jueves, 23 de abril de 2009

Con la voz al cuello




Abel se mondaba de risa bailando un tango entre las nubes, en las barbas del diablo. Volaba por los Andes a doce mil metros de altitud en dirección a Ushuaia, famosa por el presidio que albergara en su entorno durante algún tiempo, transformado posteriormente en museo por el gobierno de turno.
Los eventuales viajeros que se acerquen por aquellos territorios opinarán seguramente que los supervivientes no verían con buenos ojos tal resolución. Las rígidas columnas y cicateras celdas, agujereadas, despintadas sabrían de sus pecados y pesares. Les sabrá a caldo de escarnio, con el resquemor de que a la gente de bien le resulte harto complejo recrearse en un lugar que ha sido tan inhóspito e indigno.
No deben de andar muy lejos de la realidad, pues aún resuenan las pisadas vacilantes, las nerviosas gesticulaciones de sus miembros atemorizados, los toques de silencio, las voces de mando, la impotencia, los trabajos forzados, y no cupo la suerte de eliminar la estructura emocional de los enquistados redaños carcelarios, toda vez que se revuelven rebeldes quemando amaneceres, la sensibilidad del que los contempla, incluso en su homólogo recinto alzado al lado. Un desagradable salpullido reverbera en la mirada maldiciendo la estampa, y expande un chisporroteo agrio, que perfora los espíritus más obtusos.
Ello acontece por el propio peso, acumulándose en los poros, en el cielo de la boca de la entrada, pululando por los desconchados muros del viejo trullo. En contra de lo esperado, no mueren las huellas del odiado efluvio en los primeros peldaños de la historia, sino que se envalentonan y echan las redes, cual ávido pescador en la mar revuelta, sobre la recién construida réplica.
Fue erigida a la sombra y en su memoria por egregios arúspices del ramo de cultura por puro placer estético, y disfrute de los amantes de ese mundo sumergido en la viscosa lama.
Qué telúrica energía no atesorarán en sus músculos estos resabios vitales, que relumbran con luz propia, como si se hubiesen apoderado con alevosía de los genes de las siniestras estrellas que desfilaron por sus pasarelas, escalera arriba, escalera abajo, orgullosos y galantes en su época de esplendor, aquellos indómitos inquilinos adictos en su día a vivir entre las paredes de la vetusta prisión como penitentes de una cofradía de semana santa portando su cruz, entre un rosario de gélidas cadenas.
Allí se rumiaban tramas espeluznantes, increíbles urdimbres de terrícolas pechelingües y bucaneros embarcados en aquellos funestos paquebotes anclados en el tiempo, inmóviles, impregnados de sarnosa somnolencia, desahuciados de paraísos de todo tipo. Corazones rotos y vidas roídos por la carcoma en los mismos cimientos de la existencia, a la intemperie, viciados ya desde la cuna.
Abel, aunque viajaba risueño con aires de fiesta, como un turista despistado, no las tenía todas consigo, y en las turbulencias de la navegación se encomendaba a la divina providencia, debido a que se encontraba perdido en el vacío y sin conciencia de paracaídas, como manoseada maleta olvidada por su dueño en un cruce de caminos, y, con la voz al cuello, se confesaba imposibilitado para lanzar un SOS a los cuatro vientos con todos sus bríos, como si un misterioso torbellino le atenazara impulsándole al abismo, o unas malintencionadas garras se le clavasen sobre la garganta en las circunstancias tan precarias en que estaba, nada menos que cruzando el espacio como un pájaro, o, si por un error, lo confundieran con el mismísimo Godino, el tristemente célebre estrangulador de la pampa, o de la calle bonaerense Corrientes, pues todo corría por sus venas, y acariciaba en su corazón una especial predilección, sui generis, por la carne tierna y rosada, la de los jóvenes adolescentes.
Solía descuartizar rapaces o jovencitas con limpieza y singular maestría una vez por semana, ya que no soportaba la sequía de la quincena sin mojar el pan en tan rica salsa, y evitaba así caer en una depresión severa. La ansiedad lo agitaba sin piedad.
No resistía mucho tiempo sin triturar tan apetecido manjar, lo había comprobado desde que tenía uso de razón, provocándole vómitos de muerte, y se le desvanecía la facultad de controlar la brújula de su conducta, asediándole incontenibles anhelos de auténtico antropófago.
A Godino le hubiera encantado encerrarse en vida o fugarse con su amor por los mares del sur, por canales de ensueño –traía a la memoria sus balbuceos en bote con su progenitor por el de Beagle, palpando casi lobos de mar o atisbando a tiro de piedra el balanceo de petreles y albatros-, y volar y volar sin descanso como el infatigable cóndor cargado de gracias y caricias con la presa en el pico, sin puertas ni rejas que le hagan sombra o se interpongan en su camino, llevando a la práctica sus fantasías.
Investigaba la forma de darle color a su vida, darle sentido a sus pasos por este disparatado valle, y no verse arrojado al averno como un Ícaro mal parido, arrumbado al montón de excrementos, viviendo a ras de tierra, alimentándose de gusanos y de las miserias que otros han ido hollando por los senderos. Se rebelaba contra los caprichos de la naturaleza, que actuaba como aviesa madrastra, y pretendía arrancar de cuajo los orejones que le habían colocado sin su consentimiento. Probó durante un tiempo a dejarse melena y así cubrir la parte nauseabunda, pero cuando el viento soplaba y hacía de las suyas, quedaba en evidencia siendo a un mayor si cabe la frustración.
Y se interrogaba una y mil veces por qué le habría tocado a él. Qué méritos habría aportado en su currículo, qué aguas o leche le habría amamantado para tan privilegiada distinción. Y al no vislumbrar un horizonte despejado se sumía en un mar de lágrimas.
Lo deforme de su figura le obstruía la mente, le retorcía los sentidos, cubriendo la estancia y la psique de una atmósfera irrespirable, siendo en ese trance capaz de cualquier cosa. La teoría del feísmo inoculado en su efigie no lo aceptaba, rompía sus parámetros, siendo el leitmotiv de horrendas muertes, de los impulsos más viles, y en el fragor de esa guerra estética no digerida por su ego, explotaba lo peor del ser humano, se soltaba el pelo y daba rienda suelta a las flores del mal, considerándose un despreciable engendro, corrompido, marginado, malparido, despotricando de todos cuantos intervinieron en su procreación, dejándolo en el mayor de los abandonos. Les echaba en cara el pobre aprecio que demostraron siempre sobre sus carencias, manteniéndose indiferentes o cobardes al llanto que brotaba de sus descomunales apéndices.
A menudo solía ocultarse en el dormitorio, debajo de la cama, en el armario, o echaba el cerrojo en el cuarto de baño apoyando la cabeza sobre el espejo, rememorando flashes de los últimos guateques donde participó con amigos de aquellos años, y siempre lo asaltaban los mismos sinsabores, los plantes con que lo agasajaba el amor de su vida, que lo situaban al borde de un ataque de nervios, entre la espada y la pared, apuñalándole por la espalda cada vez que se fijaba en ella, o solicitaba un baile por cortesía durante la fiesta. El estribillo recurrente resonaba en su oído como el zumbido de un abejorro, como el trueno. La ingrata respuesta tan agresiva y tajante lo descomponía:
-No puedo, Godino, vos entendés. Lo siento. Otra vez será. Los tacones me están achicharrando el pie. Estoy ensangrentada.
Inclinaba la cabeza, y repicaba en el interior la canción dándole vueltas y vueltas a lo que le ocurría, sobre todo cuando evocaba la linda perla que se le cayó a la amiga de la diminuta oreja y él, ni corto ni perezoso, se tiró al fango de la habitación y no tardó ni una décima de segundo en extraerla de entre los desperdicios y colillas que flotaban por el suelo, y que con el bullicio de la fiesta se habían acumulado en recovecos y rincones del salón, recibiendo un nuevo desaire por respuesta.
En esa turbación le venía a la memoria su irrisorio icono, el tamaño de las orejas y se le caía el cielo encima, y suspiraba con un temblor frío, epiléptico, pidiendo auxilio, como un niño al que se le cae al suelo el chupe, al verse hundido y despechado toda la velada.
Por el insoportable complejo que lo acompañaba como su sombra, de bicho extravagante, de criatura desposeída del rango humano, caminaba con la mosca detrás de la oreja creyéndose señalado con el dedo, expuesto a todo tipo de bromitas y burlas sin cuento del orto al ocaso.
Ello motivó el planteamiento por parte de los dirigentes de la prisión de enmendar el entuerto mediante la amputación del miembro hiperbólico con el fin de conseguir la reinserción social, aplicándole un reciclaje a través de la cirugía plástica, y extirpar de raíz la causa de sus males, aquello que lo obligaba a segar vidas en flor. Una vez intervenido en el quirófano, con un arreglo a la carta, se verificó que valió de bien poco y que la cabra tiraba hacia el monte, y no tardó en volver a las andadas. Los remataba con la destreza de un matarife de reconocida valía.
Asesino en serie y asiduo inquilino del penal, no obstante tuvo su radiante primavera, pues durante un tiempo gozó de cierta estima y se adueñó del ambiente penitenciario al ser nombrado enlace entre los verdugos o guardianes y el resto de compañeros reclusos, pero no cuajó al final el estado de gracia, cuando se descubrió en el penal una enrarecida trapisonda, donde se vio involucrado, volviendo a caer en desgracia.
Abel andaba inquieto en la travesía, ya que sus facciones principales y el color aceituno de la piel se asemejaban bastante a los de Godino, y le pasaban por la mente ideas tan peregrinas como la de si se fugaba el preso podría ser recluido en el penal por su parecido físico. Y no le hacía ninguna gracia verse allí como el doble de un homicida, arremetiendo como un quijote contra los muros de la cárcel como si fueran gigantes, y sin atisbar una brizna de firmamento de los Andes, con lo altos que son.
El caminar por la vida como invidente le acarrearía una de las mayores desgracias, moverse como un ciego por el mundo, y más irritante todavía si no puede saborear los caldos, las florecillas de las riberas, los alegres lagos, los refrescantes glaciares, o seguir los trazos curvilíneos de las gaviotas planeando libremente sobre la blanca espuma de las olas.
Desde arriba, Abel vislumbraba el ajetreo enfervorizado de los habitantes de la zona afanados en sus tareas cotidianas, mientras él surcaba ufano el firmamento poblado de diminutos cúmulos y cirrocúmulos.
Volaba tan alto que se pasaba por la piedra los desafiantes y quisquillosos nubarrones que merodeaban en esos instantes por los picos de los Andes. Un pájaro, desvaído y descolgado del resto, se llevó las patas a la cabeza, pillando un tremendo repullo y enmudeciendo de pronto cuando se cercioró de la maniobra tan chulesca con que le había obsequiado el piloto, dejándole tirado y entre las alas incrustada una brillante estela de humo, gris y blancuzca, que casi lo precipita a las flechas de los Andes. Se salvó por las plumas, que es lo suyo, gracias a la rapidez de reflejos, llevado por el instinto en un acto reflejo, bajando en vertical con la mayor celeridad.
Había cometido una infracción imperdonable, merecedora de la retirada del carné de vuelo. No compartiría el veredicto, pero así lo exige el código deontológico del aire. Resulta bastante comprometido, y no es cosa de ponerse a jugar en pleno vuelo como un niño en la playa con sus pequeños cachivaches y revolcarse en la arena, relajándose en exceso, soltándose los tirantes, y no guardar la distancia prudencial a estas velocidades, olvidándose de los pasajeros, sin calibrar coordenadas, isobaras o el altímetro de la aeronave. Significaría algo demencial el hecho de que un piloto tan experimentado cayera en tan vacuas bagatelas. No se le debieran tolerar tales meteduras de pata o provocaciones en estos delicados escenarios.

Abel, entre Escila y Caribdis, picoteaba por aquí y por allá de lo que tenía a su alcance, y así mataba el tiempo, como si estuviese en el cine entretenido con la película y comiendo palomitas de maíz, así emborronaba minúsculos papiros, servilletas hurtadas en el último bar que tomó infusión de mate de la tierra, del que tantas veces le habían hablado.

Tejía patrañas o historietas descabelladas, evanescentes, que a nada conducen pero que a él lo transportaban al centro de la Patagonia, del razonamiento, de la cordura, y no mentando la soga en casa del ahorcado, terminaba con los etéreos trasgos que revoloteaban sobre su cabeza acechando cual negros vampiros, aprovechándose de las horas bajas, y viajando por las alturas, cerca del cielo, tan lejos del planeta tierra.
Abel trazaba bosquejos, pintaba situaciones, describía paisajes, elucubrando sobre lo que oteaba desde el asiento, acelerando los motores de la escritura por si el comandante aceleraba más de la cuenta, y lo dejaba tirado y desnudo de ideas en el precioso momento en que las tocaba con los dedos, a pesar de ir bailando un tango.
Ushuaia llamaba a la puerta y no tardaría en entrar en el ángulo de aterrizaje del cuadro de mando, pues se calculaba un tiempo aproximado de 55 minutos. Pero soñaba con algo tan sencillo como no pasar de puntillas por aquellos levíticos y movedizos cúmulos y que no quedasen incólumes los entresijos atmosféricos que traspasaba, desplegando sobre la marcha una banderita o un pañuelo atado a un palo o estaca, e hincarlo en el lomo de los Andes, cual cerro testigo, a fin de que las futuras generaciones o criaturas de otros mundos ignotos que recorrieran aquellos horizontes el día de mañana reconociesen de alguna manera el rastro, aunque no el aroma por los fuertes vientos que azotan la zona, y sería milagroso que quedase algo flotando, como no fuera en todo caso “lo que el viento se llevó”, que se dignara tomar tierra en aquellos parajes por la fuerza de su peso, o los caprichos del destino, y aterrizase en efecto en la tierra de fuego, aunque tuviese que jugar al pilla pilla, al escondite, o pasearse en el trenecito del fin del mundo –que ya inauguraran los pobladores del presidio con la tala en los bosques y el transporte-, y un poco a lo tonto se encaprichase en llegar al final –finis terrae- de la tierra, y ocultarse en la última esquina de la última plazoleta, o en el mismo infierno del mundo, no lejos del faro que lo alumbra.
Y si no que se lo pregunten a los últimos del presidio, o al tétrico Godino, el que arrancaba a mordisco limpio la hermosa fruta del árbol, las tiernas criaturitas y las abría en canal, sin esperar a que se ocultase el sol. Sin más aire ni boca que acudiera a la sanguinaria orgía para pregonarla y festejarla que la suya.
Semejantes desapariciones macabras no concuerdan con lo que allí se cultiva y fomenta. Aquellos ensanches con nombres tan sugerentes y seductores, que invitan al recogimiento, a la inspiración, tales como Santelmo, Recoleta, Puerto Madero, Boca, donde vibra la brisa de la alborada, la vida rosa, la primavera en flor.
En algunas cacerías Godino dejaba a las víctimas semimuertas o semivivas o con la soga al cuello, acaso por el aroma que exhalaban sus cuerpos, como si les oliese la boca o la piel y le produjeran terroríficas alergias o dolores de vientre, no quedándole más opción que huir con lo cosechado, como león amedrentado en el bosque, yendo por “el caminito que el tiempo ha borrado, que juntos un día nos viste pasar”… de Boca jadeante, implorando auxilio in extremis, porque se asfixiaba.
Nadie lo perdonó. Una severa y oportuna peste hizo justicia, devolviéndolo al barro, con el que jamás debió de ser moldeado. La madre tierra dio buena cuenta del inmortal angelito.

jueves, 16 de abril de 2009

El papel creador de la palabra






...Paloma ofendida.
Por las peñas te oigo anhelar
Pisando hacia arriba.
Sube, no soy duro,
Paloma perdida.
Juan Ramón Jiménez

ESTABA MUY CONTENTO

ERNEST HEMINGWAY. Novelista estadounidense cuyo estilo se caracteriza por los diálogos nítidos y lacónicos y por la descripción emocional sugerida. Su vida y su obra ejercieron una gran influencia en los escritores estadounidenses de la época. Muchas de sus obras están consideradas como clásicos de la literatura en lengua inglesa. Hemingway nació el 21 de julio de 1899 en Oak Park, Illinois, en cuyo instituto estudió. Trabajó como reportero del Kansas City Star, pero a los pocos meses se alistó como voluntario para conducir ambulancias en Italia durante la I Guerra Mundial. Más tarde fue transferido al ejército italiano resultando herido de gravedad. Después de la guerra fue corresponsal del Toronto Star hasta que se marchó a vivir a París, donde los escritores exiliados Ezra Pound y Gertrude Stein le animaron a escribir obras literarias. A partir de 1927 pasó largas temporadas en Key West, Florida, en España y en África. Volvió a España, durante la Guerra Civil, como corresponsal de guerra, cargo que también desempeñó en la II Guerra Mundial. Más tarde fue reportero del primer Ejército de Estados Unidos. Aunque no era soldado, participó en varias batallas. Después de la guerra, Hemingway se estableció en Cuba, cerca de La Habana, y en 1958 en Ketchum, Idaho. Hemingway utilizó sus experiencias de pescador, cazador y aficionado a las corridas de toros en sus obras. Su vida aventurera le llevó varias veces a las puertas de la muerte: en la Guerra Civil española cuando estallaron bombas en la habitación de su hotel, en la II Guerra Mundial al chocar con un taxi durante los apagones de guerra, y en 1954 cuando su avión se estrelló en África. Murió en Ketchum el 2 de julio de 1961, disparándose un tiro con una escopeta. Uno de los escritores más importantes entre las dos guerras mundiales, Hemingway describe en sus primeros libros la vida de dos tipos de personas. Por un lado, hombres y mujeres despojados por la II Guerra Mundial de su fe en los valores morales en los que antes creían, y que viven despreciando todo de forma cínica excepto sus propias necesidades afectivas. Y por otro, hombres de carácter simple y emociones primitivas, como los boxeadores profesionales y los toreros, de los que describe sus valientes y a menudo inútiles batallas contra las circunstancias. Entre sus primeras obras se encuentran los libros de cuentos Tres relatos y diez poemas (1923), su primer libro En nuestro tiempo (1924), relatos que reflejan su juventud, Hombres sin mujeres (1927), libro que incluía el cuento 'Los asesinos', notable por su descripción de una muerte inminente, y El que gana no se lleva nada (1933), libro de relatos en los que describe las desgracias de los europeos. La novela que le dio la fama, Fiesta (1926), narra la historia de un grupo de estadounidenses y británicos que vagan sin rumbo fijo por Francia y España, miembros de la llamada generación perdida del periodo posterior a la I Guerra Mundial. En 1929 publicó su segunda novela importante, Adiós a las armas, conmovedora historia de un amor entre un oficial estadounidense del servicio de ambulancias y una enfermera inglesa que se desarrolla en Italia durante la guerra. Siguieron Muerte en la tarde (1932), artículos sobre corridas de toros, y Las verdes colinas de Africa (1935), escritos sobre caza mayor. Hemingway había explorado temas como la impotencia y el fracaso, pero al final de la década de 1930 empezó a poner de manifiesto su preocupación por los problemas sociales. Tanto su novela Tener y no tener (1937) como su obra de teatro La quinta columna, publicada en La quinta columna y los primeros cincuenta y nueve relatos (1938), condenan duramente las injusticias políticas y económicas. Dos de sus mejores cuentos, 'La vida feliz de Francis Macomber' y 'Las nieves del Kilimanjaro', forman parte de este último libro. En la novela Por quién doblan las campanas (1940), basada en su experiencia durante la Guerra Civil española, intenta demostrar que la pérdida de libertad en cualquier parte del mundo es señal de que la libertad se encuentra en peligro en todas partes. Por el número de ejemplares vendidos, esta novela fue su obra de más éxito. Durante la década siguiente, sus únicos trabajos literarios fueron Hombres en guerra (1942), que él editó, y la novela Al otro lado del río y entre los árboles (1950). En 1952 Hemingway publicó El viejo y el mar, una novela corta, convincente y heroica sobre un viejo pescador cubano, por la que ganó el Premio Pulitzer de Literatura en 1953. En 1954 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura. Su última obra publicada en vida fue Poemas completos (1960). Los libros que se publicaron póstumamente incluyen París era una fiesta (1964), un relato de sus primeros años en París y España, Enviado especial (1967), que reúne sus artículos y reportajes periodísticos, Primeros artículos (1970), la novela del mar Islas en el golfo (1970) y la inacabada El jardín del Edén (1986).
Paseemos hoy un ratito en barca, o nadando, o buceando por El río de los dos corazones de EH, disfrutando de sus vivificantes y creativas aguas:

“El tren se perdió de vista tras una de las colinas. Nick se sentó en la mochila con la loina y ropa de cama que el encargado del vagón de equipajes había lanzado por la portezuela. No encontró ni una casa. Nada. Nada más que los rieles y la comarca arrasada por el fuego. No habían quedado rastros de las trece cantinas que ocuparan la única calle de Seney. Sólo se veían los cimientos del ex-Hotel, con la piedra desmenuzada en parte por el incendio. Incluso la superficie estaba desvastada.
Paseó sus ojos por la ladera, buscando las dispersas casas del pueblo que ya no existía, y al comprobarlo bajó por los rieles hasta el puente que cruzaba el río. Permaneció absorto en la contemplación del agua límpida coloreada por los guijarros del fondo. Observó los remolinos formados junto a los pilotes de madera y las truchas que se mantenían firmes en la corriente agitando las aletas. Cambiaban de posición con bruscos movimientos angulares, para volver enseguida a su inmovilidad anterior. Se quedó mirándolas largo rato.
Las numerosas truchas que soportaban la presión de la corriente aparecían algo deformadas a través de la superficie convexa y cristalina recorrida por las suaves ondulaciones que provocaba la resistencia de los pilotes del puente. Al principio no las distinguió porque estaban en el fondo, pero luego pudo divisarlas sobre los guijarros, en la variable niebla de piedras y arena que los vaivenes de la corriente arrojaban en chorros.
¡Por fin lograba ver truchas después de mucho tiempo! Hacía bastante calor. Un martín pescador voló muy cerca del agua. Mientras su imagen se proyectaba sobre la superficie, una trucha enorme saltó describiendo un amplio ángulo y al acercarse a la superficie perdió la sombra que había revelado su movimiento. Los rayos del sol la hicieron bajar otra vez; su imagen pareció sobrenadar por encima del agua sin ofrecer ninguna resistencia hasta que llegó a su refugio, bajo el puente, y se detuvo firmemente, aguantando los embates de la corriente.
Frente al panorama de las truchas que se debatían, los bancos de arena y los grandes cantos rodados que ocupaban el río hasta la profundidad abismal del pie del peñasco, Nick experimentó de nuevo la vieja sensación de bienestar.
Regresó donde había dejado la mochila, en un montón de ceniza, junto a los rieles. Estaba contento. Apretó el bulto con las correas y se lo echó al hombro, pasando los brazos por las cintas delanteras. Agachó la cabeza todo lo que pudo para aliviar el esfuerzo de los hombros, pero no logró disminuir el peso. Era demasiado. Tomó por el camino que corría paralelo a las vías del ferrocarril, llevando la caja de cañas de pescar en una mano. Se inclinó hacia delante para que el peso de la mochila descansara en la parte superior de su espalda y se alejó del pueblo incendiado. Hacía mucho calor. Dobló por una colina rodeada de dos alturas también devastadas y llegó al camino que conducía al campo, notando más intensamente el calor que le provocaba la presión de la pesada mochila. El camino ascendía rectamente. Resultaba muy difícil ir cuesta arrriba. Le dolían los músculos. Era un día caluroso, pero Nick estaba muy contento. Y era que por aquel camino se alejaba de la necesidad de pensar, de la de escribir y de otras. Todo quedó atrás.
Las cosas habían cambiado mucho”…

PROPUESTA DE TRABAJO. Continuar la historia de EH…

jueves, 9 de abril de 2009

Prórroga




Huida en algo hacia alguna parte
Sólo juntos,
O que hiciera una de las suyas el azar
Y tan contentos.
Disponer de todo el tiempo
Del mundo para perdernos
Y sentarnos juntos.
Y por qué jamás antes
No se te ocurrió tal cosa,
Como casi
Sentirnos felices.
Tener todo el tiempo
Para envasarlo en un frasco,
Y una vez dentro, repartirlo
A su medida.
El tiempo justo de un beso
Para, por poseerlo,
Parar el cruento cuento
Del día a día
Y, pasando del tiempo,
Abrazarnos bravía o suavemente.

El papel creador de la palabra




“Y el espejo ese apático supone
Que uno está solo sólo porque rumia,
En cambio una mujer cuando nos mira sabe
Que uno nunca está solo aunque lo crea.
¡Ah! por eso, hijos míos, si debéis elegir
Entre una muchacha y un espejo
Elegid la muchacha”. Mario Benedetti

DESPIERTOS NECESITAMOS QUE NOS TOQUEN Y HABLEN.

JOHN UPDIKE. Aspectos más notables de su vida.
Nació en Pennsylvania, Estados Unidos (1932). Estudió en la Universidad de Harvard.. Fue editor de la publicación cómica Harvard Lampoon mientras estudiaba allí, graduándose en 1954 en literatura inglesa. Se pasó un año estudiando en la universidad de Oxford. Regresó a los Estados Unidos en 1955 al aceptar un trabajo como colaborador en la revista The New Yorker. Lo que retrata JU en sus obras es la vida cotidiana de los barrios de las afueras de las ciudades americanas. Muchos de sus escritos, poemas, relatos y ensayos se fueron publicando en la revista The New Yorker. Inició su carrera literaria como poeta. Su primera publicación fue el poemario La gallina de la carpintería en 1958, Ha publicado numerosos relatos entre los que se encuentran El libro de Bech (1970), un conjunto de historias que tienen como nexo de unión la figura de un escritor; Confía en mí (1987), y Lo que queda por vivir (1994), una antología de relatos protagonizados por personas mayores en los que su habitual estilo sardónico le sirve para verificar los peligros de intentar recobrar el tiempo perdido. Su hondura como crítico literario se demuestra en la colección de ensayos, titulada Alcanzando la orilla (1983). En 2002 publicó Sueños de golf, donde el autor reunió varios textos relacionados con este deporte.
Luego publicó El centauro, transformando el centauro mitológico griego Quirón en un maestro de escuela de su ciudad, y plasmó en su trama datos biográficos, como la relación que tuvo con el padre, que era profesor; En torno a la granja (1965); Parejas (1968), donde describe la situación de un conjunto de matrimonios de las afueras de una ciudad de Estados Unidos en la década de los 60; Golpe de estado (1978), Las brujas de Eastwick, Brasil, La belleza de los lirios, Gertrudis y Claudio, Busca mi rostro, y Terrorista.
Dentro de su producción novelística destacan las tituladas “Conejo”, como Corre, Conejo, El regreso de Conejo, Conejo es rico, Conejo en paz, Conejo en el recuerdo y otras historias.

Escritor de novelas, relatos, poesía y ensayo. Destaca por su cuidada prosa, que le sirve para explorar las tensiones más ocultas de la clase media norteamericana. Sus personajes se hallan inmersos con frecuencia en crisis relacionadas con sus obligaciones familiares, con infidelidades conyugales o con el asunto religioso.
Hoy nos acercamos a la agudeza y aire fresco de JU a través de su obra Parejas (1968), donde presenta un retablo de las costumbres y avatares de la sociedad donde se mueve y vive, situando la historia en la década de los sesenta.
Terreno peligroso.
“Así como dormidos necesitamos soñar, despiertos necesitamos tocar y hablar, que nos toquen y que nos hablen.
-¿Foxy?
-¿Qué, Piet?
Sus simples nombres poseían una magia, la magia de una caricia que busca ese algo monstruoso y tierno en los genitales del otro.
-¿Piensas que hacemos mal?
-¿Mail? El conepto parecía nadar hacia ella desde otro cosmos de consideraciones. No sé. No creo.
¡Qué buena eres!
-¿Por no creerlo?
-Sí, sí, sí. Sí. Nunca lo pienses, Hazlo por mí. Oye. Anoche soñé contigo. Nunca me había ocurrido. Es curioso, la gente con la que uno sueña. Se trata de un club con las reglas más estúpidas del mundo. Siempre sueño con Freddy Thorne, un tipo al que no aguanto.
-¿Qué hacía yo en tu sueño? ¿Era erótica?
Muy casta. Transcurría en unos almacenes, con una enorme claraboya en el techo. Tú eras una vendedora. Me detuve ante tu mostrador, sin saber qué quería.
-¿Soy una vendedora? Ella tenía un tono de provocación belicosa, de desahogo de un orgullo susceptible. ¿Y qué supones que vendo?
-No era para nada esa atmósfera. Estabas muy remilgada, distante, reservada, tal como sueles ser; aunque yo no podía decir nada, te inclinaste detrás del mostrador, fuera de la vista, como si buscaras algo, y desperté con una terrible erección.
Aquel verano, a veces insomne, echado en la cama junto a Ángela dormida, Piet levantaba la mano y estudiaba su forma impresa en negro sobre la ventana de cristales azul claro enmarcada por parteluces cruciformes. Su mano parecía sobresalir del agua en el instante anterior al hundimiento definitivo. La respiración lenta y tranquila de Ángela daba la impresión de una marea en la superficie de las profundidades en las que él se hundiría. Echaba de menos los chirridos, como destellos luminosos, de la rueda del hámster. Se había mostrado tímido y circunspecto con Foxy, un contratado para trabajar en su casa, y no tenía la menor intención de desearla. Pero ella había recorrido con él el nuevo diseño de esa vieja ruina, de fuera adentro, detalle a detalle, con un entusiasmo alegre y coqueto que extrañamente lo había fusionado con la madera desnuda, donde ella la tocaba.
-Aquí podría haber estantes.
O armarios.
-¿No te gustan más las estanterías abiertas? Las puertas resultan demasiado represoras. Además, siempre terminan atascándose o cerrando mal.
-Ahora fabrican unos cierres magnéticos que son infalibles. Los estantes a la vista son una tentación. Tienes un gato, tendrás hijos. Necesitas espacios que puedas cerrar. Cuento con dos viejos ebanistas de acabados cuyos armarios resultan preciosos.
-¿Acaso son escandinavos y por eso trabajan tan bien la madera?
-Nada de eso. Sus apellidos son Adams y Comeau.
-Y tú quieres mantenerlos bien provistos de trabajo.
Piet se desconcertó; esta mujer que se movía de un lado a otro por su antigua cocina, con su ondulante vestido de maternidad, parecía más ligera que otras, más rápida en explorarlo, como si él apareciese ante sus ojos no como él mismo sino como otro a quien ella conociera bien en otros tiempos, y hacia el cual todavía sintiera alguna emoción”.

PROPUESTA DE TRABAJO CREATIVO: continuar la historia de JU.

martes, 31 de marzo de 2009

Oleaje en la piscina




La piscina zarandea el agua airosa
Despertando
los instintos del nadador,
Él replica autárquico y retador
Con un abrimiento de boca gansa;

Su fantasía vuela alrededor
Del recinto en busca de dulce fruta,
La gran manzana que ella tanto chupa
De Tántalo y muerde cual monitor;

Descubre ella ardiente desde la orilla
La erótica convulsión de los cuerpos
Esbeltos, tersos partiéndose los pechos,

Mientras miro el rostro rosa que brilla
En ella, encendido por una cerilla,
y el cigarro, embebida en la lectura

Del libro “Seda”, que lo enciende y apura.
Mas en primavera el sañudo Orestes
Vengó el talento secando las nubes.

viernes, 13 de marzo de 2009

EL PAPEL CREADOR DE LA PALABRA


INVITACIÓN.
“Un vaso de vino entre las flores;
Bebo solo, sin un amig@ que me acompañe;
Levanto el vaso e invito a la luna;
Con ella y mi sombra seremos tres”.
Li Po

HIJOS DEL SOL Y DEL MAR
THOMAS MANN. (Lübeck, 6 de junio de 1875 - † Zúrich, 12 de agosto de 1955). Escritor alemán, nacionalizado estadounidense, uno de los escritores más importantes de su generación, de quien se dijo que fue el último gran novelista del siglo XIX. Mann es recordado por el profundo análisis crítico que desarrolló acerca del alma europea y alemana en la primera mitad del siglo XX. Para ello tomó como referencias principales a la Biblia y las ideas de Goethe, Freud, Nietzsche y Schopenhauer.
Fue distinguido con el Premio Nobel de Literatura en 1929.
Hijo de una acaudalada familia de comerciantes, nació en Lübeck, Alemania, en 1875. Tras estudiar en un instituto de dicha ciudad, marchó con su familia a Munich, en cuya universidad, preparándose para ser periodista, estudió historia, economía, historia del arte y literatura. Comenzó su carrera como escritor escribiendo para Simplicissimus. La primera historia de Mann, «El pequeño señor Friedemann» (Der Kleine Herr Friedemann) se publicó en 1898. Vivió en Munich desde 1891 hasta 1933, con excepción de un año que pasó en Palestrina, Italia, con su hermano mayor, el también novelista Heinrich; allí empezó la redacción de su primera gran obra, la novela Los Buddenbrook, descripción de la decadencia de una familia burguesa. En esta etapa inicial de su obra centró la atención en la conflictiva relación entre el arte y la vida, que abordó en Tonio Kröger, Tristán y La Muerte en Venecia, y culminaría posteriormente con Doctor Faustus. En La muerte en Venecia describe las vivencias de un escritor en una Venecia asolada por el cólera; dicha obra supone la culminación de las ideas estéticas del autor, que elaboró una peculiar psicología del artista.
En 1905, contrajo matrimonio con Katia Pringsheim, hija de una prominente familia de intelectuales de origen judío. Los Mann tuvieron seis hijos: Erika, Klaus, Golo, Monika, Elisabeth y Michael, todos los cuales llegarían a convertirse en figuras artísticas por derecho propio.
Al estallar la Primera Guerra Mundial, Mann defendió el nacionalismo alemán; al final de la contienda, sin embargo, su ideología evolucionó y se convirtió en ferviente defensor de los valores democráticos. Testimonio de esta evolución es la novela La montaña mágica, que transcurre en un sanatorio para tuberculosos y constituye una transposición novelada de los debates políticos y filosóficos de la época. En 1929 le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura.
Con la llegada de Hitler al poder en 1933, se exilió en Suiza hasta 1938, año en que se trasladó a Estados Unidos, donde fijó su residencia durante la Segunda Guerra Mundial. Sus obras de esta época están repletas de alusiones bíblicas y mitológicas: en la tetralogía José y sus hermanos reinterpretó la historia bíblica para indagar en los orígenes de la cultura occidental, y en Doktor Faustus, que presenta la historia de un músico que vende su alma al diablo, trató de establecer las causas psicológicas que hicieron posible el nazismo. En Confesiones de Félix Krull, su última novela, recuperó la ironía acerca de la naturaleza del ser humano que había caracterizado muchas de sus obras precedentes. Murió en Zúrich en 1955.
Mann fue laureado con el Premio Nobel principalmente en reconocimiento a la inmensa popularidad que cosechó tras la publicación de Los Buddenbrook (1901), La montaña mágica (1924), así como por sus numerosos relatos breves.
Basada en la propia familia de Mann, la novela Los Buddenbrook (en algunos de cuyos pasajes el autor utiliza el llamado bajo alemán, hablado en el norte del país) narra el declive de una familia de comerciantes de Lübeck, a lo largo de tres generaciones. La montaña mágica (Der Zauberberg, 1924), por su parte, cuenta la historia de un estudiante de ingeniería que planea visitar a un primo enfermo en un sanatorio suizo con objeto de hacerle compañía por espacio de tres semanas, que finalmente se transforman en siete años. Durante este tiempo el protagonista, Hans Castorp, pondrá en oposición a la medicina y su particular punto de vista sobre la fisiología humana, se enamorará y trabará relación con multitud de interesantes personajes, cada uno con sus particular forma de ser e ideología política. A través de todo ello, Mann hace repaso de la civilización europea contemporánea.
Novelas posteriores: Carlota en Weimar (1939), en la cual Mann regresa al mundo retratado por Goethe en Las desventuras del joven Werther (1774). En Doktor Faustus (1947), el autor toma como referentes la antigua leyenda alemana de Fausto, así como sus distintas versiones (Christopher Marlowe, Goethe), además de varios elementos de las vidas y obra de Nietzsche, Beethoven y Arnold Schönberg. La novela narra la historia del compositor Adrian Leverkühn, quien pacta con el diablo para alcanzar la gloria artística. En esta novela, Mann, como hemos visto, a través de la trágica figura de su protagonista, traza un depurado diseño de la corrupción de la cultura alemana de su tiempo, que acabaría desembocando en los horrores de la Segunda Guerra Mundial.
Otra novela importante es Las confesiones del estafador Felix Krull (1954), que quedó inconclusa a la muerte del escritor.
También obra fundamental es la mencionada tetralogía José y sus hermanos (Joseph und seine Brüder, 1933–1942), una imaginativa versión de la historia bíblica de José, relatada en los capítulos 37 a 50 del Libro del Génesis. El primer volumen cuenta el establecimiento de la familia de Jacob, el padre de José. El segundo relata la vida del joven José, que aún no ha recibido los grandes dotes que le esperan, y su enemistad con sus diez hermanos, los cuales acaban traicionándolo y vendiéndolo como esclavo a Egipto. En el tercer tomo José se convierte en mayordomo de Putifar, pero acaba encarcelado al rechazar las insinuaciones de la esposa de su benefactor. El último libro muestra al maduro José en el cargo de administrador de los graneros de Egipto. El hambre atrae a los hermanos de José a este país, y José organiza hábilmente una escena para darse a conocer a aquellos. Al final, la reconciliación reúne de nuevo a toda la familia.
Los diarios personales de Mann, hechos públicos en 1975, revelan su lucha interna contra una homosexualidad siempre latente, la cual halló reflejo en sus libros, muy señaladamente en su conocida obra Muerte en Venecia, en la que el envejecido protagonista se enamora de un muchacho de 14 años llamado Tadzio. En el libro de Gilbert Adair The Real Tadzio, se describe cómo, en el verano de 1911, Mann se alojó en el Grand Hôtel des Bains de Venecia con su mujer y un hermano, sintiéndose atraído por un angelical niño polaco de 11 años, llamado Władysław Moes.
Considerado un clásico de la literatura homosexual, Muerte en Venecia ha sido versioneado en una película y una ópera. Un detractor del escritor, Alfred Kerr, se refirió sarcásticamente a la novela, ya que «hacía de la pederastia algo disculpable si era ejercida por las cultivadas clases medias». El propio Mann describió una vez sus sentimientos por el joven violinista Paul Ehrenberg como «la experiencia central de mi corazón». Sin embargo, como muchos otros homosexuales de su época, Mann eligió casarse y tener familia. Sus obras también presentan otros temas sexuales, como el incesto, en la obra El santo pecador.
La influencia de Nietzsche en Mann es fácilmente detectable a lo largo de toda su obra, especialmente en lo referente a las ideas de Nietzsche sobre la decadencia y las relaciones entre enfermedad y creatividad. Las dos primeras contribuirían a remediar la osificación a que había llegado la tradicional civilización de occidente. De esta manera, la "superación" a que alude Mann en la introducción de La montaña mágica y la apertura a un mundo nuevo de posibilidades que se abren ante su protagonista, el joven Hans Castorp, se producen en un contexto, en efecto, de enfermedad, como es un sanatorio de montaña.
Su trabajo es el registro de una conciencia vitalista abierta a múltiples posibilidades, es decir, que expone muy bien las tensiones inherentes a la más o menos fructífera contemplación de dichas posibilidades. Él mismo lo resumió del siguiente modo, con motivo de la concesión del Premio Nobel: «El valor y la significación de mi trabajo han de dejarse al juicio de la historia; para mí no tienen otro sentido que una vida conducida conscientemente, es decir, concienzudamente.
Una buena forma de hacer frente, en estas tardes caniculares, a las altas temperaturas y al hastío agosteño sería una escapada por las estribaciones estéticas de TM en La montaña mágica:
“Se hallaba en un parque, situado bajo el balcón, en el cual se encontraba sin duda de pie. Un vasto parque de un verdor lujuriante, con árboles llenos de hojas, olmos, plátanos, hayas, abedules, ligeramente en la coloración de sus hojas frescas, lustrosas, y cuyas cimas se hallaban agitadas por un ligero murmullo. Un aire delicioso, húmedo, embalsamado por los árboles, murmuraba. Pasó un vaho caliente de lluvia, pero la lluvia estaba iluminada por las trasparencias. Se veía muy alto en el cielo el aire que brillaba lleno de gotitas de agua. ¡Qué bello era todo eso! ¡Oh, soplo del suelo natal, plenitud de la tierra baja, después de una privación tan larga! El aire estaba lleno de cantos de pájaros, lleno de silbidos aflautados, de gorjeos y de sollozos de un dulce y grácil fervor, sin que un solo pájaro fuese visible. Hans Castorp sonrió, respirando con agradecimiento. Y todo se iba haciendo más bello. Un arco iris se tendía oblicuamente por encima del paisaje, un arco completo y nítido, de un esplendor puro, de un resplandor húmedo, con todos sus colores que, untuosos como aceite, resbalaban sobre el verdor espeso y reluciente. Era como una especie de música, como un sonido de arpas mezclado con flautas y violines. El azul y el violeta, sobre todo, resbalaban maravillosamente. Todo se fundía y se partía de un modo mágico, se metamorfeaba sin cesar, siempre más bellamente y de un modo más nuevo. Era como el día, hacía ya muchos años, en que Hans Castorp fue a oír a un cantante famoso en el mundo entero, un tenor italiano cuya garganta vertía en el corazón de los hombres el consuelo de un arte lleno de gracia. Había atacado una nota aguda que fue bella desde el principio. Pero, poco a poco, de instante en instante, esa armonía apasionada se había ampliado, dilatado y desenvuelto, se había iluminado con una luz cada vez más resplandeciente. Uno a uno, los velos que primeramente no había percibido cayeron, había todavía uno que iba a terminar por descubrir la luz suprema y la más pura, y luego aún otro velo, y luego otro, excelso, que, dejaba aparecer una profusión deslumbrante de esplendores bañados en lágrimas, y un sordo rumor resonó entonces como una objeción o una contradicción, elevándose de aquella multitud, y el joven Hans Castorp se sintió sacudido por los sollozos. El azul lo invadía todo…Los velos límpidos de la lluvia caían: aparecía un mar, era el mar del sur, de un azul profundo, y saturado, brillante de luces de plata; una bahía maravillosa, abierta en una costa de una pendiente ligera, medio cercada de cadenas de montazñas de un azul cada vez más mate, sembrada de islas, donde surgían palmeras, y sobre las cuales se veían lucir pequeñas casas blancas entre bosques de cipreses. ¡Oh, oh, basta! No merecía todo aquello. ¡Qué beatitud de luz, qué profunda pureza del cielo, qué frescura de agua soleada! Hans Castorp no había visto jamás aquello ni nada semejante. Había visto rápidamente algo del Mediodía con motivo de breves viajes de vacaciones. Conocía el mar salvaje, el mar tétrico, y se hallaba unido a él por sentimientos pueriles y vagos, pero no había llegado jamás hasta el Mediterráneo, hasta Nápoles, hasta Sicilia o hasta Grecia, por ejemplo. Sin embargo se acordaba. Sí, cosa extraña, volvía a ver, reconocía todo aquello. “Sí, sí, es eso”. Exclamó una voz en él. Como si hubiese llevado consigo y sin saberlo desde siempre ese bienaventurado azul soleado, como escondiéndoselo a sí mismo. Y “ese desde siempre” era vasto, infinitamente vasto como el mar abierto a su izquierda, allí donde el ciclo lo teñía de un matiz violeta tierno.
El horizonte era alto, la extensión parecía subir, lo que procedía de que Hans Castorp veía el golfo desde arriba, desde cierta altura. Las montañas avanzaban en promontorio, coronadas de selvas, entraban en el mar, retrocedían en semicírculo, desde el centro del paisaje hasta el lugar en que él se hallaba sentado. Era una altura rocosa, con escalones de piedra caldeados por el sol. Delante de él, la ribera descendía musgosa y pedregosa, cubierta de malezas, hasta la arena donde los guijarros formaban, entre los juncos de azules bayas, pequeños puertos y pequeños lagos. Y esa comarca soleada, y esas altas riberas de acceso fácil, y esas charcas rientes, rodeadas de rocas, lo mismo que el mar cubierto de islas y de barcas que iban y venían, todo estaba poblado. Hombres, hijos del sol y del mar, se movían y reposaban, alegres y tranquilos; una bella y joven humanidad, a cuya vista el corazón de Hans Castorp se dilataba dolorosamente pleno de amor.
Jóvenes adolescentes luchaban con caballos, corrían al lado de los animales, que relinchaban y sacudían la cabeza, o bien los montaban sin silla, batiendo los talones desnudos contra los flancos de sus monturas, empujándolos hacia el mar”.
PROPUESTA DE TRABAJO: ESCRIBIR UN RELATO SOBRE LA VISITA A UN AMIGO, UN LUGAR.

lunes, 9 de marzo de 2009

Cuando quema la mejilla


Al son de la marcha nupcial se citó conspicuamente con ella a través de los ojos de la computer, que daba fe de la ceremonia y gravaba las bromitas, los jocosos guiños de la sesión del día y las claves de la cita. En el acto de consentimiento al amado -las prisas no son buenas- de manera apresurada, con la ropa de andar por casa y en chanclas, se acercó al bolso que se hallaba en frente e introdujo algo atropelladamente, como buena previsora, con idea de que no le fallara la memoria en el momento justo de echarse a la calle para presentarse en el sitio convenido. Desde la infancia había oído de los mayores frases como, hombre prevenido vale por dos. Así que, como el que no hace la cosa, buscaba y cogía algunos utensilios que circulaban con más insistencia por la mente, y para no echarlos en falta cuando los necesitase, pues manos a la obra, con las mismas y la premura y la poca luz de la habitación confundió el Ars amandi de Ovidio con el breviario de rezos cotidianos y el rosario de plata que guardaba en las pastas del libro, regalo de la madrina del sacramento del bautismo, e introdujo los dos últimos con todo sigilo en el interior del bolso, dejando para otra ocasión más placentera el escapulario de la Virgen de los Gozos, que colgaba de la cabecera de la cama.
Los primeros pasos, como suele ser en tales arranques, fueron a tientas, cabalgando al albur del caballo de Tántalo, dando por hecho que la suerte ya estaba echada a su favor. Lo que no dejó de ser un craso error. Elucubraba Ramiro con la realización de envidiables gestas jamás imaginadas, salvando las distancias de los héroes inmortales de la antigüedad grecolatina, sus aventuras, avatares y celebérrimas proezas.
Se decoró Ramiro a conciencia el cerebro a base de suntuosos muebles tallados con mil filigranas, iconos y símbolos labrados en maderas nobles, que despertasen la libido, generando ambrosías, el néctar de los dioses, y propiciara un sugestivo ambiente de sensualidad único, inconmensurable.
Tales anhelos satisfarían con creces, y de manera milagrosa, el culmen rijoso de su vida. ¡Qué suerte!, musitó Ramón, dando muestras de cansancio y perdiendo el equilibrio. Tras cruzar una áspera alfombra desértica, vislumbró abundante luz en lontananza, y se veía feliz acariciando entre sus manos tan ameno y brillante amanecer.
Las circunstancias y el entorno más íntimo dieron un vuelco, empezando a cambiar de la noche a la mañana. Se consideraba un privilegiado atleta batiendo los récord de las distintas olimpíadas a través de los siglos. Percibía que las aves se inclinaban y le sonreían al pasar; notaba que algo raro estaba ocurriendo en su deambular por los vericuetos de la existencia. Durante la primavera, los días se alargan, el sol sale cada día un poco antes y se pone un poco más tarde, siendo la noche más corta y el día más largo.
La palabra primavera se asocia al concepto de vida, juventud, sol, aire y a todo lo que ofrece colorido. Ello abona la proliferación de flores multicolores, que pueblan los campos. Se identifica con el período en que los seres exhiben su lado bueno, de esplendor, mayor vigor, hermosura y frescura. Se estiran y desperezan los días como el can cuando despierta de un profundo sueño. Crece la ternura, y el cariño achucha con valentía y condescendencia a las primeras pulsiones, acaso por contagio de la madre natura, y riega las zonas hurañas y las más sensibles del cuerpo con lágrimas de alegría, y un surtidor de embriagadores aromas horada la morada por sorpresa, expandiéndose por los rincones de la casa. Todo un mundo embrujado por el perfume de las flores.
La ciega devoción a Dios, motor del amor, ponía en funcionamiento el engranaje de su maquinaria, de la psique de Virtu, echando a andar sin reparos por la senda bendecida -remedando vivencias del Papa en la plaza de San Pedro ante la expectante grey allí reunida -; en primer lugar, imbuida por inhalaciones místicas, y a continuación pidiendo con ahínco al Todopoderoso la venia paterna de sus actos, orando sin desmayo y dándose golpes por las faltas cometidas, pero siempre decidida a entregarse por amor, y lo más probable será y así lo suplicaría autocomplaciente, que descendiese de la diestra del Padre, que está en los cielos –o tal vez en la computer, vaya usted a saber-.
Las esencias del incienso desarrollaban su labor, y progresaban con visos de aplomo y armonía, exhalando síntomas ornados de parabienes, de dones cuajados de sana energía lista para fulminar intrigas y amarguras, que pudieran germinar casi por generación espontánea, con las copiosas lluvias caídas en el siempre delicado caos de Cupido.
Ya iba siendo hora de que se le despejara a Ramón el gris y rebelde horizonte. Los hilachos de las tinieblas se iban chamuscando en la hoguera ante el arrojo de los rayos del sol naciente. Ya está bien, sentenciaba entre dientes, bastante alterado. Y todo ello zarandeado por los volátiles impulsos de Virtu, conectados a lo sobrenatural, cual emanaciones espirituales sólidas, petrificadas, resistentes a los huracanes y las acciones mefistofélicas de cualquier traidor, esperando con plenas garantías la pronta consumación de la cita amorosa, como dictan los cánones divinos y sobre todo el sentido común, y qué duda cabe, porque lo requería el guión, la trama planeada desde el inicio del menú de la computer, con la suficiente antelación y comprobados los prolegómenos compartidos en privado.
Se trataba de construir un nido de amor, un núcleo seguro, una torre inexpugnable que, ni los más avezados diablos podrían erosionar y menos aún ensuciarlo, manteniéndose incólume, albo, como recortes de pan ácimo de hostia. Y desembocaría a la postre en el nudo de la historia, con las reflexiones pertinentes llevadas a cabo mutuamente a puerta cerrada en su oportuno momento, o a solas en la alcoba cada uno por su lado, o a la vera de la sacristía, en el umbral del altar, antes de consagrar el sacramento del matrimonio.
Ello, sin duda alguna, se incardinaba en los estudios teológicos aprovechados al máximo por Virtu para nutrir su currículo, realizados a través de cursos posdoctorales, donde se exigía un perfil acorde con las dificultades que entrañaba su aprendizaje, debiendo profundizar en las principales materias de Humanidades, que más adelante le servirían como un reclamo profesional atractivo, o para futuras empresas más ambiciosas, en las cuales, por avatares del destino, podría verse involucrada, ora por responsabilidad laboral, ora por vocación divina.
Y tuvo Virtu la fortuna de ser elegida precisamente por su altura de miras –nunca cosa alguna cuadró tanto-, y por consiguiente se le catalogó por el jurado eclesiástico como la más idónea para deshacer entuertos de esta índole. Sobre todo, desprotegidos o aquellas criaturas de precaria formación religiosa, siendo ellos los más beneficiados. Ella regentaba sus andanzas, los tenía a su cargo, bien en la enseñanza privada, o mediante cursillos acelerados auspiciados por las autoridades de la diócesis a fin de iluminar las oscuras lagunas de la doctrina cristiana.
Las verdades eternas refulgirían con luz propia a la hora de insertar la pareja en el día a día, teniendo en cuenta el hondo conocimiento de Virtu, sobre todo el del más allá, que era lo trascendental, la eternidad, pues, la vida en la tierra, pensaba, es tan breve, que casi no merece la pena ni mirarla.
En teoría, la vida de Ramón podría engendrar halagüeñas primaveras, nuevos rumbos preñados de luz; días llenos de vida, de alegría completa, de verse divirtiéndose en la feria de sus sentimientos como un enano, con ilusión de adolescente, o visitando preciosos parajes lejanos. Y más si cabe, teniendo tan próxima la primavera, que aporreaba la puerta cargada de racimos de sonrisas y sorpresas, mostrando sus alegres uvas y pezones por la celosía de la ventana, entreabierta y algo destartalada por las tormentas y los tornados del gélido invierno.
La ocasión la pintan calva, pensaba Ramón, pero los crueles elementos de la computer, los desagradables desamparos le golpearon furiosos y le subvirtieron los intereses. Ella, invocando al Todopoderoso, confesó, me equivoqué de galán, lo indicó mirando al cielo, rememorando citas bíblicas como, Memento homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris, recuerda, hombre, que eres polvo...
Su príncipe azul, el que guardaba en la manga, no había llegado por mor de los enredos tecnológicos, maquinando un juego macabro de suplantación de personalidad. Ésas fueron sus palabras, palabra de Dios. Los malvados trasgos –quizá seres de carne y hueso y sin escrúpulos, que manejan los hilos de las ingenuas conciencias, en hipócritas y aquiescentes cortocircuitos- que pululan ocultos por las venas de Internet y se plantan con un morro que se lo pisan en la pantalla, y santos cielos, a veces hacen de las suyas. Cuando quema la mejilla, se vuelve negra la mañana, y la hecatombe se desploma sobre el envenenado corazón.
Ramón no perseguía la fama, ni aspiraba a emular la gloria de ilustres seductores, los otrora casanova, mañara, bradomín, ni muchísimo menos; mas la recompensa a su acaso osado desvarío, le obligaba a morder el polvo, habiendo tocado con los dedos el paraíso, otros derroteros, si no sublimes, al menos subliminales, en consonancia con la esperanza de recibir una gracia, una dádiva y echarlo por encima de todo en una de las más lujosas suites con vistas al mar, caiga quien caiga, con todas las consecuencias, conforme a lo pactado en el secreto del sumario, tomando las debidas precauciones, llámese secuelas, contagios. Tras dos o tres sacudidas de cabecita loca Virtu volvió en sí y recapacitó tras la inicial debacle emocional. Se atusó el pelo. Se fue aderezando, recomponiendo. Reestructuró la compostura rota, intentando desligarse de la nefasta profecía que tal vez hubiese sido coreada por los graznidos de una siniestra bandada de pájaros, y que se podía leer en la vidriosa mirada de Virtu, ebria por licuadas ensoñaciones sobrenaturales, y pretendía plasmarla, dándole la vuelta al calcetín, en un cuadro donde estuvieran representados, el amado, un verde prado, la cristalina fuente a la sombra de una reverdecida alameda con místicos efluvios fluyendo del regazo del Señor.
El espíritu de Virtu echó un trago de éxtasis teresiano, sumido entre las cacerolas de la cita, en el estadio de levitación en que se movía. Pareciera que el vaso rebosara, al igual que el día en que se citó, y se hubiera contaminado de un aire angelical, clavados los ojos en los cielos del Creador. Su pensamiento trasmutado vomitaba lenguas de fuego por los ojos y poco a poco se fueron rellenando de supersticiosos excrementos, vacuos, y de una ventosidad infumable, que anegaba el cosmos en un tétrico sopor.
Virtu, posándose en la tierra, alegó que se equivocaba la paloma del espíritu santo, creyendo que iba al norte del príncipe azul, iba al sur de la miseria e intentaba repellarlo con el cemento de su doble cara dura. Una equivocación –sic dixit-; hubo por medio un sucio y activo muñidor, sería el tercero en discordia, -¿el príncipe azul?- que hubiese trucado las imágenes de la webcam mediante engaños o subterfugios inconfesables de hacker, o de una mano negra; pero se sentía segura y lo tenía todo muy claro, Ramón no era su pimpollo en la flor de los veinte; que las fuerzas del mal la habían arrojado a los infiernos, asfixiando sus más nobles e íntimos suspiros amorosos.
Se abrazó a su cruz, el rosario y el breviario, encaminando los pasos a la santa casa del Padre a penar y llorar su pena, rezando los rutinarios padres nuestros de rigor como arrepentimiento por las banalidades y torbellinos suicidas cometidos en la red.
Esperando del Todo Misericordioso que la próxima vez no sea ella la que caiga por los acantilados de la incongruencia.
Ramón saboreó el aroma de la fruta, pero no halló ni rastro de ella… al morder el nombre.
Las malas artes celestinescas le abortaron de improviso los tiernos tallos que despuntaban en el taller de los sueños, la vida, como a un vil y desahuciado tántalo, quedando tan sólo sutiles hilillos de esperanza.
Nunca pretendió Ramón volar tan alto en lo divino, en lo humano y menos en lo mitológico. La realidad supera la ficción.



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