viernes, 14 de agosto de 2020

Casa o la majestuosa dama

 15 casitas sencillas para que te animes a construir la tuya ...

                 

 

                                          

   Una entusiasta vendedora ambulante de Senegal recorría bulevares y balcones de Europa y del mundo incendiando las calles con sonrisas y elegante porte destilando humanidad y valor, no teniendo nada que envidiar a la reina de todo un imperio donde no se ponga el sol, exhibiendo con garbo los artesanales trabajos de los ancestros para nutrir a los suyos.

   Hay que quitarse el sombrero ante ella, porque, con la que está cayendo de virus y vivos salteadores de caminos, no duda en arriesgar la vida por un puñado de euros.

   La dama con la cabeza bien alta caminaba con singular equilibrio llevando un canasto atestado de baratijas y variados artículos encima de la cabeza, exhortando a los transeúntes a aportar un granito de arena contra la hambruna hurgando en los sentires con idea de despertar el amor al prójimo, comprando algo para acallar el llanto africano.

   Estas infatigables trabajadoras atraviesan durante su viaje bosques, desiertos o las columnas de Hércules capeando corrientes u otros circuitos que ponen en peligro su vida y a veces la de los retoños que cual marsupiales transportan formando parte de su cuerpo.

   Nada se sabe con certeza de la casa que habita, y si dispone de sólidos pilares y techumbre segura, o quizá viva a la intemperie en permanente contacto con las estrellas, murciélagos o espíritus de los antepasados revoloteando por la atmósfera celeste.

   Se desplaza de un lado para otro sin caer en el desespero en el laborioso quehacer, y sin más recursos que la férrea voluntad para lograrlo.

   Oh casa, mi casa, que con tanto énfasis se pronuncia en el film de E.T. en estos tiempos que corren de tanta incertidumbre estremece más si cabe por los estranguladores virus, al ver a esta heroica mujer con la alegría en los ojos haciendo su trabajo, teniendo el cielo ganado por su abnegación y entrega, yendo con aires nuevos por los viejos rincones o pasadizos de los continentes pregonando unos nimios objetos peleando por la subsistencia ejerciendo de trotamundos, echándole coraje a las contrariedades deshilvanando el ovillo de las necesidades, enfrentándose a todo con no poco desparpajo y clase asustando al miedo o al desamparo, y no morir en el intento.

   En la memoria de la colectividad humana se mece toda soberana la casa, el dulce hogar del celuloide en las épocas doradas de la meca del cine. En el mundo en el que se mueven estas criaturas es una pura utopía o entelequia, ya que no se dan cita en su vida, toda vez que caerían en una gran depresión por no estar vacunadas para ello o con el leitmotiv de una vida acomodada y digna, tan sólo buscan abrirse camino a un mundo mejor fusilando las penurias, evitando lo peor.

   La voluble fortuna da pie para evocar algún lema o juicioso pensamiento de la experiencia humana como, “dichoso el que en su casa vive y muere, porque hasta los pobres son reyes”.

   Si el hombre primitivo levantase la cabeza y viera la que hay montada con desahucios, okupas, especulación, burbujas inmobiliarias o siniestras residencias de mayores se quedaría de piedra, y se mofaría a buen seguro de nuestras cortas luces al vernos como auténticos energúmenos o aves de rapiña aplicando el proverbio latino, “homo homini lupus” (el hombre es un lobo para otro hombre), y rememorarían ipso facto los bucólicos tiempos de prístina creatividad y bonanza cuando perfilaban plácidamente en las paredes de la cuevas siluetas de bisontes, elefantes, dinosaurios, etc. disfrutando como enanos, sin irritaciones por abusos de contadores de agua, luz, gas o acuciantes problemas que acechan hoy día a la gente a la vuelta de la esquina, como ocurre sin ir más lejos con esta maldita pandemia.

   En aquellos tiempos en los refugios o guaridas (como la ilustrada guajareña) no había problemas con los vecinos, porque no le ponían puertas al campo, a los espacios, ni existía la usura o abusivos gravámenes gubernamentales a los ciudadanos.

   Eran unos pocos, y se respetaban entre sí tanto en parcelas o roturas de terreno que configuraban en lomas o cerros según dejaban de ser culos de mal asiento u obsesivos nómadas convirtiéndose en sedentarios.

   Probablemente sea ése el punto de arranque del bache, el siniestro porcentaje de obesos, unos por adicción al fast food, y otros por no moverse o por raros sones que no vienen al caso, pero en todo caso de sobra se sabe el desenlace al llevar una vida súper sedentaria, que nada tiene que ver con el concepto de sedentario de la denominación primitiva siendo todo un peligro actualmente, y uno de los principales factores de riesgo causados por irresponsabilidad o abandono.

   La aseveración clásica, “casa con dos puertas mala es de guardar”, y más si se dejan abiertas, no hace ninguna mella en Leocadia, porque según su genuina filosofía hay que estar dispuesto en todo tiempo para pillar presto la puerta por incendio o terremoto que de improviso acontezca, por tanto según sus cálculos lo más importante no estriba en sentirse seguro en casa colocando una tranca contra los amigos de lo ajeno, que entren a deshora y la desplumen, y contando con que  no le den un golpe en la cabeza si parpadea por un eventual ataque de nervios.

   Su raciocinio se fundamentaba en dejar la puerta entornada día y noche como signo de seguridad y garantía de salud, por si el techo se hunde o arde súbitamente la casa, algo semejante al dicho popular sobre las lentejas, “o las tomas o las dejas”.

   El balcón o ventanal siempre ha sido un espacio por donde se han expandido las emociones o los más recónditos sentires colocando banderas, ricos tapices u otros enseres para delatar alegría o exaltación de lo patriótico o algo similar, aunque en otros momentos de turbiedad extrema ha servido de tubo de escape de malos augurios o contaminaciones reinantes por insostenibles momentos de pandémicas enfermedades como ahora o bombardeos bélicos, si bien últimamente ha sido lo más calamitoso que imaginarse pueda, al no poder visualizar por ningún sitio al enemigo que tienes en frente, y ni siquiera se podía salir a la puerta de la calle, porque se hallaba de manera invisible con la metralleta automática en la mano apuntando, persiguiéndote el muy cobarde, provocando un sin vivir de padre y muy señor mío.

   Era tan horrenda la pútrida corriente que se respiraba en el confinamiento de la pandemia que, pese a la claustrofobia, se resistía Leocadia a pisar la calle para hacer la compra u otras necesidades, se diría que la agorafobia se le estaba instalando en la piel haciendo mella en las sienes, de tal forma que ni por asomo se asomaba al balcón manteniéndolo cerrado a cal y canto, negándole el pan y la sal al virus que por inverosímiles recovecos anduviese al acecho.

   Ya no recordaba Leocadia el tiempo en que se le caía el techo encima si no pisaba la calle para exhalar a los cuatro vientos los pesares, flatulencias o capturar gazapos, chismes o noticias del vecindario, escarbando en las más inverosímiles fuentes o rescoldos.

   La casa se había convertido en tan dramáticas circunstancias en un búnker defensivo contra el temible enemigo, siendo la mejor estancia de protección, sintiéndose dentro seguros ante las envenenadas embestidas, ya que al salir a la rúa los malnacidos bichos podían echar el guante a cualquiera, obligando a acudir imperiosamente a urgencias y ser sometido a una tortura médica en la UCI, siendo un afortunado a pesar de todo si no se encontraba colapsada, aunque teniendo menos esperanzas de salvarse que Carracuca en tan arriesgado y macabro juego o tiroteo, el cuerpo a cuerpo, en la batalla hospitalaria.

   Gran ventaja tienen en tales coyunturas los cocinillas, que se ponen el mandil y se prestan a innovar platos de restauración en secreto al estilo de los premios Michelín, pero no cabe duda de que algún día saldrá a los cuatro vientos su labor, siendo reconocidos por las creaciones y talento oculto entre fogones y tiritones de frío por los ataques de la pandemia pasando las noches en vilo, y a veces no teniendo agallas o argumentos para mirar el porvenir con confianza, todo lo contrario que les ocurre a las damas que emigran de sus respectivos países con toda clase de género y baratijas para el mercadeo en la rica Europa, su paraíso encontrado, que con no poco orgullo y prestancia con el breve canasto en la cabeza se mueven como pez en el agua pregonando al mundo el producto, desenvolviéndose cual sabias diosas o chamanes mostrando una envidiable entereza digna de encomio, yendo muchas con bebé a bordo, y no les amedrenta la fatiga, la tormenta, la pandemia o la falta de alimento, y renacen de sus propias cenizas, cual ave fénix, con unas nuevas fuerzas sobrehumanas manteniéndose en la brecha, pateando inquietudes, plazas, callejones o barrios en pro de sus metas vitales, alimentando la esperanza de una vida mejor para sus vástagos, sintiéndose una madre feliz.

 

 

        

  

          

 

domingo, 5 de julio de 2020

De crucero o quédate en casa






10 consejos para acertar al elegir un crucero | El Viajero | EL PAÍS


Con los más halagüeños sueños se disponía Mario a ir al trabajo como de costumbre en el autobús de ALSA, convencido desde hacía tiempo que era un medio de transporte harto confortable y seguro, encontrándose como en casa, relajado, leyendo o durmiendo o hablando con familiares o amigos, en buena compañía y en las mejores manos.  
   Últimamente había llevado a cabo todos los preparativos para pasar las vacaciones de Semana Santa con la familia en el campo, respirando nuevos aires y desintoxicarse del síndrome del hastío rutinario.
Una idea genial, pensó Mario, que le vino al toparse con unos hexámetros del poeta Horacio alabando la vida retirada lejos de la voluble fortuna y usura, y andaba ensimismado rumiando en tales coyunturas las bondades del campo deleitoso con la mayor ilusión del mundo concretando proyectos y haciendo cábalas como el cuento de la lechera, cuando de súbito se le troncharon los sueños, al entrar por la ventana amenazadoras corrientes del mar de la vida.
La cuestión palpitante no se ceñía a supuestos caprichos porque sí de ninguna de las maneras, cuando se entera del decreto gubernamental avalado por la OMS en el que se ordena el confinamiento inmediato de la población por mor de unos brotes sanguinarios de pandemia detectados al parecer en China.
Mario, que vivía libre como el viento desafiando los más serios ogros o negras tempestades del cielo y vías terrenales y sin tiempo para reaccionar se ve obligado a modificar ipso facto los planes mudándose a un Crucero, acatando el mandato rubricado por los doctos arúspices del maquiavélico virus, asumiendo sin remilgos las nuevas recomendaciones echándose en brazos de la divina providencia pisando pensamientos y tierras vírgenes en el fluir de los días, pensando qué hacer para no contagiarse de la terrible plaga y recluirse en casa, emprendiendo un singular e incierto crucero con el ojo puesto en los dictámenes que fuese ofreciendo el capitán del barco.
Y al poco se oía por los altavoces del puerto el aviso confundiéndose con el nervioso hervor de la concurrencia, “Atención, viajeros, acomódense en sus camarotes que vamos a zarpar rumbo a Utopilandia”, un mundo recién descubierto por los más eximios expertos de la NASA, China y Rusia en viajes interplanetarios y asoladoras pandemias así mismo.
    Se empezó a divulgar por los medios que los primeros brotes tuvieron lugar en China, no sabiéndose el leitmotiv del affaire o intereses ocultos de tan denigrante empresa, surgiendo la duda de si el susodicho virus fue creado a conciencia en un laboratorio por venganza comercial o fue fruto de la madre natura como degeneración del cambio climático.
A lo largo de la travesía todos debían tomar conciencia  de que sus vidas pendían de un hilo, y había que estar atentos a los vaivenes de los fallecidos y del barco por las corrientes del Golfo e indicaciones de las autoridades sanitarias poniendo los puntos sobre las íes sobre la marcha y posible fecha del desembarco, así como tomar nota del desaguisado y desconcierto social fraguado en los distintos camarotes por la aparición de posibles contagios del invisible enemigo, portando en el pico lo que no está en los escritos de maleficios y su torticero comportamiento, generando neumonías a la carta, por lo que todas las precauciones que se tomasen eran pocas.
Por el oscurantismo de las laberínticas intenciones del virus, y  la suma gravedad de las circunstancias en que se veía envuelto el personal, no había más remedio que embarcarse pese al vértigo de algunas personas, y según fueran pasando los días y la evolución de los contagiados se irían desmenuzando paulatinamente los intríngulis de la pandemia.
   Para informar al público en general se había expuesto en un gran panel con todo lujo de detalles las diferentes actividades a realizar durante la travesía, a saber, horarios, eventos, áreas de descanso, concursos, talleres, programas culturales, ven a cenar conmigo esta noche, comidas de protocolo, amor a primera vista, barbacoas, picnics y un largo etcétera hasta completarlo.
Entre otras recomendaciones dignas de mención figuraba el consejo encarecido a los viajeros que no tirasen basura por el suelo del barco, ni por la borda cuantas novedades se les fuese trasmitiendo, porque pondrían en riesgo la vida de los demás y la propia, por lo que debían cumplir a rajatabla lo dictado.
   Convenía no relajarse en el confinamiento en el cumplimiento de las pautas a seguir por insulsas o extemporáneas que pareciesen a algunos como, aplausos en las ventanillas del barco a las ocho de la tarde, no salir a la puerta o cubierta a hacer footing, no alzar la voz en el pasillo del camarote por desavenencias con la pareja para no turbar a los tiburones que se crucen en sueños o en alta mar (¿¡personas asintomáticas!?, así como a los demás pececillos compañeros de fatiga (indefensos convecinos atrapados), porque al menor descuido la travesía puede atragantarse y alargarse más de la cuenta cayendo en perversas recaídas no deseables para nadie, como regresar de nuevo a la uci.
 Por otro lado se precisaba hacer mucho hincapié en la trascendencia de lo novedoso de todos estos episodios nunca vividos, como el de ser una ruta altamente peligrosa por imprevisibles acometidas de contagio, corrientes marinas, el paso por el triángulo de las Bermudas o estado febril de personas bajas en defensas, así como ser totalmente desconocido el itinerario entre otros motivos por ausencia de faros de alta gama o ser inservibles los GPS en los avatares en los que nos movemos, en todo caso puede que nos sacase del apuro por su veteranía el de Alejandría (los internistas hospitalarios), y la posibilidad de estar sembrado de avisperos acuáticos, que se pegan a las partes más vulnerables del barco (la casa), nadando en esas interioridades placenteramente los muy infames, y los albatros más aventureros y famélicos se dejaban caer en picado sobre el barco con sus fuertes garras llevándose la presa, provocando desgracias.
No cabe duda de que hay que proclamar a los cuatro vientos que es una ruta nada aconsejable por no haber sido nunca transitada por ninguna tripulación, como no fuese el Arca de Noé, el providencial salvavidas.  
En la casa (¿el crucero de marras?) había antaño un tráfico intenso con todos los miembros de la familia al completo, con su trajín diario, y las ingentes labores agrícolas que realizaban entrando y saliendo por la puerta de la fachada principal, y por la de la izquierda, menos impoluta según el plano del edificio, conducía al establo donde dormían los animales, ocurriendo a veces cuando el hambre apretaba que unas cuantas gaviotas desnortadas o desmejoradas planeaban por el tejado del crucero echándole el ojo a boquerones, jureles, bogas o bocatas de jamón pata negra que había encima de la mesa o en la despensa del barco, y siempre figuraba en la fachada principal como en un altar la silla vacía, testigo fiel del ayer, delatando ausencias, soledad, pérdida.
El establo era lo más relevante del crucero, porque allí era donde se cocía la vida, ubicándose los motores de labranza y agentes que abastecían el sustento de la familia y animales dando leche y carne, ofreciendo unas existencias suculentas, así como compañía al cruzarse los miembros de la familia para realizar las distintas tareas domésticas o faenas del campo entre otros quehaceres.
De esa guisa salía o entraba la mula vacía o cargada hasta las orejas de frutos del campo endulzando los raros aires bucólicos, y las gallinas retozaban a sus anchas alegres y felices picoteando por aquí y por allá buscándose la vida, entrando y saliendo como pedro por su casa.
   Los autobuses ALSA de la comarca funcionaban a la perfección permitiendo viajar cómodamente, y al subir por las escalerillas se olvidaban los sinsabores vitales como, hipotecas, depres, prisas o infortunios propios de las obsesiones que acechan en los desplazamientos subsanándose por la buena gobernanza de la empresa con la distribución de horarios, equipamiento, paradas y la puntualidad en los trayectos, así como las atenciones de los conductores arribando dichosos a buen puerto.
    Ahora en el crucero (la casa) en el que nos ha tocado vivir y viajar ya nada es como antes, la silla vacía que aparece en el portal de la vivienda habla por sí sola, rememorando tiempos de penurias y decesos, y clama al cielo la fría estampa aireando los tejemanejes que se confabulan para tejer desventuras, salpullidos o desmanes, que como dice el refrán, no vienen solos, y acaecían precisamente en esa humilde morada, ya que el amo del terreno curtido en mil batallas (guerra de colonias, como el dicho popular, más se perdió en Cuba, Filipinas con los últimos, o la fratricida guerra civil, y habiendo superado tantos escollos y estrecheces en las propias carnes) errase el camino de mala manera, y viniese a caer tan temprano en la barca de Caronte, tal vez con el óbolo a flor de piel por aquello de hombre prevenido vale por dos.
Mientras tanto el barco no se para, seguimos navegando en el crucero (la casa) en tiempos tan inciertos con tiburones pisándonos los talones (invisibles virus) en alta mar, lejos de lo que fue el hogar entonces, dulce hogar, por mor de los desalmados virus que no dan tregua ni la cara apuñalando por la espalda al entrar o salir, al subir o bajar escaleras, ascensores o tocar puertas, ventanas o rellanos del crucero no pudiendo salir al tranco de la puerta ni a dar un recado, tan sólo por la compra de la ingesta vital al supermercado, farmacia o alguna imperiosa necesidad, permaneciendo enjaulados por imperativo legal.
¿Dónde están aquellas concurridas verbenas y joviales escenas de los viajeros de autobuses ALSA en viajes culturales o fiestas patronales con encendidos bailes en la plaza pública o rincones, donde ahora sólo se oye el canto del miedo o el serio carraspeo de algún fumador trasnochado, u objetos obsoletos abandonados en la fachada principal del crucero (la casa) connotando una triste estampa que recuerda la caída del imperio familiar, como otrora el imperio romano, bárbaramente pergeñado, conformando desestabilización, tristeza, muerte.
Cuando todo respiraba primavera y bonanza se fueron a pique de un día para otro, y los usuarios de los autobuses ALSA y del barco ni siquiera podían vislumbrar la cara de los invisibles y barriobajeros asesinos tras sus infernales caretas invisibles entrando por ventanas o rendijas de camarotes de residencias de ancianos a pecho descubierto disparando a bocajarro no quedando vivo ni el gato, o al deambular por la rúa apuñalan por la espalda sin que le duelan prendas o saltan a ojos, boca o fosas nasales por narices.
La voracidad del virus es tan galopante, morbosa y perversa que devora todo cuanto encuentra a su paso, y se ensaña siempre con el más débil, no dando el más mínimo respiro a la víctima en la macabra jugada.
Mientras los estragos y extrañas coyunturas se suceden, el crucero sigue navegando sin rumbo, no obstante, a pesar de los exasperantes vaivenes del viaje, hay que escuchar la voz de quienes ya pasaron por similares turbulencias de arresto carcelario, y asimilar algunas briznas más temprano que tarde de las aseveraciones de don Quijote: ”Sábete, Sancho, … todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo, y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal y el bien sean durables, y de aquí se sigue, que habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca”… y gritemos ¡albricias!, amig@s, viva la vida, subámonos a su tren, que no es otro que el autobús de ALSA.   










viernes, 5 de junio de 2020

La lonja o encaje de la violinista



Violinista/ Violinist. Violin. | Ilustraciones, Ilustración ...


Lonja - Wikipedia, la enciclopedia libre




                    
Según navegaba por los canales venecianos en una góndola el viajero arribó a Burano, quedando deslumbrado por las vistas y una emperejilada violinista con vestido de encaje marca de la tierra lanzando al viento embrujadas melodías, vislumbrándose al fondo un cromático contraste de casas ornadas con singulares alardes, generando una majestuosa y bella atmósfera.
   A Burano se le conoce como la isla de los colores por aquilatarse en su fuste un rico e inigualable colorido – rojo, azul, verde, amarillo, morado, rosa…- plasmado en las fachadas de sus moradas para zanjar los reiterados desatinos de los pescadores al regresar de las faenas marineras, por la formación de una endiablada neblina que cual tupido mando tomaba cuerpo enturbiando el horizonte, dando pie a un carrusel de malentendidos o riñas por celos.
   Para salir del atolladero idearon un recurso pictórico, tan original y certero que venía como anillo al dedo, con la esperanza de deshacer los entuertos o lo que se terciase.
   Al igual que el exhalado polen deleitoso y emotivo de las notas de la violinista, otro tanto le ocurrió al viajero al caer en sus manos el poema “El Piyayo”, llamándole poderosamente la atención los versos dedicados a los hijos de la mar, … “Y este pescaíto, ¿no es ná?/, ¡sacao uno a uno del fondo der má! /. Gloria pura él/. Las espinas se comen tamié/, que to es alimento/. Así, despacito/, muy remascaíto” … y de esa guisa iba contando amapolas primaverales por los campos, y soñando conforme se desplazaba de un sitio a otro al rebujo de los avatares, encontrándose por el camino de improviso con los destellos de una floreciente lonja, que refulgía en todo su esplendor con vivos besugos y un mar de almejas, caracolas, mejillones y otras especies saltando con furia, dispuestos para la subasta y posterior transporte a los respectivos destinos.
   En sus tiempos de juventud le estuvo vedado al viajero contemplar de cerca tan fascinante y grandioso espectáculo concentrado en una lonja, por la carestía reinante y economía de guerra con las cartillas de racionamiento, no encontrándose al alcance de cualquiera darse un baño de tanto gozo observando como Dios manda lonjas tan lujosas, y menos aún probar los manjares y surtido exhibido.
   No obstante, desde la infancia le tiraban sobremanera los espetos de sardinas aderezados con sol y yodo en la playa, tanto que moría por ellos, sin descartar otros sublimes ejemplares como el bogavante o el renombrado boquerón malagueño, de forma que siempre que pasaba a la vera del mar o el mundo marinero discurría por su mente se le hacía la boca agua sin advertirlo.
   Cuán lejos de sus intereses y hervores culinarios se hallaba la parcela de repostería, acaso por aquello de no entrar en sus cálculos el fomento de glucosa en sangre y prevenirla, y seguir en la brecha vivito y coleando, disfrutando a su manera de los vitales placeres o acariciados vicios que como a todo hijo de vecino le tentasen en el fluir de los días.
   La cuestión palpitante no consistía en descifrar si el viajero era o no un sibarita o un tiquismiquis, porque su estímulo y respuesta iban por libre, toda vez que por  su condición moldeable lo mismo se entregaba a lo bueno que a lo contrario, haciendo gala de un sucinto estoicismo, permaneciendo inalterable ante las más sutiles tentaciones e incluso crueles adversidades, como la pérdida de pronto de un ser querido por el cobarde e invisible coronavirus, o negros nubarrones en el horizonte, en su afán por no dejar heridas ni lamentos por los senderos, ofreciendo la más honesta y grata imagen de sí mismo.
   Con el tiempo se fueron ajustando los coyunturales desajustes del puzzle o desvaríos humanos, y se despertaron en su alma aficiones artísticas de la noche a la mañana, melómanas unas, y literarias otras, no dejándose llevar por cantos de sirena o necios razonamientos de tal o cual signo por muy apetitosos que pareciesen, teniendo siempre por bandera unos tintes espartanos, sobrellevando las debilidades de la carne de la mejor manera, o sacando pecho cuando la situación lo requería convencido de la sentencia, “el que quiera peces, que se moje el culo”, respirando  a la postre eufórico y seguro.
   La violinista, con su gracejo y ardiente duende fue construyendo una seductora aureola de admiración nunca auspiciada por ella, destilando las más genuinas esencias artísticas que llevaba dentro, siendo sumamente trasparente en todo tiempo y lugar con los sentires, por lo que en política no hubiese llegado muy lejos, haciendo suyo el dicho popular, “mentir y comer pescado, requieren mucho cuidado”.
   Al cabo del tiempo un músico oriundo de la Toscana recaló en primavera por los aires de Burano como ave migratoria, y llegó en una noche de espantosa tormenta, y por caprichos del destino fue a alojarse esa noche en el mismo hotel de la diva, quedando prendado de su porte y hermosura, llegando a formar un dúo que muchos cenáculos, paraninfos o Escalas como la de Milán quisieran ver en sus escenarios.
   Para celebrar el cumple de ella el músico le propuso llevar a cabo una gira por distintos lugares de Italia empezando por Sorrento, descubriendo los secretos culinarios y escondidos encantos que atesora. Luego decidieron ir a Verona y evocar los encendidos y memorables pasajes y encuentros de Romeo y Julieta recreados en las páginas de Shakespeare.
   En las salidas matutinas se sentían como pez en el agua paseando por plazas y bulevares, sintiéndose atraídos como un imán por las tentadoras exquisiteces marítimas que albergaban las lonjas, disfrutando como niños con zapatos nuevos, y se divertían realizando entusiásticos paseos llenos de ternura y olor a mar, tatuados en las entrañas de los sufridos seres marinos presos en la lonja, que se sublevaban con toda su rabia porfiando por seguir nadando por el río de la vida.

   Y en el carnaval de Venecia se despojaron de las máscaras, y se dieron el sí quiero a dúo, pasando la luna de miel por aquellos emblemáticos rincones, paseando ensimismados en una góndola rumbo a Burano, rememorando los tiempos en que se conocieron en un día difícil de olvidar por los horribles truenos y relámpagos que azotaron sin piedad la capital de los canales, y a renglón seguido se entregaron al amor, contentos y felices como perdices.
                         
                 
     
                
         





    


lunes, 27 de abril de 2020

El aljibe




ALJIBE !!! | Estanques de jardín, Decoración del jardín ...






                      
   Aquel día quiso empaparse Venancio de los artísticos tesoros y monumentos que pululan por la urbe granadina, amenizada por las cantarinas aguas de los dos ríos que bajan de la nieve al trigo.
   Para disfrutar a fondo de los duendes que duermen en sus interioridades convino Venancio en descolgarse por el monte del Sacromonte, la Alhambra y recoletos rincones ricamente engalanados tanto en invierno con la blanca nieve en las cumbres, como en verano con el envidiable y fresco verde de la vega, y meciéndose a sus pies voluptuosa la costa tropical con tentadores frutos, papayas, mangos, chirimoyas y aguacates entre otros, jugando la blanca espuma de las olas al pilla pilla o gallina ciega a la orilla del mar.
   En aquel ávido despertar se inclinó Venancio por otras corazonadas venidas, introduciéndose por el corazón del Albaicín desnudando las ocultas aguas que yacen en lóbregos recintos a la espera de que alguien les pida unos sorbos, o traigan cántaras para llenar abriendo el grifo solidario del aljibe, siendo antaño trasportadas por burros o mulas al destino correspondiente.
   Mientras se fraguaban tales coyunturas, seguía avanzando Venancio por el distrito albaicinero topándose al poco con uno de los ricos acuíferos que pueblan la emblemática barriada, surgiendo interrogantes al respecto, como el hecho de teniendo tanta raigambre nazarí e ignotos misterios discurriendo por sus venas no se revelasen, y en un acto de exaltación se dirigió Venancio a los aljibes como otrora Juan Ramón Jiménez a Platero, animándolos a dar un garbeo por los románticos miradores de San Cristóbal, los Carvajales o San Nicolás visitando en noches de bohemia o luna llena las zambras gitanas en plena danza especialmente los fines de semana, o el festival internacional de música y danza, que con tanto celo y señorío se celebra en los embrujados escenarios granadinos.
   Al igual que los arrieros llevan en las alforjas viandas y reconfortante combustible para el camino como dice el refrán, “con pan y vino se hace más llevadero el camino”, otro tanto diríase de los albaicineros aljibes que allí brotan y viven, pergeñándose en su hábitat una sugerente atmósfera de duendes y exuberantes plantas al rebujo del preciado líquido elemento, abriendo puertas y ventanas al sol de la vida, regando esperanzas, macetas, parterres  o jardines, y limpiando o curando el mal de ojo, los labios o las cicatrices del desamor.
   Contemplándolos desde otra perspectiva, se observa que los aljibes  llenan, además de vasijas de diverso calado, las orfandades y pilas emocionales de las criaturas, generando regueros de alegría y agua cristalina por los escabrosos costados o derroteros, sobrellevando a tragos las ásperas climatologías o rigores caniculares, incluso en medio de los miedos que nos acechan día y noche los invisibles virus, que no cejan en su empeño sembrando muerte por donde pasan, al igual que el caballo de Atila, empujándonos a las riberas del río Aqueronte con o sin óbolo para los trámites del último viaje.
  No será baladí tildar de malnacidos a estos cobardes virus que no dan la cara, no mereciendo el nombre compuesto formado por el lexema corona, a no ser que se etiquete con el epíteto de asesinas espinas.
   En tiempos de ocio estos horrísonos virus hacen allanamientos de morada, entrando como pedro por su casa por donde menos se espera, boca, nariz o garganta como auténticas balas genocidas invocando a algún dios siniestro, o destripador destronado que les brece en tan execrable operación, sin saberse a ciencia cierta con qué medios bélicos o telemáticos cuentan para tan macabras maniobras.
   No obstante es aconsejable mantener la calma escuchando a Sancho cuando dice, “Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias”. 
   Es harto complejo dilucidar las estratagemas que utilizan estos advenedizos criminales para engatusar al personal, acaso sea un señuelo de contagiosas carantoñas, palmaditas en la espalda o traidores ósculos embaucando a las células humanas con adictivas vitaminas o falsas recompensas, cayendo ingenuamente la gente en sus redes, creyendo que es algo bueno, bonito y barato, o tal vez el aguinaldo de Reyes envuelto en camuflado envoltorio hipnotizando los sentires del intelecto, logrando de esa guisa que no se percaten de las nefastas patrañas.
   Hubo un tiempo no lejano en que los aljibes eran el blanco de poéticos dardos, señeros recipientes de artísticas creaciones de eximias plumas de la piel de toro, destilando talento en sus labores creativas, aquilatando las primordiales vivencias de los vivos, de forma que los latidos de la lengua reflejaban cabalmente tales querencias, siguiendo los pasos de los pensares y del alma y del cuerpo sobre todo, toda vez que el setenta por ciento de la masa corpórea se compone de H2O, lo que acredita más si cabe su valía, aunque sin olvidar que el exceso mata, como ocurrió con el arca de Noé construido para preservar la semilla de los seres vivos de las embestidas del diluvio universal.
   La vida es un aljibe a carta cabal, con el que se sacia la sed de vivir, aunque en ocasiones ensucia la hoja de servicios con su desmesurado suministro en los campos en un punto y hora.
   A veces soñamos con un aljibe viajero, que nos acompañe por los insondables caminos de la vida dando de beber al peregrino, al sediento, o saciando instintos, pasiones o ensoñaciones, sin embargo si hacemos un alto en el camino y miramos al fondo del recinto, no alcanzamos a dar la talla del aljibe por ser tan pequeños, bañándonos a la postre en las infaustas aguas de la mezquindad.

         

            
   

domingo, 22 de marzo de 2020

Tras sus huellas o el último rentista





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En la infancia jugaba Eugenio con otros niños a los juegos de entonces: salto de pídola, peonza, escondite, canicas, aro, gallina ciega, zancos, las cuatro esquinas o lanzamiento de chinarros con tirachinas a todo bicho viviente, perro, gato, a rivales o ufano gorrión en tentador festín.
   En la posguerra sus padres cruzaron el charco como otras tantas familias en pos de una vida mejor, con idea de hacer las Américas siendo él aún un niño. Al crecer y hacerse un hombre, con su amor propio y al trabajo y el buen olfato mercantil puso una pica en Flandes logrando que los hados le fuesen favorables, llegando a convertirse en un afamado acaudalado, pasando a engrosar el árbol genealógico de los denominados indianos.
   Eugenio evocaba con no poca morriña su infancia en el pueblito gallego que le vio nacer, y el musgo que traía con su padre para el belén familiar, así como los rebeldes caracoles y suculentas setas del bosque, si bien sus frutos preferidos eran las castañas y nueces.
   A su abuela la tenía en un altar, siendo a quien más admiraba y quería por su ternura y entrega estando siempre dispuesta para ayudar a los demás, y luchaba día y noche por ver a su familia feliz y contenta.
   Yo, -decía ella a sus años-, si por mí fuese hubiera emigrado muchísimo antes a América para salir del pozo de la pobreza, levantando el vuelo adonde fuese menester,  arrimando el hombro como el que más.
   A pesar de las adversidades y conjuras contra su persona, Eugenio se llenó de gloria. Después de haber emigrado con una mano delante y otra detrás, en cuanto pudo se lanzó con todas sus fuerzas en busca de un mundo mejor, a fin de conseguir tiernos trinos que le amenizasen las alboradas en días de crudo invierno.
   Al cabo del tiempo su hoja de servicios lo catapultó al rango de egregio indiano, y llegó a amasar una formidable fortuna hablando en plata, logrando las más prósperas rentas de la comarca, siendo la envidia del resto de residentes viviendo a todo confort, no faltándole capricho alguno por costoso que fuese, disponiendo de avión privado, barco y toda una colección de vehículos de alta gama, así como la protección de cuerpo de escoltas.
   Así de esplendorosos y ubérrimos transcurrían sus días nadando en la abundancia, picoteando en todos los charcos, y mira por dónde de la noche a la mañana se derrumba su vida como un castillo de naipes.
   Sus pilares económicos y emotivos gozaban hasta la fecha de una salud de hierro, así como el termómetro de amistades que sostenían su esqueleto financiero y anímico junto con Margarita, su fiel pareja, a la que adoraba.
   Durante un tiempo echaba de menos el cultivo de otras parcelas como la cultura, por lo que se dedicó generosamente en sus horas libres a participar en actividades de ocio en las que entretenerse. Fue un auténtico mecenas del arte, y no conforme con eso se convirtió en un avezado rapsoda recitando poemas en academias, cenáculos y paraninfos universitarios por todo el continente americano, iniciando sus labores líricas por el  Modernismo con Rubén Darío a la cabeza, declamando poemas tales como  “La princesa está triste, qué tendrá la princesa, los suspiros se escapan de su boca de fresa”… o “Margarita, está linda la mar, y el viento lleva esencia sutil de azahar, yo siento en el alma una alondra cantar, tu acento. Margarita, te voy a contar un cuento”…, y lo hacía con tal maestría y sencillez que dejaba extasiado al auditorio, rodándole lágrimas de emoción por la mejilla y los espesos mostachos acrecentando más si cabe su entusiasmo y olor de multitud.
   No obstante no descuidaba los negocios, pues andaba embebido en los tejemanejes e inversiones de tentadoras y golosas rentas desafiando al fisco y al más pintado, ajeno a las lenguas de doble filo o comidillas de gente de su círculo más cercano.
   Vivía el indiano en un vetusto castillo medieval, más castillo que palacete, con esperanzas de construirse al regresar a su tierra querida una vivienda moderna a su gusto, a ser posible en un  terreno de copiosa y verde arboleda. El castillo estaba bien pertrechado con guardia personal y una jauría de rottweiler de siniestros ojos capaces de descuartizar a cualquiera.
   No cabe duda de que las personas son limitadas, no estando todo a su alcance, y no hay que dormirse en los laureles pues las cosas no vienen solas, ni es posible tampoco prever todo lo futurible, acontecimientos, fuertes temblores de tierras o desquiciados avatares, por lo que un día de rebosante primavera, cuando los prados ríen y se oyen a rabiar las alboradas en lontananza Margarita, un tanto pensativa, se asomó a la ventana de su jaula de oro en la que vivía, y tras verificar que no había moros en la costa se lió la manta a la cabeza y se echó a la calle con lo puesto caminando descalza por la mullida y húmeda tierra llevando unas chanclas en las manos, dejando tras sí las huellas en la tierra que hollaba.
   El día de autos Eugenio, el último rentista, no se sentía bien respirando con dificultad al tener la tensión por las nubes y fuerte jaqueca y migrañas, tales coyunturas no eran muy diferentes de las rocambolescas resacas que le aquejaban tras las bacanales y orgías a las que concurría.
   Al despertarse al día siguiente fue abriendo los ojos poco a poco muy alterado no pudiendo controlarse, y empezó a dar bufidos y fuertes patadas en la pared exclamando ¡ay mísero de mí!, exhalando espumarajos por la boca semejantes a los estertores de la muerte, nada que ver con los saltarines y alegres rebuznos del rucio de Sancho Panza por las anchas tierras manchegas.
   No eran de extrañar en la vida de Eugenio tales martingalas o enredos, se diría que formaban parte del ritual con el que solía dar instrucciones a los sirvientes, siendo así mismo una señal de alerta de que continuaba vivo, y que cada cual cumpliera con su cometido.
   Transcurrido un tiempo prudencial entre la víspera de los aconteceres y otras cosas no contadas, y advirtiendo que Margarita, su amada esposa, que dormía en la habitación contigua no aparecía, sospechó lo peor, su fuga, y empezó a llamarla fuera de sí por todo el entorno del castillo y árboles frutales que poblaban el terreno con la cara toda descompuesta arrojando por los aires todo cuanto caía en sus manos interrogándose amargamente por su paradero.
   No sabía que Margarita había emprendido muy de mañana un veloz vuelo rumbo a lo desconocido encaminando sus pasos por ignotos derroteros, debido a que sus sueños se hallaban hechos añicos y a años luz de la suntuosa vida muelle que llevaba, encontrándose interiormente vacía.
   Al cabo de un tiempo Eugenio no la daba por perdida, y con no poca sutileza y parsimonia removió Roma con Santiago para descubrir algún vestigio, mas ella, como ya indica su nombre, toda circunspecta y firme en sus planes, fue deshojando la homónima flor preguntando si iba a Buenos Aires, Roma o París, si, no, si,… y finalmente se inclinó por los bosques de la vida con un amigo de la infancia, recordando los días azules en que asistían a la escuela vislumbrando en él su espejo, el paradisíaco jardín de su existencia, cayendo el honorable indiano en las más decrépitas cloacas vitales sin que el embrujo del peculio, cheques en blanco y palaciegas damas que besaba y abrazaba en voluptuosas y galantes fiestas con sus tocados y vestidos y fuegos encendidos de amor le aliviasen tan deprimente y lacerado estado.
   Ya lo dice el proverbio castellano, no es oro todo lo que reluce         

  

                             



jueves, 20 de febrero de 2020

Velero o un proyecto de grupo


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Si la vida es corta y la esperanza larga, otro tanto ocurre con el arte, por lo que no tuvieron que calentarse mucho el intelecto cuando se citaron para planificar a la luz de una farola la actividad que pensaban llevar a cabo.
   Y se pusieron de acuerdo antes de lo esperado, intentando sembrar en tierra firme algo que les garantizase plenamente los proyectos así como las satisfacciones. Tras la concienzuda deliberación se inclinaron por algo grande, exótico, seductor, meterle mano a la escritura creativa, aunque alguien masculló entre dientes algún exabrupto, ejecutando la labor de leer poemas al viento navegando en un velero, y lanzar versos a la mar o introducir en botellas dulces misivas, íntimos recados o avisos a navegantes.
   Era desde tiempos inmemoriales el sueño no confesado de Avelino.
   Para ello se citó con los ojos cerrados con el grupo, cuyos objetivos coincidían con la letra pequeña de lo que buscaba, y la ocasión la pintaban calva.
   ¿Qué mejor aventura que volar por el universo marítimo, mientras la mente construye mundos, personajes, verdaderas vidas, o incluso acometer andanzas quijotescas la mar de difíciles que quiten el hipo al más pintado como si se fuese cabalgando por la ancha Castilla?
   Todos estaban de acuerdo. No cabe duda de que el velero era uno de los medios más propicios y soñados para llevar a cabo tan apasionante aventura cruzando los mares viento en popa, cual piratas esproncedianos, hilvanando con la pluma las más variopintas historias, escenas, avatares o pálpitos, pintando los procederes y sentires de lo más recóndito de los humanos.
   Y mira por dónde lo que se había soñado se palpaba, acordando el grupo al unísono alquilar un velero para tan envidiable e insigne periplo, haciendo una travesía por la blanca espuma volando sobre las olas impregnando en las cuartillas tragos de vida y esperanza, sentidos retazos de almas, sufridas ausencias u hondos latidos insertados en las entrañas de miradas, sueños o corazones partíos derramando amor o desamor en frías noches de invierno.
   El punto de encuentro para el embarque figuraba lo suficientemente señalado, y el GPS detectaba el enclave en el puerto con pelos y señales no dando pie a error alguno, sin embargo los elfos o duendes del bosque humano interfieren a veces subrepticiamente en los más elementales procesos de las criaturas, hurtando a quemarropa los datos más delicados y mejor guardados.  
   Mas como no es oro todo lo que reluce, acaeció que el susodicho evento cultural no aparecía por lo visto en su horóscopo hasta el punto que llevando en la mochila los trastos de escribir y otros enseres ad hoc junto con los poemas limpios de polvo y paja, resultó que sin saber cómo se convirtieron los sueños en agua de borrajas, tomando una ruta equivocada.
   El imperioso impulso de Avelino por lograrlo le llevó a involucrarse hasta la médula con el grupo en la anhelada velada marinera, el soñado velero poético, mas los procelosos avatares transmutaron el destino emulando al mito de Tántalo, siendo torturado por la sed teniendo tan cerca el líquido elemento en las aguas del Mare Nostrum, convirtiéndose las ilusiones en el Sueño de una noche de verano Shakespeariano.
   Ya lo dice el refrán, el hombre propone y Dios dispone, y si no que se lo pregunten a Avelino, que conociendo cada palmo de los accesos al puerto de partida de la vivencia creativa, donde se fraguaría el inicio de la gesta literaria, la explosión de los fuegos artificiales de la lírica aventura, resultó que un malnacido intruso se interpuso en sus planes modificando a todas luces el GPS con tan mala fortuna que lo arrastró a un pozo sin fondo, embarrancando la estrófica barquilla.