domingo, 4 de julio de 2010

América



Irineo se había quedado solo en casa aquella tarde de domingo y qué mejor que encender la tele en esos momentos, pensó, para ver al equipo de sus amores, que jugaba el campeonato del mundo allá por el año 1953. De esa suerte aminoraba la añoranza de la tierra y templaba las preocupaciones que le acuciaban en tales circunstancias.
Al contemplar los colores de la selección se le encendió la chispa de la vida y se sentía pletórico, como si él fuera a alinearse en el equipo, rememorando los años de adolescente cuando lo hacía en el equipo de su pueblo; aquellos partidazos a cara de perro e interminables sudando la gota gorda, con la camiseta rota y mugrienta por las penurias que llevaba en los lomos; esos ratos eran para él sueños inmortales compitiendo con otros de su edad o contra los del pueblo vecino, donde lo único que podían jugarse era la gloria de la honrilla, no más, pibe, diría después, que no era poco en aquella época en que el hambre apretaba con fuerza y las alegrías brillaban por su ausencia, por lo que era una de las mayores gestas de las que podía alardear ante las futuras generaciones si conseguía la victoria.
¡Qué tiempo aquel en el pueblo, qué sosiego tan inmenso!, reflexionaba, cuando evocaba los años de juventud en la tierra que le vio nacer, y que ahora no podía pisar al hallarse tan lejos, en la pampa argentina, adonde emigró con la familia en la década de los cincuenta en busca de una vida mejor, y de esa forma, con un poco de suerte, levantar cabeza y lograr paso a paso unos pesos que le suavizasen los malos tragos de su país después de la terrible guerra. No tuvo más remedio que rebelarse y echarle valor a la vida, recurriendo a familiares y amigos para embarcarse rumbo a América haciendo la penosa travesía de Cádiz a Argentina.
Su familia siempre lo catalogó como un inútil, un bala perdida, porque resultaba raro que se adaptase a cualquier oficio, tipo de estudio o tuviese una pizca de osadía para enfrentarse a los retos que demandaban los tiempos, y menos aún echar a andar con la casa a cuestas cual lento caracol para hacer las Américas, tan en boga entonces, con la esperanza de que allí actuaría como un rey midas o que tal vez ataban los perros con longaniza.
Pero Irineo, sorprendiendo a propios y extraños, se las compuso como pudo y ni corto ni perezoso cual otro Cristóbal Colón se hizo a la mar, en este caso sin la bendición del abad ni del rey de turno, y después de pasar treinta y tantos días contando calamidades, cielo y borrascas envueltas en albatros heridos que por ciertos lugares cruzaban el espacio, mascullando jaculatorias y hondos quejidos con el corazón en un puño por fin divisó a lo lejos algo diferente al agua, acaso fue un espejismo, pero al poco avistaron el nuevo paraíso que había soñado, y como otro Rodrigo de Triana gritó a los cuatro vientos ¡tierra!, tierra de ricas mercancías y rica carne que les iba a sacar del pozo negro en el que se hallaban sumergidos y disfrutar de una puñetera vez de las saladas brisas del ansiado puerto.
Irineo se fue curtiendo en la batalla y se convirtió en un hombre valiente y exigente, con la mente bien amueblada de modo que no erraba en los disparos al blanco, ya que donde ponía el ojo colocaba la bala. Antes de desplazarse al nuevo mundo ponderó los pros y los contras de la aventura, como solía hacer en sus decisiones más comprometidas de un tiempo a esta parte, debido a que era consciente de que corrían malos vientos por acá y el hambre apretaba con sus garras a él y a los suyos.
Jugó sus cartas y pidió un préstamo para el viaje porque no disponía de los recursos necesarios y así pudo salir airoso del atolladero. Preparó con celeridad el escueto equipaje y embarcó en busca del tesoro escondido no lejos de los Andes, a la conquista de oro negro como en las célebres películas del género.
AL poco tiempo de instalarse allá hablaba como uno más de la tribu, pronunciando como un auténtico gaucho y recitaba versos con aplomo y acento lugareño, adaptándose a las peculiaridades poniendo en práctica los consejos de su abuelo, “allá donde fueres haz lo que vieres”; así que ya nos imaginamos a Irineo con la guitarra cantando al mundo las canciones de la tierra como un auténtico Martín Fierro:
“Aquí me pongo a cantar
Al compás de la vigüela
Que al hombre que lo desvela
Una pena extraordinaria,
Como el ave solitaria
Con el cantar se consuela”…

Yo soy toro en mi rodeo
Y torazo en rodeo ajeno,
Siempre me tuve por güeno
Y si me quieren probar,
Salgan otros a cantar
Y veremos quién es menos”… que aprendió completando el recital que ya llevaba aprendido de los antepasados españoles.
Con su buen talante y compostura de hombre político a buen seguro que hubiera sido la envidia de cualquier presidente nativo, si por casualidades del destino se hubiese topado con él en algún rincón de la pampa, pues lo habrían reclutado como aspirante a presidente por las dotes de orador y excelente conversador.
Allí nacieron los hijos y crecieron utilizando la jerga de la tierra y respirando los aires de la Patagonia, pero al cabo del tiempo surgió la crisis, la quiebra estalló de repente en el quehacer cotidiano y los pocos ingresos que había conseguido se fueron al traste con una facilidad de infarto. Tocaban otros clarines y los emigrados que deambulaban de acá para allá se encontraban imposibilitados para regresar, no pudiendo adquirir el billete de retorno a la madre patria.
De nuevo tuvo que ingeniárselas a través de amigos y familiares como antes de la partida para el nuevo continente, cuando lo despidieron en la bahía de Cádiz ahora cual un Ulises arruinado y vuelta a empezar recaudando la plata para dar el salto a la inversa. Para los más allegados fue lamentable verle llegar de esa guisa, con una mano delante y otra detrás, aunque con la cabeza muy alta por haber conocido y trabajado en aquellos parajes remotos habitados por gentes que cultivaban la misma sangre que sus ancestros y el mismo bagaje cultural y lingüístico, sólo que en el corazón portaban una herida invisible, el desengaño, que no podían expulsar porque ya formaba parte de sus entrañas y había crecido con ellos.
Irineo hubiera preferido volver con los suyos como verdadero indiano, porque cualidades para ello no le faltaban, ya que era elegante, seductor y presumido, y haber hecho una fiesta por todo lo alto invitando a todo el vecindario después de haberse construido la cómoda mansión y un fastuoso museo para guardar y preservar de las inclemencias del tiempo los ricos utensilios y piezas de arte que de allá y de acá hubiese logrado aquilatar en su colección particular. Pero ésa sería otra historia que quedaba pendiente…
Y una vez más se incumplió el sueño alimentado por relatos e historias sobre las riquezas, la bonanza del clima, y la generosidad del territorio americano, y sobre todo por las expectativas de llegar a ser un rico indiano cubierto de oro.

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