viernes, 31 de octubre de 2008

Eso es peligroso


Si se le ha perdido una bolsa con llaves, la puede recoger en el 5º-2”, se podía leer, según se entra de frente desde la calle, en la pared junto al ascensor del edificio comunitario y en su interior. Un escueto y frío rótulo de sopetón, en tus mismas narices. A simple vista su significado era algo rutinario, de andar en chanclas por casa; es decir, gajes del oficio, acaso la pérdida de la mochila de un adolescente cualquiera que va distraído, una persona mayor a pique de despeñarse por el acantilado de la memoria desprovisto de recursos mnemotécnicos, a lo mejor una proeza infantil o las cenizas de una noche de halloween. No cabe duda de que el hecho en sí no induce a moverse por extraños vericuetos. Eso es cierto. El hallazgo, si ocurriese, se podría festejar por todo lo alto, con la grandeza mágica y la chispeante alegría de que uno sea capaz, como si estuviera en la contemplación de una inolvidable noche de fuegos de ensueño.
Ahora bien, si se reflexiona incluso en la superficie, al instante vienen a la mente divergentes opiniones e interrogantes, que conforme se profundiza en ello, da que pensar.
No conviene infravalorar la faz del escrito anónimo, que aparece con “un no sé qué” que es preciso destripar, antes de entrar en el sancta sanctorum indicado. ¿Alguien sabe si el mensaje era una coartada para sus fines secretos? ¿Era la clave acordada, el código privado que idearon los responsables?
La incertidumbre merodeaba por los meandros del suceso. Las respuestas, algunas casi terroríficas que en el planteamiento inicial se podían enhebrar, y lo son por su transparente ambigüedad, que resquebrajan totalmente su incolumidad no teniéndose en pie.
Si por un casual en el 5º-2 se alojase un caníbal, que respondiera de la autoría del mensaje, mentiría, no diría que es caníbal como es natural, recibiendo mansa y melifluamente a quien le abriera la puerta del piso preguntando por la bolsa extraviada; si fuera un delincuente, en el momento de echarle el guante encima le desvalijaría si llevara algo de valor, o podría secuestrarlo in ipso facto, o vete a saber si fuera refugio de células durmientes prestas para cometer un zafarrancho de combate, una matanza, aunque no intentaran remedar a Herodes, decapitando a todo bicho viviente, destructores de Alá, porque se burlasen de su doctrina, y cada quisque sería reo de muerte.
No obstante, la información que se traslada a la comunidad de vecinos normalmente reviste la mayor objetividad y detallismo, por ser algo compartido, de las familias, de padres e hijos. Todo enfocado, cómo no, para el bien común, y encaminado a una inmejorable convivencia, llena de confianza y sensatez.
Pero aquella noche la situación no estaba para fuegos artificiales. La caligrafía firme pero rigurosa no casaba con el calor y el color de la letra; no sabía cómo explicar la débil fiabilidad que ofrecía el rótulo. Él consultó el reloj, marcaba las ocho menos diez. Una hora fecunda, pensaba, ya que te permite realizar distintos proyectos de la agenda, o, al menos, el que más te apetezca en esos momentos.
Leyendo más detenidamente el aviso, se observó que algunas letras presentaban arrugas, atisbos de burla, como disfraces, mitad máscaras, mitad tachaduras disimuladas sutilmente, con maestría, grafías misteriosas. No se sabe a qué obedecían tales componendas, que incluso te apabullaban; a lo mejor era puro espejismo, y trabajaba a mis leguas de la realidad el poder de la imaginación.
No se prolongó demasiado el estado de ansiedad en que cayó el visitante del edificio, y se aproximó a la cuarta planta, antes de arribar a la 5ª, con intención de inspeccionar los aledaños del centro enigmático. Vislumbró que un vecino llegó, entró y nada más se supo. En la estancia apenas se oían ruidos o leves movimientos que levantaran sospechas.
Desistió y descendió a la primera, alejándose de la quinta. Salió a la calle a respirar. Puso tierra de por medio, no se fiaba ni de su sombra. Aunque la curiosidad y la intriga le forzaba a ello. Al cabo de un tiempo, llegaron al portal unos afables y atractivos personajes, con faldones, luengas barbas, generosas alopecias, con aspecto de gurú, estampitas, raros utensilios, simulacro de rosarios, botes de exóticos perfumes, y distintas cuerdas retorcidas, dando parabienes, golosinas, casi bendiciones, como cristianas bulas a los que se cruzaban por el rellano.
A pesar de que esa fantástica noche podía gozar de las explosivas carcajadas de colores con los fuegos artificiales, incluso en su misma zona, renunció y volvió de nuevo a la cuarta planta, a saciar su curiosidad y abandonar de un salto el laberinto en que se hallaba.
No transcurrió media hora de la llegada de los gurús, cuando comenzó a salir un olor fétido del piso. No era de morcilla ni cebollas de matanza, pero los hervores exhalaban sensaciones desconocidas, como de carne humana cociéndose en alguna destartalada y gigantesca caldera, las que se utilizan en los cuarteles para el rancho de la tropa.
"Eso es peligroso", el seguir una flecha, una notificación sin ton ni son, hay que andar con cien ojos en esos casos, dice la voz de la conciencia. Aunque depende de la estrella que te guíe, dirán otras voces, porque la de los Reyes Magos les condujo nada menos que a la casa de Dios, el portal de Belén, donde estaba el niño Dios hecho hombre, todo un hombre, y si hubiesen desconfiado de la información, habrían pasado por este mundo, y no digamos por el otro, sin pena ni gloria, o al revés, sin gloria, y las penas eternas del infierno, vaya usted a saber, podrían haber acarreado cadena perpetua a los Reyes Magos, al desconfiar de las señales divinas, y allí no se reducen penas por buen comportamiento, lo llevan tatuado per se entre las ánimas benditas, a rajatabla, de tal forma que ni el fuego eterno los quema de repente, sino paulatinamente durante toda una cansina eternidad. También puede suceder que la desconfianza obligue al interesado a introducir el dedo en la llaga, allí donde habita el peligro, lo cual es aún más perjudicial si cabe, porque el que ama el peligro y se acerca perecerá en él, dice el proverbio.
Entonces, qué hacer, habrá que encontrar el término medio, o no buscar ninguno, y encomendarse a los designios del Todopoderoso.
En cierta ocasión, ocurrió que unos terroristas colocaron un falso cartel, donde decía, “accidente en la carretera, conductor malherido, por favor, necesita traslado urgente a un hospital”; un alma caritativa se apiadó, y cuando llegaron al centro hospitalario, maniataron al conductor que prestaba auxilio con uñas y dientes al tronco de una gran higuera cargada de brevas. Allí estuvo hasta que Dios quiso hacer el milagro.
Se perdió el buen samaritano esa noche los espléndidos fuegos artificiales de San Juan.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Solo fracasa quien lo intenta


Tal como estaban las cosas, con unas perspectivas tan raras, Recaredo deshojaba la margarita, paseando meditabundo por el entorno. Advertía en el horizonte que los vientos soplaban titubeantes, por lo que eludía pisar terrenos resbaladizos para ahuyentar en lo posible el menor barrunto de fracaso. Ésa era la pesadilla.
Tomó el autobús en dirección a la playa con vistas a relajarse junto al mar revolcándose entre las blancas pompas de las olas y tumbarse a la bartola en una especie de colapso pasivo fuera del infierno urbano; pero la suerte no le sonreía, pues poco después el negro cruce de un felino en la carretera le salpicó de lleno torciéndole la mirada, los pasos, una aviesa avería –pensó- del autobús lo dejó tocado, en la estacada, obligándole a cambiar de planes.
Sólo fracasa el que lo intenta- no es mi caso, cavilaba a porfía.
Después de múltiples elucubraciones, se encaró sin reparos con el etiquetado siniestro, poniendo su casa patas arriba, y la mano en el fuego, -dado que se cumpliría sin remisión siempre que no alzara la voz con convicción y se declarase en rebeldía contra tal provocación-, dispuesto a aprovechar al máximo la parca munición de la que disponía, y no permanecer impávido, como si la tramoya montada no fuese con él, cuando en sus propias narices se columpiaba salerosa la terrible pesadumbre.
La situación no retrocedía ni un ápice, sino que expandía sus garras perversas con el riego de la convulsión, elevando de modo galopante el riesgo de sumergirse en los bajos fangos de la vida, y convertirse en el hazmerreír del entorno, por lo que, desechando otras opciones, se inclinó por la que consideró más conveniente en tales tribulaciones, regresar sin más historias a la metrópoli en el primer coche de línea.
Apenas colocado el equipaje e instalado en el asiento disponible, percibió en la parada siguiente una voz trémula, nerviosa sobre su cabeza, la irrupción súbita de una mujer vestida de negro, con pelo de color castaño oscuro –recién estrenado según contaría en su momento-, ojos insondables, de mediana estatura, un tanto azorada, voluble, como si huyera de un incendio o de no se sabe dónde, o acaso realizando pesquisas con miras a un apaño sentimental, la media naranja para esporádicos encuentros en el jardín de las delicias –por si no las tuviese todas consigo, vaya usted a saber- en el río revuelto del viaje.
Protestaba. No cabe duda de que se quejaba con abundante aparato eléctrico; protestaba por todo, pero no se conocía aún la herida, el porqué, hasta que harto expeditiva la dibujó, espetando que se sentía hasta el moño de tantas idas y venidas averiguando el número de asiento.
Traslucía frescura en el rostro, la piel, en el peinado de sus aconteceres, se palpaba que venía con las pilas cargadas, con ganas, sacando pecho –luego apuntaría por lo bajini que lo suyo no era para echar las campanas al vuelo-, profiriendo la mar de reivindicaciones, algunas rayando la órbita privada, lo más íntimo. A retazos emitía destellos de moratones internos, como si le hubiesen ido despojando pellizco a pellizco, mientras dormía en el país de las maravillas, de sus mejores bocados, singulares ocasos marinos en los tiernos amaneceres de jovencita, quedando a la intemperie, exangüe por el frío azote del progenitor en eternas noches teñidas de alcohol y droga. Como casa saqueada a placer por la insidia tendida con especial artificio por ladrones sin corazón en sus primeros balbuceos.

Conforme iba entrando Maravilla en materia reservada, agitaba con mayor energía los hilos de los sentimientos, adoptando ademanes casi carnavalescos, sensuales, la danza del vientre, en el desfile solemne por las espaciosas avenidas con admirable ritmo, como si hubiese pasado media vida ensayando en academias de elite. Alegaba en la penumbra de su pensamiento que el asiento le había sido usurpado con malas artes.
Recaredo, recatado, amarrado al frío asiento de la encendida compañera de viaje, se excusó cortés, corriéndose al asiento de al lado, cabizbajo reiterando su pesar por los perjuicios y la torpeza. Ante ello, sin enemigo a la vista, aminoró la mordida, la tormenta, situándose en las antípodas; eligió una postura cómoda, de andar por casa en bata, exhalando familiaridad, y comenzó a desnudarse a destajo, le apretaba el guante, sacó el abanico como arma de choque contra el acaloramiento o el calor reinante, por si en el proceso se produjera algún desaguisado, o surgiese un conato o amago de acoso por parte del caballero al oír el crujido de las vestiduras, sus cuitas.

Él, tranquilo, circunspecto, arrinconado en la jaula con el manjar, a una distancia prudencial, con aire de confesor o testaferro, expelía monosílabos sin cesar a los requerimientos insistentes, apelaciones fáticas o de contacto, sí, claro, por supuesto, eso, no importa, normal, también, ya, lógico, quizá, no hay más remedio, deshinchando las burbujas de jabón del temporal.
Recaredo explicó que su asiento iba ocupado, mostró el billete pero la otra persona se desentendió totalmente, por lo que, arrastrado por la indiferencia del otro, cayó en el de ella.
No había terminado Maravilla de posarse en su respectivo recinto, estando aún en pleno equilibrio aéreo, sin tiempo para despegar los labios ni apagar los humos que encerraba, cuando, cosa portentosa, lo que se inició a cara de perro, de repente se trocó en dulcedumbre, suave y fluida corriente comunicativa, pasando a mejor vida el espinoso reclamo del comienzo, del cual nunca más se supo.
Ella pilló la hebra, y, como si lo conociera de toda la vida, se enzarzó en historias y más historias, avatares interminables, abriendo el apetito de Recaredo y el melón que sacó de la chistera, ofreciéndole degustaciones de crianza, trozos limpios, sus mil y una noches en el breve viaje, que en nada envidiarían a las célebres noches de Scherezade.
La maga Maravilla, que llegó con el agua al cuello y las costillas vencidas por los manotazos psicológicos de la vida, con innumerables dosis de crispación, paulatinamente se fue apaciguando, cambiando el look, según ponía las manos debajo del grifo automático del centro, al que acudía una vez por semana, que destilaba agua milagrosa e informativos folletos sobre hidromasaje, sauna, peeling –sabes de qué va,… sí, claro-, baño turco, de flotación, RPM, espacios de relajación y mimos, camas de agua, jets corporales, aromaterapia, vital eyes, eclaircissant y otros, ejecutando el rol de entusiástica animadora de grupos de ocio, llevando la voz y el agua a su molino, con túnica de ilusionista, henchida de personalidad y agresivo marketing psicológico, que al poco de aterrizar en la pista de Recaredo revolucionó la atmósfera con genialidades libertarias, guiños aromáticos, dirigiendo el coche de su vida – faltaba Recaredo-, sentada en el pescante con las bridas en las manos.
Se fue autoretratando, una pincelada tras otra, con melosa picardía y agudos dardos de egocentrismo, intercalando huesos o semillas en las rebanadas del melón, en la pulpa de las heridas, o flaquezas, los tics verdinegros y claros haciendo juego con el color de los ojos, entre vívidos fogonazos de empatía embaucadora, derrochando esencias genuinas e ingenuas y, sobre todo, maquillando los brotes de impaciencia de Recaredo, confidente, confesor y tertuliano ocasional, arrastrado por las ruedas del autobús, carretera y manta, que hay que vivir.
Con lo cual el viaje se hizo en un vuelo; incluso, por lo apretado de la agenda y la brevedad, cabría haverlo ampliado con derecho a almuerzo, puro y copa, y una cena caliente a su debido tiempo.
El hombre que ocupaba el asiento de delante, un tanto silencioso, permanecía a la expectativa, desgranando el torrente de detalles e intimidades que la recién llegada iba depositando atropelladamente sobre la mesa. Comenzó por la visita al gimnasio; allí repartía parabienes, pantalones vaqueros a sus simpatizantes, tartas y todo tipo de gracias, siendo la que llevaba el timón de la nave en las veleidades y torceduras de tobillo, como el que le ocurrió en la bici, que por cierto la ridiculizaba la compañera que se colocaba en primera fila por el centro, porque llevaba una delantera de muy señor mío, pues la muy puñetera –apostillaba Maravilla- se las había arreglado de tal forma que, cuando se topaba con un hombre, eran tetas lo que en ella veía, según puntualizaba, dejándola en un segundo plano en tales lances. Pero Maravilla se vengaba sobremanera cuando tocaba ducha, y se cruzaban desnudas por los pasillos, siendo la envidia de las compañeras.
Lo que más les acomplejaba no era el busto o las piernas sino el arco iris de sus ojos y la melena, que según contaba Maravilla procedían de los mudéjares, mezclados con castellanos llegados del norte de España, cuando la Reconquista, para repoblar las Alpujarras, diezmadas y desiertas por la huida de los moros ante el avance del ejército enemigo.
Su padre desde que lloraba en la cunita ya se lo decía, eres la perla de la familia, la que lleva unos ojos, que las princesas que viven en ricos palacios desearían, entre verde, gris y blanco, que van cambiando según los reflejos del sol, del lugar, la estación o la climatología. Así cuando visitaba los diferentes países o regiones del globo, los nativos le echaban flores, piropos en sus respectivas lenguas, italiano, inglés, alemán, gallego, árabe, dependiendo del sitio por donde viajase de la manita de papá, manifestándole que nunca habían visto unos ojos tan originales y preciosos, y la pequeña Maravilla respondía satisfecha que el privilegio procedía de sus raíces alpujarreñas, andaluzas, siendo su cuerpo un cóctel de moros, vascos, castellanos, cristianos y judíos.
Y ella tuvo la fortuna de ser amasada con esa levadura, tan sutil y encantadora, que las mujeres la odiaban a muerte porque les robaba los posibles besos y flechazos aunque fuesenvirtuales, o de reina por un día, durante un flagelador viaje.
El circunstancial contertulio por la gracia y atracción fatal de Maravilla, era cirujano plástico; resistió como una roca los embates de las olas, cual fiel convidado de piedra, pero sintiendo en la propia piel del alma que había fracasado en su labor primordial, el peeling - bruñir los tejidos marchitos-, al no anestesiar las exfoliaciones psíquicas de la ilusionista Maravilla.

viernes, 17 de octubre de 2008

LA BÚSQUEDA


Cual náufrago surgido de negras y confusas aguas, sin alas para volar ni unos brazos que se dignen acogerlo en su seno, así respiraban las malheridas fibras de Arturo. Sus expectativas semejaban flores heridas suspirando en delicioso jardín, de tal suerte que no atisbaba el norte en su caminar, un resquicio de luz que lo alumbrara por el mar de la vida; e iniciar la marcha hacia lugares de autoestima, un hogar confortable, al abrigo de los seres queridos, sentado contando anécdotas, historias tras el fuego de la chimenea, donde poder abrazarse y conversar en la intimidad con los suyos, desplegando sin temor lo mejor de sus facultades innatas.
Se sentía impulsado a recabar datos que le indicaran vías de acceso a los caóticos orígenes; instalarse en parámetros sólidos, al objeto de proyectar con justificadas alegaciones un currículum vitae sugestivo, libre de inclemencias sociales, enterrando por completo toda sospecha de filiación bastarda.
En los vaivenes del pensamiento se le mezclaban estimaciones de diversa índole. Había días en que el cerebro, en un arranque de rabia dentro del río revuelto, se inclinaba por su concepción a través de técnicas ginecológicas avanzadas, de ahí la dificultad que encerraba el descubrimiento, -tales como, inseminación artificial, fertilización in Vitro, transferencia de gametos o embriones en la trompa de Falopio, o inyección intracitoplasmática de espermatozoides en óvulos, entre otras…-, sin llegar a decantarse por ésta o aquélla en concreto debido a la precaria información de que disponía, lo que disparaba al infinito las punzantes pesadillas.
En determinados momentos en que le hostigaba la zozobra, sopesaba el peso de la teoría científica sobre la procedencia de los humanos, bebiendo con fruición en las fuentes de Darwin, rastreando argumentos por inverosímiles que pudieran parecer, que ilustrasen de manera viva y directa su genealogía; se cuestionaba hasta qué niveles razonables de consaguinidad llegaría, si poseía sucintos vínculos que lo ubicaran en los mismos peldaños del simio, por ajustarse sus moléculas al cien por cien a los cánones darwinianos. A veces elucubraba si, en alguna etapa de su existencia, compartió techo y comida y pasatiempos con ellos en la misma jaula, o acaso, por designios del destino, en un súbito descuido, se infiltraron genes de algún díscolo extraterrestre en su enigmático organismo.
Una noche, Arturo percibía en el ambiente aires de fiesta, sones alegres de parejas bailando felices, y le sugerían reminiscencias de antaño, en que a sus padres le hubiesen acaecido sucesos amorosos semejantes, pinceladas de puestas de sol ardientes, y corrieran la misma suerte; presagiaba húmedas conjeturas de tierras remotas, o de una plácida playa perdida en el recuerdo, silbándole dulcemente al oído, sin apenas perseguirlo, y ello le regeneraba el sufrido corazón, expuesto a la intemperie de cualquier farsante postor.
En la frenética búsqueda por el atlas de la memoria Arturo, harto de trapisondas y de engullir enrevesados sofismas sobre su persona, de forma sesgada o soterrada, mediante sutiles romances de ciego - que lo ven casi todo-, o resolutivos haikus, o solemnes chirigotas satíricas en carnaval por calles y plazas, impregnados todos ellos de truculentos comentarios, y, ante tanto elemento vomitivo, tomó una determinación. Se hocicó de repente en el lodo bíblico de sus cimientos, sin importarle que crujieran las sagradas escrituras, las propias estructuras, golpeadas por las airadas corrientes que anegaban sus sentimientos, y se echó de bruces en las faldas de la madre naturaleza. Sin pensárselo dos veces, se lanzó a los mismos infiernos del océano, sorteando escollos de todo tipo, cual anónimo habitante marino. Se propuso descascarillar su cadavérica existencia, pedalear a los veneros del nacimiento, paladear a toda costa el licor tierno del cariño familiar, sin turbarle la sangre que derramara por alcanzarlo, pateando cuevas, cimas, los senderos más inverosímiles y extraños; anhelaba peinar, en mitad de su desamparo, esperanzas nuevas, fundadas, y tocar el cielo que le habían robado nada más pisar el planeta, fuera del vientre materno, con la yema de los dedos.
Estudió la dirección del viento que soplaba, los pulsos de las danzas, los desaliños en el tren de aterrizaje de su cuerpo al tomar tierra en el universo de los vivos, y averiguar -pensaba- con exactitud cuándo la madre lo parió, y no hallaba una respuesta contundente. Ignoraba los verdaderos motivos del ocultamiento de su presencia, si fue una criatura no deseada, o una osada metedura de pata por su parte, que hubiera eclipsado el fulgor de los progenitores, apagando su buena estrella.
Intentó perforar por la fuerza la dura corteza del problema, tocar fondo en los angostos entresijos, dejándose caer por las cochambrosas y escurridizas sábanas del abismo. Las vigilias sombrías que lo envolvían, lo abocaban imperiosamente a picotear en los excrementos, a buscar sustento para seguir soñando, y allí donde oteaba un rumor robusto y claro, echaba el ancla a la espera de que llegase una paloma con un mensaje en el pico, o una botella con un secreto llevada por las olas, y le desvelara las razones de su pena, y por qué diablos se encontraba maniatado, condenado sin remisión a la guillotina, al darse a la fuga los más allegados, sin dejar siquiera una leve estela, cerrando a cal y canto pistas y portones.
Si al menos recibiera Arturo misivas clandestinas, prometedoras citas, nubes cargadas de sonrisas, y no ya por el hecho de tratarse de Arturo, si no por el bien de los propios engendradores. No obstante sería una prueba fidedigna de magnanimidad, que, a la mayor brevedad posible, se despojaran de la máscara, que saliesen del escondrijo siniestro, armario o caverna o palacio, y desnudaran el alma en mitad de la encrucijada a pleno sol, y dar a luz la versión de su perniciosa y fugitiva conducta, los subterfugios o juegos maquiavélicos que colgaron en la red.
Y sobre todo, no bajar el telón ni apagar las luces sin plantar antes con mimo el árbol de todo un príncipe destronado, con limpias y transparentes raíces genéticas, dotándolo de las armas oportunas para afrontar airoso los ásperos avatares de su historia personal.



VA DE USTED

Aunque se parezca al brindis de Manolete el epígrafe, tan retador y solemne, discurre por otros derroteros, ya que de lo que se trata es de bajar al albero y coger por los cuernos a la propia palabra, un toro con mayúsculas, palabra, y torearla como Dios manda, con el engaño reglamentario, y si es miura mejor, ahogándola en orgías creativas, pero antes vestirla de picardía, picarla, banderillearla, besarla a traición, darle pataditas en el culo como el salto de la rana, hacerle burla cuando se peina provocativa en el espejo o usa peluca versallesca; vestirla de monja, de guardia civil, de quijote, de don Juan, de punta en blanco, de puta pegajosa o de otro cantar; bien de novia amenizada con la marcha nupcial, o llevar manojos ya hechas al huerto deseado, y hacerles allí el harakiri, liándose la manta a la cabeza y darles un revolcón en la herida arena de la plaza. Y separar el trigo de la paja; trigo limpio para elaborar pan bendito, o churros calentitos, buñuelos, mantecados, tortas o polvorones de virginidad conventual con el visto bueno de doña Inés. A buen seguro, un certero olfato mercantil para la efemérides en puertas.
Luego, arrojar ecos, voces de ultramar por los acantilados de Maro al mar. Como en una corrida de auténticos toros, la introducción al paseíllo, el nudo de la tragedia del personaje, animal enfurecido, y el sangriento desenlace de la faena con el bicho arrastrado por muletillas; los aplausos de párrafos en el transcurso de la pelea, literal o connotativa, brillando con luz propia la muerte del protagonista –el toro- en el lecho después de seducir a Dulcinea en palacio. Exigir reses sin afeitar, al natural. Recién salidas de la dehesa de la mente e incrustarlas en el asunto; y el brindis al público con la montera en los medios entre subalternos, verbigracia, la tele, la radio, o sublimes foros de gloria en los mismísimos cielos. Y al aliño de la trama que no le falten los celos.
Pero cuidado, no se confunda. ¿Usted qué se ha creído?, aduce que puede hacer lo que le apetezca, engañando al auditorio, sacando bolsas de pipas sin pelar, rojas, negras, ensangrentadas, como palabras mensajeras de la chistera, cuando quiera. No está en sus cabales, tío, o a lo mejor sí, vaya usted a saber…
Baje del pedestal, de ese púlpito banal, acaso venal, y déle realismo a la escena. Ya está bien, hombre. Al pan, pan y al vino, vino. No pierda el seso con monsergas de mastuerzo.
El otro día usted se exhibió desnudo en las cristalinas aguas de Cantarriján como un cantamañanas, en vez de bañarse en ríos de palabras, y pescarlas con don de lenguas, como gato panza arriba, a mordiscos, dialogando en entretelas con ellas, y con el anzuelo del corazón llenar el canasto, pero no ha picado ninguna, según dice, y si me tira de las narices le diré que no se mojó el culo, no le dio un palo al agua, se aprovechó de las circunstancias de la corriente creativa. Aires de pasota. No jugó limpio; si le aplicasen la prueba del algodón.... a ver…
No tuerza el hombro desentendiéndose de la feria de los cuentos, de los giros sintácticos, de las fantasías sazonadas, enturbiando el fluir de la corriente apalabrada.
Deje de hacerse el gracioso. ¿Hasta cuándo vendrá a la casa de las palabras con la cremallera en la boca?; desde hoy en adelante verá el rótulo pintado con letras negras y ribetes de oro sobre el mármol, R.I.P.
No elucubre con puzzles cicateros, jerigonzas barrocas, o caligramas de paladines estrechos. Si sigue por esa trocha le triturarán rabiosos los dientes de los personajes que aún no rezan en este mundo, ni retozan en verdes campiñas –negro papel en blanco- gestando peripecias, urdiendo acontecimientos allende los mares, o silbando entre dulces violetas, envueltos en torbellinos sin cuento.
Actúa usted como un avaro empedernido, sesteando entre mieles mesiánicas de espaldas al destino, cobijado en los flecos de la farándula de los otros, saboreando palabras robadas, entrando y saliendo de la gruta literaria como pedro por su casa, disfrazado, con el carro hasta la bandera como vil delincuente, sin la aquiescencia del creador. Usted no se merece ver el desfile de estrellas por la gran Avenida de Andalucía, y menos por calles metálicas, con campanario de Bronce en forma de once.
En consecuencia está soterradamente sisando minúsculas cantidades, sílabas sordas, esdrújulas, ardientes, soporíferas, sonoras, polisílabas con modales pizpiretos, salidas de tono, incluso poliándricas, cultivadas en campos de talento con aromas de pitiminí. Pero usted quiere apoderarse de la textura, de sus faralaes, de su lengua de oro.
¿No le parece deprimente acudir a un coto privado sin aval, bien como militante de ONG de causa justa, por ejemplo, y, sin comérselo ni bebérselo, pretende vivir de las rentas, de su aliento, y exprimir el zumo de su fruto?
¿Hasta cuándo de brazos caídos, por desfiladeros del Oeste, descarnados parámetros de derrotados? Usted erró. No dé más vueltas. Recapacite. ¡Cuánta desidia, cuántas tardes ágrafas, arrugadas, ni chicha ni limoná!.
Deje de revolcarse en el umbral de la Casa de las palabras, en la silueta de su cuerpo, en los bordados del léxico, escupiendo en su suelo, provocando desconchones en las esquinas del hipérbaton, en los pilares peninsulares que las sustentan.
Hay que tapar grietas, reforzar tabiques, apuntalar techumbres, construir muros, levantar columnas, y echar leña al fuego de la chimenea en connivencia con las musas, sin menoscabo de la meditación trascendental. Sembrando consonancias y asonancias cortesanas o plebeyas, y en días de turbión, si es menester, cascajos, ripios o ritos lúbricos, ancestrales, serios.
¡Con el zumbido atronador de palabras que se escucha en tal mansión! Una casa hecha grano a grano, ladrillo a ladrillo, palabra a palabra, paso a paso, amasada con latiguillos y lexicones de tinta de hormigón.
Tantas grietas no se pueden aguantar. Hágase cargo, y piense que la “Casa de las palabras” es una criatura como las demás, y circula por las venas de sus moradores una savia convulsa, escrita y leída en torno a un fuego oral.
Días vendrán en que se pondrán morados con el vinillo de los vocablos y los rimados de palacio mezclados con el rimel sobre el papel, versos y prosas, sólida o sórdidamente, en un diáfano o lúgubre discurso, sorteando controles de alcoholemia a las puertas del Valle de Josafat.

LO PRIMERO


El otro día, cuando iba por la calle desnudo de ideas, sin brújula, sin nada que echarme a la boca, de repente me paro y zas, sin darme cuenta llevo las manos a la cabeza asombrado como por arte de magia, como un niño despistado, no pudiéndolo disimular, y todo por una majadería.
Primero, a ver, contaré la causa desencadenante del descalabro, lo que sucedió entonces, si es que en realidad existió, o sólo fue un espejismo. El hecho es que de golpe dudé.
Dudé de mí, de los sentidos, de todo cuanto me rodeaba, de las percepciones, especialmente las referentes a la visión; eso era lo sustancial. En el fondo una auténtica tontería, mire por donde se mire; ya que cosas así le pasan a cualquiera, en cualquier lugar; por ello, en principio, lo mejor sería obviarlo, y no dedicarle apenas atención. Y ni por asomo la exigencia de estrellarse contra un muro, en absoluto.
De todos modos no me quedé ahí, me empleé a conciencia, y persistí mirando a los lejos. No discernía la esencia, la identidad de la persona. Me sentí zarandeado como un árbol por un huracán a la orilla del camino. Un velero a la deriva. Necesitaba salir del atolladero. Hubo suerte al fin, y se desveló el misterio antes de lo esperado.
Pronto recuperé la compostura, la propia figura. Así que rehecho del fugaz apagón, sacando pecho me eché hacia atrás primero, moví los ojos, alzándolos hacia arriba, los labios no le iban a la zaga – abeja libando el néctar de la flor -, y volví a clavar la mirada en el horizonte, y, aunque eran pinceladas desparramadas, columbré un semblante reconocible, que me transmitía un no sé qué, como si, palpando la piel, leyera desde lejos el secreto de los minúsculos poros de su rostro.
Creí tener la certeza de haberlo visionado en algún foro, una fiesta, o en encuentros fortuitos, adonde asiste multitud de gente; y sintiéndome más centrado, o quizá envuelto en una nebulosa, en mi desmadejado mundo aduje, bueno, a ver, a ver, ¿Rosa? ¿será ella?, la que conocí una tibia tarde de domingo paseando por la Gran Vía con su amiga, a paso lento, inquisidora, caminando como si retrocediera. Aparentaba recrearse en un palmo de terreno, como negándose a avanzar, la excusa perfecta de esperar una importante noticia de alguien que viene por detrás a su encuentro, pero no acaba de llegar. No sería yo – elucubré.
Respiraba ella autocomplaciente, sin perder las esperanzas. Un deambular sesgado el suyo, de tortuga, casi una tortura, sin tiempo en el movimiento. Se percibían inmóviles los tacones tan cercanos, como un raro hechizo; sin embargo retumbaba sonoro y contundente el taconeo sobre el duro cemento como cascos de caballo.
Su sombra proyectaba una dura barricada sobre la calle. Diseñó el intento, montar una carpa en mitad de la acera para dormir el fin de semana. ¿Esperaría por fortuna al príncipe azul? Quién lo diría. Musitaba melodías y sones al viento de cuando siendo niña correteaba por callejuelas y plazoletas del pueblo, jugando a la gallina ciega, a la rueda, o saltando la cuerda, ritmos de siempre, que rivalizaban con el persistente tintineo de la fuente. A lo mejor rememoraba en el pentagrama del subconsciente las sentidas notas que en su cuadernillo tecleó un día el poeta de Fuente Vaqueros con su halo lírico, *Cuando fuiste novia mía, por la primavera blanca, los cascos de tu caballo, cuatro sollozos de plata…
Aquel día lucía el sol con inusitada firmeza. Las refulgencias chisporroteaban sobre su negro pelo. Los rayos dibujaban los encendidos contornos de su cara. Todo regaba su planta, acrecentando la alegría en su pecho, la miel en los ojos, el brillo en los labios. Emprendió Rosa la marcha del jardín de su aldea donde se alimentaba y crecía con ansias de sacudirse los aromas que la envolvían, arrancarse las espinas clavadas en su hábitat rural. Buscaba un nuevo rumbo, abrir ventanas al mundo, el capullo de su mustia vida, monótona y sin perspectivas. Se lió la manta a la cabeza, y se lanzó hacia lo desconocido, la aventura, en pos de un paraíso soñado, sin espinas, próspero; y libó el néctar que le atraía, el núcleo urbano.
En el trajín del taconeo por la avenida su cuerpo, inconsciente, se retorcía. Con el bamboleo incesante cedieron unos endebles botoncillos torcidos de la blusa, saliendo a porfía la cara oculta, más blanca que la luz del día. El céfiro casi transparente de la blusa se peleaba con el airecillo travieso de la tarde, asomando pecador el velado canalillo en un descuido, cual capricho de niño al acecho, buscando en cuclillas, al revolver de la esquina, la sorpresa, gastar bromitas, achuchones de globos rojos entre sí, o emitir pedorretas soplando con la boca; y la brisa pretendía colarse en el laberinto de la blusa, rociándola de subida calentura. Exhibía valentía. Iba dispuesta a deslizarse por las pistas del lucero del alba.
Aconteció el fugaz flechazo en horas tontas. El resurgimiento del contraste tomaba cuerpo. Mientras en esas dilatadas horas el corazón sestea feliz, como bebé en su moisés, o solloza en carne viva empujado por impulsos escurridizos, o no mueve un dedo. Vaya usted a saber. Pero algo misterioso le golpeaba. Él rumiaba resacas, a veces soñadas, en tierra de nadie. ¿Serían fuegos artificiales, frágiles pesadillas en el andamio? Imaginlandia, tal vez. Tales castillos se diluyeron como un azucarillo. Despuntaba al crepúsculo el desgarro de la pena.
Fueron horas de desdén, exangües, transcurridas en el frío cemento, sin cromos que intercambiar, ni el tic-tac de un crono que lo atestiguara. Horas que nacieron ya desteñidas, como siemprevivas en jarrón de agonía. Todo se confabuló en un remolino de corrientes cruzadas por el sendero. Los pasos dejaron regueros secos, de polvo ciego; una ristra de defenestraciones archivadas, o quizá urdidas adrede en la misma entraña de la fantasía. Bofetadas tardas, viciadas, al viento que te lleva.

LA IMPORTANCIA DEL SILENCIO


En un ambiente sigiloso se recrean los perfiles, las sombras, la beldad oculta de lo creado y los mundos de la imaginación. En el hervor de la celda los aires del espíritu vuelan alto, tan alto que tocan el cielo en un vuelo. En la cima de la montaña se escuchan las transparencias, las empatías de corazón. Lejos del mundanal bullicio se enciende la bombilla de bajo coste, de envidiable armonía. En las pestañas del piano de cola reposan los arpegios, que el virtuoso, llegado el momento sublime, despertará con una palmadita en la mejilla de la tecla, desgranando los bemoles incrustados en el núcleo.
Más tarde se percibe el grito de rigor, ¡silencio!, se rueda, acción...

El enemigo no duerme, y urde en secreto, en ocasiones, tramas perversas, llevando a un pueblo o territorio a una hecatombe.

Un corpulento silencio comenzaba a trotar por calles y plazas, tras la súbita fuga del sol. La oscuridad ebria se estrellaba en las esquinas, y se estiraba como chicle por lomas y valles, penetrando en los recintos privados, en los puntos álgidos del pueblo, produciendo serios infartos. Se mascaba lo peor. Un húmedo clamor circulaba bajo las pisadas de los pisoteados labriegos, hirviéndoles la sangre.
Sin embargo seguían amarrados, sentados sobre el blanco poyo de la plaza como un castigo, siendo el blanco de todos los disparos. Reaccionaban cual leales mileuristas que hubiesen formalizado un contrato de por vida, o convidados de piedra a la danza del vientre del río, haciendo de tripas corazón.
La noche, con ojos de avispa, se echó encima, clavando sus aguijones. La vida se apagó de repente, como vela en el duelo por el brusco manotazo de un aire, en un descuido. La atmósfera no se cubrió de gloria aquella noche, sino de un lúgubre manto gris. Las aves de corral salieron corriendo en estampida, acurrucándose en el aseladero.
La situación reinante contrastaba con la algarabía cósmica, las descargas del firmamento en llamas; las nubes se retorcían las tripas perpetrando en el remolino una loca descomposición; el cielo se tornó plomizo y caían puñales, negros goterones, sobre el barrio alto –barribarto- y el bajo –barribajo-, sobre barrancos y torrenteras, arrasando cuanto encontraban a su paso, cual plaga asesina. El reducido bosque no se libró de los navajazos del tiempo. La frustración se balanceaba, como abejorro destronado, sobre las cabezas del vecindario.
Mientras tanto, unos se resguardaban entre el espeso ramaje del árbol de la plaza y el umbral de la iglesia, y otros en sus casas. En la plataforma de despegue de su angustia, gesticulaban airadas protestas, desdibujadas muecas, inescrutables aspavientos propios de criaturas acorraladas por las hambrientas fieras; la penuria llamaba a la puerta; y en el desigual combate, encorajinados increpaban, porfiaban a coro con tics nerviosos, mediante contundentes estornudos de rabia, o un incesante sonar en la soledad de la tarde.
La importancia del silencio se calculaba contemplando los ojos del alma, en las fibras de la barahúnda. Se trataba de la puesta de largo de circunstancias patéticas, cual multicolores mariposas intoxicadas. El polen contaminado del entorno picaba en exceso.

Una bola de negra nieve, de comida basura, resbalaba por las gargantas, por sus venas, alimentando la destrucción de las estructuras. En la mudez de la mirada se traslucía el estupor del momento. El río crecido arremetía en los aledaños del lecho con afilados cuchillos, como toro de raza en la corrida, corneando vidas, promesas nuevas, brotes tiernos, arrancando de cuajo vallas, ideales, cultivos recién pintados, cañaverales reverdecidos, y finalmente, de un salto con pértiga se subió a las barbas de los sembrados, a las sazonadas márgenes, hilvanadas con laboriosos trazos de tableros de ajedrez. Se sentían con el agua al cuello.


Los cultivos, acariciados con el aliento de sus brazos, con trabajosos ahorros logrados currando durante décadas lejos de los suyos, y guardados en huchas de barro cocido con leña de marcos, francos, pesos, libras o dólares, según la correspondiente empresa que emprendiera cada cual. Era un peculio proveniente de aguas internacionales, sustentos destinados a la adquisición de vivienda, y su amueblamiento, armarios, lavadora, frigorífico, televisor, algunos terrenos de labor, y, si la bolsa lo permitía, embarcarse en el utilitario, sin olvidar que, por aquel entonces, entrañaba casi un peligro, un privilegio.
Durante las horas en calma, cuando la mar se dormía en sus brazos, abrazaban estos pensamientos, apañar un refugio, adonde volver en un futuro no lejano, y sacudiéndose el fragor de la lucha diaria, pasar tranquilos el resto de los días disfrutando de una cosecha saneada, libre de arbitrarias inclemencias.
Pero la inoportuna corriente mutiló las sensibilidades, los puentes de acceso a las llamadas islitas de las márgenes fluviales, que ellos, llenos de tesón, habían bordado. Los árboles frutales contemplaban indefensos la cruda marea que los anegaba.
A los vecinos se les quebraba el horizonte, se les echaban nudos en la garganta al ver la garganta profunda del río. El eco quedo reventaba los tímpanos, y se posicionaba en los puntos estratégicos. Los grajos, sintiéndose amenazados en su hábitat, volaban presurosos a un escondite seguro.
Mañana será otro día, se decían entre sí; manos a la obra, se lo dictaba el instinto, con el pico y la pala y alguna moderna máquina contratada. Volverán las oscuras ilusiones en sus campos y balcones sus enseres a colgar, cual convictos okupas, y vuelta a la noria del terruño, y se enfundarán de nuevo el traje de esperanza, y expulsarán de sus parcelas los emponzoñados salivazos, las piedras de molino, la arenilla fina y los troncos atravesados, que plantaron en una primavera remota que les saludaba con el hálito de los pájaros; en esta vida tan fugaz, pero con la esperanza, en sus mentes, tan larga.

En la oquedad de la tarde atiza el aire. Siempre muerde a deshora. Y llegan los tiburones de la noche, nubes de metralla, provocando un diluvio peculiar, casi criminal, no guardando las composturas en la mesa, manchándolo todo, volcando vasos, tazas, jarras, no dejando ni una gota de agua para el resto del año; pareciese que la borrachera le obligara de pronto a vomitar todo cuanto ingirieron.

Los disparos de la tormenta se confundían con los de los habitantes.

El benjamín de la familia increpaba, compungido, a los dioses por el hurto de su recia y dulce jaca, una pieza tan valiosa, que, con tantas tartas y copas de anís y pestiños y polvorones y garbanzos tostados había brindado en su honor en las horas felices.
Antonio, cabizbajo, elucubraba sobre las innumerables horas de brega, de robado descanso a sus huesos, habiendo sido arrancado todo de un plumazo por la insensible venida, llevándose los decoros, toda la plata plantada.

Junto con los cascajos rodando río abajo en un dantesco espectáculo iban cayendo, uno tras otro, los sueños, los castillos montados sobre las riberas, los recuerdos, a pesar de haber echado raíces, fugaces, sus malogradas inversiones, en tales lodos y arenas movedizas.
Al cabo se paladeó el dulce silbo del silencio.

CRISIS


Aquella mañana el despertador gruñó como un cerdo moviendo las orejas y saltando descompuesto en las aguas del amanecer, como si le hubiesen arrancado el moño de la maquinaria y extirpado los secretos de las horas tan sigilosamente guardados. Isaías saltó de la cama raudo, constreñido, carraspeando varias veces, algo ronco, como una premonición, y al poco enfiló la carretera en dirección al trabajo. Se topó en el recorrido con el último borracho de la noche, que vagaba sin rumbo por el frío empedrado del casco antiguo de la ciudad, haciendo las cuentas galanas, echando esputos y andrajosos lamentos, sorteando con habilidad los inoportunos obstáculos. Y se agarraba con uñas y dientes a la colilla del cigarrillo, que estaba apurando en esos instantes con frenética fruición, despertando el apetito e interés de Isaías, como si degustara afrodisíacos manjares en una noche loca, barruntando en su interior abundantes dudas acerca de si sería la última francachela en su peregrinaje por este mundo.
Isaías no se detuvo, aceleró la marcha, y pensó que aquello no iba con él, y menos en momentos tan cruciales, cuando la mente marchaba por otros parámetros, ocupada en encontrar el camino más corto para llegar puntualmente. La certidumbre de que no acostumbraba a trasnochar, le transmutaba la cara dándole un aire bonachón, sereno, a la par que participaba de noches claras, de confianza y bienestar.
Sin embargo se moría por inhalar el aroma encendido del tabaco, introducirse en los ahumados campos del placer, tatuando la vida de amarillo, los dientes, la piel. Blandir al viento, como una espada, el cigarrillo entre los dedos lo catalogaba como un atrevido desafío al enemigo, bien como la conquista en buena lid de un preciado trofeo, o como amuleto propiciando la adquisición de poderes mágicos, colmándole de los más sugerentes y grandiosos parabienes.
Morder la textura cilíndrica, la boquilla le subyugaba y producía una catarsis, recostado en la eternidad del instante. La eclosión de humo en nerviosas volutas y círculos evanescentes subían vertiginosos hacia el infinito, dulcificando los sinsabores del espíritu; asimismo le mimaba el semblante en llamas en cada chupada, emulando exhalaciones de sahumerios devotos en escenarios místicos, o irradiando un olor santo por el entorno. Al cabo del tiempo las vías respiratorias iniciaron una huelga de brazos caídos, negándose a arrimar el hombro, y se le fueron adulterando los conductos, brotando pintas, puntos negros en el circuito que recala en los pulmones.
Isaías apoyaba los pies con firmeza en la tierra, en la vida. No obstante como convicto fumador se sentía inmortal, y, acaso impulsado por un frenesí desmedido de flotar por encima de lo rutinario y volar por el espacio, le chiflaba expeler humo con arte, esculpiendo creativas figuras, fuegos artificiales con originales números circenses, despidiéndose con negros pañuelos en la estación del olvido.
En los años gloriosos, de esplendor en la hierba, salud de hierro, mostraban sus ojos una envidiable y chispeante primavera. Pero desde hacía un tiempo, los humos del buque se atascaban en la chimenea, dejaban aromas pestilentes, los amarres aparecían debilitados, y hacía aguas.
En edad temprana, Isaías producía dos cosechas al año, exuberantes y sazonadas. En cierto modo se felicitaba, no sin razón, por la buena estrella, por la sonrisa que siempre lo protegía, saliendo airoso en los trances más espinosos. Incluso en la elección de pareja, el amor de su vida, le sonrió la fortuna –contraviniendo el dicho popular, boda y mortaja del cielo baja-, dado que la timidez lo turbaba sobremanera en tales oficios gastándole malas pasadas y lo zarandeaba en mitad del devaneo amoroso, pese a lo cual logró, -con un hábil empujoncillo paterno por supuesto, cuya doctrina era, dos vacas, tres cabras y diez obradas, suma y sigue, y casan-, establecerse por fin con cierto desparpajo en la plataforma conyugal. Ello no impidió que en el fluir de la convivencia cotidiana, cansina, y durante el frío, húmedo y oscuro invierno de su morada creciera un musgo enfermizo, con tintes frecuentes de seria gresca. Tal itinerario, aunque sinuoso y a veces vomitivo, no emitía destellos fehacientes de un peligro inminente.

Si bien, aun admitiendo el pesado lastre que se incrustaba en los entresijos de la pareja, tal crudeza externamente apenas le alteraba los latidos y el peinado del alma, y menos el nudo de la corbata. La brisa que soplaba sobre la ventana le purificaba las heridas, el cuerpo, las contrariedades.
Tales avatares rara vez llegaron a cercenar su horizonte, o caer en una depresión, provocándole infranqueables quebraderos de cabeza. Cumplía con creces las expectativas que se había trazado.
En épocas de penuria, le pellizcó la marea de la emigración yendo hacia rincones de abrigo, de bienestar social. Recorrió el país de norte a sur, aplicándose en aquello que mejor le cuadraba, hostelería, construcción, recolección de frutos del campo, sembrando estelas de ilusión, ansias de luchar por la vida, con la mirada puesta en el retorno a la tierra que le vio nacer, y poder nutrir los sueños de los suyos.
No era cosa de tomárselo a broma. El doctor, que en primavera lo exploró, le advirtió de la inmisericorde sombra que se cernía sobre sus pasos, los pulmones. Encajó el golpe bajo como un auténtico titán, bromeando con los caprichos de la salud, continuó luchando en el ring, y al oír el gong, se levantó sonriente, intrépido y reemprendió la marcha como ayer, musitando entre sus amarillos dientes, ¡no me detendrán!.

jueves, 16 de octubre de 2008

Yo me voy andando


Por mucho que te empeñes, y guiñes a escondidas o a deshora, encendiendo el fuego –ayer por poco te caza Rafa -, no subo a tu jaguar. Lo siento. Me voy andando por el camino que vine como me llamo Carmen, y, si es preciso, te canto las cuarenta, aunque por el trayecto trague todo el polvo del mundo. No me pongo a deshojar la margarita. Viviré mis momentos. Me inclino por mis vaivenes y ensoñaciones. Sarna con gusto no pica. No apruebo que me robes mis incertidumbres, y menos aún las complicidades cruciales, las que te mantienen en pie de guerra, aquellas que atestiguan la identidad de se yo misma, con la fortaleza de mi razón, la que sustenta mis resortes, y no me pongas el corazón en un puño, como a mocita romántica, al socaire de tus veleidades suntuosas.
Puedes improvisar lo que te embriague más, pero no pienso someterme a tu albedrío, ni columpiarme a tu antojo. Quiero patear, andar el camino, tropezar en la piedra negra que hay en medio de la encrucijada, y sentir el dolor del golpe o el ferviente entusiasmo de ser la dueña de mis piruetas, brindando con champagne en los podios, siguiendo la estela de mis ideales.
Imagínate que escuchara de algún mentecato por la autopista, ¡pobre mujer, pobre mujer, viajando en jaguar, como churro recién hecho goteando aceite hirviendo! ¿Cómo podría beber ese cáliz? Nadie iba a decir que el pobre eres tú, precisamente el más indigente, al mirar tus manos guiando un coche de leyenda, todo un símbolo de un don Juan retador, un play boy en toda regla, y yo, con el pañuelo de cuadros rojos manchado de hipocresía, de gallinazas, de frustración consentida, porque la mancha adulterada de la persona elude controles, y atraviesa fronteras sin miramientos.
No acepto.
Tus pretensiones faraónicas me embotan el cerebro. No soy guapa, pero no lo necesito para mis fugaces escapadas, y mal que bien aún no ha faltado en el horizonte, en mi equipaje una fantástica panorámica, o una relajante puesta de sol que arranque amaneceres de aliento, claras pinceladas en momentos oscuros. De qué me sirve echarme a la boca el surtido de una maleta llevada por rutas insufribles, por la rutina de evanescentes promesas que, a la postre, me degüellen en el mitad del placer, como un belicoso Holofernes antes de llegar al disfrute del manjar acariciado. Si, al menos, portara en el doble fondo productos de cosmética para embellecer el cielo de la conciencia, de mi cosmos, los ojos, los labios, las sonrisas que, asfixiadas, suspiran por aflorar, entonces, en tal coyuntura, acaso encerrara merecimientos para meditarlo. Y hacer un alto en la noria de los días, en el intrincado camino, y emulando a la deidad omnipotente ordenar la quietud del tiempo solemnemente, de todos los relojes de la tierra, y, de forma simultánea, el tictac de los corazones, y, a renglón seguido, si es posible, escrutar sus frutos.
Mañana no lo sé, pero hoy, me voy andando.
Sueñas con repentinas remontadas en parapente, deslizándote desde las cumbres del narcisismo, y crees domeñar la cerviz más recalcitrante. A lo mejor resulta que, en algún báquico júbilo, lo hayas degustado.
Lo desconozco. No me importa. Tengo 42 años, y ya oí las tentadoras melodías de ilustres virtuosos en la plaza, en la feria de mi vida, ondeando al viento la bandera de endiabladas heroicidades, y percibo un ruido raro de ínfulas, que discurren sigilosas, como reguero de pólvora, arrasando recintos y trochas por donde circulan los inexpertos sentimientos.
En mayo, con los campos en flor, “me voy andando” a la vera de la primavera, perfilando pistilos, pétalos, capullos rojos, alegrías de claveles tiernos en el dulzor de las romerías, inhalando los ardientes latidos que acuden a mis pasos, rumiando sugestivas manzanas, aromas de colores de quienes me nutren con su savia. Anhelo franquear, según voy andando bajo la despiadada luz de primavera, las pocas leguas que me separan de mi luna llena.