sábado, 22 de febrero de 2014

Perdió el autobús y...








                                     

   Al entrar en el ascensor se sintió en la boca del lobo, bogando en la barca de Caronte rumbo a la otra orilla del río sin retorno, donde se extingue la vida. Un torbellino de humo tronaba en el diminuto recinto, haciéndolo irrespirable, no siendo nada gratos los augurios que inhalaba.
   En efecto, al salir del ascensor, en la cuarta planta, se topó con el infierno, la cocina de la casa casi en llamas, reviviendo las danzas de la muerte, circulando una negra y densa humareda por el ambiente, mientras en el interior pugnaba su pareja con el macabro oleaje entre SOS hundida en una ciénaga de fuego, agua  y tufo, dando palos de ciego al aire y al humo que la envolvían con furia, y todo por mor de la llamarada del aceite hirviendo en la sartén.
   Era el pintiparado presagio de la llegada, y ni el más afamado de los escribidores de escenas de terror lo hubiese hecho mejor. 
 -Ummmmmm, espera que me limpie los ojos, que no los encuentro, y los churretes y alguna quemadura. Qué caradura…
-Hola, cariño, ¿Qué te ocurre?… ven que te dé un beso.
-A mí ni mirarme. Mira cómo estoy.
-¿Qué pasa? ¿Pasó algo raro?
-Es mejor que no te lo cuente. Porque si no la lengua se va a disparar. Por poco si me encuentras amortajada. ¿Crees que son horas de venir?.
-Es algo tarde, bueno, las tres y media, no es para tirar cohetes, pero qué se va a hacer, las circunstancias mandan, otras personas quizá tarden más regresando de tomar agua bendita en el bar.
-Tú sabrás de dónde vienes, por mí, como si te hubieses quedado allí toda la eternidad, a ver si te crees que estoy en la edad del pavo, majo, y sin luces, aunque sea el día de San Valentín, si cuando vas ya vengo de vuelta. Eso era antes, cuando una vivía en la inopia, que no discernía las quisicosas, los entramados de la vida, pero a estas alturas, anda ya, no comulgaré con semejantes piedras de molino, ni tragaré las trolas que propalas así como así. Me río yo, ja ja ja, ni pensarlo –arreglándose, ensimismada y encorajinada, el flequillo-, así que ya lo sabes, la maletita y humo, la puerta está abierta, que ya está bien de hacerse el gracioso tocando la trompeta con argucias e inventos que nadie cree, porque ni para eso sirves, caracoles, pues son de libro, y ya me lo has hecho en múltiples ocasiones, así que lo mejor es que te largues para siempre, antes de que me dé un infarto y sufra aún más, porque está claro que no quiero verte más.
Él permanecía sumido en un mar de ofuscaciones y turbios pensares diciéndose para sus adentros, ¡tierra, trágame!
-Uhmmm…pss..uuuuffff…, un momento, se puede saber qué coño sucede aquí, eh…a ver…?
-No, nada, ¡fuera de aquí!, no quiero saber nada de ti.
-No me lo puedo creer. Vamos a ver, el simple retraso del autobús acarrea toda esta maraña de monstruosidades y descalificaciones, esto es de juzgado de guardia… porque lo que aconteció realmente fue eso, la pérdida del autobús y punto.
-Pues denúnciame, anda, valiente, sí, hazlo. No te fastidias, ¿cómo quieres que crea esa patraña que estás relatando?
-Déjate de pamplinas, lo que oyes, querida, no hay más, porque el siguiente no salía hasta dentro de hora y media.
-En absoluto, no me lo creo, vete a saber dónde habrás estado durante todo ese larguísimo tiempo, sí… y yo jugándome la vida en la cocina, ¿no ves cómo estoy, preparándote el sustento?.
-Vamos por partes, primero se precisa pensar y luego expresarlo, y no al contrario, razonando con cabeza, con una brizna de raciocinio al menos, toma el horario del autobús, aquí viene especificado, y no pasa ninguno hasta la  hora que te he dicho, y no sabes lo mal que se pasa esperando desesperado, sin saber qué hacer, hecho una piltrafa, machacado por la impotencia, sintiéndote como en un país tercermundista, en un  funesto contratiempo.
-Anda, vete con tales monsergas y cuentos adonde habite el diablo, está una hecha una perra, trabajando sin descanso, desbordada por las circunstancias, no pudiendo sacudirse el estrés ni el polvo del delantal, y mientras tanto te vas de rositas, y le cuelgas el sambenito al autobús, vamos, es que no tienes vergüenza.
-Ésas no son maneras, mujer, no hay forma de pisar tierra firme, de alumbrar algún resquicio con visos de realismo.
-A buen seguro que tendrás alguna lagartona y…
-¿Qué apuntas, coño? Hay que darse cuenta, haces una tormenta de un vaso de agua, son increíbles las dotes melodramáticas de demiurga de primer orden, montando escenas teatrales sin cuento, podrías presentarte a los festivales de Almagro, que al parecer buscan actrices con talento para representar el próximo año los sainetes y entremeses más castizos del siglo de oro español. A ciencia cierta que asombrarías a propios y extraños, dejando el pabellón bien alto, y a los críticos más recalcitrantes del ramo embelesados con tus artísticas ardides interpretativas.
-Pero, para qué sirve  toda esa fanfarria que desgranas, ¿quién lo va a sostener?
-Ya sospechaba de lo que ibas a urdir, y heme aquí que después de tanta desgracia, y perdido a más no poder en mis cálculos vitales, recibo como recompensa una paliza de infarto.
-Aquí me huele que  hay tomate, sí, te lo aseguro.
-Ostras, vislumbro que navegas por las aguas de los programas basura de la tele, la noria, el hormiguero, los intrépidos paparazzi, metida hasta el gaznate, como otra garganta profunda, buceando en ellos.
-No digas bobadas, otra vez a hilvanar historias y más historias, acaso para publicarlas en alguna revista o blog, qué desfachatez, tienes un morro que te lo pisas, cuánta desmesura, cuántas mendacidades, que al fin de cuentas escapa una como cobaya en el laboratorio de experimentación. Pero recapacita un poco, ¿tú sabes lo que me has hecho?
-Sí, pegarle fuego a la cocina con el mando distancia, con el poder de la mente. ¿Hay quien venda más humo? Vaya, lo sé con claridad meridiana, pues cómo no lo voy a discernir, si lo sufrí en mis propias carnes, el verme tirado en la cuneta, jodido y  sin poder… y no voy a citar en estos instantes el célebre juego de vocablos del premio nobel.
-En todo caso, cediendo en mis propósitos, cosa no muy habitual en mí, pienso que pasando por el polígrafo, el detector de mentiras,  la máquina de la verdad, en tal caso, a lo mejor me podrías alumbrar las oscuridades que palpo y me convencieses en parte, porque evidentemente es nada menos que la máquina de la verdad, aunque no las tengo todas conmigo.
-Como las palabras y los pensamientos no quieren estar enjaulados, pues salen sin esfuerzo por la corriente que circula por el hiperactivo cerebro…y brota, al socaire de la frase bíblica, la transparencia, “hágase la luz, y la luz fue hecha”, de ese modo se ven los acontecimientos tan reales como la vida misma.
 





domingo, 26 de enero de 2014





Caperucita de lobo












                                           

   Estaba Caperucita aquella noche escuchando música, y sin apenas darse cuenta se fue quedando profundamente dormida.
   Durante el sueño, su cerebro no cesaba de volar y fantasear imaginando un sinnúmero de escenas, situaciones, peripecias. Y queriendo descifrar entre sueños las diversas versiones que le habían contado de su propia biografía, pegó un salto de repente en la cama y empezó a buscar las más variadas prendas en el armario y todas las pinturas, y con gran destreza y tino se fue pintando el rostro con los colores del arco iris y las facciones de lobo, y una vez disfrazada penetró en la espesura del bosque cercano, encontrándose de inmediato a una diminuta niña que caminaba asustada y hambrienta, y sin más rodeos se sentó a su lado, preguntándole los motivos por los que caminaba por allí sola y desamparada.
   Caperucita (disfrazada de lobo) no entendía las expresiones de aquella pequeña niña, un tanto atemorizada por la presencia de aquel lobo, y se deshacía en explicaciones de todo tipo en su lengua materna trabándosele la lengua, haciendo referencia a los avatares hasta llegar allí.
   Y percatándose de que Caperucita ( de lobo) no captaba los secretos, las vivencias, las emociones y los aconteceres de su vida anterior, se echó a llorar amargamente cayendo encantada en sus brazos sobre el frío suelo del bosque.

   En esas entremedias arribó un lobo de los de verdad, que tenía varios hijuelos en la guarida, y era ducho en relaciones públicas y en atender a personas desvalidas, por lo que al advertir la escena se detuvo con bastante interés y parsimonia, y pegando un chasquido al aire exclamó, ya entiendo vuestro problema, y se situó en medio de los dos, ejerciendo de intérprete el muy sabio lobo, y lo hizo de tal suerte que tanto Caperucita (lobo) como la pequeña niña perdida en el bosque lograron entenderse entre sí, y entusiasmadas se abrazaron llorando de alegría, quedando citadas para ver al día siguiente la proyección de la película del cuento de su vida, pero el real, lo que les acaecía en el día a día.                     

viernes, 24 de enero de 2014

Aquella noche de verano









                                              
   Le apretaba el zapato en ese punto más de la cuenta, quejándose en silencio de la mala fortuna en los bailes de las fiestas del pueblo. No sabía cómo ni por qué, pero raro era que la muchacha por la que suspiraba estuviese a tiro y en cambio siempre bailando con alguien cuando llegaba al baile.
   Se mordía las sensaciones, los labios, y se pellizcaba en las partes más sensibles a fin de sosegarse y digerir lo mejor posible aquellos brotes nocivos, el amargo cáliz, procurando conformarse con la suerte hasta que la situación le sonriese y mudaba el ánimo bailando con otra, y mataba así el gusanillo que le corroía, apagando los encendidos fragores de la batalla de amor en la que se sentía inmerso.
   Cuando él iba bailando con otra, clavaba la mirada en la figura amada, en el encendido oleaje de la que le quitaba el sueño. A causa del enamoramiento las fiestas patronales se le convertían en un calvario, en una semana de pasión, al tener que bailar con la cruz a cuestas, llevando los brazos y la cintura de la otra a disgusto, como un cristo con el pesado madero, además de las espinas de envidia que recibía desde la otra orilla de la pista de su auténtico querer. ¡Cuántos dolorosos rosarios de penitencia y promesas a la patrona, la Virgen de la Aurora, cada año para que no le volviese a ocurrir lo mismo de nuevo!
   Aquella muchacha, por la que bebía los vientos, se hacía la interesante, dándose aires de diva del séptimo arte, observándolo inquisidora, como si tal cosa, con ojos ajenos y perturbadores, y él se interrogaba aturdido por qué lo sometería a tanta tortura, no asimilando su displicente comportamiento.
   Él seguía en sus trece, insistiendo en la ventana de sus labios, y urdía sotto voce alguna trapisonda u oportuno contratiempo en el camino que la despertara del letargo tan obsesivo en que se encontraba sumergida.
   Con el paso del tiempo fue madurando la fruta, la idea de mejorar la imagen, su look, y se decidió a acudir a un afamado cirujano plástico para enterrar de una maldita vez  el complejo de la nariz, que tantos problemas le ocasionaba, la visión de ave rapaz, y asimismo los labios, especialmente el superior, viajando expresamente a Nueva York, y consiguiendo, al cabo de unos meses, que diera sus frutos, quedando el rostro como el de un actor de Hollywood, un Robert Redfort en la mocedad, prometiéndoselas muy felices aquel año.
   Durante un tiempo, estuvo practicando todos los sones y bailes de moda yendo a una academia, adquiriendo una insólita destreza en los pasos y en el voluptuoso movimiento del cuerpo, ligando a la perfección las cadencias y los compases, mostrando una tentadora habilidad en los desplazamientos, capaz de seducir a la más recalcitrante o huraña, y se miraba al espejo autocomplaciente, orgulloso de su nueva y fresca efigie, tarareando, gozoso, estribillos de ardientes melodías, y contando nervioso en el frio almanaque los días que faltaban para el celebrado evento, las fiestas del pueblo, pensando en que ese año recolectaría una exuberante cosecha, que la dulcinea de sus sueños no le iba a defraudar.
   Estuvo calibrando minuciosamente los pros y los contras y los pormenores de los festejos, buscando un traje estilo italiano, acaso remedando los primerizos hervores de los amantes de Verona, desenfadado, sensual, atractivo, que resaltara sus partes y elevase conjuntamente la moral en los espacios cortos, sobresaliendo como un torero ante el toro rociando de sangre la taleguilla, dándose de vez en cuando algún suave toque en el miembro para reubicarlo, y así, de esa guisa, aguardaba anhelante el chupinazo de arranque de fiestas.
   En esas variopintas ensoñaciones andaba el galán, cuando la víspera de autos el cielo se enrareció, como retorciéndose las tripas, asomando unos encrespados y virulentos nubarrones que empezaron a vomitar fuego, agua por un tubo, lloviendo con tal furia que los bancales, balates y torrenteras volaban como mariposas de papel, ahogándose el entorno, llevándose el agua por delante todo cuanto hallaba a su paso, siendo decretado un riguroso luto local, suspendiéndose todos los actos conmemorativos de la patrona, por el inesperado desastre que anegó caminos, carreteras, locales y viviendas, e incluso se rumoreaba que algún vecino había sido arrastrado por las crecidas, ignorándose el paradero, y flotaba en el ambiente que al parecer era una joven pareja que había salido al campo al atardecer, y después de no pocas conjeturas y especulaciones sin cuento, en un desconcierto pasmoso, de estos que se forman en un revuelo cuando acaece algo de repente, un tornado o una sacudida repentina, en que acuden presto los cuerpos de seguridad del estado, policía y guardia civil, y después de unas rápidas y sólidas pesquisas sobre el terreno, resultó ser la moza por la que moría de amor.
   Entonces, una vez desentrañado el desgraciado suceso, se le truncó el proyecto y aprisa y corriendo se agenció un impecable traje para las exequias, yendo de rigurosa etiqueta negra, como no podía ser de otra manera, farfullando sorprendido y emocionado palabras ininteligibles, como si fuese el novio de la extinta, ejecutando las honras fúnebres.
   Todo fue el sueño de aquella noche de verano…                                         

     

jueves, 2 de enero de 2014

Cuando abrió la puerta












                                                 

   Cuando abrió la puerta del camarote empezó a cantar a lo Pavarotti, eufórico, como si le hubiese tocado el gordo de Navidad, y agitaba los brazos loco de contento, exclamando, ¡eureka!, lo encontré, sintiéndose como agasajado por banda de música, cohetes y una copa de bienvenida, y de esa suerte se columpiaba en los prístinos hervores, embargado por los azules rizos de las aguas oceánicas, a bordo de tan ansiada experiencia, presintiendo un carrusel de sorpresas únicas, v. g., contemplar de primera mano vívidos bancos de peces, hercúleas y remolonas ballenas, inteligentes y acróbatas  delfines, aves marinas en raudos vuelos al cénit y amerizajes en picado, dibujando breves garabatos en el aire, mientras las olas vomitaban copiosa espuma blanca persiguiendo el crucero, pisándole los talones, poniendo a prueba la estabilidad de la embarcación, porque, bien mirado, aquello no era normal, pues hacían olas de espanto, que metían miedo en el cuerpo, con la curiosa paradoja de que a su vez  daban la bienvenida a los pasajeros, violando las más elementales pautas de cortesía al catapultarlos salvajemente a las alturas volando, cual otro Ícaro.
   Las olas porfiaban con raras acometidas, remedando a la perfección montañas mágicas o devastadoras nubes de insectos que avanzaran sin desmayo, y, viéndolas en perspectiva por el horizonte semejaban las olas rascacielos cimentados en la superficie de las aguas amedrentando al pasaje, y los más pusilánimes huían despavoridos de aquí para allá, sin saber a dónde ir, si al camarote o quedarse en cubierta cerca de los botes salvavidas.
   Sin embargo, en jornadas de calma chica, en que la mar se desentendía del mundo echando la siesta, daba gracias a la vida y a la diosa fortuna por el acierto y el reconfortante regocijo que lo envolvía en tan halagüeña travesía, convencido de que le depararía la mar de satisfacciones, y elucubraba inenarrables advenimientos, como revivir en sus propias carnes los humos de los aviesos piratas de antaño, cuando asaltaban los barcos atiborrados de oro que venían de las colonias, utilizando todos los medios a su alcance, llegando a una lucha encarnizada, al cuerpo a cuerpo con machetes o afiladas facas, y así mismo cavilaba a un tiempo sobre tétricos tsunamis, desnortados tornados, o el obligado paso del horroroso triángulo de las Bermudas, la boca de lobo que todo lo engullía, y, contagiado por el fragor del canguelo, no se dormía y miraba de reojo la manecilla del reloj ante la inminente hecatombe que se avecinaba, pero he aquí que sin un titubeo, de repente, se zambulle en los fuegos del periplo, musitando onomatopeyas con aires de socarrón, exhalando la socorrida frase, pelillos  la mar, poniéndose en su lugar, pensaría, con la perspicacia de quien pelea por un ideal o con la flema de quien está pelando patatas en la cocina del hogar, mientras hurgaba en el cielo de las sensaciones más exitosas o pintorescas, relamiéndose de gusto, como si deambulara por ámbitos cuasi erógenos, y sin cortarse hacía un gesto gatuno a los atavíos o resquemores de la incertidumbre que le picoteaban, exhibiendo la firmeza de un bizarro navegante, atusando complaciente los cabellos del destino, y bogaba al albur en el crucero por los más sugestivos caladeros, llevándolo con la mayor naturalidad, pisando en la solidez de las convicciones, deseando desentrañar cuanto antes los misteriosos secretos de las aguas, y vivir a tope los más soberbios episodios de la ventura marina.
   Y todo el abundante material  recopilado e imaginado tomaría cuerpo, con sólidos argumentos y sazonados frutos en cualquier caso, si no fuera porque lo contradijesen los remotos peregrinajes de la adolescencia, cuando siendo casi un crío se colaba, pirateando, en los bailes que los mayordomos montaban para recabar fondos para las fiestas patronales, y en los cines de verano del barrio, triturando escenas de malandrines o piratas de la época, empapándose de las hazañas de aquellos filibusteros que circulaban por el mar de las Antillas, de modo que parecía que lo llevase ya inoculado en los primeros balbuceos, coincidiendo en el fondo con lo que hoy día se proyecta en las salas,  Piratas del Caribe, El capitán Blood, La isla de las cabezas cortadas u otras raras secuencias o historias de bucaneros o filibusteros, dando rienda suelta a la imaginación.
   Hubo un largo lapso de tiempo, pesado y lento,  en que mataba el tiempo jugando a los piratas en pandilla por los andurriales juveniles, saltando tapias o balates, bancales o ramblas sembradas de matojos y pedruscos, o en la propia casa, con un surtido de juegos de piratas, donde se jactaba de hundir buques enemigos por un tubo, a troche y moche, en una desenfrenada búsqueda del tesoro escondido en algún islote, y no terminaba de fulminar rufianes y piratas en menos de lo que canta un gallo.
   Y en esas marimorenas y circunstancias tan determinantes, se perfilaban las pillerías de la edad,  pirateando a diestro y siniestro a la luz del día o de la lámpara de la habitación, sisando de la cartera o bolso de los progenitores monedas tocantes y sonantes, mientras dormían, no cayendo en la cuenta de que más temprano que tarde caería en las redes, recibiendo el correspondiente correctivo.
   En épocas de ardor guerrero, en que se ventilaba un porvenir, navegando a veces a la deriva por las páginas de los libros estudiantiles, apuntaba genuinas dotes de pirata, cuando realizaba las pruebas en el colegio, y más tarde en los grados y estadíos, y se podía afirmar que lo bordaba, ejecutando chuletas al por mayor, logrando verdaderas filigranas, revelando lo ducho que era en tales lances, disfrutando como un enano, y a la chita callando, imaginaba múltiples tejemanejes o patrañas para escapar de la anodina rutina o de la cárcel, y se pirraba por disfrazarse de tironero con una calavera en las fiestas de Halloween, pateando terrazas, bulevares o casas de vecinos, o bien se caracterizaba como pedigüeño en las fiestas del santo patrón, representando a un personaje del teatro clásico.
   En ciertas timbas se lo jugaba todo a una carta, con sus luengas barbas de pirata, si bien en semejantes peripecias se le caía más de una vez el pelo, si, después de nefastos avatares, tuviese la desdicha de suspender el curso, toda vez que perdía la beca de la que bebía el sustento académico, al quedarle pendientes algunos racimos de asignaturas, al no atinar con la tecla de la buena nota, viéndose forzado a entregarse al mejor postor, o enrolarse en los esforzados vendimiadores franceses a fin de agenciarse unos ahorrillos para seguir activo en el viaje de los libros. 
   Transcurrido un tiempo, y al cabo de los años y los días, la maquila de las moliendas y piraterías no cesaban, no dándose una tregua, ni menguaban los amasijos de plagios y hurtos, prosiguiendo incólumes las malas artes furtivas por los rigores del camino, las cuestas de Panata y de la vida, pergeñándolo en el arriesgado estraperlo que se llevaba a cabo por entonces, con cansinas acémilas cargadas hasta las cejas no de metales preciosos, sino de garrafas de helado u odres de aceite o vino del terreno para la venta ambulante, u bien otros productos del campo, que venían a ser el bote salvavidas de la población, el único que se ponía a tiro, con idea de remendar los rotos y descosidos, en la medida de lo posible, de la hambruna y los ingratos temporales, y de ese modo poder respirar, hacer pie en la balsa de la precariedad y sobrevivir en la posguerra, abriendo orificios, ventanas a la esperanza, a esperanzadas alboradas, y de esa forma capturar algún pez vivo para las mortecinas gargantas de las criaturas, repitiendo como en el Piyayo, “despacito, bien remascaíto, que dure, que dure”, y así alumbrar un bocado de confianza e inhalar un aire más fresco y humano.
   En los equinoccios, cuando el sol está en el primer punto de Aries o de Libra, en que la noche es igual, había períodos estremecedores, que se fisgaban por las rendijas de las puertas y del entorno, ponderando por dónde entraría una dádiva, un coscurro, un rayo de ilusión, y así alcanzar la estabilidad en el furibundo oleaje, llegando a sosegar a la tripulación familiar, los retoños y la pareja, pudiendo cantar victoria y rancheras o melodías aflamencadas, como le gustaba, y de ese modo acallar los instintos, la rebelión a bordo, los gritos de las tripas de los retoños.
    No obstante, a esas alturas de la vida, en el breve viaje mientras se vive, discurriendo en paralelo con el cauce del crucero, la ocasión la pintaban calva para felicitarse por haber obtenido aquello por lo que tanto había suspirado, y por una vez al menos podría exclamar al mundo, albricias, lo he alcanzado, y lo hacía a lo grande, a todo confort, con todas las de la ley, sin trampa ni cartón, con todas las necesidades cubiertas, desayuno, almuerzo y cena, y para el descanso del guerrero una mullida cama, aunque puede que la dicha no fuese completa, que hubiese algún fleco afectivo suelto (no se sabe cómo será en la otra orilla), y recrearse en las reminiscencias mitológicas y legendarias de la juventud, renaciendo, cual ave fénix, de las cenizas, y repetir los hitos y jalones de los corsarios esbozando aires de libertad, entonando arranques líricos a lo Espronceda, ¿Mi ley? ¡La fuerza y el viento!/ ¿Mi única patria? La mar…//, o tal vez visiones de historias de sirenas bailando la danza del vientre, melenas al viento, o fulgurantes fugas por los puertos de moda, viajando por Ítaca, siguiendo las huellas de tantos otros rebeldes capitanes de la antigüedad, recordando la típica melodía, “soy capitán de un barco inglés y en cada puerto tengo una mujer”…conquistando corazones, o cayendo extenuado en el rebalaje, o desgañitándose de deleite en las curvas marinas por los lúdicos sones de las olas o golfas corrientes, imaginando tal vez que se encuentra en un recoleto jardín o patio de butacas escuchando chascarrillos o chistes de Gila, Eugenio, Martes y trece, Tip y Coll, EL chiquito de la calzada o lo que se tercie, o acaso tomando unas cañitas con los amigos en la taberna de costumbre, masticando aventuras, ensoñaciones, o a lo mejor tocando la realidad en el mismo crucero en el que viaja en estos momentos, manipulando aparatos en la sala de máquinas o en el timón del puesto de mando, advirtiendo a la tripulación y al pasaje de los peligros por la proximidad de barcos piratas en cien millas a la redonda, y comunicarles por los altavoces a todos los pasajeros la buena nueva, ¡Atención, atención, enemigo a la vista!, girad a babor, y luego a estribor, y de esa guisa, faroleando al pie del cañón, dar las órdenes para atacar, ea, al ataque, emplazad los cañones y toda la artillería, apunten, hagan fuego, disparen, y desplegaba a sus anchas las alas de la fantasía por los cuatro puntos cardinales del océano en el anhelado viaje de su vida y tantas veces aplazado.
  No daba crédito a los prodigios que le prodigaba el crucero, al contacto con las levantiscas o serenas aguas que cruzaba, aunque en ocasiones andaba turbado, como si el sextante no funcionara a pleno rendimiento, o que careciese del último grito en tecnologías (GPS) para calcular el mar -corrientes, vientos, reglajes-, y no lograba calibrar el riesgo por las toses mayúsculas de las olas, que al fin se daban de bruces contra la hélice y la proa, y, cayendo en lo más pueril, se dejaba encandilar por algún albatros que revoloteaba mimoso sobre su testuz.
   En las horas muertas o de genuina creación y nítida resurrección, realizaba acrobáticos movimientos y poses de casting para el concurso de belleza, como si concursara para mister universo, y se relajaba en exceso, entregándose a las debilidades más disparatadas o atrevidas, semejando un niño descuidado jugando a los barquitos de papel en la balsa del parque, saltándose a la torera el reglamento del embarque, estando a pique de caer sobre los hambrientos tiburones al menor traspié de la nave por algún golpe de mar. Y no se sustentaba en lo firme y sostenible, por el frenesí que sentía por enterrar el hastío reinante, y le acuciaba el prurito de sobresalir en tan singulares itinerarios y periplos, ora, como funambulista por los alambres del barco, haciendo el más difícil todavía, ora, buscando perlas en el mar o alguna desconcertante proeza que impactara a la concurrencia, sobrepasando las calaveradas de los pérfidos bucaneros, y así tejía y destejía, cual otra Penélope, por entre los engranajes neuronales, por los canales de lo fantasioso, pretendiendo, cual otro quijote, sostener las columnas de Hércules, o asaltar barcos en alta mar por puro divertimento, como huevo que se echa a freír, o jugar a las canicas en la plaza con los amiguetes, o lo más trascendente para él en este caso, destripar piratas enemigos en casa con la maquinita, y así, de súbito, en un bandazo del barco, en un rocambolesco flash-back de maniobra repentina en su retina, echarle el guante al suculento botín, desplumando a los pasajeros, apoderándose de sortijas, collares y joyas que confiados portaban para las cenas de gala, y llevarlo a cabo sin ningún miedo a pernoctar en el trullo durante un largo período, ninguneando la buena estampa o las presiones familiares o las mismas bofetadas del mar por la imprevista erupción de un  volcán acuático o la presencia de alguna hecatombe súbita, que nunca se puede predecir y menos decir que de esta agua no beberé.
   Mas iba tan fresco como una lechuga, sacando pecho, enarbolando el corazón por bandera, festejando las conquistas en la mesa del barco, a lo pantagrüélico, descorchando botellas de la ribera del Duero sin cuento, intentado horadar los muros más íntimos, queriendo descorchar con los golpes de los nudillos el enigma de la flora y la fauna marinas, así como los laberínticos pensares de la estirpe humana, y los gérmenes de las pandemias en los cuernos de los continentes o en las puntuales coyunturas de un viaje relámpago a los confines del globo.   
   No ocultaba los irrefrenables impulsos que le empujaban a perderse por los mares de la vida, a volar como el viento o el albatros, o batirse el cobre con quien le cerrase el paso triunfal hacia el interior, hacia sí mismo, y ser dueño de los desafueros, de los elementos estabilizadores, emborronando si preciso fuera el historial, viviendo varias vidas, y de esa suerte figurar en una historia enriquecida,, a la carta, eligiendo los personajes, bien como encarnizado destripador de Bóston o humilde campesino, o ermitaño en lóbrega cueva de Oriente o del Sacromonte, o no se sabe si un perro flauta con la litrona a cuestas haciendo lo que le plazca.
   En aquellos cruciales y críticos devaneos, en los circuitos tan inestables del crucero, las aguas de la felicidad le rebosaban, cubriéndole por entero, y a renglón seguido se le agregaron las románticas notas de un violín lejano, que poco a poco se fueron acercando, notándose con mayor nitidez, incrementando los embrujos de la aventura, hechizado por los aromas de la melodía, y caía en un hondo arrobamiento, nadando en los acordes de Orfeo (aunque sin el espíritu de Eurídice que ardía en el averno), atemperándose los furiosos vientos y los zumbidos y gorjeos de las aves y lobos marinos, que se posaban lozanos sobre las frías rocas, y, en esas entremedias, dejaba olvidada por el camino la inconsistencia, la fragilidad humanas, que como terca mula porfiaban a cada paso  por los trancos de la existencia, cual pegajoso chicle, intentando hacerse un hueco entre pecho y espalda, entre las áreas de descanso por donde discurría, y cual indigente irredento, al parecer postulaba desvelos, performances cordiales, crípticas revelaciones, primeros auxilios u homeopáticas dosis de solidaridad y cordura y altura de miras por las esquinas de los sentires.
  











sábado, 28 de diciembre de 2013

Ella











                                                    
  
   Mientras tanto, ella se acicalaba como nunca solía hacer aquella mañana, y se disponía a darle la bienvenida a la vida, a los frescos pensamientos, y salir del rol de Eva en el paraíso, porque las manzanas no eran de oro, ni ofrecían lo que esperaba, y para colmo fueron enloqueciendo, y por otro parte, al estar encerrada en aquella lujosa jaula, se sentía como una inválida, no pudiendo darse un garbeo, o a conocer o ir de compras por Londres, París o la ardiente Verona, o acaso tomar una copa con los amigos de toda la vida en un plácido pub, y llovía sobre mojado, harta de cobijarse bajo la arboleda de la ñoñez, cubriendo las apetencias con una túnica de hastío y desconsuelo.
   Y acariciaba en sus adentros una nueva fruta, un papel diferente, porque ya iba siendo hora de desconectarse de todo, incluso de lo rancio y manido, y desembarcar en otros puertos más sugestivos, con otras farolas y sensaciones, desembuchando la hipocresía y la roña enquistada en sus atrios, en las entrañas, todo aquello que la sumía en los más inhumanos e infumables ambientes.
   Se fue abriendo la caja de las sorpresas, de los truenos, en aquella noche tan especial con unas hechuras inusuales, en una especie de carnaval, como si remara por las plazas y canales de Venecia, aunque sin excesivas excitaciones, no explicándose el porqué de tales advenimientos, tal vez fuese por el hecho de haber sazonado el fruto del árbol preferido del edén, pero corría el riesgo de ser arrollada por la corriente de habladurías de los más allegados y conocidos, y temía caer en la tentación, en un estado de pánico, y ser devorada por la desidia o la incomprensión, al carecer de un norte, de una luz de confianza que le iluminase por el lúgubre túnel y las tortuosas sendas harto peligrosas por las que circulara, en el borrascoso berenjenal en el que se hallaba.
   Por aquellas calendas se desperezaba la estación otoñal, llamando, obsesiva, a las puertas del fiero invierno, y comenzaba a desnudarse sin recato la naturaleza, los árboles, siendo llevadas en volandas las hojas a los más apartados rincones por los vientos de turno, confabulándose en los desvaríos y tretas, aunque, a veces, lo ejecutasen a regañadientes o con displicencia.
   Y se sucedían los días, los años y las estaciones, pero parecía como si aquel otoño pesara más y pasase un tanto receloso por su puerta y se le hubiera invitado a sentarse a la mesa, aunque nada de eso acaeció, o que tal vez llevase impregnado algún parentesco  o paralelismo con sus genes, el caso fue que, a pesar de lo bien arropada que se sentía, con el abrigo verde y las medias de color haciendo juego, regalo del novio por la onomástica en los años de ensimismamiento y arrobo mutuo, y la dicha de verse reconfortada con las prometedoras gotas de rocío que caían por la ventana, infundiéndole ilusionados hervores, la feliz trayectoria se resquebrajara .
   No obstante, en los tiempos muertos y ratos libres, se reunía con las amigas con ánimo de distraerse, y en tales componendas y tesituras andaban, entregándose al divertimento, como niñas traviesas y juguetonas, jugando al escondite, a las prendas o a la gallina ciega, siendo en éste juego donde más se solazaba y explayaba, procurando, cuando se tocaba a ciegas, abrazarse con suma ternura, pero, de pronto, sin saber cómo ni por qué, el otoño entró como un ladrón en su vida, y empezó a desnudarla sin consideración, ajándola y deshojándola poco a poco, como a una cebolla, primero la piel, evocando quizá a la serpiente en el tronco del árbol del paraíso, luego, como aullando, le anulaba el tesón, la tersura y el brillo del cuello, rostro y brazos, y para más inri la pérdida del cabello, convirtiéndose, sin proponérselo, en la cantante calva de Ionesco, perdiendo el primitivo hechizo, y no digamos el vestuario, el precioso abrigo y medias verdes que lucía, y a renglón seguido los botones se abrieron en canal, cual granada madura, y no le iban a la zaga los finos tacones, arrugándose como chicle caducado, y chillaban cual ratas aprisionadas, como si escenificasen los cuentos de las mil y una noches en toda regla, en saraos o tablaos flamencos, con objeto de resarcirse del rosario de cochambrosas adversidades, de tantas contiendas fallidas, y quisiese salir cuanto antes de los rescoldos infernales y subir la moral, tocando el cielo, resaltando el ego y subrayar a los cuatro vientos que iba a poner todo su empeño, exclamando ufana, ¡aquí estoy para lo que haga falta!
  Y entraba al trapo, pidiendo guerra y trabajo en las más acreditadas salas de arte, ensayo y danza, y tras los avatares sobrevenidos en su currículo, al cabo de los días las campanas despertaron y empezaron a repicar en su honor, en un apoteósico desfile de carrozas, arrojando confetis, dulces y sorpresas, y a cada paso se sentía más entera, más persona, recobrando el sin par porte, el esplendor, el lunar de la mejilla, la tersura y el mirar ardiente, honesto, haciéndose a la mar hermosa del amor, desplegando las velas y los enseres de pesca, subiendo a la charlana que estaba varada a la orilla del Mediterráneo, y se puso a pescar con denuedo, lo mismo en rebeldes aguas que dóciles, según los estados de ánimo, con gran acicate, pescando, ora, un rodaballo, ora, un nuevo amor, y así, de esa manera, despacio pero sin pausa, restañaba los desconchones de los muros, las oquedades, y se reponía de los destartalados años vividos en la mugre y la fría pena, poniéndose al día y por montera las lenguas de doble filo, y fue limando el tedio de las leguas recorridas por terreno quemado, que, sin advertirlo, la había secuestrad durante una eternidad.
   Y aunque aquella era una noche rara, ella brillaba con luz propia, como una estrella, con las medias de color y el sensual rodete que se hizo para la ocasión, revoloteando como una cometa por las alturas, consiguiendo apagar los fuegos fatuos de los amores brujos, aderezando con dulce cabello de ángel y sutil galantería el prolongado otoño que había trotado por las sienes, por sus praderas, desquiciando las cosechas, su envidiable figura.
   Y llegó la hora de deshojar la margarita en los lúbricos y volubles crepúsculos, y descolgarse por los pechos y derroteros de eros, y, a pesar de que la duda alargaba los tentáculos por los páramos y círculos más próximos o lejanos, ella tomó el timón del oleaje y de los pálpitos, en un arranque de amor propio e hidalguía, y se plantó en mitad de la calle, del circo romano, en los torcidos renglones del camino, y abriendo la partitura de la obra, pulsó las teclas precisas, abriendo la compuerta de las aguas míseras, fecales, reventando el cauce que las aprisionaba, y brotó en ella la fragancia de la primavera, y se lanzó a la búsqueda de tentadores manjares, de dulces bocados y sonrientes despertares, cortejados por ricos caldos y promesas de la ribera de Baco, que se sirven en los más distinguidos cenáculos del planeta.
   Se componía en las cuitas con manos de ángel, buceando en las lagrimillas de san Lorenzo o evocando  el ardiente  vuelo de las monedas sobre la fuente de Tréveris. En el tocador reverberaban sus encantadoras beldades, y los destellos del encendido rictus, la sensualidad y el desparpajo, y mientras tanto se oía el ladrido lastimero de un perro en la calle muerto de hambre o de miedo, con la pedrada en un ojo, el croar cercano de las ranas en la balsa del parque y el picoteo insistente de palomas y gorriones, y ella atisbaba, sorprendida, cómo el abrigo teñido de tristeza se iba transformando en una flamante gabardina amarilla de Ágata Ruiz de la Prada, con frescas fragancias de Carolina Herrera, y la pintura de labios de un divino color vino de la tierra.
  Y es que a fin de cuentas, sólo se trataba de concretar los peldaños que ella anhelaba escalar al arribar a tierra firme, a territorio de conquista y sólida bonanza, al coger el toro por los cuernos, y el rumbo que mejor le cuadrase a sus vientos vitales, pergeñando un nuevo atuendo resistente a las bombas, a las inclemencias, a fin de emprender una nueva empresa prendida de las alas de la felicidad.
  
         




miércoles, 18 de diciembre de 2013

Nico











                                                                   
   En las gélidas noches de invierno Nico, nutrido con los cuentos y decires de los mayores tras el fuego de la chimenea, deambulaba por los senderos de la fantasía, rumiando que alguna vez se acordara alguien de él, y recostado en esa idea vino a caer en la cuenta de que los prodigios existen, y de esa guisa acariciaba la ilusión de que los todopoderosos Reyes Magos le trajesen algún regalo, pues carecía de medios para saciar las más elementales pretensiones.
   Mas no las tenía todas consigo, y sus afanes se desvanecían por momentos ante las embestidas de la abundante nevada que se cernía sobre aquellos lares, en el breve recinto donde vivía, una aldea formada por un puñado de vecinos, sin apenas luz eléctrica ni medios de comunicación y transporte, como no fuera el riachuelo que servía de carretera en época de sequía, cuando el estío extendía los tentáculos y campaba a sus anchas por la accidentada y árida zona.
   Aquel invierno quería Nico romper moldes, hacer una excepción en la hoja de ruta, en su vida rutinaria, procurándose algún acicate que le infundiese valor, empuñando el timón de sus días, de suerte que le impulsara a soñar con ciertas dádivas que su ardoroso corazón le dictaba, dentro de la situación económica por la que transitaba, postulando un ósculo, un respiro, un bocado de cielo bajo el cielo gris que lo cubría.
   Y habiéndose dejado llevar por forjados corceles por las insondables estelas de las elucubraciones, se dispuso a llevar a la práctica el ideado esbozo, enviar una misiva a sus Majestades, tan generosas siempre, pero he aquí que de repente todo el  gozo en un pozo, y, como a traición, una densa y blanca carpa se fue instalando con premura en aquellos pagos, echando por tierra todo el fuego encendido para la ocasión, percibiendo cómo a todas las ensoñaciones y augurios más genuinos se les hundía el andamiaje que los sostenía.
   Nevaba sin entrañas noche y día, y la aldea crepitaba como una hoguera, trenzando una especie de danza del vientre macabra, quedando si cabe más incomunicada por tierra, mar y aire, no pudiendo durante el período invernal levantar cabeza, ni hacer llegar el soñado mensaje epistolar a su destino, bien, a través del correo postal de toda la vida en infatigable diligencia, o bien, si por un casual, se topase en el camino con el moderno sistema de Internet, vía e-mail.
   Nico caía una vez más noqueado en el ring de sus esperanzas, K.O., tirado en la lona de la impotencia por mor de la turba de copitos de nieve que se daban cita en aquel invierno anegando los compartimentos, todos los recintos y medios a su alcance, dejándolo atado de pies y manos, sembrando el desaliento en los campos poblados de frutales y en su jardín más íntimo, marchitando los pensamientos tempranos y las brillantes flores que sonreían en sus sienes y que tan felices se las prometían en fechas tan especiales, confiado en ser agasajado con una bici de montaña, que le allanase los escollos del camino, y por la que suspiraba a fin de desplazarse a la escuela, que se hallaba a una hora de camino.
   En los días en que se colaban por las rendijas del horizonte algunos fluctuantes y osados rayos solares, aprovechando un descuido del fiero temporal  o acaso un descanso, al echar un cigarrillo, (porque en todos los trabajos se fumaba, sic…), entonces él veía el cielo abierto, y exclamaba con todas sus fuerzas y loco de contento, como un niño con zapatos nuevos, ¡oh, qué dicha si me arrancase la espinita tan grande clavada en mi vida!, toda vez que no entendía que, pese a esforzarse al máximo, poniendo todo de su parte, los elementos de la naturaleza le fuesen tan esquivos.
   Y en las horas cuerdas de las largas y lentas noches invernales, se interrogaba sobre las excelencias del refranero, que dice altanero, “año de nieves, año de bienes”, qué sarcasmo, mascullaba entre dientes, ya que la cosecha no podía ser más cicatera, quedando, como Tántalo, a la luna de Valencia, sin el resorte acuñado en sus noches más nítidas y soleadas, acariciando el consuelo de hacer más liviano el cotidiano calvario de la asistencia al centro escolar.
   Y fustigado por las inclemencias del tiempo y la mordedura de un can asilvestrado por la desidia del dueño, respiraba, en estrecha comunión con el vecindario, el mismo aire que los sufridos campesinos de la tierra, azotados por el vendaval de nieve y granizo, al ver pasar de largo el rico maná de sus frutos y anhelos, siendo arrastrados al ciego pozo del olvido.
   Y musitaba Nico para sus adentros, ¡qué necios son los humanos, que ingenian dichos y sabios proverbios que prevarican, que practican el nepotismo y el tráfico de influencias, avasallando a los más débiles en sus procederes con su privilegiado poder climatológico, obviando con las necedades lingüísticas las necesidades vitales más perentorias de las criaturas, de suerte que si de Nico dependiese, pondría los puntos sobre las –íes al frío, indolente y dogmático refranero, metiéndolo en cintura, invadiendo pérfidas fábricas de nieve, microclimas corruptos, terrarios selectos o acaso insulsos, e impedir que la voluble e intocable casta de la climatología haga lo que le venga en gana con los súbditos e  indefensos proletarios del planeta, haciendo de su capa de nieve un sayo.