viernes, 3 de septiembre de 2021

¿Y después de la muerte, qué?

No estaba Norberto para bromas cuando se afeitaba en la barbería del barrio aquella mañana pensando en el primer beso robado a una Rosa, tras la cobardía del depravado virus que se había llevado por delante a unos familiares y amigos, y perdió el norte. Fue muy fuerte, tío –farfullaba con rabia-, y echó un trago del vodka que guardaba como oro en paño en un rincón de la estancia, intentando ahogar las inhalaciones del invisible enemigo. Él sabía a la perfección lo referente a todo el espinoso asunto, ya que en años de infancia vio cómo cerraba los ojos la abuela, y poco más tarde su joven madre, apuñalada por los ruines delirios de la tuberculosis. Por esas andanzas enloquecidas y quebraderos de cabeza rondaba Norberto, y no era de los que viven a la buena de Dios, tumbándose a la bartola en la playa de la vida de espaldas a los caprichos o rigores de la existencia sin responsabilidad alguna, e incluso de la tórrida canícula, que con extrañas excusas del cambio climático está haciendo de las suyas en indefensos poblados mediante tormentas repentinas o desesperantes tornados, verdaderos hachazos de muerte en el corazón de las criaturas. Un día paseaba Norberto por un sendero disfrutando del bello paisaje a lo largo de la tupida arboleda que lo envolvía, cuando oyó los ecos lejanos de una melodía conocida que dice, Ya se murió el burro/, que llevaba la vinagre/, ya se lo llevó Dios/ de esta vida miserable/, que tururururú, que tururururú/. Todas las vecinas iban al entierro/, y la tía María tocaba el cencerro//…lo que le inyectó más veneno en el cuerpo rememorando la mugre y tristezas que yacían dormidas en sus cuarteles de invierno. Esa vorágine de pensares y oscuros tabúes le despertaron sobremanera la melancolía y sus penurias vitales, evocando los charcos, la época de entonces y duros terrones de los campos pateados, de la siega a la siembra, de la cuna a la sepultura, del duro invierno al extremismo del verano con las parvas en la era aventando el trigo, cabalgando como autómatas los días y las horas, los hombres y mujeres sin advertirlo, desembocando en la boca del lobo. Llegar a viejo es un sueño acariciado por cualquiera, pero del dicho al hecho hay un gran trecho, porque si se propala a bombo y platillo siendo aclamado por el entorno casi nadie lo quiere, y no porque se adelante el viaje definitivo apresurándose el ocaso, nada más lejos de la realidad, sino más bien por sentirse libre de ataduras, lejos y olvidado de ese trance, por mor de la fobia de muerte al macabro vocablo, como lo calificaría Norberto. Sin embargo, la muerte le pisaba los talones a su edad, como en el célebre celuloide, hasta el punto que había días que desayunaba y cenaba muerte, y no levantaba cabeza. En tales circunstancias de supervivencia se acomodaba lo mejor que podía al lado de la cordura, y se ponía a leer cuentos, tik tok o esporádicos tópicos o ecos de sociedad, revistas del corazón, buscando evadirse o hacerse el muerto tal vez en la piscina de los días buscando el anonimato, ajeno a tan ingratos eventos o hacerse a la idea estoicamente, asumiendo que la única certeza de este mundo es la muerte. Y en ese tira y afloja entre aquellas coyunturas se dejó llevar por las páginas de mitos y leyendas, como El monte de las ánimas de Bécquer, viajando por los riscos, Picos de Urbión y célebre Laguna Negra soriana con la determinación de no ser arrastrado por las temidas aguas o pesadillas que encierra, y ponerse a salvo tatuándose con la etiqueta del arte, alimentándose con la inmortalidad de los mitos que a la postre nunca mueren. La literatura encontró por los parámetros sorianos un escenario único para crear historias, y desde tiempos inmemoriales han discurrido con no poca pujanza por las aguas de la Laguna Negra. Así, se cuenta que habita en su interior un monstruo, que devora a todo aquel que cae en sus fauces. Y hay quien afirma que la laguna no tiene fondo, y la consideran como taller y fragua donde se forjan los misteriosos ciclones y tremebundos temporales de la comarca. Sin ir más lejos Pío Baroja en el Mayorazgo de Labraz dice, “Porque es una laguna donde hay una mujer que vive en el fondo, y mata al que se acerca. Todo el que mira en esa agua muere”. Y por sus lacustres venas el venerable Antonio Machado relató un parricidio, el del patriarca Alvargonzález, llevado a cabo por sus hijos ansiosos por heredar cuanto antes las tierras, las cuales dejaron de producir tras el crimen, vagando día y noche por los acantilados y empinadas laderas de la Laguna Negra los malnacidos sin cosechas ni fruto, pasándolo moradas hasta fenecer en sus entrañas. Norberto quería estar seguro de su futuro, y no llegar con el reloj de los días cambiado, y bailar con la más fea en el baile o danza de la muerte para entendernos, porque en su fuero interno no comulgaba con las monsergas que se cultivan y venden alegremente en tenderetes de feria o kioscos callejeros sin pasar los más mínimos filtros éticos o morales, llegando a ser aberrante que se pregone de viva voz en un acto de camaradería que todo el mundo es bueno, acarreando tal aseveración en ocasiones estomacales remordimientos o ríos de tinta, generando no pocos desaguisados en las cascadas del vivir, esperando, no obstante, que no llegue la sangre al río. Es sabido que por mucho madrugar no amanece más temprano, y así las cosas y los aconteceres resulta que el pensamiento humano cuando menos se espera hace aguas por los cuatro costados, cual barco a la deriva, por un quítame allá unas pajas, y no será por no reflexionar sobre los pros y los contras al respecto, porque no se puede echar en saco roto los sudores sufridos y las ásperas arritmias de Sísifo subiendo a la montaña con la enorme piedra, tomándole el pelo a cada paso, al obligarle a regresar al comienzo cuando se encontraba en la cima cayendo de nuevo, y vuelta a empezar. Ésa no era la meta de Norberto, lo que anhelaba era cambiar las pautas seguidas hasta la fecha, aunque sin pretender pasar a la posteridad como iconoclasta o destripador de corazones ardientes, hambrientos de amor, muriendo por amor. Si bien la madre del cordero no iba por los derroteros de acá, sino directamente al más allá, que se dice pronto, apuntando a la existencia del género humano post mortem, una vez que aterrizan sus almas en esos mundos ignaros, de humo, tartamudos, que flirtean con los difuntos prometiéndoles la ceca y la meca, dos cosechas de membrillos al año o setenta y dos doncellas vírgenes contrariando las corrientes del río de la vida, desbordándose su cauce, las pretensiones mejor guardadas, y se dan apretones de mano celebrándolo, como antiguamente se hacía el trato de venta de ganado en la feria, y era dicho y hecho sin notas de notario, y toda aquella parafernalia iba a misa, siendo un acto sagrado, que nadie podía vulnerar –señalaba Norberto. Al cabo del tiempo, después de innumerables diluvios y acerbos tormentos sin cuento quiso encontrarse Norberto consigo mismo, escarbando en los pozos de sabiduría de doctores, arúspices y gurús más entendidos en los espíritus y cuerpo humano, escudriñando en el vasto imperio de las religiones que aletean alegres y dicharacheras por esos mundos de Dios, junto a las recientes y más atrevidas teorías científicas con las transfiguraciones y transformaciones o metamorfosis a lo largo de la historia en el planeta Tierra. Y lanzaba Norberto al aire sus animosos augurios, apoyándose en los latidos de eximios artistas y poetas del orbe procurando no errar en el blanco, descolgándose por el terreno que le quitaba el sueño, rivalizando con Santa Teresa cuando escribe, Vivo sin vivir en mí/, y tan alta vida espero/, que muero porque no muero//…, y se inclinaba Norberto por ser golondrina en primavera y volver a los mismos balcones cada año, y saltamontes durante el gélido invierno, adoptando unas transformaciones a la carta, asumiendo las consejas y prístinos principios de los experimentados ancestros. No obstante, dudaba Norberto de sus pretensiones, se le estrechaba el horizonte en ocasiones, elucubrando que la fe, que mueve montañas, flaquease en los momentos más álgidos, y no le acompañase cuando el enrabietado toro salga en tromba a la plaza de la vida arremetiendo contra todo bicho viviente. En Méjico, como en otros países, la catrina hace estragos, así denominado en aquellos lares el viaje definitivo a la otra orilla del río Aqueronte, previo pago del óbolo por el pasaje, o puede salir gratis si se atraviesa a nado en el último suspiro practicando el estilo mariposa o el que se tercie, y colme las aspiraciones humanas, acallando los doloridos sentires y miedos que aún les resten. Transfiguración o transformación, es el quid de la cuestión. ¿Hay quien dé más aportaciones o juego en esta ruleta de vida o muerte?, ¿y cómo pasar el tiempo libre después de muerto? Porque esto no se ventila en una sentada tomando café con alguien, ni mucho menos, porque puede que se le ponga a uno la carne de gallina al inmiscuirse en semejantes inframundos, en esa especie de cataclismo con negros ribetes de desespero, porque puestos a llamar a las cosas por su nombre, ¿quién puede hablar o comunicarse con alguien que dejó de existir hace mil años, e incluso minutos? ¿Alguien responde? A Norberto le hubiese encantado compartir mesa y juegos con los faraones egipcios una vez ubicados en los compartimentos de sus respectivas pirámides, departir con ellos en mesas redondas o rectangulares parlamentando sobre la identidad, sus esencias, cuando le preparaban té o el ajuar y demás requisitos a fin de que no les faltase de nada, y seguir vivos viviendo y disfrutando de sus aficiones y caprichos. No cabe duda de que los egipcios fueron unos aventajadísimos en tales menesteres, avezados creadores de paraísos inmortales luchando contra el olvido sin descanso, procurando que no perdiesen un ápice de lo que disponían en vida. Y se lo pasaban divino hablando sin cortapisas con los dioses, lloviese o cayesen chuzos de punta o envenenadas bombas enemigas. Cuán dichosos se sentirían aquellos que lo idearon, generando bienestar y sana alegría entre los súbditos. Apostemos por la transfiguración, con la acariciada esperanza de que nos propicie tan sólo un cambio en la figura o apariencia, sin perder las esencias ni las constantes vitales, formando parte de los entresijos de las entrañas de la madre Tierra.

domingo, 8 de agosto de 2021

Universo o el cultivo de la lectura

Al nacer los genes de Eugenio ya apuntaban unas singulares maneras, un no sé qué que le hacían estremecer, impulsándole a deshuesar los puzles más dificultosos, a hacer pocillas a orillas del mar queriendo verter en ellas las aguas del océano sin saber nada de tiburones, y volar por toboganes como pájaros volantones o penetrar en el corazón de su mundo, su pequeño universo, azuzándole las innatas inquietudes o el más allá. Tal vez le daban alas los secretos misterios del espacio en la inmensidad cósmica de la carpa que nos envuelve, por donde giran con fe ciega, cual golondrinas, los cuerpos celestes en una atmósfera sin fin. En la escuela jugaba Eugenio con la esfera o bola del mundo, se le antojaba un juguete, y la lanzaba a otros niños a espaldas del maestro como una pelota, sin llegar a captar el trasfondo de su meollo, y lo hacía pensando a lo mejor en lo que oía decir a su abuelo, que el mundo es un pañuelo, y cogía la esfera intentando suavizar los acantilados, las montañas rocosas, los escollos climatológicos o las fatigas del alma. A veces ponía los pies en polvorosa por su corteza redonda (como si estuviese en pleno bosque boreal) por si le persiguiese algún caimán yendo para la barranquilla, al no fiarse de los barruntos de salvajes especímenes a campo abierto, como el jaguar. Según crecía Eugenio, con el paso del tiempo y los hitos vivenciales, se interrogaba sotto voce por los intríngulis del cosmos, las galaxias, la luna, sus leyendas y amores con un calé, y toditas las noches con el gitano se ve, como dice la canción. Y tantas otras creaciones a su costa, como la del folclore recopilada por García Lorca, la luna es un poco chico, las flores no valen nada, lo que valen son tus brazos cuando de noche me abrazan, o la canción del toro enamorado de la luna, evocando lecciones magistrales de Picasso en indelebles pinceladas entre otras hermosuras, y entrar así mismo, como pedro por su casa, en los interiorismos del gen. A través de una sesuda lectura, fue Eugenio centrando y cimentando sus convicciones y suspicacias, las coyunturas y entresijos del gen, los puntos negros, la biosfera, los raros cambios climáticos, los desvaríos y amores tardíos, los desiertos y dunas, y no había forma de observarlos a simple vista por sus estructuras similares a los espaguetis, denominados cromosomas, que se albergan en las celdas de las células. Es archiconocido que el cuerpo humano se compone de millones de células, al igual que el resto de los seres vivos, animales o plantas, pudiéndose visualizar mediante el microscopio. Enfrascado como estaba Eugenio en sus sueños proseguía su tarea, apuntando que los genes trasportan una información especial, que luego repercute en la configuración de los rasgos o aspectos de nuestro ser, que heredamos en parte de los ancestros. Con la constancia de la lectura y experiencia Eugenio fue amasando su mundo, las teorías preferentes, aquilatando los resplandores que emanaban en ocasiones de los latidos cósmicos, de las músicas acordadas de los astros, o el florido silbo de los tallos tiernos de las plantas nuevas por primavera respirando un aire sin cortezas, que le entraba dulcemente en su ser robusteciendo los pulmones, sintiendo pureza y un hambre de alegrías al albor. Al hilo de su labor investigadora, diríase que el universo es el espacio y el tiempo de todo cuanto existe, la pura materia con su campo semántico de astronomía: estrellas, planetas, satélites, asteroides, meteoritos, estrellas fugaces, nebulosas, constelaciones, lagrimillas de San Lorenzo, galaxias, supernova, agujero negro y demás objetos celestes que pululan por su piel en carne viva, junto con las leyes y constantes físicas que lo conforman. Por ende, llegó Eugenio a la conclusión de que no es fácil explicar o medir el universo. Ya que puede ser infinitamente grande o contener otros universos, no obstante, hay especialistas del ramo que aseveran que, aun admitiendo que es muy grande, no deja de ser finito, aunque continúe expandiéndose según la teoría cosmológica de Big Freeze. Como no se sabe a ciencia cierta los límites, da pie a que se considere infinito. Se sabe que el universo tiene 93.000 millones de años luz, y cada año luz es la distancia que recorre la luz en un año. No existen resortes fidedignos o resoluciones drásticas para pararles los pies a los tornados, tsunamis, seísmos, volcanes o ígneos meteoritos cuando giran como el volante de un coche en manos de un loco. Sin embargo, nada le hacía desistir a Eugenio de sus afanes e imperioso empeño por adentrarse en esa intrincada temática y bucear en el fondo de los pilares de la tierra, como otro Julio Verne o Ken Follet, o del universo con todas las corrientes marinas y sus avatares a flor de piel, y desentrañar los pros y los contras a través de los descubrimientos científicos más avanzados, así como la literatura de ficción de las más insignes plumas del mundillo de la narrativa, siguiendo los envidiables pasos de Irene Vallejo en su inmortal obra, El infinito en un junco. Con la paciencia de Job fue hilvanando Eugenio el ovillo, un nutrido mundo de reflexiones y pensares constituyentes de la transformación del cosmos a través de los datos rastreados a calzón quitado, dedicándose en cuerpo y alma a escarbar en los olvidados mamotretos de los próceres del saber que en la vida han sido, que patearon el universo por tierra, mar y aire. Así Heródoto con sus incansables viajes, hizo un gran acopio de material, llegando a recopilar innumerables datos e informaciones al respecto, escribiendo los nueve libros de historia “Historiae”, considerados como la primera piedra descriptiva del mundo antiguo, y lo hizo con la idea de que no cayesen en el monte del olvido las grandes empresas y acciones humanas. Y siguiendo en el tajo, más adelante, allá por la Edad Media, a sabiendas de que era harto comprometido descolgarse por los continentes existentes hasta la fecha, lo intentaron olisqueando detenidamente sus aromas en rincones o fogatas de los ancestros, pateando cavernas y otros subterfugios de refugio o guaridas construidos para tal fin. Y con sutileza se puso Eugenio manos a la obra, estudiando la pintura rupestre, los ajuares, columbarios y demás huellas de los mortales, que alumbran la historia hasta nuestros días, recorriendo los puntos más álgidos del planeta Tierra. No obstante, floreció un período muy fructífero de genuinos viajeros por aquel entonces, como el veneciano Marco Polo, autor de “El Libro de las maravillas del mundo”, que ayudó en gran medida a las gestas descubridoras del intrépido Cristóbal Colón en su aventurera empresa, llegándose a colocar en los escaparates del orbe la competitiva y célebre Ruta de la seda, que con tanto ahínco y prosperidad discurría hasta los confines del mundo. Siguiendo con el olfato lector de Eugenio, encontramos a Zheng He, que fue uno de los más conocidos viajeros chinos, que algunos lo identifican con el legendario Simbad el marino. En semblanzas de la época lo describían con unos ojos tintineantes, casi como un pirata al estilo de los dibujados en sus obras por Espronceda en época romántica, “como la luz de la luna en un río de rauda y rabiosa corriente”. Y al llegar el Renacimiento triunfaron los nuevos conceptos del espíritu humano como, secularizaión y laicización del saber, antropocentrismo y humanismo, revaloración de la antigüedad clásica, valoración del pensamiento racional, una desmedida curiosidad por lo científico y técnico, el estudio de la naturaleza en las artes, separación de la artesanía y autonomía del arte. Fue un nuevo renacer de lo clásico, y la exaltación del hombre lejos del ámbito religioso, luchando por hacer, deshacer o enderezar los entuertos como don Quijote, intentando poner los puntos sobre las íes del sentir humano, las emociones y pálpitos, los vuelos y anhelos de invención, de arreglar las meteduras de pata del Creador y rubricar sus corazonadas y pulsiones, y surgieron osados navegantes sin miedo a caer por el borde del fin del mundo. Y de esa guisa, una pléyade de inmortales marineros y séquito con Cristóbal Colón a la cabeza fueron generando su propio mito, montando en cólera hoy en día algunos territorios por aquella inolvidable gesta durante mucho tiempo considerada como el no va más de la época, como una de las hazañas más sobresalientes del género humano al descubrir el Nuevo Mundo, como se denominó entonces. Algo similar a los viajes interplanetarios con que hoy día nos bombardean con el fin de llevar acaudalados turistas al espacio, y hacer caja, su agosto los inversores y accionistas del suculento proyecto, como si viajasen en unos columpios de feria donde los humanos se paseen, como las aves voraces circulan por los espaciales circuitos de la atmósfera que respiramos, y subirse a sus barbas. Acorde con las pautas de Eugenio, será bueno citar a algunos de los prístinos descubridores o eufóricos viajeros de entonces, que en muchos casos dieron su vida por llevarlo a cabo, como Fernando de Magallanes, James Cook, Alexander von Humboldt o Charles Darwin, que desembarcó allende los mares, por el canal de Beagle, llegando al faro del fin del mundo, plasmándolo en su libro de igual título Julio Verne, así como el legendario doctor Liwignstone con sus valiosas aportaciones a través de sus huellas africanas. Y Eileen Collins se convertiría en la primera mujer al mando de un transbordador espacial y reportera de guerra, dejando atrás a Hemingway. La imaginación de H.G. Wells, que llevó a los lectores a un viaje por el tiempo a través de sus obras. El mayor hallazgo de Wells fue la biblioteca de Uppark, donde bebió las aguas de su creación. Y cómo dejar en el tintero a Julio Verne, que sería el colofón a ese mágico mundo de ficción, como un carrusel de tíos vivos y coches de choque y caballitos de la calle del infierno de una ciudad en fiestas, donde la Humanidad con corazón de niño se divierte y juega como Verne escribiendo sus imaginarios y certeros viajes, aventuras y teorías en el aire literario, cuajando con el paso del tiempo en una fehaciente realidad, siendo profeta en su tierra, al predecir los aconteceres científicos muchas décadas antes de que se materializasen. Nunca demos nada por perdido, y mantengamos encendida la lámpara de la esperanza, siendo muy posible que encontremos respuestas a nuestros sueños.

sábado, 26 de junio de 2021

Un poema o al abrigo del mejor amigo del hombre

Ser o no ser parecía ser la bandera que enarbolaba Virginia en aquella disputa tan singular, semejante a la Razón de amor del agua y el vino en tiempos del medievo, a cerca de cuál de los dos era más útil a la Humanidad, connotando el agua el amor puro, y el vino el sensual. Y las aguas volvían a su cauce cuando aparecía por entre medias la alegre perrita hipnotizando al personal, cayendo en semejantes momentos rendidos a sus pies, como arrastrados por un complejo de cánidos. Lo tenía muy claro Virginia, sólo suspiraba por hincar el diente en la molla, ver plasmados en un folio por dónde discurrían en noches de aviesos vientos los tejemanejes de la pareja, los pálpitos o íntimos subterfugios. Su objetivo consistía en descascarillar el núcleo duro de Lucio, abriendo en canal el melón de la farsa o frívolas bagatelas que se guareciesen en su trastienda, al estimar que remedaba al papa de Roma con apotegmas (cosas agraciadas y donosas como las que recopiló el viejo Catón) o dogmas, siendo el fondo de la cuestión palpitante. Dicho y hecho, pensaba. Y bullía todo en una especie de hermético frasco apostando por llegar hasta las últimas consecuencias en sus pretensiones, señalando que los hálitos de Lucio se cimentaban en una aparente solidez, que no mostraban los fidedignos sentires de lo que se entiende por un abnegado y auténtico poeta que se precie de ello, rubricando en sus versos los charcos, incógnitas o secretos que se apilan en la mochila de los días. Las cosas así de entrada, con tales guiños y huraño rostro tenía bemoles y unas retorcidas aristas, no sabiendo a ciencia cierta por dónde meterle mano a los mantos de hojarasca o borrascosa convivencia que germinaba en ese campo, al no encontrar fehacientes cimientos o frutos maduros para su discernimiento, ni la hora justa del reloj que llevaba en la muñeca para sentarse tranquilamente, pedir un café y poner el reloj en hora. Eran a veces esperpénticas cuñas o situaciones que dormían en el ambiente y que a nada conducían por ambas partes, unos días por ser tarde y otros por demasiado temprano, o tal vez sonaba el teléfono, pero nadie respondía. Todo se iba convirtiendo en un barrizal difícil de cruzar, ya que la mugre de los pensamientos trepaba por el árbol de sus vidas alimentando el desconcierto, las intrigas o necios desvaríos. Lo que realmente quería Virginia era desenmarañar de una vez el pastel que tenía delante, saciar las ansiosas inquietudes que vivían en el limbo, vegetando como la maleza que crece en los terrenos silvestres y no tiene hartura, desplegando las garras como envenenadas fieras intentando acapararlo todo, y fulminar al otro con torpes movimientos o inanes argumentos, no habiendo por dónde cogerlos. Nada frenaba los impulsos que entraban en juego en la pareja con el sonsonete de tú más o yo no soy responsable de nada, y de esa guisa los encontrados encuentros terminaban casi siempre como el rosario de la aurora, aunque se esmerasen en no pocas veladas poner al día y pelillos a la mar, firmando la paz, pero se difuminaba el arcoíris del buen tiempo, disipándose las esperanzas tan pronto se abría la puerta a los pensares en turbias tardes de incoherencia, porque se esforzaban por buscar certidumbre y concordia incluso en las horas de recio incordio, y brotaban los malentendidos o rencillas a la vuelta de la esquina apostillando, nunca me traes flores, no tienes ninguna atención conmigo, sólo disfruto de los geranios y pensamientos del balcón ornados con el caldo de cultivo de los estados de ánimo y cambios de estación, aunque los alérgicos berrinches me fustigan con saña no dejándome en paz, -argüía ella-. Y no había forma de que aflorasen los negros pensares despojándose la pareja de las máscaras al subir por los peldaños de su horizonte, y de esa manera pudiese Virginia respirar tranquila y feliz, desentrañando en un plis plas lo más escurridizo de la identidad de la pareja. Un día sin pensárselo mucho pero con la alegría en el rostro, fue la pareja harto animosa a mostrarle la obra a Virginia, aprovechando un claro de lluvia de reproches llevando en las manos ensimismado y todo eufórico un poema, y con mucho mimo y empatía empezó a leerlo, escuchándolo ella con los cinco sentidos, incluido el sexto, que andaba perdido por los rincones, y escuchaba toda radiante y animosa sin nada que ensombreciese su desarrollo, ningún respingo o estornudo importuno por parte de ella. Pero según fue transcurriendo el tiempo de la cadencia y carrera literal de las líneas, lo que era aquiescencia cortesía por su parte, de buenas a primeras empezó a soplar un viento huracanado arrancando las flores del jardín del solemne acto, al cerciorarse Virginia de la autoría, rasgándose ipso facto las vestiduras, como si fuese una estafa o un tiro rozando su frente, al descubrir en aquel frente poético otro nombre distinto de su pareja, cayendo como una bomba atómica en sus afanes de ensoñación, que era nada menos que el insigne Antonio Machado. Y cuál no fue el repudio que exhaló, no lo pudo evitar, que una pelusa que se movía dislocada por el aire fue a posarse en su ojo izquierdo causándole de pronto un abundante goteo lacrimal acompañado de llanto y gritos de espanto, gritando a los cuatro vientos: ¡yo quería el tuyo, yo quería tu poema! Y se enzarzó en improperios y la mala ventura contra la persona del celebérrimo poeta, enrareciéndose de tal modo el ambiente que evocaba las peleas y zarpazos de las andanzas de don Quijote con una tormenta de salivazos y dimes y diretes, que el propio Machado no lo habría creído, y no digamos si se tratase de otros poetas como, Góngora, Quevedo, Lope, García Lorca, Ladrón de Guevara o el mismo Pepe Hierro con su poema definitivo, “Después de todo, todo ha sido nada/, a pesar de que un día lo fue todo” (.), diciéndolo como si estuviese brindando con un vaso de buen vino, como el prístino y célebre Berceo, por los dioses del Olimpo o poetas del Parnaso. Pobre Machado si levantase la cabeza, no sabemos cuál habrían sido sus palabras en tales circunstancias, o qué memeces en las redes se exhibiesen al hilo de lo vivido o urdido, tal vez sintiesen celos, pena o tristeza o una especie de acoso de género literario por sentirse ninguneado, acaso por el parlamento de Juan de Mairena o Campos de Castilla o las tardes con Leonor por las verdes sendas de Soria: “Soñé que tú me llevabas/ por una blanca vereda/, (.), Sentí tu mano en la mía/, tu mano de compañera/(…), como una campana virgen/ del alba de primavera (.). Y aterrizando en la semántica del poema, ya es vox populi que es una composición literaria en verso donde el autor se desnuda derramando emociones, sentimientos, pensares, de ahí los suspiros de Virginia. Y en otro sentido el vocablo poema apunta a algo cómico, esperpéntico, como, el traje que llevó a la fiesta era todo un poema. El poema por la etimología apunta a la creación, al mundo literario, siendo de tomo y lomo su areola, campando a sus anchas por campiñas líricas o intrincados lodazales destripando las estrías del alma, la que maneja el timón de la barca en las idas y venidas por los mares de la vida, sacando pecho a la luz de la luna a veces, y con la savia subiendo por las venas más íntimas del ser humano. Y mientras tanto dormía la perrita a los pies de sus dueños, sencilla y querida por todos con sus legendarias raíces, asomándose al mundo a través de los ojos de la ventana con acicalada dulzura y amorosos aires de fidelidad y lealtad, regalando vida y sembrando empatía a chorros con los dueños y vecinos del barrio al cruzar sus dominios. En la ventana brillaba su excelsa mirada aplacando los malos humores, y proyectaba escenas bucólicas, como si a pocos metros pastasen unas blancas ovejitas, y con su fino olfato e instinto extendiese en lontananza sus mágicos y entrañables prismáticos limando asperezas, allanando escollos o marcando las pautas a las criaturas en su labor solidaria colaborando con los necesitados, invidentes o tullidos en cada trance o acontecer del vivir. En el poema El perro cojo de Manuel Benítez Carrasco, la pena y compasión del animal hierven en la tinta del poeta cuando asevera, “El perro me entiende, sabe/ que maldigo la pedrada/: aquella pedrada dura/ que le destrocó la pata/ y con el rabo me está/ acariciando la lástima (.). Ahora ya sé por qué está/ la noche agujereada/, ¿estrellas?, ¿luceros? ¡No!/, es mi perro que cuando anda/, con la muleta va haciendo/ agujeritos de plata. Charles Burden, muy dolido por el asesinato de su perro lo denunció a las autoridades, y fue objeto de burlas por ello. La defensa del abogado George Graham Vest fue la primera piedra del cambio de escenario, constituyéndose el corpus jurídico de los derechos de los animales. Nunca es tarde para aprender, y más si la dicha es, a todas luces, buena.

jueves, 27 de mayo de 2021

Primavera o cómo perderse por las fragancias florentinas

El mes de las flores era el escenario propicio para que Rosario disparase toda su artillería y dotes planificadoras con no poco desparpajo y sigilo, dirigiendo el protocolo en la parroquia del pueblo con el lema, cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa, realizando las diferentes tareas, como la ornamentación del altar de la Virgen con los inmaculados ramos de flores que traían para la novena. En todos estos menesteres ella se las prometía muy felices. Todo le iba miel sobre hojuelas. Los días rivalizaban entre sí diluviando alegría en el ambiente, junto con los bruscos cambios climatológicos propios de la impredecible primavera, pintando los más exóticos horizontes crepusculares. Nunca pensó Rosario en permanecer en la costumbre, enrolándose en la parafernalia ancestral quedando para vestir santos ni mucho menos, ya que con su talento y ardides echaba por tierra todo eso y más saltándose los controles más estrictos si fuese necesario, y despacio pero sin pausa fue modulando su mundo, priorizando las aficiones y delectaciones más rabiosas, y de esa guisa tras los oficios eclesiales llegó a ser con el paso del tiempo y con todos los honores madre soltera, en una época tan recatada y puritana. No se andaba por las ramas a la hora de aliviar tristuras, y se movía con los pies en el suelo conjugando lo divino y lo humano, la mística y la magnesia pergeñando los escarceos de su instinto, como pelar la pava en el parque como cualquier hijo de vecino, sin que se le cayesen los anillos. El nudo del relato se fragua en el mes de mayo por múltiples razones, como ocurre en el Romance del prisionero, Que por mayo era por mayo/, cuando hace la calor/, cuando los trigos encañan/ y están los campos en flor/, cuando canta la calandria/ y responde le ruiseñor,/ cuando los enamorados/ van a servir al amor/, sino yo triste, cuitado/, que vivo en esta prisión/, que ni sé cuándo es de día/, ni cuándo las noches son/, sino por una avecilla/ que me cantaba al albor/. Matómela un ballestero, déle Dios mal galalrdón. Y le chiflaba la ropa ligera a Rosario, y con generoso escote, lo que hacía que brillasen aún más sus encantos. Por su vida pasaban aprisa y corriendo los días, los estados de ánimo, las estaciones y pensares sin saber nunca lo que le aguardaba a la vuelta de la esquina. Era una mañana gris de negros nubarrones cuando Rosario se sintió de pronto rara, indispuesta, y los dedos se le volvían huéspedes presagiándose lo peor. Y empezó a hervir en su interior lo nunca imaginado, unas extrañas contracciones estomacales y preocupantes pálpitos por el pecho no sabiendo a qué atenerse, llegando a tumbarla la tristeza. Ante el cariz tan alarmante que iba tomando su estado físico y psíquico, no acertaba a manejar el timón de su barca, yendo como veleta al son del viento, y en un acto de honda reflexión acudió a la ginecóloga a fin de esclarecer todas sus aflicciones. Tras una batería de pruebas de toda índole, al salir a la calle camino de su mansión se desmayó cayendo de bruces en mitad de la acera, desvelándose su misterio a plena luz del día con toda rotundidad, reconociendo con lágrimas en el alma que las hormonas la empujaban a convertirse en varón, sintiéndose culpable, y no podía soportar la presión a la que se veía sometida, así como lo más importante, el no seguir desempeñando el rol de madre. Su retoño de dos añitos, la inocente y preciosa criatura a su corta edad no entendía lo que se cocía en derredor, encargándose la abuela materna de su cuidado, la alimentación y la educación. Ella tan pronto como pudo cambió de aires. En un súbito vuelo se trasladó a Latinoamérica con intención de rehacer su vida de la mejor manera. Lunático, flemático, ido, evanescente, vil o cuerdo, tales epítetos y muchísimos más sonaban en aquel enrarecido ambiente al hilo de los avatares que acaecían, coincidiendo con los tiempos enmarañados y locos de aquella retadora primavera, como lo rubrica el proverbio, la primavera la sangre altera, ¡y de qué manera a veces! Es increíble las sorpresas que da la vida en los vaivenes del vivir. En determinadas coyunturas del fluir del tiempo, los lances e ilusiones pueden llegar a los más insospechados tronos, bien por fallos de la madre natura, bien por necios o caprichosos desvíos de malavenidos procesos en los que el carburante humano pierde el norte y fuelle discurriendo por otros cauces equivocados, o vaya usted a saber el porqué, y se desborda el río de la vida con tal virulencia que arrasa con todo, como el río Chíllar o el de la Toba, no dejando títere con cabeza, no pudiendo Rosario salir airosa de tamaña tropelía sumida en el abismo. Los vínculos de unos endemoniados vientos con intrincadas mareas la arrastraban hacia otros horizontes poco fiables, que iban in crescendo en sus sentires. Una especie de gusano invisible la mordía y roía en el silencio de la noche, y las pesadillas y angustia se cebaban con ella, y no podía por menos que reconocer el misterioso veneno que la embargaba sufriendo vejaciones o arrebatos dentro del cuerpo al verse convertida en hombre de repente, cuando el bebé que amamantaba con su pecho y leche abrigaba en sus genes las esencias de la madre, y no tenía más remedio que apechugar con ello rompiendo con lo anterior, el trascendental papel de madre. El pasado invierno, sin ir más lejos, le había resultado matador al no transcurrir un día sin que no se le atragantase algún hueso duro de roer en las salidas y entradas de su vivienda, o verse envuelta en fraternales enfrentamientos o ásperas controversias con los allegados, recibiendo golpes de todo tipo, sintiendo dolores o un inquietante hormigueo en el pecho que le alarmaba sobremanera en las coyunturas por las que atravesaba, aunque su corazón quisiese alcanzar la luna para su bebé o el mismo sol en un ataque de enajenación mental. No disponía Rosario del tiempo preciso para arribar adonde le encantase, y llevar a cabo tal hazaña enterrando lo tóxico y pútrido soslayando la tozuda realidad por mucho que lo postergase. Tenía que romper con el pasado forzosamente, con lo que había conformado su cáliz de vida, y buscarse otros amaneceres, nuevos alicientes, una refrescante luz o bosque encantado poblado de verdes pinos y robles donde folgar, expulsando los malos humores que habitaban en su cuerpo, tales como desengaños, incomprensiones o bofetadas promovidas por las aparentes incongruencias que afloraban en los más variados campos, como por ejemplo, en el mundillo de la moda llevar escotes, minifaldas, o en el asunto culinario por mor de los antojos de los suyos por tomar arroz con leche a destiempo algunos días, acarreándole no pocos disgustos, echando mano de milagreros ungüentos o visitas al galeno por los reiterados vómitos acentuados en los días festivos o fines de semana, como si le hubiese tocado el gordo en el sorteo de la vida, a pesar de no haber metido ni un centavo en tan macabro juego de lotería. Tal suceso tan sui géneris y privado a nadie interesaba, ni ella quería que llegase a sus oídos, asumiéndolo Rosario con regocijo. No le agradaba en absoluto que anduviese su vida en boca de la gente ni por asomo, lo tenía muy claro. A Rosario le hacían muy feliz los viajes, y perderse por el planeta Tierra. La última vez que estuvo en Florencia le acompañó una amiga dispuesta a olvidar las andanzas y correrías de otros tiempos, cuando la visitaron con la ilusión de descubrir un nuevo mundo o el paraíso perdido de la Biblia. Más tarde quiso establecerse en la Toscana y crear un nuevo nido llevando una vida placentera, trabajando y estudiando las tradiciones y acervo clásico de aquellos envidiables parajes que le subían al tren de la vida, despertando la curiosidad y el interés por vivir el arte y la historia de la Humanidad. Pero ahora no pasaban por su mente tales encantamientos, y lo que le motivaba era ser ella misma, y hacer lo que se le antojase hasta madurar el concepto de ser un hombre, el nuevo enfoque existencial. En los tiempos borrascosos que le tocó vivir a Rosario quería sentirse auténtica, pidiendo a los cielos que fuese cuanto antes la operación sexual, y con la ayuda divina llegar a ser un apuesto galán, y echarse luego una novia firense, porque aseguraba Rosario que las nativas de la Toscana llevaban en el alma un sello indeleble que le hacían estremecer, y dibujaba corazones en el aire con la yema de los dedos, convencida de que con su gracejo marcaban de por vida a los visitantes de tan seductores lugares. Recordaba Rosario que cuando llegó la primera vez a Florencia lo primero que hizo fue alquilar una bici, o mejor aún, se la encontró en una plaza sin ningún amarre, yendo con la amiga a patear las plazas y rincones más emblemáticos de la ciudad, deteniéndose en los monumentos señeros inhalando sus aromas primaverales, las fragancias de jardines, parterres y coquetas macetas en ventanas y balcones quedando extasiada por momentos, aunque sin caer en el síndrome de Sthendal. Ese aire nuevo que refrescaba su rostro le ayudaba a serenarse ante los acerbos advenimientos y pasos tan comprometidos y valientes que debía emprender, al convertirse en un hombre maduro, toda una mujer hecha y derecha como era ella, acostumbrada en el pueblo a rezar el santo rosario en la novena del mes de María, así como en casas de vecinos por el deceso de algún familiar, quedando la gente eternamente agradecida. Quizá siguiese Rosario las huellas intelectuales del filósofo griego al pie de la letra, “nosce te ipsum” (conócete a ti mismo), y en ésas andaba buscando unos sólidos pilares y sugestivas estructuras para su flamante edificio humano, su persona, un hombre recién hallado dispuesto a comerse el mundo, a enfrentarse a los tiburones que le rodeaban y a los aviesos vientos que le abordasen navegando por el mar de la vida, yendo con la cabeza bien alta, y a su vez sacrificarse por su vástago, dándole todo el cariño del mundo, corrigiendo a la madre natura que en ocasiones mete la pata sin paliativos, y aportar su granito de arena al buen hacer, dando testimonio con su conducta y lecciones al Sumo Hacedor por aquello de que nos hizo a su imagen y semejanza. La primavera borra las estatuas del miedo con su hermosura y aromáticos encantos, decorando las tierras del alma, las campiñas y oteros generando inconmensurables panorámicas y delicados sueños a través del arte, y más aún en Florencia por la majestuosa beldad que destila su corpus artístico configurado por la mano humana, derrochando excelsas joyas con sumo talento en un carrusel de monumentos, así como en el mundo creativo de las letras y la poesía. Lo atestiguan con voz recia autores como Boccaccio, Dante o el ardiente Petrarca a través del célebre soneto a su amor, Laura, “Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra/, y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo/; y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra/; y nada aprieto y todo el mundo abrazo/. Quien me tiene en prisión, ni abre ni cierra/, ni me retiene ni me suelta el lazo/; y no me mata Amor ni me deshierra/, ni me quiere ni me quita el embarazo/. Veo sin ojos y sin lengua grito/; y pido ayuda y parecer anhelo/; a otros amo y por mí me siento odiado/. Llorando grito y el dolor transito/; muerte y vida me dan igual desvelo/; por vos estoy, Señora, en este estado”. Y por tierras hispanas, brilla con luz propia la primavera en poetas como, Antonio Machado, que exclama estupefacto en sus versos, “La primavera ha venido/ y nadie sabe cómo ha sido//… O Juan Ramón Jiménez que, abocado a la melancolía, apunta, “Y yo me iré y se quedarán los pájaros/ cantando/. Y se quedará mi huerto con su verde árbol/, y con su pozo blanco//… Ante tanta barahúnda, confusión o perjuicios a terceros cabe preguntarse, ¿quién paga los platos rotos de las aberraciones existenciales en tan convulsa vida?

lunes, 19 de abril de 2021

Crónica sexitana o paisaje con figuras

Todo empezó con una copa de vino tinto en las Bodegas Calvente y las notas de una guitarra de fondo. Fue una charla informal entre barricas, al abrigo del vino y de los libros. -¿Me va a permitir una pregunta, señor Calvente, cómo se inició en la elaboración del vino? - Pues como casi todo en la vida, se empieza de la nada y paulatinamente se van incorporando sugerencias, elementos, saberes, uvas, experiencia y sensaciones provenientes de distintos puntos, sobre todo de donde ya se han asentado la confianza y la prosperidad comercial, como ocurre con el vino bordelés. - ¡Qué sorpresa!, me está usted traduciendo al español las sabias lecciones del inigualable vino de Burdeos. - En realidad no deja de ser un desafío montar una empresa de estas características en esta ubérrima tierra de aguacates, papayas, chirimoyas, mangos…, urgiendo estudiar al detalle los pros y los contras para no dar un patinazo a la vuelta de la esquina. - No cabe duda, le felicito por ello, y le adelanto que se confunden o interfieren mis orígenes con los del afamado vino que mienta. - Me está apuntando que coinciden las madres de las cepas, las copas y las piezas teatrales… - En efecto, le podría embalar una caja de ricas botellas de vocablos ensamblados con el mejor buqué y solera de mi tierra, que, aunque esté hecho de ferruginosas arenas en accidente geográfico, y no de barro, enarbola unos sensibles aires de mar y ostricultura acaso única en el mundo. - Perdone la osadía, me encantaría probar tales ostras, pero ¿me está sugiriendo que es un escritor? - No está bien que lo diga, pero a la corta edad de diez añitos, en la escuela del pueblo el maestro me designaba con el apelativo de poeta: la redacción tiene ribetes de poeta, apostillaba. Aunque yo no entendía nada de la trascendencia o el discernimiento de la sospecha. - Pues con el paso de los años el sombrero de hollejos de la uva va aportando al vino tinto color, aroma y sus taninos, mejorando el sabor al paladar. Y se supone que al igual que el currículo del vino, usted, a estas alturas de la vida, debe asimismo exhalar un buqué selecto, de gran cortesía, en los relatos y poemas. - Le diré que la batalla creativa la tengo ganada, y en lo referente al vino me va la botella con el epígrafe de Guindalera, la denominación de origen, pues quizá sea la que más armonice con los ritmos de mi música temática y métrica libre y burbujeante, que bulle en los corazones y hierve en el cerebro, incrustando las esencias de las tres emes, Mar, Mujer y Muerte, que es el vivir y el soñar más perspicaz y reconfortante. - Entonces, usted vive y escribe aquí en estos lares sexitanos, según se deduce de su conspicuo escanciar parlamentario. - Verá, por el Mare Nóstrum, no lejos de la Sirenita en playa Puerta del mar arribaron a la antigua Sexi los más diversos pueblos, si bien, con las vueltas que da el mundo, sic, nunca se sabe los intrincados enigmas que aguardan detrás de la puerta por las veleidades del destino. Y en el transcurso de lunas llenas y menguantes, del orto al ocaso, a buen seguro que yacen bajo estas aguas vestigios fundados de una Sexi atracada por hordas corsarias, que, empujadas por el hambre o un golpe de mar hacia cualquier parte bogasen perdidas por el mar de Alborán, y, perdiendo el vínculo del cordón umbilical de Oriente y el rumbo diesen de bruces en estas playas, y teniendo en cuenta que no disponían de las modernas tecnologías para calcular los mares –corrientes, mareas, vientos, reglajes-, y peor aún si se les asoció todo un ejército de famélicas bromas perforando la madera de la embarcación en medio de una furiosa tempestad. -Por su argumentario intuyo el rico acervo de hispanista que rezuma. -No tanto, señor, y me interrogo algo confuso cómo atemperar o contrarrestar las acometidas o bravuconadas de aquella tripulación durante la inquieta travesía, acaso echando mano de algún raro ansiolítico de herbolario con objeto de evitar o aminorar en lo posible los excesos o despendoladas orgías en el desnortado periplo, en que creyendo ir al norte, iban al sur, queriendo cada cual montar su numerito o bailar con la más sexi y, abrazados a la zozobra, embarrancaran en las rocas y salientes sexitanos, y cegados por el desconcierto cayesen exhaustos en brazos de Morfeo, y al despertar en tan tentadores parajes se sintiesen tocados por una energía tropical, y tras la frenética caída de las hojas y de las noches sin cuento se encasillaran allí, encariñándose perdidamente de la flora y la fauna o de alguna aborigen despertando en ellos un no sé qué, una atracción fatal o morbosa curiosidad. Y más tarde llegarían otros pobladores, atraídos tal vez por el aura y el espíritu aventurero al socaire de lo ignoto, conviniendo en perpetuarse por estos pagos el resto de sus días, y explotar las bondades de la Punta de la mona, Cantarriján, la playa del muerto, de San Cristóbal, Velilla, el Majuelo o la Galera, refrescándose en la blancura de las olas, recalando al fin en estas hospitalarias tierras harto contentos y felices. No obstante, se respiraba en el escenario no poca incertidumbre, si tras el abordaje harían una de las suyas perpetrando irreparables daños en el medio ambiente, o si por el contrario, se establecerían de manera pacífica y confortable en su regazo respetando lo autóctono, y en un futuro no lejano generar prósperas factorías con industrioso comercio –el garum entre otros-, y así sorprender al mundo conocido aportando los mejores frutos. -Mire, señor…, vislumbro que en la escuela no perdió el tiempo, enfrascado en mapamundis y venturosos viajes telúricos, pero dígame, por favor, ¿vive usted escribiendo o escribe para vivir? -Le manifestaré antes de nada que en los escritos soy reconocido por Guillermo X y Juan Bruca. Y bien, señor Calvente, debo remarcarle a propósito del fruto del dios Baco, quién contó con la ayuda de Sileno para plantar viñas, así como de las Musas para instruirse en el canto y la danza, que otro tanto acontece con la riqueza enológica al brotar de los veneros galos mediante el oportuno asesoramiento de la vitivinicultura. Y asimismo, siguiendo la estela del río Verde que riega la fértil vega sexitana, de la misma manera con las limitaciones precisas fluían las aguas líricas de EL Ventanal –revista cultural y literaria de Almuñécar-, que inundaba de sueños y frescor la vida con la colaboración de toda una pléyade de genuinos caballos de Troya, estrategia acertada sin duda, alguno con melenas de león, habiéndose dejado la piel en sus páginas, en las brisas ardientes del entorno, hilvanando innumerables y sugerentes aventuras con no poco talento. Y en ese pulular de plumas, concursos, premios, veladas en el Martín Recuerda, en el café de Mila, entrevistas radiofónicas, artículos periodísticos y revistas –como la invulnerable revista cultural Voces-, de esa guisa, unos, creadores de aquí, otros, de lejanas tierras, y todos en bloque se confabularon para aportar su granito de arena a tan noble causa, levantando una torre de palabras enlazadas sin necesidad de intérpretes ni más historias conformando un corpus artístico de primer orden, que se puede consultar o paladear en las redes, hemerotecas o en los más privilegiados rincones sexitanos. -Muy agradecido por su cortesía, señor Bruca, ah, por cierto, me podría reseñar los autores que más le han pellizcado en su mundo creativo. -A bote pronto le mencionaré tres nombres, Antón Chejov, por los magistrales relatos, como “La señora del perrito”; Malcolm Lowry, por la hondura de las creaciones narrativas, siendo un náufrago en la vida que vivía debajo de un volcán etílico, y sus ebrios versos, “La única esperanza es el próximo trago”…; y el lusitano Fernando Pessoa, que plantea el problema de la doble personalidad con un abanico de heterónimos, pseudónimos y ortónimos en su universo poético rebosante de filosófico e irónico escepticismo, y así destila el licor en sus versos, “Empiezo a conocerme. No existo/, soy el intervalo entre lo que deseo ser y los demás me hicieron” … “O no somos más que nuestras propias sensaciones”. -Y como cierre, perdone la intromisión, ¿podría decirme por qué le pone un diez a Guillermo? - Muy sencillo, monsieur Calvente, usted que es generador de felices alborozos y despierta las afecciones más placenteras ahogando los pesares y soledades de las criaturas lo entenderá pronto, pues le seré sincero, por redondear la dinastía del Príncipe de los poetas, Guillermo IX, y de esa suerte siga ella viva… -No quiero marcharme sin romper una lanza en favor del delicioso caldo, como dice el refranero, “el vino alegra el ojo, limpia el diente y sana el vientre”. -Señor, Calvente, le sugiero que tome una copita de vino con nueces y eche en el macuto algo de lectura, ¡ah!, y no lo eche en saco roto el consejo… En un día gris o trasparente, lo mejor tal vez sea tomar una copa de vino acompañado de un amigo o un buen libro que, con su magia, permita conocerse un poco más a sí mismo y a los demás, viviendo más vidas que un gato.

jueves, 25 de marzo de 2021

Pegando la hebra

En una carrera por sacudirse la asfixia pegajosa por la pandemia ante tantas limitaciones, querían las amigas Eulalia y Leocadia poner en las alturas el listón de los sentires, los dimes y diretes del barrio por los azotes de la vida sin frenos a su fantasía, y se sentaron en las respectivas sillas del patinillo de la casa haciendo un alto en el camino, dejándose llevar por el instinto de curiosidad buscando un tiempo de evasión que les arrojase paz, sosiego y armonía en sus maltrechos avatares. Y con las mismas se acomodaron cada una a su manera soltándose la lengua, cual río desbordado por la crecida, hablando de lo divino y lo humano, sosteniendo que el mundo al fin y al cabo es un pañuelo, dando lugar en ocasiones al llamado efecto mariposa en el planeta Tierra. Y con no poco desparpajo echaron mano de su alegre locuacidad y facundia robándose los tiempos parlamentarios en un apresurado aluvión de emociones e inquietudes jugando con el idioma que les vio nacer a través de vivaces expresiones en su coloquio (lejos sin duda del célebre coloquio de los perros cervantino) abundando en las voces utilizadas en el discurrir cotidiano con su encapsulada estructura configurada a sangre y fuego a través de los siglos pasando de abuelos a nietos y padres a hijos, pergeñándose una sólida sedimentación lingüística en los registros, no sólo de los hispanoparlantes de acá sino de allende los mares, y empezaron a bucear en las aguas de los latiguillos, chascarrillos, muletillas, aforismos, refranes, dichos, proverbios, adagios, sentencias y máximas recorriendo el universo idiomático desde Roma a Santiago dando por descontado que cada término o frase tiene su ego, las connotaciones y preferencias, como cualquier hijo de vecino, las partes donde más les duele o ilusiona, y no cabe duda que cada cual lleva el agua a su molino, aunque teniendo siempre presente que donde las dan las toman, y siendo en innumerables ocasiones de armas tomar, tanto las expresiones como las personas, sin olvidar que las armas las carga el diablo. Aquella mañana lo tenían todo hecho, diciéndose para sus adentros, Zamora no se conquistó en una hora, y de esa guisa se entregaron a la causa ansiosas por saber la una de la otra y del entorno, poniéndose al día de los últimos aconteceres o rumorología de la gente, pues hacía un siglo que por distintos motivos no se reunían. Los temas o tópicos a los que se echa mano en estos casos son siempre los más trillados o rutinarios, la salud de familiares, hijos, nietos, fallecimientos o separaciones de los más allegados o conocidos. Y por fin tuvieron ocasión de llevarlo a cabo sentándose encima de las horas parando el oleaje del reloj, y se pusieron manos a la obra disfrutando de lo lindo, contándose las más divertidas o disparatadas historias de hacía varios lustros, al no verse las caras por los imponderables de la vida. Y en esas tesituras y quisicosas andaban inmersas Eulalia y Leocadia haciendo honor al espíritu femenino, desentrañando todo lo que caía en sus manos, como un acto ancestral innato del ser humano. -En un principio prefiero vivir tranquila, Leo, sin más, que las penas vienen solas, y para eso me viene a la mente aquello de a enemigo que huye, puente de plata, y no se hable más –dijo Eu. -No sé si con esos términos o troncos se puede echar una lumbre hermosa, y matar el gusanillo y el frío del alma y el de marzo, pues ya ves que cuando febrero marcea, marzo febrerea –dijo Leo. -Fíjate, hoy el cielo está encapotado, y ¿cómo se dice el trabalenguas, ah, ¿quién lo desencapotará? el desencapotador que lo desencapote buen desencapotador será, aunque esto de estar en las nubes no es lo más acertado, Leo –dijo Eu. -Ahí parece que coincidimos, yo prefiero hablar de lo nuestro, así por ejemplo ver a mi niña feliz y contenta como unas castañuelas, y tenga un buen casamiento, aunque se diga que casamiento y mortaja del cielo baja, aunque eso no me gusta, y que dé con un buen hombre, y tenga la vida cubierta y segura, que no está el horno para bollos, o piense lo de aquel dicho ingenuo como el que no hace la cosa, contigo pan y cebolla-dijo Leo. -No creas, hoy día en menos que canta un gallo ocurre cualquier cosa, y lo dicen categóricamente con un repentino, me importa un pepino, o ahí me las den todas, y se quedan tan panch@s est@s niñ@s de hoy día-dijo Eu. -Yo quiero lo mejor para ella, y parece que promete, aunque “no es oro todo lo que reluce” en ella –dijo Leo. -También es verdad que nosotras ya hemos pasado por todas las romerías de la vida, y más sabe el diablo por viejo que por diablo, si bien no estamos muy al corriente de lo que acaece a cada paso con la rebeldía de la juventud, pues ya sabes que el tiempo vuela, y estamos a años luz de sus antojos y desmarques. –dijo Eu. -No sé qué pensarán los posibles lectores del uso que hacemos del refranero, tal vez piensen que somos de otra época o unas pedantes, pareciera que estamos resucitando al inmortal Sancho Panza, de todas formas, no digas nunca de esta agua no beberé. –dijo Leo. -¿Sabes una cosa? Que no todo el monte es orégano, pues en todas partes se cuecen habas, y si no que se lo pregunten al sacristán de la parroquia con la cantidad de secretos que guarda de los distintos párrocos con el confesionario por medio como testigo, y que han desfilado por nuestro municipio -dijo Eu. -Hay que tener en cuenta que el machismo impera o el patriarcado en los más variados matices, juicios y leyes, siendo el pan nuestro de cada día, y eso lo ve un ciego, hasta el propio Max Estrella valleinclanesco. Pero claro, alguien tenía que hacerlo dándole cuerpo y vida al lenguaje, marcando los tiempos de la época y del mismo verbo que se conjugue en cada caso conforme al hablante de turno, encarnándose en la palabra elegida por el hablante, que hasta en la Biblia se cita con no poca fe de los creyentes, y no podían tener en cuenta tantas cosas o causas ni tantos escrúpulos, porque eran otros tiempos bastante duros y opacos, y con un plato de migas o unos bocadillos de chorizo, chicharrones, morcilla o lomo de orza iban que chutaban las criaturas por los inciertos caminos de la vida. No existía este disloque de hoy día, alimentado por l@s nutricionistas para guardar la línea con un estudio metódico de comidas y sabores, evocando los mejunjes de antaño, y hoy día con verduras, frutas, infusiones estomacales o hierbas para puñaladas hepáticas, y relajantes para el sueño o panaceas para el mal de amores, etc.-dijo Leo. -Bueno, amiga mía, muchas gracias por darme esta oportunidad, ah, y luego me explicas el remedio para los amores, y ha sido muy enriquecedor y grato el encuentro, ¡qué tiempos aquellos! a ver si nos vemos con más frecuencia, y no olvidemos el dicho clarificador, dime de qué presumes y te diré de qué careces. –respondió ella. Y así acabó su parlamento, y en cuanto a concreciones y resultados, al parecer como el rosario de la aurora, algo deslavazado, disertando emocionalmente sobre el comer y beber de la vida, de lo poco que nos podemos llevar al otro mundo, precisamente por ello dejemos al menos lo mejor de nosotros mismos, por aquello de la honrilla familiar, que tanto nos ayuda sobre todo en estos días negros de la existencia, que vivimos vendidos ante la incertidumbre sanitaria por los furibundos estragos de los innombrables virus que ni se ven ni se oyen, pero matan como el veneno en un plis plas, y pasean disfrazados con guantes, pajarita, sombrero, un habano en la boca y un clavel en el ojal, y para realizar la gesta vuelan como espíritus con el perfil de una mosca muerta. -

miércoles, 17 de marzo de 2021