sábado, 26 de junio de 2010

Ensoñaciones






Serajaugsol, aunque pequeña se consideraba una gran urbe situada en un enclave escarpado y montañoso. De origen morisco, fue un emporio de primer orden en su época de esplendor al menos a ojos de los residentes pese a no sobrepasar las tres mil almas. Albergaba en su jurisdicción un sinfín de excelentes cultivos y comodidades que seducían al más exigente hasta el punto de fomentar la envidia de los pueblos limítrofes. Gozaba de gran bonanza, de abundante agua, fresca y cristalina, que manaba de la misma mina del barranco que lo abraza por el costado derecho, encontrándose a menos de trescientos metros y con la cual saciaban la sed del cuerpo y las ansiedades del espíritu.
Conservaban la mayoría de las tradiciones y se reconfortaban sobremanera mitigando las desdichas con mucho amor. De la mina manaban a su vez comprensión y consuelo para las muchachas que acudían con los cántaros sedientos a llenarlos del generoso elemento.
Allí la gente se descalzaba alegre por la calle, se soltaba el pelo plácidamente sacudiéndose el polvo de los zapatos o las miserias que le brotaban interiormente, los secretos, las rencillas entre iguales, o las aventaban a la intemperie en las aireadas eras que se erigían a lo largo y ancho del desnivelado campo.
Las costumbres persistieron durante varias generaciones. Así los quintos celebraban el peculiar ceremonial el día del alistamiento degollando un cordero o una altiva cabra siendo cocinado por las ásperas y arrugadas manos de hombres curtidos en mil batallas -Marruecos, Cuba, Filipinas, Países Bajos o la misma piel de toro-, pero se fueron viniendo a menos y acuciados por la necesidad extrema ello cristalizó en fugas masivas a la Europa Verde, a tierras norteñas o a la otra orilla del charco en la década de los cincuenta y sesenta. Buscaban un nuevo amanecer, unos suculentos ingresos que les permitiesen cabalgar indemnes por el lodazal reinante y abastecerse de materia prima extraída de aquellos territorios hasta entonces desconocidos por ellos.
Posteriormente retornaron con los rostros sonrientes a la tierra madre, la que les vio nacer. Poco a poco fueron adquiriendo un cachito de huerta por acá, un terrenillo de vega o secano por allá, y los enseres de las casas los fueron adecentando y renovando cada uno a su medida, generando chispeantes alicientes que aliviaban la desazón de las cuestas –también la de enero, cuyo frío los achicharraba- que por doquier proliferaban.

Las costumbres se mudaron con el paso del tiempo. Los gustos tenían otro color, aunque el sol asomara siempre por el mismo lugar. La historia tiende a repetirse. El ser humano sigue tropezando dos veces en la misma piedra. Y entre dimes y diretes la desconexión creció echando raíces donde menos se esperaba y se expandió por inverosímiles vericuetos.
Y saltaron a la palestra la ambigüedad y la doblez. Se robusteció la endeblez de la cabeza humana. Así ocurría que unos vecinos pasaban por la calle de tapadillo pensando en las labores que debían ejecutar ajenos a los demás, otros cruzaban la calle principal disfrazados, con la cabeza apuntando al cielo en actitud chulesca y desafiante, a lo mejor rumiando grandes hazañas. Algunos ya ni se saludaban entre sí o como mucho esbozaban un gesto seco, hueco, mirando para otro lado como si fuesen a hurtarle la cartera o los rayos de sol que les iluminaba, el sol radiante que encendía la mañana.
Un cojo pasaba irradiando desasosiego con aire malhumorado, molesto por toparse con el panadero, que acaso venía masticando chicle o pesadillas o fantasías rotas en el espejo de los días, porque en reiterados sueños se le había aparecido como enemigo irreconciliable. Una mujer con larga cabellera, un oscuro lunar en la mejilla y la nariz torcida por una desafortunada caída daba la mano a los haraganes que vagaban silenciosos por las esquinas; unos cuantos mozalbetes daban los buenos días a unos soberbios carniceros que se subían a lo alto de los árboles amenazantes; el maestro mendigaba paciente a la puerta de unos mendaces iletrados. Eran distintos episodios o facetas de sueños o pesadillas que se concretaban en la rutina diaria.
En ciertas ocasiones el caldo de cultivo consistía en sentirse atrapados por un traidor, o simplemente haberles mojado la oreja en una horrible correría nocturna de juventud al punto de haberles atravesado la afrenta el corazón.
Rememoraba algún desconocido en primavera que había sido maldecido por los ojos de un bizco que se agitaba evanescente perdonándole la vida.
Una joven cruzaba por la calle con minifalda y tacones de aguja, con aires sensuales y de súbito un transeúnte imaginó a Marilyn Monroe al alzarle la falda una nerviosa brisa vespertina mas una tormenta inoportuna comenzó a disparar de repente su artillería de truenos y relámpagos acabando con los amores del sueño.
De cuando en vez esos chisporroteos –soñados, imaginados?- decretaban el comportamiento y despertaban la curiosidad del viandante en tales instantes tan extraños dejándose arrastrar a un mar de ilusiones compartidas o de odios irreconciliables o de tiernos atardeceres en la alborada de la existencia.
Si hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de amor, de persecuciones, de simulaciones, de malentendidos, de choques, de opresiones, y el carrusel de las fantasías se detendría.

miércoles, 23 de junio de 2010

El gusto



Los suspiros que últimamente exhalaba Luis al menor descuido le delataban como una persona distinta. Quería saborear nuevos bocados, otras caricias, exquisitos helados italianos ricos en sabores. Algo se cocía en su mente. Las actitudes sugerían unas perspectivas innovadoras y atrevidas utilizando inusuales prendas de vestir con agujeros y múltiples ochos que nunca había sido capaz de ponerse dejando a amigos y familiares estupefactos.
Se preguntaban extrañados por sus raíces. En esos momentos desconocían los gérmenes que se habían incrustado en sus células con tanta pujanza que lo arrollaban sembrando en su hábitat raras semillas que producían exóticos frutos que hasta la fecha había minusvalorado y no cuadraban en su puzzle.
Evocaba de vez en cuando los secretos que lo bombardearon en los años de infancia y adolescencia y que aún recordaba con interés queriendo desentrañar los misterios de la vida, los cimientos de la naturaleza, la sexualidad o aquellas frases que pronunciaban los adultos, los malentendidos con otros de su edad, los contratiempos advenedizos con los que participaba en el juego en su barrio que le doblaban la edad y se quedaba casi siempre en la duda, sin poder aclarar tantos subterfugios, tantos ocultamientos.
Hubo una época en que se interrogaba por qué la gente se moría, por qué no entendía el comportamiento de los mayores, por qué los niños tardaban tantos meses en nacer, o cuánto tiempo tendría que transcurrir para aprehender las esencias de los acontecimientos que sucedían en su entorno.
En el fuero interno mantenía una agria pugna consigo mismo pensando que eso le ocurría por ser distinto a los demás, y recibía como recompensa el ser tratado como un intruso a quien había que fulminar por ser un fastidio para la buena marcha de la sociedad, y en consecuencia se le negaban los más elementales derechos de las demás personas, o bien que había venido a este mundo por error, por la horrorosa puerta de atrás contraviniendo la voluntad de los progenitores, motivo indiscutible por el cual nadie apostaba por él, y por consiguiente era merecedor de ese galardón, negándole el pan y la sal, los pilares de la existencia.
Atisbaba soterradamente que no acababa de descubrir un lugar ameno en este mundo, concluyendo que su supervivencia iba de mal en peor hasta el punto que poco a poco se fue impregnando de una tersa negritud donde estaba sin estar, inmerso en episodios en los que se veía comprometido sin querer y de donde parecía que la tribu urbana le quería expulsar volviéndole la espalda, lanzándole una cascada de despropósitos, levantando fríos muros a fin de que la criatura no creciera impidiendo que desarrollara un mínimo andamiaje, el tronco que le ayudase a nutrirse, a desvelar los secretos que se cernían sobre su cabeza con persistencia.
En la escuela casi todo lo concebía muy lejano, ajeno, como los mismos territorios y ríos que representaban los mapas colgados en la pared por el maestro, que los iba señalando con la regla y que él se imaginaba que era un juego imaginario de rayas, manchas de distintos colores que habían pintado en una cartulina para distraer y entretener a los niños en el colegio,y lo mismo que en los juegos unos ganan y otros pierden, o acaso recibía un reglazo en la palma de la mano o en el trasero si no era enviado finalmente a un rincón por no acertar el secreto del juego que allí se estaba realizando.
Lo que no sabía el maestro era que ese alumno tenía en su mente tantos secretos y pensamientos furtivos que lo asfixiaban y no podía seguir las instrucciones del juego que se estaba ejecutando ensimismado como estaba en hallarse a sí mismo y desplegar velas intentando arribar a buen puerto, lleno de luz, donde le descorrieran el velo de la ignorancia y gozar de las historias a plena luz del día sintiéndose tranquilo, con la satisfacción de haber despejado en buena medida parte del oscuro mundo que lo envolvía.
Así transcurrían los inviernos y veranos hasta que llegó el momento en que no podía disimular por más tiempo aquellos trechos inescrutables que guardaba en secreto. El amor que sentía por Nani casi sin pretenderlo le hizo una persona atractiva, nueva, sugerente palpándose en la distancia.
Nunca hasta entonces se había mostrado tan exquisito y galante con las mujeres, vistiendo corbata de seda y pañuelo al cuello haciendo juego y un moderno peinado de cresta que le atenuaba la prominencia de la puntiaguda nariz exaltando las dotes de ser inteligente y amable, sobre todo cuando se recreaba en presencia de su amada; era digno el comportamiento cuidando hasta el mínimo detalle las miradas y carantoñas con que la obsequiaba, parecían escenas robadas de películas inmortales; y no hablemos de sus sutilezas y aplicaciones, llamaba poderosamente la atención el que no diese ni un paso sin ella a su lado, quién le ha visto y quién le ve, pensaban los suyos, como ir a la librería, a la playa, de compras, a la cafetería o a cualquier evento cultural; siempre se movía al son que ella le marcaba. Todos se quedaron atónitos al descubrir el cambio tan grande que había experimentado.
La cosa no tiene vuelta de hoja, son los insondables caminos del amor y sobre gustos no hay nada escrito.

sábado, 19 de junio de 2010

África




Antes de África no había nada en su vida. Los días se sucedían sin ningún aliciente, vacíos y sin norte, entregándose al viento que llegase a su ventana. Vivía tanto hacia fuera que no era consciente de lo que poseía en su interior. De tanto subir, bajar, ejecutar, comparar, parecer, representar, cumplir, agasajar, se olvidaba ser.
Miraba sin mirarse, soñaba sin soñarse, juzgaba sin juzgarse. Cada jornada dedicaba más atención y energía a lo que le rodeaba y menos a sí mismo. Olvidaba hundir los dedos en la arcilla del alma y sacar el jugo de la sustancia que hervía en su interior. Por ende se descompensaba sobremanera al no valorar las vibraciones de los sentimientos.
No obstante el fútbol era lo suyo, lo que le encendía el ánimo y marcaba el rumbo. Por lo tanto mentía al afirmar que no había nada al inicio, ya que se volvía loco haciendo la ola en el campo y bullía en su mente el regocijo de hincha vociferando en el estadio o lanzando objetos o exabruptos al árbitro al considerar que el equipo se iba a pique por la actuación arbitral no logrando aplastar al rival, lo que desencadenaba un rencor hacia el juez de la contienda, catalogándolo como persona no grata o traidor, un judas que debía ser quemado en la hoguera de la noche de San Juan, y la situación se repetía al señalar una falta contra los suyos.
Casi siempre era el primero que se enfundaba la metralleta de las palabras y empezaba a disparar en todos los frentes; casi nunca permanecía indiferente al sonar el silbato mostrando la cartulina a alguno de su equipo. Estos acontecimientos marcaban su vida, era la hoja de ruta. En la cocina tenía un calendario donde aparecía marcado con rotulador rojo los días cruciales en que su equipo se la jugaba, y era raro que no pasase las semanas enganchado a las redes deportivas arrastrado por el gusanillo de la incertidumbre hasta el punto de descuidar otros quehaceres más importantes.
Así transcurría su vida hasta que conoció a África. Fue un flechazo. Un amigo que odiaba el fútbol se la presentó en la discoteca, y le entró tan fuerte que le cambió la vida. Cuando iba al bar y estaban ofreciendo algún partido no se atrevía a desviar la vista de África, pero el subconsciente le empujaba al vicio viéndose obligado a mirar a la pantalla de reojo. En tales circunstancias no se atrevía a abrir la boca exclamando a los cuatro vientos ¡g-o-o-o-o-o-o-o-o l!, sino que se quedaba con cara de circunstancias y sin articular palabra rememorando los escandalosos gritos que daba en compañía de los otros hinchas cuando llegaba la celebración del gol.
Antes de conocer a África tenía preparado el equipaje para desplazarse con la selección a Sudáfrica rivalizando con Manolo el del bombo, con la reserva de hotel en el bolsillo para asistir a los partidos del campeonato, pero al llegar el encuentro inesperado comenzó a encontrarse a sí mismo, el conócete a ti mismo del filósofo estando a su vez más cerca de África y de los nuevos aires que se habían estructurado en su interior, cuestiones que antes no sentía por la torpe sumisión a la masa que le hocicaba en los desaforados ámbitos donde gargantas anónimas se desgañitaban en pie de guerra como si se jugasen el ser o no ser en una ruleta cruel.
Antes era transportado por la jauría futbolística a los mares de la incomunicación. La amistad se había resquebrajado demasiado acumulando en su seno una compleja intolerancia e incomprensión que le impedía la más mínima relajación.
El roce de África le había afianzado en el camino, se estaba descubriendo a sí mismo, de manera que fue amasando unas perspectivas que le llevaban más allá de donde imaginaba. Era consciente de que iba madurando y se reflejaba en sus actos. Los días los veía de diferente color, los cambios del tiempo los soportaba ahora con grandes dosis de resignación, porque en estos momentos lo que le movía era una corriente que apuntaba a su interior, a los gustos, a las frustraciones, a sus alegrías más íntimas y estados de ánimo, aspectos que antes desdeñaba perdido en frívolas bagatelas por mor de la moda o por no se sabe qué fuerza exterior.
Por tales motivos no había navegado en su dársena con una entereza razonable, que le permitiese contactar con su ego desmenuzando las esencias que se aglutinaban en el espíritu, el cómo y el cuándo que le conturbaba en un juego de disparatados devaneos formando una dura coraza que le nublaba el horizonte.
Los vaivenes de la vida le habían ido enturbiando las pautas que había trazado, hasta que finalmente se fueron despejando ante el tesón y el amor propio que se generó en su fuero interno urdiendo una estela de felicidad, unas veces dando palos de ciego o una de cal y otra de arena a través de los diferentes habitáculos en los que se cobijó, y otras, por los decisivos embates en los que se vio inmerso.
Aunque busques sin encontrar y aunque encuentres sin buscar, nunca serás feliz si el hallazgo no eres tú.

domingo, 13 de junio de 2010

Pesadilla



Aquel otoño se le torció casi todo. Le tuvieron que enyesar la muñeca apresuradamente por un mal movimiento. El trabajo se le fue al garete por la insensible crisis. La suegra le cantaba las cuarenta al menor descuido, y la vecina del tercero cada día se hacía más insoportable y reacia a deshacerse del horroroso perro que guardaba su mansión. Dominaba por su cuenta y riesgo todo el territorio y no cesaba de crear problemas a diestro y siniestro, cada vez más complejos; cuando no ladraba, escupía a la cara como una persona o arañaba las paredes como un silvestre felino fiscalizando todos los pasos de los comunitarios.
Así que si él abría la puerta y se dirigía al ascensor corría el riesgo de que el pequeño monstruo se le abalanzara, por lo que le entraban unos escalofríos que le dejaban paralizado totalmente tardando horas y horas en volver en sí del pánico que lo cubría, pues pensaba que si el muy sinvergüenza se escapaba de los dominios de la dueña lo destrozaría en un abrir y cerrar de ojos atacándole a traición por la espalda al introducirse en el ascensor.
En semejantes enredos no atinaba con los actos más elementales de los que debía ocuparse sintiéndose impotente, un auténtico impedido a la hora de enfrentarse a tantos interrogantes como le asaltaban en las frescas mañanas cubiertas de hojas secas de aquel hosco otoño.
Durante un tiempo estuvo ponderando las ventajas e inconvenientes que le acarrearían si se alejaba de aquel maldito lugar vendiendo el piso al mejor postor, y trasladarse a otro barrio bien lejos a fin de rehacer su vida, haciendo borrón y cuenta nueva. Así podría navegar por otros mundos, unos nuevos derroteros libres de las amenazas del insensato can, el cual se revolvía como una fiera en su escueto recinto impidiéndole llevar una vida sin sobresaltos, deambulando de aquí para allá tranquilamente como cualquier hijo de vecino.
Resultaba que por los miedos que le embargaban prefería permanecer en casa a todas horas renunciando al trabajo y al resto de compromisos que tuviese que realizar. Se podía decir que vivía paradójicamente en una cárcel sin carcelero estando en su misma casa, debido a que a la hora de salir a la calle topaba con la realidad, pues se materializaban de repente todos sus pesares, y todo por mor de la vecinita que le importaba un bledo que el resto de los vecinos no pudiesen desarrollar sus funciones cotidianas a causa de la desazón que sentían por las actuaciones del indeseable animal, ya que, por si fuese poco, la dueña nunca sacaba el perro con bozal y sujeto con la correa, sino que lo dejaba suelto a su libre albedrío.
Al cabo de un tiempo, y viendo que no podía más, se decidió a denunciar el caso en el ayuntamiento del municipio, pero recibió por respuesta un no rotundo, alegando que la penuria económica por la que atravesaban las arcas en esos momentos les imposibilitaba hacer frente a tal problema al no disponer de personal ni infraestructuras para tal cometido, por lo que la solución estaba únicamente en sus manos, es decir, que hablase con la vecina haciéndole ver que no podía continuar de esa manera con su mascota porque estaba arruinando su vida de forma galopante, si es que se podía denominar así la existencia tan mísera que llevaba, e inculcarle que si no prestaba el menor interés tomaría otras medidas, como envenenarlo en su ausencia o proporcionarle somníferos y transportarlo a un lugar desconocido donde alguien que cruzase por allí se le ocurriera hacerse cargo de él y de esa suerte, acabado el perro se acabó la rabia, ese cáncer que flotaba sobre las cabezas de los vecinos desde que allí se instalara.
Finalmente perdió la paciencia y vendió el habitáculo mudándose a otro barrio de la ciudad ante la falta de apoyo de unos y otros, y de esa guisa lograría vivir la vida en plenitud exenta de furibundas pesadillas.
Decidió seguir caminando. Al fin y al cabo nada tenía que perder y nadie en realidad había asegurado que existiera un fin de trayecto.

sábado, 12 de junio de 2010

Ausencia




Los días pasaban y no le llegaban noticias de su destino. ¿Estaría viva? ¿Se habría ido con otro? ¿Habría sido víctima de algún rapto? ¿Se habría arrojado al mar por un acantilado totalmente ida?
No alcanzaba a atisbar la fórmula que le aclarase tantos misterios en su cabeza en tan poco tiempo.
Para ello se propuso recorrer los parajes más recónditos, los lugares más diversos buscando pistas que le arrojasen alguna leve sospecha del paradero; otras veces se dejaba llevar por la melancolía, por una llamada anónima, o por meras intuiciones cuyos vientos le arrastraban sin darse cuenta como en la selva a la fiera la presa.
Estaba dispuesto a cualquier cosa por tener alguna luz, incluso a dar la vida por ella si fuese menester, aunque puso todo su conocimiento en esa dirección sin renunciar a nada con tal de conseguir que volviese a la morada sana y salva.
En las noches de pesado invierno meditaba profundamente como un monje en el convento analizando de forma meticulosa todos los pasos que había dado en las últimas fechas a fin de que le alumbrasen en el túnel en que se hallaba inmerso. Caminaba torpemente, a rastras por los campos más insospechados y no podía romper el silencio del muro que le atenazaba sin descanso noche y día.
Algunas veces intentaba atrapar a la luna, que se colaba furtivamente en su aposento, con el propósito de arrancarle los secretos más íntimos, sobre todo cuando los rayos lo acariciaban tiernamente queriendo adueñarse de la energía y el calor que le brindaban, porfiando con ellos para que no lo abandonasen y de camino sonsacarle algunos datos ocultos sobre el refugio donde ella se guarecía.
Quería abrir una puerta a la esperanza, ver el mundo de otra manera más positiva, y antes que nada estar a su lado ya, sin más demora, y escuchar su melodiosa voz tan cruelmente apagada, abrazándola en el silencio con todo el amor de que fuera capaz, como antes cuando la alegre primavera se mecía entre sus brazos, y se deslizaba por sus dulces ojos, abiertos de par en par al cariño del otro.
Sin embargo la áspera ausencia fue tomando cuerpo en mitad del precario sendero, acentuada por momentos y no encontraba los resortes con que vislumbrar leves pesquisas, aunque fuese un espejismo o una brizna de la efigie en el enmarañado horizonte.
Illa fugit, se decía desconsolado, y no sabía ni cómo ni adónde, si se fugó a una isla desierta con lo puesto o fue devorada por la vorágine de la insensatez humana.

domingo, 23 de mayo de 2010

Nasty




Nasty tenía ampollas en las manos y vejigas en la boca. No podía continuar con esa sarna que le picaba demasiado en sus proyectos nublándole el horizonte. No podía caminar así. Se lió la manta a la cabeza, se pintó los labios, cogió su pequeña maleta y se embarcó rumbo a lo desconocido. Anhelaba respirar otras fronteras, otros paisanajes, y se fue a países ricos, según le habían contado, con intención de labrarse un futuro más halagüeño y esperanzador. No soportaba por más tiempo la cochambre en la que se hallaba atrapada.
Había visto reportajes y películas de países lejanos impregnados de un brillante ambiente, de leyendas fantásticas, de paraísos servidos en bandeja y un resplandor tentador la sedujo de tal modo que se le mudó el color de la piel lanzando los dardos de su interés a ese núcleo vital, y tiritaba de emoción pensando en aquellos idílicos parajes donde vislumbraba un rico maná con el que saciaría su endémica hambre y la miseria que la enmascaraba con una fiel tortura.
Sus padres trabajaban de sol a sol y a malas penas podían sobrevivir, o caer en la tentación de comprarle un sencillo vestido para mitigar su frío amargo o calzarse unos rudimentarios zapatos.
Nasty llegó en un vuelo patrocinado por una firma de moda que, ofreciendo las mieles del confort en los más excelsos escaparates repletos de excelencias y bocados de enriquecimiento, se encargaba primordialmente de extender sus tentáculos firmando un contrato de trabajo a las personas que se alistaban desde su lugar de origen, o llegaban de allende los mares con las manos vacías y la cabeza llena de exuberantes expectativas de ensueño.
Al poco de llegar al nuevo territorio Nasty fue alojada en un almacén de las afueras de la ciudad, al igual que las demás compañeras, donde se guardaban toda clase de herramientas y utensilios, tractores, cachivaches, sacos descoloridos, coches viejos, cajas con productos que no se sabía lo que contenían pero que por la apariencia delataban algo que exhalaba un agrio aroma, un no sé qué que no era apetecible para nadie ni del que se pudiese uno fiar pues apuntaba atisbos de sustancias raras, acaso de contrabando, sustancias a todas luces prohibidas que las introducían clandestinamente burlando la vigilancia policial.
El caso era que Nasty acababa de llegar a su nueva y ansiada casa empujada por la precariedad que le apretaba el cuello y no tenía más remedio que adaptarse a su nueva situación si quería seguir viva, que junto a las nuevas compañeras que acababa de conocer sería allí y con ellas donde tendría que abrirse un futuro mejor.
Por la noche le ordenaron que se lavase a conciencia todas las partes de su cuerpo en el único grifo que había en el almacén utilizando para secarse una áspera y deshilachada toalla y a continuación se perfumase especialmente en las zonas más recónditas con unos frascos que le habían colocado en una caja que yacía como un veneno ubicada en un rincón. Todavía no se había percatado de la encerrona, de las músicas que le iban a acompañar en las primeras actuaciones, cuando obligada por el encargado se dispusiera a asistir al local donde los clientes que acudiesen a ver el “mira quién baila” le echasen negras flores o una lluvia de rijosas miradas de todos los colores hasta el punto de que descorazonada se le cayera el techo encima pudiendo sucumbir por mor del murmullo silencioso que se montase en aquel burdel entre aluviones de borracheras y gente sin escrúpulos compartiendo el sórdido local, desfilando ligera de ropa y cargada de vergüenza siendo lanzada al circo de las fieras a luchar como pantera domesticada con todo en contra, teniendo todas las de perder en aquel lupanar, porque el engaño y la falsa moneda de la estafa habían escalado tan alto que la caída del muro la aplastaría sin remisión. Era algo que no se lo podía ni imaginar.
La familia no sabía el paradero y todos los días le preguntaba al cartero si traía noticias de Nasty recibiendo la negativa por respuesta, deslizándose por los acantilados de una sombría pena que no podía superar.
Una noche la sacaron a la calle y la azotaron porque le había venido la regla sufriendo unos horribles espasmos y no podía levantarse del asiento cuando algún cliente llegaba solicitando sus servicios. En ese momento reaccionó con la uñas y se las clavó en el cuello de aquel buitre que la picoteaba en las entrañas de suerte que casi lo estrangula, por lo que fue retirada inmediatamente de la sala pasando a un reservado donde fue vapuleada con saña por el vigilante de turno.
Ella chapurreaba entre dientes palabras ininteligibles, pues no conocía aún el nuevo idioma, pero a malas penas articulaba desesperada unos monosílabos que traducidos venían a atestiguar algo así, p o r f a v o r e m i s e r i c o r di a n o a g u a n t o m á s y qui e ro morirme de una puñetera vez. Finalmente se desmayó rodando por el frío mármol con síntomas de haberse convertido casi en un cadáver, abrazada como estaba al polvo del mármol que mordía si no fuera porque todavía se vislumbraban entre tinieblas deshumanizados suspiros de esperanza.
Aún no sabe si el escozor que todavía siente en su entraña cuando un hombre la abraza desaparecerá algún día, o si es ya parte de su mente. Quizá por ello visita a mujeres maltratadas a las que escucha y asesora, aprendiendo con ellas que la venganza no cura las heridas, sino que acaso sólo las alivia por momentos, prolongando su recuerdo. Quizá espera que en un futuro ideal, más allá de sus sueños, surja un nuevo mundo, un orbe de armonía y perfección donde sane por siempre la herida

La chicharra



Jerónimo comenzó a trabajar con los dientes de leche con un desparpajo y un amor al trabajo digno de encomio. Se puede afirmar que echó los dientes ayudando al padre en sus quehaceres. No sabía cuando era lunes o viernes. El desfile de los días se reducía a uno solo. Siempre con las botas puestas. Así toda una vida. Las vacaciones de rigor o la tapa en el bar con la cañita no llamaban a su puerta. Era una auténtica hormiguita atesorando unos remanentes para la vejez, para un futuro incierto, libre de zozobras y sobresaltos.
En la familia no se conocía nada más que el trabajo, no había tiempo para encender un cigarro, eso lo dejaban para otra gente que tuviese a bien dedicarse a vivir la vida, a vivir como cigarras en el campo disfrutando del aire libre al amanecer y los aromas campestres riendo, bailando y cantando después de opíparas orgías, saciando de paso la lubricidad de sus apetitos.
Jerónimo no tuvo tiempo de mearse en su rutina, de mirarse al espejo. El pelo le crecía sin control cubriendo las arrugas del día a día. Los hijos crecieron en sus raíces pero echaron por la calle de en medio contraviniendo su voluntad, yendo cada uno a su antojo por los vericuetos que vislumbraban más a su gusto haciendo de su capa un sayo. Desde los primeros balbuceos bailaban en la abundancia gracias a la hormiguita del padre viviendo una vida alegre, caprichosa, disfrutando a tope de los placeres más selectos.
Los hijos no comulgaban con la teoría de la hormiga, preferían sacar pecho y el máximo provecho a lo que tenían a su alcance y conformarse con ello. Desde luego que la avaricia no les rompía el saco ni mucho menos, y vivían gozosos y sin preocuparse por el devenir del tiempo, por lo que disponían del tiempo suficiente para encender todos los cigarrillos del mundo. La agenda la tenían cubierta de lunes a domingo, no siendo devorados nunca por el hastío o la incongruente monotonía porque el canto per se lo llevaban sin darse una tregua en su corazón.
Si se aplicase el aforismo, de tal palo tal astilla, a buen seguro que la hormiguita hubiera ahuyentado de buena gana y con todas las armas a su alcance a las chicharras que se enquistaron en las faldas de su montaña lanzándolas por otras majadas y oteros bien lejos de sus lares.
En las isobaras del mapa de la existencia, como seres libres, se puede elegir entre un extremo u otro, o seguir la teoría aristotélica instalándose en los parámetros de la cordura sin caer a ciegas en los precipicios del abismo, navegando por diferentes meandros guiados si se quiere por una excelente brújula, por el prisma del término medio de la sensatez.