
Leandro se pasaba
las noches en vela dándole vueltas al proverbio, "obras son amores y no
buenas razones", a cuento de darle sentido a su vida conquistando a
Clotilde, muchacha casadera y de buen ver con unos marjalillos de árboles
frutales en la villa.
Leandro no hacía
mucho que había enviudado de sus primeras nupcias, y quería rehacer su vida matando
la soledad que le embargaba en los crudos días de invierno, amén de buscarle
protección y cobijo a los dos retoños que había engendrado.
Pero no las tenía
todas consigo, tanto por parte de ella, que era muy cauta y quisquillosa, como
por él mismo, que de la noche a la mañana le había brotado un raro bulto harto
desagradable en el labio superior tan voluminoso
que no podía juntar los labios para comer o saludar a otra persona dándole un
beso.
Tanto es así que se
pasó una larga temporada visitando a los mejores especialistas del ramo gastándose
todos los ahorrillos, teniendo que pedir préstamos al banco e incluso al
usurero del pueblo, y cansado de tan engorroso trajín con las idas y
venidas, no pudo aguantar más,
y tomó la decisión ya amasada en su psique de declararse a Clotilde, que venía
de vuelta con un novio que la abandonó ante el altar con todos los familiares y
amigos acompañándola en la ceremonia, habiendo tomado la decisión de desentenderse
de cualquier tipo de vínculo o ataduras que se le pusiesen por delante, y no le
hizo ningún caso.
Un día, coincidieron
en la fiesta de unos amigos comunes, y Leandro, algo encendido y lanzado se
tiró al ruedo de la pista suplicándole un baile, a lo que ella se negó turbada alegando
que tenía fiebre.
Leandro, contrariado
se sentó al lado de una amiga suya, y empezó a tirarle los tejos sacándola luego
a bailar con suma ternura, lo que apaciguó la fiebre de Cloti pero se le
dispararon los celos. Al cabo de un tiempo, después de tomar varios güisquis volvió
Leandro a hablar con CLoti para invitarla al baile, accediendo con un fuerte
temblor de piernas que no podía mantenerse en pie hasta que cayó rodando por la
pista abrazándose Leandro a ella, y allí estuvieron abrazados hasta que la
orquesta interpretó la última canción de Sabina, " Fue en un pueblo con
mar,... y nos dieron las diez y las once, las doce y la una, las dos y
las tres"...
Por su fruto lo
conoceréis...
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