, adonde acudían como reposo del guerrero tras las interminables jornadas de caza y sangrientas guerrillas llevadas a cabo contra otras tribus por los intereses creados para el sustento de la familia.
   Siglos antes desfilaron por sus estancias los fenicios con todo un abanico de artísticos enseres y finos brocados siendo la envidia de Occidente.
   Después, buscando oro entre otras materias primas, llegaron los romanos, ejecutando las correspondientes excavaciones en la ladera del monte que la sostiene, discurriendo por sus faldas el afamado y generoso río de La Toba con sus verdes álamos y fabulosos conciertos de colorines y ruiseñores en sus copas, tiritando a veces los cimientos de la montaña por  los vientos huracanados y los negros temporales.
   Posteriormente arribaron los árabes con su irresistible maestría y ansias por explotar la tierra construyendo almacenes, acequias, bancales, albercas, jardines y agua a la carta, llegando a levantar envidiables palacios y monumentos como el castillo rojo nazarí u otros palacetes diseminados por todo el orbe, allí por donde pasaron dejando las huellas.
   Y después de tantas metástasis y transformaciones vividas en las entrañas de la guarida, como aprisco de cabezas de ganado o eventual habitáculo de algún que otro bandolero que hubiese perdido el norte, y  reponía fuerzas en tan caliente paradero arrastrado como un imán por una batería de sucesos y avatares que  vibraban en sus cuestiones palpitantes.
   Y de esa guisa la suerte estaba echada, alea iacta est, que dirían los cultos  romanos, resplandeciendo hoy con luz propia aquello que nunca fue y hoy representa por antonomasia con sumo orgullo, la inigualable mansión donde unos idealistas y quijotescos personajes se congregan de cuando en vez para litigar, dilucidar o poner los puntos sobre las íes o sobre la vida meditativa, creativa e ilusionante de los seres pensantes que, al igual que las manecillas del reloj, no cesan en un perenne tic tac, y así sus mentes despacio pero sin pausa elucubran o hilvanan enigmáticos hilos que, como Sherezade en las Mil y una noches, burlan las intenciones de las amenazantes Parcas, brotando esplendorosos y envidiables amaneceres, porque en la guarida del Cóndor siempre sale el sol repartiendo a manos llenas luz, mudo asombro y calor humano.
   Y después del mágico ocaso en el horizonte, y renacido el fúlgido orto, se oían las dulces notas del acordeón del virtuoso ACA apostado en el balate: Bella niña, sal al balcón, que estoy esperando aquí, para dar la serenata sólo y sólo para ti, cuando la aurora tiende su manto…
   Postdata. ACA, es el acrónimo de las iniciales de Antonio Cano Aíza, gran animador y protector de las artes y tradiciones guajareñas.

martes, 20 de agosto de 2019

Lluvia




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   Miguel, cuando era pequeño, jugaba en el río del pueblo a los barquitos, a dar saltos de rana en una poza hecha con piedras y cañaveras, a zambullirse como pez en el agua junto con otros niños, ajeno a las arrugadas inquietudes de los labriegos.
   Con el paso del tiempo, fue creciendo en sabiduría y gracia delante de la familia y los amigos, no como un Dios, pero sí haciéndose poco a poco todo un hombre, tomando conciencia del cambio climático y la relevancia del líquido elemento.
   En un principio sólo advertía la falta de agua cuando tenía sed y encontraba el botijo vacío, o menguaba la corriente del río llegando a secarse, llorando a lágrima viva como si lo estuviesen matando, creyendo de buena fe que sus sentidas lágrimas se transformarían en cristalina agua cubriendo el cauce.
   Más tarde, ya metido de lleno en las tareas de labranza, comprendió el riesgo que corría la comarca e incluso la Humanidad, si no le pluguiese al cielo soltar prenda.
   En la jurisdicción de los Guájares hay zonas que se conocen con el nombre de Los secanos, siendo entendible y comúnmente aceptada la ausencia de agua, aclimatándose las plantas del entorno al estricto régimen pluviométrico, higueras, almendros y viñedos.
   Lo que no perdonaba Miguel por nada del mundo, era el hecho de no poder llenar la cantimplora o pipote en el manantial que había a la vera del camino durante el viaje, no lejos de su destino.
   Cuando la canícula apretaba de lo suyo cayendo un sol de justicia, se dirigía Miguel con el mulo rumbo a la recolección del fruto de la tierra con un sombrero de paja tarareando cancioncillas de la época, que sonaban en la radio de entonces, "Ya viene el día, ya viene mare, alumbrando su cara los olivares"..., y lo hacía a pleno pulmón poniéndose el mundo por montera, sintiéndose rey por unas horas, aunque no se conformaba con la seca y árida estepa que cruzaba, y daba un paso más si cabe con arrojo y osados ardides intentando emular a los piratas de Espronceda, "Con diez cañones por banda/, viento en popa a toda vela/ no corta el mar sino vuela/, ...que ni enemigo navío/, ni tormenta ni bonanza/ tu rumbo a torcer alcanza/"..., llevando tatuadas en el semblante las ganas de vivir, y puestos los ojos en los productos que le brindaba la tierra.
   No obstante, no podía olvidar la felicidad incrustada en los huesos de cuando jugaba en el río de la Toba, repitiendo año tras año, como la flauta de Bartolo, el dicho popular, año de nieves, año de bienes, y no quedaban ahí las apetencias, ya que andaba siempre pregonando a los cuatro vientos que la odiada sequía era un castigo divino, evocando así mismo el pasaje bíblico del diluvio con el arca de Noé.
   No le temía Miguel a las tormentas por muchos truenos y rayos encendidos que cayesen en las sierras o en el pararrayos de la torre de la iglesia, o se perdiesen por entre los olivares como serpientes envenenadas, acaso porque su debilidad sintonizaba con la filosofía del refrán, muera Marta, muera harta, aunque los estragos o secuelas de los negros temporales le partían el pecho al fin y a la postre, al verse obligado a levantar muros de nuevo, balates o adecentar puchas y acequias para el riego de la vega.
   Alguna vez se le pasó por la cabeza hacer las Américas, desembarcando en la pampa argentina sin más complicaciones y montar alguna hacienda criando caballos o sembrando trigo u otras sementeras que le endulzasen la vida y el bolsillo, y luego, una vez saneadas las cuentas regresar a la madre patria y construirse una mansión en condiciones como un rico indiano, para que los vecinos y nietos se lo agradeciesen, dejándoles un grato recuerdo patrimonial de abuelo afortunado, todo un rey Midas, y cuando descansara en el camposanto de toda la vida lo recordasen como una buena persona, que hizo el bien a la gente y a sus descendientes.
   No cabe duda de que su mayor gozo estribaba en ver la tierra harta de agua, eso era para Miguel lo más grande, lo mismo que cuando contemplaba al mulo satisfecho, a sus hijos o al benjamín de los nietecillos, que lo bautizaron poniéndole el nombre de Buenaventura, si bien el pobre tuvo mala suerte, no sabiéndose el motivo por el que embarcó tan temprano en la barca de Caronte, tal vez por algún golpe bajo, con lo jovial que era disfrutando de los pequeños placeres de la vida, sobre todo cuando veía la tierra empapada de agua como buen labriego, y saciados los animales, el caballo, las cabrillas, y no digamos la jaca, que era el no va más, el trasunto de su noble alma.
   A buen seguro que donde quiera que esté le enviará cariñosos recados y tiernos abrazos de estímulo.
   Miguel, que compartía su amor por el campo y los animales, seguro que brindará con él todo gozoso cada vez que comience a llover, ponderando su rica e incalculable valía. 
   Cuando llovía en aquellos parajes, entre majadas, colinas y oteros, diríase que resucitaban los muertos para celebrarlo, adornándose la madre natura con sus mejores galas, portando locos de contentos los caracoles y las ardillas eróticas pajaritas para el festín, deambulando por torrenteras y cañadas.
   Entre tanto Miguel, un tanto contrariado por la aparición del arco iris, se quedó enredado en las melódicas reminiscencias de una canción que se oía a lo lejos, trayéndole dulces recuerdos, "Esta tarde vi llover, vi gente correr,  y no estabas tú"...   

                  



sábado, 27 de julio de 2019

Diálogo




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   -Resistiré como el junco que se dobla, pero siempre sigue en pie -dijo.

   -Simeón el estilita vivía feliz y contento en lo alto de una columna, ajeno a la conversación -respondió.
   -No creo que fuese ningún dechado de convivencia, en todo caso lo sería de la más cruda soledad -dijo.
   -Y el logos se hizo carne- respondió.
    -Bueno, lo que está escrito, escrito está, y las futuras generaciones lo descubrirán a través de la lectura de los salmos bíblicos, sin dejar de degustar el rico salmorejo, los huevos de Napoleón o el salpicón de mariscos, y a buen seguro que no caerá en saco roto, ya que quiérase o no desplegarán la bandera de la comunicación en el banquete, no siendo ninguna rémora sino adalides del progreso de la Humanidad-dijo.
   -Está bien. De todos modos se enfrenta uno a sus despertares como puede o quizás como le dejen-respondió.
   -Así, a las primeras horas del día el hombre tenía por costumbre fumarse un pitillo en la ventana después de desayunar, el sitio asignado por la pareja, cuando en las calles reinaba el silencio, encontrándose la gente descansando a esas horas en sus respectivos lechos -dijo.
   -Hombre, ¿y no sería más confortable fumar en la cocina después del desayuno?-respondió.
   -Eso es fácil de articular, pero los requerimientos de la pareja discurrían por las antípodas, cogiéndoselo con papel de fumar -dijo.
   -Y apuntaba entre otras reflexiones que cualquiera podría conseguir el trágico pasaporte cancerígeno sin advertirlo, inhalando el humo en tan comprometido espacio -respondió.
   -No creo que nadie tenga la desfachatez de romper con el diálogo aventurando que no conduce a ninguna parte, y porfíe que se puede esperar todo de él pero no bueno, como partir corazones por medio por fanáticas discrepancias, y seguir apostando por el diálogo del garrote vil o ley de la selva aplicando al pie de la letra el proverbio, el pez gordo se come al chico- dijo.
   - Oye, y si la Biblia vale la pena entonces podrías releerla de nuevo poniendo el acento sobre el versículo que dice: "No es bueno que el hombre esté solo, hagámosle una compañera". llegando a pronunciar Adán el primer poema de la escritura: Ésta es ahora huesos de mis huesos, y carne de mi carne"- respondió.
   -¡Qué necedad! eso sería una simpleza palmaria, y se justificaría en tanto en cuanto no compartiese con la pareja áreas tan trascendentes como educación, cultura, valores, etc., argumentando por ello que todo huelga, llegando al núcleo duro del consejo del sabio, cada uno se lava su culo -dijo.
     -Hola Juanico, buenos días, cómo tú por aquí a estas horas, ¿qué tal andas? ¿herraste ya el mulo en Guájar Faragüit? -preguntó
   -Sí, paisano, y que yo sepa ando con los pies, gracias al cielo. Y perdona que voy  a llamar a Dolorcicas para un recado, pero mal dolor me dé por no vislumbrar sus debilidades por los famosillos de la tele, los concursos de sevillanas u otros juegos -respondió.
   -¡Caramba, y que lo digas!, pues toca madera, porque el tiempo vuela y que yo sepa no tienes alas, y las tres edades del hombre están a la vuelta de la esquina. Ajá, quería referirme a la salud con mayúsculas entre otras nimiedades, aunque en el fondo no lo son, y menos aún si naciste en Guájar Fondón -dijo.
   -Por supuesto. Mira, el pasado otoño la ciática no me dejaba salir a la puerta de la calle, como si fuese el rico patrimonio heredado de los antepasados, de manera que ni a misa puedo ir por no decir el tópico, ni a la taberna, que es lo más socorrido en estos casos -respondió.
   -¿Pero ya restablecido saldrás a la plaza de vez en cuando a tomar el sol y conversar con la gente?-dijo.
   -No sé qué decirte que rezuma enjundia, pero la conversación es un buen síntoma, un buen alimento, el descanso de los ratos duros navegando por el trajín diario. Claro, sin comeación no se puede, amigo, es el marca-pasos del vivir ... si falta el tubo de escape en los motores revientan, y se hace muy cuesta arriba la marcha, precisando el cerebro de igual modo un conducto por donde evacuar entuertos, excrementos o las jaquecas que le aquejen a uno de cuando en vez -respondió.
   -¿Juanico, entonces, según se desprende de tu parlamento, eres consciente de que sin diálogo no puedes buscar novia o ejecutar lo más elemental en la vida, respirar? -dijo.
   -No sé si será correcto llamarle así, bueno, o como se llame, pero lo cierto es que la comeación sin sentirlo te limpia las calamidades o forúnculos que florecen en el trasero o en la trastienda existencial, algo similar al verso machadiano de los Cantares, cantando la pena, la pena se olvida -respondió.
   -Bien, ¿y sabes lo que digo?, que hay una pléyade de incólumes personajes en la viña que tiran para el monte y no se bajan del burro -dijo.
   A propósito del debate, veamos algunos argumentos lexicalizados o puyas estigmatizadas que minusvaloran el diálogo haciendo de su capa un sayo, marcando el territorio como el rey de la selva: ¡Donde manda patrón, no manda marinero! ¡Aquí mando yo, y punto! ¡Hay que tener todo atado y bien atado por si las moscas! El librepensamiento ahuyenta el progreso, el avance humano cayendo en las cavernícolas épocas del taparrabos, y aullaríamos como lobos en los bosques sin un punto de bienestar, generándose una orfandad o brutal estancamiento de la especie humana. Y por ende se aferran a un clavo ardiendo gritando desafiantes ante el abismo, fuera el diálogo, es una pérdida de tiempo, a la hoguera sus artífices, y otras lindezas.
   Mas las excelencias del dialogismo las ve un ciego, porque pese a la ausencia de luz choca con la tozuda realidad, y si no que se lo pregunten al Lazarillo de Tormes al ir tomando las uvas.
   Por otro lado el diálogo existe, y se palpa en la madre natura, entre minerales, plantas y animales enviándose etéreos y afectuosos mensajes a través del potente polen, que profetiza sin duda los actuales drones, y existe incluso en las estatuas que pueblan los parques y jardines o museos, como el del Prado, donde en la expo de Giacometti dialoga con las Meninas en una sorpresiva y enigmática comunicación.
   El diálogo se masca en el Señor de las Moscas, donde la poética de Willian Golding construye una trama en una isla desierta con un grupo de niños caídos de un avión siniestrado, reflejando un mundo contradictorio y escéptico con sus propias palabras: "el hombre produce maldad, como la abeja miel", o así mismo el arriero con su destino rodando por los caminos de la vida, como un canto rodado, increpando a las estrellas del firmamento o a la corte celestial.
   El diálogo se enciende a través del logos con voces, gestos, miradas, cuando la glotis abre y cierra la ventana del pensamiento en el intercambio humano trasmitiendo luz mediante la palabra, o inhalando aliento a través de la compaña, puntos de vista, panorámicas personales o esquemas de los seres pensantes, toda vez que hay gustos o disgustos como personas o tirititeros que se dejan arrastrar por cloacas, o pisaverdes pisando fuerte por los vaivenes o hecatombes del viaje.
   Ni Von Braum embelesado y perdido entre lunas, o Miguel Hernández, gran perito en lunas con el cálamo, ni Platón con su hermenéutica y didáctica convencen a los más recalcitrantes para que se apeen del burro y acepten el castizo proverbio, "hablando se entiende la gente" .
   ¿Qué tiene que ocurrir para subirlo a los altares?, acaso lo que apunta la canción, "Ay amor que despierta las piedras, ...ay amor, tan necesario como el sol"...
   


sábado, 29 de junio de 2019

Tú eres el único que vales



Resultado de imagen de venta de hierbas


   Había una vez un hombre en una ciudad mediterránea con piernas de alambre, cintura de avispa, ojos hundidos en lóbrega cueva y entumecido cuerpo, que se dedicaba a la venta de hierbas milagrosas de nueva generación con los respectivos aditamentos: flores, semillas, hojas secas, verdes y otros sucedáneos con el marchamo de que lo sanaban todo sin excepción.
   La misión de las prodigiosas infusiones eran dignas de tener en cuenta en todo tiempo y lugar, al no resistirse ninguna dolencia o jaqueca a sus saludables y agresivas garras por muy intrincados o intratables que fuesen los males.
   Ésa era en verdad la teoría o leyenda que corría de boca en boca por el vecindario de aquellos lugares, y vibraba en las mentes de los potenciales clientes, vendiéndose el producto a manos llenas en su relajante y recoleto quisco levantado al efecto.
   Mas en ese abigarrado y fructífero mundo de endiosado sanalotodo, el hombre que lo ejecutaba, conocido con el nombre de Leo, llevaba una vida un tanto rara, como una doble  vida, toda vez que a parte de las hierbas buenas que se crían en la madre naturaleza haciendo el vivir más grato, estaba sin embargo la contrapartida, la existencia de otras matas que matan, no viniendo al caso que nos ocupa las sospechosas setas del bosque que a veces hacen de las suyas, sino más bien otras más sofisticadas, que crecen bien clandestinas o en los lugares más insospechados, y se desarrollan como auténtica cizaña matando en serie o fulminando en serio las mejores intenciones con las que se envolvía, de suerte que Leo vendía una vida sana, casi inmortal, poseyendo una voz de avezado predicador en su púlpito a la antigua usanza poniendo en práctica el dicho popular, "haz lo que digo, pero no lo que yo hago".
   De esa guisa transcurría su vida, bendiciendo lo que vendía en los mercadillos, y a la vez se destruía a sí mismo con su modus  vivendi, al estar enganchado en la dura y asesina hierba, los célebres estupefacientes, sin los cuales no podía dar un paso, pues moría por ellos.
   Contaba el periódico que en una redada policial llevada a cabo en el Campo de Gibraltar fue apresado hace unos lustros, pasando varios meses en prisión preventiva, y las malas lenguas apostillaban que pertenecía a un grupo de peligrosos narcotraficantes en conexión entre otros puntos con el cártel colombiano.
   Por ende, las posibilidades de desarrollo humano de Leo dejaba mucho que desear, encontrándose a todas luces maltrecho y  diezmado en su fuero interno, no pudiendo realizar con garantías los diferentes quehaceres vivenciales, malviviendo y malgastando los caudales que caían en sus manos, sin embargo Rosario, una fervorosa cliente, que presumía de un excelente olfato y tacto para los asuntos más espinosos, y ejerciéndolo a carta cabal tan pronto como se lo permitían las coyunturas, y admitiendo que no erraba más porque no había más hora de sol, o porque enmudecía sin querer en algunos momentos porque no encontraba ninguna salida a su evanescente discurso, y sabido es que en boca cerrada no entran moscas, cosa que hay que agradecer, no obstante reventaba si no exhalaba sus ágiles y sutiles artimañas o cavilaciones a veces tan desvirtuadas que clamaba al cielo, como ocurría en el caso que nos ocupa, que después de todo lo visto y oído a lo largo y ancho de su entorno ambiental, y a la vista estaba, que un ciego lo veía, dijo Rosario de buenas a primeras, toda ufana y altanera: "tú eres el único que vales, Leo".
   Las sorpresas que en ocasiones nos depara la vida superan a la ficción, de modo que las apariencias engañan a los sentidos más de lo que imaginamos, y es mejor callar a tiempo antes que caer en el mayor de los dislates, y para enmendarlo y no atragantarse sin venir a cuento habría que aplicar alguna de las fábulas de Esopo o Samaniego e Iriarte, que aporten una brizna de luz a las a veces enmarañadas y enrocadas actuaciones humanas.