domingo, 7 de febrero de 2016

Vivencia deportiva


   Atnav quería subvertir el mundo, el orden de su universo a toda costa, fulminando la ley natural por sus tintes un tanto xenófobos y sin duda letales, empeñando en ello la vida.
   Empezó invocando sortilegios y pergeñando el soterramiento de los ancestrales rituales desde el más tierno balbuceo, la cuna, y luego, tras salto circense, se plantó en las postrimerías, la sepultura, o lo que es lo mismo, alfa y omega, conceptos que ya pusiera en solfa Segismundo en su célebre monólogo, "Ay mísero de mí, ... /qué delito cometí/, contra vosotros naciendo/; aunque si nací, ya entiendo"... concitándose Atnav en el núcleo duro del asunto, llevando a la práctica presuroso el canon clásico, mens sana in corpore sano, a fin de enderezar el rumbo de su barca, desplegando velas en el mar de la vida.
   Tomó al pie de la letra el proverbio, como un confortable vademecum, agarrándose con uñas y dientes a los ideales inmortales, respetando la vara de medir, participando con entusiasmo en los más estimulantes senderismos y maratones con vistas a restituir los derechos y dignidad humanos, cortando de raíz las clamorosas burlas de Caronte con palmaditas en la espalda paseando por las riberas de Aqueronte, y exclamar con vehemencia, ¡basta de tanta fantasmagoría, lavados de cerebro y diluvios selectivos!, apuntándose de esa guisa el tanto de la desconexión total del presidio vitalicio.
   Atnav, con la cabeza en su sitio, propugnaba por deshacerse de tanta mugre, pendencieras artimañas o manido papanatismo, intentando lograr un rescate sin precedentes para la Humanidad, borrando del esperma humano y la pizarra hospitalaria los signos lingüísticos, ictus e infarto, oncología y diabetes, así como leucemia y raquitismo, brotando una savia nueva, que irrigue de juventud, vigor y  lozanía los circuitos corporales, evitando que se incruste en las partes más sensibles e indefensas la maldita gangrena, cerrando a cal y canto poros, puertas y ventanas, y poder así respirar, bailar, roncar o sumergirse en las aguas del carpe diem, bebiendo vida, ora tumbado al sol sin sobresaltos, cual recalcitrante lagartija, ora a la bartola, feliz y contento, sacando el máximo provecho de los vivificantes guiños y encendidos mimos que exhala la vida.
   En los incesantes y tornadizos vaivenes de la incertidumbre, deshojando margaritas en un mar de emociones, vino a confeccionar Atnav un programa viable, pero no por eso menos riguroso y contundente con los objetivos, conviniendo en ajustarlo al diseño de una vida modélica con visos espartanos, donde se coma para vivir, con vistas a mantener a raya grasas, arritmias o crueles lumbalgias, desarrollando una tabla pionera de ejercicios físicos y mentales, teniendo en cuenta el proceso nutritivo, senderismo, pilates, yoga, taichí o meditación trascendental, cercando su hábitat a conciencia con tal de que no se cuele ni una brizna de la apestosa y negra guadaña.
   Y mientras tanto, tras consultar las mareas informativas de las redes sociales y el consejo de los sabios, resolvió al cabo acometer las decisiones y labores que tenía pendientes, diciendo para sus adentros en aquella soleada mañana de febrero, ¡albricias, qué suerte!, hoy toca emprender la marcha por derroteros guajareños, caminando a la vera del río de la Toba o de la Sangre, llevándolo como leal compañer@, cual amor de flor siempreviva, inhalando las fragancias del/la amad@.
   Atnav se aprovisionó de los víveres indispensables para la jornada, bocatas, frutas y abundante líquido para regar los ásperos repechos subiendo al Castillejo, el Machu Pichu guajareño, que se vislumbra no lejos de la Minilla, lugar sagrado para unos, -o sacrílego para otros por las citas juveniles con limonadas fantaseadas con labios rojos y cocas-, por su manantial de agua fresca por antonomasia para dar de beber a los residentes de la villa en tiempos en los que aún no se conocía el frigorífico (o no se estilaba) o acaso fuese prohibitivo el precio, y había que echar mano del botijo o pipote y cántaras para conservar el agua según venía de la Minilla, sita en el barranco de Rendate, entre perales, melocotoneros, eucaliptos, naranjos y olivares. 
   Cabe recordar al respecto que existen múltiples anécdotas, chascarrillos, y no pocas broncas y disgustos conyugales motivados por tales tareas, sobre todo cuando llegaban del campo con la garganta reseca y la lengua afuera por los sudores y la fatiga de la labor, como el can cojo en la plaza por alguna pedrada, luchando entre la vida y la muerte por falta de agua.    
   En el sudado y pegajoso caminar por el polvoriento sendero hacia el Castillejo, iban desfilando por la memoria un carrusel de escenas del pasado, verbi gracia, transporte de haces de leña, esparto, trigo o cebada, espuertas de uvas, serones de aceituna a lomos de las bestias, o panoramas de pámpanos de viñedos en las laderas del monte, aromas de manos encallecidas por la siega, la zafra o el romero y el esparto, con el que en tardes de fría calma confeccionaban femeninas manos miles de utensilios y enseres, pleita, espuertas, esteras, canastos, ceretes, sogas, capachos, y un sin fin de aplicaciones caseras para las acémilas y los aperos, a fin de abastecer a los labriegos de sus necesidades para las tareas agrícolas, la siembra o la recolección de los frutos.
   Y según se avanzaba por el sendero, los ojos, gargantas y pulsiones del terreno sonaban por sí solos como la canción, ay amor, que despierta las piedras, y vibraban las lajas al pisar delatando los cascos de las acémilas de entonces, o se elevaban, sacando pecho, al reconocer las pisadas de aquel niño que con otros correteaban por aquellos parajes, saltando acequias, paredes o trepando por los árboles, cogiendo granadas, albaricoques, caquis, algarrobas y algún que otro chirimoyo, pero estaba el "Fuelle", ojo avizor donde los haya, que desde su recóndita atalaya vigilaba el campo, y a la menor sospecha se plantaba allí con todos los tanques acorazados, vociferando como un trueno y lanzando terrones, piedras y una lluvia de imprecaciones y palabrotas metiendo el miedo en el cuerpo de los pobres chavales, que ese día a lo mejor hicieron novillos a fin de darse un festín ecológico, tomando fruta de la huerta, creyendo que todo el monte es orégano, y que les esperaba la degustación del rico maná del Todopoderoso para su  disfrute, y a los postres dar las gracias por el sustento recibido, pero todo el gozo en un pozo, porque más de uno se pasó aquella noche en los calabozos, la cárcel de entonces, local que luego fue carpintería, donde se hacían los trajes de madera para el otro barrio (lo que Atnav tanto detestaba), y hoy es el bar de los desguaces, así llamado humorísticamente, por ser lugar de encuentro y evasión de jubilados, sobre todo.      
  Evocaba Atnav de cuando en vez la loca rebeldía de los arrebatos del ayer, cuando, siendo un mocoso, daba cuatro zancadas en un periquete por aquellas jurisdicciones, muros y albercas fondoneras, perdiéndose por las  huertas y sembrados de la vega, al oír los pasos perdidos del guarda de turno, que venía con paso corto, vista larga y mala uva. 
   Y llegaban voces lejanas, como de ultratumba, de sangre morisca, que en su día goteaba por aquellos contornos, desaguando por el río de la Toba abajo al desbordarse la terrible venganza humana, quizás como antesala de la matanza de los Abencerrajes en el Patio de los Leones de la Alhambra, llegando al unísono con los fulgores de cal viva extraída de las caleras, con la que pintaban y decoraban las casas de la villa, y el negro carbón, troncos de leña apilados a fuego lento en el horno, como sacados del centro de la tierra, para preparar las viandas y aliviar los fríos nocturnos o del alma, así como el aceite de romero, cuya modesta industria aportaba no poca ayuda al vecindario.   
   En aquellas veredas y atajos, corrían los chiquillos como el viento, sin miedo a los rayos solares, al bombardeo de los dueños o al hambre y las calamidades por el atrevido despelote, con la alegría de vivir siempre en los ojos, brincando como un toro por zarzales y terreras, estirándose como chicle por lomas y cerros hasta alcanzar las cumbres, Alberquillas, Cuatréi, Jurite o las copas de los pinos, volando como pájaros en libertad, sin ningún temor o reparo, hallando la felicidad a la vuelta de la esquina, allí donde su persona, su corazón ardiente se posaba, dispuestos a conquistar el mundo o superar los escollos que se les ponga por delante.
   Y allá en lo alto relucía con luz propia, cual faro fenicio, todo soberbio y cariz de pirámide egipcia el Castillejo, como centro secreto de operaciones extraterrestres controlando el horizonte del cosmos, junto al barranco de Rendate, sembrado de frutales y nacimientos de agua fresca, pajarillos y totovías, pajaricas y otras especies revoloteando inocentes entre los verdes juncos, o emitiendo tiernos trinos en las ramas de los álamos, o saltando de poza en poza por el lecho del río en su presencia, como si quisiesen ofrecer algún espectáculo memorable, a lo mejor el Lago de los cisnes, yendo por las márgenes fluviales como pedro por su  casa.
   Y a todo esto, ¿es mucho pedir que la utopía se baje del burro, reflexione, y recobrando la voz y su talento apueste por lo razonable, y un buen día exclame ufana, ¡hágase la luz!, y todo sea realidad?
     




       


     

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Un viaje en tren






                                     
   En una cruda mañana de invierno las prisas y la nieve le pisaban los talones al ir a coger el tren, quizás preludio de ulteriores avatares, aunque no fuese la intención hacer el viaje de su vida en el transiberiano, ese gran sueño viajero ambientado en las novelas de misterio de Agatha Christie. No paraba mientes Albano en materializar gesta alguna o lema como, vivir la vía férrea, cual un quijote surcando los mares de la vida con antorcha de bonhomía socorriendo viudas, desvalidos o desfaciendo toda clase de entuertos.
   Aunque en el pasaje figuraba ya impreso el destino, no lejos del pulmón alpino, en su fuero interno volaban con aires traviesos racimos de sorpresas, arrobos o locos anhelos estilo Marco Polo por descubrir y disfrutar tierras vírgenes, inenarrables prodigios, milagros y hechos mágicos que le avivasen los lánguidos rescoldos vitales reportándole inolvidables vivencias, desconociendo si en el trayecto se toparía con Marie Claire.
   Aunque se arguya que el tren es pesado y torpe por naturaleza, no es cierto. En los campos abiertos, cuando toma velocidad, estira las orejas, se libera del peso y vuela, porque el tren tiene alas según Albano. Y por las noches el vuelo le ofrece un sabor especial, algo tentador. Duerme de otra forma. En otras épocas, el vuelo le provocaba vértigos y fuerte opresión en el pecho. Ahora en cambio, cuando entra en el tren se siente como quien regresa a casa después de una prolongada estancia neoyorkina. Y verse solo en un vagón le suscita un extraño placer.
   Estaba acostumbrado Albano a sobrellevar pacientemente los engorros y contrariedades de idas y venidas en la acémila, yendo como secuestrado entre serones, capachos o alforjas sobre el aparejo en el vaivén del cuadrúpedo, encontrándose a veces al borde del precipicio por mor de un mal paso de la mula o al batirse el cobre con fantasmagorías por puro pundonor, séanse eólicos molinos o extraños entes que revolotean por la testuz, terca como ella sola, presumiendo o presintiendo perder el equilibrio, entablándose una encarnizada lucha por la supervivencia, resolviendo apoyar finalmente las herraduras en tierra firme, corriendo el riesgo de que en la refriega el jinete se escurra por la culata o cabeza al subir o bajar cuestas (como la de Panata) y perdiese los estribos o, peor aún, la solidez, rodando muy maltrecho por el campo pronunciando las palabras de don Quijote: “Non fuyades, cobardes y viles criaturas”…
   Por ende, era de suma urgencia atarse los machos para no ser devorado por sorpresivas coyunturas y salir airoso, llegando sano y salvo a su destino.
   Cuando la climatología se mostraba benigna en los labrantíos, se respiraba unas balsámicas fragancias, marchando todo como la seda, mas en llegando la cuesta de enero todo andaba manga por hombro (las condenadas cuestas), al coincidir el hambre con las ganas de comer, siendo las exigencias mayores, toda vez que las compras, azuzadas por la tentación de capturar los mejores pecios o saldos en el revuelto mar de las rebajas, juntamente con los embates de las frías nieves invernales, que se multiplican cubriendo puertas o ventanas, cuestas o puertos, propician con creces el ser más oneroso soportar las pendientes o cuestas existenciales, así como ir en Busca del tiempo perdido de Proust o de los pasos perdidos de Marie Claire.
   Cuando arrecian las lluvias, como acontece en ocasiones al pie de los Alpes, se acrecienta entonces la posibilidad de darse un baño vestido en la misma ruta ferroviaria debido a la horrible tormenta o en el río, en menos que canta un gallo, por la vorágine de la turbulenta corriente al vadearlo montado en la mula.
   ¡Pardiez! –farfullaba Albano, recordando el viaje-, ¡qué lejos estaba la estación! Por poco si no llego.
   Una vez que aterrizaba Albano en la estación, cambiaba de jaca subiendo al viejo tren, mudándose todo de repente, dando un triple salto mortal al pasar de la industria del Medievo a la Edad Moderna y Contemporánea.
   Al pisar Albano, por aquel entonces, las escalerillas del tren, sentía unos raros resquemores, un paralizante escalofrío que le subía por el cuerpo acelerando las pulsaciones, tragando saliva sin cesar y el corazón en un puño.
   Sin embargo, superados los prístinos temores, retrepado en el asiento de la ventanilla del tren soñaba con un mundo polícromo, de fructíferas experiencias, según iba visionando y grabando en la retina las admirables joyas de la Europa verde, todo cuanto deslumbra y embelesa al viajero, una vaca, coquetos sembrados nevados, la silueta de una sombra, los estimulantes árboles del bosque o el niño jugando en la ladera del monte.
    En noches de luna llena y sugestivos destellos, desgranaba Albano la idea de que los trenes le han hecho libre. De no ser por ellos, ¿qué habría sido en este mundo? –pensaba-. Quizás una larva, una lagartija, una mosca cojonera o el dueño de una tienda de todo a un euro, y al cerrarla volver a la madriguera, a casa exhausto y encontrarse con montañas de facturas y los malentendidos de la pareja. Tan pronto como sube al tren se eleva sobre las alas del viento, volando cual otro Ícaro por los océanos de los sueños.
   Quería Albano sacarle provecho a aquellas fértiles tierras y a la beca que, como regalo de reyes, llamaba a su puerta, y no era cosa de desaprovecharla por espinosos o encontrados que fuesen los escollos, los dimes y diretes, al ser la primera vez que se le ofrecía dicha dádiva, estando en sus manos arrojarla a las tinieblas o sacarle partido, evitando que se convirtiese en agua de borrajas o en mazazo en el alma, superando el mal trago de sentirse abandonado a su suerte, al volverle ella la espalda, alegando infantiles cuidos por imperativo maternal, farfullando entre dientes, arréglatelas como puedas.
   Por otro lado, abrigaba Albano fervientes anhelos de generosidad con las cosas de la naturaleza, considerando que la nieve caída en los campos al igual que el pan que se cae al suelo, son dignos de un beso por los beneficios que aportan a los seres vivos, debiendo dar las gracias asimismo a la Divina Providencia por los ricos bocados que recibía a diario en el aventurado viaje por los envidiables parajes galos, a pesar de que viniesen trucados en parte por las coyunturas, aunque según el refrán, Dios aprieta pero no ahoga, permitiendo a la postre que un fúlgido rayo de sol rompa una lanza en su favor, prometiéndoselas muy felices, mas no siendo la dicha completa, al no tener noticias de  Marie Claire.
   Era vox populi que el tren había pasado la prueba de fuego del sarampión, y dado por sentado su vacunación contra cualquier incordio, malaria o intruso que maniobre en su contra por los raíles, paso obligado del tren, debiendo jugárselas Albano al atravesar aquellos aviesos acantilados por los bruscos cambios de un tiempo tan tornadizo y canalla.
   No obstante, acariciaba interiormente una especie de bula para la ocasión, no ser engullida o anegada la vía por una montonera de fango, árboles hendidos por el rayo o cachos de rocas caídas desde la cima, levantando ampollas o barricadas al paso de la locomotora.
   Por aquellos puertos, las traiciones del cielo están a la orden del día, generando no pocos quebraderos de cabeza o violencia cósmica. Tales comportamientos o trances le retorcían las tripas a Albano, al confundir la noche con el día, el trigo con el agua, y no respetarse los tiempos, ni siquiera en la canícula cuando los franchutes celebran la fiesta nacional, al hacer la climatología de su capa un sayo, dejando en la cuneta o turulato al más pintado, cual púgil tras un golpe bajo, y pretendía en tales tesituras ejercer un papel estelar contra el traidor, desentrañando urdimbres, malas artes o puñaladas por la espalda del microclima.
   Y al cabo de una rauda elucubración, como si se hubiese nombrado la soga en casa del ahorcado, se desencadenó todo, atisbándose por la ventanilla del tren un enrarecido mar oscuro, como la boca del lobo, cuando una chispa antes lucía a raudales un sol espléndido, adueñándose repentinamente de todo el entorno una espesa nube negra, estructurando un convulso clímax de rayos, relámpagos y centellas, dejando K.O. al tren.
   Los viajeros, vencidos por el sueño, dormían como bebés a tan altas horas de la noche, despertándose de súbito desnortados y con el corazón en un puño por el bronco frenazo, contemplando los vagones atravesados bajo agua, sin saber qué hacer, a la espera de recibir instrucciones al respecto.
   Rumiaba Albano en su fuero interno horas de infarto, ya que se vería obligado a emprender una dura caminata por aquellos derroteros rumbo a lo desconocido, buscando un techo donde cobijarse, mientras en la cúspide alpina se respiraban aires fiesteros, como si hubiesen echado las campanas al vuelo o la casa por la ventana unos cuantos mozalbetes de conducta aberrante, depositándose en la vía los más dispares materiales.
   La escandalosa corriente, perdiendo los estribos, hizo perder asimismo el sentido del tren, al arrastrar todo cuanto hallaba a su paso, como si los elementos se hubiesen confabulado contra el convoy, perpetrando no pocas fechorías o acaso tendido una emboscada, como la copa de un pino, por aquellos insurrectos espacios.
   En la horrísona marimorena que se montó, cabían las más estrafalarias conjeturas, dando la espina de que una mano negra estaba detrás de todo el desaguisado.
   Hubo quien señalaba que el atropello no fue por casualidad, sino que había sido urdido con alevosía tras un largo tiempo, envasando en industriales sacas de basura metralla pétrea al por mayor, entre otros componentes, arrojándolas ladinamente ladera abajo al paso del tren, remedando las estratagemas del célebre pastor lusitano.
   Se percibió entre tanto que la emergencia no se hizo esperar, ocurriendo en un plis plas, alcanzando a las pulsiones de los viajeros, desconectándose el fluido eléctrico, e hincando el pico el tren (como la terca mula) aquella turbia noche entre los travesaños y matojos que a duras penas despuntaban por la vía.
   Daba la sensación de haberse parado todos los relojes del mundo, y tras tensas horas de pánico y estupor en el refinado territorio galo, la gente se peguntaba toda nerviosa por los motivos de la tardanza en auxiliarle, toda vez que en la zozobra existencial los instantes son eternos, y la noche asusta al no abrir los ojos ni las ventanas al sol naciente, avanzando impertérrita con afilados cuchillos por donde más duele sembrando angustia, hambre y desespero.
   En el descarrilamiento del tren le dieron a Albano y al resto, como en la canción, las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres, y deshechos al amanecer los encontró la luna, hasta que los bomberos y cuerpos especiales del Estado hicieron acto de presencia, levantando un puente salvavidas con troncos entre el tren y la falda del monte, permitiendo el apeamiento de  los maltrechos viajeros.
   Los altavoces informaban en su lengua nativa, Atentión, atentión, monsieurs voyayeurs, madames et mesdemoiselles, en aquellos momentos tan cruciales, en que tanto se echa de menos una mano amiga, que abriga y alivia. Y reiteraban el mensaje, invitando a que fuesen abandonando el tren y se dirigiesen a las casas o mesones más cercanos que vieran por el campo, a fin de descargar el equipaje y las inquietudes, reposando y reponiendo energías, mientras llegaban los autobuses para el posterior traslado al nido respectivo.
   En aquellos improvisados recintos, se suministraba tentempiés y caldos calientes, coñac y anís, tinto bordelés con nueces y calor humano, intentando reanimar al personal y alegrarle el ojillo, pidiendo calma y confianza en el rescate.   
   Y he aquí que en una sorpresiva oleada de viento del Sur, como remedando lo que el viento se llevó, le llegaban a Albano mediterráneos rumores portando enigmáticos aires de Marie Claire divagando por la Costa Azul, donde hubiese ido tal vez huyendo de algún alud o de la justicia de Val d´Isère (que posee una de las zonas de esquí más bonitas del mundo) por haber actuado como testaferro en una importante operación de blanqueo de dinero, o acaso por asuntos profesionales, asistiendo a algún concurso de belleza o encuentro de divos del celuloide en Niza o Cannes para la entrega de premios. Pero no estaba del todo claro, dado que, tras las pertinentes pesquisas llevadas a cabo, no figuraba inscrito su nombre como actriz o similar en ningún certamen de los programados para tales fechas.
   Los hilvanes de la incertidumbre y otras diligencias conducían al Casino de Montecarlo, donde al parecer acudía cuando el peculio le sonreía.
   No se sabía con seguridad si el cuerpo, todo desfigurado, hallado en la bañera de un hotel cercano al Casino era el de Marie Claire, pero al poco se supo que todos los indicios apuntaban al aura, a su persona, no siendo al parecer algo casual, sino un ajuste de cuentas en toda regla, realizado por una banda criminal.
   Tres meses después, tras la correspondiente prueba de ADN, certificó el forense en Montecarlo, un martes a las doce de la mañana del año 2013, que, efectivamente, el cuerpo hallado era el de M.C.
              
Y una vez que los pasajeros entraron en contacto con el exterior, se estremecieron sobremanera al dar los primeros pasos por aquel lodazal, encogiéndosele el corazón y las piernas a Albano al echar a andar sobre todo por el dislate de equipaje que llevaba, que más que maleta era baúl, denigrándola con denuedo por lo pesada, en aquella noche tan desafortunada, plena de contrariedades, temiendo encontrar la sepultura en la tierra que pisaba, y sintiese que los estertores de la muerte le llamaban en persona, no pudiendo dar un paso.
   No obstante, siempre hay gente buena donde menos se espera, y le ofrece ayuda en el funesto infierno, que semejaba un lagar de uvas avinagradas y putrefactas mezcladas con inclasificables restos en las telúricas entrañas de la noche; de modo que tan pronto como se percataron del calvario de Albano, se pusieron manos a la obra, socorriéndole sin reservas, mientras recordaba apesadumbrado el momento en que ella le inyectó tanto veneno en el equipaje, como si vaticinase el enterramiento con sus pertenencias, emulando a los faraones egipcios, encontrando allí su sino, trucado adrede por los montaraces Alpes, enfangado como estaba en aquel patatal a pique de criar malvas, cumpliéndose la cita bíblica, “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris (Recuerda, hombre, que eres polvo y en polvo te convertirás)”, llegando a sentirse exánime, sin sangre en las venas, ansioso por aterrizar en algún mesón de la campiña francesa, y beber un trago de vida o burdeos, pues la muerte por agotamiento y hambre le pisaban los talones y son malas consejeras, aunque no amedrentan lo más mínimo a las pateras de pueblos con la hambruna, que surcan los mares sin miedo a los temporales de cualquier índole.
   Que la vida es un sueño o don preciado es de sobra conocido, dándose la paradoja de que los místicos ensimismados en su frenesí por lograr la vida eterna, persiguen la muerte con pasión, pretendiendo vivir en la presencia divina, en una especie de jardín atiborrado de fragantes siemprevivas y no me olvides, exclamando, “Muero porque no muero”…, imaginando que la muerte es la beatífica prolongación de la vida, pero enriquecida con infinitas dosis de inmortalidad, y embarcados en tal singladura navegan harto contentos consumiendo los días.
   Después del execrable temporal y de reponer fuerzas, Albano y demás pasajeros fueron trasladados en el bus, cada uno a su lugar de destino, dejando el tren para mejores meriendas o tiempos, donde se proteja la ley natural, y se disfrute de la vida entre dulces y jubilosos amaneceres.
  Y entre tanto, mientras el mundo gira y gira, no le disgustaría a Albano que el nuevo año 2016 viniese preñado de abundantes nieves y placenteros viajes, aunque rodara como una piedra por la vida, dibujándose un mundo más justo y feliz, más humano.
   


                          

   

domingo, 15 de noviembre de 2015

Aprendiz de gato






                                                             
  
                                                        
   Según rezan no pocos legajos, los egipcios adoraban a una diosa con cara de gato, lo que generaría unas inusitadas expectativas en el ser humano, alentando un carrusel de ideales o vanidades sobre todo a quienes anhelasen medrar. Y sin más preámbulos, ante la inquietante duda te pregunto, Óscar, si no habrás sido llevado en volandas hacia dichas mieles por el prurito de poseer semejantes franquicias u oropeles, acariciando en tu fuero interno sus honores y mayestáticos dones, el aura, porfiando día y noche por remedar o suplantar a la diva, poniendo toda la carne en el asador o escurriendo el bulto ladinamente a la hora de la verdad.
   Me escama que te hayas dejado de forma tan repentina y chulesca los mostachos, desplegando las alas por las comisuras de los labios en un nervioso intento por cambiar el look a marchas forzadas, a lo mejor con fines lucrativos o acaso donjuanescos, vete a saber, dibujando los secretos áureos del gato con unas prerrogativas únicas, y de esa guisa intentarás enrolarte en homologados circuitos de conquista nocturna o diurna, rumiando los más suculentos platos en opíparos saturnales, cual consumado dios o diosa o lince de la selva africana, divisando a través de las celosías y cerraduras de las puertas la rauda y perfumada procesión de roedor@s saliendo de la ratonera avasallando a los de enfrente, corriendo campo a través rumbo a la movida, a los sensuales abrevaderos para saciar el hambre o la sed.
   Y a renglón seguido, tras acicalarte meticulosamente, cual presuntuoso gato, exhibes las depredadoras y seductoras armas, actuando como dueño y señor de la mansión o del universo, mirando con el rabillo del ojo al resto, cumpliendo el guión del proverbio, la ocasión la pintan calva, y te lanzas en picado, como un camicace, a la caza y captura de los ratones o féminas distraídas con las más sigilosas artes, mozas, damiselas o mujercitas con suaves dunas como núbiles pechos por parques y jardines, discotecas o boites de moda, cual ducho felino, danzando en la pista de la vida al son de las músicas acordadas, engatusando las roedoras trenzas con ingeniosos y acrobáticos malabarismos.
   Desde esta atalaya escruto en tu porte, influenciado probablemente por egipcias remembranzas, endiosados aires gatunos, sobre todo cuando deambulas con el bigote tieso, la pajarita y la penetrante mirada  en busca de ardiente sustento al caer las sombras sobre la urbe, exhalando un torbellino de voluptuosas acometidas o razias con premura, como si perdieses la cabeza o el norte.
   Óscar, algunas veces te cojo in fraganti, brincando por los crepúsculos sin luna o negras tapias de los corrales persiguiendo a la gata en fuga por el encendido tejado de zinc, rivalizando con las estrellas del celuloide, o bajas todo sudoroso, con los ojos exaltados por las escaleras hacia los Infiernos de Dante (leyendo in péctore intrincados o apócrifos mensajes del más allá entre espejismos y pirámides pensantes), yendo de un rincón a otro rastreando  uñas, pechos o pisadas con sumo sigilo, defendiéndote como gato panza arriba en raras o galantes escenas, enfrascado en una pelea de gatos con otros aspirantes al rico panal de turno, que avizoras desde tu orilla o saltando del alféizar de las emociones al frío tranco de la puerta de la calle o al silencioso tronco del olmo seco herido por el rayo machadiano con el corazón atravesado por Cupido, o te sumerges bajo las voluptuosas faldas de la mesa camilla imaginando roces de nalga de alguna doncella, poniendo en práctica las artimañas gatunas cuando el crudo invierno aprieta.
   Ayer, al reflexionar acerca de tus zalamerías y devaneos, caí en la cuenta de que te batías el cobre con otros congéneres al pasar con calculado tiento y ternura el dulce rabo por entre las piernas de la concurrencia engatusando al personal, reproduciendo en la oscuridad del momento la certeza de que de noche todos los gatos son pardos, pues no te reconocía ni la madre que te parió, catalogándote como más gato que nunca, al cerciorarme de que ejecutabas las escatológicas labores con la mayor brevedad y pulcritud, tanto en pensares y presentimientos, como en higiene corporal, enarbolando la bandera de la transparencia, enterrando los pútridos humores, las fétidas heces o rencorosas envidias que te perseguían en los últimos tiempos, pegándole fuego en improvisada pira y depositando las cenizas en una urna fuera del alcance de mentes cleptómanas o miradas curiosas.
   Y analizando un poco tus privados y nuevos vuelos por este ambiente, deduzco que peleas por figurar en los libros de historia como aprendiz de gato, ¿quién lo iba a decir?, pero repara, aunque sea someramente, en las vueltas que da la vida, los vaivenes del tren humano, y colegirás a buen seguro que junto a las oficiosas páginas bíblicas, hubo otras defendidas por una gruesa corriente de  intelectuales, letraheridos, arúspices, gurús y doctores de las iglesias más eximias, v. g., ortodosa, heterodosa, copta, cristiana o anglicana que hablan de unos traspapelados papiros, que circulaban de mano en mano, emborrachados o emborronados por la incuria o los escrúpulos o las inclemencias del tiempo, en donde se explicitarían con todo rigor los tejemanejes de Dios a la hora de acuñar la efigie humana en monedas de curso legal, creíble y aceptada por el común de los mortales, así como de los dioses, cuando la incipiente idea de hacer más felices a los caballeros bullía en las sienes del Creador, pergeñando la adaptación del género humano a la convivencia familiar en el Paraíso Terrenal, en línea con su infinita sabiduría, bondadosa misericordia y omnímodo poder, pero arrastrado quizá por las veleidades no de la carne sino del espíritu, y, a fuer de ser sincero, fatigado por el creativo esfuerzo durante los seis eternos días, gracias a Dios que al séptimo descansó, menos mal, porque de lo contrario no se sabe cuál habría sido el desenlace de la película.
   Y mientras se sucedían otros eventos y entuertos y avatares planetarias, sucedió el que viniese Dios a caer en brazos de la vida muelle, como si viajase en crucero de lujo por las célebres islas del Caribe o de las Pitiusas, llamadas así posiblemente por una lluvia de estrellas o súbito brote de pinos en sus entrañas, y Dios, en un batallar callado, digno de todo encomio y antes de que el sol despertara, plagiaría de los mismísimos mininos los humos y cimientos de la aventura humana de vivir, bebiendo en los ojos, en sus fuentes lo que no está en los escritos, aprovechándose del ADN de estas misteriosas esfinges, que transitan alegres por mugrientos muros, la madre naturaleza o el dulce hogar, de modo que cuando llegó el momento de crear al hombre a su imagen y semejanza, ya estaba todo amasado. Se enfundó Dios el mono de faena, y asiendo un gran cuenco con agua clara y unos polvillos mágicos, se asomó al balcón del universo y dijo: “No es bueno que el hombre esté solo, hagámosle una compañera”; dicho y hecho; y lo dijo con mucha familiaridad, como si estuviese tomando una copa en la barra del bar emulando la melodía de Sabina, y fue luego inoculando en la frente del recién creado homínido las vitales esencias gatunas (si bien solo puso una, olvidó que tenía seis más), y todo ello con vistas a darle compañía y cariño, que falta le hacía al hombre, aunque dejándose en el tintero, por descuido o confianza, las premisas ya impresas en la piel felina desde los ancestros, el calificativo de independiente.
   Y si haces memoria, Óscar, te darás cuenta de que los roles de la pareja humana no han trascurrido por caminos de rosas, sino por los más enrarecidos estadíos, cruzando a veces turbias corrientes o vasallajes de tornados y tunantes, violentos desmanes o fallecimientos sin fundamento, al desbordarse el vaso del machismo, provocando borracheras de espanto, el delirium tremens, siendo patologías o lances que no tienen cabida en la convivencia gatuna desde los prístinos albores de la existencia. 
   Y abundando en ello, con idea de limpiar lo que corroe, te invito, querido Óscar, a que hojees las revistas del corazón que inundan los kioscos, u observes los troncos del  los árboles con corazones atravesados por la flecha, dando fe de la sentencia, hay amores que matan; y así irás desgranando truculentas maniobras que no casan con las pautas gatunas.
   Cuando montas tu ego en actitud mística, cual silenciosa esfinge en trance de adivinar el porvenir me apabulla tu silencio, tu mirada, tus interrogantes…
   Pero de cuando en vez sin embargo, rememorando a Neruda te digo, me gustas, gato, cuando callas, porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca; me gustas cuando callas y ronroneas en un altar repleto de flamboyanes y refrescantes pámpanos con el semblante encendido con las ascuas de la mirada. Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo…
   Me fascina, diosa gata, tu actitud recoleta, aislada, en éxtasis, de laberinto cerrado por donde no discurre la ciencia humana, donde sólo tú sabes urdir las mil y una noches de cuentos o historias o señuelos para seducir a las criaturas.  
   Si observas los vaivenes u oscilaciones del globo en el que viajamos, con el hidrógeno dentro volando por los cielos, piensa que puede estallar en cualquier instante, al encender una cerilla o meterse en camisa de once varas o dirigir la mirada a los provocadores trepas, que van trepando por los muros de Wall Street, altiplanicies o escondrijos por donde se sospecha que andan los roedores de guante blanco desembolsando dinero negro, a saber, fabricando ratones colorados o Micky Mouse u otras familias de cine haciendo su agosto, aunque de paso consigan que sea más hermosa y sugerente, si cabe, tu figura, tus ojos de gata, deteniendo el tiempo en el esplendor en la hierba o ardiendo en los tejados.
   Por ende, recorriendo el camino por los senderos existenciales, comprenderás la trascendencia que la idiosincrasia gatuna ha inyectado en el arte gracias a la invención del cine, el libro, la pintura, el teatro o la música, siendo objeto de deseo y un dechado para los seres humanos a través de una delicada mesura y privilegiada relevancia nunca vistas.
   A veces te echo de menos, Golfi, no creas que te olvido, gata en celo, cuando transcurre un tiempo sin vislumbrar tus arrumacos y hazañas o inercias sufro, porque necesito tu mirada callada para beber vidas, misterios, resplandores que te levanten de las horas muertas, anodinas en que a veces te mueves.
   Óscar, en tus delirios felinos, te has colocado muy repantingón en la terraza esta mañana, fisgando a los roedores que circulan por los vericuetos, como un salteador de caminos que aguardase a la diligencia para dar el golpe, despojando a arrieros y resto de viajeros de las más íntimas alhajas y monedas para los gastos corrientes, sembrando la desolación en sus corazones.
   Perdona que te diga que te he estado observando durante toda la semana y me tienes intrigado, porque no te veo como un genuino gato, espontáneo, creativo, arisco, burlón, con ganas de enredar, de tomarte un mojito o echarte al monte y volar por las alturas con convicción, adelantándote a las gaviotas en el vuelo y robarles el pescado en el rebalaje, no quedándote como un pazguato viendo cómo se llevan los manjares traídos del mar; por lo que intuyo que andas tocado, y cada día más torpe, obturándote las posibilidades internas de intelección de la realidad. 
   Óscar, y ¿cómo no despertaste ya de un salto de ese pesado letargo, y has subido por los tejados descubriendo maravillosas escenas melifluas en camastros, catres o claustros de cenobios donde el abad prepara a conciencia a sus hermanos en la fe y a los fieles la felicidad eterna, dulces bocados y clandestinos mejunjes que los va preparando para la otra vida, yéndose en gracia de Dios y tan contentos, con todas las gracias divinas incluida la santa extremaunción, encontrándose todos como en un hábitat de gatos, bebiendo y comiendo zalameros y picarones, acariciándose y mesándose los cabellos con ternura, desplazándose y estirazándose a placer, dejando sus indelebles huellas en los bancos, escalones o macetas de los parterres que circundan los vetustos muros del convento.
   Y no cabe duda de que continuarás girando sin desmayo como el astro rey, trajinando a tu antojo por ásperos arrabales, paredes o pueblos de la vida, haciendo realidad tu privilegio de vivir más vidas que el gato, que a día de hoy, pese a los recortes,  siguen siendo seven, y se ve con toda nitidez, aunque por otros lares son más generosos dándoles nueve.




   
   


   

                                                              
  

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Mi amiga soledad

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Mi amiga soledad se puso a cantar la canción que lleva su nombre, "Soledad, es tan tierna como la amapola, que vivió siempre en el trigo sola"..., y me quedé extasiado, atónito, profundamente dormido, soñando en los viejos tiempos, en las  bellezas del campo y las dulces y primaverales fragancias de la melodía.

   La encontré en esos momentos bastante motivada y satisfecha, después de haber atravesado sola un interminable desierto, sin personas ni ranas ni siquiera una mosca fisgona o cojonera que la molestase o alguien que la atendiera en las necesidades más perentorias haciéndole más ameno el camino.

   Me contó que había estado viajando durante un tiempo en auto stop por medio mundo, y que acababa de adquirir un utilitario de segunda mano con los eurillos que había cosechado en la última vendimia francesa, donde por cierto tuvo un amor pasajero, etiquetado por ella como  de usar y tirar, y aunque sonreía con ganas y exhibía toda la fuerza de su atractivo femenino, se vislumbraba lejana, distante, con cara de pocos amigos, como  embebida en otras destilaciones o vientos, caminando algo desaliñada, huidiza y cabalgando por aquellos horizontes, aunque aparentase una grata placidez, atendiendo al viajero con todo el tierno bagaje de que disponía; no obstante, de cuando en vez emitía un chisporroteo de raros caprichos que se la llevaban en brazos a otras danzas por pistas desconocidas turbándola sobremanera.

   Por ende, sus vuelos me empujaban por las desangeladas orillas de la desesperanza, por áridos y esquilmados terrenos, donde todos los gatos son pardos, y ni el ave del paraíso ni la luna encuentran acomodo o una brizna de empatía, pese a que se desvivía por ofrecer o buscar lo mejor que tenía guardado en la despensa, en la mirada, en los pensares, para vivirlo y compartirlo, sirviéndolo solícita con todo lujo de detalles, sin cortapisas ni exigencias de ningún tipo por su parte.

   Cuando desperté del ensueño le supliqué que me volviese a cantar la canción en verano e invierno, cuando azota el cierzo y aprieta el frío del alma, y le sugerí que lo hiciese con toda la ternura del mundo, aunque fuese de manera esporádica, y de esa guisa seguir vivo, circulando por los recovecos de su garganta, arrastrado por la hermosa corriente de la voz con el anhelo de ser succionado por la rosa de su boca en algún descuido, perdido entre las seductores perlas que a gustar convidan, rodando por los laríngeos acantilados sumido en la ardiente saliva.   



   

martes, 3 de noviembre de 2015

Encrucijada











                          
   Somos tres elementos tras la oscuridad de la ventana, que no sabemos a dónde dirigirnos ni qué hacer en este día otoñal. Sin embargo tú puedes coger el sintagma “Somos tres” y pasearlo por la prehistoria, entrando y saliendo de una caverna o transportarlo en un mamut a las termas romanas o a Estambul, pongamos por caso, o llevarlo a visitar el museo del Prado o darle un baño en la Costa del Sol, tomando un refrescante vino de verano.
   Pero dónde colocamos “Las ventanas” del edificio que nos da cobijo y protege de los rigores infernales del invierno, porque tales orificios requieren un proyecto o preparación de sus féculas y nervios arquitectónicos para que encajen debidamente en el marco en el que se quiere colocar, pues no lo van a permitir sin más sus clavijas y entes, de eso nada, no te hagas falsas ilusiones, si pretendes instalarlas no tienes más remedido que medir en la medida de lo posible tú mismo o a través de un experto en esas labores sus ángulos, vértices, latidos y lados respectivos.
   Y queda “La oscuridad”, que si se acentúa en demasía puede acabar con la vida del más pintado, ya que si expande los tentáculos a diestro y siniestro puede convertirse en un caudaloso río amazónico que fulmine la lucidez y transparencia de los pensares o reflexiones impidiendo dejar pasar los rayos de inteligencia y luz precisos para llevar a cabo las tareas domésticas o las más sutiles e intransferibles operaciones del cerebro en un momento dado, por lo que no se pueden echar las campanas al vuelo sin fundamento, si no que se precisa de cordura y tiento para no errar en el disparo al blanco a cada paso por la vida o en los hitos que vayamos plantando a través de los ronquidos del tiempo.
   Y así, como el que no hace la cosa, cogiendo a los tres elementos de la mano formando un todo nuclear, darles sustento, forma, hechuras y un plan de vuelo y echarlos a volar por entre los renglones del folio que tiritaba de frío agazapado en la penumbra, en blanco, por el susto que pilló cuando en la cita tertuliana se pronunciaron tales vocablos, porque si no recordamos mal eran, “Somos tres, Las ventanas y La oscuridad”, nada menos, envolviéndolo todo de incertidumbre y misterio, como si estuviesen enraizados en las mismas entrañas del diablo o del día de Difuntos, en que las pobres Ánimas vagan sin norte ni caricias por el monte de Bécquer o por las riberas, o a lo mejor somos los vivos los que no damos con la llave o la luz que nos guíe por las praderas o valles o laderas o precipicios o incongruencias de este loco o sugestivo o endemoniado discurrir del mundanal ruido, donde acaso lo mejor sea mondarse de risa para enterrar en un gran nicho blanco la negra pena que ose embargarnos impidiendo pronunciar palabra o emborracharnos de una insoportable tristura.
   Y aunque seamos menos o más de tres almas o un millón en esta tarde lluviosa y gris con olor a castañas asadas, si te parece, abre las ventanas de la vida y ahuyenta la oscuridad pulsando las claras notas de Luz Casal, “Abre tus ojos a otras miradas, anchas como la mar, rompe silencios y barricadas, cambia la realidad, porque creo en ti cada mañana”...        
  



sábado, 17 de octubre de 2015

Una plaza de cuyo nombre quisiera acordarse








   Por muy temprano que amanezca, es harto arriesgado barruntar las halagüeñas primicias u hoscos suspiros que irán sedimentándose en las sienes a través de los versátiles meandros con el paso de los días.
   En los hervores primeros entran en liza las devaluadas tormentas de verano. Luego va in crescendo el rigor climatológico o del tormento, pudiendo llegar a ser una tormenta de ideas acuñada entre ceja y ceja, o un repentino tornado que arremetiera contra los flancos del poblado o de la persona, o ir tomando cuerpo poco a poco sin percatarse nadie, construyendo su predio al libre albedrío con laberínticas envergaduras en menos que canta un gallo, causando verdaderos estragos tales fenómenos, tanto los patológicos como los atmosféricos, no permitiendo al paciente cargar las pilas o endulzar el amargor de las horas montando en cólera, ya que si se observa con atención los pensares, las prospectivas o las neuronas se infiere con nitidez que no respetan las canas, el palmarés, y van minando los cimientos que durante tanto tiempo han estado sustentando a la planta humana en el prurito de decidir cualesquiera labores, bien sean, dar un paso al frente, soñar, saciar la sed, o desplegar las velas para realizar un periplo por mares remotos o por un cercano océano de cerebrales tartamudeos con las pulsiones en stand by, sin posibilidad de descubrir la enigmáticas causas de un repentino bloqueo.
   Tras el enrarecido maremoto que la embargó, intentaba Merche pergeñar variadas e interesantes tareas, pero le fallaban las fuerzas, y las fuerzas del orden de su cerebelo se habían declarado en rebeldía, saltándose con descaro las pautas o el dictamen del preciado software que articula las funciones vitales, acarreando a la postre no poca ruina y el mayor de los desconsuelos.
   Merche, no digería los tiernos bollos de leche ni churritos calentitos esa mañana, ni modulaba los tonos en los torcidos renglones del encerado por donde cruzaba, y como no era muy dada a exteriorizar las interioridades ni en los trances más cruciales, pues continuaba como si tal cosa, no arrugándose lo más mínimo ante unas adversidades tan tan aberrantes, resistiendo impertérrita las embestidas de la mar bravía. Era, como suele decirse, de acero, con las mismas hechuras que el burrito Platero.
    El día se presentaba gris y provocativo, siendo proclive a lo más disparatado o execrable, no concitándose en sus junturas los raros engranajes o gestos de aquel sortilegio con los correspondientes brebajes y fórmulas magistrales, influyendo a lo mejor en todo ello los subidos estallidos de los relámpagos o de los tormentos que iban explosionando a cada paso, como Pedro por su casa, en una especie de alocada metralla, como acaece con los castillos de fuego en las fiestas de pueblos y ciudades, cayendo incandescentes muñones o lluvias de lumbre a diestro y siniestro, dando pie a que las gónadas o arrebatos de Merche se atemperasen en parte, o quizá resurgiesen con nuevos bríos enriquecidos por las portentosas energías provenientes de otros planetas en noches con luna o sin ella, cuando la ocasión la pintan calva o es más propicia al lobo para atrapar a la presa por el  escabroso sendero en el espeso bosque, porque más hace el lobo callando que el perro ladrando.
   Y pareciera entonces que la potencial hecatombe brotara en los veneros de los recintos pensantes en cierta medida sin venir a cuento, y llegados a ese campo, que no es de amapolas, hacer cábalas a cerca de si Merche hubiese mordido sin querer unas depurativas ortigas o extemporáneos augurios o riñones al jerez en mal estado, entrándole de pronto gastroenteritis, y anduviese por ello tan angustiada dando arcadas o regüeldos por lo ingerido anteriormente.
   En tan difíciles coyunturas, de tormentosas turbulencias y fiero vendaval, percibió, a modo de confabulación, como si el cielo cayese a cachos ante ella arrancando las losetas de plazas y jardines, penetrando asimismo, como por arte de magia, en su cerebro, no vislumbrándose en él norte alguno, perdida como andaba en aquella plaza, aunque estuviese apoyando los pies en el mismo suelo, en cuyo rótulo figuraba grabada la onomástica del santo que da nombre a tal recinto (plaza de San Juan de la Cruz), un frailecillo célebre por los éxtasis divinos y la poesía mística que destila su pluma, según los versados en tan selectos menesteres, y en consonancia con los vientos que se bebían, se esperaba una buena cosecha, creyendo que el Santo haría gala de sincera empatía y un celestial altruismo, elevándolo dicho comportamiento aún más en los altares, haciendo una santa gracia sin tapujos, exhibiendo el don más admirado por el hombre, el milagro.
   Mas no se consumó el ansiado presagio, ya que la tormenta proseguía echando espumarajos por la boca, cabezona y altanera junto con los tormentos, arreciando con todos los pertrechos a su alcance, disparando encorajinada ráfagas de H2O por los coquetos y festeros rincones que pululan por las estancias malacitanas, como la que atravesaba Merche en tan tétricos instantes, con un escapulario empapado por la lluvia de la Virgen del Carmen al cuello, que casi la estrangula, santiguándose de continuo y sintiendo taquicardias y unos sudores de muerte, por lo que se encomendaba con todas sus fuerzas a Santa Bárbara.
   No había forma de que la masa gris entrase en razón, o flotara en aquella marisma con ayuda de mnemotécnicas martingalas, o que los subliminales subterfugios posteriormente aflorasen despertando del momentáneo infarto, dibujando algo nuevo y placentero, teniendo una tarde redonda, como los toreros de renombre, en aquellos aviesos momentos, y no llegar a exclamar, ¡tierra, trágame!, haciendo el paseíllo por el albero de la fatídica plaza saltando de gozo y de charquito en charquito eufórica, diciendo para sus adentros, sí, una plaza de cuyo nombre quisiera acordarme, ahuyentando la virulencia que se respiraba en el ambiente, acentuado por el cerrado temporal que se cernía en tan trascendentes horas, que rememoraba el poema lorquiano, A las cinco de la tarde/. Eran las cinco en punto de la tarde/. Un niño trajo la blanca sábana/ a las cinco de la tarde…//
   Y mientras tanto, se encontraba Merche plantada en la plaza, inmóvil, cual columna dórica sosteniendo ilusiones o devenires, esperando ser bautizada y bendecida como se merecía con la bendita agua que del cielo caía.
   Llama no poco la atención que en situaciones tan fuertes  e hirientes para una criatura, que estaba a pique de caer por el precipicio, cayese de pronto en desgracia, siendo arrastradas por las alcantarillas todas sus promesas y devotas plegarias y súplicas, cuando acariciaba in péctore la idea de que el Santo de la inolvidable plaza, haciendo honor a sus venerables dotes y virtudes, actuase con la rapidez del rayo en su ayuda, pero todo el gozo en un pozo, pues se le fue el santo al cielo conjuntamente al Santo y a Merche, ahogándose en las insensibles aguas todas las prístinas esperanzas, al quedarse en blanco en medio del barrizal en la explanada, remedando los desnortados vuelos de la paloma albertiana, “Se equivocó la paloma/, se equivocaba/. Por ir al norte, fue al sur…, dándose con la puerta en las narices, sin encontrar la salida, pese a los reiterados zumbidos que se despanzurraban en el WhatsApp, que echaba más humo que el tren de las películas del Oeste.
   Ella, sólo suspiraba por el detalle de que al menos por un día el Santo que allí mora fuese generoso y compasivo, un santo de verdad, allanándole el camino de la existencia.
   Y cuál no sería su estupor, que, pisando lugares tan familiares, no atisbase nada, quedando presa en las redes, aunque, por otro parte continuase tan estirada y recompuesta, enrocada en las obsesiones pavlovianas, buceando en las virutas de la soterrada amnesia, apontocada en el encharcado cemento, sin mover ficha ni pierna ni nervio, lo que llevó a entrar en urgente contacto con el cuerpo de bomberos para que la rescatasen de aquel paranoico infierno, o tal vez interrogarse por qué diablos no echaba mano del sentido común, orientándose con los enseres pluviales que llevaba, saliendo airosa del atolladero.
   El eclipse fue tan gordo que dio pie a que saltasen las alarmas, al despuntar negros tallos en el horizonte, mezclados con ramos de flores junto con las credenciales del ladrón de memorias con aires teutónicos, impecable corbata y exquisitas maneras, ofreciendo los servicios a Merche, con toda la parafernalia al uso, abrazándose a ella cual huérfano que buscase protección, y deshojando la margarita, pensara que dónde iba a estar mejor que en el regazo de una progenitora tan íntegra, viniendo a caer en sus brazos, llevado sin duda por el currículo, los desvelos y  las estratagemas maternas  que atesoraba.
   En el carrusel de las historias nacen y mueren los días, como la efímera rosa, con sus aromas y espinas, aunque más valdría que algunos se quedasen en el intento materno por los siglos de los siglos, y a buen seguro que seríamos un poco más felices, no borrando con tanta frivolidad la memoria del árbol de la vida.

 Y cabe reflexionar al cabo si ella lo rubricaría antes del alzheimerizado y postrer viaje con el barquero de Hades, o lo pondría en tela de juicio queriendo permanecer en tan beatífico estado, ni envidiada ni envidiosa, como antesala del paraíso prometido.   

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Aylan











        
 Sin miedo al peligro,
Cual potrillo desbocado,
Saltaba alegre por el rebalaje,
Donde la blanca espuma de la ola
Se desvanece.
Acompañaba a la familia,
Ávida por hacer las Américas
En las entrañas de la  UE.
Pretendía explorar nuevos mundos,
Y volaba confiado, cual otro Ícaro,
Por los enrarecidos cielos europeos
En busca de una vida mejor,
Y cuando mejor dibujaba las
Cabriolas del plan de vuelo,
Los insensibles gerifaltes,
Indiferentes o cobardes,
Le cortaron las alas de repente,
Cayendo a un mar de arena,
Siendo arrastrado por las corrientes
De la penuria.
¡Hoy somos todos Aylan!
Y queremos honrar su memoria
Por haber dado la vida por todos los niños
Malnutridos del mundo,
Al ser crucificado
Como un Cristo en el húmedo madero
De arena en la triste playa turca.
¡Qué aires más asfixiantes se inhalan
En el horizonte al no acariciar unas briznas
De orgullo humano, capaces de poner freno
A tan mefistofélicos desmanes.

Y cuando nos damos cuenta
Que la vida iba en serio,
Cabe cuestionarse, si es un suspiro la vida,
Para Aylan, ingenuo gavilán, qué habrá sido?
El día de autos aún hervía en su mirada
La roja savia del seco corte
Al amanecer.
La macabra felonía con toda la rabia
Del mundo contenida
Retumbaba en los confines de la tierra.
Mientras tanto los astros y satélites
Doblaban a muerto,
Disparando ráfagas de indignación
Por las órbitas cósmicas,
Removiendo las conciencias por
Tan horrendo crimen.
Los estatutos de nuestra sociedad ética
Urgen a ejecutar con premura
El apremiante rescate
De todas esas deshilachadas almas
Que navegan a la deriva,
Sin el menor avituallamiento,
Por los océanos del abatimiento
En botes salvavidas con tintes de ataúd,
En tétricas pateras
O tenebrosas barcas de Caronte,
Previo pago del óbolo postrero
Por los rotos mares de la vida,
Corriendo el serio riesgo
De ser devoradas a la vuelta de la esquina
Por los tiburones reinantes.
¿Cuánto tiempo de prórroga
Habrá que añadir al partido
Para seguir jugando con la pobre vida
De estas criaturas,
Cruzándose de brazos 
Ante tan vergonzante holocausto humano?