sábado, 12 de junio de 2010

Ausencia




Los días pasaban y no le llegaban noticias de su destino. ¿Estaría viva? ¿Se habría ido con otro? ¿Habría sido víctima de algún rapto? ¿Se habría arrojado al mar por un acantilado totalmente ida?
No alcanzaba a atisbar la fórmula que le aclarase tantos misterios en su cabeza en tan poco tiempo.
Para ello se propuso recorrer los parajes más recónditos, los lugares más diversos buscando pistas que le arrojasen alguna leve sospecha del paradero; otras veces se dejaba llevar por la melancolía, por una llamada anónima, o por meras intuiciones cuyos vientos le arrastraban sin darse cuenta como en la selva a la fiera la presa.
Estaba dispuesto a cualquier cosa por tener alguna luz, incluso a dar la vida por ella si fuese menester, aunque puso todo su conocimiento en esa dirección sin renunciar a nada con tal de conseguir que volviese a la morada sana y salva.
En las noches de pesado invierno meditaba profundamente como un monje en el convento analizando de forma meticulosa todos los pasos que había dado en las últimas fechas a fin de que le alumbrasen en el túnel en que se hallaba inmerso. Caminaba torpemente, a rastras por los campos más insospechados y no podía romper el silencio del muro que le atenazaba sin descanso noche y día.
Algunas veces intentaba atrapar a la luna, que se colaba furtivamente en su aposento, con el propósito de arrancarle los secretos más íntimos, sobre todo cuando los rayos lo acariciaban tiernamente queriendo adueñarse de la energía y el calor que le brindaban, porfiando con ellos para que no lo abandonasen y de camino sonsacarle algunos datos ocultos sobre el refugio donde ella se guarecía.
Quería abrir una puerta a la esperanza, ver el mundo de otra manera más positiva, y antes que nada estar a su lado ya, sin más demora, y escuchar su melodiosa voz tan cruelmente apagada, abrazándola en el silencio con todo el amor de que fuera capaz, como antes cuando la alegre primavera se mecía entre sus brazos, y se deslizaba por sus dulces ojos, abiertos de par en par al cariño del otro.
Sin embargo la áspera ausencia fue tomando cuerpo en mitad del precario sendero, acentuada por momentos y no encontraba los resortes con que vislumbrar leves pesquisas, aunque fuese un espejismo o una brizna de la efigie en el enmarañado horizonte.
Illa fugit, se decía desconsolado, y no sabía ni cómo ni adónde, si se fugó a una isla desierta con lo puesto o fue devorada por la vorágine de la insensatez humana.

domingo, 23 de mayo de 2010

Nasty




Nasty tenía ampollas en las manos y vejigas en la boca. No podía continuar con esa sarna que le picaba demasiado en sus proyectos nublándole el horizonte. No podía caminar así. Se lió la manta a la cabeza, se pintó los labios, cogió su pequeña maleta y se embarcó rumbo a lo desconocido. Anhelaba respirar otras fronteras, otros paisanajes, y se fue a países ricos, según le habían contado, con intención de labrarse un futuro más halagüeño y esperanzador. No soportaba por más tiempo la cochambre en la que se hallaba atrapada.
Había visto reportajes y películas de países lejanos impregnados de un brillante ambiente, de leyendas fantásticas, de paraísos servidos en bandeja y un resplandor tentador la sedujo de tal modo que se le mudó el color de la piel lanzando los dardos de su interés a ese núcleo vital, y tiritaba de emoción pensando en aquellos idílicos parajes donde vislumbraba un rico maná con el que saciaría su endémica hambre y la miseria que la enmascaraba con una fiel tortura.
Sus padres trabajaban de sol a sol y a malas penas podían sobrevivir, o caer en la tentación de comprarle un sencillo vestido para mitigar su frío amargo o calzarse unos rudimentarios zapatos.
Nasty llegó en un vuelo patrocinado por una firma de moda que, ofreciendo las mieles del confort en los más excelsos escaparates repletos de excelencias y bocados de enriquecimiento, se encargaba primordialmente de extender sus tentáculos firmando un contrato de trabajo a las personas que se alistaban desde su lugar de origen, o llegaban de allende los mares con las manos vacías y la cabeza llena de exuberantes expectativas de ensueño.
Al poco de llegar al nuevo territorio Nasty fue alojada en un almacén de las afueras de la ciudad, al igual que las demás compañeras, donde se guardaban toda clase de herramientas y utensilios, tractores, cachivaches, sacos descoloridos, coches viejos, cajas con productos que no se sabía lo que contenían pero que por la apariencia delataban algo que exhalaba un agrio aroma, un no sé qué que no era apetecible para nadie ni del que se pudiese uno fiar pues apuntaba atisbos de sustancias raras, acaso de contrabando, sustancias a todas luces prohibidas que las introducían clandestinamente burlando la vigilancia policial.
El caso era que Nasty acababa de llegar a su nueva y ansiada casa empujada por la precariedad que le apretaba el cuello y no tenía más remedio que adaptarse a su nueva situación si quería seguir viva, que junto a las nuevas compañeras que acababa de conocer sería allí y con ellas donde tendría que abrirse un futuro mejor.
Por la noche le ordenaron que se lavase a conciencia todas las partes de su cuerpo en el único grifo que había en el almacén utilizando para secarse una áspera y deshilachada toalla y a continuación se perfumase especialmente en las zonas más recónditas con unos frascos que le habían colocado en una caja que yacía como un veneno ubicada en un rincón. Todavía no se había percatado de la encerrona, de las músicas que le iban a acompañar en las primeras actuaciones, cuando obligada por el encargado se dispusiera a asistir al local donde los clientes que acudiesen a ver el “mira quién baila” le echasen negras flores o una lluvia de rijosas miradas de todos los colores hasta el punto de que descorazonada se le cayera el techo encima pudiendo sucumbir por mor del murmullo silencioso que se montase en aquel burdel entre aluviones de borracheras y gente sin escrúpulos compartiendo el sórdido local, desfilando ligera de ropa y cargada de vergüenza siendo lanzada al circo de las fieras a luchar como pantera domesticada con todo en contra, teniendo todas las de perder en aquel lupanar, porque el engaño y la falsa moneda de la estafa habían escalado tan alto que la caída del muro la aplastaría sin remisión. Era algo que no se lo podía ni imaginar.
La familia no sabía el paradero y todos los días le preguntaba al cartero si traía noticias de Nasty recibiendo la negativa por respuesta, deslizándose por los acantilados de una sombría pena que no podía superar.
Una noche la sacaron a la calle y la azotaron porque le había venido la regla sufriendo unos horribles espasmos y no podía levantarse del asiento cuando algún cliente llegaba solicitando sus servicios. En ese momento reaccionó con la uñas y se las clavó en el cuello de aquel buitre que la picoteaba en las entrañas de suerte que casi lo estrangula, por lo que fue retirada inmediatamente de la sala pasando a un reservado donde fue vapuleada con saña por el vigilante de turno.
Ella chapurreaba entre dientes palabras ininteligibles, pues no conocía aún el nuevo idioma, pero a malas penas articulaba desesperada unos monosílabos que traducidos venían a atestiguar algo así, p o r f a v o r e m i s e r i c o r di a n o a g u a n t o m á s y qui e ro morirme de una puñetera vez. Finalmente se desmayó rodando por el frío mármol con síntomas de haberse convertido casi en un cadáver, abrazada como estaba al polvo del mármol que mordía si no fuera porque todavía se vislumbraban entre tinieblas deshumanizados suspiros de esperanza.
Aún no sabe si el escozor que todavía siente en su entraña cuando un hombre la abraza desaparecerá algún día, o si es ya parte de su mente. Quizá por ello visita a mujeres maltratadas a las que escucha y asesora, aprendiendo con ellas que la venganza no cura las heridas, sino que acaso sólo las alivia por momentos, prolongando su recuerdo. Quizá espera que en un futuro ideal, más allá de sus sueños, surja un nuevo mundo, un orbe de armonía y perfección donde sane por siempre la herida

La chicharra



Jerónimo comenzó a trabajar con los dientes de leche con un desparpajo y un amor al trabajo digno de encomio. Se puede afirmar que echó los dientes ayudando al padre en sus quehaceres. No sabía cuando era lunes o viernes. El desfile de los días se reducía a uno solo. Siempre con las botas puestas. Así toda una vida. Las vacaciones de rigor o la tapa en el bar con la cañita no llamaban a su puerta. Era una auténtica hormiguita atesorando unos remanentes para la vejez, para un futuro incierto, libre de zozobras y sobresaltos.
En la familia no se conocía nada más que el trabajo, no había tiempo para encender un cigarro, eso lo dejaban para otra gente que tuviese a bien dedicarse a vivir la vida, a vivir como cigarras en el campo disfrutando del aire libre al amanecer y los aromas campestres riendo, bailando y cantando después de opíparas orgías, saciando de paso la lubricidad de sus apetitos.
Jerónimo no tuvo tiempo de mearse en su rutina, de mirarse al espejo. El pelo le crecía sin control cubriendo las arrugas del día a día. Los hijos crecieron en sus raíces pero echaron por la calle de en medio contraviniendo su voluntad, yendo cada uno a su antojo por los vericuetos que vislumbraban más a su gusto haciendo de su capa un sayo. Desde los primeros balbuceos bailaban en la abundancia gracias a la hormiguita del padre viviendo una vida alegre, caprichosa, disfrutando a tope de los placeres más selectos.
Los hijos no comulgaban con la teoría de la hormiga, preferían sacar pecho y el máximo provecho a lo que tenían a su alcance y conformarse con ello. Desde luego que la avaricia no les rompía el saco ni mucho menos, y vivían gozosos y sin preocuparse por el devenir del tiempo, por lo que disponían del tiempo suficiente para encender todos los cigarrillos del mundo. La agenda la tenían cubierta de lunes a domingo, no siendo devorados nunca por el hastío o la incongruente monotonía porque el canto per se lo llevaban sin darse una tregua en su corazón.
Si se aplicase el aforismo, de tal palo tal astilla, a buen seguro que la hormiguita hubiera ahuyentado de buena gana y con todas las armas a su alcance a las chicharras que se enquistaron en las faldas de su montaña lanzándolas por otras majadas y oteros bien lejos de sus lares.
En las isobaras del mapa de la existencia, como seres libres, se puede elegir entre un extremo u otro, o seguir la teoría aristotélica instalándose en los parámetros de la cordura sin caer a ciegas en los precipicios del abismo, navegando por diferentes meandros guiados si se quiere por una excelente brújula, por el prisma del término medio de la sensatez.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Miguel Hernández en el recuerdo


Amor y labios en la voz del poeta; amor, bandera al viento desplegada por Miguel Hernández. Hombre responsable y solidario del vivir y soñar, pese a no acompañarle la suerte. Días difíciles vivió en el hogar debido a la escasez de recursos económicos. El padre tenía un rebaño. Pastor primero, Miguelillo estuvo colaborando en las necesidades de los suyos, pero, aunque el cuadro sea virgiliano, lo que tocaba era aprender. Pasa brevemente por el Colegio de Santo Domingo, en Orihuela; lee en la pizarra de las rocas, de los árboles, de las flores, de la naturaleza... sabias lecciones de cosas del campo –de la vida-. Luego explora otra lectura, las páginas de los libros: “Lo primero que leí fueron novelas de Luis de Val y Pérez Escrich”, dirá Miguel; y después, Cervantes, Lope de Vega, Gabriel y Galán, Gabriel Miró...Y las tertulias en la panadería de los Fenoll, constituidas por un grupo entusiasta, con ansias de crear, vivir y soñar escribiendo (entre ellos, el gran amigo que como el rayo se fue, Ramón Sijé, a quien evoca en la célebre elegía: “Yo quiero ser llorando el hortelano/ de la tierra que ocupas y estercolas,/ compañero del alma, tan temprano./..(.). Un manotazo duro, un golpe helado,/ un hachazo invisible y homicida,/ un empujón brutal te ha derribado...).
Simbólica y ricamente humana es la trayectoria poética del oriolano Miguel Hernández. Con tres heridas llegó, síntesis y avance de su producción: “Llegó con tres heridas:/ la del amor,/ la de la muerte,/ la de la vida...”. Repica sobre el metal puro de las vivencias con un canto lírico-épico, hurgando en los umbrales del alma: “Que mi voz suba a los montes/ y baje a la tierra y truene,/ eso pide mi garganta/ desde ahora y desde siempre”.
A la sombra de la higuera en su casa natal, debidamente reconfortados con el eco de su voz, bebamos unos instantes los vientos de sus pensamientos, acendrados pararrayos de chispas humanas; como por ejemplo, el siguiente soneto El rayo que no cesa: “Umbrío por la pena, casi bruno/, porque la pena tizna cuando estalla/, donde yo me hallo no se halla/ hombre más apenado que ninguno./Sobre la pena duermo solo y uno,/ pena es mi paz y pena mi batalla,/ perro que ni me deja ni se calla,/ siempre a su dueño fiel, pero importuno./ Cardos y penas llevo por corona,/ cardos y penas siembran sus leopardos/ y no me dejan bueno hueso alguno./ No podrá con la pena mi persona/ rodeada de penas y de cardos:/ ¡Cuánto penar para morirse uno!
M. Hernández transita por la senda de Pablo Neruda -la denominada poesía impura, en las antípodas de la pura de J.R. Jiménez-, y con la fuerza de la naturaleza de V. Aleixandre. Se establecen en su mundo creativo diferentes etapas: influencia gongorina –Perito en lunas-; poesía militante -Viento del pueblo-; la fuerza del amor –El rayo que no cesa, El silbo vulnerado-; y la època de la contienda civil –Cancionero y romancero de ausencias-.
El soneto ofrece una honda herida en el alma, y utiliza adjetivos cultos apuntando al estado anímico: “umbrío” y “bruno”; y la palabra clave “pena”, que repite nueve veces como sustantivo, y dos más como verbo y adjetivo: “penar” y “apenado”. Aquí expresa, hiperbólicamente, toda la pena que le quema, con expresión dura, áspera; con abundantes consonantes nasales y vocales graves o neutras, que conforman un texto pausado y solemne. Los versos tienen sentido completo cada uno por separado y no hay encabalgamiento; predominan las oraciones coordinadas y yuxtapuestas, la construcción bimembre, reiteraciones semánticas: umbrío-bruno, cardos-penas, solo-uno (intensifica el sentido dolor). Los recursos metafóricos corporeízan el concepto del dolor: la pena tizna, el lugar de reposo y relax, un perro fiel, cardos y coronas, leopardos. Utiliza algunas expresiones coloquiales como: no me dejan bueno hueso alguno, morirse uno; antítesis como: paz-batalla, fiel-importuno.

lunes, 3 de mayo de 2010

El bosque


Miró con cierta envidia a sus amigos que, ya subiendo a la nave, se volvieron para saludarle, ellos tenían un lugar al que regresar.
Su hogar, sin embargo, estaba aquí, en lo que quedaba de lo que pareció que era todo, y resultó, al final, no ser nada, apenas una vacía ilusión colectiva.
Tomando a Soraya de la mano regresó, cabizbajo, al bosque.
No se lo pensó dos veces y se tiró al monte de la vida, un auténtico bosque donde las fieras andan sueltas y los desvalidos son la presa que devoran sus colmillos y van aniquilando lo que se encuentran a su paso. La envidia no le abandonaba ni siquiera en primavera pues era muy fuerte para él, aun cuando la naturaleza se visttiera de nuevo y respirasen los árboles escondidos en el bosque un poco mejor. No podía dejar de pensar en ello porque le conturbaba enormemente el ánimo y se colocaba de espaldas a la sociedad, en plena soledad al haber perdido además a su madre, a parte de otras cosas, por el ataque de una maldita enfermedad. Por eso seguía bañándose en las aguas de la incomprensión en busca y captura de respuestas gratificantes que satisficieran sus graves inquietudes, que no recibían atisbos luminosos por ningún resquicio en la selva en que habitaba.
Un auténtico bosque. La ley del más fuerte. Camina o revienta. Así todo en su hogar era un confuso aturdimiento sin ilusión ni humana compañía, viviendo un ambiente tétrico y lúgubre atrapado entre la maleza de la penuria que le rodeaba por los cuatro costados, pero que sin embargo lo prefería a la llegada de los leones y el resto de fieras, porque entonces su mirada se tornaba turbia y perdida por la amargura, sin ánimos para pelear por la defensa de sus derechos.
Él quería salir de aquel maldito atolladero, pero los medios de los que disponía eran precarios y no le prestaban la necesaria ayuda para emprender la huida a otros parajes con más corazón, rehaciendo sus ansias de vivir con otros amigos que no fueran fieras, que le prestaran un poco de cariño, una pizca de compasión que era de lo que adolecía y así levantar cabeza.
Soraya lo dejó a su suerte al poco de cruzar la esquina de los treinta y rehizo su vida con otro, pero él no llegaba a vislumbrar un horizonte limpio por donde dejarse llevar a fin de respirar tranquilo, que le alentasen en aquellas circunstancias para sobrellevar las tormentas por las que atravesaba, que arreciaban por momentos desde el día en que se quedó prácticamente solo.
Los amigos que se despidieron de él gozaban de una brújula, de un proyecto seguro en sus manos, como acaso era reunirse de tarde en tarde en un lugar acordado conversando sobre lo que más les inquietaba, o pasear por entre el verde de la campiña, tomando sus tentempiés y no padecían los sangrientos disparos del desamparo y la manutención. Sin embargo él se las veía y deseaba para satisfacer sus necesidades más perentorias.
El día de la despedida sintió lo peor, que el pecho se le cuarteaba como una roca por los efectos volcánicos, a causa de la cruenta rabia que le reverdecía a flor de piel, de modo que se pegó un mordisco en la muñeca queriendo poner tierra de por medio y vengarse a su manera de la estupidez que había cometido al no haber intentado irse con ellos aunque fuese de polizón y hubiera tenido que buscarse la vida en alta mar asaltando barcos como acendrado bucanero, pues a fin de cuentas resultaba que eran sus amigos de toda la vida y perderlos así por las buenas no le iba a reportar muchas ventajas, y menos cuando intentara abrirse camino en los quehaceres y necesidades del día a día; eso lo reiteraba cada vez que rememoraba el día de la despedida.
Durante un tiempo estuvo saboreando las mieles de la vuelta de su amor, pensando que a lo mejor volvía a su compañía, apoyándose en los buenos momentos que habían gozado juntos, y que tanto le costaba olvidar por lo bien que se entendían en aquellas dulces noches de abril en que el cielo como un capullo se abre de par en par mostrando las esencias de la madre naturaleza, exhalando un ardiente calor, sobre todo cuando cada uno ponía de su parte aquello que a ciencia cierta sabía que era lo que estaba esperando, la ternura que brota del interior.
Eso ya lo había soñado en múltiples ocasiones, pero por ciertos conjuros del destino hicieron que la cosa no funcionase entre ellos y Soraya se apartó de su camino, no se sabe si un tanto descaminada, lejos de lo que el sentido común le aconsejara; no obstante hay que reconocer que cuando a él se le desparramaba el flequillo por la frente se erizaba de tal forma que quedaba al descubierto exhibiendo sus torpezas, y los vientos se torcían bruscamente y no le cuadraban las cuentas del amor ni cuajaba ninguna de las propuestas que ambos se habían prometido recíprocamente.
Cuántas veces soñaba con irse a una isla desierta, lejos de la umbría del bosque y pasar los días que le quedasen de su existencia disfrutando de una soleada y auténtica paz, de una sempiterna bonanza sin más enemigos al acecho que el sol, la brisa y la serena noche proporcionándose a sus anchas el propio sustento, y solazándose anunciar a al mundo con todo su ímpetu, soy un ser libre, viva la libertad.

martes, 27 de abril de 2010

Impotencia




Llevaba en aquella situación demasiado tiempo. Sin saber cómo ni por qué.
Su poder de decisión había sido sustituido por una especie de corriente vital que la conducía siempre al mismo lugar, al punto de partida, y cada vez que intentaba dar un paso hacia delante hacía el recorrido a la inversa, como los cangrejos.
Como si un potente imán la atrajera continuamente a su centro, por más que intentara sin remedio luchar contra esa fuerza invisible. Se preguntaba si habría llegado a ese crucial momento en el que ya es la vida la que tiranamente decide sobre nosotros y no nuestra voluntad. Se preguntaba si en el infinito devenir de lo cotidiano su poder de decisión había quedado anulado, aplastado, aniquilado.
Recorrió con el dedo meñique de la mano izquierda un plano de los lugares más frecuentados en los últimos lustros y se detenía a conciencia en los más punzantes revisando punto por punto los rescoldos que pudiesen quedar de todo aquel embrollo que le atizaba en el subconsciente como un fuego haciendo astillas sus mejores sueños y aunque nunca daba nada por perdido no daba con la clave de las desdichas.
El caso era digno de estudio en un laboratorio o exhibirlo en los foros más eminentes, porque cuando pensaba que ya lo tenía todo resuelto surgía la inminente contradicción, el suspense en el compás, un ligero fogonazo y le deshacía por completo lo que hasta el momento había construido con toda la emotividad y pulcritud del mundo, siempre sin perjudicar a nadie. Eso sí, antes consentiría amputarse un miembro que caer en semejante lodazal, barruntando horrorosas maniobras para derruir la estructura de una criatura por algo ajeno a ella, quiérase o no. Ese proceder estaba aquilatado en su perfil ético, seguía la doctrina de los filósofos de la antigüedad clásica procurando llamar a las cosas por su nombre, al pan pan y al vino vino, guardándose muy mucho de no suplantar a nadie en el esplendor de las tinieblas, o a la luz del día mediante recónditos tejemanejes que al fin de cuentas no aterrizarían en ninguna parte del planeta echando por tierra incólumes ideales.
Pero no estaba aquel día para repartir agasajos y se dispuso a derribar cuanto caía en sus manos o topaba a ras de tierra por si acaso, todos los entramados y entuertos escudriñando en los subterfugios que cimentan las más atroces de las falacias o mezquindades humanas que le machacaban sin piedad. La incógnita seguía flotando en la penumbra, interrogándose por qué daba un paso hacia delante y dos para atrás, y anhelaba descascarillar el caparazón que ocultaba este maremagnum de manera que arribase luz a sus circuitos interiores y le demostrase palmariamente el quid de la cuestión.
Echó un vistazo a su programación y comprobó que se atenía a la norma diseñada; desayunaba a conciencia, como dios manda, siguiendo los pasos de su abuela, tostadas con aceite y jamón de la sierra y el hirviente y negro café que salía a borbotones de la vieja cafetera armando un horroroso estruendo que rememoraba la máquina a vapor del tren de mercancías que cruzaba su barrio con aquellas escandalosas volutas de humo que dejaban a la gente patidifusa, y añadía frutas del tiempo que le levantaba el ánimo y de camino completar una adecuada nutrición vitamínica; a medio día se apuntaba a lo más estricto, lo que se toma generalmente en el almuerzo siguiendo las pautas, en caso de duda, del endocrino cuando las circunstancias así se lo demandaban, de suerte que no había resquicios por donde pudiesen horadar su blindada vida, tan sensata y tranquila, y ni por asomo aparecían señales en que de improviso le doblegasen los argumentos o ahondaran en las debilidades, dado que a cada paso que daba aplicaba un control sumarísimo, por lo que era prácticamente imposible que en un descuido la neutralizaran, pero que sin embargo aquellas enquistadas sanguijuelas invisibles se las arreglaban sin saber cómo para minar la energía escalando progresivamente su esqueleto hasta las últimas consecuencias subiendo al mismísimo cerebro, y sin que hubiese motivos fehacientes que aquilataran la pólvora requerida para volar sus raíces volaban, si es que se puede apuntar tal atisbo, pero no había en el fondo duende por potente que fuese que alzara un dedo en contra de sus procedimientos tan severos, antes bien los endiablados duendes o los seres más reales le daban toda la razón en sus idas y venidas, en sus entradas y salidas, incluso más si cabe ya que todos los resortes y las artimañas más sutiles los guardaba en lo más hondo de las entrañas , y que se sepa hasta la fecha los conductos vitales estaban en regla, anotándolo todo en la sigilosa agenda con pastas doradas que portaba en el bolso, detallando todas las mezquindades que iban a remolque por entre los agujeros del recuerdo y revolteaban en sus mismas narices.
Por todo ello las oquedades que bailaban en su misma coronilla no había bicho viviente que se atreviese a desempolvarlas, incluso presentando de repente quijotescas batallas campo a través. Pero después de verificar las pruebas pertinentes y prodigar sutiles aldabonazos en el portón de la torpeza se vislumbró en lontananza que la hecatombe crecía viniendo a caballo o a contra pie –sic- o a escondidas enquistada donde menos se esperaba que aconteciera fulminando las refulgentes mañanas que sin duda ni el mismo Salomón con todo su bagaje de sabio hubiese sido capaz de descifrar, dando en el blanco, y lograrlo con precisión y cordura.
Vino a descubrir sin quererlo que cerca de su morada había un gimnasio con todos los enseres en perfecto uso, detalle en que con la premura cotidiana y el estrés que le acuciaba nunca había caído en la cuenta, y mira por donde lo tenía al alcance de la mano, tan sencillo y a un paso de la puerta de casa, y podría dirigirse sin problemas hacia él sin mirar para atrás en pos de un futuro más halagüeño, y allí sudando la gota gorda rebajar grasas, o enderezar las torcidas pisadas que le desquiciaban las piernas y fortalecer los músculos que por algún desliz anduviesen renqueantes o anquilosados, y navegar por esos mundos a pecho descubierto aunque fuese a veces a la desesperada pidiendo auxilio o algo de consuelo. Una vez asimilado lo anterior se introdujo en ese bálsamo vivificador expiando los malos humores que la humillaban, los ronquidos sordos respirando cada vez mejor, pero de súbito una mañana, sin saber cómo, de nuevo la atrapa la trágica impotencia, volviendo a tropezar en la misma piedra, aunque por las noches se sacudía los ramalazos y aminoraban las calamidades que la zaherían durante el día acudiendo a su ventana bocanadas de aire fresco, casi milagrosamente, como si fuese tornando en un color claro el oscuro aliento que exhalaba pese al estado depresivo que mostraba. Sin embargo al día siguiente vuelta a empezar y se retorcía de rabia echando espumarajos por la boca o se mordía la lengua porque unas malditas musarañas, cual minúsculos insectos, o tal vez los malos olores le hacían añicos los avances conseguidos y recaía en la pocilga del día anterior.
Estuvo deliberando cómo meterle mano al asunto y se dedicó a recorrer los parámetros más relajantes y brillantes por su prestigio internacional siguiendo las flechas de las isobaras de los mapas, aquellos que le recomendaban sus asesores más eximios, pero su psique, trucada como estaba y tocada por mil descompensaciones, pasaba del asunto y no daba opciones para adentrarse en la esencia y desembarazarse de una puñetera vez de aquellas escamas adheridas al frontón de su pensamiento de suerte que galopaban mentalmente palpando el agarrotamiento en que se movía al desplazarse de un lugar a otro.
Intentaba cargarse los vínculos a patadas, a mordisco limpio y finalmente se resignaba a las contrariedades deshecha, en estado sangrante y no tenía arrestos para luchar contra tales ogros provenientes de algún chamán u oráculo que le hubiese tendido una trampa en su fluctuante y cansino deambular por la rutina diaria. Además todavía era joven y, teniendo toda una vida por delante, no podía arrojar la toalla; por otra parte no poseía la picaresca de un currículo comprometido tan grueso como para cosechar tanta mugre hostil en los frágiles pies que marcaban su ritmo, sus pasos como un perverso marcapasos en el corazón que quisiera tumbar al paciente ejecutando las pulsaciones en contra de su misión de salvar al órgano y cumplir las funciones para las que había sido instalado.
Las carencias generalmente le dañaban el hipotálamo e incluso el espíritu, porque siendo una persona de buenos principios y perfección contrastada, no obstante si lo que practicaba era el bien o el sentido común entonces no había forma de tildar de contratiempos o aberraciones lo que le acaecía, eso era una nauseabunda estupidez.
La empatía con extraterrestres tampoco podía ser una justificación aunque la animaban sobremanera en horas de inspiración, porque la impulsaban a recurrir a recursos extravagantes que estaban descartados para el resto de los mortales, pero lo había desechado tiempo ha debido a que no le compensaba tal conducta tan obsesiva, ya que no le solventaba nada, y se lanzó al callejón de la vida, a las puertas de los enigmas presentando una pugna sin tregua a todo aquello que se interpusiese entre la potencia y el acto.
Deseaba echar el ancla a tope para no zozobrar en aquellas turbulentas aguas, empezando a bucear con arrojo buscando los restos de sus ancestros, células dispersas acordes con su idiosincrasia indagando en los abismos de la existencia a fin de extraer lo más lúcido que pululaba en las interioridades y de ese modo subvertir el ingrato enigma que la cubría de pies a cabeza, una vorágine de dislates que brotaban en la superficie al contacto de la suela de sus zapatos por donde pisaba que le impedía avanzar.
Se sentía presa en sí misma, imposibilitada en sus cinco sentidos. Era víctima de la acción de las fases de la luna con la pleamar y bajamar que acentuaba o atenuaba los efectos de sus instintos, elucubrando que estaba encerrada en la celda del panal de la existencia con una camisa de fuerza labrada con mil cuchillos y se negaba a continuar por esos derroteros, y la puntilla llegó cuando le espetaron con poca gracia entre los vecinos que les había sucedido lo mismo a sus antepasados, y recordaba a su abuela cuando le contaba cuentos al calor de la lumbre en tardes de crudo invierno, transmitiéndole que cuando ella era una niña pequeña sentía unos pálpitos en su cuerpo bastante raros que la zarandeaban de un lado para otro sin que pudiese poner remedio ni avanzar al paso que retrocedía y todo ese maremoto le ocurría en contra de su voluntad. Escenas todas ellas que no diferían apenas de lo que le acontecía a ella.
De todas las maneras se había propuesto romper con la tradición derribando con toda la metralla del mundo muros y hostilidades con la ayuda de la estrella polar que le infundía nuevos bríos, era su estrella preferida pese a haber nacido con mala estrella, antes de verse aprisionada en las mismas necedades y adversidades que soportaron sus ancestros.
Se preguntaba llena de asombro cómo era posible que le sucediesen semejantes monstruosidades precisamente a ella en el siglo veintiuno, sabiendo que todos somos dueños de nosotros mismos y con los mismos derechos, naturales y sobrenaturales, o quizá no por lo que aquí se advierte, porque no hay que olvidar que las hecatombes arriban por sí solas.
Se puede tolerar que si amas el peligro y lo buscas perezcas en él, pero si lo evitas la mano negra se debía desvanecer o cortar como mala hierba y dejar que crezca radiante la luz y la esperanza.
Un día en las postrimerías de los últimos pasos le vino a la memoria el célebre proverbio, “el querer es poder”….y sin más circunloquios se puso manos a la obra.

sábado, 17 de abril de 2010

Evocando a Cervantes en el día del libro



Era preciso desencantar a la sin par Dulcinea. El mesmo don Quijote teníe muchas dubdas de que anssi fuesse y sobre el estado en que se hallaría.
En medio del revuelo que se armó en esas circunstancias dixo don Quijote: sabed vuestras mercedes que mi amantísima señora, dechado de singular simpatía y belleza y por la que soy arrastrado a recorrer inhóspitos territorios y países cuantos haya menester por escrutar su paradero atravesando castillos, calles y plaças por hallarla viva, e buscando de camino un médico que la levantase del postrado estado en que se encontraría imponiéndole las manos o administrándole algún ungüento milagroso que le hiciese volver en sí y anssí vivir feliz soñando en grandes venturas.
Sancho que está escuchando las proposiciones y agudos argumentos de su amo rascándose el cogote le dice apresurado: querido don Quijote, non sé commo fazer para solventar questa inquisitoria por su parte para satisfacer vuestras ansias de restablecer de esa guisa lo anterior y tornar al estado primigenio olvidando todo lo acaecido y mostrando anssí una fuerza suficiente para que honestamente salga a la luz todo el embrollo asaz contenta e segura porfiando por una auténtica libertad y sigamos en la travesía como antes lo veníamos faciendo y lo ficieron nuestros ancestros.
Todos los avatares se ficieron a la luz de la luna no sabiendo la estoria verídica de lo que aconteció tanto a ella como a los acompañantes, pues fueron sorprendidos en pleno bosque perdiéndose entre las malezas y la espesura que por allí reinaba raptando a Dulcinea en un pis pas, que por ser bien criada y de familia de alto abolengo no respiró y permitió sin resistencia ni quejidos que la atasen de pies y manos y se la llevasen de esa guisa sin grandes alharacas ni sollozos como si fuesse socorrida por aquellos malvados melindres.
A ciencia cierta que la escondieron en algún refugio de los que ellos frecuentan día y noche pero de todas formas un sitio desconocido ubicado en alguna facienda del espeso bosque, porque ella con mucho sigilo non quiso inmiscuir a los demás en aquella mala faena. No obstante ella fazía lo indecible por no dexarse abrazar por ellos, pero les había prometido que si la entregaban a su señor sana y salva no diría nada en su contra dellos. Las huestes que les seguían los pasos entraron en la facienda con los criados que les acompañaban, sus fijos y algunos ricos omnes e hidalgos que por allí cazaban, e dixeron al jefe del grupo de viva voz: soltad cuanto antes a Dulcinea, cobardes, porque corréis el riesgo de ser atacados por nuestras mesnadas, al frente de las cuales vendrá el inmortal e insigne caballero andante don Quijote, grant conocedor de los mayores subterfugios habidos y por haber, vencedor de mil batallas, que donde pisa no vuelve a nacer la hierba, y en consecuencia será irremediablemente buscada y hallada para vuestra perdición.
Alguien apuntó sotto voce fasta llegar a oídos del jefe de los bandidos que el que los arrasaría sería el propio prometido y enamorado de Dulcinea y lo más probable es que incendiase sus posesiones y aniquilaría todo cuanto poseyesen esquilmando las tierras como nunca jamás habían imaginado. Ante tanta presión y buen aprovisionamiento de los enemigos ellos contestaron que sólo querían agasajarla y ofrecerle parabienes y buscarle un lugar seguro donde las fieras del bosque no la devorasen ni algún desaprensivo le causase daño alguno.
Oído lo cual, finalmente don Quijote dixo: ¿quién sodes vos, caballero, e qué habéis venido a buscar en estos pagos que tan ingratamente los estáis tratando. Pensad que yo vivo plácidamente conforme a la ley y me dedico a hacer el bien a los necesitados y no puedo consentir tales desmanes, sea quien fuere la víctima.
Toda la comitiva desplegaron velas y comenzaron a desentrañar la sua ruta por do habían huido con la doncella, pero no husmeaban ni la más mínima huella de semejantes forajidos. Entonces en la lacería que padecerían y en la angostura de la senda por aquellos andurriales, allí se expresaron anssí: qué breve y diminuta es la estancia acompañada de bienaventuranza y felicidad en este oscuro mundo. E reflexionaron sobre los deleytes de la vida que ha sabor el ánima y continuaron preguntándose ¿cómmo sucede esto agora tan ominoso y forte que transporta al ánima a la pena perdurable?
Al cabo de un lapso de tiempo se oyó el rebuzno de un asno, lo que no quiere decir que cualquier omne tenga por dulce y atractivo algo que es desagradable y estridente llevando un dulzor que se convierte in ipso facto en grant amargura, porque el borrico andaba suelto y lejos de la mirada de su amo al haberse escapado de los dominios de Sancho, que habiéndose quedado dormido aflojó el ronzal y el animal puso tierra de por medio. Pero la cosa no quedaba ahí porque los rebuznos que se oían cerca eran del propio Sancho imitando al jumento como reclamo a ver si tornaba a su redil, a manos de su amo, que se hallaba en una profunda depresión, pues andaba con los calzones caídos y descalzo por las rocas de tanto trotar por aquellos cerros luchando con rebaños de ovejas que se interponían a su paso.
Mientras tanto don Quijote estaba arengando a unos molinos de viento que por allí se movían amenazándoles de muerte, que serían pasados a sangre y fuego si no obedecían sus órdenes, pues consideraba que eran cómplices y peligrosos enemigos, que tal vez, a su modesto entender, serían los verdaderos raptores de su amada señora, y no los pusilánimes vasallos que se escondieron en los refugios de la intrincada montaña.
Ante el temor a que el caballero andante ficiesse una de las suyas, según acostumbraba y temblase el orbe, se fueron amansando y ablandaron sus corazones y dicho y hecho, y al momento apareció Dulcinea ante los ojos del caballero enamorado y la concurrencia más radiante y bella si cabe que antes de su cautiverio.
A parecer la alimentaron con pócimas elaboradas con hierbas extraídas del mismo bosque, que la fizo despertar del encantamiento siendo la envidia de todos los presentes luciendo más que el astro rey.
Y para olvidar todo estos tejemanejes y trapisondas de martirio al que se vieron sometidos, una vez recuperado el asno Sancho, apresuróse a que preparasen unas buenas viandas, empezando por salpicón y queso manchego, brindando con buen vino de la tierra por el feliz desenlace después de toda esta rocambolesca y disparatada tramoya.