viernes, 24 de febrero de 2017

En la duodécima uva, Carmen pensó...





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   En la duodécima uva, Carmen pensó, ha nacido una nueva mujer, una mujer de bandera, dispuesta a comerse el mundo sin remilgos, batallando, riendo, llorando, disfrutando, laborando o viajando placenteramente a los sitios calientes o a lo que se tercie, pero eso sí, apostillaba,  menos putilla cualquier cosa, lo tenía muy claro Carmen, pues recordaba que su abuela, que en paz descanse, lo pasó muy mal yendo de palacio en palacio, de diligencia en diligencia, de claustro en claustro o sacristías viéndoselas con reyes, príncipes o patriarcas a hurtadillas, llegando a utilizar los disfraces más raros o porno de la corte, recibiendo los oropeles y pompa propios del rango, pero a la hora de la verdad si te vi no me acuerdo, quedando todo en agua de borrajas, como piedra que cae al vacío sin eco alguno, sin que nadie del círculo diese fe de tan ensoñadas andanzas palatinas, y menos aún pasar a la historia a través de trama novelística de Pérez Reverte o de Ken Follet en obras como El capitán ala triste o El invierno del mundo o La clave está en Rebeca(o mejor en Carmen) o algo por el estilo, mas nada de nada.
   Y como después de tantos y tantos  sacrificios y emociones reprimidas, ni siquiera arrojaban una brizna de fiel recompensa o cariño compartido, tan necesario para ella, sobre todo cuando se hallaba tan deshilachada a veces, y verse encima sola, cuando el frío aprieta el corazón y se le encoje el pecho no pudiendo ni tan siquiera enderezar autocomplaciente la pechera oyendo melodías que le alegren el alma o le lleven en volandas al paraíso de los sentires, como aquella canción de Mecano, "Es por culpa de una hembra, que me estoy volviendo loco, y no puedo vivir sin ella, pero con ella tampoco, y sin este mal de amores, a mi no me mandes flores"...
   Era el reto que se proponía al despuntar el alba del nuevo año, armándose de valor para decir basta, no amedrentándose ante los obstáculos por abultados o traicioneros que fuesen, no cayendo en la torpeza de ahogarse en un vaso de agua.
   Y se lo dijo hacia sus adentros con toda solemnidad, de ahora en adelante hacer borrón y cuenta nueva, y mirarse con aires más tiernos, a fin de no ser una persona blanda que se arrugue al menor resbalón u hosco aspaviento externo.
   Y saboreaba en sus intimidades los secretos impulsos que la impulsaban a seguir por los caminos soñados, que le llevarían a buen seguro a las cimas de la felicidad, permitiéndose al menos los fines de semana gozar, soltándose el pelo en salones o boites de moda o transitar con la pandilla  por risueñas travesías o perfumados jardines disfrutando de los ambientes alegres que se le pusiesen a tiro.
   Por diversas motivaciones particulares e intereses creados, en su agenda no figuraba engendrar retoños ni mucho menos hacer votos de castidad en un convento reviviendo las vivencias de la novicia Inés, y escuchar los requiebros del caballero,  
Cálmate, pues, vida mía;
reposa aquí, y un momento
olvida de tu convento
la triste cárcel sombría, sino más bien ansiaba vivir la vida, y picotear por aquí y por allá libando el néctar de los encendidos encuentros.   
   Y en ésas andaba recreándose Carmen, mas qué poco dura en ocasiones la alegría en casa del pobre, pues a las primeras de cambio le faltaba tierra bajo los pies o autoestima y algún dinerillo y el maldito número secreto de la contraseña del código exigido en el peliagudo compromiso emprendido así como para conectarse a Facebook, dado que todos los días no toca el gordo, ni se tienen las ideas tan claras, ni siquiera lográndolo de tapadillo o por un privilegio de los dioses, haciendo milagros para satisfacer los caprichos de la gente, ni muchísimo menos, ni tampoco que sean muy dados a regalar dones a manos llenas los dioses, como caramelos en el desfile de la cabalgata de Reyes, repartiendo justicia, sabiduría, fortaleza y templanza, que ya las preconizaba Platón en su filosofía de la vida, ahora llamadas virtudes cardinales por los doctores de la iglesia, por lo que andaba Carmen de un tiempo a esta parte pachucha, algo compungida y nerviosilla, sin ganas de comerse una rosca del Algarrobo o una Maritoñi  ni mirarse al espejo, con los nervios a flor de piel y el ánimo por los suelos. Nunca se había visto en tal coyuntura, pese a los buenos propósitos del comienzo de nuevo año.
   Al hacerse interiormente una especie de chequeo, reflexionando sobre el paso de la pubertad a la adolescencia, intuía que había algo en su cuerpo que no casaba con su idiosincrasia, notando rasgos extraños con el resto, como si sus partes íntimas estuviesen descompensadas de algún modo, y un loco día de imprevisibles y alienados encuentros atisbó en presencia de un amigo los primeros resplandores del vital semen en sus propias narices, y no daba crédito a lo que veían sus ojos, se había imaginado que debía de ser algo divino, y al contemplarlo de repente lo percibió como algo simple, inofensivo y voluble, incapaz en apariencia de llevar en sus entrañas gérmenes de vida, como lleva el huevo, que enhuera y engendra pollillos, o la semilla de la cebolla que desarrolla y crece, y cuál no sería la sorpresa cuando le comunicó de sopetón el galeno que ya podía parir, así como suena, traer criaturitas al mundo, al hallarse en la etapa núbil, siendo ella tan corta, inexperta y reservada. 
   Porque quiérase o no sería ella y nadie más la que tenía que apagar los fuegos, elegir un amor pisando las huellas del ayer, no pudiendo hacerse la remolona alegando con sesgadas artimañas que con un dolorcillo en el vientre o súbitos vómitos no saldría a la calle, o dijese que tenía barrillos y se veía horrible, o empeñase en que el pecho no le cuadraba, sintiendo un seno más arriba que el otro, provocándole no pocos quebraderos de cabeza, aunque los raros antojos de antaño con los lunares en las partes íntimas ya los había superado.
   Y no había otra, debía labrarse un porvenir, los medios para salir del atolladero, y si por un descuido quedase en estado de buena esperanza tras alguna fugaz y alocada metedura de pata, o si por un casual brincara a otros continentes y fuese preciso seducir a impostores o fulminar cuantos agravios o desdenes de misoginia le brotasen en derredor, pues menuda la papeleta que tendría que solventar.
   Le conmocionaban sobremanera éstas y otras elucubraciones, y las interiorizaba religiosamente, desgranándolas al detalle cual monje miniaturista en el cenobio labrando góticas grafías en los misales, y para fortalecer  las ideas y la memoria consultaba las dudas en el viejo diccionario del abuelo o en recortes de prensa, como el Dardo en la palabra de Lázaro Carreter que guardaba en viejo cajón, o bien recurría al socorrido google, aunque Carmen prefería completar el racimo informativo saliendo a la calle y airearse un poco, yendo a la hemeroteca más cercana para saciar el apetito ilustrativo.
   Fue el agravio la primera provocación seria que se cruzó en la nueva vida de Carmen poniéndola firme, apareciendo con los ojos algo hinchados y una voz ronca y rota aunque melosa y encantadora, pero puede que posiblemente con su arte y desparpajo fuesen más que suficientes sus armas de conquista en el mercado de invierno, bien tras los pasos de un acaudalado banquero ruso o de un apuesto caballero, por lo que no tuvo más remedio que vérselas en mitad de la encrucijada, concertando algunas citas con miras a intercambiar pareceres, gustos, cuitas, corazonadas u obsesiones, y tras los pertinentes encuentros acabó sin llegar a conclusión alguna, porque Bartolo, el apuesto caballero, que pese a evocar al flautista de Hamelin con las dulces cadencias sinfónicas, últimamente no atravesaba por sus mejores momentos, pues renqueaba por las severas secuelas de una ciática, y para colmo el día del encuentro le entró un hipo atroz, casi asnal, sintiéndose turbado y haciéndose de rogar, y se quedó deshojando la margarita sin saber a qué carta quedarse.    

   



jueves, 9 de febrero de 2017

El loco


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   Lucio, además de la luz que contenía su nombre, suspiraba por aumentar su caudal y evadirse del mundanal ruido, viajando siempre que podía a lugares de ensueño, no calibrando los raros enigmas que le aguardaban en el futuro ni por asomo.
   En uno de los últimos viajes que hizo pensó que había hallado los pilares del ser humano cuando, al cruzar una calle de la ciudad, se topó con unos grafitis en la fachada de una vieja casona con estrellas y soles en el frontispicio donde se podía leer, dando testimonio del fulgor de su mirada, "si te tragas todo lo que sientes, al final te ahogas".
   Pasaban las semanas y los meses y continuaba con la sana costumbre del proverbio latino, nulla dies sine línea, ningún día sin aprender algo, observando lo que le rodeaba, hojeando la prensa, indagando en la lectura, y en ésas andaba cuando vino a descubrir algo que le llamó poderosamente la atención, "hagamos que todos los días sean buenos para ti y para quienes están a tu lado", regresando a continuación a su habitáculo, al parecer con las pilas cargadas dispuesto a comerse el mundo, pugnando por llevar a la práctica aquello que había engullido en las fugaces escapadas, ricas viandas y seductores caldos juntamente con las reconfortantes sentencias y reflexiones que sin duda le arrojarían más luz en los titubeantes latidos del vivir partiendo del axioma, vida sólo hay una, y es para vivirla, zambulléndose en las aguas del carpe diem.
   Y entretanto seguía rumiando, sin prisa pero sin pausa, remembranzas, pensares o sigilosos posos, mientras el pecho estalla de risa, no hay monstruo que le gane, o aquél que predice que de la risa nace el amor, toda vez que nada pasa por casualidad, sino al conectarse con lo que vibra, generando un mundo consistente y nuevo según las frecuencias.
   Y no se daba nunca por satisfecho, escarbando en las andanadas aforísticas, Ama, llora y disfruta cada instante, porque no se sabe hasta cuándo estarás aquí, y sin preocuparte en exceso del qué dirán, pues ni siquiera Dios ha caído bien a todo el mundo.
   La actitud lo es todo. Reír y reír sin motivo, reír porque sí
   Aquel fin de semana, conforme viajaba como otras veces, hizo un alto en el camino, sentándose a la vera de una fuente de agua cristalina, y empezó a desmenuzar todo cuanto llevaba en la mochila, quedando un tanto atolondrado con las frívolas máximas, dimes y diretes e incoherencias que a cada paso cosechaba por los medios.
   Sin ir más lejos, en la esquina de la calle por donde transitaba aquella mañana vio escuálidos canes clamando al cielo, muertos de hambre, que en un tiempo fueron decoro y paño de lágrimas de sus dueños, y acicate para enfrentarse a las adversidades de cacería o amigos de lo ajeno, no perdiendo con su ayuda el tren de la vida, amistad (el mejor amigo), convivencia o bienestar, habiendo sido fulminados con la celeridad del rayo.
   Al cabo de un tiempo, según caminaba por los vericuetos de la vida, le empezaron a caer las mayores desventuras. Su fortuna se desmoronaba como castillo de naipes empujada de súbito por un crujido bursátil cebándose con él.
   Era algo inenarrable, de espanto lo que le ocurría. En el viaje que hizo a Venecia el tren en el que viajaba descarriló con tan mala fortuna que perdió a su pareja, salvándose el retoño de siete añitos de puro milagro.
   Años después, cuando cumplió el rey de la casa las ocho primaveras, tuvo el gusto de regalarle un safari por Tanzania para que viese vivos y en su salsa a los animales de la selva, pero como las desgracias no vienen solas, en el transcurso de la visita le secuestraron al hijo unos desalmados por la fiebre del dinero, pidiendo un elevada suma por el rescate, y apareció el cadáver flotando por las negras aguas de un fétido riachuelo cuando ya había reunido el importe exigido.
   En no pocas calendas, se desayunaba Lucio con irritantes informaciones sobre desamparados lloros de criaturitas arrojadas a un contenedor apenas abrir los ojos, recibiendo un corte al amanecer.
   Y no quedaban ahí las decepciones, pues raro era el día que no aparecían hasta en la sopa noticias de embarcaciones a la deriva denominadas pateras, así llamadas probablemente por el uso en un principio para cazar patos, utilizándolas ahora los emigrantes para huir de la miseria pateando continentes en busca de una vida más próspera, lo que ha dado pié a que se las considere como algo exclusivo de ellos.
   Por otro lado, no podía digerir Lucio el relato de las legiones de hipotecados viviendo en vilo, que no les llegaba la camisa al cuello, no sabiendo cuándo es día de descanso ni cuándo las noches son, o si inmolarse como un Cristo o pegarse un tiro y acabar de una vez, acallando las voces que le asediaban noche y día tachándolo de explotador, irresponsable o hijo de nadie y no de algo, como en otros tiempos, los quijotescos hidalgos.
   Lucio, anhelaba más luz, y algo dulce en que entretenerse y chupar como la cañadú, o quizá un faro que le iluminara  y aconsejase, o una tierna voz que lo envolviera con sus cálidas cadencias rescatándolo de la fría intemperie, dando sentido a las vibraciones existenciales.
   Un loco ajetreo de idas y venidas le había provocado la pérdida de la paciencia y la compostura, y llamaba como un desvalido a la puerta de las conciencias, de la cordura, del sentido común lleno de rabia, cuando los ERES de las empresas les volvían la espalda a los trabajadores, abandonándolos a la buena de Dios, o cuando las embarcaciones huérfanas de alimento y cariño pateaban arenas movedizas trasportando almas en pena, desnudas al crespúsculo, oliendo a muerto en las travesías.
   Y no pudo superar Lucio tantos ardides, metralla y ruindades en sus cúpulas sensoriales, y le fue sacando de quicio y secando paulatinamente la savia de las venas, de los remos y los proyectos del árbol de la vida como al olmo seco de Machado.
   Y sin más rodeos, elaboró un plan para acabar con su vida, tirándose desde lo más alto que columbrase en el horizonte, pero lo pospuso buscando una salida más digna pese a que todas las puertas se le cerraban, y en vista de ello tomó la determinación de llamar la atención, entrando de incógnito en paños menores (porque su figura era harto famosa en los medios por haber sido embajador en la ONU y en la Santa Sede) en hoteles de siete estrellas por la puerta de atrás, o disfrazarse de felino o erótico simio o representar a veces las danzas medievales de la muerte en plena calle, siendo el hazmerreír de la muchedumbre.
   Por las mañanas se disfrazaba a lo halloween, yendo de esa guisa al mercado central de la ciudad sin sentido del ridículo, y hacía sus necesidades en la verdura implorando la justicia de los dioses, pidiendo que llegasen las célebres plagas de Egipto o el diluvio universal, profiriendo a los cuatro vientos que la verdura social se exhibía en los puestos de venta mezclada con las ignominias, las insidias y la doblez humana, no percatándose la gente de ello.
   El deterioro personal de Lucio le fue dejando en evidencia, dilapidando su reputación de equilibrado, de estrella profesional, deshilachándose las coyunturas de su figura, aunque controlaba los impulsos carnales, los homicidios o las venganzas del pez gordo que  pisoteaba la ley apontocado en la tiranía y la usura, llevado en volandas por la locura de los débiles.
   Al cabo de unos días, se difundió por la comarca la noticia de una persona perturbada y peligrosa que circulaba por las calles de la ciudad, y con las mismas acudió la policía fuertemente armada acordonando la zona para capturar a Lucio, que campaba a sus anchas por aquellas avenidas haciendo de las suyas, cortes de tráfico, explosión de bombas caseras o reivindicaciones de todo tipo en pro de los menesterosos, que dan su vida sin lograr ninguna redención, apostillaba.
   Y jaleaban por la ciudad a bombo y platillo los chiquillos, ajenos a los desengaños de Lucio, chillando a grito pelado en un coro infantil, que viene el looooco, que viene, cerrad rápido puertas y ventanas antes de que sea tarde, y el lunático, con la cabeza bien alta y encendidas las luces de la razón, blandía la espada de la desilusión, llorando de rabia e impotencia, clamando al cielo auxilio y esperanzadores propósitos por una nueva primavera preñada de luz, sin terremotos humanos ni envenenados temporales con recortes de muerte que a nada conducen si no es a la soledad del cementerio.
   El fulgor de su mirada rechinaba con furia a través de los tambores de las conciencias en lontananza.   
   El perturbado lidiaba toros desquiciados en las plazas, y mantenía idilios con los más ingenuos, mondándose de risa por conseguir que el pueblo recibiese del estado lo que necesitaba, un sustento cuerdo, digno, de libre albedrío.
   Y en esas ofuscaciones y desconciertos andaba Lucio, cuando de pronto fue a retirar a un muchacho tirado en mitad de la calle, y vino un coche y se lo llevó por delante, pasando a mejor vida.      

                                            

                                                                                                                                                                                         
                               
           
   
   

       



sábado, 21 de enero de 2017

Objeto







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   En un principio nadie lo creía. Pero poco a poco el affaire fue tomando cuerpo, y se enrareció tanto que la autoridad municipal no tuvo más remedio que tomar cartas en el asunto preparando un bando que pregonó el alguacilillo:
   "Por orden de la señora alcaldesa de la villa se hace saber, que a partir de las cero horas de esta noche los agentes locales vigilarán a las maquinitas verificadoras de premios de loto, quedando prohibido terminantemente acercarse a ellas bajo multa de mil euros".
   La gente estaba que ardía, desnortada, pues no se sabía si las malditas ME habían perdido el seso o iban a su bola por capricho, sedición o quizá se dejasen llevar por el vicio del pillaje, cual auténticas ludópatas, cumpliendo a rajatabla el lema, aquí te pillo y aquí te desplumo.
   No contentas con ello, ampliaron el campo de acción, saltándose las normas a la torera abandonando los enclaves y desplazándose con la casa a cuestas por caminos y veredas asaltando a los viajeros, robando carteras a troche y moche, llegando incluso a perpetrar secuestros exprés, unas fechorías incalificables a todas luces, que nada ni nadie podía justificar.
    La cosa estaba bastante peliaguda, llevándose a las criaturitas drogadas a un corral de cabras de los muchos que pululan por los cerros de la jurisdicción, si bien tendiéndoles tentadores señuelos.
   La gente, que ya de por sí es descreída por naturaleza, a veces ni tan siquiera creía lo que predicaba el padre cura en el púlpito, empezó sin embargo a creerse el bulo que corría en el boca a boca, imaginando que iban a enriquecerse de la noche a la mañana.
   Fueron unos tiempos duros, convulsos, en los que los hijos desconfiaban de los padres y los asalariados de los amos y viceversa. Era un mundo al revés, todo confuso como la torre de babel, yendo cada cual a lo suyo ingeniándoselas como podía, no saliendo muchos a la calle por si las moscas.
   Cundía el pánico, y se expandía como el humo, especialmente entre niños e impedidos por la ola de chantajes exprés. Había quienes se sentaban a la puerta de la casa resignados esperando tiempos mejores, o lloraban de rabia o alegría según la dirección de las emociones, implorando a los dioses, a las brujas  o al mismo demonio.
   Sin embargo, había barrios que montaban orgías o movidas alegremente, celebrando por adelantado las buenas sumas que los muy ilusos esperaban embolsarse si tuviesen la suerte de ser secuestrados por las famosas ME.
   Cuando se celebraba el día de la Virgen, se aprovechaba el bullicio de la gente junto con el lanzamiento de cohetes para intercalar drones de colores con mensajes de lo más divertido y gracioso, aunque algunos, según los gustos, los consideraban obscenos, ejecutándose en el aire un abanico de números circenses de ensueño.
   En días de oscura y densa niebla, similares al ambiente londinense, se sentían como embelesados los residentes, haciendo cábalas hasta la saciedad con los premios que recibirían si tuviesen la fortuna del secuestro, y se les llenaba la cabeza de fantasías, de mudo asombro, y no se andaban con chiquitas a la hora de reservar viajes de todo tipo por internet, incluso interplanetarios de luna de miel sin escatimar gastos.
   Las ansias y la imaginación se habían desbordado hasta límites insospechados, y la muchedumbre no dejaba títere con cabeza.
   Mientras tanto, Nicolás se movía de un  lado para otro indeciso, estando en la cuerda floja al no tenerlas todas consigo, y se entretenía en juegos de tronos sui generis con las ME de la loto (que sustraía por las noches), o bien las descomponía como un puzzle insertando pendientes o tatuajes de zorros, alacranes o linces disfrutando como niño con zapatos nuevos, pero a veces se sublevaban las ME mordiendo con saña.
   Había días en que la vena creativa le llevaba a beber en otras fuentes artísticas, componiendo música psicodélica con la maquinita robada, aprovechando el vano que lleva, como la caja de resonancia de la guitarra, causando su estruendoso ruido no pocos estragos en el vecindario, impidiendo llevar a cabo la labranza, perjudicando seriamente a una gente harto trabajadora, tranquila, sencilla y silenciosa.
   Andando el tiempo y buscando otras metas, empezó Nicolás a recorrer mundo, cual otro quijote, pateando lo que no está en los escritos, guiándose con el GPS por los lugares donde hubiese ME (o acaso mejor llamarles ovni, objetos no identificados violadores de premios, porque nadie hasta la fecha ha descifrado sus errores funcionales), no olvidando los espacios más emblemáticos, donde se rumoreaba que ataban los perros con longaniza, trasportando los caudales de los premios en gigantescas sacas en trenes de cercanías, y apuntaban que sucedía en aquellas comarcas porque los pobladores eran los más necesitados del globo, y la necesidad obliga, y los objetos son los primeros en cumplirlo y hacer gracias en pro de los indigentes (no así el corazón humano), suministrando el sustento vital, aunque fuesen a fin de cuentas los mandamases los que trincasen lo gordo, dejando las migajas para los menesterosos, unos raquíticos aliños o regalías de drogadicción para ir tirando.
   Y como el que no hace la cosa se disfrazó Nicolás de mochuelo, volando por los más intrincados vericuetos, rincones y tejados con el propósito de inspeccionar la conducta de las maquinitas, cerciorándose in situ del correcto funcionamiento.
   Mas de pronto le acaeció algo extraño. Se le pegaba la sábana al cuerpo, y el suave roce le dolía como si todo el cuerpo estuviese en carne viva.
   En cierto sentido se encontraba así, con el alma a flor de piel y una desazón que le impedía conciliar el sueño, interviniendo su progenitora.
   -Nicolás- la voz de su madre le molestó- deberías acudir a un médico. No todo el mundo puede superar un duelo sin ayuda.
   Ella lo abrazó, queriendo confortar la ausencia de su pareja muerta a manos de una ME de loto en noche vieja, después de las doce uvas, en mitad del revuelo y los brindis, cuando todo el mundo celebraba la entrada del nuevo año.
   Él quería olvidar todo cuanto antes.
   Pero desconfiaba de casi todo, y fue apilando los recibos de loto que veía tirados por el suelo o en los contenedores, pasándolos de nuevo por las mismas narices de las ME para verificar si hubo anomalías en los pagos, pues quería llegar hasta las últimas consecuencias, si era ajeno a ellas y se debiera a alguna enfermedad rara habiendo perdido la sesera y la honradez, cayendo en lo más bajo, en lo maquinal y mezquino, sin facultades para realizar tales labores.
   Últimamente estaban cometiendo auténticas barrabasadas, no habiendo manera de pararlas, toda vez que se les subió a la cabeza el orgullo de la casta, y seguían en sus trece, negándose a ser reconocidas como dios manda en una clínica de confianza, como otro paciente cualquiera, a fin de salir de dudas.
   No obstante resultaba que por los desfalcos y otros nubarrones, se les veía el plumero a las ME de la loto. Se vislumbraba en el rabillo del ojo los tejemanejes que articulaban, rebañando todo el montante de premios a pesar de ser advertidas por la autoridad, y lo disimulaban descaradamente, haciendo esperpénticas payasadas, el pino, cortes de manga o el canto de la perdiz entre otros, burlándose de todo el mundo, sabiéndose a estas alturas de la historia que la cosa estaba más clara que el agua, y farfullaban entre dientes los apostantes, "coño, mira si no, aquí lo tengo, clavado, el mismo número 011103, pero verás como no cobro".
   Si miraba alguien fijo al rostro del objeto se percataba de que no estaba sano, pues no abría ni cerraba los ojos y la boca con naturalidad, como cualquier persona, notándose algo fuera de lo común, como un ictus o la enfermedad del zika o la gripe aviar, o bien le hubiese mordido el ratón Pérez, vete a saber, o tal vez fuesen las secuelas de los pantagruélicos atracones de la última Navidad, queriendo vengarse de las personas remedando los desmanes humanos asistiendo a francachelas y opíparas cenas de cordero o mero según tirasen hacia al mar o tierra adentro.
   Las olivas del campo, al igual que las patatas a lo pobre o puerros también les seguían el compás, a buen seguro que tenían mucho que ver en tales trapicheos, toda vez que la cebolla, el ajo y la guindilla con los lloros y picores resistían, pero el resto comulgaba con el juego de la ME de loto, el aquí te pillo y aquí te desvalijo, ya que las ME del globo se habían confabulado configurando un plan para ejercer la tiranía y la usura en el mundo. 
   El comportamiento parecía calcado de los usureros decimonónicos.
   Las maquinitas no trituraban dinero empapelado, después de todo resultaban delicadillas, sino que lo empaquetaban con mucho mimo, y era indigno ver lo que hacían con la gente que llegaba a sus aposentos con lujosos gabanes, puros y sonrosados rostros por los lingotazos, tratándolos a cuerpo de rey, dándoles el tratamiento de majestad, vuesa merced, usía, vuecencia o cariño mío en bastantes ocasiones, en cambio a los que arribaban en bici o con la lengua afuera por los sudores de la vida o las cuestas de Panata o la Torrentera les guiñaba con muy poca gracia haciendo gestos lujuriosos.
   Había quienes no llegaban a percatarse de la miasma que bullía en su aura sobre todo en días turbulentos, de recio temporal, en que los charcos crecían como si el llanto de las nubes quisiese ahogar la congoja y el dolor que sentían por el desmadre de las malditas ME.
   Y se inundaban de papeles mojados las calles, siendo increíble la letra menuda que se ocultaba detrás de los objetos expendedores, al descubrirse cómo se zampaban los ingresos de los ingenuos jubilados, que llegaban ufanos con los recibos de loto y el cuento de la lechera en la boca. Y se entabló un diálogo al respecto:        
   -¿Y no habría forma de hacer algo para evitar estos salivazos, y llevarlos a presidio de una vez? preguntó un vecino.
   Se fijó Nicolás en el ombligo que llevaba al descubierto el objeto expendedor e intentó hurgarle, y le miró como un borracho que ha perdido los papeles. Por lo que siguió urdiendo a ver si coordinaba, tirando del cordón umbilical para verificar hasta dónde llegaba el tufo, averiguando con no poca amargura que la ME era un testaferro del capital dominante.
   En esto que habló el objeto:
   -En absoluto, nada de eso soy, ¿por qué lo dice usted? 
   -Ah, amiga expendedora, el nombre lo connota, en el ombligo lo llevas.
   Los días de calma chicha les gastaban bromas a las ME, tirándole de la oreja cuando, como a Pinocho, le crecía la nariz, o le sacaban los colores tildándola de ramera, por comerciar con su bursátil cuerpo, vendiéndose al mejor postor.
   Algunos días le rascaba Nicolás la panza de jarra o el lomo a la ME, lo mismo que a su mascota, ofreciendo chuches para seducirla y vaciase los caudales, pero reaccionaba como una energúmena, tirando coces como un asno y sin ningún miramiento.
   Ya dice la experiencia que con paciencia todo se alcanza. Tras una exploración meticulosa en el quirófano para desentrañar los misterios que encierran las ME en tripas y corazón, se supo que eran objetos que gozan de muy buena salud pero sin entrañas.
   -Bueno, y entonces ¿por qué no se ha denunciado tiempo ha a la policía? preguntó uno que cruzaba la calle con la yunta de mulos.
   -No es posible -respondió un experto en cibernética-, porque entonces arrojarían desde su atalaya rayos encendidos fulgurando de súbito los cuerpos.
   Un día en que se encontraba bastante fatigada y aletargada la ME, se le ocurrió a Nicolás introducirla en una cafetera y enchufarla a la corriente, y cuando empezó a hervir salió volando como un murciélago, echando fuego por los ojos y haciendo espirales en el aire, colgándose luego boca abajo en un poste de la luz que había junto al transformador a la entrada de la villa.
   El caso era que los que pasaban últimamente los recibos de lotería por sus garras jamás los veían, se los tragaba como el dios Cronos las rocas, no cobrando nadie ni una perra chica.

   Al cabo de un tiempo la villa, avergonzada y enrabietada por tanto vilipendio, montó en cólera armando la de San Quintín, haciéndose de todo tipo de utensilios de guerra para la batalla, y la iniciaron echando agua hirviendo a la ME, como se hacía con los marranos en la matanza para arrancarles las duras cerdas, y acabaron descuartizándola, y cuando llegó el enviado del rey a la villa preguntando por los culpables para hacer justicia, respondieron todos a una, como Fuenteovejuna, el pueblo, señor. 
         


                                         

sábado, 24 de diciembre de 2016

Conservación de la naturaleza

                                                                                

                  

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   Los copitos de nieve se columpiaban sobre los campos a las 8 de la mañana, cuando Edmundo todo entusiasta y entregado a la causa se lanzaba como un rayo a acometer el recorrido acostumbrado, pateando los tres y medio o cuatro kilómetros a fin de mantener a raya colesteroles, ictus o lo que se cruzase en el camino, caminando con la cabeza bien alta, escuchando ensimismado las noticias matutinas en el móvil y satisfecho en parte por el deber cumplido, un deber acariciado, nada reglamentario sino esbozado conforme a los pálpitos vitales, como acicate para no perder el tren de la vida.
   No se sabía con certeza si lo transitado merecía la pena, si recibiría parabienes o iba a alguna parte, porque hay sensibilidades y gustos como colores, y a veces caemos nosotros mismos en el cepo, pudiendo alguien mofarse de tales andares, andanzas o sudadas caminatas por caminos perdidos alegando que a fin de cuentas lo mismo da permanecer sentado todo el día que mover las caderas de vez en cuando.
   Y si resulta que va uno arrastrando las piernas todavía peor, o que al andar se le caiga el alma a los pies, en tal caso, ¿de qué sirve tanta parafernalia o sufrido martirio?
   Hay quien apuesta por llevar una vida cómoda, placentera y disfrutar como un enano, rivalizando con el núcleo duro de Epicuro, dejándose de tantas monsergas que no conducen a ningún sitio, toda vez que ya está escrito en la mirada divina el día y la hora del viaje definitivo.
   No obstante, Edmundo decidió hacer el camino como otras veces, y conforme caminaba sintió de sopetón por la espalda no una palmadita amiga sino todo un trueno en los oídos, voces de almas en llamas, algo parecido al eco de ultratumba pero a lo bestia del Dios Padre al dirigirse a Moisés en el monte Sinaí al entregarle las tablas de la ley, ocurriendo todo mientras hacía el camino a la sombra de los pinos, retirado de la vorágine del tráfico que discurría por la carretera nacional, escuchando la radio con los cinco sentidos, como si fuese la clandestina emisora Pirenaica de aquella época tan oscura, abstraído como iba en los intríngulis obsesivos, cuando de súbito recibió el azote vocinglero metiéndole el miedo en el cuerpo.
   No alcanzó a calibrar qué estaría pasando en esos instantes por su entorno, si intento de secuestro, explosión de artefacto o aterrizaje de ovni en su espacio vital preguntando por la estación de servicio más próxima para repostar, quedándose Edmundo cegado ipso facto por el resplandor.
   Y al poco, todo estremecido y sin aliento, volviendo la cabeza a la izquierda, válgame Dios, farfulló, al percatarse de que se trataba de un coche (no bomba pero...) cuyo reluciente rótulo decía, "Conservación del medio ambiente y protección de la naturaleza", sacando el funcionario de turno medio cuerpo por la ventanilla con los ojos exaltados y fuera de sí gesticulando como un energúmeno, Somos los  vigilantes (emulando la sesuda serie televisiva de la playa) de la conservación de la naturaleza", y con las mismas se esfumaron saliendo a toda pastilla sin intercambiar palabra ni hacer la menor pesquisa sobre las pretensiones o menesteres coyunturales,  y sin más pusieron tierra de por medio.
   Edmundo, que discurría por el arcén de la carretera, al otro lado del quita miedos por precaución atravesando la estrecha trocha que había se quedó mudo, patidifuso, como abducido por lo vivido.
   El incidente fue de cine, como un hechizo o la milagrosa aparición de Santa Bárbara ante el repentino trueno, quedando todo a la postre en agua de borrajas.
   Y surgían sin querer los enigmas al respecto, ¿no sería que los susodichos vigilantes en un acto de inconsciencia supina, y cayendo en una extraña hipercorrección se propusieran extirpar lo humano so pretexto de salvar la flora y la fauna, alegando el lema tan ético y ecológico de conservar la naturaleza, utilizando para ello un arca como Noé pero trucado, yendo disfrazados, llevándolo todo ya amasado, si bien empleando métodos o cauces de cuello blanco?  
   No eran nada halagüeñas las expectativas despertadas en Edmundo, sobre todo tras escuchar aquel chorro de voz de tan insensatos mariachis que le perforaron los oídos, no llegando a entender aquel comportamiento tan raro, ya que en lugar de cuidar y alentar la vida de  los seres vivos, su descerebrada conducta azuzaría el efecto contrario, una cadena de desgracias y descalabros de incalculables consecuencias planetarias, acelerando aún más si cabe la destrucción del ánima cósmica.
   Que Dios reparta suerte y nos pille confesados, mascullaba entre dientes Edmundo, o que el demonio rebelándose de nuevo encienda una vela a sus congéneres en nuestra defensa al objeto de que levanten la cabeza nevada o cana los vigilantes (cual salidos del iglú), y no sigan dando palos de ciego, como si se tratase de un desierto y les cegaran las nubes de arena.
   La nevada cubría los cerros, algunos pensares y los caminos confundiéndose las imágenes, el horizonte, no sabiéndose si pisaba tierra firme con blancos rebaños de merinas por la nieve o un mar de minas, mientras alguien quería cortar los níveos brotes vitales.

                  

        


   




viernes, 23 de diciembre de 2016

La Tierra sin luna


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   A galopar, a galopar hasta llegar..., tarareaba Asdrúbal galopando con su 4x4 atravesando charcos, pujos o fronteras como un lunático, y plantarse delante del ansiado mar, exclamando con todas sus fuerzas eureka, lo encontré.  
   Cualquiera que lo viese pensaría que andaba pirado, yendo como atraído por un imán sin poderlo remediar.
   Meterse en los aposentos marinos, y penetrar en las bitácoras y ensoñaciones oceánicas era el sueño de su vida. Quería contemplar in situ las interioridades, su húmedo vientre, no parando durante el viaje ni para refrescarse pese a los rigores de la canícula, hasta no saciar la ansiedad que le embargaba, ¡tenía tanta hambre de mar!
   Otra cosa muy distinta hubiese sido el reto de tocar la luna tan lejana, cual niño consentido, mas en lo que se refiere al mar siempre, que se sepa, estuvo al alcance de cualquiera y de los poetas a través de los versos y del celuloide en marítimos escenarios de piratas, no entendiéndose lo que pasaba.
   Asdrúbal llevaba toda la vida luchando por contar las olas que mueren a la orilla del mar así como los flechazos de luna sobre la superficie, y deseaba sentirse  como pez en el agua, visionando el vuelo de las gaviotas sobre su presa, el revuelo de los bancos de alevines o los juegos y cabriolas de los delfines sorteando escollos o el remolino de los barcos al pasar.
   Goteaba Asdrúbal incertidumbre por los cuatro costados, aturdido por no barruntar nuevas pistas que le señalasen con premura en qué aguas se bañaba últimamente la luna con su cohorte.
   La obsesión era tan agobiante que no le dejaba vivir, y proseguía la búsqueda sin tregua, y cuando se las prometía muy felices llegando al rebalaje, ¡zas!, se quedó con dos palmos de narices, no avistando ni mar ni luna, sufriendo lo que no está en los escritos bíblicos siendo tan gravísimo, figurando en cambio las diez plagas de Egipto, por ejemplo, y otras muchas calaveradas de poca monta, porque hay que tener en cuenta que en aquel tiempo el señor Dios leía la cartilla a su gente y escribía las cosas, no apareciendo sin embargo tan sensibles pérdidas ni en borrador, toda una bofetada al rostro humano, siendo como fue la mayor hecatombe que jamás vieron los siglos.
   No cabe duda del incidente tan aterrador que se pergeñó en un plis plas, impensable para la estirpe humana, no había palabras para expresarlo, siendo tan conmovedor y apocalíptico que Asdrúbal no pudiendo contenerse vomitaba sangre a mansalva, vociferando sin fuerzas y fuera de sí, ladrones, insensatos, bestias, ¿qué habéis hecho con mi luna y mi mar?
   Mientras tanto, se movilizó toda la artillería pesada de astronomía del cosmos, analizando el desaguisado con el mayor secretismo en sofisticados laboratorios para no alarmar a la población, ofreciendo a cuenta gotas la investigación, dejando entrever que fue algo que sobrevino como un rayo.
   Se cernían sombras de sospecha sobre unos asteroides kamikaces del entorno, una especie de hackers troyanos, pero no dio apenas tiempo para reaccionar, comprobándose que no quedaba ni rastro de ellos.
   ¡Cuán extraño todo aquel escenario!, y más extraño aún que al escarbar en la orilla del mar ahora completamente seco, no apareciesen pececillos muertos, caracolas rellenitas de arena, medusas machacadas por las pisadas o esqueletos de estrellitas de mar, convertido todo en un abrasador desierto, habiéndose descascarillado la salada y sólida estructura marina como un castillo de naipes y evaporado el líquido elemento, privándonos de la blanca sonrisa en días de calma chicha, o en horas intempestivas de los fieros mostachones con ennegrecidos piélagos encrespados escupiendo enseres de toda índole, condones, cadavéricos productos, compresas, cepillos de dientes, prendas íntimas o troncos de árboles e incluso residuos nucleares.
   Y abundando en tan complejo y ominoso maremagno y otras raras disquisiciones, hacer hincapié en que no se divisaba por ninguna parte la pálida y enamoradiza cara de la luna, a caso tuviese algo que ver con el amor del que habla la copla, ese toro enamorado de la luna, que abandona por la noche la maná...habiendo sido robada por el toro.
   Ni tampoco relucía lo más mínimo el azul del mar con los bríos acostumbrados, y no digamos los niveles de contaminación en las arteriales Corrientes del Golfo, que deberían haber estado debidamente marcados al milímetro por los doctores del tiempo para poner freno a tales cataclismos, pero erraron en las predicciones de cabo a rabo y nunca se sabrá si maliciosa o estrepitosamente, cobrando como cobran un pastón por la labor de profetas.
   No obstante habrá que reseñar que, aunque parezcan elevados los emolumentos, no lo sean tanto por la responsabilidad y el riesgo que entraña el exponer al mundo los veleidosos y pueriles juegos de las nubes, presentándolo como algo atado y bien atado, cuando es de sobra conocido que giran como veletas, y además llamando a cada cosa por su nombre, turbulencia, chirimiri, orvallo, calabobos, cúmulo limbos, huracán Katrina, Patricia o el fenómeno del Niño o La Niña llevándolos presurosos, cual palomas mensajeras, a la parrilla de los medios de comunicación, turoperadores, agencias de viaje o a cada hijo de vecino vía internet para planificar los viajes, siendo los ángeles del tiempo, huyendo de lo chapucero o del engreimiento personal, buscando el bienestar ciudadano a toda costa, anunciando con antelación la que nos espera, alertando de los peligros a fin de extender de la mejor manera posible la hoja de ruta por tierra, mar y aire.
   Hay que reconocer que se le complicaba por momentos la existencia a Asdrúbal, al no tenerlas todas consigo en cuanto a su objetivo, dado que ya de madrugada se destapó el día con cara de pocos amigos, reventándole los sueños y las fibras más íntimas según proseguía el viaje con el todoterreno, hasta el punto de que la madre naturaleza y el corazón del sistema interplanetario lloraban como magdalenas, porque les faltaba el espejo donde mirarse, la cara oculta y la visible de la luna, reguladora de hitos cósmicos, mareas, bajamar, pleamar o convulsiones telúricas, siendo preciso así mismo estar al corriente de las diferentes fases de la luna para no cortarse el pelo en luna nueva por el riesgo de contraer una galopante alopecia, o que se pierda de por vida el encendido alimento de los foros poéticos de luna llena.
   Por ende los cielos y la tierra y la vena de los creadores languidecían de tristura, rabia  e impotencia, sintiéndose como tetrapléjicos en silla de ruedas.
   Y no era para menos, pues la frialdad de los dirigentes mundiales había desterrado de su dulce y entrañable habitáculo a la luna con asesinas explosiones nucleares fulminando las fluorescencias lunares con la trascendencia que se les atribuye, que actuaba como faro en las costas, guiando al corazón de los hombres y el tráfico marítimo, alumbrando las faenas de pesca y los movimientos rotatorios en las noches del tiempo.
¡Ay madre del amor hermoso, qué pesadilla, cómo soportar las noches sin luna hasta el fin de los días! ¿quién podrá vivir sin ver al bombón de oro pintarse los labios en el espejo del mar, y peinarse los cabellos de larga melena lunera, solazándose en la piel marinera después?
   La gente, enzarzada en la tarea diaria, vivía ajena a todo, y entre tanto habían desaparecido de la noche a la mañana tanto la luna como el mar, a caso yéndose cual niños traviesos con el corazón partío, emulando a Romeo y Julieta cogidos de la mano al parque ante la atónita mirada de los próceres astrólogos del globo y de la NASA, curtidos como están en mil batallas astrales, y para más INRI sin haberse enterado el establishment, borrándose del mapa los ardientes misterios del firmamento, la música astral y los valses lunares a través de los desplazamientos interplanetarios por el espacio besándose entre sí, brotando celestiales acordes beethovenianos.
   Según avanzaba la jornada, al caer las sombras por los campos, se supo que había sucedido todo en una noche de verano por una avecilla que cantaba al albor.
   Fue sin duda una noche aciaga, desdichada a más no poder por los tejemanejes de los intereses creados, que eran los culpables de la destrucción del universo, generando los agujeros negros, remedando a personajes con ojos de alacrán y atravesadas cornamentas y mortífero armamento, oliendo a fétidas cenizas, que se ensañaron con la tierna y mítica Selene, llevándosela en volandas a través de las galaxias como el célebre rapto de Helena.
    Las investigaciones siguieron su curso, dándole la mayor difusión posible al macabro evento a través de los foros, habiendo pedido auxilio a todos los cuerpos de seguridad del mundo, y haber puesto en órbita un cron atómico, disfrazado de mensajería de Papá Noel volando por la cara oculta de la luna, entrando por la puerta de atrás como vulgarmente se dice para no alarmar al personal, y ni por ésas consiguió nadie una brizna de información fidedigna o algún chivatazo de algún asteroide arrepentido que alumbrase el túnel o pasadizo para llegar a las raíces de los ejecutores de tan salvaje magnicidio interplanetario.
   Y si para algo sirvió que Asdrúbal se asomase al mar en el caso que nos ocupa, hay que felicitarse por su proverbial idea, porque la denuncia nos ha puesto al corriente de la mayor conmoción que ha ocurrido nunca en el Cosmos, y a todo esto ¿qué ocurrirá sin ir más lejos en los cielos creadores de los poetas o del violinista en el tejado, los tétricos devaneos de Espronceda o los platónicos y melancólicos de Bécquer en el salón del ángulo oscuro o en el Monte de las ánimas sin luna, dormida en los renglones del pensamiento, así como tantos y tantos compañeros tertulianos que cada noche se asoman al balcón de Europa o del universo a pedirle un deseo, y al verla se inspiran y sueñan conquistas y urdimbres de las Mil y una noches con lunas a la carta?
   Porque sin luna no podremos alunizar en rama alguna, ni en encantadas aguas ni posarse en los pensares, y qué duro sería sobre todo por las noches sin ella, aunque sea roja, verde, negra o de fría plata. Sin ella la vida se apagaría, sin luna apaga y vámonos. ¿Y qué será de los hechizos, los flechazos? 
   El amor se desmayará como la flor rubeniana en un vaso, siendo arrojado al monte del olvido.   
   ¡Cuántas notas y sentires duermen olvidados (esperemos que no para siempre) en sus cuerdas luneras esperando, como Bécquer, una mano que sepa arrancarlos y darles vida!            

     





domingo, 18 de diciembre de 2016

Lucía se dio la vuelta





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    Lucía se dio la vuelta para conocer la luz de la otra cara de la luna, y escudriñar a través de los secretos lunares los avatares humanos, luces y sombras, cabos o golfos, agua dulce o agua salada, cicatrices o meandros cardíacos, empatías o el ADN que los conforman.
   Y se dio la vuelta sin titubear al no haberse sentido llena con la escritura de relatos, poemas, libros y un sinnúmero de encuentros, vuela plumas y líricas veladas emulando a los insignes bardos y escribanos de la antigüedad, y quería ir más allá, horadar la cámara oculta de la vida, bucear por entre las ramas de esos campos quinqué, vela o linterna en mano alumbrando el negativo con su potencial de luz, yendo con una ardorosa antorcha a la caza del ser humano a la luz del día, cual otro Diógenes, registrando en su cámara la esencia de los mortales, los prístinos balbuceos, el discurrir de los sentires por los más diversos caminos.
   A fin de llevar a cabo su labor, no paraba mientes en descolgarse por pintorescos andamiajes o envenenados parajes atravesando puentes o el caminito del rey, entrando en mazmorras o galerías, cruzando despeñaderos o Despeñaperros, tablazos o chiringuitos con cangrejos, tablaos culturales o lóbregos refugios desempolvando la LUZ dormida en los cuerpos y objetos con su innato talento y tino, masticando a dos carrillos acariciados chicles de tierna simpatía, ingeniando cochuras, divinos fogonazos, digitales costuras, claroscuros o encendidas perspectivas con Photoshop y PhotoPad, bajando o subiendo por miradores benditos, reservadas calitas o laberínticas cuevas con incalculables tesoros.
   Para quilatar las quintaesencias que perseguía, viajaba sin descanso por allende los mares o montañas del sur o del norte, Canarias, Baleares, la Toscana y un sinfín de lugares, familiarizándose con los colores, con cada palmo del terreno que pisaba, con los caldos y condimentos, visitando cámara en ristre florecientes museos, clásicas esculturas, pinturas renacentistas y pueblos medievales captando al vuelo furtivas miradas, suspiros, sueños, lunares o vibrantes latires, haciendo casitas de papel o castillos de arena con el corazón partío a la vera del mar y la miel en los labios, esparciendo posteriormente el polen de sus beldades, proyecciones y vivencias fotográficas a manos llenas.
   Y si precisaba algún nuevo sostén para su álbum, volaba como paloma mensajera a la siguiente semana a donde hiciera falta, Venecia, Bilbao o a los escenarios de los premios Príncipe de Asturias.
   Y regresando de nuevo al terruño visitaba Frigi, la Axarquía, el Acebuchal o Periana disparando a tiro hecho sin cesar, emprendiéndola después, todo alma y corazón, con el certamen poético de la Barriada de las Protegidas, y descendía a renglón seguido a nado por las frescas aguas del río Chíllar desembocando en ardientes y alegres odiseas, en Aventuras del vivir, disfrutar y Escribir, y como broche de ensueño a tan dilatado currículo el proverbial aterrizaje en las lumínicas pistas de la fotografía, generando multicolores e ilusionantes géiseres y exuberantes pámpanos de auroras boreales.
   No cabe duda de que sería una pena que desapareciese de la faz de la Tierra su estela dejándonos huérfanos, sin nada que echarnos a la boca, privándonos de sus ricos bordados y cielo, atributos y dones, por lo que habría que pedirle con mucho tiento y cariño que amamante la idea de obsequiarnos con descendencia, dando por sentado que si acepta brotarán ipso facto de su vientre niñ@s a la carta.
   Y si para tan altruista recompensa se precisa algún exótico elixir de lugares lejanos, p. e. de Las islas Vírgenes, pues tráigase, y si aun así hubiera que echar mano de algún otro remedio, nada mejor que poner a su servicio el sofá capuchino (con orificio de coronilla) de la emperatriz Josefina, esposa de Napoleón, para la toma de íntimos vapores de fertilización, que hace milagros.
   Tampoco sería en ningún caso una felonía el hecho de que alguien en su legítimo derecho de celibato le tirase los tejos a tan celebrada dama, ofreciéndose para llevarla al altar, aunque como respuesta hará suyas las palabras del romance de Abenámar cuando el rey dice, "Si tú quisieses, Granada/, contigo me casaría/; daréte en arras y dote/ a Córdoba y a Sevilla/.  

-Casada soy, rey don Juan/, casada soy, que no viuda/; el moro que a mí me tiene/ muy grande bien me quería/...
   Por consiguiente, visto el fastuoso universo de seducción artística y amor creativo que hierve en sus venas, qué menos que exigir al Consistorio nerjeño la concesión de una beca vitalicia a Lucía, al objeto de que investigue con sus lumínicas herramientas y clarividencia las herrumbres del corazón y las tinieblas del ser humano hasta sus últimas consecuencias, a fin de acabar con el adocenamiento, el tedio y las espurias migrañas.                                



domingo, 4 de diciembre de 2016

Encantamiento o flechazo



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Como si fuese tocando la flauta por el camino radiante de alegría, así salía de su refugio Fulgencio aquella prometedora y despejada mañana rumbo a tierras norteñas con imperiosos deseos de inhalar frescos y risueños céfiros, así como toparse con los más saludables y felices hallazgos.
   Sonaba el despertador más temprano que de costumbre, y saltando como un gamo de la cama se dispuso a acicalarse raudo, el tiempo es oro, pensaba, deteniéndose en las arruguillas que le señalaban las inexorables secuelas del tiempo, y con las neuronas puestas en el GPS, que le indicaría con todo lujo de detalles los itinerarios y hojas vivas o muertas que arrastrase el viento por los caminos.
   No obstante ignoraba Fulgencio el grueso de la agenda, horarios, rostros del grupo, menús y otras minucias que le aguardaban durante una semana un tanto loca, que trataba de aglutinar entre pecho y espalda, acuñándolo interiormente con los mejores vaticinios, como algo fuera de lo común y digno de vivirse esperanzado en romper moldes, olvidando la servidumbre horaria de las mañanas confeccionada con tintes imperativos entre la obligación y lo políticamente correcto.
   No levantó apenas la cabeza o la mirada para hurgar en los desconchones o subterfugios que se ubicaban en sus interioridades, al no tener nada claro la contienda, dado que las primicias y parafernalia del viaje le provocaban no poco hipo e incertidumbre, dado que de entrada no le granjeaba buenas expectativas, si bien se alejaría por unos jornadas del monótono ambiente del barrio, de los cotidianos roces en el trabajo o al tomar un tentempié en el bar de la esquina, donde afluía la turbulenta concurrencia soliendo desembuchar las heridas, artritis, enamoramientos momentáneos, negras vigilias, bronceado de piel o broncas existenciales, como si estuviera purgándose en un balneario o en la consulta del sicólogo o gurú, recibiendo las sabias enseñanzas de don Juan.
   Por la mañana todo iba viento en popa, volando entre ilusiones y ensoñaciones, concatenándose devaneos y reminiscencias entre sí, como si emulase a Cristóbal Colón o a Marco Polo descubriendo otros continentes, ancha es Castilla, pensaba, y por allí circulaba precisamente, pateando tierras sin descanso, peleando con denuedo contra las adversidades puntuales, o alimentándose con galácticas fantasías, soñando que llevaba incrustado en el cerebro un chip de la NASA con las programaciones de los viajes interplanetarios de fin de semana o de luna de miel de enamorados, vamos, que por pedir, cualquier cosa.
   La imaginación se desbordaba a raudales tejiendo ricas urdimbres como el cuento de la lechera.
   Y puestos a elucubrar, para qué quedarse en la superficie, a ras de tierra, y no bucear en la hechura de las cosas, o quizá sea mejor volar y volar como las aves por las alturas campo a través atravesando sierras, cordilleras o mares, emigrando a donde el viento te lleve o encuentres una mirada dulce o vivificante primavera con tierras vírgenes al menos, y de esa guisa limpiarse las legañas y el deterioro cansino inoculado en las entrañas durante años, y acaso haciendo de su capa un sayo, vivir opíparamente, aunque sea clandestinamente, en la exuberante caverna de los pensares.
   Durante el viaje iría abriéndose un abanico de proyectos y visitas, como ríos de corrientes multiculturales, gustos opcionales, museos, prestigiosas bodeguitas del lugar con los taninos bien armados y enmadrados, quitando las penas al más obtuso o puritano de la expedición.
   Al día siguiente de tomar tierra en el lugar de destino, Fulgencio se sentía un tanto desnortado por tanta movilidad y lo novedoso de los terrenos que pisaba, cruzándose con caras desconocidas y personajes del más pintoresco y diverso linaje, cada cual de su padre y de su madre, y no las tenía todas consigo.
   Avanzaba silencioso, algo reflexivo, pero exhalando buenos modales y lo mejor de sí mismo. Y con el paso de los primeros días, ya próximo al medio día, cuando la chimenea del hotel de turismo rural iba calentando motores y ambiente, los corazones de los presentes se estaban animando y arrimando, formando corros, bebiendo y brindando por la felicidad, por un venturoso viaje y que todo saliese bien.
   Y se iban superponiendo uno tras otro los momentos, los suspiros, los encuentros y entradas a monumentos, las bajadas y subidas al bus, enterrando la dura monotonía que rige el calendario laboral en el trajín diario, donde ni una ciática o el dolor más hiriente del mundo puede frenar la laboriosa maquinaria del trabajador, arrastrándose si preciso fuera hasta la fábrica u oficina tomando para ello lo que no hay en los escritos, tabletas o pastillas o exóticos elixires para respirar, sonreír, seducir a los jefes o robar besos o para el mal de ojo, que de todo hay... y así llegar sano y salvo al tortura diaria, donde se cuece el pan de la vida, el salario mínimo interprofesional, que permite pasar hambres y tirar para adelante como la conocida consigna, camina o revienta.
   No era Fulgencio hombre de muchas alegrías en sus carnes, ni había recibido generosos regalos de los Reyes Magos o felices aventuras o parabienes, como ser agraciado con el gordo de Navidad, de la loto o le cayese alguna breva del cielo, sino todo lo contrario. Era el patito feo de la grey, lamentándose de la poca fortuna a la hora del reparto de la tarta.
   Sin embargo, aquellos vaivenes un tanto turbadores o destartalados del bus por la carretera rociaba sus sentires, sobre todo cuando el conductor jugueteaba con la concurrencia apartando las manos del volante, yendo casi dando bandazos, lo que no aturdía a nadie y se prestaba a que se relajase el personal en parte, pese a todo, logrando unos aires distendidos, joviales, de verdadera fiesta, poniéndose harto cachondos todos, zalameros, mientras el chófer ensartaba chascarrillos y dichos ingeniosos poniendo cedés con un variado repertorio de afamados humoristas, lo que  iba fomentando la sintonía y el gracejo entre los grupillos y de esa guisa la gentecilla se iba soltando el pelo, disipando la timidez, no parando mientes en saltarse a la torera ciertas reglas de cortesía o roles echando por la calle de en medio sin guardar las composturas.
   Pero he aquí que un corazón a lo mejor solitario (?) se fue abriendo paso en su vida como un rojo clavel temprano a los primeros rayos del sol dando pie a que Cupido lanzase la flecha a la pastora, que con su dulce caramillo y conversación lo deleitaba contando primores, peripecias, sensaciones o discurriendo por los más tiernos y encendidos cauces vitales rompiendo el hielo.
   Sabido es que a veces el hielo se derrite causando estragos en las campiñas y poblados, o anega cerebros sensibles y enamoradizos llegando a ocurrir cosas mayores, siendo abducidos o embriagados a machamartillo por ardientes corrientes produciendo a la postre el flechazo, siendo acariciada y reverenciada su persona a manos llenas y sin reparo a la luz del día, recibiendo toda clase de bocados, mensajes, masajes y tocino de cielo.
   Y así iban cayendo vertiginosas las hojas del almanaque durante el viaje, mientras los efluvios y dirección de la veleta impelida por los alisios o la tramontana o acaso viento de poniente hacen a veces barbaridades, acaeciendo entonces una especie de cataclismo repentino, inesperado, enturbiándolo todo, y las corrientes cristalinas que manaban en los más límpidos veneros se tornaron de súbito y sin fundamento negras, irrespirables, como inundadas de famélicos cocodrilos y envenenadas serpientes contra Fulgencio, y apareció la incongruencia más extraña que imaginarse pueda, sucediendo el macabro corte de ósmosis entre sí sin ton ni son, como no fuese por un brusco e inexplicable quite bipolar, generándose un odio a muerte en su contra.
   Y como no hay mal que cien años dure, así tampoco la encendida rosa sobrevivió al crepúsculo.
Ya lo dijo el poeta: ¡No le toques ya más/ que así es la rosa!