jueves, 30 de junio de 2011

Fresco de vocablos


1. Era el aperitivo esencial de los lunes, que le servía para cicratizar las últimas heridas, y aunque lo que tomaba a lo mejor no era tan exquisito o bueno para su salud, sin embargo le ayudaba a afrontar la vida, y desnudarse por fin de una vez volando a la infancia, o tal vez a la reencarnación, y en llegando a este punto se le apagaba la luz del túnel.
Llevaba largo tiempo viajando con un enorme abrigo, por el frío que sentía, en busca de un sueño real o imaginario, pero con la condición de que fuese como un compromiso o una ruptura pactada consigo mismo, dispuesto a dar el do de pecho o el paso más difícil, el más arriesgado de su vida. Y seguía soñando…

2. Teodoro tuteaba a troche y moche a todos los tipos, tuertos o tripudos, que se encontraba por la vida, o que distraían a la desorientada turba, o a los listos que le turbaban en las tardas tardes de tórrido terral triturándolo. Y traficaba, desentendiéndose del trasiego tétrico que le tumbaba tan pronto como tosía sin pretenderlo. Estaba bastante triste al tocar la tinaja rota donde introducía el tinto clarete, y a veces tonteaba con variopintas tonterías, tanto que se maltrataba en los ratos más templados o incluso en los tensos, porque todo lo tentaba a ojos vistas o a tientas en su entorno, y lo intentaba sin titubear, y gritaba, listo, ya estoy listo, a los transeúntes y a los que se quedaban quietos quitándose las moscas que le aturdían, y volvía a gritar trotando de nuevo por los tenderetes del baratillo, a través de la tupida tapia recubierta, como por un arte mágico y tirititero, de extraños tulipanes, donde tiritaban brutalmente sus torpes tentaciones.
Todo aconteció en un instante, lo tuvo pero no lo retuvo, y se estrelló de inmediato en las tripas de la tempestad de la imaginación.

3. Cuando no le salían las cosas como él quería, se tiraba de la lengua o de los pelos a lo bestia, con tanto ímpetu que surtían los efectos más negativos, encontrándose en un estado inminente de galopante calvicie. Esto no le ocurría todos los días, sólo los lunes y los jueves, pero de vez en cuando se saltaba la regla sin poder remediarlo, y para evitarlo apretaba los dedos del corazón partío, y se revolvía con una fiereza inusitada, consiguiendo en muchos aterrizajes en la realidad salir airoso de tan calamitosos trances.
Cuando se hallaba aburrido, porque no encontraba la tecla o la forma de matar el tiempo, se enredaba en sí mismo o hacía locas cabriolas, o se daba duros puñetazos en el pecho, como si se sintiera culpable o condenado por los pecados capitales o de una aldea que había cometido, imaginando que estaba en misa, o se pellizcaba sin piedad los párpados o lo que palpase por las telarañas de su mente.
Pero no quedaba ahí su caprichoso juego de tocamientos o tortura encubierta o entretenimientos exploratorios, y, sin pensárselo dos veces, presionaba la nuca con gran aparato eléctrico y todo su coraje, volviendo a su estado de equilibrio emocional.
El que se bebía los vientos por Eufrasia, aquel día se bebió su cocacola de dos tragos, quedándose ella descompuesta y sin coca, y se levantó furiosa queriendo vengarse por la afrenta. Entonces rememoró la frase aquella, el pez grande devora al chico, y se tiró para él, que era casi un enano, arrancándole de un abrazo la oreja izquierda y no contenta con eso, le dio un mordisco de alegría, chupándole la roja sangre que a malas penas acudía.

4. Qué desgracia más atroz me ha sucedido en tan corta vida como tengo, pues nací en primavera en el nido que construyeron mis progenitores en la copa de un árbol, ayer prácticamente, como aquel que dice, y con qué mala intención me han tratado los humanos, pues me veo, en contra de mi voluntad, atrapado y deshecho en esta desalmada jaula, que, aunque me abastecen de la mejor clase de piensos y la bebida más selecta, pienso que lo aborrezco, hasta el punto de que no puedo conciliar el sueño durante la noche o el día, porque no sé cuando es de día o de noche.
Ayer se posó en la jaula, en el rato que me sacaron al balcón, un amigo, que venía muerto de hambre, y le ofrecí todo mi alimento, y no sabes lo que disfruté viéndolo apurar hasta el último grano que contenía.
Antes yo soñaba con grandes aventuras y conquistas en los pinos del bosque, volaba, bailaba, cantaba, me lanzaba en paracaídas o en picado y la gente me aplaudía a rabiar, ensalzando mi valentía y cualidades, pero ahora, en esta mazmorra donde estoy prisionero, nadie me mira ni me envía besos o guiños y me hincho de llorar. La verdad es que prefiero morirme…

5. Casi sin darse cuenta le fueron siguiendo los pasos los atracadores a través de cerros, barrancos y playas desiertas. Al cabo de un tiempo se percató del peligro que corría, pero las fuerzas le flaqueaban y no podía acelerar el paso, tropezando con las piedras del camino y un enorme tronco seco que iba a la deriva, reventándose el pie izquierdo del golpe, con tan mala fortuna que no había forma de cortar la sangre que le brotaba a borbotones.
Finalmente, cuando pudo, se desvió del sendero a fin de despistar a los malhechores, que venían con las peores intenciones reflejadas en sus rostros, pero a veces ocurren cosas muy raras, como fue el caso de aquel hombre, que a causa de la cicratiz del rastro que sembraba por el terreno, le pisaban los talones, y, sin saber qué hacer para escabullirse, por fin tuvo una feliz idea, zambullirse en una alberca que había a la vera del camino, y los bandidos, al perder el rastro de la cicratiz, pasaron de largo, viendo el cielo abierto.

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