
Miguel, cuando era pequeño,
jugaba en el río del pueblo a los barquitos, a dar saltos de rana en una poza
hecha con piedras y cañaveras, a zambullirse como pez en el agua junto con
otros niños, ajeno a las arrugadas inquietudes de los labriegos.
Con el paso del
tiempo, fue creciendo en sabiduría y gracia delante de la familia y los amigos,
no como un Dios, pero sí haciéndose poco a poco todo un hombre, tomando
conciencia del cambio climático y la relevancia del líquido elemento.
En un principio sólo
advertía la falta de agua cuando tenía sed y encontraba el botijo vacío, o
menguaba la corriente del río llegando a secarse, llorando a lágrima viva como
si lo estuviesen matando, creyendo de buena fe que sus sentidas lágrimas se
transformarían en cristalina agua cubriendo el cauce.
Más tarde, ya metido
de lleno en las tareas de labranza, comprendió el riesgo que corría la comarca
e incluso la Humanidad, si no le pluguiese al cielo soltar prenda.
En la jurisdicción de
los Guájares hay zonas que se conocen con el nombre de Los secanos, siendo entendible y comúnmente aceptada la ausencia de
agua, aclimatándose las plantas del entorno al estricto régimen pluviométrico,
higueras, almendros y viñedos.
Lo que no perdonaba
Miguel por nada del mundo, era el hecho de no poder llenar la cantimplora o pipote
en el manantial que había a la vera del camino durante el viaje, no lejos de su
destino.
Cuando la canícula
apretaba de lo suyo cayendo un sol de justicia, se dirigía Miguel con el mulo rumbo
a la recolección del fruto de la tierra con un sombrero de paja tarareando
cancioncillas de la época, que sonaban en la radio de entonces, "Ya viene
el día, ya viene mare, alumbrando su cara los olivares"..., y lo hacía a
pleno pulmón poniéndose el mundo por montera, sintiéndose rey por unas horas, aunque
no se conformaba con la seca y árida estepa que cruzaba, y daba un paso más si
cabe con arrojo y osados ardides intentando emular a los piratas de Espronceda,
"Con diez cañones por banda/, viento en popa a toda vela/ no corta el mar
sino vuela/, ...que ni enemigo navío/, ni tormenta ni bonanza/ tu rumbo a
torcer alcanza/"..., llevando tatuadas en el semblante las ganas de vivir,
y puestos los ojos en los productos que le brindaba la tierra.
No obstante, no
podía olvidar la felicidad incrustada en los huesos de cuando jugaba en el río
de la Toba, repitiendo año tras año, como la flauta de Bartolo, el dicho
popular, año de nieves, año de bienes,
y no quedaban ahí las apetencias, ya que andaba siempre pregonando a los cuatro
vientos que la odiada sequía era un castigo divino, evocando así mismo el
pasaje bíblico del diluvio con el arca de Noé.
No le temía Miguel a
las tormentas por muchos truenos y rayos encendidos que cayesen en las sierras
o en el pararrayos de la torre de la iglesia, o se perdiesen por entre los olivares
como serpientes envenenadas, acaso porque su
debilidad sintonizaba con la filosofía del refrán, muera Marta, muera harta, aunque los estragos o secuelas de los
negros temporales le partían el pecho al fin y a la postre, al verse obligado a
levantar muros de nuevo, balates o adecentar puchas y acequias para el riego de
la vega.
Alguna vez se le pasó
por la cabeza hacer las Américas, desembarcando en la pampa argentina sin más
complicaciones y montar alguna hacienda criando caballos o sembrando trigo u
otras sementeras que le endulzasen la vida y el bolsillo, y luego, una vez
saneadas las cuentas regresar a la madre patria y construirse una mansión en
condiciones como un rico indiano, para que los vecinos y nietos se lo
agradeciesen, dejándoles un grato recuerdo patrimonial de abuelo afortunado,
todo un rey Midas, y cuando descansara en el camposanto de toda la vida lo
recordasen como una buena persona, que hizo el bien a la gente y a sus
descendientes.
No cabe duda de que
su mayor gozo estribaba en ver la tierra harta de agua, eso era para Miguel lo
más grande, lo mismo que cuando contemplaba al mulo satisfecho, a sus hijos o
al benjamín de los nietecillos, que lo bautizaron poniéndole el nombre de Buenaventura,
si bien el pobre tuvo mala suerte, no sabiéndose el motivo por el que embarcó
tan temprano en la barca de Caronte, tal vez por algún golpe bajo, con lo
jovial que era disfrutando de los pequeños placeres de la vida, sobre todo cuando
veía la tierra empapada de agua como buen labriego, y saciados los animales, el
caballo, las cabrillas, y no digamos la jaca, que era el no va más, el trasunto
de su noble alma.
A buen seguro que
donde quiera que esté le enviará cariñosos recados y tiernos abrazos de
estímulo.
Miguel, que
compartía su amor por el campo y los animales, seguro que brindará con él todo gozoso
cada vez que comience a llover, ponderando su rica e incalculable valía.
Cuando llovía en aquellos
parajes, entre majadas, colinas y oteros, diríase que resucitaban los muertos
para celebrarlo, adornándose la madre natura con sus mejores galas, portando locos
de contentos los caracoles y las ardillas eróticas pajaritas para el festín, deambulando
por torrenteras y cañadas.
Entre tanto Miguel, un
tanto contrariado por la aparición del arco iris, se quedó enredado en las melódicas
reminiscencias de una canción que se oía a lo lejos, trayéndole dulces
recuerdos, "Esta tarde vi llover, vi gente correr, y no estabas tú"...
No hay comentarios:
Publicar un comentario