
Las
flores del campo eran la pasión de Engracia, tanto es así que se derretía cada
vez que asomaba mayo todo florido y hermoso, emborrachándose sus sentidos tanto
del cuerpo como del alma.
Pasaba las noches en vela en
el balcón haciendo de vigía, con objeto de que no le robase las aromáticas
querencias ningún desaprensivo amparándose en la oscuridad o incluso la misma luna,
o menoscabasen lo más mínimo los arrebatos emocionales que sentía con los perfumados
efluvios del jazmín, quedando transida por tan sublime incienso hasta el punto
que no sabía cuándo es de día ni cuándo las noches son.
Y en esas andaba autocomplaciente
Engracia cuando Rosendo, después de un día agotador realizando los más variados
quehaceres regresaba a casa, y conforme caminaba cortó un ramito de jazmines
para Engracia frotándose las manos convencido de que la sorprendería
sobremanera imaginando que caería rendida a sus pies, y se le hacía la boca
agua rumiando tales presentimientos, y no pensaba en otra cosa que no fuese el
embeleso que le aguardaba tan pronto estuviera en su presencia, y tarareaba sugerentes
canciones y estribillos de primavera exaltando las bondades del campo cubierto
de flores multicolores y su poder embriagador, mientras cruzaba incansable trochas
y veredas.
Los murciélagos en la recién
entrada noche planeaban desquiciados por los aires revoloteando como camicaces
por entre oscuros y envenenados espacios, así como algún que otro abejaruco o
búho que resoplaba quedo en las ramas de los árboles.
La noche estaba serena,
ofreciendo su mejor rostro, una impecable calma chicha en aquel ancho mar,
parecía como si la atmósfera y la naturaleza presagiaran el apoteósico
recibimiento que le esperaba a Rosendo tras los juguetones y confiados pasos
que daba por el áspero camino.
De vez en cuando miraba de
reojo la manecilla del reloj, ansioso por llegar a su encuentro y desembuchar
en brazos de la sensible y despierta Engracia el ramillete que con tanto sigilo
traía, pendiente en todo momento de que no se torciera o deshojase antes de llegar
a su destino.
Cuando arribó las luces estaban
a media luz, como si Engracia quisiera abreviar, haciéndolo todo más sencillo,
íntimo y acogedor. Sin embargo el chucho hacía raros aspavientos con las orejas
y daba nerviosos ladridos, como si no reconociese a Rosendo en aquella noche
tan extraña, y cuando ya por fin atisbó a Engracia en el salón, se encontraba con
los ojos medio cerrados y cara de pocos amigos y los rulos impregnados de copiosa
cosmética en el pelo, advirtiendo su indiferencia al volver la espalda mientras
Rosendo, todo amable y solícito, le hacía entrega del oloroso obsequio, un
pequeño detalle en línea con el dicho popular, dígaselo con flores, con
la esperanza de acrecentar el amor y afecto mutuos, y al olerlo
Engracia casi subrepticiamente, ni corta ni perezosa soltó un exabrupto como la
copa de un pino, exclamando, "huele
a mierda".
Rosendo se quedó sin aliento,
no dando crédito a lo que veía, pues las cañas se volvían lanzas,
viéndose obligado a hacer la vista gorda para evitar males mayores, reaccionando
como si nada hubiese acaecido o no fuera con él.
Cuál no sería el estupor,
acostumbrado como estaba a verla venir la mayoría de las noches con su blanco y
sensual ramillete de jazmines en el pelo presumiendo del florido
engalanamiento, siguiendo el guión de la madre natura expandiendo envidiables
esplendores y hermosura refrescando la vida, y aliviando las calenturientas
noches del augusto y lento agosto.
Quizá rememorase Rosendo en
tales coyunturas la escena del paraíso bíblico, cuando la serpiente, un tanto altiva
y pizpireta, aparece sembrando el desconcierto entre la pareja con la mordida por
mor de la puñetera manzana de cuyo árbol no quería acordarse.
Hay amores que matan, y
perfumes que con incoherentes desplantes acaban con las mejores intenciones y
las buenas costumbres, pues ya lo dice el refrán, "a caballo
regalado no se le mira el diente", y no digamos si es un pura sangre,
y menos aún pura esencia de jazmín.
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