martes, 18 de julio de 2017

Tomando un tinto en los Guájares



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                       "El vino alegra el ojo, limpia el diente y sana el vientre". 
                       
                       "Vinos y amores, viejos son los mejores".    


   Cuando no le salían las cuentas según iba subido en la bestia hacía un alto en el camino, atándola a la argolla de la taberna y se tiraba al alpiste.
   Se liaba la manta a la cabeza, como aquel que dice, parando el flujo estresante diciendo para sus adentros, que salga el sol por Antequera. Y como otro Lazarillo que está hecho al vino y muere por él, bebía hasta ponerse ciego, bebiendo a caliche de la botella de cocacola rebosante de vino, levantando el codo con sin par desparpajo en tales coyunturas.
   Aquel día el arriero no podía más, pese a la euforia por los cuartejos que llevaba en el cuerpo, al evocar el vencimiento del préstamo para la boda de su hija Angustias, no llegándole la camisa al cuello.
   No sabía qué hacer. Unas veces especulaba con jugárselo todo a las charpas con un nutrido rancho de competidores en la plaza del pueblo o al monte en un reservado. Y otras, se planteaba ir a Pinos del Valle o Polopos, qué más daba, a fin de conseguir un anticipo a cuenta de la cosecha del año que viene.
   En ocasiones amenazaba irónico, entreabriendo los rijosos ojillos, con acercarse a cobrar cierta deuda a algún pueblo de al lado, pero  se decía a sí mismo, ¿y para qué voy si no me deben nada?.
   Y ofuscado por las circunstancias, le pasaban por la cabeza las más drásticas ideas, tirarse por la Torrentera del pueblo, pegarse un tiro o algo más razonable a todas luces, agarrándose a la vena religiosa, salir de penitente acompañando a la Virgen de la Aurora en procesión hasta la Era de la Cruz, y recibir la bendición junto con los campos, las sementeras y los animales del entorno, y de ese modo renacer a la vida, como un hombre nuevo, radiante, hermoso y limpio como el dorado trigo de la parva que se aventaba los veranos en la Era para el posterior sustento guajareño, amasando en el horno el pan de cada día, haciendo felices a chicos y grandes.
   El remedio urgía tomarlo, pero la calentura del pago del préstamo le llevaba a beber como un cosaco tomando un cuarto tras otro en el bar de Juanito el Tito la mayoría de las veces hasta las tantas de la madrugada.
   A veces llegaban los parientes o amigos a saludarle, dándole ánimos y consejos, mira, Juanico, todo tiene en esta vida arreglo menos la muerte, y no reaccionaba, encontrándose en un callejón sin salida y en un estado etílico de padre y muy señor mío, tarareando risueño coplillas:
- ¿Borracho yo?, tururú.
- Oye, Juanico, -apuntaba alguno- el mulo se ha soltado y corre como un loco calle abajo con la carga arrastrando.
-Pues que corra y pare el carro cuando le plazca, que yo sé el camino de mi casa, y si me veo en apuros llamo a mi amigo el alguacil, y corriendo me prepara alguna guarida, pues no me importaría dormir en el calabozo, el local que hay debajo del antiguo Ayuntamiento, antes carpintería, donde se  hacían apreciados muebles y utensilios a la carta, armarios, bancas o mesas para la escuela, la iglesia o las alcobas, y los ataúdes para el último viaje, y ahora es el bar de los desguaces o jubilados, bueno, y a todo esto, ¿quién ha dicho miedo? -porfiaba-, echando otro trago y añadiendo, ¡más se perdió en Cuba!
   El vino hace milagros, pero también perturba a los sentidos y al cerebro si se abusa de él, como le pasaba aquella mañana al arriero, imaginando que de esa manera no se enfrentaría al desairado trago del vencimiento del préstamo que pidió a su amigo del alma.
   Y por otro lado se le venía encima, como piedra de molino, la religiosa ceremonia de la iglesia, ya que era bastante creyente, y se imaginaba al párroco impartiendo la bendición a los desposados recibiendo el sacramento nupcial la hija con el pretendiente de Guájar Faragüit, y debía guardar las formas y un restillo del peculio de la última cosecha de almendra para lo que se avecinaba.
   Porque estaba a la vuelta de la esquina el casorio de Angustias, a esa edad en que los aromas y hermosura bañan el semblante y el ambiente y cantan los ruiseñores en derredor.
   Hasta hacía muy poco, la pobre Angustias se negaba a vivir. Pasaron noches de perros. Y por fin la opinión familiar pudo más, logrando llevarla de nuevo a la vida, postergando las devotas ansias de servir a Dios profesando el voto de castidad en el cenobio, al aceptar las relaciones de noviazgo con el mozo que la familia consideraba como un buen partido.
   Y de buenas a primeras se hizo la luz en sus estancias, diciendo adiós a los vírgenes anhelos de espiritualidad en el convento, y en un plis plas se fijó la fecha de boda, mucho antes de lo que ellos hubiesen imaginado.
   Sin embargo el cambio de rumbo de la núbil daba que pensar, ¿qué artimañas habría utilizado el pretendiente para tan inesperada mutación, tal vez amenazas, recompensas sin límite o alguna herencia secreta...?   
   Y no pudiendo el arriero digerir tal mezcolanza de súbitos advenimientos en tan breve tiempo, bebía y bebía vino de la costa o mosto de la Rambla o Jurite poniéndose morado, porque era lo que con mayor facilidad entraba en esos momentos por su garganta granjeándole felicidad.
   Era sin duda un remedio bendito para olvidar, durmiendo luego el tablón, estando fuera de combate y sin figurar en la lista de morosos o deudores, y se reía a mandíbula batiente del mundo y no sólo de las deudas que, aunque fuesen de pura usura, era lo que había en aquellas calendas de negras estrecheces, y sobre todo cuando los tiempos se confabulaban para que no valiesen los frutos, y los campos se esquilmaran de repente por falta de agua, no sirviendo de nada las rogativas al Señor, desfilando todos los vecinos por las angostas y polvorientas calles de entonces, quizá recordando que el hombre fue hecho de polvo, movilizando a todo el personal para tan alto fin, poniendo rabiosos a los perros la algarabía humana, y nerviosas a las gallinas que picoteaban alegres por las calles, así como las conversaciones ("comeaciones") a calzón quitado que entablaba la concurrencia, que hasta el marranillo del santo patrón, que deambulaba y hozaba a sus anchas por las callejas de la villa, todo enseñoreado y manso, se quejaba gruñendo como un descosido por tanto alboroto de campanas, plegarias o cánticos a la divina providencia.
   Cierto día, según bajaba Juanico con el mulo por la Cuesta de la Hoya, tarareaba canciones como, Una piedra en el camino me enseñó que mi destino era rodar, rodar y rodar...  quizá pensando como el poeta que cantando la pena, la pena se olvida, y volaba por su cabeza un sinnúmero de impetuosas y extravagantes vivencias o ancestrales pensares populares como, "No por mucho madrugar amanece más temprano", "donde las dan las toman", "año de nieves, año de bienes" o "arrieros somos y en el camino nos encontraremos", mas no hallaba respuesta a lo que buscaba.
   Y abundando en el desconsuelo, menos recomendable sería cruzar a las primeras claras del día los oscuros morros del Tablazo bajando hacia el río de la Toba, por donde discurren sonrientes y saltarinas las aguas, pues aumentaría la lobreguez del alma.
   El animal debía beber agua cuando fuese preciso, y parecía que lo escuchara al ver su reacción al olisquear la tasca, pues quería beber también, quizá para congratularse con su amo.
   Al entrar en el bar lo primero que asomaba por el mostrador era el cuartejo de vino acompañado de cacahuetes, garbanzos tostados o habas con bacalao para saciar el hambre y refrescar la garganta, pues se presentía harto dura la jornada, desatascando con el riego los atranques existenciales y los del gaznate, que a buen seguro que con el desgaste del camino vendrían mulo y arriero jadeando como perros con la lengua afuera.
   ¿Si al menos se hubiese acabado ya el duro crujir del vivir, o el hondo dolor mudo! 
   A ver cómo viene este año la cosecha -se decían unos a otros. Y si las nubes se dignan hacer una gracia y traen lluvia buena y pareja, y no pasa como a Bartolo el otro año con la jaca blanca que compró en la afamada feria de ganado de Motril, que por poco si se la lleva la crecida del río, pues tuvo mucha suerte, ya que, además de librarse de la muerte, la compra fue fruto de un buen trato, muy bien llevado por cierto, argumentando con las mejores razones, insistiendo el comprador, como un cascarrabias, en lo que creía era lo justo, dándose al final la mano y la apalabra y trato hecho. Eran otros tiempos.
   En cambio en otros conciertos la música variaba como de la noche al día, y si no que se lo pregunten a mi compadre, que los otros días se le murieron dos cabras con unas ubres de oro, y un marranillo ya criado, no sabiéndose a ciencia cierta la causa, algunas lenguas, jugando a veterinarios, apuntaban a una extraña epidemia llegada de ultramar, torciendo las buenas perspectivas, o envenenando el atajo por donde intentaba camuflar algún pellejo de aceite de oliva de estraperlo, o algo similar en aquella época de carestía, con idea de sacar unas perras para el pan de los niños, y si algo sobraba guardarlo para el préstamo, porque cada vez que se cruzaba con el usurero se lo advertía con acritud en mitad de la calle.  
   Los álamos de las márgenes del río de la Toba, con su corpulento follaje acrecentaban más si cabe la oscuridad reinante, y daban pie a lanzarse a la aventura, a retozar, a saltarse las leyes, a madrugar saltando de la cama, aunque sin pasarse -argüiría Juanico-, pues mal iría la cosa si perdía la cuenta de los lingotazos de ginebra que engullía cada mañana para abrirse paso en la vida y los ojos matando el gusanillo y las carrasperas vitales, porque del abuso de tales mejunjes el cementerio andaba lleno.
   Era todo un ritual la copichuela de ginebra al rayar el día, a fin de templar las cuerdas de la guitarra corporal y los sinsabores, un tanto destemplados por las actuaciones orquestales a la intemperie y las contracorrientes del fluir humano.
   Y a la hora acostumbrada del almuerzo iban llegando exhaustos los arrieros, atando del ronzal a las bestias a la puerta de la taberna, unas veces en la venta de las Angustias y otras en el cortijo de Cañizares, y cogían la talega con lo que llevaban aviado en las alforjas, y entraban felices y contentos en el templo del dios Baco pidiendo alborozados con voz en grito, m a r ch a n d o  u n c u a r t e j o de vino tinto (o del terreno o mosto de fulanito que este año lo tiene muy bueno).
   El tabernero (o tabernera aún más) alegraba a los clientes contando historietas, chascarrillos o las últimas noticias del pueblo, quedando agradecidos de corazón, abriendo todos los sentidos a lo que les espetase, pese a que algunos tenían más cuento que Calleja, contando lo que no estaba en los escritos, muertes espeluznantes, picaduras de avispa en los ojos o de escorpiones en el trasero, cabras despeñadas por los cerros o alguna cencerrada de pareja, incluso algo que a su vez se lo había contado alguien y éste otro a un tercero y así sucesivamente hasta los confines de las cortijadas, y cosas así.
   Una vez satisfechas las ansias más intempestivas, tornaban a la labor unos y otros y John, el extranjero que no le faltó tiempo para aclimatarse a las costumbres del pueblo guajareño, siendo uno más de la cuadrilla, que quieras que no le gustaba el tinto como al que más, cargándose a veces más de la cuenta
   En aquel templo de Dionisio se sentían los amos del mundo, un Nikita Kruschov o un Ike Eisenhower, a salvo de amenazantes tormentas o tormentos familiares, ensartando sueños, cual otro John Wayne en el celuloide, aunque con la cabeza perdida a veces u ocupada en no se sabía qué, acaso en pegarle fuego a las inquisiciones, pejigueras o pesadumbres echando un gran chisco en la plaza del pueblo y quemar las facturas del desamor o de la luz, la cartilla de racionamiento u otras doloras, no pudiendo pasar por alto ni un minuto más el calzar al mulo, siendo algo superior a sus fuerzas, colocándole las nuevas plantillas, unas herraduras de primer orden, porque ya no aguantaba más el pobre animal, pues era su salvavidas.
   Sin embargo el arriero, incluso con las albarcas roídas y el corazón partío siempre estaba dispuesto a subir o bajar cualesquiera cuestas (de Panata, la Hoya o del camino de Faragüit), no faltaba más, como si fuese de acero como el borrico Platero, no habiendo tiempo que perder, y los compromisos y labranzas no esperan, y no había más remedio que jugarse la vida a diario, bien dando un porte o echando mano del contrabando de bajo voltaje, llevando a la capital de la comarca, Motril, algunos odres de aceite o frutillos u otros surtidos, arrimándolo pacientemente a la churrería, tienda o taberna que se pusiese a tiro.
   Y al hilo de los surcos de la pluma surge la duda de que siendo como eran muchos los guajareños de ascendencia morisca (indelebles huellas lo delataban), no se sabe a hasta qué punto se les atragantaría o remordería la conciencia al echar mano tan alegremente y con tanto amor de los productos porcinos y vitivinícolas, obviando las severas advertencias del Corán.
   Al parecer compaginaban con suma diligencia y exquisita cortesía lo antiguo y lo moderno, el jamón de pata negra con los ricos caldos de la tierra o del globo, entrantes emblemáticos en todo tiempo y lugar (otro tinto en Oporto, Burdeos o el Cairo podrían atestiguarlo), porque allá por el siglo trece el primer poeta castellano de nombre conocido, Gonzalo de Berceo, lo resaltaba en los poemas del Mester de Clerecía, "Ca non so tan letrado por fer otro latino,/ Bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino, y escribir en romance claro y llano, en el cual suele el pueblo fablar a su vecino" .
   Otros oscuros parámetros, no por ello de menor pleitesía, hervirían en sus abigarradas mentes, pero se diluían entre la umbrosa neblina de los apretados cerros guajareños, como el harén, que seguramente más de una vez pasaría por las mientes del arriero anhelando ser sultán por un día con el reglado séquito, no obstante las aguas masculinas fenecían ante el furibundo oleaje, al chocar contra la muralla de la resignación cristiana, tanto del viejo como del nuevo.
   Y ocurrió algo sorprendente. Un tañer extemporáneo retumbó al crepúsculo por el cerro del Águila, por cuyas estribaciones discurría en esos instantes el arriero, un sonido parecido al de un viejo y cascado cencerro, era el doblar de campanas por la muerte del usurero, miró al cielo el arriero, se santiguó y sintiéndose liberado descansó.
   Y Angustias recibió al cabo lo prometido por el compromiso nupcial, la herencia de su marido, que por caprichos del destino no era otra que las posesiones del usurero. 
   Y mientras tanto el reloj seguía impertérrito su curso, sin detenerse, oyéndose imperiosos los sones y repiques de campanas, el bullicio de la gente cruzando las calles, la banda de música, los puestos de turrón y dulces y otras chucherías, estallando el castillo en la plaza con lanzamiento de cohetes y traca iluminando los cielos, era el día de la Virgen.
   Albricias, guajareñ@s, a disfrutar de estas fechas tan señaladas, tomando con familia y amigos ricos pestiños, buñuelos, morcilla, longaniza, pan de higo, chicharrones, higos chumbos, arencas, granadas, racimos de uva y mosto, mucho mosto, pues septiembre llegó, como cantaba José Guardiola, "... con sus manzanas fuertes, con sus uvas maduras, con sus flores silvestres", ...y, como buen arriero, por todos los caminos te buscaré sin verte.
   



   

   

                 

lunes, 19 de junio de 2017

Inesperado encuentro en la guarida del Cóndor


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   Teniendo en cuenta que los eclipses o cataclismos no ocurren todos los días, lanzamos al viento interrogantes encontrados por si en nuestros pesares y cuitas los dioses se dignaran intervenir poniendo coto a tanto caos reinante.
   ¿Quién dijo que el pez gordo se come al chico? tales aseveraciones no pasan de ser un puro espejismo, en todo caso se cumpliría el veredicto en situaciones límite y especialmente en almas pusilánimes, derrotadas de antemano, al levantarse con aires timoratos al despuntar el alba, no emprendiendo con alegría sus labores, no cogiendo el toro por los cuernos.
   O que sólo estallen de amor los corazones por primavera, reduciéndolos a lo estrictamente vegetal, lo que acarrearía un serio fiasco. Hay que ir con tiento y ser prudentes, porque nunca se sabe lo que hay detrás de la puerta, y es necesario apagar el rescoldo de las antiguallas que aún aletean en el rostro de los días.
   Es vox populi que toda regla tiene su trampilla o egregias excepciones, siendo incluso más ostensible en determinadas taxonomías, por lo que urge divulgarlo al orbe, aclarando que no hay pueblo chico, hombre chico o cucaracha chica, y creer que todo el monte es orégano, ya que sólo se explota tal licencia en las Islas Afortunadas como reclamo turístico, precisamente en Tenerife, a fin de engrandecerlo en el espacio y en el tiempo, dando por descontado que es un minúsculo reducto rodeado de agua por todas partes.
   Lo que de verdad existen en el mundo son corazones mustios, ventanas cerradas a cal y canto o mentes obtusas, que no se percatan en su mediocridad de los extraordinarios progresos que obtienen los denominados pueblitos, sobre todo en la vertiente creativa y científica, porque sin ir más lejos en la misma villa de Guájar-Fondón crecen como la espuma las auroras boreales, los sensuales palmitos  y las más envidiables vibraciones.
   Y hay quien atisba con razón similitudes harto verosímiles de los Guájares con emblemáticas ciudades de la antigüedad, como Alejandría, célebre por su biblioteca por antonomasia y faro, demostrando un inmenso amor por los libros y sus secuelas, extendiendo el símil al campo de los sentidos, con los sugestivos y fragantes jardines colgantes de Babilonia, por el encanto guajareño de floridas macetas, arriates y perfumados rincones que pululan por doquier.  
   La tarde de autos, del inesperado encuentro en la guarida guajareña, se presentaba en sus comienzos indolente, burlona y somnolienta, con bostezos y torpes estiramientos, cual solitario perro callejero, dando muestras de aletargamiento e impotencia, como si se hallase a las puertas de un aciago advenimiento, masticándose lo peor.
   Antes de nada hay que reseñar la misteriosa transformación acaecida en el lugar del encuentro, como si algo fuera de lo común se hubiese fraguado de repente por impulsos de una fuerza supraterrenal, una especie de conjunción interplanetaria que hubiese venido a romper la mezquina monotonía de los días, modificando la estación que a la sazón regía, o fue acaso la invasión de lagrimillas de San Lorenzo, que hubiesen entrado clandestinamente por la ventana purificando la estancia, llevándose por delante los rigurosos esquemas del cosmos, alterando las órbitas, sus triquiñuelas, configurándose un nuevo horizonte en aquel breve espacio contra viento y marea, presagiando los mejores augurios por el camino emprendido, ofreciendo a los famélicos contertulios un abanico de oportunos aperitivos, aromas y sensaciones nuevas, bocados de cielo y todo un universo de prodigios, asombrando a propios y extraños, suscitado por los estelares parlamentos e intercambios científicos que se fueron prodigando en las mismas entrañas de la Era de la Cruz, al cobijo de centenarios olivos plantados entre escarpadas pendientes y amenazantes acantilados, no lejos del aliento del eminente maestro culinario.
   En un principio se le concebía con visos de fracaso, al sopesarlo como algo enojoso, reiterativo y de poca monta, pero al poco se dispararon la expectativas, el tono, el ritmo, las instruidas intervenciones, y fue entonces cuando empezó a hervir la olla de los pensares, el rico guiso de hinojos y garbanzos, subiendo los hervores hasta la cima de los cerros, extendiéndose por toda la jurisdicción, y volaron tan alto que extasiaban por momentos a los intervinientes, y a buen seguro a los que dispusiesen de Wifi o telepatía en los cercanos aposentos, sobre todo por la altura de miras y generosa humildad de los participantes, engrandeciendo la atmósfera, el recinto, los confines de la villa, así como la mirada y la morada del homónimo anfitrión, creando una atmósfera embriagadora, dulce, que los letraheridos no daban crédito a lo que percibían, entregados como estaban a la tarea intelectual, a la creación literaria y mundos nuevos, de tal forma que aquello se transformó sobremanera en un abrir y cerrar de ojos.
   Ocurrió algo insólito, como si hubiesen recibido su cabezas de pronto un flash de lenguas de fuego con abundamiento de manjares pensantes empapados de erudición y una inexplicable enjundia, según se encontraban acomodados entre las cuatro paredes de la pulcra guarida de Gonzalo, paladeando sabrosas ensaladas tropicales con guarnición de los siete sabios de Grecia y las diez maravillas del mundo y un exquisito té, así como las sutiles degustaciones de tarta de manzana ecológica de la casa, de un hondo calado conceptual, propio de las más altas esferas regias y salones palaciegos, y todo ello por el distinguido y depurado cariz que fue tomando.
    Fue algo inenarrable, como si un trueno entrase de pronto por la ventana, o se escenificase el arranque de consagrados cantaores de flamenco con sus guitarras y se abrieran en canal cantando fandangos, bulerías o peteneras con su maestría, o cayese de improviso una especie de maná sobre sus neuronas desde lo alto, o brotase de abajo, de los mismos pilares de la tierra una sustancia reconstituyente que configurara tan excelso mundo con la rapidez del rayo, enriqueciendo las raíces y el fruto humano con una fresca y genuina savia, no andándose por las ramas, tocando las esencias y los palos del saber embrujando el aire.  
   Y no era para menos, porque el encuentro fue tan enriquecedor como inesperado, y tan cierto como el sol que nos alumbra, de modo que ni habiéndolo planificado a conciencia y con la debida antelación hubiese sido más brillante, porque si las rocas hablaran, que por cierto abundan en el entorno, a buen seguro que darían fe de lo que aquí se apunta.
   Todo el ceremonial, parafernalia, guiños y demás matizaciones rezumaban enciclopedismo por los cuatro costados sin hojarascas ni raros mejunjes, sin tener nada que envidiar a los ilustrados franceses de la época deciochesca, Diderot, d' Alembert y otros pensadores.
   Aquella tarde, no se podían archivar sin más los tratados y documentos que allí se escrituraron y rubricaron, pues hubo tal despliegue de navíos de guerra conceptual y bombardeos mentales enterrando la palabrería, la mezquindad o la miopía que pasarán a los anales de la historia como algo único.
   Al llegar los contertulios se soltaron el pelo como fieras pensantes, generando momentos y días de gloria con sus florecientes y talentosas intervenciones y reflexiones removiendo Roma con Santiago, el norte con el sur, tratando lo divino y lo humano, la carne y lo etéreo, lo filosófico y lo metafísico, lo magnético y lo terapéutico, rememorando los multidisciplinares debates y reuniones de los políglotas y sabios de la Escuela de Traductores de Toledo en la Castilla de Alfonso X el Sabio, donde los diferentes rezos y razas, judíos, moros y cristianos salían a la palestra con todo un mar de cuestiones palpitantes, amor y desamor, juegos de manos y de ajedrez, naipes y ricas florituras de la flora y la fauna o de las estrellas y astros abriendo de par en par el Trivium y el Cuadrivium, no dejando títere con cabeza.
   Eran sin duda otros tiempos, qué duda cabe, pero en aquel entonces se amasaban en sus telares las claves de las corrientes científicas en boga, utilizándose todas las lenguas que a la sazón había, árabe, latín y el balbuciente romance castellano o román paladino, en la que solía el pueblo llano hablar con el vecino, o cortejar a damas o lo que se terciase.
   Y salvando las distancias de tiempo y lugar, acá en Guájar Fondón, en la guarida del Cóndor peruano, a la vera del río de la Toba, cerca de la presa donde antaño se refrescaban los cuerpos desnudos de los mozalbetes, estaba ocurriendo otro tanto, aunque no alcanzase los laureles, las músicas acordadas o los boatos de aquellas prístinas efemérides, pero no obstante se podía proclamar a los cuatro vientos que no le iba a la zaga.
   Resultó ser al fin un evento cultural concienzudo, fraternal e ingenioso, sin que nadie lo hubiese planificado, pues de súbito desenvainaron las espadas de sus hondas concepciones e ideales, cada cual a su manera, estilo e idiosincrasia, y acometieron lo mejor que pudieron la temática y el argumentario que manaban a borbotones, aunque arrimando cada cual el ascua a su sardina utópica, pues como expertos culinarios y cocinillas que eran y siguiendo las pautas del gran Cocina, aderezaban unos platos y espetos únicos, al estilo de aldea global, con tintes mejicanos, peruanos, motrileños, salobreñeros y guajareños que se chupaba uno los dedos.
   ¡Cuánta nota significativa dormía en sus cuerdas! ¡cuánta anécdota suelta entre las sombras!
   Y como estaba previsto, se inició el paseíllo torero, la rica delectación en el singular escondrijo, y se fue desmenuzando lo más gordo primero, picoteando frutos frescos, maduros y secos, y limpiando el fresco pescado recién traído del mar de la vida.
   La filosofía, la estética, la ética, la terapia, todo el cóctel sin excepción se iba colando por los intersticios de la trituradora, discurriendo las sensatas y serias cavilaciones de los tertulianos, siendo dignas del mayor encomio y admiración, por el alto grado de reflexión y cordura, siendo algunas merecedoras de enmarcarse en sublimes frontispicios, como cuando el tertuliano Sergio, con mando en plaza, manejando con soltura la batuta emulaba al inmortal artista y paisano del celuloide, con su peculiar estilo de voz, latiguillos y timbre engarzando los vocablos, tejiendo ramilletes de flores de múltiples colores y frescos pensamientos recién segados en el jardín de las delicias de los sueños, que despertaban a las piedras.
   No es necesario desplazarse a París, el Cairo o Roma para deleitarse un día cualquiera, basta con acudir a esta singular guarida donde, cual arca de Noé, se guarda un animal de cada especie para que no se extinga en el devenir del tiempo por mor de raros diluvios, guerras atómicas o malignos tornados. 
   En el caso que nos ocupa, sin querer tocar la luna con los dedos o cuadricular el círculo, se puede afirmar sin tapujos que aquella tarde se puso una pica en Flandes, disfrutando con la sencillez y la más recalcitrante espontaneidad de la vida creativa, que brotaba del talento humano, servido en fructíferos cuencos y momentos de sabia armonía con el cosmos, dándose la mano entre sí los corazones en ese aventurado y venturoso encuentro.
   Y de esa guisa transcurrió el inesperado encuentro en la célebre guarida, en Villa de Guájar Fondón, y así lo narra el cronista, reencarnado todo en el alma y en la quintaesencia del anfitrión, que no se sabe a ciencia cierta si vino del Perú volando como un cóndor o de polizón por tierra, mar o aire a poner los eruditos huevos en este nido enclavado en las estribaciones de la legendaria Era de la Cruz, silo de vitales granos para el sustento, el pan de la vida, y como no sólo de pan vive el hombre, se llevan a cabo unos encuentros literario-científicos, que tienen mucho ver con la armonía de las esferas pitagóricas y los movimientos interplanetarios de épocas medievales, poniendo la guinda lo último de nuestros días en el campo de la investigación.
   Y como fruto de esa tarea de traductores, la lengua castellana y los hispanohablantes se enriquecieron (al igual que en el inesperado encuentro de los Guájares), incorporando no sólo léxico científico y técnico del mundo árabe sino del grecolatino, engrandeciendo el acervo cultural románico e hispano.   


domingo, 18 de junio de 2017

Por arte





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Era todo un cielo de recreación pétrea
penetrando irresistible por los vitales ventanales
con tiernos arrobos
destilando melodiosos néctares
al unísono de encendidos ritmos
que discurrían por los contornos del cerco de la luna.
Permanecían, cual libro cerrado,
los interiorismos y afanes,
fruto de las frías estrías de las coyunturas,
y llegando el momento discreto
la mágica mano de orfebre pica piedra
con sentidos golpes de mando y gracejo
abría el libro de las mil y una emociones en par en par,
habiendo dibujado entre los surcos
del semblante y sus ardientes líneas
un álbum de polícroma trasparencia
y vivificantes efluvios que incendiaban el ambiente.
Nada más caer el vademecum en sus manos
se fue descubriendo el tamaño
del singular estilo artístico,
la talla del talento, el diámetro de la piedra y
su cintura y la esbeltez de gacela
estirándose como chicle
por entre los hontanares de la sonrisa.
Fue una noche de sorpresivas dádivas,
y se hizo la luz de repente en la estancia
irradiando lumínicos e hipnóticos atisbos
con ardorosos parpadeos tras
las crepusculares celosías
reflejándose sutilmente en las mejillas,
en las voluptuosas urdimbres del deseo,
titilando entre la tumultuosa marea
 retadora y vibrante, como una candela, su aureola,
pese al súbito ocultamiento misterioso de la luna,
quizá por una maquiavélica lisonja,
encelándose por entre las verdes  copas
del bosque y la espesura reinante.      

     


viernes, 9 de junio de 2017

Sombras o lo que vieron sus gafas




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   Al entrar Airmesoj en la habitación del hotel donde se hospedaba después del viaje a Bombay como comandante de vuelo, vio debajo de la cama un bulto sospechoso, algo parecido a una persona estrangulada, y salió echando chispas y mano al móvil para comunicarlo a la policía cuanto antes pero no había cobertura, y con las mismas marcó el 112, o eso pensaba, para informar del horroroso hallazgo, pero no lo consiguió.
   En tales momentos de atribulamiento y confusión no estaba para muchas florituras Airmesoj, por lo que decidió tomárselo con calma antes de volver a llamar de nuevo, y cuando llamó tuvo tan mala sombra que marcó el número de un viejo amigo italiano que hacía años que no veía, recordando al instante el tiempo que había pasado atrincherado en los sótanos de la droga, traficando por los más diversos países enviando sacas con el epígrafe de café de Colombia, y figurando como testaferro en el staff del cártel de Medellín.
   Últimamente aparecía como huido de la justicia, sin embargo al oír la llamada del amigo, no tuvo inconveniente en responder, soltándole de repente el notición, el fúnebre encuentro en la habitación del hotel, contestándole con la mayor naturalidad del mundo que le gustaría ayudarle, pero no tenía ni idea de lo que le contaba.
   Mientras reflexionaba Airmesoj recostado en el sofá del hall del hotel, preocupado por el enmarañado affaire que se le había presentado, le abordaron de pronto el gerente del hotel y un vigilante con idea de esclarecer en la medida de lo posible lo que había sucedido, escuchando las informaciones que brotasen de sus labios.
   No cabía duda de la responsabilidad y el buen hacer de Airmesoj, siendo un profesional altamente cualificado, con un envidiable historial y curtido en mil batallas, habiendo pilotado todo tipo de aeronaves a los puntos más delicados del globo sin que se hubiese registrado hasta la fecha el menor incidente.
   El día de autos, el comandante andaba ocupado en mil cosas, haciendo las prácticas de simulador, la previsión de alimentos en Carrefour, así como el rutinario reconocimiento médico, hallándose en perfecto estado de salud.
   El gerente del hotel y el vigilante prolongaron las indagaciones hasta altas horas de la madrugada, sometiéndolo a toda clase de cuestiones referidas al funesto suceso, hora del deceso, objetos que había a su alcance, séanse armas o explosivos, o si advirtió efectos de forcejeo en defensa propia u otro vestigio que coadyuvase, así como si respiraba aún cuando llegó al lugar maldito.
   Después del maratoniano interrogatorio, se presentó por sorpresa la guardia civil, y lo esposaron tras un breve intercambio de impresiones, llevándoselo detenido.
   El muerto no llevaba encima documentación alguna, y hubo que echar mano de las redes policiales a escala internacional, buceando en las cloacas del crimen organizado, ora en el lumpen de hacinados barrios y clandestinos subterfugios, ora en sórdidos tugurios o blanqueadas mansiones de heroína o antros de comercio carnal.
   Pero ni por ésas se avanzaba un palmo en el esclarecimiento del escabroso asunto, no desvelándose ni la más leve brizna de los execrables móviles del asesinato.
   En un principio se conjeturaba con algo baladí, que el occiso hubiese sido quitado de en medio por mofarse de una dama de la mafia napolitana, que a la sazón mantenía relaciones secretas con el entonces endiosado futbolista Maradona, ocurriendo todo cuando se disponía a recibir una cuantiosa suma de dinero en billetes de 500 euros, designados en el argot con el sobrenombre de Bin Laden por el ocultamiento, y se fraguó todo al no haber llegado a un entendimiento entre las partes, entablándose una violenta discusión entre ellos y se disparó el arma atravesándole el corazón, cayendo en redondo al suelo, ocultándolo debajo de la cama.
   Seguramente no había dudas de que las más esperpénticas pullas, dimes y diretes e ingeniosas elucubraciones en el caso que nos ocupa podrían resultar tibias, dada la imperiosidad con la que había que ahuyentar las sombras que se cernían sobre los artífices del crimen, siendo por ende harto peliagudo hincarles el diente.
   Sin embargo no se demoró por mucho tiempo el caso del hotel, ya que como apunta el refrán, antes se coge a un mentiroso que a un cojo, pues dicho y hecho, y una vez metidos en harina y de lleno en el desguace pormenorizado de los miembros del extinto, se comprobó con claridad meridiana que no era una criatura de carne y hueso, sino la figura de un maniquí, así como suena, tan perfectamente diseñado en sus componentes que daba el pego a cualquier curioso o al más eximio experto que se lo cruzase, al igual que las figuras de los museos de cera, y era precisamente eso y no otra cosa lo que habían hallado bajo la cama, con cinco balas en la boca del estómago y dos en la sien, pareciendo todo una broma macabra de gente sin escrúpulos, gente que se había tirado al monte de lo más estrafalario, pero eso sí, había que tomar buena nota de lo acaecido y no echarlo en saco roto, porque en esta ocasión hubo suerte no habiendo llegado la sangre al río, al haberse representado las danzas de la muerte de la manera más jocosa y chulesca, pero a ver quién es el guapo que se duerme en los laureles y no colige de tan preocupantes barruntos algún trágico lance, porque vaya usted a saber a quién le tocará la próxima, por lo que no se podía vivir alegre en aquellos parajes sembrados de sombras, con el miedo en el cuerpo, a pique de ser alcanzado por alguna bala perdida en cualquier esquina, como si fuese la recreación escénica de un film de terror de Hitchcock.
   ¿Qué motivaciones o sentido de ficción tan depravada y espantosa puede albergar tamaña y mentecata arrogancia humana?
   Entre tanto, llegaban noticias de allende los mares de otro caso de muerte violenta llevada a cabo por las costas del Pacífico, tratándose ahora de un hombre de verdad, con las señas de identidad actualizadas, según atestiguaba el forense tras el exhaustivo examen, siendo un hombre de mediana edad, natural de Chile, aunque se desconocían más detalles en esos momentos.
   A veces, el crimen duerme disfrazado o hace como que duerme detrás de la oreja de personas candorosas ocultando el nombre y las urdimbres, aunque sabido es que el enemigo no duerme,  por lo que no hay más remedio que estar al corriente de lo que nos circunda en derredor, así como del pago de los diezmos y primicias que promulguen los gerifaltes del terror, y así poder mirar con garantías el porvenir.
   Algunas semanas después, aparecía en la prensa la noticia de tres personas ejecutadas en una emboscada cuando regresaban de una operación secreta, no sabiéndose nada más al respecto, pero todo apuntaba a un ajuste de cuentas de bandas rivales, al exigir los sanguinarios aranceles por la venta del celebérrimo café colombiano.
   La organización criminal estaba tan bien estructurada, que sabía al dedillo todos los tejemanejes y escondrijos al respecto, señalando que aquel que pisase la línea roja macada por los arúspices del cártel serían fulminados al amanecer.
   Su amigo, Oswaldo Fernanández Cotino, al que telefonéo por error, no daba señales de vida últimamente, no sabiéndose apenas nada de él, recayendo todas las sospechas del asesinato del chileno sobre su persona, dado que eran tantas las sombras que aleteaban sobre sus movimientos que los jueces y fiscales del mundo de la droga, así como la policía especializada lo daban por hecho tras revisar y patear documentos, bosques y ventanales de internet donde se presumía que pudiese haber algún resquicio que arrojase luz a cerca del proceso, habiendo sido catalogado prófugo de la justicia y seguía sin saberse si aún vivía.
   Sin embargo cabría tener en cuenta que Oswaldo era un muchacho joven, bien parecido, de buen corazón, con carisma, ojos verdes y sin ningún delito en su haber, gozando de una conducta intachable, que habiendo sido víctima de la precariedad más extrema, vino a caer en brazos de los narcos por mor de las veleidades de la fortuna, al no disponer del peculio preciso para hacer frente a la hipoteca, al haber sido despedido de la empresa de la noche a la mañana, negándole un préstamo el banco de turno.
   Airmesoj regresaba de Bombay a su lugar de origen, siguiendo sin contratiempos el plan de vuelo, y sin que se hubiese resuelto nada de lo que se había montado a sus espaldas, ignorándose en qué acabaría la trama emprendida en su contra en los casos que seguían pendientes en los juzgados 
   El comandante estaba habituado a cruzarse en las alturas con toda clase de filibusteros, contrabandistas o con relatos envenenados de venganzas catalanas o ajustes de cuentas en un abrir y cerrar de ojos, toda vez que los señores del crimen no paran de moverse y esconderse, y no tienen reparos en apretar el gatillo a través de sicarios en cualquier hora y lugar, y luego se lavan las manos, personas sin corazón que se nutren de viles añagazas, y viven en suntuosos palacios colmados de placeres, aunque siempre cerniéndose sobre sus cabezas las más negras sombras.
   En la mayoría de los casos son cómplices de las altas esferas del poder del planeta, intercambiándose cromos, cartitas de recomendación o favores de muerte por debajo o encima de la mesa.
   Aquel día, en el vuelo de Berlín a Bombay, Airmesoj desayunó como de costumbre, y apenas notó nada especial, aunque era de sobra conocido que estaba expuesto en el desempeño de sus funciones a múltiples turbulencias e infortunios, por lo que tuvo a bien pedir unas vacaciones a la compañía a fin de sacudirse las pulgas de todo el aire viciado que había estado respirando.
   Lo que vieron sus gafas de piloto era un mundo sórdido, urdido y escrito en las páginas de sus verdes cristales, verdes sombras que quizá evocasen los tétricos latires lorquianos, "Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas"... pues verdes eran los cristales así como las sombras, y no se trataba de velar al culpable sino de desentrañar el fondo de las sombras que golpeaban sobre la testuz de Airmesoj.
   Al cabo de los días, tirando del hilo por parte del juez que llevaba el caso, vino a poner sobre la mesa el dictamen que quebraba los aires de las sombras, atestiguando lo siguiente, "una antigua conocida del comandante, despechada por el mayor monstruo los celos, montó una coartada para implicarlo en el asesinato, siendo en realidad su guardaespaldas quien lo llevó a cabo, cuando ella regentaba con raros procederes una galería de arte en Nueva York, queriendo vengarse de los frustrados flirteos, metiéndolo de la manera más burda en la ruleta de sus bajos instintos, y hacerse acaso célebre por haber rodado la continuación de la saga de novela negra, Muerte en el Burj Khalifa, el rascacielos más alto del mundo.
   No obstante, y pese a la encarnizada lucha pictórica entre claroscuros y luces y sombras en la perspectiva, refulgen con luz propia lúcidas miradas, harto altruistas, que relumbran como el sol, fieles a los principios, saliendo cada mañana a combatir las sombras sin hacer distingos entre manzana sana y ponzoña de áspid. 
 











       

martes, 23 de mayo de 2017

Ladrón




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   Le hubiese encantado ser considerado desde la infancia un ladrón de atardeceres o de corazones solitarios, convencido que de esa guisa podría cantar victoria, garantizándose la inmortalidad en el mundo artístico, con un futuro halagüeño, y admirado por los próceres en los púlpitos literarios, levantándose insignes efigies y estatuas de alabastro en su honor.
   Y puede que con el tiempo llegase a ser el blanco de todas las miradas, recibiendo parabienes de los más celebrados cenáculos poéticos, moviéndose por excelsos santuarios, y departiendo con la flor y nata del mundo de la ficción, ilustres doctores y premios Nóbel, participando en simposios y privilegiados encuentros, siendo objeto de estudio en sus urdimbres, a fin de desvelar los tabúes que se cobijan tras el entramado creativo, allanando el camino a futuros creadores, sembrando en colegios y universidades para promover entre la juventud tan eximias labores, enganchándola al carro de la creatividad con mayúsculas.
   Sin embargo, el informe psicopedagógico que le habían expedido en el centro médico dejaba mucho que desear, no entraba en sus cálculos, al contravenir totalmente las utopías que alimentaba.
   Desde el momento en que los especialistas redactaron tal dictamen, certificando que era propenso a la cleptomanía, se vino abajo, no había manera de que articulase palabra, y se subía por las paredes, profiriendo duras diatribas contra tan desafortunada conclusión.    
   De pequeño exhalaba ciertas gotitas cleptómanas, por lo que al acabar la clase en el jardín de infancia, la seño le echaba disimuladamente un vistazo a sus pertenencias antes de pisar la calle.
   A veces encontraba pipas o un lápiz ya medio desgastado, descascarillado, que seguramente había sido juguete de algún travieso roedor correteando por los suelos del aula, que se hubiese  descolgado por entre las enredaderas de los vetustos muros. 
   Y fue pasando el tiempo, pero no era consciente en parte de que algo raro le pasaba, que una fuerza centrífuga lo arrastraba hacia lo ajeno.
   Y dándole vueltas en la cabeza a los enigmas y vicisitudes del día a día, no daba con la tecla de sus turbulencias, y en un arranque de cordura quiso recomponer su autoestima y composturas.
   En su fuero interno se movía al filo de lo imposible, pretendiendo desandar lo andado, desaprender lo aprendido, fomentar la deconstrucción, cosas raras a todas luces, como si perteneciese a una secta antipoética de por vida, y hubiese estado reprimiéndose en años anteriores, y consultaba sin descanso los más pintorescos folletos y extrañas informaciones por internet para verificarlo, intentando levantar barricadas contra todo lo que le sonase a preceptivas repeticiones ancestrales.
   Empezó todo desde el día en que sin esperarlo se topó en la lectura con el célebre refranero, al no poder digerir lo que con tanto dogmatismo se ofrece, siendo comúnmente aceptado por el grueso de los parroquianos, las cabezas pensantes del planeta, al considerar al refranero como los pilares sobre los que hay que levantar los edificios de la memoria y del discurrir humano, así como los más variados comportamientos de las criaturas a través de los siglos, presentándolo como dechado de la quintaesencia sapiencial, y que él, tras exhaustivos estudios, había llegado a la conclusión de que todo ello era una creencia boba, una falacia, viéndolo nadar en la más supina obsolescencia, alegando que ya estábamos en el siglo XXI, y era preciso deshacerse de los mugrientos harapos y legañas medievales, urgiendo a cambiar el chip que nos incrustaron al nacer, debiendo actualizar los códices y viejas escrituras de la antigüedad, empezando desde las cavernas, los papiros, la escritura cuneiforme, jeroglífica, etc,., pues ha llovido mucho, y no estamos dispuestos a soportar por más tiempo tan rancias bromas.
   Pero no siempre llueve a gusto de todos, o se hace lo que se quiere. Billetes. Oh, la tentación. Un día un negocio de la ciudad quiso demostrar que marchaba viento en popa, sorprendiendo a propios y extraños por sus locas actuaciones, hasta tal punto que se dignaron echar la casa por la ventana o mejor billetes por debajo de la puerta, y si bien mucha gente que pasaba por allí nunca había entrado para efectuar alguna operación, ahora al ver que salían billetes y más billetes tocantes y sonantes, la llamada de clientela fue fulminante, y empezaron a entrar sin orden ni concierto, porque no siempre la gente entra a un comercio porque le guste el trato agradable de los empleados, sino antes bien por simple interés crematístico o capricho personal, y es ahí donde surge la hipocresía humana.
   Hubo tal afluencia de público por aquellas fechas en la tienda, que era imposible estar al tanto de lo que acontecía en los distintos stands, por lo que en una de esas avalanchas, por aquello de a río revuelto..., el ladrón, en un descuido de los vigilantes, arrasó con todo lo que había en la caja, aplicando el refrán.
   El ladrón, desdiciéndose de lo que anteriormente conjeturaba, puso en práctica el proverbio de toda la vida, la ocasión la pintan calva, pero llevó a cabo tan nerviosa y atropelladamente la operación que confundió el carrito de la compra que llevaba con el contenedor que había al lado, depositando equivocadamente en él los fajos de billetes. Al poco pasaron los basureros con el camión, llevándose los contenedores y todo lo robado.
   Mas como las huellas del ladrón aparecían grabadas en el carrito de la compra, y a su vez las cámaras lo habían registrado, se lo llevó la policía a comisaría como presunto ladrón, el día 13 de mayo del 2013.
   Su ex, que andaba pleiteando con él para que le pasase una cuota justa para la manutención de los tres retoños que tenían en común, se enteró por los vecinos de que su ex vino a caer en lo más grotesco que vieron los siglos, demostrando su torpeza, pensaba ella, no sólo al hacer el amor, sino en las transacciones bursátiles, quedando compuesto y sin novia, dando con los huesos en la cárcel, siendo condenado a 30 años y un día de reclusión mayor en el presidio más seguro del país.
   Al cabo de uno meses de permanencia en la cárcel de máxima seguridad, logró fugarse en una noche de luna llena y mar en calma, acaso rememorando su ilusión de ladrón de atardeceres, y a buen seguro que impulsado por los rojos efluvios de la luna y su idiosincrasia, y no conforme con ello, como la cabra tira al monte, siguió entrando furtivamente en las casas del barrio, y de vez en cuando encontraba alguna que otra sorpresa, aparte de joyas y otros objetos de valor, a alguien que se tenía por un hombre de bien, gozando de una inmejorable estima, que poseía en los aposentos íntimos pornografía infantil.
   Y sin quererlo, él, que quiso un tiempo abolir el refranero, cuando murió inscribieron en su tumba el epitafio, Al ladrón, al ladrón,...   





  

jueves, 16 de marzo de 2017

Escarabajo en apuros









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   Los célebres versos machadianos, "Caminante no hay camino, se hace camino al andar"... le sonaban a chino a Ángel Mancilla Rubio aquel día, al no poderse mover por haberse transformado en un escarabajo, estando para más inri patas arriba y de espaldas a la realidad, coincidiendo con la eclosión de la primavera.
   El siniestro suceso le acaeció de improviso, después de haber estado todo el año en pie de guerra preparándose con sumo esmero para la brega de la Semana de Pasión, a fin de ayudar en la medida de lo posible a la cofradía de sus amores, entregándose en alma y cuerpo, guardando los preceptivos ayunos y abstinencias, y asistiendo así mismo a los pertinentes ensayos con el grupo para ejecutar al unísono la tarea de costalero, y agradecer de camino los excelsos dones recibidos del Dios Creador, pero de repente se le truncaron todas las esperanzas.
   No hay que olvidar, por otro lado, que a Ángel Mancilla Rubio le hubiese encantado pelear en los años jóvenes con todas sus fuerzas por obtener un puesto de privilegio en alguna misión evangélica allá por los confines del globo, cuando sus tiernas inclinaciones rezumaban fantasía y mudo asombro, explayándose en aventuras celestiales.
   Por lo que no tuvo más remedio que reconocer públicamente que desaprovechó la oportunidad de haberse enrolado en alguna congregación religiosa como soldado de Cristo, por ejemplo, llevando la Buena Nueva a donde hiciera falta, y seguramente le hubiese pesado menos que un trono, pero se durmió en los laureles.
   Posiblemente hubiese sido la mejor solución para sus centelleantes ideales, realizando periódicas incursiones por el mundo pagano, arrancando la mala hierba y sembrando el verbo evangélico con la espada de la palabra, que era su fuerte, pergeñándolo todo con avispada facundia y la mayor naturalidad, dejando atrás los desencantos, los cantos de sirena y atónitos a propios y extraños.
   En tan fantasmagóricas circunstancias y exóticos escenarios brillaría como los chorros del oro, rumiando con dulzor lo que no está en los escritos, así por ejemplo, que iba bajo palio en solemne procesión, escuchando ardientes arengas, vítores y rogativas para que ablandase el cielo el corazón de las nubes, y lloviese a cántaros engalanándose de hermosura los campos.
   En los irrefrenables hervores de juventud, anidaba Ángel Mancilla Rubio entre pecho y espalda un sinfín de ensoñaciones y sorprendentes quimeras, lamentándose, no obstante, en los círculos cercanos de la ocasión perdida, que a buen seguro le hubiese catapultado a lo más alto, a un universo pletórico de gozos y máxima dicha, si consciente de ello hubiese asentado la cabeza a su debido tiempo, y escuchado la voz del alma, que en montañas o valles le hablaba sotto voce, impulsándole a escalar los más elevados peldaños eclesiales como, por ejemplo, haberse investido nada menos que de sumo pontífice, que era lo que acariciaba convencido en su fuero interno por sus excelsas cualidades y chance, cual niño que pide la luna, siendo transportado en esa milagrosa estela como obispo de Roma, bien en una nube o en la silla gestatoria entre un coro de ángeles con coqueto capelo, todo de blanco, sin mancilla alguna.
   Pero el tiempo echa por tierra a zancada limpia las campanadas de las doce uvas y los más nobles anhelos, echando por trochas inverosímiles, ocurriendo que en mitad de los sueños se despertó A.M.R estupefacto, quedando literalmente para vestir santos, como vulgarmente se dice, siendo prácticamente a lo que se dedicó durante un tiempo sin aspavientos ni el menor regomello.
   Todo eso y no otros devaneos o propósitos era lo que hervía en sus entretelas y cerebro, y pensaba llevarlo a cabo en la semana de Pasión, entre otras cosas porque era harto devoto de semejantes ceremoniales, cuando de súbito le vino la transfiguración, y llegaba con la primavera cogida de la mano, como dos gotas de agua, cuando eclosionaban los capullos en los campos con inusitado fulgor, esparciendo esplendores y alegrías sin fin.
    Y no comulgaba con los designios divinos, ser escarabajo, no quería que nada ni nadie se interpusiese en su carrera, no conformándose con lo que le ofrecía el Todopoderoso, el verse en el espejo del río como un insignificante insecto, poniendo todo patas arriba, impidiéndole seguir el viaje de su imperiosa vida, que con tanta urgencia le apremiaba.
   Se le antojaba harto empalagoso y denigrante el martirio al que se le sometía, acarreando todo un mar de contrariedades, mas si al menos ciertas remembranzas y sonrisas de sus sueños de juventud, a lo mejor podría darse por satisfecho, y así poder participar en los ansiados pasos de la Pasión en primer plano o al menos hacer ruido como el que más, llamando la atención en el encendido cortejo pasional, oliendo a cera y humo, con evanescentes humos, y de ese talante domeñar su innata furia y aclimatarse al nuevo hábitat, matando el gusanillo de la edad de oro.
   ¡O témpora, o mores! Aquella ínclita época de la vida de Ángel Mancilla Rubio, en la que soñaba con ser el primero en primavera, sonriéndole por los caminos las multicolores fragancias y las frescas fuentes rebosantes de alegría y jovialidad terrenal.
   Y sobre la marcha, según avanzaba por la vida, hizo un alto en el camino, y recapacitó con firmes argumentos sobre su vocación divina, considerándose envidiado en cierto modo por las rutas que exploraba, creyéndose en sus adentros que iba en olor de santidad, destilando agua bendita o exacerbados elixires de admiración, alimentando el ego con afectuosas reverencias y golpes de pecho, discurriendo tan feliz y envalentonado al pensar que cuajaba en la tierra que pisaba la semilla de su palabra, aunque mirando por encima del hombro a la turba, que se agolpaba expectante en torno a él, elogiando las luminosas dotes de predicador, cual otro fray Gerundio de Campazas, alias Zotes, narrando incluso lo que no viene en los libros bíblicos, ensartando un rosario de chascarrillos y legendarias hazañas divinas y humanas, sintiéndose todo un ungido de la mano divina.
   Y de golpe y porrazo le sacudió la trágica hecatombe, el mal trago que se le ofrecía sin venir a cuento al amanecer, verse convertido en un vil escarabajo de espaldas al día a día, llegando a ser un juguete en manos de los niños o el hazmerreír de visitantes y residentes, como si desfilase en un pasacalles con gigantes y cabezudos en fiesteros actos del pueblo.
   Y ya en plena faena procesional, cuando sonaban los toques de corneta de la banda de música y el redoble de tambores marcando el ritmo por las callejuelas del pueblo se le encogía el corazón, sudando la gota gorda, mordiéndose la lengua, que la tenía ennegrecida de tanto usarla, aguantando el chaparrón para no pedir a gritos ¡auxilio! ¡socorro! ¡sacadme de este caparazón!, rodando como iba por los suelos, como un auténtico escarabajo, lo que le impedía pregonar las aventuras, sus batallitas, y menos aún cultivar los campos de la ciencia grecolatina, aunque utilizase un latín macarrónico, o de la flora, plantando tubérculos, fresas o cítricos.
   Y como no le quedaba otra, al no haber llegado a saborear las mieles de pontífice ni fraile ni misionero con la cruz, ni haber dado el do de pecho por tierras remotas plantando la semilla de sus conocimientos, los que había ido asimilando a su imagen y semejanza, pues necesitaba una salida digna como el comer, aunque acorde a las posibilidades de escarabajo y a las expectativas de su ensimismamiento en los vaivenes divinos, flotando siempre por encima de las turbulencias mundanas, y en ese remolino de aguas rebeldes, desquiciada casuística y entreverados mundos de colores, tuvo la feliz idea de lanzarse al barro de costalero de la Pasión, sudando la camiseta como el que más.
   Así fue como logró A.M.R resarcirse de las cenizas, disfrutando de sus embelesados y humeantes aires semananteros, demostrando per se su valía, el haber sido elegido por las alturas el discípulo fiel, pese a haberse quedado, sin embargo, tirado en la cuneta como un escarabajo, olvidado del mundanal ruido y a escasos metros de una isla liliputiense, al no haber alcanzado mayor envergadura para otras empresas de acarreo de materiales con mayor fundamento humano.
   En los avatares que acontecieron en el transcurso de la nueva vida, se vio privada la criatura de los más elementales paños calientes y así mismo de lo último a lo que aspiraba, ir de penitente destilando brillo, humo y cera, y no tuvo más remedio que ir apagando los chispazos de egolatría con la llegada de la luna menguante y un rictus rojizo junto a las escandalosas ojeras por mor de las largas noches de vigilia pascual.
   Y lo que de verdad contaba, tras el trajín de tan megalómano follaje, era lo que todos los más íntimos advertían incrédulos, que su batallar tan exasperado y vibrante por los senderos del vivir (y más ahora como escarabajo patas arriba) se había visto tronchado bruscamente por un viento huracanado, sin preguntarle lo más mínimo sobre su última voluntad, asomando de súbito por la ventana a la par que la primavera.
   Y de esa guisa, envuelto en una aureola de impotencia y humillación extrema se calzaba Ángel Mancilla Rubio los zapatos rojos aquella mañana, con todo el dolor acumulado en el costado de costalero, cuando la Divina Providencia le negó la Luz de la razón, otro siglo de las Luces, para superar los badenes de la vida con cordura entre cofrades y hermanos del mundo, viéndose obligado a apechugar con lo decrépito, lo vejatorio o los crematísticos tejemanejes coyunturales quedando a la luna de Valencia, resultando todo al fin una escenificación de la singular cremá de noche de San Juan con los judas de turno, las frágiles figuras y los tupidos ramajes burlando al personal, que ardían en la hoguera de las vanidades.
   En el fondo, el frac que llevaba el escarabajo era en realidad el auténtico, y un plagio el que utilizaban los mortales en los disfraces.
   Al bajar la procesión por una empinada y retorcida callejuela dio un bandazo el trono del Cristo de los Desamparados, y en su afán por enderezarlo el Hermano Mayor de la Cofradía pisó el escarabajo, reventando sus últimos suspiros costaleros. 
   El fin corona la obra, sentenciándolo el proverbio, "Vanitas vanitatum et omnia vanitas" (Vanidad de vanidades y todo  vanidad)

                                                    

viernes, 24 de febrero de 2017

En la duodécima uva, Carmen pensó...





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   En la duodécima uva, Carmen pensó, ha nacido una nueva mujer, una mujer de bandera, dispuesta a comerse el mundo sin remilgos, batallando, riendo, llorando, disfrutando, laborando o viajando placenteramente a los sitios calientes o a lo que se tercie, pero eso sí, apostillaba, menos chica de alquiler cualquier cosa, lo tenía muy claro Carmen, pues recordaba que su abuela, que en paz descanse, lo pasó regular yendo de palacio en palacio, de diligencia en diligencia, de claustro en claustro o sacristías viéndoselas con reyes, príncipes o patriarcas a hurtadillas, llegando a utilizar los disfraces más raros o porno de la corte, recibiendo los oropeles y pompa propios del rango, pero a la hora de la verdad si te vi no me acuerdo, quedando todo en agua de borrajas, como piedra que cae al vacío, sin que nadie del círculo diese fe de tan ensoñadas andanzas palatinas, y menos aún pasar a la historia a través de trama novelística de Pérez Reverte o de Ken Follet en obras como El capitán ala triste o El invierno del mundo o La clave está en Rebeca(o mejor en Carmen) o algo por el estilo.
   Y se sentía desengañada a más no poder después de tantos sacrificios y emociones reprimidas, no arrojando su vida ni una brizna de fiel recompensa o cariño compartido, tan necesario para ella, sobre todo cuando se hallaba tan deshilachada a veces, viéndose encima sola, cuando el frío le apretaba el corazón y encogía el pecho no pudiendo enderezar autocomplaciente la pechera oyendo melodías que le alegrasen el alma o la llevaran en volandas al paraíso de los sentires, como aquella canción de Mecano, "Es por culpa de una hembra, que me estoy volviendo loco, y no puedo vivir sin ella, pero con ella tampoco, y sin este mal de amores, a mi no me mandes flores"...
   Era el reto que se propuso al despuntar el alba del nuevo año armándose de valor para decir basta, no amedrentándose ante los obstáculos por abultados o traicioneros que fuesen, y no caer así mismo en la torpeza de ahogarse en un vaso de agua.
   Y se dijo así misma con toda solemnidad, de ahora en adelante borrón y cuenta nueva, y mirarse con unos aires más tiernos y constructivos, a fin de no ser una persona blanda que se arrugase al menor resbalón u hosco aspaviento externo.
   Y saboreaba en sus intimidades los secretos impulsos que la empujaban a seguir por los caminos soñados, convencida de que le llevarían a las cimas de la felicidad, permitiéndose al menos los fines de semana gozar, soltándose el pelo en salones o boites de moda o retozar con la pandilla por risueñas travesías o perfumados jardines disfrutando de los ambientes alegres que se le pusiesen a tiro.
   Y por diversas motivaciones particulares e intereses creados, no figuraba en su agenda engendrar retoños ni tampoco hacer votos de castidad en un convento reviviendo las vivencias de la novicia doña Inés, escuchando los requiebros del conquistador,  
Cálmate, pues, vida mía;
reposa aquí, y un momento
olvida de tu convento
la triste cárcel sombría,..., sino más bien ansiaba vivir la vida, y picotear por aquí y por allá libando el néctar de los encendidos encuentros.   
   Y en ésas andaba recreándose Carmen cuando crujieron sus cochuras, y pensó, qué poco dura en ocasiones la alegría en los estados carenciales, pues a las primeras de cambio le faltaba tierra bajo los pies o autoestima y algún dinerillo y el maldito número secreto de la contraseña del código exigido en el peliagudo compromiso emprendido así como para conectarse a Facebook, dado que todos los días no toca el gordo, ni se tienen las ideas tan claras, ni siquiera lográndolo de tapadillo o por un privilegio de los dioses, esperando que haga milagros para satisfacer los caprichos de la gente, dando ingenuamente por sentado que fuesen muy dados los dioses a regalar dones como caramelos en la cabalgata de Reyes, y de esa guisa repartir justicia, sabiduría, fortaleza y templanza, que ya preconizara Platón en su trascendental filosofía, ahora llamadas virtudes cardinales por los doctores de la iglesia, por lo que andaba Carmen de un tiempo a esta parte pachucha, algo compungida y nerviosilla, sin ganas de comerse una rosca del Algarrobo o una Maritoñi ni mirarse al espejo, con los nervios a flor de piel y el ánimo por los suelos. 
   Nunca se había visto en tales coyunturas, gracias sobre todo a los buenos propósitos del comienzo de nuevo año.
   Era muy aficionada a la introspección, y al hacerse interiormente una especie de chequeo, reflexionando sobre el paso de la pubertad a la adolescencia, intuía que había algo en su cuerpo que no casaba con su idiosincrasia, extrayendo rasgos extraños con el resto, como si sus partes estuviesen descompensadas de algún modo, y un loco día de imprevisibles y alienados encuentros atisbó en presencia de un amigo los primeros resplandores del viscoso semen en sus propias narices, y no daba crédito a lo que veían sus ojos, se había imaginado que debía de ser algo divino, mágico, y al contemplarlo de repente lo percibió como algo simple, inofensivo y voluble, incapaz en apariencia de llevar en sus entrañas un germen de vida, como lleva el huevo, que enhuera y engendra vivos pollillos, o la semilla de la cebolla que se desarrolla crujiente y crece con toda pujanza, y cuál no sería la sorpresa cuando le comunicó de sopetón el galeno en un reconocimiento rutinario que ya podía parir, así como suena, traer criaturitas al mundo, al hallarse en la edad núbil, siendo ella tan corta, inexperta y reservada. 
   Porque quiérase o no era ella y nadie más la que tenía que apagar los fuegos, elegir un amor pisando las huellas del ayer, no pudiendo hacerse la remolona alegando con artimañas que con un dolorcillo en el vientre o súbitos vómitos no saldría a la calle, o que tenía barrillos y se veía horrible o empeñarse en que el pecho no le cuadraba, sintiendo un seno más alto que otro, provocándole no pocos quebraderos de cabeza, aunque los raros antojos de antaño con los eróticos lunares en las partes íntimas ya los había superado.
   Y no había otra, debía labrarse un porvenir, y buscar los medios para salir del atolladero en que se viese envuelta, y si por un descuido quedase en estado de buena esperanza tras fugaz y alocada metedura de pata, o si por un casual se le ocurriese cruzar el charco y brincar a otros continentes y fuese preciso seducir a impostores o desactivar agravios o desdenes de misoginia que brotasen en derredor, pues ponerse manos a la obra, estando preparada para solventar cualquier papeleta que se le presentase.
   Por otro parte le conmocionaban sobremanera estos enredados vaivenes y demás elucubraciones, y los interiorizaba religiosamente, desgranándolos meticulosamente cual monje en el cenobio miniaturizando góticas grafías en breviarios o misales, y para fortalecer las estructuras cognitivas y la memoria consultaba con parsimonia dudas de todo tipo en el diccionario o enciclopedias del abuelo y en recortes de prensa, como el Dardo en la palabra de Lázaro Carreter que guardaba en un viejo cajón, o recurría a la socorrida Wikipedia, aunque Carmen prefería completar el racimo informativo saliendo a la calle a estirar las piernas y airearse un poco, yendo a la hemeroteca más cercana.
   Fue el agravio la primera provocación seria que se cruzó en la nueva vida poniéndola firme, y aparecía con los ojos algo hinchados y una voz ronca y rota, aunque melosa y encantadora, y las mayores posibilidades de que con su arte y desparpajo se cumpliese el sueño, y fuesen más que suficientes sus armas de conquista en el mercado de invierno, bien tras los pasos de un acaudalado banquero ruso o de un apuesto caballero, por lo que no tuvo más remedio que vérselas en mitad de la encrucijada concertando las citas oportunas con miras a intercambiar pareceres, gustos, cuitas, intereses, corazonadas u obsesiones, y tras los pertinentes y puntuales encuentros acabó sin llegar a conclusión alguna, porque Bartolo, el apuesto caballero al que adoraba, y que evocaba al flautista de Hamelin con las dulces cadencias sinfónicas, últimamente no atravesaba por sus mejores momentos, pues renqueaba por las severas secuelas de una maldita ciática, y para colmo el día del encuentro le entró un hipo atroz, algo descomunal, sintiéndose turbado y haciéndose de rogar, y se quedó deshojando la margarita sin saber a qué carta quedarse.