Aquella tarde andaba perdido en el oleaje de la escritura, no cogía el tono
de la melodía, y se iba por los cerros de Úbeda, ubicándose en playas
inhóspitas, en un jardín o recinto plantado de frutales de todas las clases, creyendo
que era el paraíso terrenal de toda la vida, y pernoctando en tan ameno lugar,
evocó la boca y la voz de Eva, animando a Adán a despertarse de aquella especie
de letargo, de la larga siesta, insistiendo en que ya estaba bien, que se
estaba pasando, haciéndole ver que allí no iban a estar de por vida, ni mucho
menos, que durarían menos que una bolsa de caramelos en la puerta de un
colegio.
Pero Adán, con un morro que se lo pisaba, y adormilado como estaba, no
movía un dedo ni daba un palo al agua del lago que tenía a la vera de la hamaca
de ramas donde reposaba.
Entonces ella, actuando como niña traviesa, se tiró de cabeza en las atractivas
aguas del lago, rompiéndose las hojas que la cubrían, y empezó a bucear como
por instinto, a hacer piruetas, el muerto o a exhibir el busto vociferando, tirando a Adán chinillas, melocotones, naranjas, algarrobas, pero ni por
ésas, seguía con los ojos cerrados a cal y canto, aunque de cuando en vez se le
abriese la boca, como si le apeteciera tomar alguna fruta, o echar un trago de
agua por la sed o tal vez un mojito, y mientras tanto Eva jugaba alegre en el
agua, haciendo blancas pompitas, y nadaba perdiéndose por las corrientes que de
vez en cuando se formaban por los zarpazos de unos cucos cocodrilos que se
ocultaban tras los ramajes de los sauces, y viendo que Adán no estaba por la
labor, le arrojó una buena piedra, dándole en mitad del ojo derecho, quedándose
patidifuso, totalmente a oscuras, y reaccionando alargó la mano, apenas sin
darse cuenta, y tropezó con una hermosa manzana que acaba de caer del árbol, y
se la lanzó a ella pegando en el culo (diente por diente), y farfullaba para
sus adentros, ahora te aguantas, querida, y que sepas que esta noche no vas a
pegar un ojo.
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