jueves, 25 de marzo de 2021

Pegando la hebra

En una carrera por sacudirse la asfixia pegajosa por la pandemia ante tantas limitaciones, querían las amigas Eulalia y Leocadia poner en las alturas el listón de los sentires, los dimes y diretes del barrio por los azotes de la vida sin frenos a su fantasía, y se sentaron en las respectivas sillas del patinillo de la casa haciendo un alto en el camino, dejándose llevar por el instinto de curiosidad buscando un tiempo de evasión que les arrojase paz, sosiego y armonía en sus maltrechos avatares. Y con las mismas se acomodaron cada una a su manera soltándose la lengua, cual río desbordado por la crecida, hablando de lo divino y lo humano, sosteniendo que el mundo al fin y al cabo es un pañuelo, dando lugar en ocasiones al llamado efecto mariposa en el planeta Tierra. Y con no poco desparpajo echaron mano de su alegre locuacidad y facundia robándose los tiempos parlamentarios en un apresurado aluvión de emociones e inquietudes jugando con el idioma que les vio nacer a través de vivaces expresiones en su coloquio (lejos sin duda del célebre coloquio de los perros cervantino) abundando en las voces utilizadas en el discurrir cotidiano con su encapsulada estructura configurada a sangre y fuego a través de los siglos pasando de abuelos a nietos y padres a hijos, pergeñándose una sólida sedimentación lingüística en los registros, no sólo de los hispanoparlantes de acá sino de allende los mares, y empezaron a bucear en las aguas de los latiguillos, chascarrillos, muletillas, aforismos, refranes, dichos, proverbios, adagios, sentencias y máximas recorriendo el universo idiomático desde Roma a Santiago dando por descontado que cada término o frase tiene su ego, las connotaciones y preferencias, como cualquier hijo de vecino, las partes donde más les duele o ilusiona, y no cabe duda que cada cual lleva el agua a su molino, aunque teniendo siempre presente que donde las dan las toman, y siendo en innumerables ocasiones de armas tomar, tanto las expresiones como las personas, sin olvidar que las armas las carga el diablo. Aquella mañana lo tenían todo hecho, diciéndose para sus adentros, Zamora no se conquistó en una hora, y de esa guisa se entregaron a la causa ansiosas por saber la una de la otra y del entorno, poniéndose al día de los últimos aconteceres o rumorología de la gente, pues hacía un siglo que por distintos motivos no se reunían. Los temas o tópicos a los que se echa mano en estos casos son siempre los más trillados o rutinarios, la salud de familiares, hijos, nietos, fallecimientos o separaciones de los más allegados o conocidos. Y por fin tuvieron ocasión de llevarlo a cabo sentándose encima de las horas parando el oleaje del reloj, y se pusieron manos a la obra disfrutando de lo lindo, contándose las más divertidas o disparatadas historias de hacía varios lustros, al no verse las caras por los imponderables de la vida. Y en esas tesituras y quisicosas andaban inmersas Eulalia y Leocadia haciendo honor al espíritu femenino, desentrañando todo lo que caía en sus manos, como un acto ancestral innato del ser humano. -En un principio prefiero vivir tranquila, Leo, sin más, que las penas vienen solas, y para eso me viene a la mente aquello de a enemigo que huye, puente de plata, y no se hable más –dijo Eu. -No sé si con esos términos o troncos se puede echar una lumbre hermosa, y matar el gusanillo y el frío del alma y el de marzo, pues ya ves que cuando febrero marcea, marzo febrerea –dijo Leo. -Fíjate, hoy el cielo está encapotado, y ¿cómo se dice el trabalenguas, ah, ¿quién lo desencapotará? el desencapotador que lo desencapote buen desencapotador será, aunque esto de estar en las nubes no es lo más acertado, Leo –dijo Eu. -Ahí parece que coincidimos, yo prefiero hablar de lo nuestro, así por ejemplo ver a mi niña feliz y contenta como unas castañuelas, y tenga un buen casamiento, aunque se diga que casamiento y mortaja del cielo baja, aunque eso no me gusta, y que dé con un buen hombre, y tenga la vida cubierta y segura, que no está el horno para bollos, o piense lo de aquel dicho ingenuo como el que no hace la cosa, contigo pan y cebolla-dijo Leo. -No creas, hoy día en menos que canta un gallo ocurre cualquier cosa, y lo dicen categóricamente con un repentino, me importa un pepino, o ahí me las den todas, y se quedan tan panch@s est@s niñ@s de hoy día-dijo Eu. -Yo quiero lo mejor para ella, y parece que promete, aunque “no es oro todo lo que reluce” en ella –dijo Leo. -También es verdad que nosotras ya hemos pasado por todas las romerías de la vida, y más sabe el diablo por viejo que por diablo, si bien no estamos muy al corriente de lo que acaece a cada paso con la rebeldía de la juventud, pues ya sabes que el tiempo vuela, y estamos a años luz de sus antojos y desmarques. –dijo Eu. -No sé qué pensarán los posibles lectores del uso que hacemos del refranero, tal vez piensen que somos de otra época o unas pedantes, pareciera que estamos resucitando al inmortal Sancho Panza, de todas formas, no digas nunca de esta agua no beberé. –dijo Leo. -¿Sabes una cosa? Que no todo el monte es orégano, pues en todas partes se cuecen habas, y si no que se lo pregunten al sacristán de la parroquia con la cantidad de secretos que guarda de los distintos párrocos con el confesionario por medio como testigo, y que han desfilado por nuestro municipio -dijo Eu. -Hay que tener en cuenta que el machismo impera o el patriarcado en los más variados matices, juicios y leyes, siendo el pan nuestro de cada día, y eso lo ve un ciego, hasta el propio Max Estrella valleinclanesco. Pero claro, alguien tenía que hacerlo dándole cuerpo y vida al lenguaje, marcando los tiempos de la época y del mismo verbo que se conjugue en cada caso conforme al hablante de turno, encarnándose en la palabra elegida por el hablante, que hasta en la Biblia se cita con no poca fe de los creyentes, y no podían tener en cuenta tantas cosas o causas ni tantos escrúpulos, porque eran otros tiempos bastante duros y opacos, y con un plato de migas o unos bocadillos de chorizo, chicharrones, morcilla o lomo de orza iban que chutaban las criaturas por los inciertos caminos de la vida. No existía este disloque de hoy día, alimentado por l@s nutricionistas para guardar la línea con un estudio metódico de comidas y sabores, evocando los mejunjes de antaño, y hoy día con verduras, frutas, infusiones estomacales o hierbas para puñaladas hepáticas, y relajantes para el sueño o panaceas para el mal de amores, etc.-dijo Leo. -Bueno, amiga mía, muchas gracias por darme esta oportunidad, ah, y luego me explicas el remedio para los amores, y ha sido muy enriquecedor y grato el encuentro, ¡qué tiempos aquellos! a ver si nos vemos con más frecuencia, y no olvidemos el dicho clarificador, dime de qué presumes y te diré de qué careces. –respondió ella. Y así acabó su parlamento, y en cuanto a concreciones y resultados, al parecer como el rosario de la aurora, algo deslavazado, disertando emocionalmente sobre el comer y beber de la vida, de lo poco que nos podemos llevar al otro mundo, precisamente por ello dejemos al menos lo mejor de nosotros mismos, por aquello de la honrilla familiar, que tanto nos ayuda sobre todo en estos días negros de la existencia, que vivimos vendidos ante la incertidumbre sanitaria por los furibundos estragos de los innombrables virus que ni se ven ni se oyen, pero matan como el veneno en un plis plas, y pasean disfrazados con guantes, pajarita, sombrero, un habano en la boca y un clavel en el ojal, y para realizar la gesta vuelan como espíritus con el perfil de una mosca muerta. -

miércoles, 17 de marzo de 2021

viernes, 12 de febrero de 2021

El algodón no engaña

Es sabido que siempre se rompe la soga por lo más delgado, y la excepción confirma la regla. Fue lo que acaeció en el affaire que nos ocupa, por ello no se puede vender la piel del oso antes de cazarlo. El trajín cotidiano delata los roces de los zapatos pateando las calles o frías baldosas de las aceras retratando los impulsos interiores, que al unísono se van descargando o transformando. La mente humana cifra a veces los procedimientos y obsesiones en lo primero que se le viene a la boca, exhalando sentencias como si de la Biblia se tratara. Virtu, en su pubertad, tuvo no pocos escrúpulos, y con el trascurso del tiempo no se le abría una ventana en su vida por donde evadirse o recibir luz, algún rayo de esperanza que echase por tierra los sinsabores o la fuerte atracción que sentía por los fulgores del espíritu, tal vez porque su ambiente familiar era tan hermético y angosto que no le dejaba expansionarse, vivir a su aire. Con el paso de los años no hallaba una salida a su oscuro estado de ánimo, y ante tanta incertidumbre y desánimo, si bien lo llevaba con no poco sigilo, se dijo para sus adentros, ya lo tengo, me meto a monja y me libero, y de esa guisa conseguiré un esposo como Dios manda para toda la eternidad, no teniendo que mendigar en los mercadillos fiesteros de invierno o en chollos verbeneros a bajo precio en la intemperie dando unos pasos inciertos o anodinos. Como dice el proverbio, del dicho al hecho hay un gran techo, por lo que no las tenía todas consigo generado a la sazón por las rarezas que le acechaban, unas extrañas limitaciones que le impedían volar libremente a su antojo, como era el mal olor del aliento o los inoportunos ataques de asma que le rompían el ritmo de vida, y la dejaban de pronto en el dique seco, obligada a llevar una vida constreñida y con bastante sacrificio. Para sacudirse la pusilanimidad o sopor que la embargaba se fue una noche con un@s amig@s a las fiestas del pueblo vecino con idea de soltarse el pelo y divertirse como nunca había hecho, y al regresar caminando por la carretera de madrugada llegó un coche que paró de repente a su altura y con la rapidez del rayo se bajaron dos individuos amordazándola, toda vez que se hallaba un tanto alejada del grupo por molestias de sus zapatos introduciéndola en el maletero del vehículo, y con las mismas desaparecieron como si de un platillo volante se tratase. Y al cabo del tiempo no se sabía nada de su paradero, y el día de San Valentín a los primeros rayos de sol asomaba acompañada de un galán como en un desfile de modelos por la pasarela, tan radiante y hermosa que no la reconocían ni los más allegados. Su trabajo le costó engatusar con sus ardides a un vigilante del secuestro para que la llevase a la fiesta prometiéndole por lo que ella más quería en este mundo que estaba locamente enamorada de él, volviendo luego al zulo. Un tiempo después llevando con nervios de acero y mucha inteligencia su incierto secuestro, que se le hacía eterno, ideó una fuga, pergeñándola cuando el guardián se había dormido, y con las mismas pilló las de Villadiego presentándose en el pueblo acabando felizmente el calvario, verificándose el dicho popular, nunca es tarde si la dicha es buena. Mas Virtu por su espíritu aventurero y travieso no cesaba en sus anhelos de saber y conocer mundos, personas, culturas, y merodeaba por los más inverosímiles resquicios degustando caricias, licores, ambientes, privilegiadas recepciones que se le ponían por delante, y no se conformaba con cualquier cosa, cayendo más pronto que tarde en la desesperanza y cansino hastío, mostrando el lado más lastimero en galopante depresión y una penosa ansiedad, y a fin de encontrar sosiego y aplomo en el alma acudía con frecuencia a la parroquia apuntándose a cursillos que proliferaban por tales fechas en la comarca debido al incesante incremento de pobres que iban engrosando las filas del paro y el hambre por mor de una inmisericorde pandemia. Finalmente quiso darle sentido a su vida, y liándose la manta a la cabeza tomó los hábitos haciendo votos de pobreza, castidad y obediencia, aterrizando en la vida espiritual del convento como una estrella que viniese con la estatuilla del óscar en la mano. Las monjas la recibieron con los brazos abiertos, irrigándola de innumerables parabienes y regocijos, sintiéndose sumamente satisfechas y felices. Sin embargo, no era oro todo lo que relucía, ya que en las horas más tontas de los rezos se venía abajo al penetrar por su pecho un aire rebelde y fresco del mundanal ruido que le hablaba al oído voluptuoso e inquieto, y para acallarlo se sentía impulsada a acercase a la capilla a hacer penitencia rezando rosarios encadenados, con objeto de atemperar el fogoso fuego de las tentaciones. Y en esa pugna y tortuoso caminar transcurría el tiempo, y como no hay mal que por bien no venga ni enfermedad que cien años dure, cierto día tuvo que acudir a urgencias por un golpe de asma, siendo hospitalizada por prescripción facultativa. El médico de guardia era una persona afable y tierna cayéndole en gracia a Virtu, y a media mañana, cuando le dieron el alta para regresar al convento de clausura sufrió un nuevo desvanecimiento, hasta el punto de necesitar el recurso de boca a boca, y cuál no fue el milagro que se produjo cuando una vez recuperada de los síntomas que la atormentaban se quedó prendada del médico, no queriendo despegarse de él y menos aún volver al convento. Al cabo de un lapso de tiempo la madre superiora toda preocupada y molesta por la tardanza telefoneó al centro médico preguntando por Virtu, pero ella no quería saber nada, y entre los aspavientos que exhalaba y unas cosas y otras con la bata de enfermería que llevaba se enganchó al galeno y ambos, como el que no hace la cosa, atravesaron el umbral del hospital y echaron a volar cogidos de la mano mirándose a los ojos, mostrando una envidiable y efusiva felicidad. Ante el exasperado nerviosismo de la Comunidad por la ausencia de Virtu, llamaron a la guardia civil por si había sido víctima de algún atropello o secuestro, como suele ocurrir en esos casos cuando alguien no da señales de vida, pero el algodón no engaña, y sus labios rojos aparecían esculpidos en los del doctor. La prueba del algodón lo rubricó con dulzura, al pasar por el corazón de carmín que había dibujado en la mejilla.

jueves, 4 de febrero de 2021

Ángeles y milagros

CITA: Quiero una pureza clásica, donde la porquería sea porquería y los ángeles sean ángeles. "Primavera negra", Henry Miller. Aquel día se fue Leo muy temprano de senderismo por los caminos indicados del terreno, y al pisar el verdor de la ruta oía los sones de una canción de Machín, “Pintor nacido en mi tierra,…/aunque la Virgen sea blanca, /píntame angelitos negros/, que también se van al cielo/ todos los negritos buenos//… Esta canción encerraba en sus notas con radiante brillo el término angelitos, destilando cariño y afecto de corazón, hirviendo en sus venas unas irrefrenables ansias a su favor, pidiendo que se admita a trámite emocional la intachable bondad de estos insignes personajes del paraíso celestial, que transitaron por los más diversos escenarios, como el Paraíso Terrenal cuando Adán y Eva vivían felices en su regazo disfrutando a raudales, siendo los mejores años de su vida en la tierra, hasta que llegaron los guardianes de turno enviados por orden del Todopoderoso poniéndolos de patitas en la calle en menos que canta un gallo, un desahucio en toda regla y muy duro, sin grupos de apoyo pregonándolo ni paparazzi o cámaras de televisión al acecho. Los ángeles han navegado también por múltiples lugares, escenarios y aventuras a través de los siglos. Y haciendo Leo un alto en el camino, se puso a reflexionar sobre la controversia de algunos colectivos que levantan la voz en contra de los ángeles, preguntándose si en verdad existen o no, si ocupan un espacio físico, si tributan a Hacienda, si salen a pasear por ríos, valles o alcores, si tienen sexo o qué relación guardan con los humanos, y por otro lado está la historia de los ángeles malos o los denominados demonios, si eso es un bulo o existen de verdad. No cabe duda de que la fantasía humana ha elaborado un rico muestrario de apelativos para nombrarlos: belcebú, diablo, Mefistófeles, lucifer, satanás, satán, leviatán, anticristo, etc., y después de la riqueza de vocablos ¿cómo se explica la paradoja por cuestionarse su existencia? Crece el interés por conocer a fondo las esencias teológico-religioso-cognitivas, y esclarecer los misterios que configuran el mundo angelical, y estableció Leo una mesa redonda con todo lujo de detalles donde cada cual expresase sus opiniones y argumentos al respecto: -Paquito es un ángel – dijo él. -Pues fíjate, te doy las gracias por el valioso juicio – dijo ella. -Bueno, pero no quiero meterme en camisa de once varas –dijo él. -Ignoro por qué lo dices –dijo ella. --Si te soy sincero diré que hay muchas contradicciones respecto a tan espinoso asunto; unos lo tildan de quimera, entelequia, mito o leyenda; y otros lo asumen como sentencia firme del Supremo Hacedor con sus cimientos anclados en la realidad, llegando a afirmar que los ángeles se pueden tocar, acariciar, incluso ir cogidos de su mano por las grandes avenidas urbanas, por lo que en ningún caso procede negar su presencia en el devenir de los días, y rubricar que viven con personas, con las criaturas mediante atractivos signos como seres espirituales que son y de rancio abolengo, que campan a sus anchas por los campos más inverosímiles del arte y de la ciencia, a saber, belleza, literatura, pintura, música o puntuales atisbos espirituales abocando al éxtasis, entre otros enfoques coyunturales o escuelas: --Resulta bochornoso pretender borrar a los ángeles de la faz de la tierra de un plumazo como si fuesen una sustancia tóxica, que envenenan la límpida savia del corazón humano –dijo él. --Bien, se puede argüir que tales aseveraciones están muy lejos de la teoría de los iconoclastas o activistas detractores de sus esencias, que promueven su fulminación a toda costa y no queda la cosa ahí, sino que llegan a pegarle fuego a monumentos conmemorativos de ilustres figuras que en su día dieron el do de pecho y marcaron un hito en la historia de la Humanidad, orquestándose una furibunda ola de asedio contra sus huellas, confundiendo el rábano con las hojas. --Tan desafortunada ola se ha ido expandiendo como el fuego por todo el globo, habiendo surgido por los abusos de la raza como otra Santa Inquisición, aboliendo los sentimientos, virtudes y gestas de tantas personas inconmensurables que se movieron por hacer el bien, almas que vivieron y murieron dando su vida por los demás o por Dios con sus virtudes y defectos y modus vivendi, formando parte de su ser. --Tales creencias suponen en multitud de casos unas muletas que les ayudan a caminar por los ásperos derroteros del vivir, y sin ellas se quedarían cojos o incluso ciegos en muchos aspectos, ya que necesitan un ser o un algo prodigioso y excelso por encima de los humanos que vele por ellos y les haga más fácil la vida, de lo contrario se asfixiarían en la cansina travesía del mundanal ruido. --Hay quien piensa que si no existiese un Dios habría que inventarlo para que siga funcionando la maquinaria del mundo, bebiendo sorbos de té y vida y brote el amor, que no es poco –dijo ella. Hay autorizadas voces de hombres de ciencia que niegan a machamartillo la existencia de Dios, un ser soberano, eterno, omnipotente, misericordioso, porfiando que son pueriles visiones amasadas por la fantasía humana, y no deja de ser una pura patraña, algo sacado de la chistera por los contadores de cuentos. Sin embargo, qué raro resultaría para los humanos confeccionar un mapa conceptual con su ausencia, o pretender amasar sueños creativos, utopías de cualquier índole o idiosincrasia sin harina y levadura de los gloriosos ángeles. Cuando se quiere resaltar lo intangible de algo con cualidades sublimes, de suma inocencia o excelsa nobleza referidas a hijos, nietos u otras personas, echamos mano de identificadores fiables, sólidos, concluyentes utilizando en multitud de ocasiones el acuñado concepto de ángel- ángeles, y sería harto complejo el discurrir de los mortales si dicho puzzle vital se trastocase de sopetón, y no entrasen a formar parte de la estructura logística y discursiva en la que nos movemos, porque se complicaría aún más las relaciones humanas a la hora de catalogar sin ellos a las criaturas en buenas o malas personas, sería una memez llamar cariñosamente angelitos a los bebés al venir al mundo. Sin su existencia se desmoronarían portentosas torres o castillos de los sentires, desequilibrando el discurrir humano, tal como figura estructurado hasta el día de hoy. De lo contrario la forma de vivir y pensar cambiaría de chaqueta, y sus coordenadas turbarían los cerebros más castizos, como le ocurrió a la paloma de Alberti que, “por ir al norte, fue al sur… /creyó que el trigo era agua/, se equivocaba”. Y por otro lado hacen no poco ruido los ángeles demonios, aquellos que rompiendo el pacto con Dios se sublevaron y cayeron en desgracia según las palabras bíblicas, misterios tras misterios de creencias fundamentadas en la fe, que mueve montañas. A tan rebeldes e insumisos ángeles se les ha considerado como enemigos del bien y de Dios, siendo el reverso de la moneda, atribuyéndoles toda clase de males, desmanes y malas artes, etiquetándolos como verdaderos demonios, mala hierba o cizaña, y responsables de casi todos los males del cosmos por su poder corrosivo y altamente contaminador. A los niños al ir a dormir les enseñan oraciones o villancicos con letras angelicales para hacer más tiernos y dulces los sueños, aliviando los miedos o el hastío del vivir, como las cuatro esquinitas de la cama, o las samaritanas o buenas maneras del ángel de la guarda en los momentos más críticos de la existencia, estando al borde del precipicio, siendo muy propensa a estos cataclismos la infancia. El término milagro está enraizado en el alma humana de tal forma que habría que remover Roma con Santiago para arrancarlo de sus entrañas y del mapa lingüístico. Así se dice, por ejemplo, se salvó de milagro de un tiburón que le pisaba los talones al tirarse al mar, y lo cuenta la gente con la mayor naturalidad señalando una situación límite, que se ha superado in extremis. Todo este cuadro celestial está hirviendo en las cálidas aguas de la fe, en la creencia de las doctrinas que se han impartido en los púlpitos de los templos a través de inviernos y veranos de siglos recorriendo el mundo por mandato divino a los apóstoles, cuando dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”. La gente que no comulga con tales expresiones o teorías, aunque no quieran, hacen uso igualmente por imperativo legal a la hora de referir o valorar los distintos eventos o comportamientos de los mortales, porque no hay otra fórmula para exteriorizar las vivencias y sensaciones sobrenaturales por mucha aversión o afanes de la persona por escamotear o ningunearlos, al fin y al cabo tiene que echar mano del diccionario al uso, vocablos que duermen esperando una mano que los acaricie, y todo el mundo los maneja a su pesar. A lo largo de la historia ha habido toda clase de corrientes filosóficas o intelectuales que han defendido una teoría o la contraria en cuanto a la religión, como los agnósticos, ateos, o sectas, etc, y así va rodando la bola, unos a favor y otros en contra. Si bien, cabría señalar las innumerables guerras de religión provocadas por tales motivos de fanatismo religioso, como las Cruzadas. Es imperdonable que en nombre de un Dios cristiano o mahometano o similar se ajusticie a muerte a alguna criaturita. Alguien dijo: si la religión no existiera, habría que inventarla. Pensando que la mente humana no se conforma con ser animalito, piedra o árbol que nace, crece, se desarrolla y muere sin más misterio, toda vez que el ser humano aspira a cobrarse una nueva pieza, a ser inmortal mediante su espíritu, como un eterno Dios…. Y de milagros, el habla popular está sembrada de expresiones puntuales, hay dichos de milagros hasta en la sopa en el correr de los días, y en los Evangelios como algo sagrado, así el célebre Lázaro, que le dice Jesucristo, “ Lázaro, levántate y anda”, después de estar muerto; esos hechos los dan por válidos quienes tienen fe, en cambio el que no lo comparte, lo niega. Y así, a través de los siglos, y la iglesia católica hace santos a quienes realizan milagros de verdad según atestigua, pero el escollo crucial estriba en que no se ven apenas ni palpan los pilares de la fe o los ángeles, ésa es la madre del cordero, la cuestión palpitante, pues sólo consiste en creer lo que no se ve, como el inmortal dilema de Shakespeare, to bee or not to bee, o los versos de Bécquer: “Ay, pensé, cuántas veces el genio/ así duerme en el fondo del alma/, y una voz como Lázaro espera/ que le diga: Levántate y anda//.

sábado, 30 de enero de 2021

ENTRE NUBES

En los caminos de la vida, Augusto no estaba en las nubes, sino a ras de tierra muy atento a los aconteceres vitales, defendiéndose en las aguas turbias como gato panza arriba. Cuando peligraba el entendimiento entre los habitantes de la comarca por algún litigio lindero de bancales o ancestrales roturas del terreno, ponía toda la carne en el asador como mediador, y con no poca facundia y dándole las vueltas precisas a las espinosas situaciones dialogando zanjaba las desavenencias, procurando que no llegase la sangre al río. Cuando se tensaba demasiado la cuerda lo cegaba todo, y se convertían las criaturas en auténticos tigres de la selva emulando a Caín, acaeciendo lo peor. Hubo no pocos casos luctuosos a lo largo de la historia, tal vez más de lo que se piensa, dado que en ocasiones las fechorías las tenían al alcance de la mano, tan fácil como coger la escopeta que dormía en la cámara de la casa (que tan buenas piezas se había cobrado en cacerías) y bastaba con apretar el gatillo. Brillaban con luz propia las buenas artes de Augusto como moderador en las intrincadas querellas entre vecinos evitando trágicos desenlaces, no obstante, cuánto se echaba de menos en algunas situaciones sus puntuales y balsámicas intervenciones. No es de recibo que por un quítame allá unas pajas o piedras como mojones a la vera de un camino o esquina de parcela, asome caprichosamente la muerte para ajustar cuentas por aquellos pagos tan relajantes y fructíferos a lo largo de los lustros. Normalmente los negros nubarrones en la borrasca los solventaba Augusto de la mejor manera, poniendo los puntos sobre las -íes con magistrales decisiones que tomaba sobre la marcha. En cambio, en otros escenarios y circunstancias de la vida los sucesos presentaban otro color, eran más halagüeños, llegando finalmente a darse la mano. Uno de los eventos en los que todo le salió a pedir de boca a Augusto fue en la despedida de soltero, que marcó un hito en el municipio rompiendo moldes, hasta el punto de no poder imaginar nadie los extraordinarios preparativos que llevaría a cabo como antesala del casamiento, sorprendiendo a propios y extraños. Al poco llegó el día de la boda. Aquello fue lo nunca visto, como el día grande de la patrona del pueblo con toda clase de atracciones, juegos, serpentinas, globos de colores, puestos de dulces, fuegos artificiales y banda de música, y como colofón contrató a unos payasos que hicieron la delicia de los más pequeños, y lo hizo con el fin de que guardasen en su memoria la efeméride de la boda, cuando Augusto derretido por el cariño de la novia dio el sí quiero, pasando de célibe a la vida de casado. De todos los divertimentos y actos ofrecidos en el convite, quizá fueron los columpios lo que más hondo caló en el alma de los chiquillos, acaso por las fervientes ansias de los humanos por volar como las aves. No cabe duda de que lo pasaron en grande tanto jóvenes como mayores, pese a las reservas de la gente mayor para zambullirse en las aguas de los jolgorios y algarabías de la bulliciosa juventud. Tras la despedida de soltero y las sagradas bendiciones al uso, aunque no comulgaba apenas con tales formularios, emprendió el viaje de luna de miel con Rosa al Caribe volando entre nubes, enfrentándose en las alturas a unas escenas dantescas, incontrolables para su conocimiento apegado como estaba a la tierra firme, yendo con el animal tirando del ronzal o a lomos de su envergadura, y no resultando el vuelo tan romántico como lo había soñado por mor de la incertidumbre e incomodidades a causa del cúmulo de turbulencias durante el vuelo. No hay que olvidar que Augusto era hombre de tierra dentro, habituado a desplazarse por el terruño pateando caminos de la comarca y poco más, que ninguna falta le hacía, saludando sobre la marcha a chicos y grandes en olor de multitudes. Y mira por donde se le troncharon de la noche a la mañana los arraigados pilares de su modus vivendi con el planeado viaje de novios, familiarizado como estaba con aquellos vericuetos transitando por verdes caminos, siendo para él un paseo por la vida, un baño en la fragancia del campo, saliendo de la cueva o casa donde residía, sonriéndole todo cuanto encontraba a su paso, incluso las flores del campo le rendían pleitesía quizá por una mutua empatía. Daba alegría ver cruzar a Augusto montado en la acémila, cuando el campo sacaba pecho exhibiendo el esplendor de la cosecha y se vendían a buen precio los productos, permitiéndole ponerse al corriente con los deudores, que le asfixiaban sin descanso. En ciertas épocas del año ganaba un dinerillo con el estraperlo si bien a minúscula escala, llevando unos pellejos u odres de aceite de oliva a la costa con la bestia, pudiendo darse con un canto en los dientes porque, aunque fuese reducida la ganancia con la venta en churrerías y bares en época de alto consumo, al menos era una grata ayuda que le venía como agua de mayo. Gracias a tales arrimos y unos cuantos saquillos de almendra de los secanos junto con la aceitunilla de rebusca por desfiladeros y balates podía el hombre ir tirando y criando a la prole, así como a gallinas, cochinos, cabrillas y algún conejo. Como no es orégano todo el monte resultaba que había años de malas hechuras en que los frutos escaseaban, aunque subiesen los precios, y no sacaba ni para hacer pan de higo, cazuela mohína o la rica matanza con morcilla, chicharrones, lomo de orza y longaniza, debiendo apretarse el cinturón, porque las circunstancias mandaban. Para sobrellevar el temporal económico había que acudir a las gabelas, echándose en brazos del usurero de turno, toda vez que antes de nada hay que comer, y los tiempos no daban para otra cosa. Un día compró Augusto un décimo de lotería, y tuvo toda la suerte del mundo pillando un buen pellizco, que le vino como caído del cielo, permitiéndole tapar algunos agujeros. Y en ésas andaba Augusto en tales fechas con la resaca de la lotería, disfrutando de los apetitosos bocados de los días felices, y saboreando los navideños mantecados y almendraíllos con pasas. En un alto en el camino le asaltó un pensamiento del futuro, si con el paso del tiempo los hijos quieren o no a los padres cuando ya son una carga, y si les prestan la atención debida al hacerse mayores, como una obligación filial y rutinaria dentro de la familia, y se quedó pensando mirando al horizonte… Y el viaje seguía su curso. El vuelo del avión llegó felizmente a las aguas del Caribe, donde había reservado un hotel de moda, y estando en plena luna de miel con Rosa la felicidad le chorreaba por los cuatro costados, siendo lo que más ansiaba Augusto, so pena de que se le cruzasen los cables a la naturaleza y ocurriese algún seísmo (como en Granada) o venganza súbita que enturbiase las claras aguas del viaje. En la estancia caribeña llevaba a cabo múltiples visitas a centros culturales y paseos por la ciudad. Y un día fue de excursión en un ferry a explorar aquellos parajes, y contemplar las envidiables aguas azules, arboledas y sensuales panorámicas del entorno, extasiándose ante tan hermoso espacio cósmico. Mas una noche ocurrió de pronto algo no esperado, surgió de repente un horrible tornado echando pólvora incendiaria y por alto toda la calma chicha reinante, saliendo la gente corriendo despavorida a la calle con algunas pertenencias, al ver que el edificio se desmoronaba como un castillo de naipes, y cuál no sería su estupor al contemplarlo sin poder hacer nada por su parte, y se interrogaría Augusto farfullando entre dientes si en tan críticos momentos le permitirían los nervios tener la serenidad para llevar a cabo el restablecimiento de la cordura y sensatez requerida en tales casos de caos, como solía hacer con los exaltados labriegos en su municipio. Aquel escenario parecía el fin del mundo, la playa quedó sembrada de las pertenencias de los turistas, zapatos, toallas, albornoces y ropa de toda clase nadando como pececillos muertos, siendo arrastrados de un lado para otro, de una negra roca a la otra por la furia del oleaje, que no respetaba a nadie, ni siquiera la luna de miel de Augusto con su acariciado y entrañable ceremonial. Y a la sazón de los acaecimientos del vivir viene al caso el adagio: ¡qué poco dura la alegría en la casa del pobre!

sábado, 23 de enero de 2021

Mi mejor maestro

No se podía explicar cómo afloraban profusamente en su cerebro, cual flores en primavera, pensamientos o añoranzas que no loasen al maestro de sus primeros pinitos por el camino de las letras, don Antonio. Al magister de la infancia lo contemplaba Manolito como en una sublime urna de oro en sus pueriles ocurrencias o desvaríos. Lo consideraba un Séneca de cuerpo entero, sabiéndolo todo. Un ser cuasi divino, como un Espíritu Santo que viniese con su sabia lengua de fuego cada vez que acudía a la escuela unitaria infundiéndole por todos los poros del entendimiento el maná de la ciencia, del conocimiento a través de sílabas, guarismos, operaciones de cálculo, silogismos, caligrafía, dibujo ... Retumbaba con energía su voz cascada por el verdugo del tiempo, y tronaban los vocablos que exhalaba, siendo un fértil árbol que daba fruto generosamente. En sus pensares el muchacho rumiaba aventuras y vuelos infinitos parangonando al maestro con emblemáticos personajes de la historia del mundo. Un sabio Salomón en persona, un rey Midas hecho y derecho, un prestigioso gurú o chamán domador de serpientes envenenadas en el trascendente proceso docente-discente del aprendizaje hasta hacerse un hombre. Porque el alumno, inválido como se encontraba en ese hostil territorio del conocimiento, no había manera de que se quitase la pajarita de la ignorancia en la escuela. Algunas tardes el agua caía con furia sobre los vetustos ventanales dañando los espacios reservados o marquesina, al estrellarse furibunda contra los cristales del pensamiento. Cómo se las arreglaría Manolito para ensalzar la labor callada de su maestro, don Antonio. Su voz, mirada y gestos lo seducían, y lo atisbaba como caído del cielo, sintiéndose él tan poca cosa con unas armas tan endebles, como pajarillo hambriento en el nido, con el pico abierto piando con el onomatopéyico sonsonete del pío pío en noches de fría espera, ¡oh!, y al hacerse la luz se extasiaba sobremanera. Ni los Reyes de Oriente por mucho que se esmerasen con los solidarios camellos llevándole atractivos obsequios estaban por encima, y caía presuroso Manolito en la melancolía evocando la robusta voz de su maestro henchido de conocimientos, pues se lo sabía todo de cabo a rabo, apostillaba Manolito, pateando y saltando con alma sobre el duro suelo. No podía entender cómo sabía tanto su maestro, incluso si el padre venía roto de hacer la labor y bregar tanto por el campo. Y así un día y otro siempre en la brecha don Antonio, puntual como un reloj, y regaba aquellas tiernas plantas enderezando los tallos para que no se torciesen, ni viciasen tan temprano cogiendo ELA, sarampión, ostracismo o algo vacuo se colase a nadar en su límpida savia infantil o sangre vigorosa que hervía en las venas de Manolito, sobre todo cuando explicaba el maestro los puntos cardinales en el mapa de la vida colgado en la pared, por donde en un futuro no lejano tendría que ganarse los garbanzos, el sustento, pero siempre se conducía con la estela ilustrada de la mirada, aliento y aplauso del maestro aquel que le enseñó a abrir la caja de pandora, a transitar por los pendientes senderos de la vida y del saber, como geometría, abecedario, honor, solidaridad, esfuerzo, esencias de las flores y grietas del vivir, procurando pisar con pies de plomo ahuyentando insectos, monsergas, mosquitos o las trágalas que nos quieran inocular, cual vacuna contra el covid 19, los gerifaltes de turno. A trabajar, vamos (y tronaba la voz del maestro machadiano), cinco por cinco veinti…, a repetir de nuevo, cinco por cinco veinticinco, cinco por diez cincuenta... -Bravo, Manolito, ya puedes coger tu barca y hacerte a la mar por las isobaras o derroteros del mapa de la vida. -Gracias inmensas, don Antonio, y deje que le diga que fue mi mejor maestro.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

ILUMINACIÓN NAVIDEÑA

La iluminación navideña de la calle Larios fue todo un acontecimiento, una noche única, con la banda de música interpretando el Amor brujo, y el portentoso castillo de fuego que animaba al público a disfrutar de la espléndida fiesta de luces de variopintos colores y matices. Un show de ensueño con todos los ingredientes lumínicos a su alcance, juntamente con el cuerpo de técnicos, policía local y nacional y bomberos a la expectativa por si tuviesen que intervenir por algún desaguisado o fallo técnico de instalación, exhibiéndose en los balcones una envidiable exornación con las mejores galas, convirtiéndose el evento en una noche mágica, donde residentes, visitantes y foráneos se volcaron en encendida vorágine pasándolo en grande, disfrutando del fantástico espectáculo en el oleaje de un mar de luces multicolores. A la mescolanza de luminosos contrastes y afluencia de personal se unió subrepticiamente aquella noche un tironero, que como el que no hace la cosa, se movía a sus anchas por los barrios de Málaga, y aprovechando el bullicio reinante de criaturas pululando por doquier en la festiva inauguración, se abalanzó como un tigre sobre una mujer que estaba gozando de la maravillosa obra de los artificieros electrónicos malagueños robándole el bolso tras un fuerte forcejeo, rodando la señora por el frío suelo, y con las mismas se escurrió como una salamanquesa por entre el gentío que se agolpaba en esos instantes queriendo ver de cerca el altar de los sueños, siendo harto difícil dar con el paradero del infractor, dificultándolo aún más si cabe al ir cubierto con un pasamontañas, no quedando en principio ninguna pista o señales identificadoras por donde descolgarse. Tan desafortunado suceso tuvo lugar esa noche tan especial, víspera de las fiestas navideñas, mas recordando el dicho popular de “a Dios rogando y con el mazo dando” la policía siguió trabajando, y unas semanas más tarde informaba de que una muchacha había sacado una foto sin darle apenas importancia, ya que la hizo como un juego por entretenimiento, al llamarle poderosamente la atención la vertiginosa rapidez con que corría un muchacho por entre la tumultuosa masa humana sorteando obstáculos, haciendo la foto casi sin pensar al cruzarse con ella en la desesperante fuga, quedando grabado su perfil fotogénico en la memoria del móvil. La señora, que había quedado tirada en el suelo tras ser arrastrada por el tironero en encarnizada pugna por llevarse el botín, yacía maltrecha y seminconsciente. Al poco tiempo se oyeron los nerviosos gritos de la sirena que acudía presurosa, pidiéndole a la multitud que retrocediese para que pudiese pasar la ambulancia en medio de aquel río humano, que transitaba ansioso y apelotonado interesándose por el estado de la mujer. EL personal médico bajó lo más rápido que pudo para recogerla, y llevarla a urgencias del centro hospitalario más cercano. Ella, después del desgraciado percance fue poco a poco volviendo en sí en el centro hospitalario tras recibir los primeros auxilios, y luego iba incorporándose paulatinamente en la cama, abriendo un ojo y luego el otro con mucho tiento y miedo, y estuvo departiendo con los sanitarios, relatando lo mejor que podía los pormenores que recordaba del funesto suceso. Luego la animaron a que diese unos pasos por la habitación para ver someramente su estado general, por si tuviese algún hueso roto que le impidiese moverse, y finalmente se comprobó que era el brazo izquierdo la parte del cuerpo que tenía más dañada con fuertes dolores, al ser el punto donde recibió el impacto del tirón. Ella pidió la baja en el colegio donde trabajaba como maestra, y a la semana siguiente se supo que había sido detenido el ladronzuelo, y que no era la primera vez que lo hacía, sino que lo había realizado en multitud de ocasiones por adicción a las drogas. Tras las pesquisas de la policía, se informó de que era un muchacho huérfano del grupo de riesgo al que la maestra le impartía clase, y que había perdido a sus padres en accidente de coche, y vivía con una tía suya. El muchacho en el fondo no era mala persona, pero los problemas familiares y de afecto le asfixiaban sobremanera. Todo ese complejo de calamidades le empujaba a cometer los frecuentes hurtos principalmente en los grandes almacenes, por ser el espacio más favorable a sus pretensiones, y donde encontraba mayores facilidades. Sustraía pequeños objetos de valor para luego venderlos en donde podía, en mercadillos o por la calle, a fin de abastecerse de los estupefacientes que consumía. Un día bastante caluroso de estío iba una muchacha de compras por los distintos centros y stands del barrio, y le picó la curiosidad por conocerla, y observándola se percató de que se le había caído una hermosa flor que llevaba en el pelo, y con las mismas se agachó a recogérsela, y en ese cruce de miradas se miraron fijamente a los ojos quedando al instante prendados el uno del otro, en aquel fortuito y milagroso encuentro. Más adelante se citaron para ir a una discoteca del centro de la ciudad, pero el muchacho no tenía dinero, y con las mismas adelantó la salida para recabar fondos por algún mercado de la zona o tienda propicia y así poder cumplir el sueño, y hacerle un bonito regalo a la chica que había conocido. En ésas andaba el joven buscándose la vida, cuando se cruzó con la policía, y con las mismas le echaron el guante, y lo introdujeron en el vehículo policial siendo arrestado en los calabozos del distrito. La muchacha con la que había quedado citado en la discoteca esperaba desesperada e impaciente su llegada que nunca se materializó, y se quedó compuesta y sin novio, porque el muchacho entró en prisión preventiva por orden judicial. Al cabo de los años, cuando lo cambiaban de cárcel a otra población ideó un plan de fuga dándose un corte en el muslo, y tuvieron que llevarlo a prisa y corriendo a un centro médico porque se desangraba, y cuando iba a entrar en el recinto hospitalario dio un salto y salió corriendo como un loco huyendo de la policía, y todavía lo andan buscando. Ese muchacho huyó a Brasil, y con el paso de los años regresó a España convertido en todo un señor, un indiano de pies a cabeza, con los deberes hechos y saneadas las cuentas, que le permitirían hacerse una casona a su gusto en la zona preferida, y vivir felizmente de las rentas lo que le quedase de vida.