domingo, 14 de octubre de 2012

Escritura en acción: El vecino me mira mal


                                          

   Aquel día amaneció a la deriva, muy nublado, con unos negros nubarrones que rugían en lontananza, y al poco saludaban por la ventana un tanto desafiantes, parecían disfrazados y amorfos gigantes exhibiendo la fuerza y las más urdidoras intenciones.
   ¿Qué se estaría fraguando aquella mañana tan gris? Tal vez el encuentro con el cejijunto e indigesto vecino, que al cruzarse conmigo cambia de repente el aura, el color anímico, clavando los cuchillos de los ojos en mí con tan mala sombra que se me despinta la voz y disparan el colesterol y las pulsiones hacia la añoranza de los crujidos de las granadas con rojos granos, perdiendo en una exhalación el sentido de la orientación.
   Era de tal magnitud el grado de confusión, que no se precisaba la más ligera presencia de semejantes nubarrones para que la vorágine de su horripilante halo me sumergiera en la desfachatez más execrable, enredándome contracorriente entre los hilos de su endiablado sentimiento.

sábado, 21 de julio de 2012

Agua de luna



Fuego líquido,
Transparencias infinitas,
Insaciables abanicos agitando
Sus lenguas en la hoguera
De tu rostro.
Incendios nocturnos,
Gotas ebrias de luz, de asombro,
Asomando por la rendija
De tu mejilla rosa.
En el agua salada
De tu mirada reverberan
Canastillos encantados,
Caracolas con ecos de sirena,
Y embaucadoras olas
Con espuma roja.
Se aglutinan blancas lluvias
De primavera,
Que van surcando -agencias
De viajes de luna de miel,
Diseños de cafeterías inteligentes,
Hotelitos de fin de semana-
Las fantasías lunares,
Discurriendo por meandros
Hilvanados de suspiros
De novia.
Pensamientos inquietos
Revolcándose en el rebalaje,
Columpiándose en los cabellos
De la luna.
Unas burbujas
Brotan aletargadas, frías,
Del manantial,
Otras saltan nerviosas, hirviendo,
Vigorizando la maltrecha piel.
La vida.
Ríos que ríen en las cumbres,
Rompiendo el cascarón
De inhóspitos riscos,
Luego fluyen y reptan
Por valles y  majadas,
En una solitaria travesía,
-Cataratas de luna, chispazos
De amor en el agua
y un fragor de tambores silenciosos -,
Cruzando eróticos atajos
Atraídos por la danza
Del vientre del arroyo;
Y discurren por el cauce
Hasta posar los huesos
En la verde hamaca
De la marea azul;
Un ritual apasionado,
Casi milagroso
De besos, guiños, arrumacos 
Al arrullo griego
De Artemisa, Selene,
O del propio romance de la luna,
Con toda su cara, de luna llena,
Resplandeciendo ardiente y endiosada,
Rompiendo los corazones del agua.
  

sábado, 9 de junio de 2012

Presentación en los Guájares (Breve bosquejo de las crónicas de un pueblo)

                
               

   No ha mucho tiempo traía en la valija mi progenitor (y a veces el que os habla) cientos de miles de misivas impregnadas de sal, sudor y tiernas caricias, auténticas cartas de amor, de padres, novias o abuelos, en las que se desgranaban desconchones del alma, manojitos de emociones, nostalgias, frescas noticias, provenientes de los puntos más remotos del globo, y llegaban radiantes, cual errantes golondrinas en primavera, desde EL Aaiún, Alemania, Francia, Suiza, Holanda, Bélgica, Sudamérica, Cataluña o País Vasco, en unos tiempos un tanto huérfanos, ortopédicos y constreñidos por la carestía vivencial, por las ausencias o por raros avatares, tales como guerras, dictaduras, hambre, exilio, desamparo, y hoy, cual súbita lluvia de primavera o acaso como un reto, se revive en cierto modo aquella savia, con mi fugaz presencia, entrando por la ventana de vuestras vidas, con un puñado de ilusiones, de mensajes labrados con variopintos hilvanes acuñados en diversas historias de ficción, de Rotos y Descosidos (así se titula precisamente el libro), pero con personajes como la vida misma, con la esperanza de que, al igual que entonces, germinen en vuestros sentires, y sirvan de estímulo para prósperas cosechas, recolectando excelentes frutos de energía y regocijo en estos tiempos que corren, capitaneados por elementos adversos, crisis, enfermedades o desafecciones por momentos tan a flor de piel.
   No es fácil adaptarse a los fríos reinantes, que achuchan hacia la Torrentera, a la incertidumbre o a la vuelta de las esquinas de la Calleja, el Rincón, el Tesillo, las Cerillas, el Cañuelo, el Managüelo, la cuesta de la fuente o de la Hoya o el Barranquillo, por donde trotaban no ha mucho los chiquillos jugando al escondite o con las bestias los mayores, aunque lo mejor será situarse en lo más certero, en el centro neurálgico del pueblo, en la puerta del Pósito, donde se cocinaban los más ricos guisos, y pululaban las revelaciones del día a día, y donde solían verse los vecinos, especialmente en días de fuertes lluvias, de paro forzoso, escuchando lo que merecía la pena, ofertas de empleo, la salud de alguien enfermo, el precio de la aceituna o la almendra, el sorteo de Navidad o del Niño, las hazañas de los deportistas, comentando los contratiempos de la naturaleza (sequía, cosechas perdidas, ruinosas tormentas arrasando bancales, o las pequeñas islas labradas en las orillas del río de la Toba o de la Sangre o del río Grande, penetrando por entre los espinosos vericuetos y ramajes del árbol de la vida de los vecinos, hasta llegar a estas fechas, que nos ha tocado vivir.
   Unas veces se caminaba cojeando o en burro con las alforjas medio llenas, y otras, cargadas de desesperanza o negro carbón, como algunos niños en el día de Reyes, pero la mente humana, y sobre todo la de los guajareños, rompiendo impedimentos, se han caracterizado siempre por lanzarse a la conquista de la vida, yendo a donde hiciera falta sin tirar la toalla, sin sonrojos o trabalenguas, por muchos cuentos que contasen. 
   Al hilo de lo que nos ocupa, no vendrá mal desempolvar algunas tradiciones y vivencias, casi caducadas, que apenas circulan por nuestras neuronas, como pasa con la famosa peseta, y tantas otras cosas de los aconteceres cotidianos. Así, la presa de la antigua fábrica de la luz, adonde se desplazaba el que podía a darse un remojón, aliviando los estragos de la cuesta de Panata, de los Palmares o de las lomas cercanas. Las Huertas y la Minilla, a donde acudía la gente con cántaros o pipotes, como a un milagroso balneario, a tomar las aguas, a desentumecerse, y donde la juventud se concentraba bulliciosa en encendidas conversaciones, brotando dulces efluvios, el amor.
   La trilla en las eras, un espectáculo único, sobre todo para los más pequeños, que se volvían locos subiéndose en aquellos artefactos, y esquiaban desmelenados, como en fantásticos trineos, sobre las pajas de las sementeras.
   Las parejas de novios, sentadas al oscurecer en la entrada de las casas, cerca de la puerta por si, por algún mal entendido, hubiese que salir en estampía, masticando secretos con los ojos entornados, con la futura suegra encima cosiendo un roto o poniendo los puntos sobre las -íes, fiscalizando en todo momento el misterioso cuchicheo. La rebusca de aceituna o almendra de los zagales por los esquilmados terrenos y mesetas, a fin de juntar algunos arrimos para ciertos caprichos y gustos, chuches, tortas o el rico helado mantecado.
   La fiesta de los quintos de reemplazo el día que los tallaban en el Ayuntamiento, que compartían un pantagruélico almuerzo de carnero o lo que se terciara, aunque siempre con el alma encogida y ansiosa por descubrir el destino que les deparara la diosa fortuna.
   Los niños pastores, con minúsculos rebaños, como otrora el famoso pastor y poeta de Orihuela. Las correrías de los muchachos por la vega, huyendo del guarda de turno, que incitaba a locas carreras por balates y acequias huyendo de la metralla, que silbaba por entre la silenciosa atmósfera fondonera, llegando algún desafortunado mozalbete a dar con los huesos en los calabozos.
   El lúdico sacrificio del pobrecito gallo en mitad de la plaza, en los albores del mes de enero, siendo amarrado boca abajo a una cuerda, revoloteando muerto de miedo, esperando el golpe de gracia de una mano atrevida e invidente, que, con los ojos vendados, se prestase a tal divertimento ajusticiador, previo pago de los arbitrios y aranceles para las arcas de los mayordomos. Los bailes en la Placilla, con un juego algo maquiavélico, generador de no pocos celos, en que alguien pagaba unas monedas por cambiar de pareja, con la actuación de los nunca suficientemente valorados músicos del pueblo, que con guitarra o bandurria y botella de anís la armaban cada noche, levantando la moral y el ánimo de los asistentes sin límite de edad, danzando al mismo tiempo abuelas y nietos.
   Los estruendosos bautizos con el exuberante maná de monedas que caían, como lluvia de mayo, sobre las cabezas y los corazones de chicos y  grandes, siendo los grandullones los que finalmente trincaban la mejor tajada. Las fiestas patronales, lo más grande, la apoteosis por excelencia para propios y extraños, con los puestos de algodón de azúcar, de turrón, de peladillas, los tenderetes de golosinas, las bandeloras de colorines, y las viejas casetas con todo tipo de artilugios de lo más divertido, aunque lo más aplaudido eran los fuegos artificiales, cohetes y más cohetes y un sinfín de ruedas incandescentes, ratas voladoras y tracas que transformaban en claro día la oscura noche, remedando las fallas valencianas, en que se conmemoraba el día de la patrona, la Virgen de la Aurora, y luego vendría el día de San Antonio y el de San Valentín.
   San Lorenzo en Guájar Faragüit, con aquella gigantesca noria, que cubría gran parte de la plaza, imponiendo un respeto imponente, dando vueltas y más vueltas casi hasta tocar el cielo, bajo la atenta mirada de los más pequeños, y a continuación la procesión del santo, con la colosal y generosa estructura de fuegos artificiales; y cómo no las no menos celebradas fiestas de Guájar Alto, también con la Virgen de la Aurora, rivalizando codo con codo con las de Guájar Fondón, al coincidir en la misma fecha.
   El jolgorio festivo se iniciaba al amanecer con el desfile por las calles de la banda de música, que tocaba diana con un pasodoble torero o una marcha militar. La gente se vestía con sus mejores galas, y la alegría brotaba en todos los rincones del pueblo, y se sucedían enfervorizados vivas a la patrona.
   El juego de las charpas, en que los hombres en corro arrojaban al aire dos monedas, y ganaban o perdían unas pesetillas o duretes o todo lo que llevaban encima, según viniese la suerte de cara o cruz. En Semana Santa enmudecían las campanas y rugían las carracas, infiltrándose sus pesarosos lamentos por entre las rendijas de los sentidos y de las puertas de las casas, mezclándose con sentidas saetas recordando a algún ser querido a la sazón ausente.
   Las bodas constituían todo un fastuoso acontecimiento, que marcaba un hito en el pueblo, decorando las sienes y los cuerpos de unos y otros con elegantes atuendos y opíparos banquetes, olvidando las penurias y estrecheces. Asimismo las comuniones, en ocasiones con ricos engalanados o entorchados marineros los más pudientes, ornándose con montañas de flores por todos los rincones, sembrando el ambiente de una eterna primavera.
   Las sonadas cencerradas, en el silencio de las noches felices, por el ayuntamiento de la pareja rota por un tiempo, tras haberse restañado. Y los novios más impacientes que, liándose la manta a la cabeza, se subían a un tranvía llamado deseo, cual célebres estrellas del celuloide, rumbo al río Grande o a la era, empujados por la libido, dejando por el camino perdida alguna pertenencia.   
   Y cómo dejar en el tintero los tres molinos que a la sazón bregaban en la villa, suministrando a visitantes y lugareños, cual buque nodriza, el combustible para vivir, el aceite y el pan tierno, así como la industria del esparto, la esencia de los tallos de romero, la siega de las sementeras, la monda motrileña o la vendimia gala, etc., etc.
   Y no puedo terminar sin resaltar la labor encomiable de los compañeros tertulianos de Almuñécar y Nerja en las tareas literarias, por su inagotable fervor, encendiendo la llama creativa, truene, relampaguee o se atraviese el más árido y áspero de los desiertos.
  
  

sábado, 5 de mayo de 2012

Vergüenza me da

Todos los días se iba a la playa a darse un baño tal como su madre lo trajo al mundo, y disfrutaba enormemente de las inmersiones que realizaba entre la blanca espuma de las olas, pareciendo que tenía alas, pues volaba de ola en ola como una gaviota. Una mañana vio a otro bañista con el correspondiente bañador último modelo, llamándole poderosamente la atención por la elegancia del tejido, los sugerentes colores, la perfección de las costuras, y visto y no visto, lo que apuntaba a impoluta e inmaculada belleza se desvaneció al cabo de un rato, pues según paseaba con el impecable atuendo por la orilla del mar, al parecer se notaría cansado y se sentó en la arena a descansar o contemplar el inmenso horizonte, pero con tan mala fortuna que lo hizo encima de un negro montículo de alquitrán, y al no percatarse del sorprendente regalo, volvió a sumergirse tranquilamente en las bravías aguas marinas. Al salir del agua, el paquete seguía intacto en su sitio, y el otro, que se bañaba desnudo, se dio cuenta del percance, y un tanto impaciente y encorajinado gritó, vergüenza me da el verle de esa facha, con el voluminoso pegote de alquitrán pegado en el culo, advirtiendo a continuación de que más le valdría haber empleado un modelo sencillo y ecológico como el suyo, y se sentiría a la postre orgulloso y más feliz, resplandeciéndole las partes como los chorros del oro.

jueves, 26 de abril de 2012

El incendio

                                                     

   La primavera le provocaba a Silverio múltiples y desagradables molestias, teniendo que aislarse del mundanal ruido, y refugiarse en un lugar apartado, casi secreto, en una casita de peón caminero o cabaña de guarda forestal perdida en la montaña.
   Viéndose obligado, muy a su pesar, a separarse de la pareja durante algún tiempo, en una época en que no existían los artilugios de última generación de hoy en día, móviles, e-book e Internet entre otros, motivo por el cual disponía de todo el tiempo del mundo para él solo, pudiendo dedicarse a lo que le apeteciese, pensar, dormir, leer o pintar en el habitáculo o en plena naturaleza, matando el tiempo, como suele decirse vulgarmente, aunque reconocía que ciertos días se le atragantaban sobremanera.
   Otras veces escribía cartas de amor o a las amistades más próximas y familiares, y cuando arribaba al poblado las depositaba en el buzón de correos, con el fin primordial de ofrecer indicios de que se encontraba vivo.
   Una fría noche, como de crudo invierno, decidió encender un gran chisco en el bosque, a la vera de una caverna, con idea de mitigar los fuertes latigazos y tiritones que tan cruelmente le afligían, quedándose al poco dormido, levantándose un ventarrón de tal magnitud, que se fue expandiendo por el bosque, llegando a las mismas puertas de la ciudad, sembrando el pánico entre el vecindario, aunque la diosa fortuna fue por esta vez su aliada, dándole un empujoncito para que no se lastimase en exceso en medio del caos, del horrísono infierno, gozando de la oportunidad del instante, propalando a los cuatro vientos, albricias, albricias, estoy vivo, pero de repente, en un súbito y macabro rebrote, la insensible vorágine del bosque lo engulló.         

martes, 24 de abril de 2012

La llave




                                                     

   Wenceslao venía haciendo eses por la calle, empapado no sólo por dentro sino por fuera, ya que en esos instantes caían chuzos de punta, estaba diluviando, y entre charco y charco daba un saltito de rana, pero con tan mala fortuna que perdiendo el equilibrio se precipitaba en el abismo, hocicándose a todo lo largo y ancho que era, mas a trancas y barrancas se enderezaba, y emprendía de nuevo la triunfal marcha, alegre y contento como iba, con el tablón que llevaba, y entre mugidos y fuertes jipidos atinó a tararear la canción bajo la lluvia,
Te vi bailar bajo la lluvia,
y saltar sobre un charco de estrellas,
y te vi bailar bajo la lluvia esperando la luna llena,
volverás a reírte de veras…
   Pero al poco volvía a morder el barro de las pozas, siéndole cada vez más trabajoso el acto de ponerse en pie manteniendo el tipo, y columpiándose a derecha e izquierda, se decía, borracho yo, tururú, y una vez que calculó más o menos la distancia de la morada, estando casi a la altura, se echó a reír y metió la mano en el bolsillo izquierdo del pantalón, buscando la llave para abrir la puerta, y cual no sería el chasco o la frustración al no hallarla por ningún lado.
   Finalmente, registrando con parsimonia todos los bolsillos, notó algo extraño, un pequeño envoltorio, y al desliarlo se percató del error, toda vez que al parecer, al salir con premura del lupanar, unido al desapacible día de horrorosa lluvia y aciago viento, se equivocó, confundiendo el envase del profiláctico con el bulto de la llave,
   Entonces, en el estado de gracia en que se encontraba, tan satisfecho y feliz, ni corto ni perezoso, empezó a cantar la canción infantil de la pérdida de las llaves, Dónde están las llaves, matarile rile, rile, rile, dónde están las llaves, matarile rile, rile, ro, chimpón, en el fondo de Mar, matarile rile, rile, rile, ro, chimpón…      

domingo, 22 de abril de 2012

Un tertuliano invitado


                                       

   Aquel día se consiguió abrir una ventana en el campo de visión de la tertulia, de tal manera que sin que apenas se notase en los inicios, según avanzaban las manecillas del reloj, las manos de los tertulianos, haciendo gala de mil malabarismos con sus bolígrafos, se fueron abriendo y expresando en los más variados aspectos y matices sobre la problemática del género humano, sobre lo bello, lo verdadero, lo bueno, lo deleznable o lo que merece la pena cultivar en el día a día, abonándolo y resguardándolo de las frialdades ambientales.
   El nuevo tertuliano, conspicuo y eufórico, en un breve inciso, tomó la palabra y, refiriéndose al núcleo de la temática que nos ocupaba, dijo, me congratula vuestra entrega y amor a la palabra hecha vida.