
No soportaba Leo por más tiempo el aire viciado que respiraba, sintiendo una gran
inquietud por cambiar su vida y enriquecerla con estimulantes aromas, liberándose
de las indolentes cadenas del adocenamiento.
Según maduraba en su discurrir
cognitivo fue abriendo caminos, tejiendo sueños, llegando a desvelar las tripas
del máster, que viene del latín magister, "maestro",
y el adverbio magis, "más que". Tales hallazgos
le llenaron de luz y aportaron muy buenas sensaciones, ayudándole a crecer en autoestima
y sabiduría, pudiendo saborear algún día sus mieles.
Sin embargo el vocablo ministro,
que viene del latín minister y el
adverbio minus, "menos que", tenía el significado de sirviente
entre los romanos, el que
realizaba los servicios públicos.
Pareciera que en el travieso mundo en
el que vivimos los intereses creados
no durmiesen azuzando a las criaturas e incluso a políticos de distinto signo, declarándose
en rebeldía acaso por amor propio o por complejo de inferioridad cayendo
en la hoguera de las vanidades, provocando otra revolución de los
claveles con la esperanza de sacar tajada de la ciencia engordando su currículo, y pasar a la historia como ilustrados del siglo de las Luces haciendo
tesis, tesinas o másteres, dispuestos a dar un golpe de estado cultural
subvirtiendo la Universidad con tal de convertirse en sabios ante la galería por un día, el de la
lectura, dejando en la estacada a los sufridos aspirantes que, con el sudor de
su frente, pelean en buena lid por lograr un estatus social acorde con los méritos, porque ya lo dice el proverbio latino, "quod natura non dat,
Salmantica non praestat".
No aceptaba Leo que pusieran
puertas a su campo, quería pilotar la nave cultivando lo que le pluguiese,
inclinándose finalmente por el máster para opositar al Cuerpo de Funcionarios
del Estado.
Era el primer paso en firme
que daba hacia la meta soñada, abonada por unos sólidos principios y ansias de
superación. No obstante para embarcarse en tamaña empresa, tuvo que consultar no
pocas ofertas universitarias, matriculándose en el que le facultaba para su
interés prioritario, el conocido CAP, es decir, Certificado de Aptitud
Pedagógica, ahora denominado tal vez por esnobismo con el anglicismo máster,
enfocado hacia la enseñanza.
El enriquecimiento de su
espíritu con sustanciosas lecturas de escritores salpicadas de notas solidarias,
coadyuvó a que se despertase en él una gran predilección por el altruismo, y en su afán por abrirse a los demás le llevó a
hacer los más diversos eventos y labores que implicasen entrega o ayuda,
compartiendo los mejores bocados y manjares aprehendidos en las parrillas
sociales y culturales.
Unas veces deambulaba de un
lado para otro un tanto desconcertado, otras, se movía por las redes
interviniendo en foros como face book o Instagram, no olvidando que el ser
humano está condicionado por el yo y su circunstancia.
Las acuciantes llamadas a la
puerta de su conciencia le fueron empujando al ámbito de la docencia, estando
dispuesto a realizar el máster con suma honradez, no contagiándose de las arritmias
o artimañas reinantes consciente de que corrían malos tiempos para la lírica,
al haberse degradado la investigación una barbaridad, entre otros motivos por haber
caído en el más descarado nepotismo más de un barítono, investigador o ingenua
voz blanca utilizando las malas artes.
El máster en sus comienzos
rezumaba candor, una suma excelencia, era como un espejo donde se miraban los
futuros doctores, que se esforzaban al máximo en los quehaceres discentes,
sabedores de que tenían que sudar la gota gorda para ello manejando manuscritos
o papiros y no pocas fuentes, manuales o separatas de los más eximios doctores
para absorber los saberes y redactar su ópera prima, subiendo o bajando por los
eruditos peldaños de la intelectualidad humana con dignidad.
Leo estaba dispuesto al reto,
a sabiendas de que debía partirse el pecho para merecer tan alta condecoración, elaborando unos estudios
científicos con razonada metodología para figurar en los anales universitarios
como una mente privilegiada, que se ha entregado en cuerpo y alma a la investigación,
sorteando múltiples escollos para penetrar en el sancta sanctorum de lo erudito,
y disertar en tales púlpitos, accediendo por la gracia de la ciencia a tan preclaros
círculos, que tan lejos se hallan de la mayoría de los mortales, ya que para
degustar tan exquisitos licores se precisa una esmerada formación humanística.
Una vez instalado en semejantes
cumbres se puede tocar el cielo del conocimiento con las yemas de los dedos acariciando
su vientre, así como los ojos, boca y latidos sapienciales, procurando no
llegar a bailar salsa como un ilustre científico por haber hecho un
descubrimiento, y contemplar con sosiego el bombeo de su corazón en diseño 3D.
A Leo, que tenía un envidiable
currículo académico, le tocaba ahora ponerse el traje de faena y escarbar en
las raíces del árbol de la ciencia, pasando hojas y más páginas de manuscritos,
analizando conclusiones y parámetros de simposios y memorandos, bebiendo en las
más variadas fuentes medievales, renacentistas o barrocas intentando sacar lo mejor
de cada una, subiendo y bajando con entereza andamiajes o podios al borde del
precipicio en pos de sus sueños.
El prestigioso juego de
atesorar racimos de ciencia y luego exhibirlos en los más distinguidos cenáculos
académicos era lo más imperioso para Leo, cuando de repente detecta el primer
desencanto, al sentirse ninguneado por los medios, cuando el rocío madruguero
invadía los campos, cayendo sobre los tiestos de los geranios y testas de los
políticos de turno delatándose su aciaga conducta, los maquiavélicos procederes
en los que se veían envueltos, dando pie a que se resquebrajasen los cimientos
de la investigación así como los grados académicos, anegándose el Paraninfo de
la Universidad de impresentables corrientes por mor de la picaresca, haciendo
agua por los cuatro costados las esencias del Máster, yendo a la deriva lo que
con tanto ahínco y mimo había hilvanado.
Se precisaba que un piloto o
cátedro de peso empuñase el timón de mando y anunciase al campus universitario
su pronta regeneración, libre de componendas o raras mezquindades acarreadas por
la hambruna de titulitis de algunos servidores políticos locos por acaparar
galardones sin más, por lo que debía cuidarse muy mucho Leo de no caer en la
tentación participando en envenenadas rifas de feria que le torciesen el rumbo,
después de la que estaba cayendo, cuando algunos doctorandos fueron pillados in
fraganti relamiéndose de gusto por creer que habían llegado a la Tierra
Prometida de los Siete Sabios de Grecia.
Leo tenía que permanecer
ajeno a los cantos de sirena para no ser, cual otro ninot de las fallas
valencianas, pasto de las llamas.
Lo más sensato será ir
vestido de limpio, dejándose la piel en cada página, pespunte o zurcido del
máster, y de esa guisa salir, como los toreros en tardes apoteósicas, a hombros
por la puerta grande cantando el himno universitario, Gaudeamus igitur (Alegrémonos
pues...).
Posdata. Será el último máster que haga -farfulló Leo entre dientes.
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