
Miró por el ojo de
la cerradura para ver lo que ocurría en las escaleras extrañado por los sonidos
y ritmos musicales que oía.
Alguien dijo que era
porque el director de la banda de música del pueblo había sido padre por
primera vez, y acordaron dedicarle unas serenatas por el feliz acontecimiento.
Los vecinos salían
en pijama al pasillo a hora tan intempestiva alarmados por lo que parecía una
cencerrada de mal gusto o algo quizá más serio, que habían ideado sin respetar el sueño de los vecinos
o estado de salud de algún enfermo o bebés en siete sueños después de un insoportable
lloro nocturno.
En vista de que el
clamor iba en aumento, sobre todo cuando se entonó la canción, "Éstas son
las mañanitas que cantaba el rey David"..., llegando a tal cantidad de
decibelios y de enfado los vecinos que pidieron al presidente de la comunidad que
avisara a la policía local, a fin de poner orden en el infierno que habían
montado por su cuenta y riesgo los miembros de la banda de música, llevándolo a cabo en
horas de riguroso descanso.
Como la policía
tardaba en llegar, los vecinos empezaron a tomarse la justicia por su cuenta,
robando los instrumentos musicales que podían, y una vez que los
tenían en su poder empezaron a tocarlos como auténticos energúmenos a mala idea,
sin ton ni son, armando la de San Quintín, generando un ruido tan atronador que
reventaba los cristales.
Y en ésas andaban,
cuando llegó la policía, y vaciaron entre tanto una bolsa llena de ratones por
las escaleras para más inri aumentando más si cabe el bochornoso espectáculo,
la gente brincaba y corría despavorida por los peldaños perdiendo el equilibrio y algunos enseres, y venía la policía con perros adiestrados y las metralletas en
la mano apuntando al frente, dispuestos a lo peor, pensando que podría haber algún terrorista
dispuesto a inmolarse, algún desalmado con la cabeza ida que se hubiese
infiltrado entre los músicos llevando en la funda del instrumento bombas o
algún producto o arma asesina.
Ante tan desesperado
desbarajuste, ordenó el jefe de policía el estado de sitio en el barrio, no
pudiendo salir nadie de sus pisos.
Al cabo de un tiempo el ambiente se fue serenando, y al
día siguiente al clarear el día, con el canto de los gallos de un corral vecino,
se fueron despertando pensativos los vecinos, y cuchicheaban sobre los terribles momentos
que habían vivido a la puerta de sus casas.
Después de aquel macabro
suceso, en que las mentes de los residentes del bloque habían estado elucubrando con las más terroríficas tragedias y asesinatos, resultó ser al fin una fecha festiva para los componentes de la banda de música, y poco a poco se fu propalando al barrio, ya que
sólo querían felicitar a su director por el feliz alumbramiento de su esposa trayendo al mundo dos criaturitas, dos preciosos bebés rollizos y juguetones en parte, que como de
costumbre lloraron al pisar tierra, poniéndoles por nombre Diego y Hugo.
Si los retoños
hablasen, qué de verdades no ensartarían en su rosario de cuentas a los adultos,
al ser tan obtusos y torpes en las cosas trascendentales, no captando al
instante los desenfadados y lúdicos aires de los artífices del evento, los
profesores del pentagrama, y cantar con ellos al unísono, Gracias a la vida, que me
ha dado tanto, me dio dos luceros, que cuando los abro, perfecto distingo lo negro
del blanco, gracias a la vida... quedando todo en un jubiloso brindis por los
recién nacidos.
No hay que olvidar que lo humano es un
vertedero donde cabe todo, y el artista, escrutando en sus entrañas, saca a la luz lo más
valioso y puro, sus vuelos y altura de miras, que duermen olvidados en un
rincón del alma.
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