martes, 13 de abril de 2010

Volverá para quedarse


Recuerdo aquel amigo, llamado Juan, que me gustaba muchísimo.
Era muy moreno, con el pelo largo y los ojos azules.
Él tenía 20 años y yo 18.
Cuando le veía, se apoderaba de mi una emoción y atracción hacía él, que me ponía la carne de gallina.
Vivíamos en el mismo barrio y militábamos en el mismo partido, pero las circunstancias nos obligaron a separarnos.
Él se casó con una mujer llamada Elena. Tuvo dos hijos y yo me casé con otro.
Después de estos avatares pasé una época muy jodida. No me salían las cuentas, el trabajo me falló y pasé a engrosar las filas del paro. En mi casa tenía problemas con la familia, no los soportaba porque mi carácter es el de una persona independiente, que no le gusta que le fiscalicen sus actos y quería vivir a mi aire, sin tener que darle cuentas a nadie de cuanto hacía. Por ello la cosa no funcionaba y tuve que desplazarme a otra ciudad en busca de trabajo huyendo del infierno que tenía de continuo con la familia.
Allí conocí a Alberto y fue como un flechazo, tan pronto contacté con él nos enamoramos y formamos pareja; nos iba divinamente. Encontré un trabajo de ayudante en unos grandes almacenes logrando en parte tranquilizar mi vida y realizarme como persona.
Algunas veces me venía a la cabeza la imagen de Juan, tan guapo, con su bigote tan cuidado y el pelo largo, de lo ojos no quería ni oír hablar porque cada vez que los clavaba en mí me asesinaban, pero gracias a dios y en buena hora lo diga, creo que ya no siento nada por él, aunque piensen que lo digo con la boca chica, porque entes sí era cierto el salpullido que me brotaba en los labios y la mejilla que pasaba una terrible vergüenza cada vez que iba a la tienda a comprar o salía con las amigas en una noche loca. Todo ha pasado a la historia, a mejor vida, me siento una mujer nueva, sin aquellos prejuicios que no me dejaban vivir, ni apenas pisar la puerta de la calle, pues me entraba algo raro, era como si hubiese cometido el mayor de los atentados, pero ya me encuentro a salvo, inmune a tanta inmundicia.
En cambio a los hijos de Juan los adoro, veo el mundo por sus pupilas, no sé qué me pasa, como si hubiese hecho el amor con él en secreto y los hubiera criado al cobijo de mi vientre; siempre que me acuerdo de tal fenómeno no sé cómo explicarlo, resulta increíble, cuando nunca tuvimos ni un pequeño desliz ni tan siquiera un leve roce con las ansias que albergábamos de lanzarnos a la piscina y nadar por entre las burbujas de las aguas, figúrate, y lo digo con todo el dolor de mi alma, con la miel de la amargura en la boca, de lo contrario no me importaría que se enterase todo el mundo, y se me secase la garganta por mentirosa o me cayeran las mayores penas del todo justiciero; es la pura verdad, mas sí suspiro por los hijos, les tengo un cariño fuera de lo común hasta el punto que sueño a menudo con ellos, y me encienden el ánimo, me reconforta sobremanera el hecho en sí, por eso de vez en cuando hago las gestiones para informarme de las correrías y travesuras, porque los llevo dentro de mí; en la actualidad los pobrecitos están casados y con hijos, ya que el tiempo no se detiene, y aunque parezca inverosímil fue ayer como quien dice cuando veía con frecuencia a Juan, así es como lo siento, pero en realidad ya ha llovido mucho, tanto que ya se va nublando en el horizonte desligándose de de mis fantasías.
Jamás intentaré arrepentirme del pasado, o recordar lo que no está en los escritos, lo expreso tal cual, que tampoco hay que ser tan timorata para semejantes asuntos y ahogar en un breve vaso de agua los fuertes sentimientos de los que paulatinamente nos vamos esculpiendo en la lucha diaria, porque si tú sientes algo por una persona lo más sano es que lo eches fuera y te explayes quedándote limpia de gusarapos, desnuda como tu madre te parió, comunicando a los demás lo que verdaderamente conforma tu minúsculo mundo, y no irte al otro barrio con el sangrante secreto, paseando la frustración aislada de ti misma.
Pero doy gracias a dios porque las campanas repican en mi interior, aunque no quiero extralimitarme ya que el futuro es incierto y nunca se sabe lo que puede suceder, pero desde que vivo con Alberto me ha inundado la primavera en que vivo de dulces néctares y no me puedo quejar, tanto es así que él reza en mis pensares como el sol que me alumbra, aunque no esté bien que lo diga, pero mis satisfacciones resplandecen como los chorros del oro.
Alberto es la persona que me sacó de la cloaca en que moraba, de suerte que hemos creado un ambiente de felicidad que se expande por nuestro alrededor como el perfume de las flores, y a buen seguro que no pocos lo desearían para sí. Tuve bastante suerte, pero a partir de ahora no me agradaría seguir hablando de mis batallitas, aunque las circunstancias mandan.
La ciudad en la que vivo tiene todas las comodidades, no le falta de nada y los fines de semana nos desplazamos al campo, al aire libre, disfrutando de la naturaleza con nuestros retoños, que se lo pasan ricamente brincando y revolcándose por las verdes praderas y que tanta alegría nos brindan al contemplarlos tan contentos gozando de las cabriolas que llevan a cabo, de los inoportunos arañazos con las zarzas, todo encuadrado en bellos episodios de auténticos pimpollos.
Últimamente hemos hablado a cerca de nuestro futuro y hemos llegado a la conclusión de ser previsores y preparar un plan de jubilaciones, porque el futuro nos lo pintan tan raro que es necesario ir sembrando para recoger el día de mañana y no vernos en la miseria, sin poder vivir una vejez placentera y digna cubriendo nuestras necesidades.
Haciendo memoria de mi época dorada con Juan, recuerdo el dicho popular, “cuando una puerta se cierra otra se abre”, y eso fue en realidad lo que acaeció, y puedo referirlo al comentar el cambio que se verificó en mi vida con la pérdida de Juan y mi posterior soledad, que tanto eché en falta en esos momentos de los años de mocedad, en que era para mí el sustento cotidiano sólo con cruzarnos por las esquinas, pero pronto se abrió otra puerta por la que entró en bandeja el remedio a mis males, a mis tristes conflictos volviendo el astro rey a proyectar sus rayos sobre mi tejado desconyuntando las tinieblas de aquel maldito invierno.
No obstante reitero que lo que no podré olvidar nunca son los hijos de Juan, me recreo en ellos constantemente, y en mis cortas luces deduzco que en parte me pertenecen, lo digo con un nudo en la garganta, acaso por el instinto de madre, y no me importaría ayudarles en lo que buenamente pueda mientras viva. Parece que estos niños, que ya son hombres, forman parte de mi patrimonio, como si los hubiese parido y amamantado, tales son las sensaciones que me salpican, que si no lo digo reviento, aunque con su padre no guarde ningún contacto, ya que todo acabó hace varias décadas.
Sin embargo no puedo pasar por alto a mis padres, porque debo admitir que estoy en deuda con ellos, y me veo atrapada en su seno, sobre todo cuando rememoro la infancia, pues me estremezco en demasía, me cuesta trabajo disimularlo por mil razones y a pesar de las muchas vueltas que dé el mundo.
Y al cabo del tiempo estoy decidida a regresar a casa de mis padres; en primer lugar me gustaría realizar un pequeño escarceo para otear el terreno por lo que pudiese ocurrir, porque abandoné la familia de mala manera, como un hijo pródigo, y eso genera rencor y no se puede olvidar tan fácilmente ni lo mal que lo pasarían todos, aunque no descarto quedarme durante una larga temporada o indefinidamente una vez que nos jubilemos, puesto que la casa es amplia, soleada y creo que no habrá problemas para acomodarnos, y de camino ir limpiando poquito a poco las telarañas que aún queden flotando en el ambiente desde mi fuga, esperando que el tiempo haya curado las heridas, y así vivir en paz y felices el resto de los días con toda la familia.
Llegados a este punto, tal vez murmuren mis padres con cierto recomello y toda la rabia del mundo, ya tan viejecitos, al ver entrar a toda la patulea por la puerta exclamando ¿“no volverán para quedarse”?, ¡válgame dios! ¡Qué mal habremos hecho!

domingo, 11 de abril de 2010

El sueño


Ángela gozaba de una fantasía asombrosa, por cuyo motivo era arrastrada en volandas cuando se hallaba sumida en el más profundo del sueño a verdaderas simas de inconmensurables sueños como si su cerebro lo azotase una insensata ventisca. Aspiraba a darle la vuelta al mundo, ser trotamundos, un Marco Polo exiliado de mundos extraterrestres, brincando de un país a otro como en la pista con la pértiga y no le asustaba lo más mínimo llegar a ese trance, el pisar nuevos territorios, frías nieves sin hollar, sin conocer nada de nada, costumbres, lengua, gastronomía,debido a que todo lo minusvaloraba enormemente, le daba igual.
Quería escudriñar el cielo terráqueo, otros astros, porque este planeta le resultaba cansino, poco agraciado, pensaba que ya lo tenía demasiado visualizado, al menos en lo que hasta el momento le había sido familiar y que para ella no aparentaba más allá de un tablero de ajedrez.
Algunas veces lo soñaba de veras, otras lo veía en el cine tal como se observa un insecto con la lupa en la realidad del laboratorio, incluso en las tres dimensiones, pero siempre le perseguía la fatídica idea, que ya se iba haciendo vieja, insoportable, porque no se detenía ni de noche ni de día hurgando en lo más íntimo de su ser. Primeramente se encaminó a unas tierras lejanas, según sus cálculos, para verificar si así olvidaba las pesadillas que se le agolpaban en la mente principalmente al albor y de esa guisa quedarse inmaculada, totalmente en paz.
Entonces, continuando su sueño, empezó a caminar y caminar por cerros y desiertos y no llegaba a ninguna parte, lo que le sacaba de quicio y se preguntaba a cada paso cómo era posible que eso le ocurriera precisamente a ella, que era tan alegre, tan poco dada a reflexionar y dispuesta siempre a soltarse el pelo. Cuando había transcurrido mucho tiempo, haciendo las correspondientes paradas de rigor para repostar dentro de su posibilidades, y había aliviado en parte la pesada sensación de las horas y los días que le oprimía el pecho se tumbaba a la sombra de un árbol abriendo profundamente los ojos y los pulmones para renovar el aire que llevaba dentro, ya que cuando caminaba no sabía si lo hacía durmiendo o estaba realmente avanzando sin cesar, pero al fin conseguía llegar al relajamiento tan ansiado.
Así pasaban los lustros en aquellos nuevos lugares, que a pesar de ser todo distinto no se sentía extraña ni rara, lo que se añadía a la triste realidad, por otro lado lógica, de no encontrar por los caminos a nadie de los suyos o algún conocido de sus antiguas andanzas por tierras moras o cristianas.
Ella tenía un primo que le indicaba de vez en cuando por dónde debía dirigirse, una especie de GPS, al modo como se proyecta la ruta de vuelo del avión, pero le costaba bastante digerir la teoría del primo porfiando como estaba en descubrir unos mundos ignotos, nuevas galaxias, por lo que la encontraba obsoleta y falta de fundamento llevándole inconscientemente la contraria. Estaba deseosa de restregarle sus argumentos por todo el rostro para convencerle de que estaba en un craso error, ya que podía inducirla a buscarse su propia perdición por su culpa, pero la cosa seguía sin resolverse creándole una tremenda ansiedad y un continuo sin vivir.
Al cabo del tiempo fue acatando, por si acaso, los razonamientos e instrucciones del primo, pues al parecer los vientos soplaban a su favor, aunque ella estaba hecha un mar de dudas calibrando que no las tenía todas consigo. De todas formas no fueron muy generosos con ella en la interminable gira que realizó, pues incluso en el último país donde recaló se encontró sola y abandonada por la multitud, la observaban como un ente extraño, y se revolvía sobre sí misma abatida por los fríos disparos de la aventura.

Su primo tenía razón: ella no le debía nada a aquel país que le había arrebatado todo, que le había negado incluso unos fundamentales derechos humanos; un país cargado de prejuicios y rencores rancios y olvidados.
Siguió caminando, hundiéndose en la nieve, durante lo que le parecieron horas infinitas sintiendo como le iban abandonando sus últimas fuerzas. Su primo la instaba a seguir adelante, con palabras de ánimo, suaves y temblorosas, en el silencio de la noche. En la lejanía se oyó el aullar de un lobo y otros le siguieron.
Estaba a punto de desmayarse cuando oyó decir a su primo:
“Hemos llegado, la frontera está tras aquella loma. Al otro lado deben de estar esperándonos Janus y Yuri con algo caliente”.
Despertó en una cama limpia, rodeada por rostros amables y sonrientes.
“No hay duda”, dijo, “el cielo existe”.

domingo, 4 de abril de 2010

No, ése no, ése no.


Cuando más tranquilos nos encontrábamos en casa cayó un rayo, llegó la visita del cartero como un mal augurio e introdujo la misiva en el buzón. La carta en sí no encerraba ningún misterio externo, era en apariencia como las demás pero el contenido como luego se verá sí difería de las que te ofrecen parabienes. Pues a veces, cuando trae alguna cosa algo rara o poco grata parece que el olor la delata al tacto. La referida carta portaba una invitación de boda. Con lo que odiaba las bodas.
Aunque parecía inofensiva no estaba exenta de un puro compromiso no compartido en principio, pues conlleva a sabiendas un mensaje especial, un tufillo nada agradable, con unas indicaciones que te obligan a dar el do de pecho en contra de tu voluntad, o a darte con un canto en los dientes por algo que puede quedarte muy lejano y te resbale, no obstante tienes que hacer de tripas corazón y recorrer diversos vericuetos anímicos guardando la compostura para que no se te caiga el alma a los pies, pateando distintos comercios, los grandes almacenes donde han encomendado su deseada lista de bodas con objeto de que cada cual estampe su sello y firma cubriendo el expediente.
En estos casos es aconsejable mirar por el ojo de la puerta, examinar atentamente la relación de artículos que figuran en la lista y no hacer el panoli, es decir, no pasarse en la elección, eligiendo aquello que vaya más acorde con nuestras intenciones para con esa familia, así que todo dependerá del compromiso que uno se imponga, lo que influirá finalmente en nuestra decisión, seleccionando los artículos más corrientes o por el contrario los más sofisticados en función de las inclinaciones más íntimas, sin menoscabo de tu amor propio, procurando capear el temporal, y salir airoso calibrando en su interior calidad y precio.
Una vez abierta la carta, se verificó lo que se barruntaba, quedándonos estupefactos, pues jamás íbamos a sospechar que esto acaeciese con tanta premura y dudosa delicadeza, si se puede denominar así en tales circunstancias, cuando no había ninguna relación entre nosotros desde hacía más de veinte años o más, cuando su hijo violó a nuestra hija en una romería aprovechando la mutua confianza que nos profesábamos en aquel período, unido al exceso y a la oscuridad de la noche, dispersos en mitad del campo. Era algo insólito.
De ahí en adelante ya se podía hacer cábalas sobre semejante evento, cavilando a cerca de si aquello iba en serio, era una tomadura de pelo o una simple provocación de las muchas que ocurren en la vida. No era difícil llegar a tal conclusión por las torcidas interpretaciones que surgían y más si cabe por los problemas que se cernían sobre nuestras cabezas en aquellas calendas, o acaso resultaba ser un acto de confraternidad, de sincero arrepentimiento, para restañar los desconchones de nuestras vidas anhelando que las aguas volviesen a su cauce, y por ello se dignaban realizar esa atención; aunque haciendo un poco de memoria la cosa no daba para mucho porque de los dos hijos mayores que se habían casado no se había recibido ninguna invitación demostrando la tesis citada, en cambio ahora con la hija que les quedaba cambian de opinión, como si sus oscuras veleidades se hubiesen desteñido, y por su cuenta y riesgo acordasen introducirnos en el círculo de los privilegiados, en el mismo festín suyo, vaya usted a saber el porqué, aunque viéndolo en positivo no sería complicado desentrañarlo, al observar que en la etapa en que se casaron los otros hijos las deudas nos asfixiaban, y nos encontrábamos al borde de la bancarrota, hundidos hasta las cejas, y no nos consideraron gente de su confianza, o que no dábamos la talla porque no se vislumbraban sólidos argumentos que justificasen tal proceder.
Sin embargo en estas fechas, como gracias a dios gozamos de buena salud económica, porque nuestra empresa ha mejorado y va viento en popa, puede que hayan recapacitado cambiando de opinión. El caso es que sin esperarlo hemos recibido la indeseable invitación, que más que nada se puede interpretar como una bofetada, se diría que nos han arrojado un escupitajo a la cara, dado que nos están tratando como si adoleciésemos de honestidad, pues cuando les conviene obran de una manera y cuando les apetece nos borran de mapa de los amigos; así por encima la cosa tiene visos de prepotencia y descaro.
No había nada más que observar la letra utilizada en la invitación, en la que se reflejan los rasgos distintivos de su rostro sin que se dieran apenas cuenta, unos renglones bizcos, desaliñados con un tono sarcástico. No cabe duda de que entre línea y línea había mucho que descifrar. Proyectaron su careto sin pretenderlo en las grafías y acentos de suerte que nada les era ajeno, y no desmerecía en cuanto a textura, trazos y pintoresquismo.
La lista de bodas iba bien surtida, con una rica gama de artículos de todas las clases y gustos, pero no hay que olvidar que el invitado siempre dispone de la última palabra, así que dependerá de él dicho regalo, pese a quien le pese, e irá en consonancia con el parentesco que se tenga o la estima que se sienta. En estos asuntos tan híbridos salen a relucir de una u otra forma bufonadas o actuaciones muy versátiles. Y ahondando en las adversidades y contradicciones del ser humano, de esa guisa fue discurriendo el caudal del diálogo familiar:
-Dolorcitas, ¿qué le regalamos?
-Lo que quieras, mamá, tampoco merece la pena perder la cabeza por tan poca cosa.
-Si por mí fuese le regalaría algo muy especial, peor que carbón, tan especial que no se sirve en tiendas, porque eso se tiene o no se tiene.
-¿Qué insinúas, mamá? No seas tan rebuscada, no te vayas por los cerros de Úbeda, la novia no es una desaborida y suele guardar la compostura. Aunque no sea muy de nuestro agrado, y poco agraciada físicamente. Pero de eso ella no es responsable, como tú comprenderás. Mamá, por lo menos vamos a intentar quedar medianamente bien y punto.
-Por supuesto que sí y no como otros que no quiero citar, pero eso no quita para que les dé su merecido, ¿comprendes?. Sabes, nena, que tengo una jaqueca que no puedo con ella.
-Mira mamá, ¿qué te parece este juego de té, parece mono, con una decoración muy original, vamos, que de buena gana me lo quedaba para mí..
-Dolorcitas, no, ése no, ése no, no vayas a acabar conmigo, mira que me da un trombo. Quítalo de mi vista, primero porque es caro, y segundo que no estoy dispuesta a que presuman ante los allegados y amigos con mi dinero. Antes prefiero verme muerta, busca cualquier chochajo, algún bolso de chollo o un jarrón decorado con aves de rapiña, que creo que no les iría nada mal con su imagen grabada a sangre y fuego, y saldríamos rápido del paso.
- Mamá, qué tonterías, oye, y aquél que está detrás de la columna, puede ser útil y posee buenas hechuras.
.-No, por favor, ése no, ése ni hablar. Tráeme un vaso de agua corriendo que me derrumbo; ése me recuerda lo que me regalaron el día de mi boda, maldita sea la hora y la mano que me la entregó, que vistió de luto mi vida.
Aquella trituradora que le regalaron tronchó la tierna vida de su bebé. Y le evocaba aquellos tiempos cuando la cogía para triturar carne, frutas, verduras, siendo la causa de la muerte de su hijo con cuatro añitos, al atravesarse en mitad de la garganta la horrible albóndiga que había preparado con sus propias manos, la trituradora fue un triturador de hombres, no tuvo corazón, dejando entero el duro hueso que se le clavó como un puñal segando la incipiente vida de tan inocente criaturita.

sábado, 27 de marzo de 2010

La leyenda de una asociación sin nombre


La leyenda de la asociación sin nombre era una leyenda fantasma, no obstante figuraba sin proponérselo en todos los frontispicios de los edificios más representativos de las ciudades con más arraigo, y en todos los frentes, políticos, económicos, culturales, sociales y deportivos. Se podía testificar que era un ente con identidad propia, con su ADN, constando de unos directivos y empleados fieles a sus funciones, sin ningún afán de lucro. Se fue extendiendo mediante los medios de comunicación más dispares, incluso los más peregrinos a la mayoría de los países del orbe de manera prodigiosa, creando centros modélicos en las principales foros, e implantándose paulatinamente en las capas más reacias a lo nuevo hasta el punto de que no había cenáculo donde no se venerase su efigie o se citara su prestigioso avance y abolengo, como era la categoría de sus orígenes, el enfoque de sus miembros, que dictaban el modo de hacer las cosas más delicadas y sutiles con el mayor sigilo, no quedando ahí el progreso, porque había otras asociaciones con nombre consagrado, emblemático y apellidos míticos que aplaudían en su fuero interno la callada y eficiente labor que llevaban a cabo en los ámbitos más inhóspitos con una llaneza sincera y digna de encomio.
Como sabían que no poseía nombre, a fin de que figurase en los anales de la historia escrita apostaban con más coraje por ella, por levantarla y verla reconocida no como una pequeña cenicienta algo maltratada desde la cuna, especialmente en el ranking mundial de la publicidad, y por ello pugnaban por fortalecerla en cualquier tiempo y lugar con acepciones inventadas, nombres supuestos o advenedizos pero siempre seleccionados por algún especialista del ramo, e imaginados sin duda con la más pulcra intención, de suerte que pensaban que le podría cuadrar en determinadas circunstancias en el ejercicio de su cometido, aunque al final solían echar en falta ciertas carencias, el que no tuviese ya desde tiempos inmemoriales un nombre acorde con su valía como todo hijo de vecino.
A veces elucubraban que le podía favorecer el hecho de no tener nombre, por la fortuna de poder viajar de incógnito por los cinco continentes. Es decir, donde le pluguiese sin ningún recato, sin huir de mirones que le hicieran sombra o algún intruso, sea reportero o paparazzi, y así aconteciese que apareciera como desposeído de secretos atributos que enaltecieran su aureola, y al mismo tiempo mostraba su lado humilde, sin alharacas, y que su misión sagrada consistiese únicamente en resolver conflictos o la problemática de la sociedad, sobre todo de los más débiles económica o físicamente, aquellas criaturas que tampoco figuraban por su nombre de pila en ninguna lista o padrón municipal. Eso le aportaba unos fulgores nunca dispensados y un encanto que pocos se atrevían a ocultar, o acaso querer aventajarle en tan singulares peculiaridades.
No cabe duda de que se conocen por doquier infinidad de leyendas de los ancestros, así por ejemplo la denominada entre los vecinos de un pueblo “la cueva del negro”. El nombre, tomado seguramente por la oscuridad de la noche, no hacía referencia a etnia alguna sino que venía dado por la escasa higiene de los moradores, por los churretes y descoloridos harapos que lucía el que se suponía que se refugiaba en las entrañas de la lóbrega cueva en noches de frío invierno. A la gente menuda del lugar, los peques, le rechinaban los dientes cada vez que pasaba por su cabeza la necesidad de cruzar aquellos parajes. La leyenda cuenta que una especie de diabluelos turbados merodeaban por allí y se sentían nerviosos y molestos cuando alguien rompía su silencio, y esos estrambóticos endemoniados, vaya usted a saber por qué, sin avisar se les echaban encima, paralizándoles el corazón, según apuntan los más viejos del lugar. Qué cosas no le habrían contado a los peques de los mendicantes venidos de cien leguas a la redonda, en una época en que no había trenes ni aviones u otros medios de transporte que acercaran a estos personajes por aquel entorno sembrando el terror. Tal vez se pensaba en el sacasebo u hombre del saco, de forma que al primer adolescente que vislumbrasen lo raptaban introduciéndolo casi sin darse cuenta en una especie de saco y luego arrojarlo a la olla hirviendo para saciar sus famélicos gaznates, o despedazarlos vivos para vemder los órganos al mejor postor. La cosa no era para tomársela a broma, pensarían los nativos, porque si alguien se pone en su lugar a ver cómo se justificaría la apatía, alegando que sólo era agua de borrajas y pelillos a la mar. La leyenda se expandió como un reguero de fuego por los vericuetos más lejanos.
No se sabe a ciencia cierta si habían consultado a algún oráculo, pero acaso por eso no querían que existiesen más leyendas de una asociación sin nombre, a la que el ciudadano acudía en sueños y a veces por qué no en la realidad, aunque no se sabía exacto cómo explicarlo, sin que los moradores de las comarcas limítrofes no supieran su historia, antecedentes, la auténtica biografía de la leyenda al objeto de saber a qué atenerse y darle largas cuando fuese menester, o tratarla con cariño cuando se lo merecía, además puede que alguien pensase que una asociación sin nombre es como un cuchillo sin hoja ni mango, o sea la nada pura y dura, digan lo que digan.
La leyenda de la asociación sin nombre necesitaba de todos modos de un espacio donde caerse muerta cuando le llegase la hora fatídica, un lugar palpable donde reposaran sus restos, o poder reunirse los miembros de la asociación para debatir los temas más candentes o sospechosos, y partir de allí, una vez acabadas las reuniones, cada uno a sus respectivos hogares u ocupaciones, porque no es posible vivir en el Vacío, en la pura entelequia, en una asociación nunca jamás manchada o decorada por alguien.
Si fuera por narrar leyendas a buen seguro que no iría mal la trama, pero habrá que ofrecer un trato consistente, una presencia con rostro, brazos y los miembros inferiores que conforman al ser humano o a una asociación en el buen sentido de la palabra, encontrar un esqueleto que lo sostenga, porque si no quién va a explicar todo este maremagnum y así el gran público lo comprenderá. Se pueden aducir mil y una leyendas a través de la historia de la humanidad y sin que se apunte al corazón de la leyenda de la asociación pero eso no reportaría beneficios, ni le satisfaría a los expertos en estos proyectos.

Últimamente se había trabajado a fondo en el tema con vistas a que la asociación tuviese un nombre digno, que fuera la envidia de todos los terrícolas. Para ello se contrató a espigados publicistas, e intentaron colocarlo en las horas de máxima audiencia con idea de conseguir grandes réditos, aquello que más ansiaban en su vida, pues ese era el honor que según los especialistas se merecía dentro de todas las leyendas de su extirpe.
Por otro lado les daba pena que siendo una asociación tan poderosa virtualmente, con colosales tentáculos se arrinconase en un recinto escueto, minúsculo y no dispusiera de un mínimo de credenciales para presentarse diplomáticamente ante cualquier embajador de cualquier país y alegar las quejas a quien hiciera falta, sin andarse con remilgos, expresando alto y claro que dicha asociación era la más conspicua y mejor pertrechada de todas las que circulaban por el cosmos, mas le faltaba algo, y no lo tenía ya entre otras causas por intereses inconfesables de los poderosos.
Poniendo sobre la balanza los distintos dictámenes de unos y otros, por fin se decidieron desplazarse al lugar donde habitaba el espíritu de los distinguidos chamanes y gurus, y al parecer con cierta ironía encubierta por su parte, confirmaron que para que fuera grande y resplandeciente lo más acertado era subir el listón sin más ambages desplegando velas, y recogiendo las semillas de las más genuinas leyendas de asociaciones sin nombre del planeta, y por ende eso influiría en su ennoblecimiento y sería sin duda un acierto precisamente el que se mantuviese con el rótulo en mayúsculas, “LEYENDA DE UNA ASOCIACIÓN SIN NOMBRE”, lo que causaría estragos y haría que echase indelebles raíces, creciendo sus verdes tallos en una eterna primavera de ubérrimos frutos.

martes, 23 de marzo de 2010

La guinda y otros pinchos



1 –La guinda.
En un abrir y cerrar de ojos engulló Bartolo la guinda mezclada con piña y queso y sintió unos resplandores como nunca había experimentado, parecía que saboreaba un exquisito manjar traído de allende los mares con los encantos con que se envuelven en los parajes caribeños. Fue, según cuentan, un bocado de cielo, algo fuera de lo común que les infundió excelentes sensaciones por todas las células del cuerpo.
La pena que le embargaba era que lo presentía escaso para sus enormes ansias repentinas que le entraron al contactar con sus aromas. Sin embargo llegó a la conclusión de que en adelante, cuando se encontrase deprimido, con el ánimo por los suelos, se prepararía un buen plato de pinchos a base de guindas, queso, piña y vinagre balsámico de Módena, y conseguiría lo que no está en los escritos, reírse de todas las calamidades del cosmos.

2 –Alga de mar.
En qué estaría pensando Luisito cuando su madre lo sorprendió exhalando un olor a mar, a auténtica sal extraída de las profundas cavernas marinas y permaneciendo obnubilado por las excitaciones que se agolpaban en su paladar. Luisito no acertaba a deslindar un sabor de otro, se perdía turbado entre los bordes de la mar sin saber a qué carta quedarse, entre el picorcillo y la alegre dulzura de su textura hasta el punto que imaginaba que ingería un conglomerado infinito de productos marinos mezclados entre sí con el agua untada de aleteos marinos nunca vistos, caracolas, pulpos, jibias y diferentes cangrejos. Un pincho que se clavaba en el sentido y abría de par en par el apetito de la vida.
Y sin avisar, llegaba como la primavera y lo dejaba todo revestido de una tupida cortina de erotismo culinario.

3 –Tortilla a la japonesa.
Su corazón duro, insensible, empezó a soltar paulatinamente unos destellos de arco iris de inhóspitas sensaciones que se disparaban como el fuego a través del paladar por todo el entorno embadurnando con su recio cuerpo las exangües vitaminas que aún sobrevivían entre los resquicios del ambiente.
Una voz le decía, no te resistas, necia, serás masticada como el león tritura a su presa y no quedará de ti ni rastro. Aunque en un principio te envalentones, tarde o temprano, tortilla a la japonesa, incluso sacando tus ásperos aguijones, casi metálicos, a la postre, irás poco a poco ablandando o derritiéndote como un acaramelado flan. Y si quieres emular a la tortilla francesa o española necesitarás echarte en remojo al menos veinticuatro horas y propinarte una sutil paliza antes de arrojarte a las entrañas infernales del aceite hirviendo en la sartén, y a buen seguro que triunfarás, que te saldrás con la tuya acaparando los piropos más dulces jamás oídos incluso fuera de tus fronteras.

4 –Pincho de jamón con huevo de codorniz.
El rico jamón hizo una de las suyas y se fue trasformando lujuriosamente en una sensacional papilla penetrando por la angosta garganta contra viento y marea, abriendo los intersticios del alma y despertando a la llamada de la vida de manera fantástica al recibir el sólido y compuesto alimento fortaleciendo la fragilidad que nos circundaba con rojizos pellizcos de cerdo y la clara y la yema de codorniz.
En los ratos turbios, de espesa niebla, en que vamos desnortados y tambaleándonos por polvorientos caminos, una buena receta para generar entusiasmo e ingenio será sin duda degustar pinchos de jamón serrano con huevos de codorniz, hágame caso querido lector, será la mejor medicina para espantar los miedos y cubrirse de gloria, de un manto de beatífica luz y podremos entonar con la boca llena un sinnúmero de aleluyas, ya que se acabará de una vez por todas cualquier indicio de crisis pandémica.

5 –Pincho de remojón granaíno: bacalao, patatas, olivas, aceite y sal.
Aquel día Alberto se saltó la norma cogiendo el bañador y la toalla rumbo a lo desconocido, pensó él, aunque la cosa estaba cantada. Tomó los utensilios indispensables para gozar de un remojón en la alberca que había según se sube por la loma del Corralillo del pueblito. Pero aquel día se llevó un chasco descomunal porque la halló vacía, debido a que el dueño la había desprovisto de la compuerta a fin de regar los sedientos campos y no contenía ni una gotita de agua. El remojón se difuminó como breve tormenta de verano.
Sin embargo, finalmente tuvo una idea que le despejó el horizonte. Se acordó del remojón tan original y sabroso que preparaba su tía Engracia, y ni corto ni perezoso encaminó sus pasos en esa dirección. La mezcolanza mental del remojón fallido y el hallazgo fortuito del excelente remojón de su tía se revolcaron en su presencia descaradamente con distinto sabor, logrando al final salir victorioso de la tremenda frustración de que fue objeto cuando arribó a la alberca y observó que sólo habían quedado dentro restos de ranas, sapos, basura, alguna maltrecha prenda íntima y un rijoso lodo.

6 –El queso y el pavo.
El hombre andaba sin rumbo, totalmente perdido, le desagradaba sobremanera la labor que desempeñaba en una fábrica de quesos. La alergia que padecía no le permitía aproximarse apenas a los condimentos que manipulaba y que debía revolver con parsimonia para la obtención de tal producto, por lo que al poco tiempo de entrar a trabajar en dicha fábrica se vio obligado a pedir la baja por enfermedad muy a su pesar, pues no estaba el horno para bollos, sobre todo por la grave crisis que reinaba en ese período.
Cuando transcurrió el tiempo reglamentario de baja, pasó a engrosar las listas del paro, al no poder incorporarse de nuevo a su antiguo empleo. Ante la apremiante necesidad de encontrar trabajo que tenía, comenzó a recorrer distintos lugares, variadas empresas, pero a cualquier parte que llegaba con el currículo le daban con la puerta en las narices. Se sentía triste, desesperado, destrozado.
Un buen día se cruzó en su camino una gigantesca granja de pavos, se detuvo ante ella saboreando las mieles del éxito al pensar, esto sería una magnífica solución para mí en el estado anímico en que me encuentro últimamente. Después de calibrar los pros y los contras se acercó a la oficina y entregó su currículo, llenándosele la cara de alegría al ser admitido de inmediato.
Mas cuando corría el aire de tramontana y le traía el horroroso olor a queso, se le inflamaban las meninges y le provocaba nudos en la garganta de suerte que se le atragantaba el pavo que comía hasta llegar a encontrarse atolondrado, absolutamente incapacitado para cualquier actividad laboral o de relax, y por supuesto no podía tragar ni bocado, con lo que le fascinaba la carne de pavo, era para él algo mítico, hasta tal punto que entraba en tales circunstancias, sin saber cómo, en la etapa de cuando tenía la edad del pavo.

jueves, 18 de marzo de 2010

Paso palabra


No me eches el muerto, pásalo sin dilación a otra persona como si fuera la palabra que lo representa, pues las palabras se las lleva el viento. Que rueden los muertos de mano en mano como las monedas, como una llamada de teléfono donde vuelan atropelladamente las voces, achuchándose unas a otras, yendo del hablante al oyente a través del canal.
Hace tiempo que me acontecen algunas aventuras extrañas. Una de ellas se debe a las palabras, he de reconocerlo. Me pesan mucho, en especial las esdrújulas, creo que no las trago porque no las comprendo en su verdadera dimensión, tal vez por ser tan enigmáticas, y no digamos los sobreesdrújulos, ahí ya no hay forma de hincarle el diente, de hallar palabras llanas, sencillas que lo aclare, parece que no tienen corazón o hartura con tanta hojarasca y tallos como le florecen por todas partes, y sucede que cada vez que asoma una por la ventana enseguida te echas a temblar, pues deja pringando la casa, las ropas, el entendimiento, como si entraran a saco tropas enemigas en una auténtica guerra de asalto y pillaje resquebrajándose hasta los cimientos del pensamiento, es decir, que lo dejan a uno hecho un asco, con los hechos heroicos o las tristezas más horrendas que se puedan contar con ellas, al ir acumulándose en multiformes montones de excrementos físicos, metafísicos o morales.
Los contenedores, a buen seguro que se quedan atrás en aromas estridentes cuando se vislumbran por lo alto del callejón las esdrújulas o los sobreesdrújulos con sus perfumes, de ahí que esos vocablos no haya manera de poder pasarlos a nadie que sepa su ADN, a no ser que se mastiquen concienzudamente extrayendo la esencia, ya que los rechazan. Además rara es la vez en que no llegan a tu vida como simples okupas adueñándose de repente de excesivo espacio en la cavidad bucal, y encima se quejan de mal trato por el hostigamiento de la estrechura y salen desbocados como toros a la plaza, una vez que los colocas en fila para pronunciarlos, y te das cuenta de que ni suena en condiciones la úvula o campanilla del velo del paladar, ni nada de nada, pues le falta alimento, aire a las criaturas para emitirlas.
Ya está bien de tanta insistencia en paso palabra, y sobre todo sin especificar; habrá que hacer distingos entre las más dóciles o las menos corrosivas para que los más rebeldes a la recepción puedan dormir tranquilos protegiéndose de la metralla connotativa que en determinados momentos o situaciones límite conllevan.
El otro día un amigo pensó que sería bueno llevar a cabo
un lifting en la cara principal de tales palabras o realizar en el vientre una liposucción, donde más masa literal hay, al aire libre para que nadie se intoxique de su veneno, en la parada del metro o en la salida de un campo de fútbol y todos aplaudan por la hazaña.
Tal vez fuera todo un éxito pasar palabra donde más amor le dispensan, un foro de Chat de Internet, una sesión parlamentaria de políticos en el congreso, o en una clase que se imparta la enseñanza de un idioma, que seguramente que ya las tengan amordazadas o cautivadas por la cantidad de cadáveres lingüísticos que habrán pasado por su piel y lo más probable es que les resbalen.
Sin embargo es chocante y no se entiende el porqué nadie puede vivir sin pasar palabra, continuamente están largando, enviando SMS, fax, e-mail, cuya materia prima son las letras, como se sabe, y precisamente lo que están realizando es eso, pasar palabras encadenadas formando un puente comunicativo que no tiene fin.
A los niños cuando son pequeños le cantan nanas para dormirlos meciéndolos en la cuna o les cuentan cuentos según van creciendo y se quedan extasiados escuchando las aventuras de las heroínas, de los héroes, los cerditos, el lobo y funciona como alimento, como si se nutriesen más de las palabras que de la teta de la madre o de los potitos o plátanos aplastados que les daba su abuela.
En cierta ocasión un niño lloraba desconsolado, como si lo estuvieran matando, y cuando le pusieron en la tele una historieta de dibujos animados se le cambió el rostro y se puso a sonreír como si entendiese todas las palabras que pronunciaban los animalitos del bosque encantado.
Las palabras que se ponen pesadas pronto nos las quitamos de encima de un manotazo como mosca molesta, y a veces son las primeras que se quieren pasar al que se considera el enemigo para hacerle la pascua, pero no para divertirse con ellas jugando o tirándoselas como pompas de jabón, de ahí que se puede arreglar en estos casos el entuerto convirtiéndolas en juguetes que sean del agrado de la persona a la que se la pasamos, y así lograr conquistarla con floridos y bonitos crucigramas que lleven brillantes rayos de sol con ramilletes de flores o dulces trofeos de oro, todo confeccionado con rico chocolate, untándolo en las palabras antes de pasarlas a los demás.
De esta forma las palabras tediosas u horribles las transformaríamos en una rica aureola que fuera la envidia de los respectivos oyentes o lectores, de tal suerte que todo el orbe quisiera asistir al festín, atrapándolas, abrazándolas de todo corazón.
La incomunicación, la depresión, el estrés, la ansiedad son los enemigos primigenios del paso palabra, por el estado anímico en que se encuentran. Así que gritemos todos con fuerza, “viva el paso palabra”, que no decaiga la fiesta, y perdure por los siglos de los siglos.

martes, 2 de marzo de 2010

La otra


Aquel día Roberto se levantó muy consciente de lo que hacía. Se colocó la corbata en el punto justo, abrochándose los botones de la camisa con cierta prisa mirando hacia ninguna parte y se calzó los zapatos nuevos. Iba más elegante que de costumbre. Hacía semanas que lo llevaba madurando, aunque había días que se le iba de la mente. El recuerdo de las últimas jornadas le fue avivando el rescoldo de cuando estuvo con ella en el chalé verde a la vera de la playa durante uno de los fines de semana. Allí bailaban y se bañaban al arrullo de las olas, sus pies eran acariciados por las aguas nada más pisar la arena. Se divertían como niños chapoteando en la espuma que salpicaba la última ola.
El bañador preferido de Roberto estaba ya un poco descolorido por el paso del tiempo y el uso. Últimamente Laura no lo besaba como antes. Los labios destilaban un olor agrio de sucia borrachera, de turbia resaca.
Desde hacía un tiempo ella no usaba sujetador por prescripción facultativa, debido a una inoportuna y virulenta alergia que sufrió la pasada primavera, que la había tenido postrada en el sofá de la casa más de lo que ella esperaba golpeándole con saña.
El último día que lo pasaron juntos, sin la menor sospecha y como el que no hace la cosa Laura se arregló en un descuido y salió del hogar a las siete y cuarto de la tarde como si fuese de compras, demostrando que nada extraño pasaba por su cabeza, acaso los diferentes saldos o gangas que pudiera hallar en alguno de los grandes almacenes o boutiques de moda.
Sin embargo el hallazgo de unos pendientes de oro y un frasco de colonia selecta que dejó tal vez olvidados en la mesita de noche la delató ante los ojos de Roberto en ese instante, aunque luego la cosa en sí pudiera no revestir mucho fundamento, nada más que meras sospechas a causa de la incertidumbre que rodeaba el caso y los hechos, ya que ella no se prestaba a ese juego de amantes, más que nada por pura soberbia heredada de su abuela paterna.
A las once, después de una parada en la oficina en la que trabajaba trastocando el papeleo y dando consignas a la secretaria, fue a la cafetería donde solía tomar un tentempié y acaso se encontraba con ella, en aquella época de locura y pasión, en que ningún obstáculo hubiera podido impedir que se juntasen. Dentro del templado hervidero matutino, gente de alto copete y algún conocido del mundillo empresarial royendo sus churros y sorbiendo con fruición el café, la miraron, los unos de reojo, los otros con altivez y desprecio. Hablaban de ella los presentes sin apenas disimularlo, después de haberla identificado como objeto de escándalo –al menos era lo que allí se pensaba- , al entrar sin dirigir ni siquiera furtivamente un saludo por mera cortesía.
Al sentirse poco a sus anchas y por ello a punto de levantarse de su asiento, con mucha desfachatez y resolución, viniendo de una mesa lejana y plantándose enfrente, una mujer alta y espigada, rubia y de ojos verdes, porte arrogante y peinado de corte cuadrado que le daba aires de emperatriz seductora, deslizándose de un golpe del lugar que ocupaba, le pidió permiso para sentarse mientras lo hacía sin esperar su consentimiento.
De repente pero sin poder identificarla claramente, supo por los pendientes y el olor a perfume exquisito que exhalaba de toda su imponente figura que era aquella a quien buscaba.
Entonces en un arrebato de audacia inesperado y al tiempo que intentaba esta señora dirigirle la palabra, en un gesto raudo pero premeditado, hundió su mano derecha en el bolsillo interior de la chaqueta arrojando sobre la mesa los pendientes.
Ni siquiera había intentado protegerse y en la cafetería corrió un rumor de espanto.
-Siéntese, le espetó el ofendido. Seguro que sabe dónde los había colocado. Soy Roberto. Explíquese.
-Son míos sí. Lo mismo que Laura, su querida putilla, que no los ha sabido guardar dándole el placer que necesitaba. Es mía ahora y nunca, ni usted ni nadie me la usurpará. Si ha venido aquí para recuperarla, está perdiendo el tiempo.
-¿Perdiendo el tiempo? No me diga machota. ¿Piensa que voy a dejársela?
-Mire tonto. Nunca se ha dado cuenta de que nosotras, las mujeres de hoy necesitamos, además de culto a la belleza, consideración, buen sexo y una buena cartera…Ahora se paga todo eso y si quiere reanudar con ella le invito a una copa esta noche en el lugar convenido y le enseñaré el catálogo de los placeres programados que ofrecemos.
Al terminar la parrafada, se levantó, trincó los pendientes de la discordia y por despedida, masculló:
-Tendrá que preguntar por Eli…o por la inglesa. Así me llaman –agregó con soberbia, regresando a la mesa que minutos antes había abandonado, a reencontrarse con el tentempié que compartía con otras chicas del centro convenido.
A la mañana siguiente estalló la noticia en la ciudad de un ajuste de cuentas sucias en una discoteca de categoría en que un hombre –honrado, casado, con hijos…- había aparecido muerto en la acera, apuñalado por sicarios por querer forzar –a punta de pistola y alegando que era invitado- la entrada a dicho local.
Se perdían en conjeturas autoridades, policías y familiares.. La vida, tío, a secas y con derrame ocasional.