jueves, 5 de abril de 2018

Con la ilusión de un niño





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   Con la ilusión de un niño se puso a escalar una vez más la cima del amor, creyendo que le resultaría tan sencillo como hacerlo a las cumbres del Himalaya, adonde subía cada vez que le apetecía como el que no hace la cosa, con tal desenvoltura y regocijo como si pasease por la playa.
   En cambio la empresa que ahora proyectaba no se le parecía en nada, siendo como en el circo el más difícil todavía, a pesar de los muchos peligros o contratiempos que se le pudiesen presentar en el trayecto himalayo, por lo que no las tenía todas consigo, viéndole las orejas al lobo por el temor de fracasar en su empeño, especialmente si se cumplía el dicho popular, cuanto más alto suba mayor será la caída, y lo llevaba como un estigma o salmo aprendido en las lecturas juveniles, estando con la mosca detrás de la oreja por ser la tercera vez que se enamoraba, habiendo cosechado hasta la fecha una derrota tras otra.
   El último amor que tuvo, lo catalogó como lo más sublime que imaginarse pueda por sentirse la persona más afortunada del mundo, al tener todas las necesidades amorosas cubiertas tanto en invierno como en verano, pero un inesperado viraje le torció los vientos de la nave, cuando realizaba un viaje de placer con su pareja por los vírgenes bosques de Kenia prometiéndoselas muy felices, yendo con la alegría en los labios y las mejores perspectivas, y de buenas a primeras se confabuló todo en su contra, la procesionaria del pino, los augures y los chimpancés de la selva, acaso por no ser de su agrado, y al caer la tarde un tigre hambriento que merodeaba por los jardines del hotel donde se hospedaban acabó de un zarpazo con la vida de la pareja, quedándose una vez más triste y solo en la vida.
   Y en cuanto al primer amor que pasó por su vida no quería ni mencionarlo, porque si hurgaba en los entresijos del súbito flechazo le provocaba vértigo y no pocas jaquecas o migrañas, y lo tenía peor si para más inri escuchaba las veleidades del inmisericorde proverbio, porque de inmediato brotaría alguna voz irresponsable apuntando al doloroso affaire, hay amores que matan, cuyo veredicto no anduvo muy lejos del calvario que vivió en las Islas Afortunadas, donde instaló el nido por ser el destino definitivo como funcionario del estado, y se establecieron allí con las mejores expectativas una vez hecha la mudanza y demás requisitos, y al poco tiempo, sin nada que lo justificase, desapareció la pareja sin dejar rastro en una plácida tarde de abril rumbo a lo desconocido, sabiéndose más tarde que había huido al Caribe con un magnate del petróleo, no pudiendo borrarlo de la memoria pese a los fregados de cerebro y terapias que llevó a cabo.
   Y ahora en estos momentos, en un ansioso carpe diem, al cabo del tiempo intentaba rehacer su vida en pareja con la ilusión de un niño, procurando no tropezar de nuevo en la misma piedra, poniendo todos los sentidos antes de echarse en brazos de la buena nueva, con la esperanza de haber superado los escollos del camino encontrando finalmente la piedra filosofal de la felicidad.
   Y lo hacía completamente convencido y por muchas razones, pero principalmente porque daba por hecho que sólo se vive una vez, y ello le impulsaba a zambullirse en la corriente, pues de lo contrario se sentía muerto, y lo tenía tan claro como la luz de aquel soleado día, a pesar de ser un veleta movido por el viento de turno, mas una obsesión congénita le arrastraba a construir nidos de amor evocando historias del cine, donde la princesa y el príncipe azul gozan de un amor exquisito, rodeados de un lago azul con verdes árboles y exóticas avecillas cantando al albor dulces melodías incendiando el aire.
   Y en esas cavilaciones tan sugestivas y tendentes al romántico amor andaba, hechizándose por una fugaz mirada o al menor asomo de ternura que pasara por su mirada, cayendo en la más negra desesperación si no se veía correspondido.
   La última vez que pasó por semejante trance fue en vísperas de San Valentín en un crucero visitando Venecia, donde pernoctó el fin de semana, y nada más acomodarse en la habitación del hotel con vistas a los canales algo le acongojaba o hervía en el interior, un no sé qué, que no le dejaba pegar ojo, tal vez fuese por el tierno vaivén de las góndolas sobre la superficie de las aguas, quedando embelesado y traspuesto, como en éxtasis, despertando tres días después en un hospital no lejos de la plaza de San Marcos, volviendo en sí por lo que le inyectaron y al parecer por la voz de una bella ragazza que tarareaba bajo su ventana, "Qué profunda emoción recordar el ayer/ cuando todo en Venecia me hablaba de amor/...
Y en ésas se columpiaba saboreando las mieles de Cupido, con el firme propósito de no arrojar la toalla rivalizando con las siete vidas del gato, porque tenía asumido que amar es vida, pregonando a los cuatros vientos ¡viva el amor!.






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