domingo, 23 de mayo de 2010

La chicharra



Jerónimo comenzó a trabajar con los dientes de leche con un desparpajo y un amor al trabajo digno de encomio. Se puede afirmar que echó los dientes ayudando al padre en sus quehaceres. No sabía cuando era lunes o viernes. El desfile de los días se reducía a uno solo. Siempre con las botas puestas. Así toda una vida. Las vacaciones de rigor o la tapa en el bar con la cañita no llamaban a su puerta. Era una auténtica hormiguita atesorando unos remanentes para la vejez, para un futuro incierto, libre de zozobras y sobresaltos.
En la familia no se conocía nada más que el trabajo, no había tiempo para encender un cigarro, eso lo dejaban para otra gente que tuviese a bien dedicarse a vivir la vida, a vivir como cigarras en el campo disfrutando del aire libre al amanecer y los aromas campestres riendo, bailando y cantando después de opíparas orgías, saciando de paso la lubricidad de sus apetitos.
Jerónimo no tuvo tiempo de mearse en su rutina, de mirarse al espejo. El pelo le crecía sin control cubriendo las arrugas del día a día. Los hijos crecieron en sus raíces pero echaron por la calle de en medio contraviniendo su voluntad, yendo cada uno a su antojo por los vericuetos que vislumbraban más a su gusto haciendo de su capa un sayo. Desde los primeros balbuceos bailaban en la abundancia gracias a la hormiguita del padre viviendo una vida alegre, caprichosa, disfrutando a tope de los placeres más selectos.
Los hijos no comulgaban con la teoría de la hormiga, preferían sacar pecho y el máximo provecho a lo que tenían a su alcance y conformarse con ello. Desde luego que la avaricia no les rompía el saco ni mucho menos, y vivían gozosos y sin preocuparse por el devenir del tiempo, por lo que disponían del tiempo suficiente para encender todos los cigarrillos del mundo. La agenda la tenían cubierta de lunes a domingo, no siendo devorados nunca por el hastío o la incongruente monotonía porque el canto per se lo llevaban sin darse una tregua en su corazón.
Si se aplicase el aforismo, de tal palo tal astilla, a buen seguro que la hormiguita hubiera ahuyentado de buena gana y con todas las armas a su alcance a las chicharras que se enquistaron en las faldas de su montaña lanzándolas por otras majadas y oteros bien lejos de sus lares.
En las isobaras del mapa de la existencia, como seres libres, se puede elegir entre un extremo u otro, o seguir la teoría aristotélica instalándose en los parámetros de la cordura sin caer a ciegas en los precipicios del abismo, navegando por diferentes meandros guiados si se quiere por una excelente brújula, por el prisma del término medio de la sensatez.

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