martes, 28 de junio de 2022

Cajera

- ¡Esto es un atraco! - ¿Cómo? – - ¡Sí, manos arriba, la bolsa o la vida! - Puede que lo sea. Nunca se sabe -dijo alguien. -Bueno, a ver, entiéndase bien la situación, con un poco de paciencia y sus conjeturas. Llegó él al supermercado con un hambre de muerte y las ansias locas por cubrir sus necesidades más perentorias, pero ocurrió que sin esperarlo se cayó de bruces todo su mundo, las urgencias que le acuciaban, la bulla que le empujaba, el desespero, en suma. No resultaba sencillo aquilatar lo acontecido, desempolvarlo, dado que había que destripar todo el maremágnum de cabo a rabo. Y no había más remedio que colocarse en el meollo de la situación, tirándose de cabeza a la piscina de los hechos, a la cuestión palpitante, abriendo de par en par el melón. Y todo aquello empezó a rodarse cuando ella, toda chispeante y coqueta salió a la palestra con aires de Juana de Arco, en su cometido como cajera del supermercado. Las respuestas que emitía tan contundentes y concisas turbaban a cualquiera, (N) y él no iba a ser menos, de modo que le paró los pies en seco comprando, no se lo creía, quedando enredado en su serpentina de algarabía carnavalesca con sus alegaciones como cajera, tan angelicales y solícitas que lo despojó de todos sus convictos argumentos, apartándlo de lo trillado, del hastío cotidiano, de los contenedores del viento. Ella, categórica y certera, atizaba su lumbre como otrora el Divino Maestro a San Pedro cuando caminaba por la superficie de las aguas marinas diciéndole, no temas, ten fe, sigue caminando, y de esa guisa exhibía su varita mágica, parando los impulsos de la corriente del Golfo que a él le ahogaban, y lo logró con una mirada serena y cauta de avezado piloto en los más crudos temporales, y los perfiles parlamentarios de su apabullante fuerza de espíritu, abriendo el corazón del cliente con un sensacional positivismo vital derrochando un irresistible entusiasmo, ofreciéndole generosa todo lo que estuviese en sus manos y muchísimo más. Se pararon al unísono todos los relojes del municipio con sus salidas de tono tan imperiosas y creativas, fulminando las malas pulgas que traía el cliente, las broncas, la cicatería humana, mostrando su persona en el mercado en liza todo un océano de transparencias, comprensión y servicio eclipsando los astros, satélites y corazones que por allí bullían, adueñándose con mano maestra de los tiempos y pasos a seguir, generando un escenario de emociones y sorpresas, y ofrecían besos de empatía a diestro y siniestro, dando una lección de vida con hechuras casi supra terrenales, brotando a raudales de su manantial en estos tiempos tan burdos que corren. Por la puerta grande de la tienda salió como una heroína, exclamando a los cuatro vientos la gente allí presente, olé, olé por sus excelsos vuelos y el talento del que hace gala la envidiable cajera, con sus salados ojos de mar y edificante compostura, exhalando indescriptibles resplandores de sueños y certeras esperanzas. No había palabras. Mañana será otro día, y volverá a salir el sol para todos los seres vivos, mas los soplos de su savia de vida no se repetirán con exuberancia en el mundo, porque su transparencia, buen hacer y gracejo la hacen única como aquí se cuenta, y con la ilusión y fundada espera que tales avatares del viaje de la vida cuenten.

domingo, 15 de mayo de 2022

Crónicas de un pueblo o el cartero de Neruda

Emulando al pescador de Isla Negra, que cambió de oficio para hacerse cartero esperando que Neruda le dedicase un libro, y sentirse altamente recompensado por ello, en cierto modo podría establecerse un parangón con los pálpitos guajareños que aquí nos ocupa. Aunque sin abandonar el oficio de labrador, se hizo cartero de los Guájares (mi progenitor) llevando en la valija no ha mucho tiempo cientos de misivas impregnadas de sal, sudor y anheladas noticias, auténticas cartas de amor en las que se dibujaban los desconchones del alma o acariciadas primicias provenientes de los puntos más lejanos, y llegaban revoloteando cual golondrinas en primavera, en unos tiempos ortopédicos, huérfanos, llenos de silencios o raras coyunturas. Hoy venimos con humildad pero con la mejor intención a regar las áreas de descanso, donde habita el espíritu o el olvido, encendiendo una llama, aportando un granito de arena a fin de fortalecer las raíces fondoneras, y broten savias nuevas, que apuntalen con pujanza los cimientos de los días, multiplicando los frutos y el regocijo, enterrando injusticias, paro, violencias de género o desafecciones a flor de piel. No es fácil adaptarse a las fieras embestidas del mar de la vida, que achuchan hacia la incertidumbre, la Torrentera o el Managüelo, por donde corrían, como liebres, los chiquillos hasta hace poco en sus juegos, el tiempo vuela, o pasaban con las bestias, serios, los mayores, aunque tal vez sea mejor ubicarse en la puerta del Pósito donde se cocinaban los más ricos guisos y caldos, desvelándose secretos, inconfesables aventuras entre trago y trago, congregándose los vecinos mayormente en días de fuerte lluvia, y se hablaba y escuchaba lo que merecía la pena, contratos de trabajo, la salud delicada de algún vecino, el precio de los frutos, el sorteo de Navidad o las hazañas deportivas del Madrid o Barsa, como en esta noche sin ir más lejos, comentándose así mismo los estragos naturales causados en la jurisdicción, terremotos, cosechas ruinosas o el sanguinario temporal haciendo daño por doquier, bien en la vega o en las llamadas islas erigidas a orillas del río de la Toba o del Río Grande. Y se caminaba, unas veces, a rastras por mor de la carestía, y otras, en burro pero con las alforjas medio vacías, y en ocasiones con cierta ilusión, pero la mente humana y sobre todo la guajareña, rompiendo moldes, se ha lanzado siempre a la conquista de la vida yendo a donde hiciera falta sin reticencias. Al hilo de la historia no vendrá mal desempolvar algunas costumbres o tradiciones ya caducadas, como la famosa rubia o peseta, y tantas y tantas otras. En el cauce del río de la Sangre, debajo de la era de la Cruz, figuraba la antigua presa de la fábrica de la luz que alumbraba a los guajareños, y donde se daba un remojón el que podía aliviando los acaloramientos tras rematar la labor o haber cruzado los Palmares, la cuesta de Panata u otra loma limítrofe. En verano los vecinos llenaban sus frigoríficos, es decir, cántaros y pipotes, en el barranco de las Huertas, en la fresca Minilla, yendo como a milagroso balneario, y donde la bulliciosa juventud celebraba a menudo las onomásticas o cumples con desenfadas meriendas u otros eventos, dando pie a chispeantes conversaciones y situaciones, despuntando por entre aquellos destartalados riscos y espesura arbórea de frutales dulces efluvios, tiernos brotes de amor. Y se hacía la trilla en la era ofreciendo un magnífico espectáculo circense, sobre todo para los más pequeños, que se volvían locos subiendo a aquellos viejos cacharros, esquiando por la nieve de paja como en fantásticos trineos, pese a las altas temperaturas. Los novios, cuando hacía buen tiempo, se sentaban a la puerta de las casas al oscurecer moviendo de continuo los labios como mordiendo, y tragaban saliva a borbotones, algo nerviosillos, domeñando los deseos con los ojos entornados ante la atenta mirada de mamá política, que cosía y descosía a su antojo algún roto de pana, cual otra Penélope, o abría en canal un ojal poniendo los puntos sobre las -íes. En las épocas propicias, los muchachos iban a la rebusca de aceituna o almendra recorriendo los esquilmados terrenos y mojoneras, soñando con unos arrimillos para sus gustos, garbanzos tostados, tortas o rico helado mantecado o quizá un cigarrillo. Cada año tenía lugar la fiesta de los quintos de reemplazo, al tallarse en el Ayuntamiento, compartiendo un opíparo almuerzo de carne de borrego o lo que cayese en la olla o sartén regado con mosto de la tierra, aunque siempre con la mirada puesta en el incierto destino. Los niños pastores, con un hatajo de cabras o piara de marranillos se movían a sus anchas por barrancos y riberas, como otrora el poeta oriolano Miguel Hernández. Las correrías de los chavales por la vega huyendo del guarda, ¡que viene el sacasebo!, parecía que gritaban acongojados, viéndose obligados a brincar a la desesperada por balates y acequias burlando la metralla, dando alguno de ellos con los huesos en el calabozo que por esos momentos había, si bien habrá que señalar que tal recinto fue un tiempo coqueta carpintería, donde se hacían mesas, reclinatorios, bancos y banquetas para la iglesia y la escuela, así como trajes para el último viaje. Y en el crudo mes de enero, tenía lugar en la plaza del pueblo la representación del teatro del sufrido gallo, que se diría para sus adentros a buen seguro lo mismo que Jesucristo en la última cena, que alguien le traicionaría, siendo atado de pies y manos y colgado boca abajo revoloteando con los estertores de la muerte, hasta que llegaba el golpe de gracia de una mano invidente que hiciese de verdugo, previo pago a los mayordomos de los correspondientes arbitrios y aranceles. Por otro lado, el bullicioso baile en la Placilla, donde unos traviesos urdidores entregaban monedas por un tubo para el cambio de pareja, entrando en juego los celos y rencillas, siendo amenizado por el grupo musical por excelencia del pueblo, con José Cano abuelo a la cabeza, con soberbias actuaciones nunca lo suficientemente valoradas, tocando con maestría y salero guitarra y bandurria con acompañamiento de botella de anís, platillos o zambomba deleitando a propios y extraños, bailando conjuntamente abuelas y nietos. Y luego estaban los bautizos con su estruendosa lluvia de monedas volando por los aires, cayendo sobre las cabezas y corazones de chicos y grandes, gritando todos al unísono, roña, roña, siendo los grandullones los que se llevaban la mejor tajada. Y en llegando el día de la Virgen se transfiguraba todo, y se paralizaban todos los relojes del mundo, era lo más grande, colocándose en la plaza y calles colindantes tenderetes o puestos de turrón, peladillas, polícromas banderolas, así como vetustas casetas atiborradas de golosinas y raros artilugios, aunque lo más aplaudido eran los fuegos artificiales con improvisados cohetes en todo tiempo y lugar, sobre por el camino de la Cruz durante la procesión, y luego el centro por antonomasia de los fuegos, el castillo, un esplendoroso despliegue de luces y meteoritos y ruedas incandescentes en la plaza desafiando la gravedad, cual ratas voladoras, y como broche a tanto ensueño, la traca final, que convertía en claro día la espesa oscuridad de la noche. Y se jugaba a las charpas, lanzando al aire las dos monedas ganando los más afortunados en el juego, que no en el amor. En Semana Santa enmudecían las campanas, y rugían las carracas como enjaulados leones, exhalando pesarosos lamentos que horadaban los corazones y ventanas del alma, mezclándose con heridas saetas como la de Machado, "Quién me presta una escalera/ para subir al madero/ para quitarle los clavos/ a Jesús el Nazareno"... evocando a algún ser querido. Y así mismo las bodas, que constituían todo un bullanguero acontecimiento, procurando que tuviese un buen novio la hija, sin darse al vino o al juego, olvidándose ese día de las estrecheces, y las comuniones, que se echaba la casa por la ventana, llevando ricos trajes y cubriendo de flores todos los rincones creando un paraíso feliz. Y se daban las cencerradas, por el ayuntamiento de la pareja tras haber permanecido separada un tiempo, o bien, de nueva creación pero sin que hubiese invitación, y se realizaba en medio del sepulcral silencio nocturno, cuando disfrutaba de la ansiada luna de miel. En ocasiones acontecía que algún novio impaciente perdía los estribos, subiendo a un tranvía llamado deseo, cual célebre galán de Hollywood rumbo a Río Grande, a un bancal o a la era impulsado por la libido, dejando por el camino olvidada alguna prenda o lágrima. En el área industrial, se hallaban a pleno rendimiento los tres molinos -el del Río, el de la Fuente y el del grano-, que bregaban a la sazón en la villa, abasteciendo de combustible a visitantes y lugareños, con abundante aceite y pan tierno, así como la industria del esparto, las esencias de romero, la siega, la monda motrileña o vendimia francesa. Y para terminar, dar las gracias a los organizadores, a todos los asistentes y compañeros de viaje por su envidiable labor creativa, llevándolo a cabo contra viento y marea, aunque se atraviese el más áspero de los desiertos.

domingo, 3 de abril de 2022

Inconsistencia

Lo inconsistente se cae por su propio peso. Rosendo rumiaba las fragancias de una rosa al estallido de la primavera, evocando los líricos rizos de J.R.J. en su poética aseveración, “No le toques ya más/, que así es la rosa” //. Y nunca alcanzaba a tejer en sus mentales procesos que la efímera flor, harto deslumbrante y coqueta, fuese tan fugaz y frágil, cual súbita estela en el espacio o en el azul del mar, por muchos cimientos de oro con los que se arropase su aura, de forma que sus principios tengan el mismo cariz o sintonía en lo referente a las raíces que la nutren y trajeron al mundo. Según reza en el ADN de los humanos, por muchas puyas o desaires que exhiban sacando músculo son mortales a machamartillo, dándose la mano la cuna y la sepultura, como tan ingeniosamente lo recrea la pluma quevedesca, siendo como dos eslabones de la cadena existencial. Rosendo repostaba siempre que podía tomando el café matutino, aunque llegado a un punto de la cumbre, como el mítico Sísifo con la roca a cuestas, se derrumbaba por la inconsistencia de las alegaciones argumentales u otras disquisiciones al uso que arribasen a su hábitat, cual fuerza mayor para sofocar tal furor, toda vez que en la infancia ya se le troncharon bruscamente los brotes verdes de su primavera cayéndole el alma a los pies, al perder los estribos de la mesura, el compás de la partitura que interpretaba en sus cantados pensares, siendo presto pasto de las llamas de una descarnada inconsistencia, viéndose impulsado a levantar cabeza capeando el temporal, desbordado por el caudal de un río de incomprensión, siendo arrastrado por la turbia corriente del vivir. Él, un tanto sigiloso, intentó coser los rotos de las maltrechas vestiduras, poniendo a buen recaudo las virutas y tronco del árbol caído gestionando un lugar seguro, como ocurre en la guerra protegiéndose del bombardeo enemigo en un búnker, y haciendo de tripas corazón lo inconsistente y fugitivo se le vuelve muy a su pesar sustento de vida, un estadio síquico de raras hechuras elaborado a ciegas y contra reloj, sacando a la luz lo sensato que dormía en el interior del alma, recibiéndolo al cabo con los brazos abiertos. Y la duda, oh la duda, como apunta el filósofo, es un fidedigno latido del existir, que convive con la ignominia y las puñaladas por la espalda junto con la cizaña que germina en determinados horizontes o mustias macetas del andar por casa, y no dar un golpe en la mesa con consistencia fulminando lo fútil, los golpes bajos, el descalabro que aguarda detrás la puerta. Las volátiles ideas o movedizas arenas, como el terreno que se desplaza clandestinamente mientras lo demás duerme en sus laureles, siembran la zozobra, la incoherencia de los pasos perdidos sometiéndolo a un perenne declive, al no generar muros de contención, instalando certidumbres a manos llenas en los vaivenes del tren de la vida, y retorne a su entorno la contrastada consistencia sacando las castañas del fuego, y broten tallos nuevos en su mundo cultivado. Así mismo los seres humanos se mueven o dibujan a veces los sueños por inconsistentes encrucijadas ahogando los conductos de las gargantas, propiciando un vacuo batiburrillo o maremágnum que nadie entiende. De esa guisa se ningunea lo más elemental y palmario del discurrir humano, al poner en práctica la ley del embudo, aplicando baremos u otras extrañas pautas que desafían la ley de la gravedad intelectual. Y en esas sendas indescifrables del vivir se quiere construir un mundo nuevo, un mundo artificial inteligente, como el artificio robótico, alimentado por unos espurios entes con poderes supuestamente sobrenaturales contemplados bajo el prisma de un flaco pensamiento, echando por tierra los cánones y directrices señeras del raciocinio clásico, dando volantazos sobre la marcha proyectando caminos de Santiago por el espacio aéreo o diferentes rutas por los laberintos del globo sin poner los pies en el suelo, atropellando a todo bicho viviente, a los indefensos peatones cruzando el paso de cebra. No se explica la ceguera o rudeza en ocasiones de las divagaciones humanas en el devenir de los días perdiendo el norte, la brújula en alta mar entre tiburones sin remordimiento, corriendo el riesgo de chocar con la barca de algún pirata o acaso con la de Caronte que no anda muy lejos, eclipsando los rutilantes destellos de la sabia inteligencia. Aunque cueste creerlo, lo inconsistente es el pan nuestro de cada día, el compañero de viaje que se lleva en el equipaje, y no hay más remedio que cambiar de tahona, a fin de no exponerse a lúgubres huracanes o necios temporales sin corazón.

martes, 15 de febrero de 2022

CREPÚSCULO

Estaba la pareja, como aquel que dice, dormida en los laureles, en sus balbucientes brotes haciéndose, cuando en la verbena de las fiestas de la Virgen de la Aurora del pueblo interpretaba la orquesta la canción, “A lo loco, a lo loco se vive mejor”, y con las mismas comenzaron a bailar con tal arrebato que pronto bordeaban la extenuación. La última pieza musical que pudieron aguantar fue “Ansiedad”. Al poco tiempo de la festiva función, tras el derroche de amorosos movimientos por la pista decidieron descansar a fin de recuperarse, encendidos como se sentían por los meneos y roces de los ardientes ritmos de las melodías. Y llegado el momento tomaron asiento, y pidieron un gin tonic al camarero intentando poner freno a tan desesperada fogosidad, atemperando los impulsivos anhelos que alimentaban sus espíritus. Y una vez superado el súbito sofocón, volvieron a la pista con aires nuevos. Cuando ya crecían las sombras por calles y plazas refrescando la tarde, se miraron fijamente a los ojos como si quisieran fundirse los dos en uno, y sopesando sobre qué camino tomar en esos instantes de excitación, acordaron coger el coche que acababan de estrenar a la entrada de la primavera, y se trasladaron a una playa cercana a darse un baño a la puesta de sol, disfrutando a sus anchas de la naturaleza y los ardorosos fulgores del ocaso, o bien, darse un cálido paseo por las orillas del mar, gozando del salado murmullo de las olas. Y en ésas andaba inmersa la pareja, tras el vertiginoso fuego crepuscular envolviendo la atmósfera. Mientras tanto, masticaban las primaverales y juveniles fragancias del amor, pensando en un ubérrimo porvenir, montando el día de mañana un nido donde refugiarse de las tempestades o el furor de los rayos solares, realizándose como personas en alegre y grata compañía. Por tal época de sus vidas andaban aún titubeando sobre los proyectos, los sueños, recapacitando a cerca si los sentires del uno se amoldarían a los del otro, llegando como fruta madura, o acaso fuesen verdes tallos sin sentido navegando a la deriva, y expuestos, cual volubles veletas, a los envites del viento. Y en esas entremedias, después de patear los rincones y parajes costeros más sugestivos se sentaron plácidamente en una roca, donde acostumbraba a hacer su nido un pajarito, y emergía toda rebelde de las aguas marinas la roca, rompiéndose inmisericordes las olas contra ella. Durante un tiempo se dedicaron a contemplar el encanto del cielo, sus secretos olores y pulsiones, la gama de colores y sugerentes resplandores escrutando lo que ocultaban tras su majestuosa estampa, quedando abducidos, al percatarse del inmenso corazón del crepúsculo que, aunque fuese harto fugaz y los abandonase presto a su suerte, ellos, nadando en sus fibras, en un mar de ilusiones, de albas se abrazaron efusivamente, y pese a que la noche caía con toda su cohorte de estrellas, incertidumbres y misterios, quedaron profundamente embaucados por los inconmensurables efluvios crepusculares, los deslumbrantes destellos, y, tomándolos como testigos del momento se juraron amor eterno, sellándolo meses más tarde ante la autoridad competente. Con el paso del tiempo, al inicio de la primavera, con no poco alborozo y contento celebraba la pareja el paso que dieron en aquel sublime y afortunado crepúsculo, quizá el más venturoso y fructífero que vieron sus vidas.

jueves, 3 de febrero de 2022

Arpa

Entre un interesante dossier de vitaminas para el corazón, bocetos de sonetos y un poemario con epígrafe de Fragilidades que tenía delante, arrancaban los primeros balbuceos intentando darle curso a los pensamientos, y entonar los aires conformándolos, porque, aunque no la citase abiertamente, en su corazón hervían las insignes interioridades de la avezada arpista, que en cualquier momento podía montar un circo en cualquier plaza o balcón de una ciudad, desplegando sus alas y paralizar el mundo, convirtiendo el arpa en un volcán de emociones, un océano de memorables sensaciones mediante el duende creativo de sus dedos. La vida un tanto anodina de él no le ayudaba a cicatrizar las heridas, y la plomada no le señalaba la verticalidad o altura de miras, y despegarse de las rutinarias caminatas a fondo perdido o insípido tránsito por bulevares y tiendas de antigüedades emprendiendo de una vez por todas el vuelo. Lo que tal vez echaba en falta era una ebullición galáctica, un raudo aliciente que levantase cabeza y dijera aquí estoy yo, dando el do de pecho en el tejer de los días, experimentando sin ambages la ansiada y enriquecedora impronta. Cuando las fragilidades más arreciaban en aquella destartalada tarde, un surtidor de chispeantes y melódicos embrujos surgieron de repente deleitando el paisaje, el ambiente, el mar cercano amansando a los peces más voraces, exhibiendo las bondades y encantos que dormían en las venas de la arpista, pulsando con perspicacia y talento las cuerdas de los sentires. Es de sobra conocido el proverbio, la música amansa a las fieras. No obstante, no imaginaba ni por asomo cuáles serían los singulares orígenes del arpa, su materia prima, y cuál no fue el estupor cuando llegó a sus oídos el hallazgo, no dando crédito a tan paradójico relato, al verificar que no se parecía en nada a la cita bíblica del Paraíso Terrenal con la célebre costilla de Adán, al hallarse tan alejadas entre sí las raíces de su árbol genealógico. Los arúspices del idílico instrumento apuntaban que los prístinos atisbos del arpa nacen de los ancestrales oficios del género humano para subsistir, nada menos que del arco y las flechas que utilizaban para la caza, herramientas rústicas y vitales para la obligada tarea de buscar el sustento diario las diferentes tribus, que poblaban la Tierra. Él se conducía expectante, fluctuando en la cuerda floja, pisando charcos, y no hallaba un espacio a su gusto, robusto, en el que afanarse y establecerse placentero acorde con sus postulados. Su ímpetu se difuminaba, cual azucarillo, a la vuelta de la esquina. SiEn embargo, su fantasía no dormía, y revoloteaban por su mente en tales coyunturas de un mar en calma imágenes de aura de estrella, rumiando que su enjundia era un trasunto del arpa que tocaba, de forma que cuando él acariciaba su cuerpo advertía que se transformaba, que lo afinaba, refulgiendo exultante su figura y la cadenciosa melodía que brotaba del rojo de sus labios. Él se conducía por los vericuetos del existir sin señas de identidad, cual barco a la deriva, dirigiéndose rumbo a ninguna parte. Su chispa se deshacía al instante. Pugnaba por ello, pero no llegaba a enhebrar la aguja de los sueños, le faltaban los mimbres para trenzar un cuadro digno donde verse representado en la posteridad, acorde a los cánones humanos, y necesitaba remar con ahínco a fin de que tales presentimientos cayesen por su propio peso, cual fruta madura. Y de esa guisa caían, un día tras otro, las hojas del almanaque, las deshabitadas jornadas, las cosechas del campo, y no acertaba a plantar un árbol de la vida, ni encontrar un equilibrio en los vaivenes existenciales, no siendo arrastrado por las aguas de los desvaríos. Un día, cuando más perdido se hallaba, oyó los ecos lejanos de un arpa que lo envolvía todo en un mundo de misterio y ternura mediante voluptuosos ritmos, siendo seducido por la armonía de su escala y acordes en una lluvia de silbos amorosos, transportándolo a un escenario de melómanos pellizcos, de fruta prohibida, bebiendo los vientos que danzaban ardientes por aquellos contornos. Jamás elucubró que semejante ensamblaje de inermes y frías cuerdas del bosque manejadas por los cazadores de turno, contuviesen en su empresa tan estelares ambrosías artísticas, cuando a lo mejor apostaría cualquiera por la pérdida de los papeles en el trance de aquel berenjenal, pero la arpista con mano firme en el timón marcaba el tempo de la partitura eligiendo allegro, vivace, presto o prestissimo ad líbitum, eludiendo que sus ingeniosas manos fueran atrapadas como fiera salvaje en el cepo al ejecutar la melodía, saliendo airosa del creativo reto, reteniendo a cuantas aves y transeúntes cruzaban por su espacio, siendo testigos de tan excitante eclosión musical, sembrando en sus almas inefables embelesos, unas esencias únicas.

lunes, 29 de noviembre de 2021

FANTASMAS

No poner puertas al campo era el lema de Gertrudis, todo abierto de par en par, hala, a la calle todo el mundo, a la buena de Dios. A buen seguro que en su ADN lo llevaba esculpido a sangre y fuego, y quería retozar por rincones, avenidas o callejuelas sin descanso. Era su modus vivendi, con una llamativa peca en la frente, y un airoso gracejo que le asomaba por las mejillas. Lo tenía tan claro Gertrudis que hizo suyo el dicho popular, el buey suelto bien se lame, y se lanzaba a los cuatro vientos sin cortapisas por el cruce de caminos de los mortales rumbo a su destino, sintiéndose como ungida por el Todopoderoso, de forma que en todo tiempo y lugar su efigie, poses y talle salían siempre a flote, indemnes ante cualquier contratiempo o feroz acometida que tuviese lugar por donde transitaba. Se sentía como pez en el agua atravesando las más hostiles besanas, vaguadas o parajes sombríos, siendo para ella todo coser y cantar. Ni el hombre lobo o alguna leyenda de los tiempos más oscuros de la infancia la amedrentaban, y se soltaba los pensamientos, el pelo, yendo toda entera dispuesta a comerse el mundo. Cómo de súbito llegaba a cambiar tanto su horóscopo por mor de unas inexplicables fluctuaciones, y cuando mejor le iba en sus andares mundanos o vitales, tan pronto pisaba el umbral del hogar, las cañas se le volvían lanzas, asaltándole los más horrendos miedos, y su imaginación se regocijaba sobremanera deslizándose por los más espinosos mundos poblados de insaciables monstruos de carne y hueso, o sorpresivas almas en pena que acudían a su cerebro tomando cuerpo y cartas en el asunto, y según sus sutiles entendederas entraban y salían como pedro por su casa, por mucha tranca apostada en la puerta, sintiéndose atormentada de continuo con inminentes salivazos de muerte como si tal cosa al poco de entrar en su casa. Esos malignos seres o entes vivientes se configuraban de cualquier modo en su derredor doméstico, y azuzaban a los ancestros a que arrimaran el hombro y se encarnasen también participando en tan rico o macabro festín. En otras ocasiones merodeaban por sus sienes perversos personajes, que podían cebarse con ella sin ningún remordimiento y, llegado el caso, abusar inmovilizándola de pies y manos, o manipularla como los títeres en los cuentos de Chacolí y su Enanito en eterna lucha con la malvada bruja Candelaria y el Gigante Barba Azul, cual muñequitos de guiñol, llegando incluso a estrangularla (pensaba ella) al cruzar de una habitación a otra, y no se sabía el porqué, si es que entraban por la ventana los intrusos, por la chimenea o por el aire, como las moscardas, teniendo siempre el semáforo en verde, y la puerta abierta para penetrar en sus interiores y hacer alguna de las suyas, según sus esclarecidas estimaciones, y a la chita callando acabar con su estampa, sin darle tiempo a despedirse. Acaso por la lectura de avinagrados acontecimientos relatados en la novela negra o extravagantes coyunturas transmitidas de boca en boca, ocurría que cuando Gertrudis se hallaba en el hogar le llegaban no pocos pensares harto peligrosos y dañinos, por lo que se andaba con pies de plomo al ir de un lado a otro de la casa, yendo siempre con los ojos bien abiertos, mirando por las rendijas y recovecos no aflojando ni un instante su atención, procurando estar perennemente al acecho, y a ser posible no moverse del sitio por si las moscas, evitando así que una mano negra le amordazase por la espalda de repente sin poder gritar. Al entrar en la vivienda le acosaban las más tétricas elucubraciones, y se le paralizaban piernas y brazos, y la mirada se le nublaba hasta límites insospechados haciéndose de noche de pronto en su alma, corriendo el riesgo de evaporarse o hundirse para siempre en un pozo sin fondo o peor o aún, en el mismo suelo que pisaba. Era algo insólito, fuera de lo común, pero ella lo asumía con la paciencia de Job y con sus cinco sentidos, lo tenía muy interiorizado y creía que obraba por su bien, y que su cerebro no la traicionaba, porque en cualquier momento podría cruzarse en su interior de la morada con el mayor de los asesinos disfrazado con seductoras y pintorescas capas de ensueño. Según manifestaba a los suyos, tenía cierta consciencia del más allá, ya que había hecho sus pinitos en esos inframundos comunicándose con ellos en amenas conversaciones secretas, por lo que se cuidaba muy mucho cuando caía rendida en el sofá del salón. Disponía de un potencial imaginativo enorme, y sus pensamientos así lo corroboraban, y venían a demostrar el dictamen de sus sesudos argumentos, por lo que siempre que se encontraba en su mansión, las mazmorras o célebres presidios que en el mundo han sido se quedaban cortos con los estragos y desgracias que a ella le acechaban a cada paso dentro del hogar, sobre todo si estaba sola, pues ni siquiera le valía la compañía de la mascota, pese a ser el mejor amigo del hombre. Es muy llamativo que estando acompañada ya fuese otro cantar, y los malignos duendes se disiparan como por encantamiento, ya que por lo visto esos invisibles entes o fantasmas corrían a sus anchas por las habitaciones jugando al escondite (apostillaba ella) si se encontraba sola, no pudiendo ir a hacer sus necesidades al baño, por si le echaban el guante en la travesía. Era todo muy raro y siniestro, como si un intempestivo seísmo le sucediese de pronto o un ladrón caníbal la abordase escalando en un plis plas su fachada, o cuando más confiada estuviese la engullesen como si de una tentadora y rica rosquilla se tratase. Por todo ello corría Gertrudis unos terribles riesgos y terribles pesadillas, sobre todo si permanecía sin compañía en la vivienda, convencida de que era el lugar menos seguro del planeta y más expuesto a la perdición, atracos, violaciones u los más oscuros secuestros, por muy atrancada que estuviese la puerta. No había forma material de frenar sus alarmas, ni siquiera a las almas en pena, a los espíritus que vagan sin orden ni concierto por los aledaños pendientes de sus pasos acorralándola en su refugio, no pudiendo moverse por el pasillo, encendiéndose en su mente un fuego misterioso que le trasmitía que podían aniquilarla en cuestión de segundos, pese a lo espabilada, brava y curtida en mil batallas, de las que por cierto hacía gala. Una noche de truenos y relámpagos a más no poder, se le ocurrió a su pareja ingeniar algún ardid que le hiciese comprender que lo suyo no era otra cosa que una pura fantasmada, musarañas musitando en el espacio vacuas jitanjáforas, y planeó una idea, envolverse en una enorme sábana blanca y con las mismas entrar por la ventana del jardín dando gritos descorazonadores y dejarse caer en el lecho donde ella dormía soñando con los angelillos, y cuál no sería su inmensa alegría a la postre, cuando descubrió feliz que era su amor el que tan tiernamente la abrazaba. Cierto día en que ponía a prueba su bravura y confianza callejera, exhibiéndola por la rúa a pecho descubierto y sin preocupación alguna, resultó que comenzaron a caer unos copitos de nieve, parecían mariposas blancas que bailasen la danza del vientre o acaso de la muerte, vaya usted a saber, y sin que apenas le diese tiempo de advertirlo se cruzó Gertrudis con un camello ofreciendo estupefacientes, y con las mismas la embozó brutalmente con unas negras capas introduciéndola en un vehículo, y nunca más se supo de las correrías, entelequias o carnavalescas mojigangas domiciliarias de Gertrudis, pateando en sus parrandas los caminos del vivir. La cordura y sentido común pierden su razón de ser a veces, y caen al suelo haciéndose añicos, cual valiosa vasija, acabando tonta y tristemente sus días.

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Novios

Estaba tomando la pareja una infusión de rooibos en la tetería con el prurito de poner orden en sus pasos y caldear el alma, cuando de repente llegó una tormenta de levantiscos pensares exigiendo concretas y veraces respuestas acordes con su estado de ánimo, mientras se oían los ecos lejanos de una canción, que en sus tiempos de esplendor les encandilaba, hasta llegar a tomarla por bandera. Ahora apenas si levantaban cabeza para tararearla, se les encasquillaban las cuerdas vocales y labios al escapar por los orificios del recuerdo el chorro de voz que generaban, en aquellas tardes de esperanza, de copiosa lluvia que abonaba las ilusionantes primicias, no obstante, persistían en su afán por entonarla o susurrarla al menos, aunque le resultase harto difícil por los estragos del verdugo del tiempo. Y como impulsada por un huracanado tumulto se dejó llevar ella cantando con toda su alma la melodía rivalizando con Armando Manzanero, “somos novios/, pues los dos sentimos mutuo amor profundo/, y con eso/ ya ganamos lo más grande de este mundo/. Nos amamos/, nos besamos como novios/... Quería coger el toro por los cuernos, y enfrentarse a los vacíos que albergaban sus estancias y pupilas sin apenas mojar el pan en el húmedo manjar tan apetitoso del vivir. Qué corto el amor y qué largo el olvido, musitaba ella, cuando visitaron el camposanto el día de Difuntos recordando a los familiares. Mas todo ello no conlleva ninguna solvencia milagrosa o brote de algún plan que haga revivir a las personas que yacen bajo la fría tierra o exornado mausoleo de difuntos con flores de tierno cariño. Juventud, divino tesoro, exhalaba ella limpiando el polvo de la desteñida foto que figuraba en el mueble decorando la sala. Qué de sueños y anhelos dormían en sus entrañas, tronchados en flor. -Si volviese a nacer otro gallo cantaría, decir un te quiero lo pensaría con el mayor esmero, aunque la incertidumbre me asaltase dudando hacía dónde dirigir la mirada o qué camino tomar -dijo ella. El sombrío otoño transcurría lento y un tanto alocado, deslizándose por pedregosos y oscuros cauces, no encontrándose otros más acogedores al cobijo de una romántica luna, encendida, dulce, que viniese como anillo al dedo. El día de Difuntos explosionó todo, y no se sabe por qué, siendo uno de los aldabonazos que recibió sin mucha convicción la pareja. Al parecer carecían de lo más elemental en casa de una familia, no ya lo material, verduras, frutas del campo, embutidos, sino también la parte más trascendente, lo emocional, los sentires. En esas entremedias esperaba él una carta de Lima que nunca llegaba, si bien al poco le confirmó alguien del clan con toda certeza que ya venía de camino. Del contenido de la carta nada se sabía, pero tanta demora daba qué pensar, si tal vez habría sido intervenida en magistratura, o robada a plena luz del día por alguien en los cambios de turno, pues no se entendía tan disparatada tardanza, haciendo cábalas todas las noches en su guarida sobre las imprevistas y raras circunstancias del suceso. En las conversaciones íntimas se había especulado con que la misiva, aparte del contenido de la escritura y otras rosas y perfumes, llevaba unas hierbas prohibidas a todas luces, y podría ser que alguien siguiendo instrucciones del capo de guardia hubiese dado un chivatazo asesinando a alguien por venganzas crematísticas o de seguridad. Unas semanas más tarde la Interpol arrancando la puerta, entró en casa de la pareja husmeando por rincones y vericuetos buscando huellas o pergaminos con algunos rasgos biográficos de los mandamases y artífices de las asesinas hierbas, que con tanta ligereza viajaban en su interior de polizón. A través de la correspondencia conseguían cuantiosos ingresos, pasando fastuosas estancias de ensueño, unas veces en la Costa Azul, y otras, por las aguas del Caribe. AL cabo de un tiempo de investigación policial a través de secretos encuentros y chivatazos se supo que una antigua amiga íntima estaba involucrada en todos los pasos y movimientos de la pareja. En ciertos momentos él intentó sobornarla con suculentas sumas de dinero, pero ella no accedió, y seguía dando información a la policía. El leitmotiv de su vida era recuperarlo a él sano y salvo, antes de que los gendarmes lo metiesen en chirona casi de por vida, porque las fechorías que se le atribuían así lo demostraban, enfangado en aquel berenjenal mafioso, y era harto complicado lavarse las manos o hacer borrón y cuenta nueva, porque el río de plata que circulaba de Europa a América por los sitios más inverosímiles eran de escándalo, aunque la policía no había descubierto aún todas sus correrías y maquinaciones, por imperar a toda costa la ley del silencio, ya que todo aquel que se fuese de la lengua sería ejecutado ipso facto, y andaban nadando en la abundancia y disfrutaban a tope. Mas la antigua novia que tuvo no lo transigía, y su amor por él era tan fuerte y convulso que no podía callarse por más tiempo, y un día al alba, cuando los gallos dan el primer toque matutino se presentó en comisaria, y estuvo durante varias horas hablando con el comisario jefe vaciando todo lo que sabía y más, exponiendo con máximo detalle todos los subterfugios, guaridas, refugios o celadas de su antiguo amor. Y con las mismas la policía se puso manos a la obra, y en el día de difuntos, cuando los traficantes se reunían en el cementerio para celebrar su cónclave secreto del aparato mafioso, evocando a los antiguos fallecidos de la banda, en un festín como homenaje a los caídos por la causa brindando por sus hazañas con los estupefacientes, de repente aterrizaron allí cinco helicópteros de las fuerzas del orden, y con las mismas los atraparon a todos, durmiendo esa misma noche en los calabozos de la fuerzas del orden, La novia actual de la pareja no sabía nada del rocambolesco infortunio, y cuando se enteró, no daba crédito, y con las mismas hizo acopio de barbitúricos y con no poco sigilo se introdujo en la bañera y fue engullendo tabletas asesinas, y mientras los teléfonos sonaban, ella iba perdiendo el conocimiento, hasta que en un golpe de gracia la policía entró echando la puerta abajo, y la sacaron de la bañera con un hilo de vida, le hicieron el boca a boca y aplicaron los requeridos auxilios y paulatinamente fue abriendo los ojos, hasta que al fin pudo hablar y dijo: ¿dónde está mi Gonzalo, dónde está mi Gonzalo? Pero de repente un paro cardíaco acabó con su vida. Hay amores que dan vida, y amores que matan. En el tren en el que viajamos abramos los ojos a lo que nos rodea, y podremos cantar victoria sacando a la luz la mendacidad y estafas que con frecuencia se propalan por los más sofisticados medios sin percatarnos de ello. Y ocurre que una vez metidos en la boca del lobo, llevan sin escrúpulos hasta las últimas consecuencias el lema, a vivir, a vivir, que son dos días.