martes, 16 de agosto de 2011

A cenicienta se le va a caer la ropa







Leonor lucía sus mejores galas en las fiestas del barrio o peñas culturales por las que transitaba; y allí era donde sacaba pecho y lo mejor de sí misma, repartiendo sonrisas y parabienes con entusiasmo, yendo y viniendo con dosis evanescentes por el ambiente variopinto, variando el repertorio según la dirección del viento.
En las tardes veraniegas del lento agosto salía con la fresca a los campos más cercanos a oxigenarse, distraerse y aliviar los turbios humores o perfidias, si las hubiere, pues pese a todo ostentaba en la familia la etiqueta de cenicienta y la duda de que la hada madrina le favoreciese, porfiando con unos y otros sobre quién resultaría ser más fuerte a la hora de la verdad, empecinada en sus silogismos tan sutiles, o quién atesoraba una mayor contundencia viril u hormonal. Las cosas se iban sucediendo en un continuo fluir de engranajes y desvaídas cataratas, destilando llamativos modales mediante una idiosincrasia muy propia, que doblegaba al más pintado o rebelde.
El teatro no le era ajeno, hasta el punto de haber colaborado en breves apariciones o cameos, como acontece con insignes personajes del mundo artístico, y en verdad no se le daba mal, dominando las tablas con aplomo y precisión, pero la función no la finalizaba en el escenario al bajar el telón, sino que la prolongaba en la alfombra roja del día a día, era el espejo donde se plasmaban sus pensares o pesares, y a cada paso que daba se posicionaba en su tesis napoleónica, o montaba toda una pieza teatral a su medida a la intemperie en un periquete, utilizando selectos trucos de demiurgo, insertándolo todo en las páginas en blanco de la convivencia, y reflejando a la postre lo opuesto a lo que había apuntado en la trastienda del guión, en sus entrañas, pero que a ojos del auditorio relucía con nitidez su imagen de persona emprendedora y brillante, brillando con luz propia, haciéndose acreedora de suntuosos halagos y excelsas virtudes, revistiéndola de desbordantes sentimientos de tolerancia y comprensión la mar de exquisitas.
En su quehacer rutinario, sin quererlo o a sabiendas, interpretaba mil versiones de la misma canción, dado su carácter versátil y polivalente, no dando nada por perdido de antemano, o relataba mil y un cuentos a la luz de la luna, o sacaba a la palestra pasajes de célebres comedias y tragedias clásicas, pero hurgando en entresijos banales y a veces procaces, o se preocupaba por el paso del tiempo, filosofando sobre la eternidad del instante o por qué mueren los ríos en el mar y nacen en las cumbres, de modo que a nadie disgustaban los exabruptos o desplantes que exhibía, generando una concordia entreverada con aires inconsistentes, que surtían un efecto embriagador por frescos y espontáneos, de suerte que al analizarlos los presentes así de pronto lo daban por bueno, influidos por el ropaje del envoltorio, aunque no rezumara ni una brizna de sustancia, y el contraste de esdrújulos y agudos acompañados de su gestualidad y aparente grandilocuencia hacían el resto.
Sin embargo era en ese punto donde exprimía el mejor jugo, estrujando limones u otros cítricos de la huerta que cultivaba internamente, o cocinando croquetas de flacos pensamientos servidos en envidiables vajillas, de forma que fascinaba a los comensales de turno mordiendo, hambrientos como estaban, con fruición los exóticos parlamentos que propalaba, desprovistos de atisbos cognitivos; o recitaba célebres sentencias con recetas o raciocinios preñados de montaraces provocaciones utilizando las herramientas más idóneas para sortear los escollos, o se entretenía en hacerse tirabuzones o altaneros moños discurriendo por enrevesados vericuetos.
A veces tonteaba con ciudades literarias –Macondo, Comala, Santamaría- o reminiscencias librescas sobre autores antiguos o modernos, aunque con la argucia de tergiversar las intenciones del creador, nadando contracorriente por turbulentas aguas, no exentas de elucubraciones fantasiosas. Lo ejecutaba con la divisa de pitonisa romana, que lo mismo servía para un roto que para un descosido, al quedarse flotando en la superficie del concepto, sin tocar fondo.
Así un buen día, como si se hubiese empapado a propósito del poema lorquiano, La casada infiel, a pesar de que detestaba ciertas razas –pues tricotaba con blanca lana los guantes de invierno-, fue sorprendida a quemarropa con un obsequio jamás soñado, un canastillo de cañavera –enseres que le chiflaban-, con unos ardientes higos chumbos dentro, trenzado con el duende y la magia de manos gitanas, abordándola por el camino, en un alarde un tanto presuntuoso pero legítimo, impulsado quizá por el espíritu de los ancestros, al surcar por entre sus sienes tales sensaciones, como la historia del regalo del costurero camino del río, y de esa manera robustecer la leyenda de la raza, y proclamar al mundo la nobleza e hidalguía gitanas, no traspasando las fronteras establecidas, lejos de los desfiladeros de la lujuria,
Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
La regalé un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme…

Entre tanto Leonor deambulaba con petulancia de patricia romana, hechizada por el regalo del canastillo, sintiéndose cortejada y protagonista por la súbita conquista por aquellas agrestes campiñas mediante sus sensuales e inteligentes armas.
Los programas de la tele, manantial inagotable de emanaciones estelares, que proliferan por doquier, le suministraban los nutrientes pertinentes para levantar el vuelo y picotear en los ansiados frutos, merced a la ferviente delectación nocturna de tan sublimes empresas, en donde ilustres personajillos, con melena o calvos, luchan a sangre y fuego por labrarse un porvenir, el más encumbrado posible, emulando peripecias o ínclitas epopeyas, raptos de elenas, veleidades de penélopes, intrigas mitológicas, incansables viajes de apuestos ulises o gulliveres, gestas de sansones interviniendo en los reality shows de supervivientes u otros similares, cada uno de su madre y de su padre, haciendo de su capa un sayo en islas perdidas por los mares del sur o del norte, enfrentándose en una sucia pelea por la subsistencia, como parodia del destierro del paraíso terrenal por su testarudez o mala uva, debiendo ganarse el sustento con el sudor de su frente, cazando o pescando chismes en aquellos infranqueables parajes. Tales lugares son presentados a los telespectadores como misteriosos y perdidos en la vía láctea, pero elegidos a conciencia por egregios cerebros, previo meticuloso y detallado estudio del share de oro del que va a disfrutar, con idea de hacer su agosto, extrayendo la máxima rentabilidad, y allí, con sus respectivas máscaras, cada cual juega el papel que se le ha asignado en el minúsculo teatrillo que asoma por la pantalla, donde se fragua o fomenta la gresca, la idiotez, lo esperpéntico, lo rijoso, lo chocante, lo insulso, a través de íntimas puñaladas, zancadillas, besos escandalosos, heridos abrazos, odios, rumores de órdago, manejando a su antojo todos los hilos los jerifaltes. Escenifican auténticas batallas campales remedando los espectáculos romanos entre las fieras y los gladiadores en los anfiteatros –pan y circo-.
Y es precisamente en esos escenarios tan cuidados y selectos donde se amasan las trazas de la tramoya de Leonor, muy circunspecta y orgullosa de sí misma, al engullir con voracidad los dislates de los concursantes, consiguiendo gran acopio de material para satisfacer las inquietudes más trascendentales, que en noches de ociosa desventura o en futuras actuaciones llevará a la práctica, configurando todo un universo displicente e inane en el entorno íntimo de la pareja, acorde con los detritus que poco a poco se han ido sedimentando en las capas cerebrales, formando la estructura de su trauma mental.
Por ende el canastillo de cañavera, en su caso, con frescos higos chumbos, podría servir de sustento para la supervivencia de quien, a falta de pan tierno y sentido común, se enrede en trapisondas baldías o descarnadas de la vida, con lúbricas ensoñaciones que probablemente coadyuven a que a cenicienta se le vaya a caer la ropa.



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