domingo, 9 de octubre de 2011

Escritura en acción en el acueducto sexitano


El acueducto
Una lluvia fina rompía la timidez del perro, asombrado ante el excelso acueducto, que se alzaba majestuoso como la copa de un pino, encontrándose ansioso por transportar cuanto antes agua fresca desde la montaña, abreviando el camino que debía recorrer el acequiaje, evitando las molestias al no tener que descolgarse por la hondonada del valle.

Vuelo
En un vuelo se coló el resplandor del espejo por entre el camastro de los ancestros, que olía a muerte reciente, como secuela de los sufrimientos de su dura vida, que de continuo iban y venían en el recuerdo chocando contra las obtusas ruedas del carro, que se guardaba en la puerta del cortijo, en pleno campo, representando como el que no hace la cosa un misterioso papel en aquel escenario, de forma que intrigaba en exceso a los eventuales visitantes de aquellos parajes.

La buganvilla
Los nueve bomberos aún permanecían en el retén, atenazados por la ignorancia y la ansiedad que le producían las extrañas piedras envueltas en fuego candente que caían en súbita cascada por la acción repentina del terremoto. Se oía a lo lejos un susurro provocado por los amperios de la casa colindante, que de manera inexplicable habían reventado los cables por donde circulaban, quedándose todos a oscuras, y sin poder otear a través de las buganvillas, que indiscretas se elevaban en demasía en el ángulo de visión, las malignas intenciones del zorro, que aguardaba -la ocasión la pintan calva- armado de sus mejores garras, conjeturándose la sagacidad de que estaba dotado para poner en práctica sus peligrosísimas argucias.

Ingratitud
En el horizonte flotaba una atmósfera corrompida, fatua, toda impregnada de mierda, lo que dificultaba sobremanera columbrar la belleza del acueducto romano de Sexi, que se erguía solemne y desafiante, cual floreciente capullo en la plenitud de la primavera, en mitad de la colina, ajeno al paso del tiempo, la erosión y las distintas civilizaciones que lo habían contemplado.
No obstante exhalaba furioso cierta ingratitud por la ausencia del calor de artistas y músicos y escritores y pintores y arquitectos, que se solazasen en sus tiernas faldas, inspirándose o tal vez maldiciendo los ínclitos veneros que tanto tiempo lo han decorado sonrientes, y sin que nunca se hayan rebelado contra el hecho de tener que bajar la cerviz, como agua putrefacta de cloacas o de desguace industrial, obligándola a circular contra viento y marea por sus vetustas fauces, siendo como era agua pura y potable, transparente y cristalina.

Soledad
En la trastienda se mascaba la tragedia, un barrunto de negros vómitos, que conducían a una nociva anorexia, y de un modo extraño, y sin saber cómo, se hallaba abrazado a la ambivalente luz que entraba por la ventana, desnortado, y se devanaba los sesos en mil dudas arrastrado por la inmisericorde soledad, que ni con las acometidas y las patadas de los chillones zapatos conseguía enderezar el entuerto, ni avanzaba apenas con los puñetazos llenos de rabia que propinaba a todos aquellos espantajos que le sobrevolaban en bandadas por la mente, no logrando levantar cabeza.

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