Buenas noches. Un saludo a todos los presentes, agradeciendo vuestra agradable presencia,
al haber sido tan generosos al venir, venciendo los inconvenientes, y anteponiéndolo
a otras labores más comprometidas.
Desde este
enclave tan sugestivo, quisiera recordar algunas páginas de la vida fondonera,
donde antaño en este mismo suelo pillaban lagartijas, mariposas o gorriones volantones
los chiquillos, aunque incumpliendo directrices medioambientales, y jugaban a los
bandoleros, a pídola o al escondite, perdiéndose por balates y bancales, cual
piratas por los mares del Caribe, sintiéndose los reyes de la creación, disfrutando
en las correrías de la tentadora fruta que colgaba del árbol prohibido en aquel
paraíso infantil.
No hace mucho,
por estos caminos transportaba mi progenitor (y a veces el que os habla por
imperativo paternal) montañas de misivas bañadas en sol, sal, sudor y tiernos
augurios, auténticas joyas de amor, en las que se dibujaban los desconchones del
alma, guiños, nostalgias, besos, resquemores y bonitas fotos con tiernas noticias,
provenientes de los confines del mundo, y llegaban frescas, juguetonas, cual
golondrinas en primavera, chocando con los avinagrados vientos que corrían
lúgubres, tullidos, con muletas y maletas rumbo a Alemania, constreñidos por la
carestía, las querencias familiares u otros raros avatares, tales como, guerras
fratricidas, dictadura o exilio en el más cruel desamparo.
Y esta noche,
con mi humilde presencia, acaso como agua de mayo o tal vez como un reto, quiero
aportar un granito de arena para reflotar la nave de la ilusión, brindando por
un mundo más justo, desvelando los tesoros que lleváis dentro, reavivando las ascuas
de buenas cosechas, las parvas de las eras y la savia tan genuina de los
fondoneros/as a través del estímulo del arte de la escritura creativa como un
talismán, entrando por la ventana de vuestras sensaciones con un océano de
globos, vocablos y peces de colores, de positivos sentires nacidos en el taller
de la ficción, entre Rotos y Descosidos, como se titula la criatura, pero con
personajes reales como la vida misma, con la esperanza de que, al igual que entonces
surquéis las aguas de un venturoso resurgir, imitando las virtudes de nuestros
antepasados, y germinen en vuestros campos y espíritus exuberantes frutos y prósperas
simientes, a fin de lograr los más excelsos beneficios, en unas fechas tan
hirientes y desquiciadas como las actuales, comandadas por la crisis, corruptos
infartos al amanecer o desafecciones tan a flor de piel.
No es fácil adecuarse
al crudo invierno, que achucha hacia la Torrentera, la incertidumbre, la
Calleja, el Rincón, el Barribalto, la Cuesta de la Hoya o la plácida Fuente, lugares
todos ellos por donde trotaban felices los chiquillos, o pasaban serios con las
bestias los mayores; sin embargo, lo más cuerdo será ir al centro del pueblo, a
la puerta del Pósito, al bar del Tito, donde se cocinaban los más ricos guisos,
y vibraban los Whatsapp de la época con primicias al minuto, al concurrir allí el
grueso del vecindario con sus inquietudes, sobre todo cuando arreciaba la lluvia,
escuchando lo que merecía la pena, ofertas de trabajo, la salud de algún vecino,
el pecio de las turbias corrientes del vivir, el precio de la aceituna o almendra,
el sorteo de Navidad o del Niño o las gestas deportivas; y se comentaban los
pros y los contras de la madre naturaleza: la sequía o la tormenta que
fulminaba los sembrados, y desbordaba el río, llevándose por delante las breves
islitas bordadas cual fina orfebrería por el alma fondonera, transitando por
entre espinosos vericuetos o ramajes del árbol de la vida, a orillas del río de
la Toba o de la Sangre o del río Grande.
En aquellos
tiempos se pateaban día y noche los senderos, yendo en el coche de san fernando
o en burro, con las alforjas medio llenas o cargadas de impotencia, como el carbón
en el día de Reyes, pero la mente humana, y más concretamente la guajareña,
rompiendo moldes, se ha caracterizado siempre por lanzarse en pos de los
pálpitos más vivificantes, yendo a donde fuese menester sin ambages ni sonrojos,
por muchos cuentos que les contasen.
Al hilo de lo que nos ocupa, será bueno seguir desempolvando
viejas vivencias casi olvidadas, como pasa con la famosa peseta y tantos enseres
de la existencia. Así, en el río, debajo de la era de la cruz, se ofrecía toda
voluptuosa la presa de la fábrica de la luz (que nos alumbraba), donde se daban
hidroterapia o un remojón los que podían, aliviando los rigores del verano, de
la cuesta de Panata o de los Palmares.
Y brillaban
con luz propia las Huertas y la Minilla, a la vera del barranco del Castillejo,
con las sombras de la espesa arboleda, adonde acudía la gente a llenar los
cántaros y pipotes de agua fresquita, cual gratuito frigorífico o milagroso balneario,
pues allí se desentumecían los caracteres y los malos humores, concurriendo asimismo
la bulliciosa juventud en festivas conversaciones y citas enamoradas, siendo el
botellódromo por excelencia de la época, con refrescos de mirinda, fanta o
cocacolas con ginebra, junto con los escarceos sentimentales por el río Faragüit,
evocando a García Lorca, “Y que yo me la llevé al río/ creyendo que era
mozuela/, y tenía marido”, brotando en sus núbiles labios la chispa del amor.
En el día de
la Candelaria se encendían las alarmas con tanta candela, celebrándose la fiesta
a base de choto y palmitos, regados con el rico mosto de la tierra y la
ardiente premura de los mocitos por contactar con la sonrisa femenina; en el
estío, los gritos de los niños rompían el silencio reinante con la trilla en
las eras, siendo todo un espectáculo, que se volvían locos en aquellos artefactos
tirados por las acémilas, deslizándose cual avezados pilotos en trineos por la
blanca nieve.
Los novios se
sentaban a la entrada de las casas, moviendo los labios de continuo, como
masticando chicle y no lejos de la calle, a lo mejor por precaución, por si alguna mordida o torpe movimiento prendiese fuego y hubiera que salir en
estampía, mientras la mamá política cosía y cosía, cual otra Penélope, algún
roto o ponía un botón o los puntos sobre las –íes, fisgoneando el ardiente
cuchicheo; si bien, los más impacientes, impulsados tal vez por la eyaculación
precoz o la incontinencia urinaria, tiritaban de frío, tirando al monte o por
la calle de en medio, subiéndose a un tranvía llamado deseo, rumbo al celuloide
de río Grande o de la era, donde en días de luna roja se mascaba la tragedia, quedando
a veces perdida en el camino alguna prenda íntima.
Asimismo se
llevaban a cabo los más variados acontecimientos, verbigracia: la rebusca de la
aceituna para juntar unas perras chicas para gastillos de guerra; la orgullosa
fiesta de la puesta de largo de los quintos sacrificando el animal más a mano para
el pantagruélico festín por un módico precio; el duro oficio del niño pastor
(de cabras, vacas o marranos, remedando al poeta pastor Miguel Hernández); y luego
estaba el terror de la chiquillería, la hierática figura del guarda de turno vigilando
la vega a terronazos, a pedrada limpia; la fiesta del gallo, que no se sabe lo
que sufría el pobrecito, en la plaza con el apostante ciego a conciencia para
la ocasión, requisito sine qua non para poder disparar al blanco; los encendidos
bailes en la Placilla, con previo pago oculto a los mayordomos por cambio de
pareja o despido fulminante de la pista, enrabietando al pretendiente; los atronadores y jubilosos bautizos pregonando
roña, más roña, y la menuda hazaña de pescar rubias –pesetas- por el aire; las fiestas
patronales, con la amena y bullanguera banda de música y el colorido fragor de la
cohetería, tracas y demás fuegos artificiales; el justiciero juego de las
charpas o las cartas, jugándoselo todo a cara o cruz, y el seco crujir de las
carracas en la Semana Santa, así como la estruendosa cencerrada a las parejas durante
un tiempo rotas, al querer restablecer la vida en común.
Y cómo
olvidar los pilares de la industria de la villa, los tres molinos junto con la
fábrica de la luz, que, como cuatros soles, iluminaban la economía local, suministrando
el carburante preciso para el vivir del pueblo, aceite, pan y luz, así como la
industria del esparto cortado en las sierras; la caldera con la esencia de
romero y la áspera y tórrida siega estival; los 12 trabajos de Hércules en la
monda o zafra de la vega de Motril, y como cierre del curso laboral la vendimia francesa, yendo tras los ciclistas por las duras rutas del Tour, donde destacaba nuestro infatigable águila de Toledo, Federico Martín Bahamontes.
En el mundo
de la cultura figuraban, dirigiendo con maestría la batuta escolar de cifras y
letras, los apreciados maestros, don Antonio Rodas, don Francisco Mancilla y
don Ángel Bustos; y en el ámbito de los vientos musicales descollaban en el
horizonte, entre otros, –con su guitarra, bandurria y botella o almirez- los
admirables artistas, José Carlos, Andrés la Peza y José Cano, marcados por el agudo ingenio y una
asombrosa sencillez.
Y acabo con unos versos de la “Vida es sueño” de
Calderón de la Barca:
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión.
Una sombra, una ficción,
Y el mayor bien es pequeño:
Que toda la vida es sueño,
Y los sueños, sueños son.
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