martes, 28 de junio de 2022

Cajera

- ¡Esto es un atraco! - ¿Cómo? – - ¡Sí, manos arriba, la bolsa o la vida! - Puede que lo sea. Nunca se sabe -dijo alguien. -Bueno, a ver, entiéndase bien la situación, con un poco de paciencia y sus conjeturas. Llegó él al supermercado con un hambre de muerte y las ansias locas por cubrir sus necesidades más perentorias, pero ocurrió que sin esperarlo se cayó de bruces todo su mundo, las urgencias que le acuciaban, la bulla que le empujaba, el desespero, en suma. No resultaba sencillo aquilatar lo acontecido, desempolvarlo, dado que había que destripar todo el maremágnum de cabo a rabo. Y no había más remedio que colocarse en el meollo de la situación, tirándose de cabeza a la piscina de los hechos, a la cuestión palpitante, abriendo de par en par el melón. Y todo aquello empezó a rodarse cuando ella, toda chispeante y coqueta salió a la palestra con aires de Juana de Arco, en su cometido como cajera del supermercado. Las respuestas que emitía tan contundentes y concisas turbaban a cualquiera, (N) y él no iba a ser menos, de modo que le paró los pies en seco comprando, no se lo creía, quedando enredado en su serpentina de algarabía carnavalesca con sus alegaciones como cajera, tan angelicales y solícitas que lo despojó de todos sus convictos argumentos, apartándlo de lo trillado, del hastío cotidiano, de los contenedores del viento. Ella, categórica y certera, atizaba su lumbre como otrora el Divino Maestro a San Pedro cuando caminaba por la superficie de las aguas marinas diciéndole, no temas, ten fe, sigue caminando, y de esa guisa exhibía su varita mágica, parando los impulsos de la corriente del Golfo que a él le ahogaban, y lo logró con una mirada serena y cauta de avezado piloto en los más crudos temporales, y los perfiles parlamentarios de su apabullante fuerza de espíritu, abriendo el corazón del cliente con un sensacional positivismo vital derrochando un irresistible entusiasmo, ofreciéndole generosa todo lo que estuviese en sus manos y muchísimo más. Se pararon al unísono todos los relojes del municipio con sus salidas de tono tan imperiosas y creativas, fulminando las malas pulgas que traía el cliente, las broncas, la cicatería humana, mostrando su persona en el mercado en liza todo un océano de transparencias, comprensión y servicio eclipsando los astros, satélites y corazones que por allí bullían, adueñándose con mano maestra de los tiempos y pasos a seguir, generando un escenario de emociones y sorpresas, y ofrecían besos de empatía a diestro y siniestro, dando una lección de vida con hechuras casi supra terrenales, brotando a raudales de su manantial en estos tiempos tan burdos que corren. Por la puerta grande de la tienda salió como una heroína, exclamando a los cuatro vientos la gente allí presente, olé, olé por sus excelsos vuelos y el talento del que hace gala la envidiable cajera, con sus salados ojos de mar y edificante compostura, exhalando indescriptibles resplandores de sueños y certeras esperanzas. No había palabras. Mañana será otro día, y volverá a salir el sol para todos los seres vivos, mas los soplos de su savia de vida no se repetirán con exuberancia en el mundo, porque su transparencia, buen hacer y gracejo la hacen única como aquí se cuenta, y con la ilusión y fundada espera que tales avatares del viaje de la vida cuenten.

domingo, 15 de mayo de 2022

Crónicas de un pueblo o el cartero de Neruda

Emulando al pescador de Isla Negra, que cambió de oficio para hacerse cartero esperando que Neruda le dedicase un libro, y sentirse altamente recompensado por ello, en cierto modo podría establecerse un parangón con los pálpitos guajareños que aquí nos ocupa. Aunque sin abandonar el oficio de labrador, se hizo cartero de los Guájares (mi progenitor) llevando en la valija no ha mucho tiempo cientos de misivas impregnadas de sal, sudor y anheladas noticias, auténticas cartas de amor en las que se dibujaban los desconchones del alma o acariciadas primicias provenientes de los puntos más lejanos, y llegaban revoloteando cual golondrinas en primavera, en unos tiempos ortopédicos, huérfanos, llenos de silencios o raras coyunturas. Hoy venimos con humildad pero con la mejor intención a regar las áreas de descanso, donde habita el espíritu o el olvido, encendiendo una llama, aportando un granito de arena a fin de fortalecer las raíces fondoneras, y broten savias nuevas, que apuntalen con pujanza los cimientos de los días, multiplicando los frutos y el regocijo, enterrando injusticias, paro, violencias de género o desafecciones a flor de piel. No es fácil adaptarse a las fieras embestidas del mar de la vida, que achuchan hacia la incertidumbre, la Torrentera o el Managüelo, por donde corrían, como liebres, los chiquillos hasta hace poco en sus juegos, el tiempo vuela, o pasaban con las bestias, serios, los mayores, aunque tal vez sea mejor ubicarse en la puerta del Pósito donde se cocinaban los más ricos guisos y caldos, desvelándose secretos, inconfesables aventuras entre trago y trago, congregándose los vecinos mayormente en días de fuerte lluvia, y se hablaba y escuchaba lo que merecía la pena, contratos de trabajo, la salud delicada de algún vecino, el precio de los frutos, el sorteo de Navidad o las hazañas deportivas del Madrid o Barsa, como en esta noche sin ir más lejos, comentándose así mismo los estragos naturales causados en la jurisdicción, terremotos, cosechas ruinosas o el sanguinario temporal haciendo daño por doquier, bien en la vega o en las llamadas islas erigidas a orillas del río de la Toba o del Río Grande. Y se caminaba, unas veces, a rastras por mor de la carestía, y otras, en burro pero con las alforjas medio vacías, y en ocasiones con cierta ilusión, pero la mente humana y sobre todo la guajareña, rompiendo moldes, se ha lanzado siempre a la conquista de la vida yendo a donde hiciera falta sin reticencias. Al hilo de la historia no vendrá mal desempolvar algunas costumbres o tradiciones ya caducadas, como la famosa rubia o peseta, y tantas y tantas otras. En el cauce del río de la Sangre, debajo de la era de la Cruz, figuraba la antigua presa de la fábrica de la luz que alumbraba a los guajareños, y donde se daba un remojón el que podía aliviando los acaloramientos tras rematar la labor o haber cruzado los Palmares, la cuesta de Panata u otra loma limítrofe. En verano los vecinos llenaban sus frigoríficos, es decir, cántaros y pipotes, en el barranco de las Huertas, en la fresca Minilla, yendo como a milagroso balneario, y donde la bulliciosa juventud celebraba a menudo las onomásticas o cumples con desenfadas meriendas u otros eventos, dando pie a chispeantes conversaciones y situaciones, despuntando por entre aquellos destartalados riscos y espesura arbórea de frutales dulces efluvios, tiernos brotes de amor. Y se hacía la trilla en la era ofreciendo un magnífico espectáculo circense, sobre todo para los más pequeños, que se volvían locos subiendo a aquellos viejos cacharros, esquiando por la nieve de paja como en fantásticos trineos, pese a las altas temperaturas. Los novios, cuando hacía buen tiempo, se sentaban a la puerta de las casas al oscurecer moviendo de continuo los labios como mordiendo, y tragaban saliva a borbotones, algo nerviosillos, domeñando los deseos con los ojos entornados ante la atenta mirada de mamá política, que cosía y descosía a su antojo algún roto de pana, cual otra Penélope, o abría en canal un ojal poniendo los puntos sobre las -íes. En las épocas propicias, los muchachos iban a la rebusca de aceituna o almendra recorriendo los esquilmados terrenos y mojoneras, soñando con unos arrimillos para sus gustos, garbanzos tostados, tortas o rico helado mantecado o quizá un cigarrillo. Cada año tenía lugar la fiesta de los quintos de reemplazo, al tallarse en el Ayuntamiento, compartiendo un opíparo almuerzo de carne de borrego o lo que cayese en la olla o sartén regado con mosto de la tierra, aunque siempre con la mirada puesta en el incierto destino. Los niños pastores, con un hatajo de cabras o piara de marranillos se movían a sus anchas por barrancos y riberas, como otrora el poeta oriolano Miguel Hernández. Las correrías de los chavales por la vega huyendo del guarda, ¡que viene el sacasebo!, parecía que gritaban acongojados, viéndose obligados a brincar a la desesperada por balates y acequias burlando la metralla, dando alguno de ellos con los huesos en el calabozo que por esos momentos había, si bien habrá que señalar que tal recinto fue un tiempo coqueta carpintería, donde se hacían mesas, reclinatorios, bancos y banquetas para la iglesia y la escuela, así como trajes para el último viaje. Y en el crudo mes de enero, tenía lugar en la plaza del pueblo la representación del teatro del sufrido gallo, que se diría para sus adentros a buen seguro lo mismo que Jesucristo en la última cena, que alguien le traicionaría, siendo atado de pies y manos y colgado boca abajo revoloteando con los estertores de la muerte, hasta que llegaba el golpe de gracia de una mano invidente que hiciese de verdugo, previo pago a los mayordomos de los correspondientes arbitrios y aranceles. Por otro lado, el bullicioso baile en la Placilla, donde unos traviesos urdidores entregaban monedas por un tubo para el cambio de pareja, entrando en juego los celos y rencillas, siendo amenizado por el grupo musical por excelencia del pueblo, con José Cano abuelo a la cabeza, con soberbias actuaciones nunca lo suficientemente valoradas, tocando con maestría y salero guitarra y bandurria con acompañamiento de botella de anís, platillos o zambomba deleitando a propios y extraños, bailando conjuntamente abuelas y nietos. Y luego estaban los bautizos con su estruendosa lluvia de monedas volando por los aires, cayendo sobre las cabezas y corazones de chicos y grandes, gritando todos al unísono, roña, roña, siendo los grandullones los que se llevaban la mejor tajada. Y en llegando el día de la Virgen se transfiguraba todo, y se paralizaban todos los relojes del mundo, era lo más grande, colocándose en la plaza y calles colindantes tenderetes o puestos de turrón, peladillas, polícromas banderolas, así como vetustas casetas atiborradas de golosinas y raros artilugios, aunque lo más aplaudido eran los fuegos artificiales con improvisados cohetes en todo tiempo y lugar, sobre por el camino de la Cruz durante la procesión, y luego el centro por antonomasia de los fuegos, el castillo, un esplendoroso despliegue de luces y meteoritos y ruedas incandescentes en la plaza desafiando la gravedad, cual ratas voladoras, y como broche a tanto ensueño, la traca final, que convertía en claro día la espesa oscuridad de la noche. Y se jugaba a las charpas, lanzando al aire las dos monedas ganando los más afortunados en el juego, que no en el amor. En Semana Santa enmudecían las campanas, y rugían las carracas como enjaulados leones, exhalando pesarosos lamentos que horadaban los corazones y ventanas del alma, mezclándose con heridas saetas como la de Machado, "Quién me presta una escalera/ para subir al madero/ para quitarle los clavos/ a Jesús el Nazareno"... evocando a algún ser querido. Y así mismo las bodas, que constituían todo un bullanguero acontecimiento, procurando que tuviese un buen novio la hija, sin darse al vino o al juego, olvidándose ese día de las estrecheces, y las comuniones, que se echaba la casa por la ventana, llevando ricos trajes y cubriendo de flores todos los rincones creando un paraíso feliz. Y se daban las cencerradas, por el ayuntamiento de la pareja tras haber permanecido separada un tiempo, o bien, de nueva creación pero sin que hubiese invitación, y se realizaba en medio del sepulcral silencio nocturno, cuando disfrutaba de la ansiada luna de miel. En ocasiones acontecía que algún novio impaciente perdía los estribos, subiendo a un tranvía llamado deseo, cual célebre galán de Hollywood rumbo a Río Grande, a un bancal o a la era impulsado por la libido, dejando por el camino olvidada alguna prenda o lágrima. En el área industrial, se hallaban a pleno rendimiento los tres molinos -el del Río, el de la Fuente y el del grano-, que bregaban a la sazón en la villa, abasteciendo de combustible a visitantes y lugareños, con abundante aceite y pan tierno, así como la industria del esparto, las esencias de romero, la siega, la monda motrileña o vendimia francesa. Y para terminar, dar las gracias a los organizadores, a todos los asistentes y compañeros de viaje por su envidiable labor creativa, llevándolo a cabo contra viento y marea, aunque se atraviese el más áspero de los desiertos.

domingo, 3 de abril de 2022

Inconsistencia

Lo inconsistente se cae por su propio peso. Rosendo rumiaba las fragancias de una rosa al estallido de la primavera, evocando los líricos rizos de J.R.J. en su poética aseveración, “No le toques ya más/, que así es la rosa” //. Y nunca alcanzaba a tejer en sus mentales procesos que la efímera flor, harto deslumbrante y coqueta, fuese tan fugaz y frágil, cual súbita estela en el espacio o en el azul del mar, por muchos cimientos de oro con los que se arropase su aura, de forma que sus principios tengan el mismo cariz o sintonía en lo referente a las raíces que la nutren y trajeron al mundo. Según reza en el ADN de los humanos, por muchas puyas o desaires que exhiban sacando músculo son mortales a machamartillo, dándose la mano la cuna y la sepultura, como tan ingeniosamente lo recrea la pluma quevedesca, siendo como dos eslabones de la cadena existencial. Rosendo repostaba siempre que podía tomando el café matutino, aunque llegado a un punto de la cumbre, como el mítico Sísifo con la roca a cuestas, se derrumbaba por la inconsistencia de las alegaciones argumentales u otras disquisiciones al uso que arribasen a su hábitat, cual fuerza mayor para sofocar tal furor, toda vez que en la infancia ya se le troncharon bruscamente los brotes verdes de su primavera cayéndole el alma a los pies, al perder los estribos de la mesura, el compás de la partitura que interpretaba en sus cantados pensares, siendo presto pasto de las llamas de una descarnada inconsistencia, viéndose impulsado a levantar cabeza capeando el temporal, desbordado por el caudal de un río de incomprensión, siendo arrastrado por la turbia corriente del vivir. Él, un tanto sigiloso, intentó coser los rotos de las maltrechas vestiduras, poniendo a buen recaudo las virutas y tronco del árbol caído gestionando un lugar seguro, como ocurre en la guerra protegiéndose del bombardeo enemigo en un búnker, y haciendo de tripas corazón lo inconsistente y fugitivo se le vuelve muy a su pesar sustento de vida, un estadio síquico de raras hechuras elaborado a ciegas y contra reloj, sacando a la luz lo sensato que dormía en el interior del alma, recibiéndolo al cabo con los brazos abiertos. Y la duda, oh la duda, como apunta el filósofo, es un fidedigno latido del existir, que convive con la ignominia y las puñaladas por la espalda junto con la cizaña que germina en determinados horizontes o mustias macetas del andar por casa, y no dar un golpe en la mesa con consistencia fulminando lo fútil, los golpes bajos, el descalabro que aguarda detrás la puerta. Las volátiles ideas o movedizas arenas, como el terreno que se desplaza clandestinamente mientras lo demás duerme en sus laureles, siembran la zozobra, la incoherencia de los pasos perdidos sometiéndolo a un perenne declive, al no generar muros de contención, instalando certidumbres a manos llenas en los vaivenes del tren de la vida, y retorne a su entorno la contrastada consistencia sacando las castañas del fuego, y broten tallos nuevos en su mundo cultivado. Así mismo los seres humanos se mueven o dibujan a veces los sueños por inconsistentes encrucijadas ahogando los conductos de las gargantas, propiciando un vacuo batiburrillo o maremágnum que nadie entiende. De esa guisa se ningunea lo más elemental y palmario del discurrir humano, al poner en práctica la ley del embudo, aplicando baremos u otras extrañas pautas que desafían la ley de la gravedad intelectual. Y en esas sendas indescifrables del vivir se quiere construir un mundo nuevo, un mundo artificial inteligente, como el artificio robótico, alimentado por unos espurios entes con poderes supuestamente sobrenaturales contemplados bajo el prisma de un flaco pensamiento, echando por tierra los cánones y directrices señeras del raciocinio clásico, dando volantazos sobre la marcha proyectando caminos de Santiago por el espacio aéreo o diferentes rutas por los laberintos del globo sin poner los pies en el suelo, atropellando a todo bicho viviente, a los indefensos peatones cruzando el paso de cebra. No se explica la ceguera o rudeza en ocasiones de las divagaciones humanas en el devenir de los días perdiendo el norte, la brújula en alta mar entre tiburones sin remordimiento, corriendo el riesgo de chocar con la barca de algún pirata o acaso con la de Caronte que no anda muy lejos, eclipsando los rutilantes destellos de la sabia inteligencia. Aunque cueste creerlo, lo inconsistente es el pan nuestro de cada día, el compañero de viaje que se lleva en el equipaje, y no hay más remedio que cambiar de tahona, a fin de no exponerse a lúgubres huracanes o necios temporales sin corazón.

martes, 15 de febrero de 2022

CREPÚSCULO

Estaba la pareja, como aquel que dice, dormida en los laureles, en sus balbucientes brotes haciéndose, cuando en la verbena de las fiestas de la Virgen de la Aurora del pueblo interpretaba la orquesta la canción, “A lo loco, a lo loco se vive mejor”, y con las mismas comenzaron a bailar con tal arrebato que pronto bordeaban la extenuación. La última pieza musical que pudieron aguantar fue “Ansiedad”. Al poco tiempo de la festiva función, tras el derroche de amorosos movimientos por la pista decidieron descansar a fin de recuperarse, encendidos como se sentían por los meneos y roces de los ardientes ritmos de las melodías. Y llegado el momento tomaron asiento, y pidieron un gin tonic al camarero intentando poner freno a tan desesperada fogosidad, atemperando los impulsivos anhelos que alimentaban sus espíritus. Y una vez superado el súbito sofocón, volvieron a la pista con aires nuevos. Cuando ya crecían las sombras por calles y plazas refrescando la tarde, se miraron fijamente a los ojos como si quisieran fundirse los dos en uno, y sopesando sobre qué camino tomar en esos instantes de excitación, acordaron coger el coche que acababan de estrenar a la entrada de la primavera, y se trasladaron a una playa cercana a darse un baño a la puesta de sol, disfrutando a sus anchas de la naturaleza y los ardorosos fulgores del ocaso, o bien, darse un cálido paseo por las orillas del mar, gozando del salado murmullo de las olas. Y en ésas andaba inmersa la pareja, tras el vertiginoso fuego crepuscular envolviendo la atmósfera. Mientras tanto, masticaban las primaverales y juveniles fragancias del amor, pensando en un ubérrimo porvenir, montando el día de mañana un nido donde refugiarse de las tempestades o el furor de los rayos solares, realizándose como personas en alegre y grata compañía. Por tal época de sus vidas andaban aún titubeando sobre los proyectos, los sueños, recapacitando a cerca si los sentires del uno se amoldarían a los del otro, llegando como fruta madura, o acaso fuesen verdes tallos sin sentido navegando a la deriva, y expuestos, cual volubles veletas, a los envites del viento. Y en esas entremedias, después de patear los rincones y parajes costeros más sugestivos se sentaron plácidamente en una roca, donde acostumbraba a hacer su nido un pajarito, y emergía toda rebelde de las aguas marinas la roca, rompiéndose inmisericordes las olas contra ella. Durante un tiempo se dedicaron a contemplar el encanto del cielo, sus secretos olores y pulsiones, la gama de colores y sugerentes resplandores escrutando lo que ocultaban tras su majestuosa estampa, quedando abducidos, al percatarse del inmenso corazón del crepúsculo que, aunque fuese harto fugaz y los abandonase presto a su suerte, ellos, nadando en sus fibras, en un mar de ilusiones, de albas se abrazaron efusivamente, y pese a que la noche caía con toda su cohorte de estrellas, incertidumbres y misterios, quedaron profundamente embaucados por los inconmensurables efluvios crepusculares, los deslumbrantes destellos, y, tomándolos como testigos del momento se juraron amor eterno, sellándolo meses más tarde ante la autoridad competente. Con el paso del tiempo, al inicio de la primavera, con no poco alborozo y contento celebraba la pareja el paso que dieron en aquel sublime y afortunado crepúsculo, quizá el más venturoso y fructífero que vieron sus vidas.

jueves, 3 de febrero de 2022

Arpa

Entre un interesante dossier de vitaminas para el corazón, bocetos de sonetos y un poemario con epígrafe de Fragilidades que tenía delante, arrancaban los primeros balbuceos intentando darle curso a los pensamientos, y entonar los aires conformándolos, porque, aunque no la citase abiertamente, en su corazón hervían las insignes interioridades de la avezada arpista, que en cualquier momento podía montar un circo en cualquier plaza o balcón de una ciudad, desplegando sus alas y paralizar el mundo, convirtiendo el arpa en un volcán de emociones, un océano de memorables sensaciones mediante el duende creativo de sus dedos. La vida un tanto anodina de él no le ayudaba a cicatrizar las heridas, y la plomada no le señalaba la verticalidad o altura de miras, y despegarse de las rutinarias caminatas a fondo perdido o insípido tránsito por bulevares y tiendas de antigüedades emprendiendo de una vez por todas el vuelo. Lo que tal vez echaba en falta era una ebullición galáctica, un raudo aliciente que levantase cabeza y dijera aquí estoy yo, dando el do de pecho en el tejer de los días, experimentando sin ambages la ansiada y enriquecedora impronta. Cuando las fragilidades más arreciaban en aquella destartalada tarde, un surtidor de chispeantes y melódicos embrujos surgieron de repente deleitando el paisaje, el ambiente, el mar cercano amansando a los peces más voraces, exhibiendo las bondades y encantos que dormían en las venas de la arpista, pulsando con perspicacia y talento las cuerdas de los sentires. Es de sobra conocido el proverbio, la música amansa a las fieras. No obstante, no imaginaba ni por asomo cuáles serían los singulares orígenes del arpa, su materia prima, y cuál no fue el estupor cuando llegó a sus oídos el hallazgo, no dando crédito a tan paradójico relato, al verificar que no se parecía en nada a la cita bíblica del Paraíso Terrenal con la célebre costilla de Adán, al hallarse tan alejadas entre sí las raíces de su árbol genealógico. Los arúspices del idílico instrumento apuntaban que los prístinos atisbos del arpa nacen de los ancestrales oficios del género humano para subsistir, nada menos que del arco y las flechas que utilizaban para la caza, herramientas rústicas y vitales para la obligada tarea de buscar el sustento diario las diferentes tribus, que poblaban la Tierra. Él se conducía expectante, fluctuando en la cuerda floja, pisando charcos, y no hallaba un espacio a su gusto, robusto, en el que afanarse y establecerse placentero acorde con sus postulados. Su ímpetu se difuminaba, cual azucarillo, a la vuelta de la esquina. SiEn embargo, su fantasía no dormía, y revoloteaban por su mente en tales coyunturas de un mar en calma imágenes de aura de estrella, rumiando que su enjundia era un trasunto del arpa que tocaba, de forma que cuando él acariciaba su cuerpo advertía que se transformaba, que lo afinaba, refulgiendo exultante su figura y la cadenciosa melodía que brotaba del rojo de sus labios. Él se conducía por los vericuetos del existir sin señas de identidad, cual barco a la deriva, dirigiéndose rumbo a ninguna parte. Su chispa se deshacía al instante. Pugnaba por ello, pero no llegaba a enhebrar la aguja de los sueños, le faltaban los mimbres para trenzar un cuadro digno donde verse representado en la posteridad, acorde a los cánones humanos, y necesitaba remar con ahínco a fin de que tales presentimientos cayesen por su propio peso, cual fruta madura. Y de esa guisa caían, un día tras otro, las hojas del almanaque, las deshabitadas jornadas, las cosechas del campo, y no acertaba a plantar un árbol de la vida, ni encontrar un equilibrio en los vaivenes existenciales, no siendo arrastrado por las aguas de los desvaríos. Un día, cuando más perdido se hallaba, oyó los ecos lejanos de un arpa que lo envolvía todo en un mundo de misterio y ternura mediante voluptuosos ritmos, siendo seducido por la armonía de su escala y acordes en una lluvia de silbos amorosos, transportándolo a un escenario de melómanos pellizcos, de fruta prohibida, bebiendo los vientos que danzaban ardientes por aquellos contornos. Jamás elucubró que semejante ensamblaje de inermes y frías cuerdas del bosque manejadas por los cazadores de turno, contuviesen en su empresa tan estelares ambrosías artísticas, cuando a lo mejor apostaría cualquiera por la pérdida de los papeles en el trance de aquel berenjenal, pero la arpista con mano firme en el timón marcaba el tempo de la partitura eligiendo allegro, vivace, presto o prestissimo ad líbitum, eludiendo que sus ingeniosas manos fueran atrapadas como fiera salvaje en el cepo al ejecutar la melodía, saliendo airosa del creativo reto, reteniendo a cuantas aves y transeúntes cruzaban por su espacio, siendo testigos de tan excitante eclosión musical, sembrando en sus almas inefables embelesos, unas esencias únicas.

lunes, 29 de noviembre de 2021

FANTASMAS

No poner puertas al campo era el lema de Gertrudis, todo abierto de par en par, hala, a la calle todo el mundo, a la buena de Dios. A buen seguro que en su ADN lo llevaba esculpido a sangre y fuego, y quería retozar por rincones, avenidas o callejuelas sin descanso. Era su modus vivendi, con una llamativa peca en la frente, y un airoso gracejo que le asomaba por las mejillas. Lo tenía tan claro Gertrudis que hizo suyo el dicho popular, el buey suelto bien se lame, y se lanzaba a los cuatro vientos sin cortapisas por el cruce de caminos de los mortales rumbo a su destino, sintiéndose como ungida por el Todopoderoso, de forma que en todo tiempo y lugar su efigie, poses y talle salían siempre a flote, indemnes ante cualquier contratiempo o feroz acometida que tuviese lugar por donde transitaba. Se sentía como pez en el agua atravesando las más hostiles besanas, vaguadas o parajes sombríos, siendo para ella todo coser y cantar. Ni el hombre lobo o alguna leyenda de los tiempos más oscuros de la infancia la amedrentaban, y se soltaba los pensamientos, el pelo, yendo toda entera dispuesta a comerse el mundo. Cómo de súbito llegaba a cambiar tanto su horóscopo por mor de unas inexplicables fluctuaciones, y cuando mejor le iba en sus andares mundanos o vitales, tan pronto pisaba el umbral del hogar, las cañas se le volvían lanzas, asaltándole los más horrendos miedos, y su imaginación se regocijaba sobremanera deslizándose por los más espinosos mundos poblados de insaciables monstruos de carne y hueso, o sorpresivas almas en pena que acudían a su cerebro tomando cuerpo y cartas en el asunto, y según sus sutiles entendederas entraban y salían como pedro por su casa, por mucha tranca apostada en la puerta, sintiéndose atormentada de continuo con inminentes salivazos de muerte como si tal cosa al poco de entrar en su casa. Esos malignos seres o entes vivientes se configuraban de cualquier modo en su derredor doméstico, y azuzaban a los ancestros a que arrimaran el hombro y se encarnasen también participando en tan rico o macabro festín. En otras ocasiones merodeaban por sus sienes perversos personajes, que podían cebarse con ella sin ningún remordimiento y, llegado el caso, abusar inmovilizándola de pies y manos, o manipularla como los títeres en los cuentos de Chacolí y su Enanito en eterna lucha con la malvada bruja Candelaria y el Gigante Barba Azul, cual muñequitos de guiñol, llegando incluso a estrangularla (pensaba ella) al cruzar de una habitación a otra, y no se sabía el porqué, si es que entraban por la ventana los intrusos, por la chimenea o por el aire, como las moscardas, teniendo siempre el semáforo en verde, y la puerta abierta para penetrar en sus interiores y hacer alguna de las suyas, según sus esclarecidas estimaciones, y a la chita callando acabar con su estampa, sin darle tiempo a despedirse. Acaso por la lectura de avinagrados acontecimientos relatados en la novela negra o extravagantes coyunturas transmitidas de boca en boca, ocurría que cuando Gertrudis se hallaba en el hogar le llegaban no pocos pensares harto peligrosos y dañinos, por lo que se andaba con pies de plomo al ir de un lado a otro de la casa, yendo siempre con los ojos bien abiertos, mirando por las rendijas y recovecos no aflojando ni un instante su atención, procurando estar perennemente al acecho, y a ser posible no moverse del sitio por si las moscas, evitando así que una mano negra le amordazase por la espalda de repente sin poder gritar. Al entrar en la vivienda le acosaban las más tétricas elucubraciones, y se le paralizaban piernas y brazos, y la mirada se le nublaba hasta límites insospechados haciéndose de noche de pronto en su alma, corriendo el riesgo de evaporarse o hundirse para siempre en un pozo sin fondo o peor o aún, en el mismo suelo que pisaba. Era algo insólito, fuera de lo común, pero ella lo asumía con la paciencia de Job y con sus cinco sentidos, lo tenía muy interiorizado y creía que obraba por su bien, y que su cerebro no la traicionaba, porque en cualquier momento podría cruzarse en su interior de la morada con el mayor de los asesinos disfrazado con seductoras y pintorescas capas de ensueño. Según manifestaba a los suyos, tenía cierta consciencia del más allá, ya que había hecho sus pinitos en esos inframundos comunicándose con ellos en amenas conversaciones secretas, por lo que se cuidaba muy mucho cuando caía rendida en el sofá del salón. Disponía de un potencial imaginativo enorme, y sus pensamientos así lo corroboraban, y venían a demostrar el dictamen de sus sesudos argumentos, por lo que siempre que se encontraba en su mansión, las mazmorras o célebres presidios que en el mundo han sido se quedaban cortos con los estragos y desgracias que a ella le acechaban a cada paso dentro del hogar, sobre todo si estaba sola, pues ni siquiera le valía la compañía de la mascota, pese a ser el mejor amigo del hombre. Es muy llamativo que estando acompañada ya fuese otro cantar, y los malignos duendes se disiparan como por encantamiento, ya que por lo visto esos invisibles entes o fantasmas corrían a sus anchas por las habitaciones jugando al escondite (apostillaba ella) si se encontraba sola, no pudiendo ir a hacer sus necesidades al baño, por si le echaban el guante en la travesía. Era todo muy raro y siniestro, como si un intempestivo seísmo le sucediese de pronto o un ladrón caníbal la abordase escalando en un plis plas su fachada, o cuando más confiada estuviese la engullesen como si de una tentadora y rica rosquilla se tratase. Por todo ello corría Gertrudis unos terribles riesgos y terribles pesadillas, sobre todo si permanecía sin compañía en la vivienda, convencida de que era el lugar menos seguro del planeta y más expuesto a la perdición, atracos, violaciones u los más oscuros secuestros, por muy atrancada que estuviese la puerta. No había forma material de frenar sus alarmas, ni siquiera a las almas en pena, a los espíritus que vagan sin orden ni concierto por los aledaños pendientes de sus pasos acorralándola en su refugio, no pudiendo moverse por el pasillo, encendiéndose en su mente un fuego misterioso que le trasmitía que podían aniquilarla en cuestión de segundos, pese a lo espabilada, brava y curtida en mil batallas, de las que por cierto hacía gala. Una noche de truenos y relámpagos a más no poder, se le ocurrió a su pareja ingeniar algún ardid que le hiciese comprender que lo suyo no era otra cosa que una pura fantasmada, musarañas musitando en el espacio vacuas jitanjáforas, y planeó una idea, envolverse en una enorme sábana blanca y con las mismas entrar por la ventana del jardín dando gritos descorazonadores y dejarse caer en el lecho donde ella dormía soñando con los angelillos, y cuál no sería su inmensa alegría a la postre, cuando descubrió feliz que era su amor el que tan tiernamente la abrazaba. Cierto día en que ponía a prueba su bravura y confianza callejera, exhibiéndola por la rúa a pecho descubierto y sin preocupación alguna, resultó que comenzaron a caer unos copitos de nieve, parecían mariposas blancas que bailasen la danza del vientre o acaso de la muerte, vaya usted a saber, y sin que apenas le diese tiempo de advertirlo se cruzó Gertrudis con un camello ofreciendo estupefacientes, y con las mismas la embozó brutalmente con unas negras capas introduciéndola en un vehículo, y nunca más se supo de las correrías, entelequias o carnavalescas mojigangas domiciliarias de Gertrudis, pateando en sus parrandas los caminos del vivir. La cordura y sentido común pierden su razón de ser a veces, y caen al suelo haciéndose añicos, cual valiosa vasija, acabando tonta y tristemente sus días.

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Novios

Estaba tomando la pareja una infusión de rooibos en la tetería con el prurito de poner orden en sus pasos y caldear el alma, cuando de repente llegó una tormenta de levantiscos pensares exigiendo concretas y veraces respuestas acordes con su estado de ánimo, mientras se oían los ecos lejanos de una canción, que en sus tiempos de esplendor les encandilaba, hasta llegar a tomarla por bandera. Ahora apenas si levantaban cabeza para tararearla, se les encasquillaban las cuerdas vocales y labios al escapar por los orificios del recuerdo el chorro de voz que generaban, en aquellas tardes de esperanza, de copiosa lluvia que abonaba las ilusionantes primicias, no obstante, persistían en su afán por entonarla o susurrarla al menos, aunque le resultase harto difícil por los estragos del verdugo del tiempo. Y como impulsada por un huracanado tumulto se dejó llevar ella cantando con toda su alma la melodía rivalizando con Armando Manzanero, “somos novios/, pues los dos sentimos mutuo amor profundo/, y con eso/ ya ganamos lo más grande de este mundo/. Nos amamos/, nos besamos como novios/... Quería coger el toro por los cuernos, y enfrentarse a los vacíos que albergaban sus estancias y pupilas sin apenas mojar el pan en el húmedo manjar tan apetitoso del vivir. Qué corto el amor y qué largo el olvido, musitaba ella, cuando visitaron el camposanto el día de Difuntos recordando a los familiares. Mas todo ello no conlleva ninguna solvencia milagrosa o brote de algún plan que haga revivir a las personas que yacen bajo la fría tierra o exornado mausoleo de difuntos con flores de tierno cariño. Juventud, divino tesoro, exhalaba ella limpiando el polvo de la desteñida foto que figuraba en el mueble decorando la sala. Qué de sueños y anhelos dormían en sus entrañas, tronchados en flor. -Si volviese a nacer otro gallo cantaría, decir un te quiero lo pensaría con el mayor esmero, aunque la incertidumbre me asaltase dudando hacía dónde dirigir la mirada o qué camino tomar -dijo ella. El sombrío otoño transcurría lento y un tanto alocado, deslizándose por pedregosos y oscuros cauces, no encontrándose otros más acogedores al cobijo de una romántica luna, encendida, dulce, que viniese como anillo al dedo. El día de Difuntos explosionó todo, y no se sabe por qué, siendo uno de los aldabonazos que recibió sin mucha convicción la pareja. Al parecer carecían de lo más elemental en casa de una familia, no ya lo material, verduras, frutas del campo, embutidos, sino también la parte más trascendente, lo emocional, los sentires. En esas entremedias esperaba él una carta de Lima que nunca llegaba, si bien al poco le confirmó alguien del clan con toda certeza que ya venía de camino. Del contenido de la carta nada se sabía, pero tanta demora daba qué pensar, si tal vez habría sido intervenida en magistratura, o robada a plena luz del día por alguien en los cambios de turno, pues no se entendía tan disparatada tardanza, haciendo cábalas todas las noches en su guarida sobre las imprevistas y raras circunstancias del suceso. En las conversaciones íntimas se había especulado con que la misiva, aparte del contenido de la escritura y otras rosas y perfumes, llevaba unas hierbas prohibidas a todas luces, y podría ser que alguien siguiendo instrucciones del capo de guardia hubiese dado un chivatazo asesinando a alguien por venganzas crematísticas o de seguridad. Unas semanas más tarde la Interpol arrancando la puerta, entró en casa de la pareja husmeando por rincones y vericuetos buscando huellas o pergaminos con algunos rasgos biográficos de los mandamases y artífices de las asesinas hierbas, que con tanta ligereza viajaban en su interior de polizón. A través de la correspondencia conseguían cuantiosos ingresos, pasando fastuosas estancias de ensueño, unas veces en la Costa Azul, y otras, por las aguas del Caribe. AL cabo de un tiempo de investigación policial a través de secretos encuentros y chivatazos se supo que una antigua amiga íntima estaba involucrada en todos los pasos y movimientos de la pareja. En ciertos momentos él intentó sobornarla con suculentas sumas de dinero, pero ella no accedió, y seguía dando información a la policía. El leitmotiv de su vida era recuperarlo a él sano y salvo, antes de que los gendarmes lo metiesen en chirona casi de por vida, porque las fechorías que se le atribuían así lo demostraban, enfangado en aquel berenjenal mafioso, y era harto complicado lavarse las manos o hacer borrón y cuenta nueva, porque el río de plata que circulaba de Europa a América por los sitios más inverosímiles eran de escándalo, aunque la policía no había descubierto aún todas sus correrías y maquinaciones, por imperar a toda costa la ley del silencio, ya que todo aquel que se fuese de la lengua sería ejecutado ipso facto, y andaban nadando en la abundancia y disfrutaban a tope. Mas la antigua novia que tuvo no lo transigía, y su amor por él era tan fuerte y convulso que no podía callarse por más tiempo, y un día al alba, cuando los gallos dan el primer toque matutino se presentó en comisaria, y estuvo durante varias horas hablando con el comisario jefe vaciando todo lo que sabía y más, exponiendo con máximo detalle todos los subterfugios, guaridas, refugios o celadas de su antiguo amor. Y con las mismas la policía se puso manos a la obra, y en el día de difuntos, cuando los traficantes se reunían en el cementerio para celebrar su cónclave secreto del aparato mafioso, evocando a los antiguos fallecidos de la banda, en un festín como homenaje a los caídos por la causa brindando por sus hazañas con los estupefacientes, de repente aterrizaron allí cinco helicópteros de las fuerzas del orden, y con las mismas los atraparon a todos, durmiendo esa misma noche en los calabozos de la fuerzas del orden, La novia actual de la pareja no sabía nada del rocambolesco infortunio, y cuando se enteró, no daba crédito, y con las mismas hizo acopio de barbitúricos y con no poco sigilo se introdujo en la bañera y fue engullendo tabletas asesinas, y mientras los teléfonos sonaban, ella iba perdiendo el conocimiento, hasta que en un golpe de gracia la policía entró echando la puerta abajo, y la sacaron de la bañera con un hilo de vida, le hicieron el boca a boca y aplicaron los requeridos auxilios y paulatinamente fue abriendo los ojos, hasta que al fin pudo hablar y dijo: ¿dónde está mi Gonzalo, dónde está mi Gonzalo? Pero de repente un paro cardíaco acabó con su vida. Hay amores que dan vida, y amores que matan. En el tren en el que viajamos abramos los ojos a lo que nos rodea, y podremos cantar victoria sacando a la luz la mendacidad y estafas que con frecuencia se propalan por los más sofisticados medios sin percatarnos de ello. Y ocurre que una vez metidos en la boca del lobo, llevan sin escrúpulos hasta las últimas consecuencias el lema, a vivir, a vivir, que son dos días.

sábado, 30 de octubre de 2021

Añoranzas

Añoraba en su fuero interno los crepúsculos de la infancia y cerros que enarbolaban su mente bajo un cielo azul, iluminando su aureola infantil. Las amarillas y celestes mariposas volaban sonrientes ofreciendo sensuales danzas en el teatro de la naturaleza ejecutando inverosímiles cabriolas. Evocaba el florecer de los almendros que con joviales pinceles decoraban el horizonte, y el chisporroteo de golondrinas barruntando la primavera. Los almendros reverdecidos solícitos alargaban los brazos y ramas cuidando sus pasos, las jóvenes miradas, amasando sueños y vigorosos aires vitales. Eran eternos instantes, primaveras inmortales, apenas si se movían las manecillas del reloj, momentos perennes, incólumes, que se cernían sobre sus cabezas en invierno y verano. Añoranzas del ingenuo juego del escondite, donde dormía el tesoro de la felicidad, los traviesos baños en las pozas del río, las correrías escalando balates por los bancales, la cosecha de ancas de rana, la cacería de cigarrones, los nidos en los árboles, la trilla en las eras, los higos chumbos, los perdigones por las lomas, las cerezas, las almecinas en las copas subiendo como trapecistas de circo a lo alto del árbol. Y salía todo a pedir de boca, todo a las cinco de la tarde o a cualquier otra hora, sin problemas de hora, siempre carnaval en los labios de sus pupilas; bullicio, expansión a tope por las cuestas de la vida, de Panata y de los corazones humanos. Con sus ambientales esencias de infancia cultivaban los terrenos del alma, los pensares, las utopías, y llenaban las alforjas de la mula de frutos del campo, yendo y viniendo por regatos, alcores, valles o altozanos deteniéndose a descansar en las oquedades o cavernas prehistóricas. En la infancia todo lo cubría el esplendor en la hierba, la primavera. No había una cañada, un secano de higueras, de sarmientos u olivo por donde no se oyese un grillo o el goteo de una fuentecilla o manantial donde llenar el abrevadero o cantimplora, y limpiarse las legañas o las raras maquinaciones en horas desquiciadas. En los truenos y relámpagos de antaño brillaba una ciega esperanza, el atisbo de un beso, un te quiero a fondo perdido, sin echarle cuentas a los intereses bancarios. La pulcritud de los corazones de aquellos otoños se tejía de corazón, vislumbrándose su fulgor tras los cristales de su cara. La ropa, la pena, y si perdidos al río, todo se recomponía allí, lavando y frotando en la corriente con mucho sudor, jabón lagarto y algún suspiro. Las retahílas de asnos, cual vellocino de oro, llevaban en sus lomos divertimento y sustento con la ilusión y el contento de los chiquillos asaltando al rebaño de jumentos en pleno acarreo de caña de azúcar a la fábrica de turno, endulzando la industria del vivir.

viernes, 3 de septiembre de 2021

¿Y después de la muerte, qué?

No estaba Norberto para bromas cuando se afeitaba en la barbería del barrio aquella mañana pensando en el primer beso robado a una Rosa, tras la cobardía del depravado virus que se había llevado por delante a unos familiares y amigos, y perdió el norte. Fue muy fuerte, tío –farfullaba con rabia-, y echó un trago del vodka que guardaba como oro en paño en un rincón de la estancia, intentando ahogar las inhalaciones del invisible enemigo. Él sabía a la perfección lo referente a todo el espinoso asunto, ya que en años de infancia vio cómo cerraba los ojos la abuela, y poco más tarde su joven madre, apuñalada por los ruines delirios de la tuberculosis. Por esas andanzas enloquecidas y quebraderos de cabeza rondaba Norberto, y no era de los que viven a la buena de Dios, tumbándose a la bartola en la playa de la vida de espaldas a los caprichos o rigores de la existencia sin responsabilidad alguna, e incluso de la tórrida canícula, que con extrañas excusas del cambio climático está haciendo de las suyas en indefensos poblados mediante tormentas repentinas o desesperantes tornados, verdaderos hachazos de muerte en el corazón de las criaturas. Un día paseaba Norberto por un sendero disfrutando del bello paisaje a lo largo de la tupida arboleda que lo envolvía, cuando oyó los ecos lejanos de una melodía conocida que dice, Ya se murió el burro/, que llevaba la vinagre/, ya se lo llevó Dios/ de esta vida miserable/, que tururururú, que tururururú/. Todas las vecinas iban al entierro/, y la tía María tocaba el cencerro//…lo que le inyectó más veneno en el cuerpo rememorando la mugre y tristezas que yacían dormidas en sus cuarteles de invierno. Esa vorágine de pensares y oscuros tabúes le despertaron sobremanera la melancolía y sus penurias vitales, evocando los charcos, la época de entonces y duros terrones de los campos pateados, de la siega a la siembra, de la cuna a la sepultura, del duro invierno al extremismo del verano con las parvas en la era aventando el trigo, cabalgando como autómatas los días y las horas, los hombres y mujeres sin advertirlo, desembocando en la boca del lobo. Llegar a viejo es un sueño acariciado por cualquiera, pero del dicho al hecho hay un gran trecho, porque si se propala a bombo y platillo siendo aclamado por el entorno casi nadie lo quiere, y no porque se adelante el viaje definitivo apresurándose el ocaso, nada más lejos de la realidad, sino más bien por sentirse libre de ataduras, lejos y olvidado de ese trance, por mor de la fobia de muerte al macabro vocablo, como lo calificaría Norberto. Sin embargo, la muerte le pisaba los talones a su edad, como en el célebre celuloide, hasta el punto que había días que desayunaba y cenaba muerte, y no levantaba cabeza. En tales circunstancias de supervivencia se acomodaba lo mejor que podía al lado de la cordura, y se ponía a leer cuentos, tik tok o esporádicos tópicos o ecos de sociedad, revistas del corazón, buscando evadirse o hacerse el muerto tal vez en la piscina de los días buscando el anonimato, ajeno a tan ingratos eventos o hacerse a la idea estoicamente, asumiendo que la única certeza de este mundo es la muerte. Y en ese tira y afloja entre aquellas coyunturas se dejó llevar por las páginas de mitos y leyendas, como El monte de las ánimas de Bécquer, viajando por los riscos, Picos de Urbión y célebre Laguna Negra soriana con la determinación de no ser arrastrado por las temidas aguas o pesadillas que encierra, y ponerse a salvo tatuándose con la etiqueta del arte, alimentándose con la inmortalidad de los mitos que a la postre nunca mueren. La literatura encontró por los parámetros sorianos un escenario único para crear historias, y desde tiempos inmemoriales han discurrido con no poca pujanza por las aguas de la Laguna Negra. Así, se cuenta que habita en su interior un monstruo, que devora a todo aquel que cae en sus fauces. Y hay quien afirma que la laguna no tiene fondo, y la consideran como taller y fragua donde se forjan los misteriosos ciclones y tremebundos temporales de la comarca. Sin ir más lejos Pío Baroja en el Mayorazgo de Labraz dice, “Porque es una laguna donde hay una mujer que vive en el fondo, y mata al que se acerca. Todo el que mira en esa agua muere”. Y por sus lacustres venas el venerable Antonio Machado relató un parricidio, el del patriarca Alvargonzález, llevado a cabo por sus hijos ansiosos por heredar cuanto antes las tierras, las cuales dejaron de producir tras el crimen, vagando día y noche por los acantilados y empinadas laderas de la Laguna Negra los malnacidos sin cosechas ni fruto, pasándolo moradas hasta fenecer en sus entrañas. Norberto quería estar seguro de su futuro, y no llegar con el reloj de los días cambiado, y bailar con la más fea en el baile o danza de la muerte para entendernos, porque en su fuero interno no comulgaba con las monsergas que se cultivan y venden alegremente en tenderetes de feria o kioscos callejeros sin pasar los más mínimos filtros éticos o morales, llegando a ser aberrante que se pregone de viva voz en un acto de camaradería que todo el mundo es bueno, acarreando tal aseveración en ocasiones estomacales remordimientos o ríos de tinta, generando no pocos desaguisados en las cascadas del vivir, esperando, no obstante, que no llegue la sangre al río. Es sabido que por mucho madrugar no amanece más temprano, y así las cosas y los aconteceres resulta que el pensamiento humano cuando menos se espera hace aguas por los cuatro costados, cual barco a la deriva, por un quítame allá unas pajas, y no será por no reflexionar sobre los pros y los contras al respecto, porque no se puede echar en saco roto los sudores sufridos y las ásperas arritmias de Sísifo subiendo a la montaña con la enorme piedra, tomándole el pelo a cada paso, al obligarle a regresar al comienzo cuando se encontraba en la cima cayendo de nuevo, y vuelta a empezar. Ésa no era la meta de Norberto, lo que anhelaba era cambiar las pautas seguidas hasta la fecha, aunque sin pretender pasar a la posteridad como iconoclasta o destripador de corazones ardientes, hambrientos de amor, muriendo por amor. Si bien la madre del cordero no iba por los derroteros de acá, sino directamente al más allá, que se dice pronto, apuntando a la existencia del género humano post mortem, una vez que aterrizan sus almas en esos mundos ignaros, de humo, tartamudos, que flirtean con los difuntos prometiéndoles la ceca y la meca, dos cosechas de membrillos al año o setenta y dos doncellas vírgenes contrariando las corrientes del río de la vida, desbordándose su cauce, las pretensiones mejor guardadas, y se dan apretones de mano celebrándolo, como antiguamente se hacía el trato de venta de ganado en la feria, y era dicho y hecho sin notas de notario, y toda aquella parafernalia iba a misa, siendo un acto sagrado, que nadie podía vulnerar –señalaba Norberto. Al cabo del tiempo, después de innumerables diluvios y acerbos tormentos sin cuento quiso encontrarse Norberto consigo mismo, escarbando en los pozos de sabiduría de doctores, arúspices y gurús más entendidos en los espíritus y cuerpo humano, escudriñando en el vasto imperio de las religiones que aletean alegres y dicharacheras por esos mundos de Dios, junto a las recientes y más atrevidas teorías científicas con las transfiguraciones y transformaciones o metamorfosis a lo largo de la historia en el planeta Tierra. Y lanzaba Norberto al aire sus animosos augurios, apoyándose en los latidos de eximios artistas y poetas del orbe procurando no errar en el blanco, descolgándose por el terreno que le quitaba el sueño, rivalizando con Santa Teresa cuando escribe, Vivo sin vivir en mí/, y tan alta vida espero/, que muero porque no muero//…, y se inclinaba Norberto por ser golondrina en primavera y volver a los mismos balcones cada año, y saltamontes durante el gélido invierno, adoptando unas transformaciones a la carta, asumiendo las consejas y prístinos principios de los experimentados ancestros. No obstante, dudaba Norberto de sus pretensiones, se le estrechaba el horizonte en ocasiones, elucubrando que la fe, que mueve montañas, flaquease en los momentos más álgidos, y no le acompañase cuando el enrabietado toro salga en tromba a la plaza de la vida arremetiendo contra todo bicho viviente. En Méjico, como en otros países, la catrina hace estragos, así denominado en aquellos lares el viaje definitivo a la otra orilla del río Aqueronte, previo pago del óbolo por el pasaje, o puede salir gratis si se atraviesa a nado en el último suspiro practicando el estilo mariposa o el que se tercie, y colme las aspiraciones humanas, acallando los doloridos sentires y miedos que aún les resten. Transfiguración o transformación, es el quid de la cuestión. ¿Hay quien dé más aportaciones o juego en esta ruleta de vida o muerte?, ¿y cómo pasar el tiempo libre después de muerto? Porque esto no se ventila en una sentada tomando café con alguien, ni mucho menos, porque puede que se le ponga a uno la carne de gallina al inmiscuirse en semejantes inframundos, en esa especie de cataclismo con negros ribetes de desespero, porque puestos a llamar a las cosas por su nombre, ¿quién puede hablar o comunicarse con alguien que dejó de existir hace mil años, e incluso minutos? ¿Alguien responde? A Norberto le hubiese encantado compartir mesa y juegos con los faraones egipcios una vez ubicados en los compartimentos de sus respectivas pirámides, departir con ellos en mesas redondas o rectangulares parlamentando sobre la identidad, sus esencias, cuando le preparaban té o el ajuar y demás requisitos a fin de que no les faltase de nada, y seguir vivos viviendo y disfrutando de sus aficiones y caprichos. No cabe duda de que los egipcios fueron unos aventajadísimos en tales menesteres, avezados creadores de paraísos inmortales luchando contra el olvido sin descanso, procurando que no perdiesen un ápice de lo que disponían en vida. Y se lo pasaban divino hablando sin cortapisas con los dioses, lloviese o cayesen chuzos de punta o envenenadas bombas enemigas. Cuán dichosos se sentirían aquellos que lo idearon, generando bienestar y sana alegría entre los súbditos. Apostemos por la transfiguración, con la acariciada esperanza de que nos propicie tan sólo un cambio en la figura o apariencia, sin perder las esencias ni las constantes vitales, formando parte de los entresijos de las entrañas de la madre Tierra.

domingo, 8 de agosto de 2021

Universo o el cultivo de la lectura

Al nacer los genes de Eugenio ya apuntaban unas singulares maneras, un no sé qué que le hacían estremecer, impulsándole a deshuesar los puzles más dificultosos, a hacer pocillas a orillas del mar queriendo verter en ellas las aguas del océano sin saber nada de tiburones, y volar por toboganes como pájaros volantones o penetrar en el corazón de su mundo, su pequeño universo, azuzándole las innatas inquietudes o el más allá. Tal vez le daban alas los secretos misterios del espacio en la inmensidad cósmica de la carpa que nos envuelve, por donde giran con fe ciega, cual golondrinas, los cuerpos celestes en una atmósfera sin fin. En la escuela jugaba Eugenio con la esfera o bola del mundo, se le antojaba un juguete, y la lanzaba a otros niños a espaldas del maestro como una pelota, sin llegar a captar el trasfondo de su meollo, y lo hacía pensando a lo mejor en lo que oía decir a su abuelo, que el mundo es un pañuelo, y cogía la esfera intentando suavizar los acantilados, las montañas rocosas, los escollos climatológicos o las fatigas del alma. A veces ponía los pies en polvorosa por su corteza redonda (como si estuviese en pleno bosque boreal) por si le persiguiese algún caimán yendo para la barranquilla, al no fiarse de los barruntos de salvajes especímenes a campo abierto, como el jaguar. Según crecía Eugenio, con el paso del tiempo y los hitos vivenciales, se interrogaba sotto voce por los intríngulis del cosmos, las galaxias, la luna, sus leyendas y amores con un calé, y toditas las noches con el gitano se ve, como dice la canción. Y tantas otras creaciones a su costa, como la del folclore recopilada por García Lorca, la luna es un poco chico, las flores no valen nada, lo que valen son tus brazos cuando de noche me abrazan, o la canción del toro enamorado de la luna, evocando lecciones magistrales de Picasso en indelebles pinceladas entre otras hermosuras, y entrar así mismo, como pedro por su casa, en los interiorismos del gen. A través de una sesuda lectura, fue Eugenio centrando y cimentando sus convicciones y suspicacias, las coyunturas y entresijos del gen, los puntos negros, la biosfera, los raros cambios climáticos, los desvaríos y amores tardíos, los desiertos y dunas, y no había forma de observarlos a simple vista por sus estructuras similares a los espaguetis, denominados cromosomas, que se albergan en las celdas de las células. Es archiconocido que el cuerpo humano se compone de millones de células, al igual que el resto de los seres vivos, animales o plantas, pudiéndose visualizar mediante el microscopio. Enfrascado como estaba Eugenio en sus sueños proseguía su tarea, apuntando que los genes trasportan una información especial, que luego repercute en la configuración de los rasgos o aspectos de nuestro ser, que heredamos en parte de los ancestros. Con la constancia de la lectura y experiencia Eugenio fue amasando su mundo, las teorías preferentes, aquilatando los resplandores que emanaban en ocasiones de los latidos cósmicos, de las músicas acordadas de los astros, o el florido silbo de los tallos tiernos de las plantas nuevas por primavera respirando un aire sin cortezas, que le entraba dulcemente en su ser robusteciendo los pulmones, sintiendo pureza y un hambre de alegrías al albor. Al hilo de su labor investigadora, diríase que el universo es el espacio y el tiempo de todo cuanto existe, la pura materia con su campo semántico de astronomía: estrellas, planetas, satélites, asteroides, meteoritos, estrellas fugaces, nebulosas, constelaciones, lagrimillas de San Lorenzo, galaxias, supernova, agujero negro y demás objetos celestes que pululan por su piel en carne viva, junto con las leyes y constantes físicas que lo conforman. Por ende, llegó Eugenio a la conclusión de que no es fácil explicar o medir el universo. Ya que puede ser infinitamente grande o contener otros universos, no obstante, hay especialistas del ramo que aseveran que, aun admitiendo que es muy grande, no deja de ser finito, aunque continúe expandiéndose según la teoría cosmológica de Big Freeze. Como no se sabe a ciencia cierta los límites, da pie a que se considere infinito. Se sabe que el universo tiene 93.000 millones de años luz, y cada año luz es la distancia que recorre la luz en un año. No existen resortes fidedignos o resoluciones drásticas para pararles los pies a los tornados, tsunamis, seísmos, volcanes o ígneos meteoritos cuando giran como el volante de un coche en manos de un loco. Sin embargo, nada le hacía desistir a Eugenio de sus afanes e imperioso empeño por adentrarse en esa intrincada temática y bucear en el fondo de los pilares de la tierra, como otro Julio Verne o Ken Follet, o del universo con todas las corrientes marinas y sus avatares a flor de piel, y desentrañar los pros y los contras a través de los descubrimientos científicos más avanzados, así como la literatura de ficción de las más insignes plumas del mundillo de la narrativa, siguiendo los envidiables pasos de Irene Vallejo en su inmortal obra, El infinito en un junco. Con la paciencia de Job fue hilvanando Eugenio el ovillo, un nutrido mundo de reflexiones y pensares constituyentes de la transformación del cosmos a través de los datos rastreados a calzón quitado, dedicándose en cuerpo y alma a escarbar en los olvidados mamotretos de los próceres del saber que en la vida han sido, que patearon el universo por tierra, mar y aire. Así Heródoto con sus incansables viajes, hizo un gran acopio de material, llegando a recopilar innumerables datos e informaciones al respecto, escribiendo los nueve libros de historia “Historiae”, considerados como la primera piedra descriptiva del mundo antiguo, y lo hizo con la idea de que no cayesen en el monte del olvido las grandes empresas y acciones humanas. Y siguiendo en el tajo, más adelante, allá por la Edad Media, a sabiendas de que era harto comprometido descolgarse por los continentes existentes hasta la fecha, lo intentaron olisqueando detenidamente sus aromas en rincones o fogatas de los ancestros, pateando cavernas y otros subterfugios de refugio o guaridas construidos para tal fin. Y con sutileza se puso Eugenio manos a la obra, estudiando la pintura rupestre, los ajuares, columbarios y demás huellas de los mortales, que alumbran la historia hasta nuestros días, recorriendo los puntos más álgidos del planeta Tierra. No obstante, floreció un período muy fructífero de genuinos viajeros por aquel entonces, como el veneciano Marco Polo, autor de “El Libro de las maravillas del mundo”, que ayudó en gran medida a las gestas descubridoras del intrépido Cristóbal Colón en su aventurera empresa, llegándose a colocar en los escaparates del orbe la competitiva y célebre Ruta de la seda, que con tanto ahínco y prosperidad discurría hasta los confines del mundo. Siguiendo con el olfato lector de Eugenio, encontramos a Zheng He, que fue uno de los más conocidos viajeros chinos, que algunos lo identifican con el legendario Simbad el marino. En semblanzas de la época lo describían con unos ojos tintineantes, casi como un pirata al estilo de los dibujados en sus obras por Espronceda en época romántica, “como la luz de la luna en un río de rauda y rabiosa corriente”. Y al llegar el Renacimiento triunfaron los nuevos conceptos del espíritu humano como, secularizaión y laicización del saber, antropocentrismo y humanismo, revaloración de la antigüedad clásica, valoración del pensamiento racional, una desmedida curiosidad por lo científico y técnico, el estudio de la naturaleza en las artes, separación de la artesanía y autonomía del arte. Fue un nuevo renacer de lo clásico, y la exaltación del hombre lejos del ámbito religioso, luchando por hacer, deshacer o enderezar los entuertos como don Quijote, intentando poner los puntos sobre las íes del sentir humano, las emociones y pálpitos, los vuelos y anhelos de invención, de arreglar las meteduras de pata del Creador y rubricar sus corazonadas y pulsiones, y surgieron osados navegantes sin miedo a caer por el borde del fin del mundo. Y de esa guisa, una pléyade de inmortales marineros y séquito con Cristóbal Colón a la cabeza fueron generando su propio mito, montando en cólera hoy en día algunos territorios por aquella inolvidable gesta durante mucho tiempo considerada como el no va más de la época, como una de las hazañas más sobresalientes del género humano al descubrir el Nuevo Mundo, como se denominó entonces. Algo similar a los viajes interplanetarios con que hoy día nos bombardean con el fin de llevar acaudalados turistas al espacio, y hacer caja, su agosto los inversores y accionistas del suculento proyecto, como si viajasen en unos columpios de feria donde los humanos se paseen, como las aves voraces circulan por los espaciales circuitos de la atmósfera que respiramos, y subirse a sus barbas. Acorde con las pautas de Eugenio, será bueno citar a algunos de los prístinos descubridores o eufóricos viajeros de entonces, que en muchos casos dieron su vida por llevarlo a cabo, como Fernando de Magallanes, James Cook, Alexander von Humboldt o Charles Darwin, que desembarcó allende los mares, por el canal de Beagle, llegando al faro del fin del mundo, plasmándolo en su libro de igual título Julio Verne, así como el legendario doctor Liwignstone con sus valiosas aportaciones a través de sus huellas africanas. Y Eileen Collins se convertiría en la primera mujer al mando de un transbordador espacial y reportera de guerra, dejando atrás a Hemingway. La imaginación de H.G. Wells, que llevó a los lectores a un viaje por el tiempo a través de sus obras. El mayor hallazgo de Wells fue la biblioteca de Uppark, donde bebió las aguas de su creación. Y cómo dejar en el tintero a Julio Verne, que sería el colofón a ese mágico mundo de ficción, como un carrusel de tíos vivos y coches de choque y caballitos de la calle del infierno de una ciudad en fiestas, donde la Humanidad con corazón de niño se divierte y juega como Verne escribiendo sus imaginarios y certeros viajes, aventuras y teorías en el aire literario, cuajando con el paso del tiempo en una fehaciente realidad, siendo profeta en su tierra, al predecir los aconteceres científicos muchas décadas antes de que se materializasen. Nunca demos nada por perdido, y mantengamos encendida la lámpara de la esperanza, siendo muy posible que encontremos respuestas a nuestros sueños.

sábado, 26 de junio de 2021

Un poema o al abrigo del mejor amigo del hombre

Ser o no ser parecía ser la bandera que enarbolaba Virginia en aquella disputa tan singular, semejante a la Razón de amor del agua y el vino en tiempos del medievo, a cerca de cuál de los dos era más útil a la Humanidad, connotando el agua el amor puro, y el vino el sensual. Y las aguas volvían a su cauce cuando aparecía por entre medias la alegre perrita hipnotizando al personal, cayendo en semejantes momentos rendidos a sus pies, como arrastrados por un complejo de cánidos. Lo tenía muy claro Virginia, sólo suspiraba por hincar el diente en la molla, ver plasmados en un folio por dónde discurrían en noches de aviesos vientos los tejemanejes de la pareja, los pálpitos o íntimos subterfugios. Su objetivo consistía en descascarillar el núcleo duro de Lucio, abriendo en canal el melón de la farsa o frívolas bagatelas que se guareciesen en su trastienda, al estimar que remedaba al papa de Roma con apotegmas (cosas agraciadas y donosas como las que recopiló el viejo Catón) o dogmas, siendo el fondo de la cuestión palpitante. Dicho y hecho, pensaba. Y bullía todo en una especie de hermético frasco apostando por llegar hasta las últimas consecuencias en sus pretensiones, señalando que los hálitos de Lucio se cimentaban en una aparente solidez, que no mostraban los fidedignos sentires de lo que se entiende por un abnegado y auténtico poeta que se precie de ello, rubricando en sus versos los charcos, incógnitas o secretos que se apilan en la mochila de los días. Las cosas así de entrada, con tales guiños y huraño rostro tenía bemoles y unas retorcidas aristas, no sabiendo a ciencia cierta por dónde meterle mano a los mantos de hojarasca o borrascosa convivencia que germinaba en ese campo, al no encontrar fehacientes cimientos o frutos maduros para su discernimiento, ni la hora justa del reloj que llevaba en la muñeca para sentarse tranquilamente, pedir un café y poner el reloj en hora. Eran a veces esperpénticas cuñas o situaciones que dormían en el ambiente y que a nada conducían por ambas partes, unos días por ser tarde y otros por demasiado temprano, o tal vez sonaba el teléfono, pero nadie respondía. Todo se iba convirtiendo en un barrizal difícil de cruzar, ya que la mugre de los pensamientos trepaba por el árbol de sus vidas alimentando el desconcierto, las intrigas o necios desvaríos. Lo que realmente quería Virginia era desenmarañar de una vez el pastel que tenía delante, saciar las ansiosas inquietudes que vivían en el limbo, vegetando como la maleza que crece en los terrenos silvestres y no tiene hartura, desplegando las garras como envenenadas fieras intentando acapararlo todo, y fulminar al otro con torpes movimientos o inanes argumentos, no habiendo por dónde cogerlos. Nada frenaba los impulsos que entraban en juego en la pareja con el sonsonete de tú más o yo no soy responsable de nada, y de esa guisa los encontrados encuentros terminaban casi siempre como el rosario de la aurora, aunque se esmerasen en no pocas veladas poner al día y pelillos a la mar, firmando la paz, pero se difuminaba el arcoíris del buen tiempo, disipándose las esperanzas tan pronto se abría la puerta a los pensares en turbias tardes de incoherencia, porque se esforzaban por buscar certidumbre y concordia incluso en las horas de recio incordio, y brotaban los malentendidos o rencillas a la vuelta de la esquina apostillando, nunca me traes flores, no tienes ninguna atención conmigo, sólo disfruto de los geranios y pensamientos del balcón ornados con el caldo de cultivo de los estados de ánimo y cambios de estación, aunque los alérgicos berrinches me fustigan con saña no dejándome en paz, -argüía ella-. Y no había forma de que aflorasen los negros pensares despojándose la pareja de las máscaras al subir por los peldaños de su horizonte, y de esa manera pudiese Virginia respirar tranquila y feliz, desentrañando en un plis plas lo más escurridizo de la identidad de la pareja. Un día sin pensárselo mucho pero con la alegría en el rostro, fue la pareja harto animosa a mostrarle la obra a Virginia, aprovechando un claro de lluvia de reproches llevando en las manos ensimismado y todo eufórico un poema, y con mucho mimo y empatía empezó a leerlo, escuchándolo ella con los cinco sentidos, incluido el sexto, que andaba perdido por los rincones, y escuchaba toda radiante y animosa sin nada que ensombreciese su desarrollo, ningún respingo o estornudo importuno por parte de ella. Pero según fue transcurriendo el tiempo de la cadencia y carrera literal de las líneas, lo que era aquiescencia cortesía por su parte, de buenas a primeras empezó a soplar un viento huracanado arrancando las flores del jardín del solemne acto, al cerciorarse Virginia de la autoría, rasgándose ipso facto las vestiduras, como si fuese una estafa o un tiro rozando su frente, al descubrir en aquel frente poético otro nombre distinto de su pareja, cayendo como una bomba atómica en sus afanes de ensoñación, que era nada menos que el insigne Antonio Machado. Y cuál no fue el repudio que exhaló, no lo pudo evitar, que una pelusa que se movía dislocada por el aire fue a posarse en su ojo izquierdo causándole de pronto un abundante goteo lacrimal acompañado de llanto y gritos de espanto, gritando a los cuatro vientos: ¡yo quería el tuyo, yo quería tu poema! Y se enzarzó en improperios y la mala ventura contra la persona del celebérrimo poeta, enrareciéndose de tal modo el ambiente que evocaba las peleas y zarpazos de las andanzas de don Quijote con una tormenta de salivazos y dimes y diretes, que el propio Machado no lo habría creído, y no digamos si se tratase de otros poetas como, Góngora, Quevedo, Lope, García Lorca, Ladrón de Guevara o el mismo Pepe Hierro con su poema definitivo, “Después de todo, todo ha sido nada/, a pesar de que un día lo fue todo” (.), diciéndolo como si estuviese brindando con un vaso de buen vino, como el prístino y célebre Berceo, por los dioses del Olimpo o poetas del Parnaso. Pobre Machado si levantase la cabeza, no sabemos cuál habrían sido sus palabras en tales circunstancias, o qué memeces en las redes se exhibiesen al hilo de lo vivido o urdido, tal vez sintiesen celos, pena o tristeza o una especie de acoso de género literario por sentirse ninguneado, acaso por el parlamento de Juan de Mairena o Campos de Castilla o las tardes con Leonor por las verdes sendas de Soria: “Soñé que tú me llevabas/ por una blanca vereda/, (.), Sentí tu mano en la mía/, tu mano de compañera/(…), como una campana virgen/ del alba de primavera (.). Y aterrizando en la semántica del poema, ya es vox populi que es una composición literaria en verso donde el autor se desnuda derramando emociones, sentimientos, pensares, de ahí los suspiros de Virginia. Y en otro sentido el vocablo poema apunta a algo cómico, esperpéntico, como, el traje que llevó a la fiesta era todo un poema. El poema por la etimología apunta a la creación, al mundo literario, siendo de tomo y lomo su areola, campando a sus anchas por campiñas líricas o intrincados lodazales destripando las estrías del alma, la que maneja el timón de la barca en las idas y venidas por los mares de la vida, sacando pecho a la luz de la luna a veces, y con la savia subiendo por las venas más íntimas del ser humano. Y mientras tanto dormía la perrita a los pies de sus dueños, sencilla y querida por todos con sus legendarias raíces, asomándose al mundo a través de los ojos de la ventana con acicalada dulzura y amorosos aires de fidelidad y lealtad, regalando vida y sembrando empatía a chorros con los dueños y vecinos del barrio al cruzar sus dominios. En la ventana brillaba su excelsa mirada aplacando los malos humores, y proyectaba escenas bucólicas, como si a pocos metros pastasen unas blancas ovejitas, y con su fino olfato e instinto extendiese en lontananza sus mágicos y entrañables prismáticos limando asperezas, allanando escollos o marcando las pautas a las criaturas en su labor solidaria colaborando con los necesitados, invidentes o tullidos en cada trance o acontecer del vivir. En el poema El perro cojo de Manuel Benítez Carrasco, la pena y compasión del animal hierven en la tinta del poeta cuando asevera, “El perro me entiende, sabe/ que maldigo la pedrada/: aquella pedrada dura/ que le destrocó la pata/ y con el rabo me está/ acariciando la lástima (.). Ahora ya sé por qué está/ la noche agujereada/, ¿estrellas?, ¿luceros? ¡No!/, es mi perro que cuando anda/, con la muleta va haciendo/ agujeritos de plata. Charles Burden, muy dolido por el asesinato de su perro lo denunció a las autoridades, y fue objeto de burlas por ello. La defensa del abogado George Graham Vest fue la primera piedra del cambio de escenario, constituyéndose el corpus jurídico de los derechos de los animales. Nunca es tarde para aprender, y más si la dicha es, a todas luces, buena.

jueves, 27 de mayo de 2021

Primavera o cómo perderse por las fragancias florentinas

El mes de las flores era el escenario propicio para que Rosario disparase toda su artillería y dotes planificadoras con no poco desparpajo y sigilo, dirigiendo el protocolo en la parroquia del pueblo con el lema, cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa, realizando las diferentes tareas, como la ornamentación del altar de la Virgen con los inmaculados ramos de flores que traían para la novena. En todos estos menesteres ella se las prometía muy felices. Todo le iba miel sobre hojuelas. Los días rivalizaban entre sí diluviando alegría en el ambiente, junto con los bruscos cambios climatológicos propios de la impredecible primavera, pintando los más exóticos horizontes crepusculares. Nunca pensó Rosario en permanecer en la costumbre, enrolándose en la parafernalia ancestral quedando para vestir santos ni mucho menos, ya que con su talento y ardides echaba por tierra todo eso y más saltándose los controles más estrictos si fuese necesario, y despacio pero sin pausa fue modulando su mundo, priorizando las aficiones y delectaciones más rabiosas, y de esa guisa tras los oficios eclesiales llegó a ser con el paso del tiempo y con todos los honores madre soltera, en una época tan recatada y puritana. No se andaba por las ramas a la hora de aliviar tristuras, y se movía con los pies en el suelo conjugando lo divino y lo humano, la mística y la magnesia pergeñando los escarceos de su instinto, como pelar la pava en el parque como cualquier hijo de vecino, sin que se le cayesen los anillos. El nudo del relato se fragua en el mes de mayo por múltiples razones, como ocurre en el Romance del prisionero, Que por mayo era por mayo/, cuando hace la calor/, cuando los trigos encañan/ y están los campos en flor/, cuando canta la calandria/ y responde le ruiseñor,/ cuando los enamorados/ van a servir al amor/, sino yo triste, cuitado/, que vivo en esta prisión/, que ni sé cuándo es de día/, ni cuándo las noches son/, sino por una avecilla/ que me cantaba al albor/. Matómela un ballestero, déle Dios mal galalrdón. Y le chiflaba la ropa ligera a Rosario, y con generoso escote, lo que hacía que brillasen aún más sus encantos. Por su vida pasaban aprisa y corriendo los días, los estados de ánimo, las estaciones y pensares sin saber nunca lo que le aguardaba a la vuelta de la esquina. Era una mañana gris de negros nubarrones cuando Rosario se sintió de pronto rara, indispuesta, y los dedos se le volvían huéspedes presagiándose lo peor. Y empezó a hervir en su interior lo nunca imaginado, unas extrañas contracciones estomacales y preocupantes pálpitos por el pecho no sabiendo a qué atenerse, llegando a tumbarla la tristeza. Ante el cariz tan alarmante que iba tomando su estado físico y psíquico, no acertaba a manejar el timón de su barca, yendo como veleta al son del viento, y en un acto de honda reflexión acudió a la ginecóloga a fin de esclarecer todas sus aflicciones. Tras una batería de pruebas de toda índole, al salir a la calle camino de su mansión se desmayó cayendo de bruces en mitad de la acera, desvelándose su misterio a plena luz del día con toda rotundidad, reconociendo con lágrimas en el alma que las hormonas la empujaban a convertirse en varón, sintiéndose culpable, y no podía soportar la presión a la que se veía sometida, así como lo más importante, el no seguir desempeñando el rol de madre. Su retoño de dos añitos, la inocente y preciosa criatura a su corta edad no entendía lo que se cocía en derredor, encargándose la abuela materna de su cuidado, la alimentación y la educación. Ella tan pronto como pudo cambió de aires. En un súbito vuelo se trasladó a Latinoamérica con intención de rehacer su vida de la mejor manera. Lunático, flemático, ido, evanescente, vil o cuerdo, tales epítetos y muchísimos más sonaban en aquel enrarecido ambiente al hilo de los avatares que acaecían, coincidiendo con los tiempos enmarañados y locos de aquella retadora primavera, como lo rubrica el proverbio, la primavera la sangre altera, ¡y de qué manera a veces! Es increíble las sorpresas que da la vida en los vaivenes del vivir. En determinadas coyunturas del fluir del tiempo, los lances e ilusiones pueden llegar a los más insospechados tronos, bien por fallos de la madre natura, bien por necios o caprichosos desvíos de malavenidos procesos en los que el carburante humano pierde el norte y fuelle discurriendo por otros cauces equivocados, o vaya usted a saber el porqué, y se desborda el río de la vida con tal virulencia que arrasa con todo, como el río Chíllar o el de la Toba, no dejando títere con cabeza, no pudiendo Rosario salir airosa de tamaña tropelía sumida en el abismo. Los vínculos de unos endemoniados vientos con intrincadas mareas la arrastraban hacia otros horizontes poco fiables, que iban in crescendo en sus sentires. Una especie de gusano invisible la mordía y roía en el silencio de la noche, y las pesadillas y angustia se cebaban con ella, y no podía por menos que reconocer el misterioso veneno que la embargaba sufriendo vejaciones o arrebatos dentro del cuerpo al verse convertida en hombre de repente, cuando el bebé que amamantaba con su pecho y leche abrigaba en sus genes las esencias de la madre, y no tenía más remedio que apechugar con ello rompiendo con lo anterior, el trascendental papel de madre. El pasado invierno, sin ir más lejos, le había resultado matador al no transcurrir un día sin que no se le atragantase algún hueso duro de roer en las salidas y entradas de su vivienda, o verse envuelta en fraternales enfrentamientos o ásperas controversias con los allegados, recibiendo golpes de todo tipo, sintiendo dolores o un inquietante hormigueo en el pecho que le alarmaba sobremanera en las coyunturas por las que atravesaba, aunque su corazón quisiese alcanzar la luna para su bebé o el mismo sol en un ataque de enajenación mental. No disponía Rosario del tiempo preciso para arribar adonde le encantase, y llevar a cabo tal hazaña enterrando lo tóxico y pútrido soslayando la tozuda realidad por mucho que lo postergase. Tenía que romper con el pasado forzosamente, con lo que había conformado su cáliz de vida, y buscarse otros amaneceres, nuevos alicientes, una refrescante luz o bosque encantado poblado de verdes pinos y robles donde folgar, expulsando los malos humores que habitaban en su cuerpo, tales como desengaños, incomprensiones o bofetadas promovidas por las aparentes incongruencias que afloraban en los más variados campos, como por ejemplo, en el mundillo de la moda llevar escotes, minifaldas, o en el asunto culinario por mor de los antojos de los suyos por tomar arroz con leche a destiempo algunos días, acarreándole no pocos disgustos, echando mano de milagreros ungüentos o visitas al galeno por los reiterados vómitos acentuados en los días festivos o fines de semana, como si le hubiese tocado el gordo en el sorteo de la vida, a pesar de no haber metido ni un centavo en tan macabro juego de lotería. Tal suceso tan sui géneris y privado a nadie interesaba, ni ella quería que llegase a sus oídos, asumiéndolo Rosario con regocijo. No le agradaba en absoluto que anduviese su vida en boca de la gente ni por asomo, lo tenía muy claro. A Rosario le hacían muy feliz los viajes, y perderse por el planeta Tierra. La última vez que estuvo en Florencia le acompañó una amiga dispuesta a olvidar las andanzas y correrías de otros tiempos, cuando la visitaron con la ilusión de descubrir un nuevo mundo o el paraíso perdido de la Biblia. Más tarde quiso establecerse en la Toscana y crear un nuevo nido llevando una vida placentera, trabajando y estudiando las tradiciones y acervo clásico de aquellos envidiables parajes que le subían al tren de la vida, despertando la curiosidad y el interés por vivir el arte y la historia de la Humanidad. Pero ahora no pasaban por su mente tales encantamientos, y lo que le motivaba era ser ella misma, y hacer lo que se le antojase hasta madurar el concepto de ser un hombre, el nuevo enfoque existencial. En los tiempos borrascosos que le tocó vivir a Rosario quería sentirse auténtica, pidiendo a los cielos que fuese cuanto antes la operación sexual, y con la ayuda divina llegar a ser un apuesto galán, y echarse luego una novia firense, porque aseguraba Rosario que las nativas de la Toscana llevaban en el alma un sello indeleble que le hacían estremecer, y dibujaba corazones en el aire con la yema de los dedos, convencida de que con su gracejo marcaban de por vida a los visitantes de tan seductores lugares. Recordaba Rosario que cuando llegó la primera vez a Florencia lo primero que hizo fue alquilar una bici, o mejor aún, se la encontró en una plaza sin ningún amarre, yendo con la amiga a patear las plazas y rincones más emblemáticos de la ciudad, deteniéndose en los monumentos señeros inhalando sus aromas primaverales, las fragancias de jardines, parterres y coquetas macetas en ventanas y balcones quedando extasiada por momentos, aunque sin caer en el síndrome de Sthendal. Ese aire nuevo que refrescaba su rostro le ayudaba a serenarse ante los acerbos advenimientos y pasos tan comprometidos y valientes que debía emprender, al convertirse en un hombre maduro, toda una mujer hecha y derecha como era ella, acostumbrada en el pueblo a rezar el santo rosario en la novena del mes de María, así como en casas de vecinos por el deceso de algún familiar, quedando la gente eternamente agradecida. Quizá siguiese Rosario las huellas intelectuales del filósofo griego al pie de la letra, “nosce te ipsum” (conócete a ti mismo), y en ésas andaba buscando unos sólidos pilares y sugestivas estructuras para su flamante edificio humano, su persona, un hombre recién hallado dispuesto a comerse el mundo, a enfrentarse a los tiburones que le rodeaban y a los aviesos vientos que le abordasen navegando por el mar de la vida, yendo con la cabeza bien alta, y a su vez sacrificarse por su vástago, dándole todo el cariño del mundo, corrigiendo a la madre natura que en ocasiones mete la pata sin paliativos, y aportar su granito de arena al buen hacer, dando testimonio con su conducta y lecciones al Sumo Hacedor por aquello de que nos hizo a su imagen y semejanza. La primavera borra las estatuas del miedo con su hermosura y aromáticos encantos, decorando las tierras del alma, las campiñas y oteros generando inconmensurables panorámicas y delicados sueños a través del arte, y más aún en Florencia por la majestuosa beldad que destila su corpus artístico configurado por la mano humana, derrochando excelsas joyas con sumo talento en un carrusel de monumentos, así como en el mundo creativo de las letras y la poesía. Lo atestiguan con voz recia autores como Boccaccio, Dante o el ardiente Petrarca a través del célebre soneto a su amor, Laura, “Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra/, y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo/; y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra/; y nada aprieto y todo el mundo abrazo/. Quien me tiene en prisión, ni abre ni cierra/, ni me retiene ni me suelta el lazo/; y no me mata Amor ni me deshierra/, ni me quiere ni me quita el embarazo/. Veo sin ojos y sin lengua grito/; y pido ayuda y parecer anhelo/; a otros amo y por mí me siento odiado/. Llorando grito y el dolor transito/; muerte y vida me dan igual desvelo/; por vos estoy, Señora, en este estado”. Y por tierras hispanas, brilla con luz propia la primavera en poetas como, Antonio Machado, que exclama estupefacto en sus versos, “La primavera ha venido/ y nadie sabe cómo ha sido//… O Juan Ramón Jiménez que, abocado a la melancolía, apunta, “Y yo me iré y se quedarán los pájaros/ cantando/. Y se quedará mi huerto con su verde árbol/, y con su pozo blanco//… Ante tanta barahúnda, confusión o perjuicios a terceros cabe preguntarse, ¿quién paga los platos rotos de las aberraciones existenciales en tan convulsa vida?

lunes, 19 de abril de 2021

Crónica sexitana o paisaje con figuras

Todo empezó con una copa de vino tinto en las Bodegas Calvente y las notas de una guitarra de fondo. Fue una charla informal entre barricas, al abrigo del vino y de los libros. -¿Me va a permitir una pregunta, señor Calvente, cómo se inició en la elaboración del vino? - Pues como casi todo en la vida, se empieza de la nada y paulatinamente se van incorporando sugerencias, elementos, saberes, uvas, experiencia y sensaciones provenientes de distintos puntos, sobre todo de donde ya se han asentado la confianza y la prosperidad comercial, como ocurre con el vino bordelés. - ¡Qué sorpresa!, me está usted traduciendo al español las sabias lecciones del inigualable vino de Burdeos. - En realidad no deja de ser un desafío montar una empresa de estas características en esta ubérrima tierra de aguacates, papayas, chirimoyas, mangos…, urgiendo estudiar al detalle los pros y los contras para no dar un patinazo a la vuelta de la esquina. - No cabe duda, le felicito por ello, y le adelanto que se confunden o interfieren mis orígenes con los del afamado vino que mienta. - Me está apuntando que coinciden las madres de las cepas, las copas y las piezas teatrales… - En efecto, le podría embalar una caja de ricas botellas de vocablos ensamblados con el mejor buqué y solera de mi tierra, que, aunque esté hecho de ferruginosas arenas en accidente geográfico, y no de barro, enarbola unos sensibles aires de mar y ostricultura acaso única en el mundo. - Perdone la osadía, me encantaría probar tales ostras, pero ¿me está sugiriendo que es un escritor? - No está bien que lo diga, pero a la corta edad de diez añitos, en la escuela del pueblo el maestro me designaba con el apelativo de poeta: la redacción tiene ribetes de poeta, apostillaba. Aunque yo no entendía nada de la trascendencia o el discernimiento de la sospecha. - Pues con el paso de los años el sombrero de hollejos de la uva va aportando al vino tinto color, aroma y sus taninos, mejorando el sabor al paladar. Y se supone que al igual que el currículo del vino, usted, a estas alturas de la vida, debe asimismo exhalar un buqué selecto, de gran cortesía, en los relatos y poemas. - Le diré que la batalla creativa la tengo ganada, y en lo referente al vino me va la botella con el epígrafe de Guindalera, la denominación de origen, pues quizá sea la que más armonice con los ritmos de mi música temática y métrica libre y burbujeante, que bulle en los corazones y hierve en el cerebro, incrustando las esencias de las tres emes, Mar, Mujer y Muerte, que es el vivir y el soñar más perspicaz y reconfortante. - Entonces, usted vive y escribe aquí en estos lares sexitanos, según se deduce de su conspicuo escanciar parlamentario. - Verá, por el Mare Nóstrum, no lejos de la Sirenita en playa Puerta del mar arribaron a la antigua Sexi los más diversos pueblos, si bien, con las vueltas que da el mundo, sic, nunca se sabe los intrincados enigmas que aguardan detrás de la puerta por las veleidades del destino. Y en el transcurso de lunas llenas y menguantes, del orto al ocaso, a buen seguro que yacen bajo estas aguas vestigios fundados de una Sexi atracada por hordas corsarias, que, empujadas por el hambre o un golpe de mar hacia cualquier parte bogasen perdidas por el mar de Alborán, y, perdiendo el vínculo del cordón umbilical de Oriente y el rumbo diesen de bruces en estas playas, y teniendo en cuenta que no disponían de las modernas tecnologías para calcular los mares –corrientes, mareas, vientos, reglajes-, y peor aún si se les asoció todo un ejército de famélicas bromas perforando la madera de la embarcación en medio de una furiosa tempestad. -Por su argumentario intuyo el rico acervo de hispanista que rezuma. -No tanto, señor, y me interrogo algo confuso cómo atemperar o contrarrestar las acometidas o bravuconadas de aquella tripulación durante la inquieta travesía, acaso echando mano de algún raro ansiolítico de herbolario con objeto de evitar o aminorar en lo posible los excesos o despendoladas orgías en el desnortado periplo, en que creyendo ir al norte, iban al sur, queriendo cada cual montar su numerito o bailar con la más sexi y, abrazados a la zozobra, embarrancaran en las rocas y salientes sexitanos, y cegados por el desconcierto cayesen exhaustos en brazos de Morfeo, y al despertar en tan tentadores parajes se sintiesen tocados por una energía tropical, y tras la frenética caída de las hojas y de las noches sin cuento se encasillaran allí, encariñándose perdidamente de la flora y la fauna o de alguna aborigen despertando en ellos un no sé qué, una atracción fatal o morbosa curiosidad. Y más tarde llegarían otros pobladores, atraídos tal vez por el aura y el espíritu aventurero al socaire de lo ignoto, conviniendo en perpetuarse por estos pagos el resto de sus días, y explotar las bondades de la Punta de la mona, Cantarriján, la playa del muerto, de San Cristóbal, Velilla, el Majuelo o la Galera, refrescándose en la blancura de las olas, recalando al fin en estas hospitalarias tierras harto contentos y felices. No obstante, se respiraba en el escenario no poca incertidumbre, si tras el abordaje harían una de las suyas perpetrando irreparables daños en el medio ambiente, o si por el contrario, se establecerían de manera pacífica y confortable en su regazo respetando lo autóctono, y en un futuro no lejano generar prósperas factorías con industrioso comercio –el garum entre otros-, y así sorprender al mundo conocido aportando los mejores frutos. -Mire, señor…, vislumbro que en la escuela no perdió el tiempo, enfrascado en mapamundis y venturosos viajes telúricos, pero dígame, por favor, ¿vive usted escribiendo o escribe para vivir? -Le manifestaré antes de nada que en los escritos soy reconocido por Guillermo X y Juan Bruca. Y bien, señor Calvente, debo remarcarle a propósito del fruto del dios Baco, quién contó con la ayuda de Sileno para plantar viñas, así como de las Musas para instruirse en el canto y la danza, que otro tanto acontece con la riqueza enológica al brotar de los veneros galos mediante el oportuno asesoramiento de la vitivinicultura. Y asimismo, siguiendo la estela del río Verde que riega la fértil vega sexitana, de la misma manera con las limitaciones precisas fluían las aguas líricas de EL Ventanal –revista cultural y literaria de Almuñécar-, que inundaba de sueños y frescor la vida con la colaboración de toda una pléyade de genuinos caballos de Troya, estrategia acertada sin duda, alguno con melenas de león, habiéndose dejado la piel en sus páginas, en las brisas ardientes del entorno, hilvanando innumerables y sugerentes aventuras con no poco talento. Y en ese pulular de plumas, concursos, premios, veladas en el Martín Recuerda, en el café de Mila, entrevistas radiofónicas, artículos periodísticos y revistas –como la invulnerable revista cultural Voces-, de esa guisa, unos, creadores de aquí, otros, de lejanas tierras, y todos en bloque se confabularon para aportar su granito de arena a tan noble causa, levantando una torre de palabras enlazadas sin necesidad de intérpretes ni más historias conformando un corpus artístico de primer orden, que se puede consultar o paladear en las redes, hemerotecas o en los más privilegiados rincones sexitanos. -Muy agradecido por su cortesía, señor Bruca, ah, por cierto, me podría reseñar los autores que más le han pellizcado en su mundo creativo. -A bote pronto le mencionaré tres nombres, Antón Chejov, por los magistrales relatos, como “La señora del perrito”; Malcolm Lowry, por la hondura de las creaciones narrativas, siendo un náufrago en la vida que vivía debajo de un volcán etílico, y sus ebrios versos, “La única esperanza es el próximo trago”…; y el lusitano Fernando Pessoa, que plantea el problema de la doble personalidad con un abanico de heterónimos, pseudónimos y ortónimos en su universo poético rebosante de filosófico e irónico escepticismo, y así destila el licor en sus versos, “Empiezo a conocerme. No existo/, soy el intervalo entre lo que deseo ser y los demás me hicieron” … “O no somos más que nuestras propias sensaciones”. -Y como cierre, perdone la intromisión, ¿podría decirme por qué le pone un diez a Guillermo? - Muy sencillo, monsieur Calvente, usted que es generador de felices alborozos y despierta las afecciones más placenteras ahogando los pesares y soledades de las criaturas lo entenderá pronto, pues le seré sincero, por redondear la dinastía del Príncipe de los poetas, Guillermo IX, y de esa suerte siga ella viva… -No quiero marcharme sin romper una lanza en favor del delicioso caldo, como dice el refranero, “el vino alegra el ojo, limpia el diente y sana el vientre”. -Señor, Calvente, le sugiero que tome una copita de vino con nueces y eche en el macuto algo de lectura, ¡ah!, y no lo eche en saco roto el consejo… En un día gris o trasparente, lo mejor tal vez sea tomar una copa de vino acompañado de un amigo o un buen libro que, con su magia, permita conocerse un poco más a sí mismo y a los demás, viviendo más vidas que un gato.

jueves, 25 de marzo de 2021

Pegando la hebra

En una carrera por sacudirse la asfixia pegajosa por la pandemia ante tantas limitaciones, querían las amigas Eulalia y Leocadia poner en las alturas el listón de los sentires, los dimes y diretes del barrio por los azotes de la vida sin frenos a su fantasía, y se sentaron en las respectivas sillas del patinillo de la casa haciendo un alto en el camino, dejándose llevar por el instinto de curiosidad buscando un tiempo de evasión que les arrojase paz, sosiego y armonía en sus maltrechos avatares. Y con las mismas se acomodaron cada una a su manera soltándose la lengua, cual río desbordado por la crecida, hablando de lo divino y lo humano, sosteniendo que el mundo al fin y al cabo es un pañuelo, dando lugar en ocasiones al llamado efecto mariposa en el planeta Tierra. Y con no poco desparpajo echaron mano de su alegre locuacidad y facundia robándose los tiempos parlamentarios en un apresurado aluvión de emociones e inquietudes jugando con el idioma que les vio nacer a través de vivaces expresiones en su coloquio (lejos sin duda del célebre coloquio de los perros cervantino) abundando en las voces utilizadas en el discurrir cotidiano con su encapsulada estructura configurada a sangre y fuego a través de los siglos pasando de abuelos a nietos y padres a hijos, pergeñándose una sólida sedimentación lingüística en los registros, no sólo de los hispanoparlantes de acá sino de allende los mares, y empezaron a bucear en las aguas de los latiguillos, chascarrillos, muletillas, aforismos, refranes, dichos, proverbios, adagios, sentencias y máximas recorriendo el universo idiomático desde Roma a Santiago dando por descontado que cada término o frase tiene su ego, las connotaciones y preferencias, como cualquier hijo de vecino, las partes donde más les duele o ilusiona, y no cabe duda que cada cual lleva el agua a su molino, aunque teniendo siempre presente que donde las dan las toman, y siendo en innumerables ocasiones de armas tomar, tanto las expresiones como las personas, sin olvidar que las armas las carga el diablo. Aquella mañana lo tenían todo hecho, diciéndose para sus adentros, Zamora no se conquistó en una hora, y de esa guisa se entregaron a la causa ansiosas por saber la una de la otra y del entorno, poniéndose al día de los últimos aconteceres o rumorología de la gente, pues hacía un siglo que por distintos motivos no se reunían. Los temas o tópicos a los que se echa mano en estos casos son siempre los más trillados o rutinarios, la salud de familiares, hijos, nietos, fallecimientos o separaciones de los más allegados o conocidos. Y por fin tuvieron ocasión de llevarlo a cabo sentándose encima de las horas parando el oleaje del reloj, y se pusieron manos a la obra disfrutando de lo lindo, contándose las más divertidas o disparatadas historias de hacía varios lustros, al no verse las caras por los imponderables de la vida. Y en esas tesituras y quisicosas andaban inmersas Eulalia y Leocadia haciendo honor al espíritu femenino, desentrañando todo lo que caía en sus manos, como un acto ancestral innato del ser humano. -En un principio prefiero vivir tranquila, Leo, sin más, que las penas vienen solas, y para eso me viene a la mente aquello de a enemigo que huye, puente de plata, y no se hable más –dijo Eu. -No sé si con esos términos o troncos se puede echar una lumbre hermosa, y matar el gusanillo y el frío del alma y el de marzo, pues ya ves que cuando febrero marcea, marzo febrerea –dijo Leo. -Fíjate, hoy el cielo está encapotado, y ¿cómo se dice el trabalenguas, ah, ¿quién lo desencapotará? el desencapotador que lo desencapote buen desencapotador será, aunque esto de estar en las nubes no es lo más acertado, Leo –dijo Eu. -Ahí parece que coincidimos, yo prefiero hablar de lo nuestro, así por ejemplo ver a mi niña feliz y contenta como unas castañuelas, y tenga un buen casamiento, aunque se diga que casamiento y mortaja del cielo baja, aunque eso no me gusta, y que dé con un buen hombre, y tenga la vida cubierta y segura, que no está el horno para bollos, o piense lo de aquel dicho ingenuo como el que no hace la cosa, contigo pan y cebolla-dijo Leo. -No creas, hoy día en menos que canta un gallo ocurre cualquier cosa, y lo dicen categóricamente con un repentino, me importa un pepino, o ahí me las den todas, y se quedan tan panch@s est@s niñ@s de hoy día-dijo Eu. -Yo quiero lo mejor para ella, y parece que promete, aunque “no es oro todo lo que reluce” en ella –dijo Leo. -También es verdad que nosotras ya hemos pasado por todas las romerías de la vida, y más sabe el diablo por viejo que por diablo, si bien no estamos muy al corriente de lo que acaece a cada paso con la rebeldía de la juventud, pues ya sabes que el tiempo vuela, y estamos a años luz de sus antojos y desmarques. –dijo Eu. -No sé qué pensarán los posibles lectores del uso que hacemos del refranero, tal vez piensen que somos de otra época o unas pedantes, pareciera que estamos resucitando al inmortal Sancho Panza, de todas formas, no digas nunca de esta agua no beberé. –dijo Leo. -¿Sabes una cosa? Que no todo el monte es orégano, pues en todas partes se cuecen habas, y si no que se lo pregunten al sacristán de la parroquia con la cantidad de secretos que guarda de los distintos párrocos con el confesionario por medio como testigo, y que han desfilado por nuestro municipio -dijo Eu. -Hay que tener en cuenta que el machismo impera o el patriarcado en los más variados matices, juicios y leyes, siendo el pan nuestro de cada día, y eso lo ve un ciego, hasta el propio Max Estrella valleinclanesco. Pero claro, alguien tenía que hacerlo dándole cuerpo y vida al lenguaje, marcando los tiempos de la época y del mismo verbo que se conjugue en cada caso conforme al hablante de turno, encarnándose en la palabra elegida por el hablante, que hasta en la Biblia se cita con no poca fe de los creyentes, y no podían tener en cuenta tantas cosas o causas ni tantos escrúpulos, porque eran otros tiempos bastante duros y opacos, y con un plato de migas o unos bocadillos de chorizo, chicharrones, morcilla o lomo de orza iban que chutaban las criaturas por los inciertos caminos de la vida. No existía este disloque de hoy día, alimentado por l@s nutricionistas para guardar la línea con un estudio metódico de comidas y sabores, evocando los mejunjes de antaño, y hoy día con verduras, frutas, infusiones estomacales o hierbas para puñaladas hepáticas, y relajantes para el sueño o panaceas para el mal de amores, etc.-dijo Leo. -Bueno, amiga mía, muchas gracias por darme esta oportunidad, ah, y luego me explicas el remedio para los amores, y ha sido muy enriquecedor y grato el encuentro, ¡qué tiempos aquellos! a ver si nos vemos con más frecuencia, y no olvidemos el dicho clarificador, dime de qué presumes y te diré de qué careces. –respondió ella. Y así acabó su parlamento, y en cuanto a concreciones y resultados, al parecer como el rosario de la aurora, algo deslavazado, disertando emocionalmente sobre el comer y beber de la vida, de lo poco que nos podemos llevar al otro mundo, precisamente por ello dejemos al menos lo mejor de nosotros mismos, por aquello de la honrilla familiar, que tanto nos ayuda sobre todo en estos días negros de la existencia, que vivimos vendidos ante la incertidumbre sanitaria por los furibundos estragos de los innombrables virus que ni se ven ni se oyen, pero matan como el veneno en un plis plas, y pasean disfrazados con guantes, pajarita, sombrero, un habano en la boca y un clavel en el ojal, y para realizar la gesta vuelan como espíritus con el perfil de una mosca muerta. -