miércoles, 2 de diciembre de 2020

El hombre de negro

 





   Salió Álvaro echando chispas de la iglesia tras confesar el último crimen que había llevado a cabo en un lugar sin concretar, apuntando a la sierra de Almijara, y se dirigía en dirección al monipodio, donde se mascaban los secretos de muerte y repartían el botín, aguardando eufóricos los compinches para alzar la copa brindando por la heroica gesta del último ajuste.

   Todo lo que espetó Álvaro al sacerdote en el confesionario bajo secreto sacramental no quería que saliese de esa tumba por nada del mundo, haciendo lo indecible para no dejar cabos sueltos de su vida.

   Álvaro había sido toda su vida un humilde pescador echando las redes por la bahía malacitana con una vieja barca de segunda mano, que con mucho sacrificio pudo pagar mendigando por las calles del centro de la ciudad. La barquichuela no estaba para muchos trotes, y avanzaba renqueante peleándose con la espuma de las olas, y daba miedo verla haciendo milagrosos equilibrios para sostenerse en pie y millas a trancas y barrancas, no sabiendo nunca si llegaría a alguna parte o a un banco de peces, y aguantaba la pobre ya tan arrugada y despintada, pidiendo a gritos una reforma como el comer.

   A malas penas juntaba lo suficiente Álvaro para sufragar los gastos de carburante y el sustento de la familia con cinco retoños a su cargo, que se comían a pavía, y ante tan alarmantes estrecheces y penurias se vio abocado a jugarse la vida entrando en un grupo del crimen vendiendo muerte por los cuatro puntos cardinales del globo enviando droga por un tubo, y conseguir la mayor ganancia posible en poco tiempo y poder llevar en adelante una vida tranquila y decente, libre de miserias y calamidades.

   El tiempo tan negro que vivió sólo lo sabían su abuelo y una tía suya, que murió de tuberculosis muy temprano.

   No podía quejarse Álvaro de los ingresos que obtenía en tales circunstancias tan delicadas, pues sus cinco niñas iban a los mejores colegios de la comarca con buenos trajes y sus respectivas motos, pasando unas ricas vacaciones en los puntos más prestigiosos del planeta, buscando la fórmula para que sus descendientes viviesen felices y contentos, a salvo de cualquier contingencia.

   Mas la vida da muchas vueltas y tumbos, ya que nunca se sabe si lo que hoy vale se tornará mañana en veneno a la vuelta de la esquina.

   Un día de horrible temporal, que llovía a cántaros según iba con un flamante mercedes por la autopista, un vehículo de la guardia civil le iba siguiendo los pasos, dando la voz de alarma a los otras patrullas policiales, y al verse Álvaro rodeado de coches por los cuatro costados se dio una puñalada sangrando como un cochino, siendo transportado por la policía al hospital más cercano para que le atendiesen.

   El jefe de los capos andaba en esas fechas por Barranquilla, y cuando le llegó la noticia macabra empezó a construir contra viento y marea un fuerte, una especie de refugio atómico, con idea de no ser capturado por las fuerzas del orden.

   Con el paso del tiempo los actores cambian, y una antigua novia que tuvo había contraído una grave enfermedad por ingesta de estupefacientes, y quiso por despecho comunicarle a la policía todos los estragos de la banda a la que pertenecía ante sus inquietantes remordimientos, no pudiendo por menos de ir a desembuchar parte de lo que le asfixiaba, aunque temía por su  vida, porque en el momento en que se enterase la banda de la traición no tardarían en ajusticiarla a muerte y callase para siempre, porque eran sus instrucciones sumarísimas, lo mismo al chico que al grande, y no se podía dar el chivatazo, porque por la boca muere el pez. Así suele ocurrir en este sucio mundo del crimen.

   No cabe duda de que es harto reconfortante acaparar en dos días un gran capital que ni en cientos de años trabajando como un negro noche y día lo podría lograr, como no fuese con la lotería, pero ni tampoco, siendo la coartada acariciada por Álvaro para dar el salto y alistarse en la familia de la mafia, asegurándose una desahogada existencia cosechando un envidiable nivel económico y social, bien lejos de la hambruna.

   Su familia no compartía tales ideales, pero cuando le arrimaba buenas sumas de peculio, le sonreían y abrazaban haciéndole mil carantoñas, deseándole lo mejor hasta que llegase la nueva remesa tras las sentencias de muerte, con esperanza de que nunca le tocase a Álvaro, y siguiese en la brecha saliendo ileso y vivo de los embates del mar de la vida y redadas de la policía.

   Compraron varios pisos de lujo y suntuosos chalets por la costa malagueña, Costa Azul y zona de Mónaco, adonde acudían con frecuencia para invertir en el juego.

   Pese a todo no soportaba Álvaro el color oscuro de su vestimenta, provocándole no pocas depresiones. Los soleados amaneceres se le tornaban turbios y gruñones por el parte de vuelo que cada mañana le elaboraba la banda del crimen.

   Últimamente viajaba menos a Colombia y Sicilia por los contagios víricos entre otros motivos a parte del auge de controles policiales, pero unas fechas atrás sin embargo iba como pedro por su casa para gestionar ingresos, aranceles y aduanas para canalizar el clandestino transporte de estupefacientes en grandes buques de carga, y a veces en barcos de poca monta, exponiéndose a los más comprometidos peligros en la travesía.

   En el último viaje que realizó desde Barranquilla venía el barco con los motores a medio gas, asfixiado por la inmensa cantidad de sacas que transportaba, siendo interceptado por los carabinieri a su paso por aguas italianas, lo que le acarreó pasar cinco años en chirona, hasta que la novia le introdujo un arma camuflada, y una noche de horrible temporal con truenos y relámpagos a mansalva, cayendo chuzos de punta, cogió el revólver, y acercándose a los vigilantes empezó a dispararles cayendo muertos en el acto, dándose a la fuga en un helicóptero que le aguardaba en la puerta del presidio, llevándolo a un escondite de la banda.

   En su negro y largo historial, tuvo Álvaro que pasar por los distintos grados de la cofradía, aprendiz, oficial y maestro, y durante un tiempo fue el encargado de darle la puntilla al elegido para el ajuste de cuentas, ejecutando a sangre fría las estrictas órdenes.

   Un día después de dejar a la novia en las puertas de un museo, y regresando a la guarida con sumo sigilo quiso antes de nada ponerse en manos de un gurú que lo guiase, pidiéndole ayuda y descargar de paso el peso de la conciencia que le atormentaba, pues no podía conciliar el sueño por los remordimientos que como ascuas ardiendo le abrasaban hasta límites insospechados.

   Álvaro llevaba dentro de lo que cabe una vida bastante rutinaria, sin grandes sobresaltos, pero según pasaba el tiempo se iba haciendo más viejo y dejando por los senderos muy a su pesar desperdigados cachos de documentos secretos, trozos de su persona y gotas de sangre caliente.

   Cierto día apareció un cadáver en una playa de Sicilia escupido por las olas delatándole por los múltiples y fehacientes rastros que encontraron de su persona en ropas y cabeza del fallecido. Álvaro, ante la inminente detención por la interpol, no sabía qué hacer para borrar de su currículo tales sospechas, y auspiciar una primavera tranquila en libertad, mas tal percance precipitó más si cabe su perdición, porque a las pocas semanas unos sicarios secuestraron al cura obligándole a vomitar todo cuanto le había relatado a través de la confesión ante la tortura a la que se vio sometido, refiriendo con pelos y señales todas las desvergonzadas y atroces fechorías de Álvaro.

   En la fiesta de un amigo celebrando una boda en un paradisíaco hotel en aguas del Caribe fue arrestado ingresando en prisión, no pudiendo ya seguir con su corolario de muertes y tropelías según denunciaban los informes policiales, y que al parecer había sido autor material de la muerte de al menos cuatro personas por los ajustes de cuentas de la banda.

  Otra hija suya, al enterarse de la vida que había llevado su padre, entró en un convento de clausura a hacer penitencia pidiendo por él, pues su frágil conciencia se resquebrajaba sobremanera sintiéndose en parte responsable de los criminales y viles pasos de su progenitor.

   En una de las visitas que llevó a cabo la hija a la prisión le cogió un lazo que llevaba en el pelo, y en menos que canta un gallo entró en el cuarto de baño y con las mismas, con negras lágrimas en los ojos, se ahorcó con él.

   Cuando lo encontraron yacía en el suelo sin vida, y la policía se puso en contacto con su hija monja para informarle del deceso e interrogarle a cerca del fallecimiento para esclarecer los hechos, y a la hija sin saber cómo le entró de repente una convulsión tan severa que cayó sin conocimiento rodando por los suelos no volviendo en sí, como si hubiese querido dar la vida por su padre.

   En los insondables rumbos y montañas rusas del vivir nadie está exento de cualquier advenimiento de luz o apagón repentino de vida, cumpliéndose, como en el presente caso, el proverbio, “quien a hierro mata, a hierro muere”.  

          

                           


miércoles, 25 de noviembre de 2020

Serpiente

 









   

                                                          

 

                                  

   La efigie de Dolorcicas, toda pizpireta y con rodete en el pelo evocaba la escena de la serpiente enroscada en el árbol del Paraíso tentando a Eva diciéndole, toma, muerde la manzana, y dale al compañero, que seguro que le encantará. Y sin ningún titubeo lo llevó a cabo.

   En esos momentos soñaba lo que no estaba en las Escrituras, con una lluvia de aventuras disfrutando a tope visitando los lugares más emblemáticos de medio mundo. No pensaba que morder la fruta le iba a acarrear tantos disgustos o algún castigo, sino todo lo contrario, que era lo mejor que podía hacer invitando a su pareja, al que tanto quería, y que tan ricamente vivían en aquel edén, como unos señores, no faltándoles de nada, tan sólo que no podían realizar desplazamientos a otros puntos del globo, cruceros o salir y entrar cuando se les antojase.

   En la práctica se puede decir que se hallaban confinados en su cuartel general, aunque muy lejos de lo que acontece hoy en día, pero no disponían de medios para efectuar cualquier capricho, como no fuese escapándose en noches sin luna por algún boquete o mediante un milagro, mas esos imperiosos anhelos se encontraban tan lejanos que probablemente nunca lo lograrían.

   Y al comer de la fruta prohibida saltó la liebre o, mejor dicho, la serpiente, ocurriendo que el Dios Padre se enfureció sobremanera llegando a perder los nervios, armándose la marimorena en el Reino de los Cielos, y empezaron a afilar los cuchillos rivalizando entre ellos para exhibirlos más brillantes y certeros, y sacaba toda la corte celestial su armamento y lo blandían al viento ofuscados, oyéndose a continuación un espantoso trueno y el globo terráqueo tembló, cristalizándose la despiadada sentencia contra los indefensos humanos, “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

   Daban a los terrícolas no poco que pensar los maremotos y algaradas en las alturas, al atisbar el trato tan desairado por parte del Todopoderoso, pareciendo que quisiera utilizarlos como cobayas de laboratorio, ensayando con ellos alguna operación secreta o acaso vacunación masiva por alguna rara pandemia en aquellos tiempos, echando mano de cualquier cosa, como bote salvavidas, un preludio del futuro diluvio universal con el arca de Noé varado en el monte Ararat, no muy lejos a lo mejor del cerro guajareño del  Águila.

   Lo tenía crudo Dolorocicas, si quería quitarse el sambenito, como la conocían los vecinos, pese a su empeño por sacudirse el polvo del camino y resarcirse de la leyenda negra de juventud, endosándole el apelativo de serpiente.

   No obstante hay que proclamar a los cuatro vientos que desde su tierna infancia había cumplido escrupulosamente con todas las pautas religiosas con no poco celo: sacramentos, ayunos, castidad, escotes y demás requerimientos de su director espiritual.

   Su conducta en ese aspecto era intachable, y el currículo viene a aclarar el porqué de la interjección, ¡lagarto, lagarto!, tan utilizada para ahuyentar los miedos por el mal de ojo u otros entuertos aliviando el sufrimiento por las emociones, y huir de los envenenados influjos de las serpientes.

   Es notorio que los lagartos gozan de cierta empatía, y si no que se lo pregunten a Dolorcicas que vivía en sus propias carnes las más atrevida segregación por la similitud de su semblante con el careto de las culebras, nariz aguileña, alargada faz y una lengua viperina, así como los gustos en el vestir, afectándole especialmente en lo anímico, al situarla a la altura de las serpientes, como si les confeccionase las camisas que mudan cada año, o las preparara para encuentros amorosos o fiestorras estrenando ropas de moda, y rejuvenecerse con sensuales y seductores aires.

   No cabe duda de que la expresión del lagarto era el talismán o tubo de escape más socorrido de las criaturas a la hora de verse ante una súbita amenaza.

   A los lagartos se les reconoce por sus oídos externos, párpados movibles, un cuello roto y cola larga, de la que se puede desprender para protegerse, y se alimentan de insectos.

   Es archisabido que las serpientes no son de la devoción de los mortales, acrecentado por la leyenda de la innombrable manzana (aunque al parecer no era esa fruta, al errar el traductor) y el aluvión de nombres que configura su álbum como algo tabú, a saber, víboras, boas, cobras, culebras de agua, serpientes de pitón, de cascabel, ofidios, de liga, de maíz, de coral, áspid, etc. … reptando o paseando su cuerpo serrano por los más eximios muros o privilegiados espacios, a pesar de carecer de párpados, oídos externos y patas delanteras, siendo sin embargo muy prácticas al engullir íntegra la presa, y estando al tanto de cuanto se cuece en derredor.

  Dolorcicas tenía mucho gancho en las conversaciones callejeras, saliéndose siempre con la suya, aunque no buscase guerra ni desease mal a nadie o ser la novia de la muerte, como en el himno de la legión, pero no se quedaba atrás en los envites al disponer de un sexto sentido, semejándose más si cabe a los ofidios, así como en otros puntos, como dando puntadas con la aguja en las prendas con rotos y descosidos.

   Disponía Dolorcicas de unas maneras de coser o charlar muy suyas, no permitiéndole llevar un paso uniforme en marchas nupciales o marciales, y menos aún en espacios cuadriculados o perimetrados por algún confinamiento.

   Vivía a su aire, feliz y contenta, en su morada bañándose con la serpiente en la bañera como si tal cosa, disfrutando y respirando vientos rurales, sin más preocupaciones que la labor del campo y el sustento de los animales.

   No le cuadraba el neologismo perimetrar, gestado con los mimbres víricos actuales en los mentideros sanitarios, cuando vamos a bordo del barco en el que navegamos (quédate en casa, yo me quedo), que por cierto no se parece en nada a un crucero de placer donde se respiran nuevos mundos, y goza de hechizados horizontes, ricos caldos o excelencias culturales cultivadas en los campos del saber.

   Los lagartos deambulan por terrenos más trillados sembrados de ojos curiosos, aunque con improvisadas reacciones de la gente, pero no siendo tan severas y discriminatorias en el trato; a las serpientes en cambio se les mira de una forma más turbia, con ojos abiertos como platos, como si estuviesen hechas de maléfica madera, y amamantadas con una leche asesina.

   Las serpientes son inteligentes, y están pertrechadas para el ataque repentino en cualquier momento, y donde ponen el ojo ponen la bala, por lo que hay que sentirse un afortunado cuando al toparse con una por los descampados escapamos indemnes, ya que no se andan con chiquitas.

   Dolorcicas, con su aureola serpentina y áspera voz hundía puentes sin despeinarse, tronchando los tiernos tallos, carantoñas o besos de corazón.

   Con sus airados movimientos de ponzoñosa basilisco fundía los comunicativos hervores hiriendo de muerte las partes más delicadas de las personas, dando sonoros bofetones, patadas o escobazos por los rincones de los días, sembrando en ciertos ámbitos y perfumados arriates un molesto hedor o el cenizo, destripando sueños o empatías de bocas ansiosas por saborear nuevos manjares, las primicias de fresca fruta de la huerta derramándose en los regazos, en sus vidas, alentando los buenos deseos en cumples y efemérides, mas Dolorcicas no estaba por la labor.

   Con su mirada de serpiente cercenaba lo sencillo, lo saludable, dejando en la cuneta o tiritando al más pintado.

   Al cabo del tiempo le salió un novio indiano, que había retornado a su terruño construyendo un casoplón, y contrajo matrimonio con todo lujo de detalles invitando a la fiesta a todo el vecindario, llegando a superar los records del libro Guinness.

   Dolorcicas era dicharachera, anárquica y arquitecta de heroicidades y de los más inverosímiles desplantes descolocando a cualquiera. Le gustaba contar cuentos y a veces se explayaba con historietas en sus horas de aliño culinario, como en Master chef, o enhebraba bruscas instantáneas quitándose la máscara, brotando sus lindezas listas para servirlas en bandeja de plata, y picasen en el anzuelo que amarraba muy corto desde su orilla, con idea de darle un susto al poco avispado al menor descuido, dejándolo plantado, clavándole el aguijón o dándole un mordisco, cual vampiresa, y al cabo se alejaba haciendo mutis por el foro.

   Y de esa guisa agenciaba Dolorcicas los fondos y trapos sucios en el teatro de la vida, utilizando su rasero de medir a la espera de que una mano negra o necia hiciese alguna de las suyas, aunque con disimulo, inoculando a los presentes, cual serpiente de cascabel, el virulento líquido sin temblarle el pulso, con sutiles tejemanejes y martingalas para rematar la faena, fulminando los sueños a los que aspira cualquier hijo de vecino con dos dedos de frente.

    En el fondo habrá que darle una oportunidad a Dolorcicas, y esperar a que madure el fruto de sus elucubraciones, pudiendo propalar al orbe que somos frágiles y tiernos, por ende es preciso respetar los cariños y puntos de vista de la buena gente, y los salvajes se reciclen en un crisol, reformatorio o fragua a fuego lento, y entre carta y cuento del juego de azar zanjar las vilezas o salidas de madre, dado que somos de carne y hueso, porque entre los mayúsculos gritos del silencio a veces duele hasta el aliento.  

                                                          

 

 


viernes, 30 de octubre de 2020

Se oían a lo lejos los ecos

 

    

 

   

 

   

   Se oían a lo lejos los ecos de una vieja canción, “paseando mi soledad por la playa de Marbella/ yo te vi” … como un presagio, y con la chistorra de la tierra siempre consigo se detuvo Bonifacio en un café según caminaba por un bulevar, cavilando sobre la muchacha que conoció en la feria marbellí.

   Las indagaciones que llevó a cabo Bonifacio no le dieron resultado, pese a los millones de pasos que dio. Y tras deliberar sobre el asunto, decidió quedarse a dormir el fin de semana en un hotel de esa calle, con las esperanzas puestas en encontrarla por algún rincón o tugurio nocturno de los que frecuentaron, pero la suerte no le acompañó.

    Sí vio en cambio al mendigo que dormía entre unos cartones junto a un portal semiderruido mostrando un rostro feliz alegrando el día, y recordaba los cigarrillos con que lo había obsequiado, así como los comentarios acerca de la vida y motivos que empujan a las personas a vivir en la calle. El mendigo tenía todos los cálculos configurados en el blog de su vida, así como las posibles rutas a seguir por el horizonte de la existencia.

   Pensaba Boni que la vida es un martirio, un teatro, un montón de contradicciones e imposiciones que a nada conducen en la mayoría de los casos, y que el menesteroso con el perro y la mochila a cuestas no precisaba de nada más para sentirse reconfortado, tan sólo algo que echarse a la boca para matar el hambre.

   Más adelante por veleidades del destino Boni se quedó en la ruina, y emigró a Alemania buscando un futuro mejor, y al poco tiempo de estar navegando por aquellos teutónicos parajes se enamoró perdidamente instalando el nido en Berlín, donde ejercía su trabajo, y se cumplió el refrán, boda y mortaja del cielo baja, encontrando allí su media naranja.

    Estuvieron viviendo en distintos lugares de la ciudad, y finalmente se establecieron en la calle de los Enamorados, el nombre se debe a una leyenda del lugar que habla de unos amantes que vivieron en un período de entre guerras brotando entre la barbarie el amor, quedando como testigo el mencionado topónimo.

   En aquellos años de abundancia la vida le sonreía a Boni, sintiéndose el más feliz del mundo. Todo le salía a pedir de boca, gozando de un paraíso personal, pero tanta tranquilidad y bonanza llegó a empalagar a Boni hasta el punto que ya le aburría, no encontrando algo que le motivara o entretuviese cayendo en el más profundo tedio.

  Un día, sin esperarlo, se personó la policía germana en su domicilio y sin mediar palabra lo esposaron sin más explicaciones, y le llevaron en el vehículo policial a los calabozos del distrito; al parecer se debió a una confusión, por la sospecha de que fuera un testaferro más del mismo Hitler, cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras, pero quedó absuelto a los pocos días.

   Con el paso del tiempo se agrietan los tejados de las casas y ceden los cimientos apareciendo arrugas en la mirada, en los sentires. El caso era que las relaciones de la pareja se fueron enfriando como el viento berlinés generándose entre ellos una montaña de malentendidos, insultos y desaires impidiendo la convivencia, echando cada uno por su lado de mutuo acuerdo.

   Un día de primavera Boni, frisando los sesenta, se encontraba en vías de la prejubilación, cuando le tocó el premio gordo del Euromillón. Tan súbito advenimiento con la ingente cantidad de dinero le pilló con el paso cambiado y perturbó sobremanera, torciéndole los planes, y decidió irse a vivir a Marbella remedando a los jeques árabes, evocando aquella melodía que tantos buenos recuerdos le traían a la memoria.

   Según trascurrían los días no sabía en qué invertir el tiempo ni el dinero, o a qué empresa o actividad dedicarse ahora. En sus relaciones sociales con fiestas, francachelas y guateques puso todo el empeño, pero donde lo tuvo más claro fue en enamorarse de una italiana de ojos tentadores y arrollador estilo llegando a no poder levantarse del asiento ni dar un paso sin su aprobación, comportamiento a todas luces impropio y raro del proceder humano, convirtiéndose en una perturbadora obsesión en su vida.

   No había corbata, gafas o zapatos por los que no le montase ella una bronca, por considerar que no se adaptaba a la moda o a sus gustos preferidos. Eran tan enormes los problemas e inquietudes que le aquejaban que cansado del mundanal ruido se retiró a un pueblito de la India buscando paz interior haciéndose monje budista, rapándose el pelo y luciendo sandalias y túnica.

   Allí cambió su visión del universo, y los pensamientos iban poco a poco tomando cuerpo, encontrando lo que buscaba, un mundo de aguas tranquilas y la creencia en él mismo, aceptando sólo aquello que le diese sentido a la vida.

   Dos décadas pasó entregado a la meditación y servicio al Supremo Buda, cosa que aceptó de buen grado para desintoxicarse y reencontrarse consigo mismo, y una vez restañados los desconchones síquicos, volver al mundo de los vivos, al ajetreado picoteo de los ecos mundanos y alegres movidas, arrojándose de cabeza a la corriente de los días viajando a los más prestigiosos lugares: Londres, París, Nueva York, las Vegas, etc…, pero donde recaló más ufano y placentero con un espíritu nuevo fue en Marbella.

   Allí se compró Boni un piso de lujo, cosa que no le producía ningún perjuicio pecuniario, y no encontraba tampoco el suficiente tiempo ni alocadas diversiones para fundirlo. Una tarde que invitaba a pasear salió a estirar las piernas por las calles del centro urbano, cuando de sopetón vislumbró en la esquina de una calle a Daniella tan radiante y bella como siempre vendiendo flores en un tenderete el día de los Santos, y se saludaron amablemente, deseándole lo mejor. 

   Mas según pasaban los meses y los años le apretaba más si cabe el zapato a Boni, y los trinos de las avecillas no le deleitaban tanto, acaso fuese por ir perdiendo audición o agilidad mental, no encontrando lo que ansiaba pese a sus desorbitados caudales, y es que hay cosas que ni se compran ni se venden.

   Mientras tanto la vida sigue, y algunos fines de semana fletaba una avioneta rumbo a Venecia o al casino de Montecarlo entreteniéndose en sus juegos preferidos, o echando tal vez una cana al aire, mas es de sobra conocido que los despilfarros no son buenos consejeros, causando cuando menos se espera un fatal desenlace.

   A la sazón le seguía los pasos una mafia de estafadores que se le cruzó en su camino secuestrándolo en el preciso momento en que se disponía a ir a los carnavales de Venecia, exigiéndole una cuantiosa suma por el rescate, acarreándole unas terribles convulsiones y no pocas noches de insomnio. Los delincuentes sabían de buena tinta que Bonifacio nadaba en la abundancia, de manera que le obligaban a desembolsar un dineral, si quería salir airoso del agujero en que lo habían metido.

   Estando preso pasaban por su mente los más extraños pensares y un carrusel de remembranzas de toda índole, como los versos del monólogo de Segismundo de La vida es sueño de Calderón: ¡Ay, mísero de mí, ay infelice!/, apurar cielos pretendo/ ya que me tratáis así/, qué delito cometí/ contra vosotros naciendo/, aunque si nací ya entiendo//” … o la pléyade de escritores que en los momentos más álgidos de su suplicio alumbraron no pocas joyas inmortales, pasando a la historia como lo más saneado de la literatura universal.

   Pero los aires de Boni no transitaban por esos derroteros, pues no poseía arrestos ni el duende para elevar el espíritu y estrujarse las meninges, sacando provecho a las horas muertas que pasaba en la lóbrega mazmorra.

   Las noches se le hacían eternas, e imaginaba en sueños salidas felices a lugares paradisíacos, alimentando envidiables proyectos. Un día tuvo la idea de sobornar a los tres guardianes del confinamiento, dándose a la fuga en un helicóptero con la escolta, y se plantaron en una isla solitaria de las Maldivas rodeándose de fieles servidores, con el lema, poderoso caballero es don dinero, viviendo como reyes tras la rocambolesca odisea.

   Allí trascurrían sus días disfrutando del buen yantar, los encantos del lugar y el benigno clima, pero como el oleaje del mar de la vida es tan cambiante y muda a veces en un suspiro, ocurrió que la ola de felicidad crujió de golpe, y un repentino tornado se los tragó y nunca más se supo de ellos, resultando inútiles los esfuerzos para rescatar sus cuerpos.

   Por tales avatares del destino pasará a la historia Bonifacio con esos insondables rotos, semblanza que a nadie engorda ni enorgullece llevar en la solapa.

   No hay que olvidar las aventuras del bueno de Boni, que según se supo por unos maltratados documentos encontrados en una redada de la policía por las henrico tabernas, que había sido secuestrado por Eta y confinado en un zulo.

   La vida da tantas vueltas que nunca se sabe a ciencia cierta cuál será la última gota de agonía, o las primicias de una súbita alegría.


          

  

                          

                    

        

 

               

 


                    

        

 

               

 

miércoles, 14 de octubre de 2020

Tormentas

 









                          

 Cuando la borrasca apriete busca un techo protector, y cuando en tu vida aparezca la adversidad busca una mano amiga donde apoyarte.

   En el recinto donde se hallaba Evaristo exhalaba al viento el evanescente humo del cigarrillo, tarareando como la cantante manchega la melodía, “fumando espero…”, aunque no esperase a nadie pues las citas no siempre cuajan, y le tocaba matar el tiempo de la manera más elegante e inocua posible.

   A sus años recordaba Evaristo con nostalgia los tormentos de juventud, las tormentas vitales y los negros nubarrones descargando sobre los campos, tormentas las más sonadas de la comarca en mucho tiempo destrozando los sembrados, las cuidadas huertas con hortalizas y verduras, siendo la despensa a la que acudía para llenar el canasto alegrando la cocina y las apetencias familiares.

   Pero desde un tiempo a esta parte Evaristo se sentía extraño, un extranjero en su predio, en la propia morada, toda vez que no acababa de digerir los mensajes y consejos de políticos y doctores que estaban hasta en la sopa, hasta el punto de quererlo apuntar como conejillo de indias inyectándole una vacuna en experimentación, a lo que finalmente asentía con cierto orgullo pensando que así al menos moriría por una causa noble, dejando un halo de solidaridad y bonanza en su biografía.

   Tal vez quería igualar su tormenta a la del que se quedó manco en la célebre contienda de Lepanto, cuando la pólvora se incrustó en su cuerpo, llevándole a alumbrar posteriormente la inmortal obra, disparándose más rauda que las balas su aura y fama hasta los confines del universo, sacándole el máximo provecho a las adversidades.

   Se interrogaba si el despertar entre Pinto y Valdemoro o entre el malagueño y manchego paisaje conllevaba aires y mundos que precisaban puntualizaciones al respecto por mor de susceptibilidades según las coyunturas climatológicas y anímicas a la hora de aguantar los fuertes chaparrones.

   Los gélidos vientos manchegos podían endulzar las asperezas y maltrechos pasos de Evaristo en el estío poniendo a tono sus pálpitos, en cambio la malacitana brisa marina con su oleaje y las erógenas ramificaciones de las playas de la Costa del Sol junto con el tentador nudismo podrían influir en los embates invernales como fuego o una columna que fortaleciese los músculos del amor, sin dejarse arrastrar por encendidos o truculentos delirios.

   El cambio de aires, el desplazamiento de un territorio a otro airea el cerebro, el espíritu, y orea las heridas del alma alegrando la pena, y levanta los decaídos corazones lanzándose sin paracaídas a la conquista de lo robado o perdido, al paraíso soñado de la infancia.

   Y con las bombas que tiran los fanfarrones hacer borrón y cuenta nueva, planeando, cual lúdicas gaviotas, por la inmensidad del espacio, o posarse en la húmeda roca recibiendo protección y besos marinos soñando en su pétreo regazo.

   Las bombas atómicas o tsunami que a veces acechan en las encrucijadas de los sentires, será bueno transformarlas con sutil savia en bolitas de cristal, interrogándoles con sigilo por sus secretos o debilidades, aturrillándolas con premura con escopeticas de juguete o tirachinas descascarillando el núcleo duro de su robótica, de modo que, cual ufana nave en el océano, naveguemos por nuestro horizonte sin sobresaltos ni remolinos arribando a buen puerto, tarareando el estribillo, “soy capitán de un barco inglés”…, y repostar con el mar en calma chicha en el Peñón de Gibraltar.

   En línea con las envidiables aspiraciones de aminorar las secuelas de las tormentas, los vocablos bello, ético, útil deberían figurar con luz propia en los clásicos frontispicios, primando tales valores en las perspectivas del fluir humano. Y la cobardía, candidez o medias tintas sean el blanco al que hay que lanzar los endiablados dardos sin demora, y echar el anzuelo en el banco de encantos del mar de la vida humana pescando, cotejando y cortejando la variopinta cohorte de inventores, investigadores, pintores, cuentacuentos, poetas y personas libro con las obras literarias que vayan asomando por los picachos del pandémico panorama en el que nos vemos envueltos.

   Y mientras tanto, para frenar las tormentas existenciales, cerrar el paso a quienes intenten enquistarse en el devenir de nuestros días generando ansiedad, desidia o hecatombes, o vayan vendiendo humo por púlpitos, catacumbas o politizados meandros empeñados en engañarnos por todos los medios, saliendo a la luz del día como fresco e impoluto rocío irrigando los pensares con reparadoras esencias, exornándose con pendientes de oro en pasarelas de moda desafiando al mundo, prometiendo lo que no está en los escritos, burlándose del tiempo, la ley de gravedad o la inteligencia, y decirles bien alto ¡basta!, y se vayan a otra parte con su música, abriendo la gente los ojos a tan semejante farsa.

   Como talismán contra las tormentas del espíritu y para fomentar el progreso, la educación y la cultura evocar como un espejo en el que mirarnos al insigne Giner de los Ríos, pedagogo a carta a cabal, que se dejó la piel en ello, y con el que se debe caminar sin máscaras ni mascarillas de hipocresía por los caminos del saber, y en un juicio sumarísimo exigir que rindan cuentas a las tormentas.

   De la cuna a la sepultura, del venero al mar, del orto al ocaso, toda la vida discurriendo por el curso del río entre chopos, pedregales, acantilados, lamas o charcos.

   A pelear por una excelencia de vida invitan los impulsos humanos, y desplazarse por angostos senderos dejando las huellas en el tejer de los días, gozando de encajes de ensueño en hábitos, crepúsculos e indumentaria del alma.

   Y celebremos el carpe diem con la parafernalia requerida para la ocasión, en una fiesta de delicias compartidas, arrojando a la hoguera las tormentas tanto las meteorológicas como las interiores, que ahogan el alma, exclamando con altura de miras, viva la vida, viva la libertad, retozando como potrillos desbocados por esos mundos de dios sin ataduras ni reclamos por muy serios o sólidos que parezcan.

   Y se quedó leyendo Evaristo la novela Ofrenda a la tormenta de Dolores Redondo, con el firme propósito de estar vigilante ante la posible llegada de Inguma, el terrorífico genio maléfico.

 

 

 

 

              

      

  

  

            

 

 

              

      

  

  

            

 

              

      

  

  

            

  

            


viernes, 2 de octubre de 2020

Sor Virginia

 





   Iba sor Virginia con la cruz a cuestas por la calle de la amargura, cual otro Cristo, cruzando uno de los parajes más pintorescos y sugestivos de la ciudad, pero no era el momento propicio para deleitarse contemplando bellezas sudando como iba la gota gorda, resultándole harto pesada la carga, y no encontrarse físicamente en los mejores momentos.

   Quizás unos años más joven el lastre hubiera sido muy distinto, superando con otros aires más frescos y halagüeños sarampiones, cuestas u onerosos costes, pero las circunstancias mandan. La Comunidad la esperaba aquel día, cual pajarillos hambrientos en el nido, ansiosa por olisquear las golosinas, entremeses e imperiosos manjares que transportaba.

   Por la cabeza de Sor Virginia a buen seguro que pasarían toda clase de pensamientos tales como, si hubiera tenido la suerte de los pastorcillos de la Virgen de Fátima otro gallo le cantaría. Esa creencia la guardaba interiormente como oro en paño, porque la aureola y fama de los afortunados videntes habían traspasado fronteras, estando en boca de todos los púlpitos, cenáculos y devotos del orbe, auspiciado y llevado todo en volandas por la fe de la gente en la Virgen de Fátima.

   Sor Virginia no podía subir a los altares de ninguna de las maneras por muy bajitos que fuesen, ni por muchos viajes que realizase acarreando comestibles u otros enseres que le reclamasen las obligaciones de la Orden a la que pertenecía.

   A veces cuando subía las duras rampas del trayecto evocaba todos los santos del cielo y de la tierra, y el día en que tomó los hábitos solemnemente a los pies del altar convirtiéndose en Sor Virginia, aunque en las horas de oración y presencia del Santísimo y la Virgen de la Consolación y de Fátima recibía venturosas caricias, energías y unas benditas vitaminas que le impulsaban a proseguir en la brecha por el áspero camino, purificándose de las impurezas que siempre, a pesar de su abnegada vida de sacrificio, se resistían, y en ocasiones le faltaban las fuerzas, como le ocurrió un Viernes Santo cuando tuvo que ir a comprar víveres para la Comunidad, a pesar de los calambres y estragos del riñón que sufría, no pudiendo desentenderse de tan apremiantes menesteres, ya que hubiese sido una bofetada a la Comunidad de la abadía.

   Aquel día acaecieron innumerables contratiempos y una horrible tormenta que le pilló por lo más peligroso de la travesía complicándole aún más las cosas, mientras las monjitas permanecían en sus celdas esperando el toque de campana para acudir a la capilla a la meditación, y luego entonar villancicos, hosannas, el Gaudeamus ígitur, llevando a cabo los rezos del Ángelus y demás oraciones pertinentes. 

   A tales ejercicios religiosos no llegó a tiempo ese día, pese al titánico esfuerzo por aligerar la marcha cortando por las trochas, y asistir a los actos religiosos de la Comunidad uniéndose al fervor del resto de las compañeras.

   No obstante le estaban traicionando por la espalda los pensares a Sor Virginia, elucubrando acerca de sus aspiraciones, si hubiera sido ella la pastorcilla de Fátima a quien la Virgen se le apareció en cuerpo y alma para darle la buena nueva del estado tan catastrófico en que se hallaba sumido el mundo, como cuando llegó el turbulento tiempo con el duro golpe del diluvio universal otra música sonaría, en tal caso podría estar en los altares con toda probabilidad recibiendo plegarias, ramos de flores y haciendo milagros a mansalva, siendo la admiración de propios y extraños, acrecentando en los corazones de los creyentes la fe y la esperanza, mezclándose lo milagroso con las ganas de comer, con el pan nuestro de cada día, imaginando que más temprano que tarde sería atendida con creces en sus necesidades más urgentes, como la enfermedad del Covid 19 o en las penurias económicas, no llegando a pasar las de Caín, con el ambiente tan lamentable que le tocaba vivir peligrando el rancho diario, porque de lo contrario tendrían que acudir a un centro de caridad y auxilio social para saciar los estómagos de la Comunidad en medio de la pandemia y el miedo reinante, sin fuerzas ni garantías para seguir viviendo como Dios manda.

   A veces sopesaba Sor Virginia que hubiese sido mejor haber colgado los hábitos, y haberse dedicado a salvar almas currando por los campos de la vida, y haber creado un dulce nido con la pareja cumpliendo con el mandato divino, creced y multiplicaos, trayendo criaturas el mundo, y de ese modo habría recibido una mayor estabilidad emocional, y a lo mejor una independencia de la que ahora carecía, más acorde con sus debilidades psíquicas y soñados ideales, no estando sometida a la presión de los votos que había profesado de pobreza, castidad y obediencia.

   Había momentos en los que se sentía reconfortada y feliz sirviendo a Dios, reflejándose en su semblante, porque le iba dictando los pasos a seguir, aclarándole tanto los derechos como los torcidos, que a través de los días iba tejiendo, aunque en verdad eran muchos los obstáculos y adversidades que tenía en su contra, incluso de las mismas compañeras de la Orden por rencillas, celos u otras pueriles zarandajas.

   -EL otro día por poquito si no cuelgo los hábitos –farfullaba ella, porque un joven sacerdote con el que se confesó la trató con tanta ternura y delicadeza que le trasmitió un bálsamo cuasi divino, hasta el punto que se derritió en el confesionario llegando a no poder articular palabra, ni enderezar el esqueleto o mover las extremidades inferiores, encontrándose en un estado de éxtasis, y tuvo que levantarse a toda prisa el padre espiritual y llevarla en brazos a un reclinatorio, y al recibir el aliento del Espíritu Santo en tan comprometidas coyunturas fue reviviendo del penoso estado en el que se hallaba, no sabiéndose a ciencia cierta la causa, si fue por anemia o por unos efluvios místicos que le inoculara el padre confesor en las más sensibles fibras de su corazón, donde se cuece el guiso más suculento, la molla y otros irresistibles condimentos aún más exquisitos que hacen milagros, levitando las almas, llegando hasta el cielo, al paraíso de la felicidad…  

   


miércoles, 23 de septiembre de 2020

No perder el norte

 






                  

"Se equivocó la paloma, se equivocaba,

por ir al Norte, fue al Sur"... (R. Alberti)

No quería que le pasara como a la paloma, y puso todo el empeño en que así fuese.

 Hay quien pierde los estribos al ir al Norte por encontrarse con una cortina de agua fina en el camino de Santiago, o no señalar el GPS los nobles enclaves del itinerario.

   No falta quien al menor estornudo tira la toalla y entrega el alma al diablo menoscabando su valía, cayendo por el acantilado.

   Elaborando un informe que englobe los pistilos y cálices del concepto de deforme con todas las estribaciones de su esencia hasta lograr estandarizar el término, no saldrá airoso si los sentimientos juegan su papel, ya que su validez se desvanecerá de súbito si se ponen puertas a la fantasía, haciendo aguas por todos los rincones empezando por la comisura de los labios, sobre todo si a gustar convidan.

   Es sabido que los sentidos nos engañan, unos más que otros según por quien beban los vientos, y si recapitulamos su espectro, en el fondo no hay enemigo pequeño ni deficiencia que con sus energéticos impulsos y duende no crea un nido de cielo, rubricando los acariciados anhelos de los seres humanos.    

   Durante un tiempo discurría por las mentes privilegiadas la sentencia, si las piedras hablaran, apostillando sin ambages su esencia inanimada, hasta que con cordura y sigiloso juicio se ha impuesto por su propio peso el arte, las vibraciones del alma, vocalizándose en sus labios los ritmos más emotivos como, ay amor que despiertas las piedras, donde se da por hecho que escuchan las cuitas de los mortales, haciéndose eco de sus querencias o desafíos, y no digamos si se contemplan los magistrales lithoramas rebosantes de vida que danzan por las galerías de arte con sus sentidas texturas creativas trasmitiendo el embrujo de los corazones, y sin llegar a perder el norte.

   En los estadios de sitio en que nos hallamos hoy en día, asediados por un ejército inhumano e invisible, que se ceba con los mayores, no hay más remedio que armarse de valor y combatirlo a sangre y fuego, no dejándole ni un resquicio o pista que delate nuestros secretos mientras dormimos.

   El ser humano es frágil, y cualquier repentina torpeza puede echar por tierra todo un imperio, el entramado de una vida construida golpe a golpe, trago a trago, a través de los vaivenes vitales y duros aguaceros que operan por los senderos, y de los que nadie está exento. Por ende, envueltos en el maremágnum de los imprevisibles avatares, a veces, por un quítame allá unas pajas, nos la jugamos, y se desvanecen los andamiajes existenciales, los sueños, perdiendo el olfato de la esencia que nos sustenta, tanto del cuerpo como del espíritu, precipitándonos en un pozo sin fondo, donde sanguinarios y subrepticios cocodrilos o cobras se cobran la pieza, deshilachando las ilusiones más queridas y sinceras.

   Por ello la mesura y prudencia en ese juego de malabares son trascendentales, no perdiendo el norte ni de vista la aguja de nuestro horizonte, agarrándonos si es preciso a un clavo ardiendo, a la dirección que señalice la brújula que manejamos.

   Hay quien piensa que el vocablo (brújula) o instrumento al uso no es fiable, leal, alegando que habla por boca de ganso, tildándola de veleta, que va para donde la lleva el viento, sin unos principios firmes que sustenten los pasos, las estructuras existenciales.

   De cuando en vez hay quien se aferra a lo infructuoso ninguneando el rédito, lo valioso del fruto, del hallazgo que salva vidas, como es el caso que nos ocupa; no obstante nada más asomar por los cerros de la historia de la Humanidad temerarios navegantes se hicieron a la mar, yendo al albur, a la buena de Dios, y la brújula los guiaba evitando lo peor, sorteando peligros, liberándose de tiburones u otros raros ejemplares famélicos merodeando por la zona.

   Es de sabios rectificar, no perder los nervios, la esperanza, el rescoldo ancestral, al mejor amigo del hombre, el can, o al canario en la jaula que ameniza las mañanas y derrama sonrisas ahuyentando los negros nubarrones trasmitiendo mensajes nuevos, reconfortantes al destinatario, cual palomas mensajeras.

   No cabe duda de que la vida es imprevisible, aunque ornada en ocasiones de dulces arco iris, con tormentosos rayos e inesperados tormentos a la vuelta de la esquina, mas si nos instalamos en el puesto de mando de la nave con la cabeza bien alta y la mansedumbre en las manos del alma podremos exclamar a los cuatro vientos el  gozo, incluso a los más turbios y acérrimos contratiempos que el rumbo de la vida lo lleva uno a buen puerto, a la felicidad, que para eso nacemos, pese a los lúgubres obstáculos marinos o desairados tejemanejes.

   No perder el norte encierra tamaña enjundia y rigor en las arterias vitales, que a bote pronto se desparrama a izquierda y derecha como la siembra en los campos, cuando el agricultor realiza la labor allanando el terreno y depositando la semilla con la esperanza de que un buen día germine, y se conforme un nuevo cuerpo con sus pálpitos, aromas y propiedades nutritivas.                     

   En el variopinto mundo en el que nos movemos hay quien por un oído le entra y por otro le sale todo, haciendo caso omiso de los consejos, como mascarillas, lavado de manos o guardar las distancias. El ego lo tienen tan subido que no cabe entre el cielo y la tierra. Se palpa que no se aviva el seso, contrariando la voluntad de Jorge Manrique, no despertando las ansias de conocer tal o cual descubrimiento, diseño o vacuna, todo aquello que valga la pena para evitar males mayores.

   Es importante no ser uno pan comido o carne de cañón, donde cualquier trepa haga su agosto, y se caiga ingenuamente en las más absurdas contradicciones, perdiendo no sólo el norte, sino los cuatro puntos cardinales, no sabiendo hacia dónde se dirigen sus pasos.

   No perder el tiempo en bagatelas u otras monsergas no es baladí, sobre todo cuando se da uno cuenta de que la vida va en serio, porque el tiempo es oro como apunta el proverbio y se nos va de las manos, a no ser que emulemos al rey Midas con sus maravillosos prodigios, y alejar el fantasma de verse en la extrema pobreza el día de mañana.

   La hormiguita cumple el lema religioso “Ora et labora”, al menos el segundo, tanto en invierno como en verano, teniendo siempre cubierto el granero. Y más en esta época de vacas flacas, y se sentirá la persona eufórica y feliz, riéndose de las plagas y demás calamidades del mundo.

 Tales pensamientos deberían ser la brújula que nos guíe por los ásperos mares del vivir. No obstante hay quien lo tiene muy claro, y monta en el mulo una vez aparejado poniendo rumbo a su destino sin artilugio alguno. La ruta la tiene impresa en la piel del alma a machamartillo, y nada ni nadie podría borrársela.

   Así solía ir Juanico por los caminos de la vida, a las faenas del campo o a la tienda de ultramarinos de la capital de la costa granadina, llevando en las alforjas un pan con engañifa pero sin líquido alguno, porque de eso se encargaba personalmente, haciendo el vía crucis por los ventorros de la ruta.

   El dócil mulo, todo obediente, apenas se quejaba ni soltaba prenda, en todo caso daba algún respingo o berrinche in extremis pidiendo alguna caricia o trago de agua en la cuesta de la fuente del pueblo, siendo a veces un calvario el trayecto por los fríos y fuertes vientos que doblegaban las copas de los olivos o al mismo jinete, cuando cabalgaba algo alegrillo por efectos del último trago ajeno a la frialdad del invierno o las tórridas horas del estío.

   Un día bebió más de la cuenta entrándole un sueño de muerte, durmiéndose en los laureles, en lo alto de la bestia, yendo cual otro Cid Campeador comandando la tropa, aunque él no luchaba contras huestes enemigas sino consigo mismo.

   Una vez, cuando echaba el penúltimo trago en la barra del ventorro, oyó hablar por la radio de entonces de los viajes transoceánicos, que cruzaban los mares más enfurecidos de una parte a la otra los grandes buques guiados por la brújula, y en su ensoñación movía la cabeza disconforme, al relacionarlo con asuntos celestinescos o de hechicería propios de belcebú, sintiéndose feliz…

  


viernes, 14 de agosto de 2020

Casa o la majestuosa dama

 15 casitas sencillas para que te animes a construir la tuya ...