
Le apretaba el zapato en ese punto más de la
cuenta, quejándose en silencio de la mala fortuna en los bailes de las fiestas
del pueblo. No sabía cómo ni por qué, pero raro era que la muchacha por la que
suspiraba estuviese a tiro y en cambio siempre bailando con alguien cuando
llegaba al baile.
Se mordía las sensaciones,
los labios, y se pellizcaba en las partes más sensibles a fin de sosegarse y
digerir lo mejor posible aquellos brotes nocivos, el amargo cáliz, procurando
conformarse con la suerte hasta que la situación le sonriese y mudaba el ánimo
bailando con otra, y mataba así el gusanillo que le corroía, apagando los encendidos
fragores de la batalla de amor en la que se sentía inmerso.
Cuando él iba
bailando con otra, clavaba la mirada en la figura amada, en el encendido oleaje
de la que le quitaba el sueño. A causa del enamoramiento las fiestas patronales
se le convertían en un calvario, en una semana de pasión, al tener que bailar
con la cruz a cuestas, llevando los brazos y la cintura de la otra a disgusto,
como un cristo con el pesado madero, además de las espinas de envidia que recibía
desde la otra orilla de la pista de su auténtico querer. ¡Cuántos dolorosos rosarios
de penitencia y promesas a la patrona, la Virgen de la Aurora, cada año para
que no le volviese a ocurrir lo mismo de nuevo!
Aquella muchacha, por
la que bebía los vientos, se hacía la interesante, dándose aires de diva del séptimo
arte, observándolo inquisidora, como si tal cosa, con ojos ajenos y
perturbadores, y él se interrogaba aturdido por qué lo sometería a tanta
tortura, no asimilando su displicente comportamiento.
Él seguía en sus
trece, insistiendo en la ventana de sus labios, y urdía sotto voce alguna
trapisonda u oportuno contratiempo en el camino que la despertara del letargo
tan obsesivo en que se encontraba sumergida.
Con el paso del
tiempo fue madurando la fruta, la idea de mejorar la imagen, su look, y se
decidió a acudir a un afamado cirujano plástico para enterrar de una maldita
vez el complejo de la nariz, que tantos
problemas le ocasionaba, la visión de ave rapaz, y asimismo los labios,
especialmente el superior, viajando expresamente a Nueva York, y consiguiendo, al
cabo de unos meses, que diera sus frutos, quedando el rostro como el de un actor
de Hollywood, un Robert Redfort en la mocedad, prometiéndoselas muy felices
aquel año.
Durante un tiempo, estuvo
practicando todos los sones y bailes de moda yendo a una academia, adquiriendo
una insólita destreza en los pasos y en el voluptuoso movimiento del cuerpo,
ligando a la perfección las cadencias y los compases, mostrando una tentadora
habilidad en los desplazamientos, capaz de seducir a la más recalcitrante o huraña,
y se miraba al espejo autocomplaciente, orgulloso de su nueva y fresca efigie, tarareando,
gozoso, estribillos de ardientes melodías, y contando nervioso en el frio almanaque
los días que faltaban para el celebrado evento, las fiestas del pueblo,
pensando en que ese año recolectaría una exuberante cosecha, que la dulcinea de
sus sueños no le iba a defraudar.
Estuvo calibrando minuciosamente
los pros y los contras y los pormenores de los festejos, buscando un traje
estilo italiano, acaso remedando los primerizos hervores de los amantes de
Verona, desenfadado, sensual, atractivo, que resaltara sus partes y elevase
conjuntamente la moral en los espacios cortos, sobresaliendo como un torero
ante el toro rociando de sangre la taleguilla, dándose de vez en cuando algún suave
toque en el miembro para reubicarlo, y así, de esa guisa, aguardaba anhelante
el chupinazo de arranque de fiestas.
En esas variopintas
ensoñaciones andaba el galán, cuando la víspera de autos el cielo se enrareció,
como retorciéndose las tripas, asomando unos encrespados y virulentos
nubarrones que empezaron a vomitar fuego, agua por un tubo, lloviendo con tal
furia que los bancales, balates y torrenteras volaban como mariposas de papel,
ahogándose el entorno, llevándose el agua por delante todo cuanto hallaba a su
paso, siendo decretado un riguroso luto local, suspendiéndose todos los actos conmemorativos
de la patrona, por el inesperado desastre que anegó caminos, carreteras, locales
y viviendas, e incluso se rumoreaba que algún vecino había sido arrastrado por
las crecidas, ignorándose el paradero, y flotaba en el ambiente que al parecer
era una joven pareja que había salido al campo al atardecer, y después de no
pocas conjeturas y especulaciones sin cuento, en un desconcierto pasmoso, de estos
que se forman en un revuelo cuando acaece algo de repente, un tornado o una sacudida
repentina, en que acuden presto los cuerpos de seguridad del estado, policía y
guardia civil, y después de unas rápidas y sólidas pesquisas sobre el terreno, resultó
ser la moza por la que moría de amor.
Entonces, una vez desentrañado
el desgraciado suceso, se le truncó el proyecto y aprisa y corriendo se agenció
un impecable traje para las exequias, yendo de rigurosa etiqueta negra, como no
podía ser de otra manera, farfullando sorprendido y emocionado palabras
ininteligibles, como si fuese el novio de la extinta, ejecutando las honras
fúnebres.
Todo fue el sueño de
aquella noche de verano…
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