domingo, 1 de septiembre de 2013

Guión. En la residencia de ancianos.






                                                      Guion.
            1                          En la residencia de ancianos.
                                            
   (Escena en el comedor. Alguien viene sin dientes. Se oye la canción de Manolo Escobar, “Mi carro me lo robaron”. Algunos vienen con los pantalones al revés, un pañuelo rojo al cuello, como en los sanfermines y ayudándose con muletas)
                                                         Juan
   Oye, tío, pues no que me veo corriendo en los Sanfermines, delante de un toro negro zaíno por la calle de Estafeta. Bueno, yendo al grano, que aún no he perdido las coordenadas, ya quisieras ser el perjudicado, me imagino, el hombre del carro ése.
                                                          Andrés
(Con el cigarrillo entre los dientes ennegrecidos por el vicio, masticando pensamientos)
   ¿Te refieres a mí? Cada loco con su tema. A propósito, me viene una frase lapidaria, la vida es corta y la esperanza larga.                                                
                                                               Juan
   A quién si no me dirijo, si estamos los dos solos, o acaso te pase como a las ingles y los sobacos que querrían estar en otros sitios.
   (Las corrientes de los ríos arrasan los campos de la memoria, como las vidas, con las lluvias de otoño, y se meriendan las siembras cerebrales como los colegiales en la verde pradera de pic-nic, mordisco a mordisco).
                                                    Andrés
   Olvidaste mis correrías en mis tiempos de esplendor por las principales ferias de ganado de la comarca, todo un trotamundos, incansable. Lo mismo mercaba un jumento, un pony, un mulo o un caballo o vacas suizas, de buenas ubres, que luego me agenciaba para sacarles  pingües beneficios.
                                                          Juan
   (Con guasa y abundantes dosis de picardía en los labios)
   Pero nunca, que se sepa, tuviste carro, como en la canción, y con qué ligereza lo deja caer el cantante, como si estuviese al alcance de cualquiera en los años del hambre; hombre, en el norte de España, todavía…
                                                             Andrés
   (Poniendo los puntos sobre las íes)
2-   No te creas, aquí, en Andalucía, por terrenos llanos, algunos había en extensas dehesas y latifundios o en vastos cortijos. Me da la impresión de que no saliste del pueblo ni para hacer la mili. ¿Te libraste por alguna zarandaja?
                                                                 Juan
    Estoy hoy de malhumor. Un envenenado alacrán se me clavó en la espalda y veo las estrellas al menor movimiento.
                                                                    Andrés
   En tales casos, lo mejor unos ungüentos tibetanos, es un remedio divino, te lo recomiendo por propia experiencia. Pues te veo mal, macho, con lo presumido que tú eras.
                                                        Juan
   No me tires de la lengua, viejo carcamal, sabes que atisbo briznas de alzhéimer en tus devaneos y dictados.
                                                           Andrés
   Que sepas que de memoria ando fenomenal; por las lagrimillas de San Lorenzo pedí unos deseos, y deseé recuperar algunos secretos de la mocedad, y no lo que tú maliciosamente elucubras, y pedí algo muy importante para mí, pero no te lo voy a decir. La memoria histórica y biográfica junto con la parafernalia sexual no me falla, ¿qué piensas tú? A propósito, quieres que te cante alguna coplilla de entonces, a ver, “¿Que tiene la zarzamora /que a todas horas/ llora que llora por los rincones/, ella que siempre reía/ y presumía de que partía los corazones?//... 
                                                                   Juan
   (Hurgando en las emociones y los recuerdos)
   No sigas que va a llover. Me apuesto lo que quieras, muchacho, la pensión del mes, si cuando moceabas te comiste alguna rosca. Piensa despacio, si logras concentrarte, vamos a hacer memoria, no te acuerdas cuando estábamos en la escuela, y al llegar el recreo bajábamos los peldaños de la escalera de cinco en cinco para coger in fraganti a las niñas meando en el descampado, que se encontraba cinco bancales más abajo, y nos apostábamos, como los soldados norteamericanos en las películas al paso de los indios, en una especie de emboscada, pendientes de cuál echaba el caliche más largo y sensual, no lo recuerdas, cabeza de chorlito…
                                                                 Andrés
   Qué me vas a contar a mí de todo esto, si recuerdo que siempre llegabas tarde al matutino festín.
                                                                       Juan
   Come y calla, zascandil. Se te ha caído la prótesis de arriba, coño. Como no espabiles hoy te quedas sin desayuno.
3-   (Llegan los encargados del comedor y retiran raudos todos los enseres, y a continuación llevan a los ancianos a los respectivos aposentos, sin no pocas protestas, porque no tuvieron tiempo para terminar la faena).
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   (Ahora se encuentran en el salón de estar, y en esos momentos sale por la tele la célebre serie de Bonanza, con el pegadizo estribillo de la melodía, anunciándola)
                                                             Juan
   (Se le encienden los ánimos)
   Bobadas. Es que comulgas con ruedas de molino. Eso es ficticio, tontorrón. Es la caja tonta. Son patrañas del celuloide.
                                                                Rosaura
   (Con un pañuelo de colores pitiminí, de los tiempos de Maricastaña, dirigiéndose a Juan).
   Anda ya, cavernícola…no presumas tanto de macho.
                                                                         Juan
   Me recuerda, verás, aquella especie de chascarrillo o algo así como una nana que tarareaba mi abuela, “don Melitón tenía tres gatos, que les hacía bailar en un plato, y por las noches les daba turrón, que vivan los gatos de don Melitón”.
                                                                        Andrés
   (Un tanto reflexivo e inquisidor)
   Sabes una cosa que echo de menos en la vida, el no haberme tocado una pareja con la que haber podido desplegar las alas y volar y volar, hablando de lo que fuese, incluso de sexo, abriendo el pico y picotear en las bolsas más burdas, de basura o de lo que se tercie, como el flamenco, por señalar algo, o sobre cuestiones estéticas, morales, fisiológicas o escatológicas, con toda la naturalidad del mundo, como brota el agua del manantial.
                                                                          Rosaura
   (Con los ojillos bailándole en los globos oculares, aclarando perspectivas)
   No seas bobo, y no caigas en frivolidades, amigo mío. Verás. Una servidora no tenía tiempo para aburrirse ni padecer semejantes advenimientos o torpezas, tenía la casa por barrer, los cuatro retoños, la comida, la compra, la limpieza, mi esposo, que en gloria esté, aunque en casa no daba un palo al agua, y un sinfín de compromisos sociales, pésames, bautizos, bodas, rosarios, novenas, visitas, etc., y qué recibía a cambio, eh, pues dolores de cabeza o crujidos en la espalda, o desplantes como los toros en la plaza, pero soportaba todo el castigo, espero que Dios me lo tenga en cuenta.
                                                                          Juan
4-   Oh, las reivindicaciones pendientes. Tu nombre me encanta, Rosaura, me transporta a un mundo idílico, a un auténtico  edén. Las flores son mi debilidad, con estambres, cáliz, corola, androceo, gineceo y el polen, pero me subyuga sobre todo la rosa, como a los poetas, y mira por donde el tuyo, a buen seguro que deriva de la rosa, con todo su fulgor, R-o-s-a-u-r-a, con el repiqueteo de vocales, y la onomatopeya de las erres en un plenilunio romántico.
                                                                     Rosaura
   Vaya, hombre, buena la tenemos. Se te olvidó la coplilla, lo que no es de extrañar a ciertas edades, con gotitas de demencia senil, la estaba ya esperando, pero puede que sea, “SI tú me dices ven, lo dejo todo, si tú me dices ven, será todo para ti”…, no te fastidias. Vamos, que una tonta no es, pero una cosa sí, me arrepiento de no haber libado el néctar de las flores del bosque.
                                                                       Andrés
  Con que mariposeando. Qué dices, qué exagerada. No se trata ahora de poner en entredicho la monogamia, bendito sea dios; sin embargo, me parece que sería bueno elevar el nivel mutuo del respeto, la comprensión y la cordura en la pareja, y tensar la cuerda por los dos lados.
                                                                        Juan
   Dejaos de pamplinas, no sabéis por dónde va el mundo, y no saquéis los pies del tiesto. Aquellos músicos de entonces nos nutrían con sus sones el espíritu, nos oxigenaban y saciaban el hambre, al sonar los discos dedicados en la radio, por los cumples o por San Valentín, la fiesta de los enamorados, aquellas chispeantes canciones traían en el pico aires frescos de primavera en mitad del hastío ambiental, entre el clamoroso silencio sepulcral; canciones llenas de emociones como, “Que se me paren los pulsos/, si te dejo de querer/. Que las campanas me doblen/, si te falto alguna vez/. Eres mi vida y mi muerte/, te lo juro compañera//… O aquella otra que dice, “Siempre a la verita tuya/, siempre a la verita tuya/ aunque yo por ti me muera/. A tu vera, a tu vera/, siempre a la verita tuya//…Resulta que la música pellizca, muerde el sentimiento de las criaturas, afloja los nudos del corazón, alegra el alma, especialmente en aquellos tiempos de juventud, cuando nos reíamos del mundo, y gobernábamos nuestras naves, viviendo a la pata la llana, a nuestro libre albedrío, navegando de aquí para allá, en cambio ahora, aquí en la residencia mustios, atados, en esta jaula de grillos y desguaces, aunque fuese de oro, que no la es, como cobayas enlatadas…
                                                                    Rosaura
   (Con desparpajo y muy en sus cabales)
   Pues en lo que a mí respecta, una servidora ha disfrutado a su aire todo lo que ha querido. Limpiaba el altar de la iglesia, el cáliz, los hábitos del párroco y los utensilios sagrados, haciendo hincapié en que la sacristía para mí, cruz y raya, porque allí campaba por sus respetos el sacristán, que rumiaba los oscuros sones de enterrador, ya que infundía la imagen de cuando en los entierros se le desencajaba la boca y los ojos, y le palpitaban las sienes al entonar la oración fúnebre del “Pati noster”, qué miedo me daba, y llegaba el más difícil todavía con el Amén, la traca final, en que despanzurraba su garganta, semejando los estertores de la muerte, el probe de Feberico, como lo llamaban los parroquianos. Pues sí, aunque digan con sorna que Rosaura, tan guapa y garbosa como yo era, que por cierto me casé y tuve familia numerosa, se diga de modo tendencioso por deslenguados, que me quedé para vestir santos, no es así, me siento muy orgullosa por mi labor. Tengo fe plena en el más allá, en que llevaré la recompensa, no lo dudo, después del breve viaje por este valle.
                                                             Juan
   Bueno, no se me ocurre nada al respecto. Es cuestión de fe. Estoy perdiendo los pulsos, el sentido de la orientación. Pardiez, no puedo mover esta pierna, coño, estoy cojo, me siento como un trasto viejo, una colilla de las que recogíamos en la puerta del bar para liar el cigarrillo, y  mastico recuerdos de las descalificaciones que nos endilgaba el progenitor, que en paz descanse, y siempre con el usted por delante, como en la mili con el sargento, que nos tildaba entre grito y látigo de inútil, ¡ eres un inútil, un mala sangre, un vago!, no mereces el pan que comes, te pareces al parásito de tu tío…y otras lindezas. O sea, que para nuestro padre éramos el ser más indigno y despreciable del mundo mundial, incluso inferior a las bestias, siendo tratado como otro Segismundo encerrado en la torre exclamando, ¡Ay mísero de mí, y ay infelice!/, apurar, cielos, pretendo/ ya que me tratáis así/ qué delito cometí/ contra vosotros naciendo/; aunque, si nací, ya entiendo/ qué delito he cometido//…
                                                          Andrés
   No te fastidias, vaya ocurrencias, eso te pasaría a ti, pero los demás hemos tenido una familia respetable, que trataba a los hijos con delicadeza, y no existían aún las organizaciones protectoras de hoy día. Hay que reconocer que unos vivían mejor que otros. Unos, a matahambre, emigrando, y otros nadando en la abundancia. Hay gente que tiene mucho mérito, que se ha esforzado al máximo para salir del hoyo, aplicándose al estudio para labrarse un porvenir.
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   (Llega el sacristán de súbito, como la muerte, y dando trompicones por los hoyos de la calle, para un entierro en una fría tarde invernal)
                                                                El sacristán
   Venga, Virtudes, ya estamos aquí, dónde tienes a Bartolo amortajado, que está don Marcelo esperando en la puerta con el hisopo en la mano echando chispas, vamos que se hace de noche y los caminos son peligrosos y podemos caer en la fosa antes que el muerto al menor descuido. Ea, empiezo la oración fúnebre, “Pati noster”… (El humo del tabaco lo envuelve todo y se mueve como las negras nubes en una tormenta, y las toses de los presentes presionaban las gargantas y ahogaban la tarde en un crepúsculo turbio e inane).
                                                                  Juan
   Rosaura, y a todo esto, pienso que a buen seguro que conoces el comportamiento de los animalillos en los campos o en el corral haciéndose carantoñas, y digo yo, qué me dices de las 6-partes femeninas, el himen o el clítoris, porque no creo que lo confundas como el del chiste, cuando iba uno por la calle y vio un letrero en el bar que decía, “una caña y hacer el amor un euro, y sin más rodeos entró a indagar y le contestaron que sí, que todo muy bien lo del anuncio, pero que no había clítoris, y entonces responde el cliente un tanto aturdido, vale, pues que me pongan una Heineken”… y en la mujer ya se sabe, y no sé si persiste el tabú…porque las semillas de las plantas y las flores del campo lo perfuman todo, y tú más si cabe por tu nombre…
                                                                     Rosaura
   Oye, deslenguado, un viejo verde lo que eres, parece que la enfermedad senil te engarrota de manera galopante, pues ya frisas los noventa, y te mueves en la cuerda floja, recórcholis, a mí me hablas del cáliz del altar, de la sagrada hostia, la extremaunción, que ya te va haciendo falta…que son los garantes del más allá.
                                                                              Juan
   Entonces no hubo ningún desliz en la vida activa.
                                                                            Andrés
   En los avatares de la vida, a veces, las cañas se vuelven lanzas. Al parecer, al crecer, al igual que la planta busca el sol, las criaturas buscan por inercia un ser, una pareja con similares gustos y apetencias, hasta el punto de volver a revivir las escenas o roles de los ancestros, del periplo de navegación por el mar de la infancia.
                                                                   Juan
   No sé si al final, va a ser que conforme al abono de la planta, así echará el fruto, el semen que se siembre.
                                                                Rosaura
   Yo tuve un novio que sólo pensaba en las domingas, los senos, le sobraban los ojos, la boca o los labios…, puede que en el subconsciente tarareara la canción del carro o de la carreta, de que más tiran dos… que dos carretas; y yo le espetaba en ciertas ocasiones, ¿es que de bebé sólo bebías, tío, leche de burra?
                                                                  Andrés
   Las personas tropiezan dos veces en la misma piedra como si tal cosa, quizá porque la ceguera humana es muy atrevida y enreda las neuronas…
                                                                Juan
   Tal vez el compañero de celda de esta prisión, a la que llaman residencia de ancianos, haya pasado por ese trance… Ahora no le es posible patear atajos o trochas, ya que permanece amarrado al duro banco, como todos nosotros, entre las rejas de estos sordos muros, arando pensamientos a través de los lúgubres pasillos, sorteando meandros fantasiosos, y apenas se es consciente de nada. Mira esta foto, Simón, ¿sabes quién es? ¿te reconoces ahí?, despacio, 7-pues eres tú, te la hiciste el día de la boda de tu hijo Nico, en la famosa venta de don Quijote, cerca de la ciudad manchega, haz memoria.
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                           (En el geriátrico. Un reconocimiento rutinario de la tercera edad)
                                                     El doctor
   A ver Juan, muéstrame el aparato urinario, el pene, hombre, lo que te coges cuando vas al lavabo. No, eso es el pañal, a ver, dóblate hacia el otro lado, ahora mejor. Ahora las vías respiratorias. A ver esos pitos. Cómo te trataron los duros años de fumador. Respira hondo, pero suave; ahora tose con energía, como cuando estabas en la mili, pero no me escupas, saca la lengua, no, la lengua, que parece que se la han comido los ratones, así…estupendo.
   A ver, el siguiente, que pase el siguiente…otro…otro…otro…
   Y así transcurre la existencia. Y cabe preguntarse, ah de la vida, ¿y nadie me responde?
   Y una vez que se ha comprobado lo pronto que se baja el telón, que se va la vida y viene la muerte, tan callando, urge abrir los ojos y aplicar la sentencia, “es más importante llenar los años de vida que la vida de años”.               

            








sábado, 24 de agosto de 2013

La fruta








                                 

  



 Ella empezó a bucear como por instinto, a hacer piruetas, el muerto, o a exhibir el busto vociferando, arrojando a Adán chinillas, melocotones, naranjas, algarrobas, pero ni por ésas, seguía con los ojos cerrados a cal y canto, aunque de cuando en vez se le abriese la boca, como si le apeteciera tomar alguna fruta, o echar un trago de agua por la sed o tal vez un mojito, y mientras tanto, Eva jugaba alegre en el agua, haciendo blancas pompitas, y nadaba perdiéndose por las corrientes que de vez en cuando se formaban por los zarpazos de unos cucos cocodrilos que se ocultaban tras los ramajes de los sauces, y viendo que Adán no resollaba, no estaba por la labor, le arrojó una buena piedra, dándole en el ojo , quedándose patidifuso, totalmente a oscuras, y, reaccionando, alargó la mano, apenas sin darse cuenta, y tropezó con una hermosura de manzana que acaba de caer del árbol, y se la lanzó dando en el culo (diente por diente), y farfullaba para sus adentros, ahora te aguantas, querida, y recuerda que esta noche no pegas ojo.    

domingo, 4 de agosto de 2013

Destellos veraniegos










  

Aquella luz hueca no conduce al averno
Sino a degollar alboradas
Desde el dique seco del idioma.

Al pie del cañón estoy,
Entre lo crudo y lo cocido,
Y me descolgué por lo viciado.

Cuando la hermosa Diana
Se enamoró del apuesto cazador,
Nunca pensé que acabaría sus días así.

Al pie del altar
El cisne negro dormita
Como la luna en la terraza.

No quiero riquezas,
Sólo te pido una brizna
De la hierba que ufano pisas.




 

sábado, 20 de julio de 2013

La vida natural








                          


   Aquella mañana madrugó más que de costumbre, batiéndose el cobre como nunca lo había hecho, pugnaba por la vida natural, echando por la borda los pesares, los pesados kilos de más y las arritmias que desde el último invierno se habían instalado en su parcela, en las laderas de su corazón.
   Nunca había sido adicto a ninguna rara teoría u obsesión o a la vida sedentaria, cumpliendo a rajatabla los cánones de la Biblia del atleta o persona razonable, pero después de lo que le aconteció a un vecino, se alarmó sobremanera, evocando el proverbio, cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar, ya que después de tanto lavarse las manos y tomar verduras y fruta fresca de la huerta y caminar varios kilómetros al día, de pronto se fue el santo al cielo, o mejor dicho, al otro barrio, llegando a la conclusión fehaciente de que la vida sana merece la pena, si la alegría ahoga la pena.

   Y entonces, en mitad de la zozobra de la nave, exclamó, ¡ah, la vida!, y ¿nadie me responde?...   

martes, 16 de julio de 2013

El músico







                                      


   El polvo del camino concentraba más si cabe al músico en las órbitas de los arpegios por las ásperas cuestas de la vida. Mas los negros nubarrones que se cernían sobre su cabeza, se echaban a temblar ante la pujanza de las armónicas emulsiones que fluían de la flauta.
   Llevaba varios días caminando por aquellos lugares, como si hiciese el camino de Santiago, y no vislumbraba ningún oasis o destartalada cabaña donde reposar o saciar la soledad y la sed del alma; pero a pesar de las frágiles composturas, el escueto atuendo, las limitadas perspectivas, y las franciscanas chanclas que calzaba, se iba transfigurando paulatinamente, tomando cuerpo y una entrañable consistencia, y conforme avanzaba, exhalaba envidiables dulzuras de sones y compases copando las aristas del firmamento, los resquicios  de la naturaleza, extendiendo una ensoñadora y reconfortable alfombra por el espinoso entorno que transitaba.
   No se turbaba ante la precariedad que planeaba sobre su horizonte, y él mismo no daba crédito a lo que sentía, ignorando que los bríos y la eufonía vital y la  energía que le chorreaban por los cuatro costados se los infundirían los preñados efluvios de la melodía, ahuyentando los enrevesados y envenenados sinsabores del trayecto, y lo amasaba cual otro Orfeo con las fieras del bosque, aunque en este caso las fieras mostraban otras señas de identidad, un rostro distinto, hambre, sed y desesperanza.
   Y de esa manera, según subía el volumen de las rítmicas notas del corazón y de la flauta, se notaba más entero, más persona, con un singular encandilamiento que subyugaba las flores de los campos,  los espíritus, y ablandaba los forúnculos y las asperezas de los riscos que se rebelaban a bordo durante la travesía.
   Y figuraba en su sutil escudo, grabado a sangre y fuego, algo semejante al verso machadiano, Cantando la pena, la pena se olvida, y de esa suerte se le hacían más suaves y llevaderos los sobresaltos y el rigor del sendero.         

      



sábado, 13 de julio de 2013

Las sandalias












No le gustaban las sandalias tan anchonas que le había regalado el amigo en el cumple. Hubiera preferido un calzado deportivo, una mochila o un MP3, que al menos le amenizaría las horas de ocio de los fines de semana haciendo senderismo, y así quemar los troncos de colesterol y aliviar el estrés de las duras horas de trabajo durante la semana.
   Soñaba con tomarse unas vacaciones próximamente, yendo por parajes agrestes, en plena naturaleza, y alojarse en una casona de turismo rural, y para ello necesitaba algunos enseres y prendas deportivas tales como, chándal, tenis, sudaderas, calcetines, cantimplora, etc., y mira por donde le regala unas sandalias, una sandez a todas luces, pensó, y con dos números por encima de la talla de su pie.
   No podía ser mayor el despropósito. Sin embargo, pelillos a la mar, y puso en práctica el lema, a caballo regalado no se le mira el diente, apechugando con la cruz de las sandalias.
   Estuvo toda la noche dándole vueltas al affaire, navegando con la imaginación por mil mares, buscándole una aplicación útil, y, hurgándose en la nariz, olisqueó ideas que tenía soterradas, decidiéndose al fin por una solución un tanto salomónica, colocarlas en el salón, y nada menos que en el mueble estrella, donde guardaba los mejores recuerdos de su vida deportiva, los más estimados por él de los tiempos de juventud, cuando jugaba en el patio del colegio o en la arena de la playa, y luego, más tarde, en el equipo de baloncesto de la localidad, donde lograría múltiples galardones y trofeos.
   Un día, la madre se quedó perpleja, al observar unas sandalias dentro de la impoluta vitrina, y deshilvanaba con no poco asombro qué no renombrado trofeo sería aquella reliquia que relucía con luz propia en el lujoso mueble, no llegando a calibrar la maternidad del fiasco o la materia prima del utensilio en cuestión, no obstante se inclinaba por la consideración de que serían unas sandalias únicas, de algún artístico y prestigioso diseñador o pintor en boga ( Botero, Warhol, Picasso, Chillida, Barceló o Tàpies), de plata u oro, una réplica simbólica de los juegos olímpicos, traída de algún lugar remoto.
   Pero un buen día, la mujer de la limpieza de la casa, acostumbrada a ordenar y tirar  y sacudir el polvo de los diversos muebles y pertrechos, junto con los bibelots de los ancestros, crujieron al cruzar el quitapolvo por encima, y cayeron de súbito, chocando unos con otros, rodando por los suelos, y los diminutas figurillas quedaron hechas añicos, y llegaron, por azar, a envolver a cal y canto las sandalias, de forma que no había ojo humano que las reconociese, ni siquiera la madre que las hizo, y en los vaivenes de incertidumbre y ofuscación, creyendo la mujer que eran los desechos de una hecatombe ( como el sacrificio de los cien bueyes a los dioses), ponderaba de qué manera algún ingenuo o desaprensivo, bien el nieto, o el niño tan travieso de la tercera planta, o vete a saber, los habría trastocado adrede, y lo colocaron en donde no debían, al borde del altar por fastidiar, habiéndolo esbozado con un disimulado envoltorio de paja, como las frágiles figurillas de un belén (la caja con San José, el Niño, la Virgen, los pastorcillos, las ovejas, el buey y la mula entre otros, aunque estos dos últimos no se sabe a ciencia cierta si estaban o no invitados), y para que no saliese del armario, con sus amores clandestinos con el amigo, le sirvió de coartada, y se convino en hacer el paripé del descalabro fortuito, impidiendo que se desvelara el entuerto, sin soltar prenda, y los restos los depositó la mujer con premura en el contenedor de la comunidad colindante, a fin de nublar los entreverados hilos de los avatares, la sórdida sospecha.
   En su fuero interno no paró mientes en ello, al rememorar raudo un chascarrillo, que era vox populi, y se relataba por aquellos parajes, a cerca de un labriego que, cada vez que visitaba la capital de la provincia, echaba una cana al aire, y para camuflar el veredicto, a la pregunta sobre qué impulsos le habían obligado a ir a la capital, echaba mano del santo y seña ya acuñado por los más antiguos del lugar, la perífrasis metonímica, fui por la compra de unas sandalias, pero asimismo podría haber aducido la visita a la cripta de fray Leopoldo en los jardines del Triunfo
   Los renglones o caminos de la vida son torcidos, y a veces hasta esclarecedores de recónditas beldades o ficciones.             







                          



miércoles, 3 de julio de 2013

Nada




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   La Nada daba calabacinazos en su cabeza hueca, como una hueca calabaza de agua, donde se conservaba el agua fresca, y bebían todos a caliche laborando en el campo, cuando segaban el trigo o sacaban la parva en las eras durante los duros días de la canícula.
   Los sudores les chorreaban por todos lados, sintiéndose extenuados por los rigores de las altas temperaturas y la pesada flama, sin apenas fuerzas para finiquitar las labores agrícolas del día.
   En ocasiones nadaba en la abundancia de la Nada, en la inane existencia, como le ocurre a cualquier hijo de vecino, y se cuestionaba el nombre y apellidos, la dirección, el genoma, y andaba perdido por enmarañados cerros, cayendo en la más sórdida vaguedad, y daba tumbos sin cuento por los pozos de la duda, de la incertidumbre o de la más descarnados trancos de la confusión, ya que, motivado por el intríngulis de su misterio, quería descubrir el escueto núcleo de la Nada, abrirlo como se abre una nuez, un huevo o una castaña, sin quedarse en el follaje de la superficie, en lo anecdótico o accidental, pero, según iba tocando fondo, la propia sustancia de la nada le rebotaba, parecía que retrocedía, que chocaba contra un grueso muro, nadando en un mar lleno de ingrávidos vacíos, repleto de seres acéfalos, sin miembros reconocibles, como en un extraño astro planetario, y no había forma de desenmascarar o romper el cascarón del esqueleto estructurado, la arquitectura paleontológica o ideológica del concepto.
    La Nada campaba por sus respetos, y a la vez hacía aguas por los cuatro costados en mitad de la oscuridad, pese a que lo intentaba en todas las direcciones y posturas, boca arriba, boca abajo, de canto, de lado, empinada, al norte o al sur, sin embargo siempre surgía un contratiempo, un cigarrón huraño, una impronta, y se introducía por los orificios más inverosímiles la temible Nada, arrollando como una tremenda ola, o como una pícara y juguetona rata, que penetrase por algún escurridizo boquete, no sabiéndose nunca el paradero y menos aún cómo meterle mano.
   Algunos días pensaba invitarla a un opíparo festín en su refugio, o a una buena merendona por si era más de su agrado, guarnecida con productos exóticos de allende los mares caribeños, o elixires de los Andes o de los picos del Tibet, pero siempre una rara alergia lo delataba, aletargándolo  y lo llevaba al disparadero, a mal traer, echando por tierra los sigilosos proyectos, entrándole una tiritera de muerte, una brusca melancolía o frustración triste, como todas las frustraciones, al no poder hurgar en la textura íntima, en la niña de los ojos o en las sonrosadas mejillas de su hermoso rostro, y se quedaba a la luna de Valencia, a la postre de piedra, al comprobar que todo era puro espejismo, que lo sacaba de sus casillas, y lo volvía loco, mas un día una lucecita se le encendió de pronto anunciándole que la Nada, con mayúscula, así a secas, lo era todo para él, y que Todo era la Nada, es decir, el Amor que tuvo en su juventud, cuando recibía el fuego de la amada en las tardes frías de invierno estudiando las húmedas y negras rocas, los minerales, antracita, hulla, lignito o turba, que por cierto se turbaba sobremanera al pensar en las curvas que encubría, al ensamblar los cables de la premisa del silogismo con los de la conclusión, y no había manera por la fragilidad humana, debido a que, en la intimidad, a su Amor la llamaba cariñosamente Nada, un hipocorístico tierno, que derivaba de su auténtico nombre de pila, Natalia.

   Oh, qué traidor y ambiguo el intelecto, y qué flaca la memoria –reflexionaba para sus adentros-, al no valorar las mejores cosechas de la existencia, o dudar de la propia esencia de las cosas y de los sentimientos, de la psique que gobierna todo, y lo había configurado en toda su monumentalidad vital, aunque no le había tenido mucho aprecio al numen, aquello que llevaba tatuado en el alma, nada más y nada menos que Nada, su primer balbuceo de Amor, la mismísima Natalia de carne y hueso. Nada lo era Todo en su vida.