
En las gélidas noches de invierno Nico, nutrido con los cuentos y
decires de los mayores tras el fuego de la chimenea, deambulaba por los
senderos de la fantasía, rumiando que alguna vez se acordara alguien de él, y
recostado en esa idea vino a caer en la cuenta de que los prodigios existen, y
de esa guisa acariciaba la ilusión de que los todopoderosos Reyes Magos le
trajesen algún regalo, pues carecía de medios para saciar las más elementales
pretensiones.
Mas no las tenía todas consigo, y sus afanes se desvanecían por momentos
ante las embestidas de la abundante nevada que se cernía sobre aquellos lares,
en el breve recinto donde vivía, una aldea formada por un puñado de vecinos,
sin apenas luz eléctrica ni medios de comunicación y transporte, como no fuera el
riachuelo que servía de carretera en época de sequía, cuando el estío extendía
los tentáculos y campaba a sus anchas por la accidentada y árida zona.
Aquel invierno quería Nico romper moldes, hacer una excepción en la hoja
de ruta, en su vida rutinaria, procurándose algún acicate que le infundiese
valor, empuñando el timón de sus días, de suerte que le impulsara a soñar con
ciertas dádivas que su ardoroso corazón le dictaba, dentro de la situación
económica por la que transitaba, postulando un ósculo, un respiro, un bocado de
cielo bajo el cielo gris que lo cubría.
Y habiéndose dejado llevar por forjados corceles por las insondables estelas
de las elucubraciones, se dispuso a llevar a la práctica el ideado esbozo,
enviar una misiva a sus Majestades, tan generosas siempre, pero he aquí que de repente
todo el gozo en un pozo, y, como a
traición, una densa y blanca carpa se fue instalando con premura en aquellos
pagos, echando por tierra todo el fuego encendido para la ocasión, percibiendo
cómo a todas las ensoñaciones y augurios más genuinos se les hundía el andamiaje
que los sostenía.
Nevaba sin entrañas noche y día, y la aldea crepitaba como una hoguera, trenzando
una especie de danza del vientre macabra, quedando si cabe más incomunicada por
tierra, mar y aire, no pudiendo durante el período invernal levantar cabeza, ni
hacer llegar el soñado mensaje epistolar a su destino, bien, a través del correo
postal de toda la vida en infatigable diligencia, o bien, si por un casual, se
topase en el camino con el moderno sistema de Internet, vía e-mail.
Nico caía una vez más noqueado en el ring de sus esperanzas, K.O.,
tirado en la lona de la impotencia por mor de la turba de copitos de nieve que
se daban cita en aquel invierno anegando los compartimentos, todos los recintos
y medios a su alcance, dejándolo atado de pies y manos, sembrando el desaliento
en los campos poblados de frutales y en su jardín más íntimo, marchitando los
pensamientos tempranos y las brillantes flores que sonreían en sus sienes y que
tan felices se las prometían en fechas tan especiales, confiado en ser
agasajado con una bici de montaña, que le allanase los escollos del camino, y por
la que suspiraba a fin de desplazarse a la escuela, que se hallaba a una hora
de camino.
En los días en que se colaban por las rendijas del horizonte algunos fluctuantes
y osados rayos solares, aprovechando un descuido del fiero temporal o acaso un descanso, al echar un cigarrillo,
(porque en todos los trabajos se fumaba, sic…), entonces él veía el cielo
abierto, y exclamaba con todas sus fuerzas y loco de contento, como un niño con
zapatos nuevos, ¡oh, qué dicha si me arrancase la espinita tan grande clavada
en mi vida!, toda vez que no entendía que, pese a esforzarse al máximo,
poniendo todo de su parte, los elementos de la naturaleza le fuesen tan
esquivos.
Y en las horas cuerdas de las largas y lentas noches invernales, se
interrogaba sobre las excelencias del refranero, que dice altanero, “año de
nieves, año de bienes”, qué sarcasmo, mascullaba entre dientes, ya que la
cosecha no podía ser más cicatera, quedando, como Tántalo, a la luna de
Valencia, sin el resorte acuñado en sus noches más nítidas y soleadas, acariciando
el consuelo de hacer más liviano el cotidiano calvario de la asistencia al
centro escolar.
Y fustigado por las inclemencias del tiempo y la mordedura de un can
asilvestrado por la desidia del dueño, respiraba, en estrecha comunión con el
vecindario, el mismo aire que los sufridos campesinos de la tierra, azotados
por el vendaval de nieve y granizo, al ver pasar de largo el rico maná de sus frutos
y anhelos, siendo arrastrados al ciego pozo del olvido.
Y musitaba Nico para sus adentros,
¡qué necios son los humanos, que ingenian dichos y sabios proverbios que
prevarican, que practican el nepotismo y el tráfico de influencias, avasallando
a los más débiles en sus procederes con su privilegiado poder climatológico,
obviando con las necedades lingüísticas las necesidades vitales más perentorias
de las criaturas, de suerte que si de Nico dependiese, pondría los puntos sobre
las –íes al frío, indolente y dogmático refranero, metiéndolo en cintura, invadiendo
pérfidas fábricas de nieve, microclimas corruptos, terrarios selectos o acaso
insulsos, e impedir que la voluble e intocable casta de la climatología haga lo
que le venga en gana con los súbditos e indefensos proletarios del planeta, haciendo
de su capa de nieve un sayo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario