sábado, 4 de mayo de 2013

Apaga y vámonos o el inoportuno tapón.






  
   El invierno le había resultado a Graciano soporífero, ingrato a más no poder. Las contumaces lluvias y nevadas le bloqueaban los más frescos bosquejos, generando no pocas contrariedades y un inoportuno tapón en las correas de transmisión, estirándose como un chicle en la suela del zapato, impidiendo la marcha de las constantes vitales.
   Últimamente, llevado por la curiosidad, olisqueaba en las fuentes más variopintas, en las oquedades de la ciencia y del espíritu, extrayendo sucintos pensamientos, tales como, “leer no tiene contraindicaciones. Tan bueno es perderse en las páginas de un libro que nuestro cerebro lo nota y le reconforta sobremanera. La lectura estimula la actividad del cráneo, fortaleciendo las conexiones neuronales y aumentando los resortes cognitivos; un factor que se ha demostrado ser de primer orden como protector ante el auge de las enfermedades neurodegenerativas”.
   Es vox pópuli que la lectura es buena a cualquier edad, tanto en niños como en mayores; en los primeros, porque las funcionalidades están todavía desperezándose, y en los otros, para mantener activa y despierta la maquinaria cerebral, a pesar de los recortes de las capacidades.     
   Por ende, sin más circunloquios, Graciano se puso manos a la obra, sumergiéndose a pleno pulmón en las aguas de los libros, sin otros recursos de buzo, pero no pescaba los peces que anhelaba, los frutos esperados. Y arreciaron los vendavales, las turbulencias, y el frío interior le hería con virulencia, deformando la estimación de los cálculos, reteniéndolo en su propia guarida como presa de un animal salvaje, y presionado por la incertidumbre, ora en lo anímico, ora en lo externo a él, por no saber el futuro que le aguardaba, se interrogaba perplejo hasta cuando podría seguir pernoctando allí por la dichosa hipoteca, al encontrarse sin blanca, por culpa del ERE de la empresa, viviendo en un sin vivir y vapuleado por los estertores de una muerte segura, la orden de desahucio.
   No obstante, en el caserón, en el que habitaba, había empezado a cultivar la lectura como la panacea de todos los males, y lo hacía sin desmayo, regándola mañana y tarde, limpiando el polvo de los recovecos y el lomo, bebiendo los vientos de los capítulos con furor, contagiándose, sin percatarse, de las peripecias y andanzas de los protagonistas, y al poco tiempo empezó a fantasear con sus propias historias, creyendo que su mansión era un castillo del medievo o un vetusto monasterio por la altura de los techos y los gruesos muros, llegando a sentirse un forastero en aquella casa, y lo somatizaba de mil formas, en lo rutinario y en lo más sofisticado, palpándose las partes del cuerpo, las plantas de los pies, haciendo reflexología podal –el pie es el espejo del cuerpo, decía-, la piel, y escudriñaba en los aires extemporáneos y asmáticos que lo envolvían, en los labios deslavazados o en el brusco bombeo del corazón, alarmándole en demasía.
   La desestructuración de sus principios no cesaba, y fue aumentando la entrega y admiración por las gestas, sintiéndose arrastrado cada vez más por aquellos sensacionalismos medievales de justas y torneos, blandiendo la espada, que decían que utilizó el Cid en el campo de batalla, disputas y más controversias, viviéndolo en sus propias carnes como si fuera un caballero de la orden de Calatrava o un caballero andante, aunque en un principio las escenas y los rifirrafes que se le dibujaban lo dejaban algo indiferente, considerándolos pantomimas, meros artificios bizantinos.
   Mas en los días que le apretaba la soledad y la inconsistencia, se agarraba a lo primero que pillaba con más ahínco, y seguía elucubrando con los súbitos advenimientos, con los enredados ambientes y fantasías, devorando la trama como rosquillas, acorde al refrán, despacio pero sin pausa, leía sobre mojado, y cómo se sentaban los caballeros en torno a la mesa o en los poyos del patio de armas, no lejos de los caballos con los excrementos, y cómo antes de la marcha al campo de batalla, batallaban en la intimidad con las respectivas esposas, aleccionándoles sobre la lubricidad y la dura ausencia, el apetito y la degustación de rijosos manjares, apremiándolas a colocarse el cinturón de castidad, a fin de preservar el cuerpo de raros contagios y de las frivolidades de la carne. 
   En los siguientes capítulos se iban debatiendo los más diversos cargos u oficios o menesteres con pelos y señales, echando mano, cuando el caso lo requería, del código cortés – pero él no podía sustraerse a los embates del oleaje de la morada hipotecada, no podía evitarlo, y odiaba y maldecía aquellas estancias-, y se pasaba las noches en vela, engullendo como un loco páginas y más páginas, intentando desenmascarar los ardides e intrincados devaneos, los enigmas y exhibiciones que ejecutaban con los naipes u otros juegos de azar, adivinanzas o premoniciones, cuestionarios del Trivium, compilaciones de poemas de amor a la reina y damas cortesanas, o ensamblajes de hábiles trabalenguas o pasa palabras, remedando los programas de la radio o televisión de nuestros días.
    En otros momentos de las ávidas y diletantes lecturas, el influjo libresco no fenecía en esas perdidas sendas, sino que se expandía por todas las orillas de los ríos como la pólvora, por las neuronas del cerebro, y se sentía inmerso en las refriegas y referencias de la narración, viéndose empujado a empuñar los dicterios más exacerbados, caballerescos o anodinos, abundando en las prestidigitaciones y simulacros que se urdían entre líneas en aquellos mamotretos –si es que se podía catalogar de esa guisa-, y se iba desvelando cómo peroraban entre sí sobre los asuntos más estrafalarios u otras cuestiones divinas y humanas para cubrir el expediente, y testificar (acorde con la etimología y el ritual romano, cogiéndose los dídimos y apostar con ellos en las manos sobre el apoyo al plan propuesto) por sus emanaciones y  comportamiento, la belicosa aura identitaria de todos estos señores de la guerra, descubriendo los subterfugios más ocultos, las corazonadas, y cómo apostaban para purgarse de sus pantagruélicas comilonas, y jugarse a la ruleta la honra, la hacienda, los vellones, los maravedíes o las doblas de oro, y llegado el caso, lo mismo montaban en cólera que una guerra en toda regla sin escrúpulos, invadiendo los territorios menos procaces y aconsejables, como las legendarias Cruzadas con Ricardo Corazón de León contra el sultán Saladino, con todas las huestes al frente, en estado de revista, y los instruían al pie de la letra y de las bestias, bebiendo como cosacos en un cuenco en la bodega del castillo, si bien, cuestión muy importante, haciendo hincapié en que fuese rentable para su bolsillo, para su andorga, de modo que aportase sustanciosos quilates de materia prima como contrapartida, como acaece en las guerras del siglo veintiuno, usurpando brillantes minas o yacimientos de oro negro o rubio o lo que se tercie, o bien por motivos estratégicos, llegando a la fruición, a relamerse los labios como si degustasen un delicatessen, tales como caviar, salmón, una tarta al güisqui o rojas cerezas del valle del Jerte, acariciándolo todo en sus redes, apropiándose de lo más saneado de los jardines de Oriente o de África, habiendo hecho su agosto, y regresando con el paso cambiado, tarareando canciones de guerra, y con las alforjas llenas, efectuando posteriormente el reparto, tratando de contentar a unos y a otros, pero al no haber entendimiento ni consenso, se hacía a tiro limpio, como mandan los cánones mafiosos, y dado que la ambición no tiene límites, estallaba una guerra sin tregua entre ellos, la más cruel y descarnada si cabe de las guerras, apontocados en sus singulares garitos, como fieras rabiosas, lidiándose los más truculentos torneos o tiros por la espalda..
    El amor propio de los caballeros de la guerra era de tal magnitud que no podían por menos de poner en práctica las enseñanzas aprendidas en los vetustos castillos, la endiablada lucha tatuada en los genes y en las sienes, y según olfateaban los aromas de tan raras componendas, optaban por los territorios a invadir. Dicho y hecho.
       Después de múltiples elucubraciones y lecturas sin cuento, y no encontrando otra salida más conciliadora con la vida moderna, hecho un mar de dudas y metido en un túnel de tinieblas y misteriosos torbellinos, cerrando el mamotreto, Graciano murmuró, apaga y vámonos, y cambiando de aires, dejando caballos, espada y casa, puso los pies en polvorosa, en busca de una vida mejor.    

lunes, 29 de abril de 2013

Las aguas bajaban revueltas







                                


   No podía explicarse la mutación que había experimentado en su vida de la noche a la mañana. Cuando se miró al espejo no se reconocía, creía ser otra criatura, un ser de su vida anterior, y que vino a la postre a reencarnarse en un esquivo ratón.
   Pasaba el tiempo tumbado en la arena de la playa taciturno, desnortado, y reflexionaba sobre el origen de la humanidad, sobre la primera piedra o los primeros pinitos que hizo el ser humano en el universo, en un intento de escudriñar los subterfugios y enigmas prehistóricos, sumergiéndose por los túneles del tiempo y de la incongruencia, acerca de si antes de ser él mismo, probablemente pasó por varios estadíos, crisálida, mariposa, rana, jumento, gallo o erizo, pero según iba desentrañando los más diferentes estratos metamórficos, los diversos roles de los reinos de la naturaleza, y las intrínsecas formas de expresarse, no las tenía todas consigo, llegando a desconfiar hasta de su sombra, porque rebuznar, lo que se dice rebuznar en sus justos términos, bueno, no le traspillaba la garganta ni la lengua, no lo hacía tan mal, pero reproducir las onomatopeyas anímicas del resto de las sensaciones cósmicas, ya era otra cantar, pedir demasiado, llegando a la conclusión de que lo más probable, a simple vista, sería conjeturar que engrosaría la lista de seres especiales, un raro ejemplar de los que surgen cada x espacio de tiempo en el magma de los embriones naturales por puro capricho, y que él existiría por un lapsus de los millones de imponderables que se ciernen en los inmensos designios de los planetas y la vía láctea o de los sapientísimos sabios que pilotan la nave del olvido o de las factibles casualidades, pero que era a todas luces imperdonable para su altura de miras y las dignísimas cualidades y atributos congénitos en sus sienes.
   Sin embargo, ahondando en los ancestros, escarbando y atisbando en el turbio ayer, arribó, sin apenas percatarse, en los años o días sempiternos que estuvo aprisionado con tantos animales, pisando excrementos e inhalando malolientes aires en el arca de Noé. De esa remota estancia recordaba las abruptas y rocambolescas correrías y vuelos que realizaba como paloma (allí figuraba como paloma de blanco traje), una paloma con un lunar negro en el buche, que aún lo evocaba, sobre todo cuando estornudaba, con bastante nitidez, y que un día de espantosa tormenta, quiso hacer de mensajero, advirtiendo a toda la tripulación y a la comarca por la que navegaba de los peligros y estropicios y tropelías que se estaban generando por las torrenciales lluvias que se vislumbraban en lontananza, y sin consultar con el capitán de la nave –el arca de Noé- se escapó volando como paloma que era por un ventanuco, que tenía la hoja atada con gruesas cuerdas de esparto del puerto de donde embarcaron, deshaciendo el nudo, y llevó el mensaje a todos los supervivientes que aún pugnaban entre la vida y la muerte, con la panza atiborrada de agua putrefacta, con gusarapos y hasta sapos por la abundante lluvia, pero por lo visto lo tomaron a broma o por un loco, una paloma (es lo que era entonces) desquiciada que se equivocaba como la de Alberti, “Se equivocó la paloma, se equivocaba/. Por ir al Norte, fue al Sur/. Creyó que el trigo era agua/. Se equivocaba//”, y empuñando una escopeta que tenían a mano unos desaprensivos le dispararon a bocajarro, y al recibir el impacto, se transfiguró de manera inminente, convirtiéndose en un raro ratón, y a partir de de ahí fue dando tumbos y más transformaciones hasta hacerse un hombre, pero un hombre ratón, lo que le mosqueó sobremanera, porque él había oído hablar del hombre lobo, pero no de su affaire actual.
   Tal conversión no le satisfizo, en todo caso hubiera consentido ser otro animal cualquiera, un delfín, por ejemplo, y jugar alegremente con los niños o hermosas doncellas ligerillas de ropa o en topless en el lento y augusto agosto por aquellos andurriales haciendo pompitas de jabón, o un galgo o un gallo cantando por las mañanas la buena nueva del amanecer a la vecindad, trayendo buenas vibraciones, pero no, ni siquiera llegó a ser hombre lobo, y parecía como si ya figurara su efigie escrita y rubricada en las insobornables profecías de Isaías, Jeremías, Oseas y demás autoridades del ramo, como un actor en el gran teatro del mundo en el que nos movemos, en el cual cada uno tuviese ya asignado su papel, la máscara con el personaje, y a él le hubiese tocado ser un chirriante ratón –tal vez pensase que si al menos hubiera sido un ratón colorado, todavía-, y una vez acabada la función y bajado el telón, apaga y vámonos, limpiarse los tatuajes, pinturas y algunos extraíbles genes y mudar de faz, colocándose su atuendo y continuar las labores cotidianas, como acudir el miércoles a la tetería nerjeña del Zaidín en calle Granada, precisamente, ¡bonita ciudad ésta!, cuya arábiga toponimia – Zacatín, Albaycín, Sacromonte, Almanjáyar, Alcaicería y el inconmensurable Castillo Rojo -es de ensueño, con las nevadas cumbres, y en las faldas las olas de blanca espuma del Mediterráneo acariciándole los pies moriscos con mimosa ternura, y a renglón seguido, subiendo un escalón, zambullirse de cabeza en las ardientes aguas de la creatividad, practicando el juego del boca a boca, de las palabras, de la pluma que vuela por las páginas en blanco, volando con las voces en el pico del bolígrafo por los lugares más endiablados o dulces y serenos en un dispendio de sonrientes y despeñadas primaveras, preñadas de inolvidables vigilias y vivificadoras beldades, que discurren tiernas y saltarinas, aguas abajo, por los ríos de la imaginación.       
    
    



  

domingo, 14 de abril de 2013

La cofrade








                                                                 
    No encontraba la cofrade el vestido, la vela, el rosario, la peineta, el báculo de oro, el neceser de manicura, todo andaba manga por hombro, perdido por los rincones de la casa, y no había manera de enderezarlo. Era tal el desbarajuste que, Dios la perdone, pues casi falta a la cita y no puede cumplir la promesa, satisfacer sus religiosas aspiraciones, acompañar al Santo Cristo de la Buena Muerte en cuantito pisara las calles empedradas del pueblo.
    Después de no pocos sofocos, por fin sale, toda emperejilada hasta el último detalle, debiendo sortear las desenfadas risas y bromas de los transeúntes entre acera y acera, los llantos de los fatigados bebés, los gritos y empujones de los zagales correteando a calzón quitado por la calzada; contrastando todo ello con el callado esfuerzo de los costaleros. Los huecos en las solitarias esquinas de las calles le permitían avanzar más rápidamente rumbo a la cabeza de la procesión, subiendo y bajando cuestas, dando algún que otro tropezón con los empinados tacones, como si transitara por las ásperas calles de Galilea camino del Gólgota.
   La cofrade, con los principios muy bien trenzados, y una vez recuperado el equilibrio primigenio y  las divisas que poblaban su cerebro, se va introduciendo en el ambiente, olvidando las nerviosas horas de búsqueda y con el reloj en hora, y empezó a cantar, como un legionario más, la canción El novio de la muerte, que en esos momentos interpretaban, con el Cristo ensangrentado en su pecho, emprendiendo azorada el camino de la dura pasión, el más negro y descorazonador en el día del amor fraterno, el jueves santo, habiendo depositado en la mochila las quemaduras imaginadas y las migrañas celestiales del subconsciente, al objeto de sentirse una persona hecha, formal, íntegra.
   En su concienzudo espíritu se incrustó el desfile procesional con sobresaltados latidos, meditando sobre los distintos rostros de las imágenes que procesionaba la cofradía por la vía pública.
   El gentío contemplaba expectante el suntuoso y solemne despliegue de semana santa, estandartes, horquilleros, la banda de música, las autoridades eclesiásticas, civiles y militares, los pasos, los penitentes y las circunspectas damas con mantilla y demás parafernalia.
   La cofrade, en ciertos momentos, andaba algo confusa, entre el chisporroteo de las velas, el ciego apego a los sacros pasos en una atmósfera rara de mucho ajetreo, ruidos, chismorreos y las críticas más dispares a las cofrades que se cruzaban sobre la marcha:
   -Mira aquella –se oía una voz-, qué vanidosa, ¿quién se creerá? Si sus padres no tenían donde caerse muertos, y lleva un collar de perlas  y el báculo  de oro de la virgen del Consuelo, no se puede creer.
   -¿Y por qué no?- dice alguien.
   -Porque no se lo merece, no reúne el pedigrí  para figurar ahí –.
   -Si aquí lo que vale es la fe-.responde alguien por detrás.
   -Ya me río yo de eso, lo hacen par vanidad, por aparentar, para salir en los medios y estar en boca de la gente, y exclamen, es persona distinguida, de buena familia, guapa y con mucho señorío, - apostilla alguien al fondo.
   -Pues no se entiende, si Cristo nació en un pobre pesebre, menudo chasco, qué carretón - farfullaban otros entre el tumulto.
   La procesión llega a su fin, y los sufridos costaleros, ahora más satisfechos y contentos por la labor realizada,  van colocando los distintos pasos procesionados en los respectivos espacios del templo, y a continuación se dirigen junto con los más allegados de la cofradía hacia el banquete que les aguarda para celebrarlo, como recompensa por los estragos del martirio, y reponer fuerzas, repostar, aunque durante el trayecto han ido picoteando por los distintos bares en las pertinentes  pausas por las callejuelas, apuntando el importe de bebidas y bocatas a cuenta del santo de su devoción, la cofradía de turno, y ahora viene el broche del proceso, el agasajo postrero, y empiezan a brindar, a dispararse los morteros con toda la balística que duerme en sus entrañas, y estalla la reivindicativa y presuntuosa batalla, manifestando unos a otros su malestar con cierta envidia y arrogancia, “aquél no ha dado ni golpe, no arrimaba el hombro, “aquel otro tiene un rostro que se lo pisa, sólo  masticaba chicle”,” mi espalda está dolorida, era la que de veras soportaba el peso del Cristo”, “¡qué cara tienen algunos!”, y ahora aquí a buen seguro que querrán beber y comer  por cuatro, como si fuesen los privilegiados de la película, los que se han partido el pecho”, y es que no puede ser, peroraban con ímpetu, “qué desfachatez, siempre lo mismo, mira ése, ya lleva seis cervezas sin resollar y no sé cuantos bocatas, y acaba de llegar”…
   Comida hecha, mesa deshecha. Y cada mochuelo a su olivo.
   La cofrade, para continuar con el hálito austero y vivo de la pasión y los gloriosos efluvios de éxtasis, enciende la tele y se zambulle sin reparos en las nauseabundas aguas televisivas, en los programas ofrecidos en esos días de manera especial para contrarrestar y distraer a las turbas de infieles, los ateos de toda la vida, las criaturas desahuciadas de Dios. Aquellas que vuelven la espalda a la sagrada liturgia; y sin embargo, el espíritu aventurero e indagador de la cofrade se mete de cabeza y se duerme en los laureles de tales carnes caducadas, recreándose sin perder ripio, navegando por canalillos y cloacas, culos y cuentos divinos, que poco a poco van contribuyendo a que su eufórico espíritu se santifique aún más si cabe con las aguas benditas de los programas bazofia, que, como becerros de oro, se idolatran en los inanes altares con la inconsciencia más sustanciosa
   Las devotas citas  y rituales del ánima de creyente continuarán en invierno y verano, encuentro tras encuentro en la mansión del Señor, entierro tras entierro, y después, el muerto el hoyo y el vivo a vivir que son dos días, de modo que las comensales (de forma sagrada) se pierden por los rincones y conventos de moda, tomando suculentos tentempiés u opíparas raciones, con la llama encendida de la fe ciega en la inmortalidad de las almas y su triunfal entrada en la gloria, en una loa a  las almas limpias, no impuras ni glotonas, pues éstas recibirán la justa penalización por la desidia exhibida ante los estilizados rituales de los espíritus, que velan en todo momento por superarse y purificarse de las originales máculas y lúbricas liviandades;,
   Y poco a poco se llega al trance final, al término de la opereta, el trueque de la teoría cuántica en 3D, trimensionando los anhelados placeres, las báquicas creencias en funerales acartonados, en carruseles de fantasía para trucar el nombre de la rosa, de las cosas, no llamando al pan, pan, ni al vino, vino, en un ensortijado de madejas de estrafalario capital, adulterado por la estulticia de la persona, enterrando en sórdidas zanjas las posibles perlas que pudiesen aflorar en tantas circunstancias y tardes perdidas en beaterios sin cuento, en desaliñadas hazañas, disfrazadas de píos ceremoniales en mitad del hastío de la sinrazón que se apilan en las sienes, burlando la cordura humana.
   En los ratos de libre albedrío, la cofrade diseñaba Cristos de mamarracho, cubriéndose las necesidades más perentorias, apuntando a su altura de miras, yéndose por los cerros de Úbeda, y mirando para otro lado ante la  hecatombe hambruna o las hirientes tristezas del género humano.
Y se dormía con la conciencia remansada en un lago azul, inundado de nenúfares, verdes juncos y mimbrales, ponderando las indulgencias que había engullido y acumulado pateando las empedradas calles del casco antiguo, pisando la escurridiza cera del perdón, consagrándose a la impostura de su efigie, a la que denominaba el  Cristo de la Buena Muerte, que le infundía el sosegado deleite de Eterna Vida.
    
                                       







                                                                 
    

miércoles, 3 de abril de 2013

La duda









                                                

   Saltó de la cama donde dormía cual tigre envenenado, como si una pesadilla le acribillase a balazos por mor del sueño repentino de un incendio o un atraco a mano armada –como si la policía armada o grises le atacasen por la espalda confundiéndole con los espaldas mojadas, o tal vez por pegar octavillas clandestinas en el negro muro de la iglesia del pueblo en la dictadura-; el caso es que salió de su casa en menos de lo que canta un gallo sin dejar ni rastro, borrándose del mapa como aquel que dice.
   Lo más curioso era que con lo quisquillosos que son la mayoría de las veces los más cercanos a las viviendas no se alarmaran lo más mínimo o murmuraran sotto voce sobre tales disquisiciones, ponderando el acto como alguna vendetta o un ajuste de cuentas más de tantos cuantos se dan en cualquier parte del mundo, y sin tener que irse a tierras sicilianas o a los puntos más calientes del globo, para que esto ocurra.  
   Los vecinos, afanados en sus cosas, no echaron en falta semejante lance, ocupados como estaban en sus quehaceres domésticos y obsesiones permanentes siguiendo la rutina diaria.
   Una vez que hubo ahuyentado los súbitos e inminentes peligros que se cernían sobre su testuz, fue perfilando otras pautas para transitar por la vida más seguras y placenteras, como la búsqueda de una nueva planta de persona, pergeñando generadores que propalasen unos vientos más tonificantes, sin adhesiva adrenalina ni trombos extraños, y de acuerdo con su fuero interno decidió abrirse camino subiéndose al tren de las reconfortantes corrientes que arribaban por primavera, abriendo la cáscara de su duro núcleo, desplegando unas ardorosas alas y volar mañana y tarde de manera incansable de encuentro en feliz encuentro, de deleite en deleite, de flor en flor, remedando las envidiables estelas del colibrí, sobre todo del más dotado para ello por su descomunal pico, libando el néctar que atesoran las acciones atractivas y las fragancias de las flores más sutiles, que duermen en campos donde las rosas se desvanecen por la muerte prematura del amor o la pérdida irreparable de un corazón malherido.
   A pesar de que la duda lo cubría de pies a cabeza en primavera e invierno, no obstante titilaba en sus aguas marinas de un azul intenso cierta esperanza, y se moría por construir canales de comunicación y puentes de orilla a orilla por el temor a morir aislado en algún islote, como si se viese sumido en un intransitable sumidero y se esforzaba en recrear la misma estructura de Venecia, con sus innumerables canalillos y puentes pugnando entre sí por llevarse la palma y ser el más coqueto, eficiente y sonriente al viajero, salvando amistades o soterrando inicuas mezquindades.
   Tenía presente en todo momento los actos fallidos de la existencia de los mortales: bien, el olvido de onomásticas de amigos, de topónimos orográficos o urbanos, de frases hechas, de fastos, recuerdos y proverbios; bien, lapsus linguae o cálami, erratas disléxicas en lectura y escritura, leves desvíos de impresiones, intenciones o bosquejos; o bien, parapraxias sintomáticas o deliberadas creencias en fanáticos y supersticiosos determinismos por acción u misión, corroborándolo todo ello con las concienzudas doctrinas del prestigioso Freud.
   Todos ellos los había rotulado ricamente con los colores del arco iris en el cielo de su cerebro y en la agenda verde que guardaba en la mesita de sus sueños, recordándolos meticulosamente cada noche, y más tarde los grabó en el frontispicio de su habitáculo, perfumándolos con las emanaciones de su más sincero aliento, que se diluía con ligereza en blanquecinas humaradas por los microscópicos rincones de su espíritu y de la habitación, habilitándose de esta hechura como un acreditado prestidigitador o entrenado gurú de vivencias encendidas en la oscuridad de las raras e imprevistas convivencias, gestándose un potente banco de pruebas, un fructífero stock vital, con los más sólidos fundamentos y recursos mnemotécnicos, atravesando inexpugnables grutas, tugurios o lupanares de montes de olvidos, deleitándose en las exhalaciones del néctar que elabora la razonable y sensible flora, y que da confianza plena en las mareas más turbulentas por el influjo cósmico de los plenilunios de la singular y enigmática luna.
   Al cabo de un tiempo, para ahuyentar los pútridos hervores arrastrados río abajo entre los matojos y troncos rotos por el vendaval chillando en la desembocadura, quiso adentrarse en los pliegues más recónditos del caparazón de las criaturas y experimentar a través de profundas metamorfosis de la crisálida, cual ávido y sesudo entomólogo, los distintos estados de ánimo y desequilibrios hormonales más severos del género humano.
   Quería desenterrar los humus más secos o humedecidos del humor que hierve en las entrañas del corazón de la mariposa humana, en una especie de efecto mariposa, constituyéndose en especialista de la conducta y la reptación de los individuos por las aceras y los socavones emocionales de la esfera terrestre. Intentaba confeccionar álbumes de crisálidas de inenarrables historias y enfáticos aromas para una vez explorados, catalogados y curtidos en las distintas batallas querenciales, sobrevolar victorioso los muros de la intolerancia, la sordidez  y la incongruencia, recalando en deleitosos y amenos oasis de terneza y contagiosa empatía, enhebrando la aguja de la duda a tono con el principio de jurisprudencia, in dubio pro reo.
                
      



jueves, 14 de marzo de 2013

Vesania






                                      
   -¡Loca, que viene la loca!, -vociferaban los chavales con la boca desencajada al ver pasar a Agripina, toda pletórica y autosuficiente, cual cariátide griega, musitando misteriosos secretos, alguna rara felonía como, vengo en estos instantes de tierras remotas, de allende los mares y las montañas, de la conquista de Flandes, de aquellos lugares tan legendarios.
   -¡Mirad por donde viene, oíd sus palabras!, –tronaban las gargantas rotas.
   -Sí, lo hice yo sola, sin ayuda de nadie, a pulso, bordando encaje noche y día, al igual que Sherezade se explayaba con el hilo de los cuentos de las mil y una noches. Por mis manos han ido pasando los hilos de ingeniosos encajes de manteles y sábanas que allí se confeccionan desde tiempos inmemoriales, vendiéndose luego en las más prestigiosas tiendas del orbe.
  - ¡No os la perdáis, es la loca!, -porfiaban furiosos los mozalbetes disparando con las hondas.
  -No soy la que se imaginan, una chiflada, rumbo a la deriva, no, gracias a dios me siento tranquila y feliz, vivo la vida haciendo lo que me gusta, y no pienso dar más explicaciones.
  
   Ocurría que por aquel entonces, aún no habían sido instalados en el vetusto poblado el alcantarillado, los darros, ni la conducción de aguas, de modo que casi se vivía en la Edad Media o en el Neolítico (la agricultura empezaba a despuntar con el aporte de la nueva piedra pulimentada), por lo que las necesidades básicas, tanto sanitarias, alimentarias, como higiénicas, brillaban por su ausencia; por ello el aseo personal, la colada o la limpieza de viviendas dejaba mucho que desear. No se conseguía que  nada brillase como los chorros del oro, tal  y como era su deseo para ser la envidia de los vecinos. ¡Cuán lejos del brillo que normalmente brota hoy día en los cimientos y fachadas de edificios  y rascacielos, otorgándoles más firmeza y confianza si cabe a la vida!
   Por ende, Agripina era depositaria de un rico currículo, debido sobre todo a las dificultades económicas por las que atravesaba. En un principio, en su juventud, tuvo que apechugar con los quehaceres domésticos, como el lavado de ropa en el río, que ella pergeñaba a la perfección, cumpliendo con la parafernalia al uso.  Al rebujo del agua surgió aquel diminuto núcleo urbano, igual que en tantas otras circunscripciones, viniendo a ser la salvación de los esforzados habitantes diseminados por aquellos oteros y majadas.
   Habría que haber visto las innumerables arrobas de ropa que acarrearían a hombros todas las agripinas al cabo de los años por las movedizas arenas del riachuelo, que no darían abasto a tantas labores en la infatigable fábrica de felices alumbramientos, no dándose en tan trabajosas actividades un respiro ni en invierno, aherrojados en los fríos inmisericordes, ni en verano, a plena canícula, donde los cuerpos se entumecen o jadean en la asfixiante sauna cuando la temperatura se dispara hasta límites extemporáneos, acaeciendo un sinnúmero de contrariedades, y sin la presencia de un apreciado pecio que reconforte, como el gordo de navidad por ejemplo, o que los frutos del campo estuviesen por las nubes, y no por los suelos cual fruta malherida caída por la acción de los agentes climáticos. Sin embargo, el volumen de los ingresos no importaba, no influía en la facturación de fin de mes, pues no se echaban cuentas con el erario doméstico: cuando escaseaba la semilla del pan y el arroz, se suplía con creces con lo otro, el semen de la siembra vital,  y compensaban raudos las cuentas, los desequilibrios no lucrativos sino emocionales, que en la vida tantas lágrimas vierten, y nunca se sabe qué sobra, qué falta o cuál  sea la mesura, aunque la máxima latina lo propale a los moradores de la tierra, pero, allá ellos que  aquí penarían con sus dicterios y aforismos, Primum vívere, deinde philosophare. 
   Agripina, como tantas mujeres, emigró tan pronto como pudo buscando paraísos, una existencia más próspera, unas aguas más dóciles, y una realización según sus principios e ideales. En muchos casos, impulsada quizá por el temor del varón de turno, que apuntaba al pecho o al desmadre más absoluto, forzándola a ser harto prolífica, trayendo a este mundo vidas sin cuento, hasta el punto de poder reunir un coro, o montar una mansión de huéspedes, que no había forma de que se entrelazasen los intereses y la ternura entre sí en aquel intrincado maremagno. El trajín se masticaba con fruición en la  suma de súbitos sobresaltos y denigrantes penurias, que se iban apilando en una pira sin saber cuándo o cómo estallarían, anegada como era la convivencia de incertidumbres y vitalicias inquietudes. Todo ello nutría las despensas de las ocupaciones familiares, y parecía que se compinchaban a la par para que todo saliese redondo, y se proyectase sobre sus cuerpos y cerebros, destilando abatidos amaneceres. Sus dominios eran tan extensos que en ellos nunca llegaba a ponerse el sol.
   Después de las heroicidades de Flandes, y palpando lo cotidiano, hay que reconocer que la memoria no era la perla más cultivada por Agripina en sus idas y venidas por esos mundos o en el interior de la propia casa, pues era la pesadilla que le golpeaba cada mañana por pasillos y esquinas de lo cuartos, sin dar en el blanco, buscando zapatillas, llaves, monedero o la apresurada nota de los asuntos más urgentes.
   No obstante quien tuvo,  retuvo. Y había vocablos que caían en la cesta de su memoria cuando hacía la compra que le venían como anillo al dedo, y daba gusto ver cómo ensortijaba aquellas expresiones o fachendas tan apetitosas, así, por ejemplo, la voz soldado, de soldada, lo que se cobraba por la jornada de trabajo, el curro –suponía-, lo guardaba en un rinconcito del cerebelo y lo celebraba con ruidosas algaradas, con especial cariño, sin saber el porqué, y le brotaban en la cabeza batallitas y batallas como la del Salado nada menos, acaso para dar sabor al guiso de la vida,  que no se explicaba los intrínsecos meandros de tales emanaciones, el verdadero venero que abrevaba todo aquel carrusel de superchería, si es que se puede denominar así, que asomaba por las vertientes de sus sienes. Pero ahí sí crecía la enjundia, las fibras de reminiscencia al por mayor como cuando recitaba la lista de reyes godos, y cerrando los ojos susurraba, Sisebuto, Kindasvinto, Recesvinto, Recaredo, Swínthila, Wamba, Witiza, Walia, Teodorico, Alarico, Rodrigo, etc., que le fluían desde las cumbres de su discernimiento hasta la desembocadura de su boca como las aguas que van río abajo por el desfiladero sin ninguna cortapisa.
   Porque lo sabía a todas luces y lo tenía más que demostrado, de cuando ella bajaba al río a hacer la colada, que el agua es incolora, inodora e insípida. Por lo tanto, no cuadraba  encerrarla en unos parámetros dislocados, que por sí solos se desmoronan y se desdicen de sí mismos. Así que de loca, nada de nada. Aunque en su fuero interno manufacturara cuentas que sabía a ciencia cierta que no se correspondían con la realidad, cometiera desfalcos o contrabando, robara la cartera de las emociones o del ego, construyera o derribara tabiques que se precisan para protegerse de los fríos, los fríos que más queman el trato humano.
   Tal vez pensaba que había habido un golpe de mar de gran envergadura en época prehistórica, y se inundaron los ríos de agua salada por algún sobresalto marino, impulsado por animales gigantescos que, de repente, hubiesen surgido en la oscuridad de los tiempos reventando el lecho del caudal.
   No obstante, Agripina se deslizaba con furia por los terraplenes más huraños, haciéndose fotos instantáneas y con su pelo un rodete de película, los hálitos envidiables de Hollivood los días pares; en cambio, los impares pasaba de largo, y salía a la calle sin peinar, prácticamente con la ropa de andar por casa. En la casa era un misterio, nadie sabía cómo iba a gastárselas, ya que, dentro del grado positivo de locuacidad por locura, venía de vuelta de casi todo, o a lo mejor algo traspuesta por haber atravesado las montañas hasta los Países Bajos. Nadie sabía si se identificaría con la nomenclatura de la voz vesania, y todo ello en un abigarrado desfile de concomitancias semánticas que se pueden desgranar, verbigracia, enajenamiento, demencia, delirio,  insania, enajenación, excitación, y con la venia de usía, dar la bienvenida a la familia de los vesanios picapiedra, los locos de la farándula, los cómicos de remate, los artistas irreverentes, los saltimbanquis furibundos, por proseguir en la brecha manteniéndose en liza, o si con la tiza rubricaría las pautas de vida  hilvanando fulgurantes destellos de luz.
   Viva la vesania que venera la vida, que ama a las criaturas, porque amar es una locura, sobre todo, si se ama con un amor loco.
   En el fondo del meollo, en este mundo sinsentido en el que nos movemos, si descascarillamos la vesania y nos quedamos con el núcleo, todo nos remite a la esencia de la racionalidad, es decir, a la cordura más sana, centrada y loca de la existencia.
   Hurra por Agripina que, con sus delirantes tirabuzones y rodetes, se ríe de los gabachos (y de todo bicho viviente) que pululan por doquier, por Flandes o por los torreones de las tacitas de plata que se desparraman por la inmensidad de los continentes. 



miércoles, 13 de marzo de 2013

El peatón accidental












¡Anda!... y llegarás.
   -¿Adónde?
   -A tu final –contestó el médico.
   Así que el caminante
Obedece la señal.
De día y de noche
Pisaba senderos
Y aceras atento
Al movimiento de las estrellas,
Buscando quizá nueva constelación
Donde viviría mejor lejos
Del caos ambiental
En el mar próximo,
Esperando cualquier
Aparición fenomenal.
No vislumbraba cosas raras,
Como una ballena noctámbula,
Sólo borrachos tambaleándose
Agarrados a postes,
Putillas entrando o saliendo
De cualquier tugurio
Esperando vender
Parte de su cuerpo
No averiado,
Yendo la mirada inquieta
Del cielo al mar,
Del infinito inaccesible
Al turbio eco que pisaba,
Así que en un momento
De distracción asió
Su pie izquierdo la arqueta
Podrida de la alcantarilla
Y cayó –de Caribdis en Escila-
Tocando fondo nauseabundo,
Prisionero hasta la ingle,
Herido de gravedad,
Angustiado y colérico.
Ante el panorama vecinal
Que se le ofrece al poeta,
Buscando la armonía del
Cielo nocturno y de la tierra
Adormecida lo encuentra
Indomable, al modo que
Representa la causa de lo trivial,
Ordinario y producto mismo
Del movimiento,
No de las estrellas
Sino de los residuos
De explosivas nutriciones
Del flujo ininterrumpido
De gente chocarrera,
-Como la caída del sueño poético
En la cruda realidad-,
De las tripas, del sexo,
De las aguas no pluviosas
Pero de toda provocación,
Y encontrará allí el final
Del médico filósofo
Y fatalista.

Por Juan Bruca y José Guerrero






viernes, 1 de marzo de 2013

El cepo





                                                        

   Los amigos de los animales pondrán el grito en el cielo, al llegar a sus oídos el allanamiento de morada o la usurpación de sus legítimos derechos por parte de las Instituciones, sin ningún recato o alegato que lo justifique, siendo a todas luces una apropiación indebida, una actividad un tanto clandestina, al ser exclusiva de los animales salvajes, que habitan en sus guaridas en la espesura de los bosques.
   Hasta ahí podíamos llegar, exclamarán los enfurecidos dolientes, al confundir churros con merinas o huesos de santo con pimientos de padrón, comprendiendo en parte la razonable operación llevada a cabo contra los exaltados humos y la inminente peligrosidad en determinadas calendas de los osados animales, que a causa de la furibunda proliferación por páramos, majadas u oteros, los responsables del ramo, curándose en salud, aplican a rajatabla los consabidos cánones, al verificarse en sus vestigios carnívoros bárbaros desmanes y estropicios sin cuento en multitud de reses, las mansas ovejitas, que se quedan rezagadas por la fatiga, lejos del rebaño, pastando  por el monte, o los rudos azotes a los corrales de gallinas en zonas rurales.
    No obstante se alargan las oscuras sombras sobre los engranajes que engarzan estos hechos con las intervenciones de los agentes del orden encargados de tales empresas, puesto que no se sabe a ciencia cierta si se han extralimitado en sus funciones, al no cerciorarse como dios manda de tal vez ocultos subterfugios o maquiavélicas maniobras para acabar no ya con la vida de los seres vivos, sino incluso con los mismos humanos, sobrepasando la línea roja, al transitar por los más sospechosas fronteras, acometidas dignas de las mayores reservas y sospechas, se diría que del mundo del crimen, no mostrando ningún miramiento o respeto por las leyes vigentes.
   Hay que reconocer que los seres humanos poseen partes alícuotas de animaloide y de humanoide, de modo que no se mantendría en pie el sibilino desarrollo de sus planes pergeñados según su punto de vista a la perfección, al cien por cien de credibilidad; sin embargo ello no quiere decir que nadie, y menos las autoridades al uso, se arroguen la caprichosa facultad de utilizar unos instrumentos que denominan modernos, pero que hoy día son obsoletos, los cepos de toda la vida, no ya para frenar los desvaríos de algún desbrujulado tigre, pantera o aventurero zorro que zorree por calles o plazas urbanas, plantándose ante las puertas de las casas de vecinos, en mitad del bullicio, cruzando por delante de la gente, paseándose como pedro por su casa, y a renglón seguido los arúspices y gendarmería se suelten el pelo y se salten a la torera las perspectivas del mundo de los vivos, las inquietudes de las propias personas, montando trampas inhumanas por doquier, donde menos te lo esperas, algunos casos de verdadero órdago, ya que no se perciben muy bien los fines de tales campañas, si buscan disminuir el paro con una boca menos, los usuarios de la seguridad social, o tapar agujeros o bocas o quizá para mitigar la indiferencia o los votos en blanco en el cómputo electoral, ocultando sus miserias y plagiando a los cazadores furtivos, que trotan a sus anchas por dehesas y territorios prohibidos.
   La presencia de contrabandistas y malhechores ejecutando actos vandálicos y extraños los ha habido siempre, pero que la fachenda gubernamental se enfangue en los cascos antiguos reconocidos por la UNESCO como patrimonio de la Humanidad o en el escueto recinto de las ciudades es más difícil de digerir, confundiendo el bosque con los bolardos y arquetas que cubren el alcantarillado, los darros y el cableado subterráneo con el fin –reza el eslogan- de proteger a los transeúntes, a las personas sencillas de males mayores, de raras contaminaciones, de intrusos roedores que corretean jocosos por calles y bulevares, tomando la ciudad a sangre y fuego, pues si bien se mira no son en modo alguno descabellados dichos planes, disimulando dentro de lo posible los áridos parques y avenidas urbanos insertando un verdor aparente e inusitado de praderas de los campos en los contornos de la ciudad, algo totalmente plausible, aunque mueva a risa o roce la incongruencia a veces, en un frívolo alarde de pintar la vida de color rosa, de límpidos y seguros senderos, pero en el fondo de muerte segura.
   Mas por lo visto la ocasión la pintan calva, y gota a gota, hilo a hilo, a la chita callando, subiendo y bajando el telón, haciendo mutis por el foro o pasándoselo por el forro todas las directrices protocolarias, tal vez creyendo los eximios gobernantes que, como la paloma, iban para el norte –el bosque-, cuando iban para el sur –la ciudad-, y en semejante desconcierto van sembrando el campo de la inocente población de sobresaltos, de tumbas encubiertas, de bombas sin estallar, de trucos amañados, que vigilan noche y día al peatón accidental, ajeno a tan macabros menesteres y viles intenciones, mientras sigue las pautas del doctor, cumpliendo con sus contrastados consejos, que insta a andar por el camino del mantenimiento, a pasear con sosiego a diario, porque quien mueve las piernas mueve el corazón, las pulsiones del sístole y diástole, y de esa guisa vivir largos y lustrosos lustros plenos de lozanía, lucidez y buenandanza, ahorrando al erario público innumerables millonadas al no tener que reparar fachadas, columnas, u otros miembros atrofiados por el anquilosamiento o la falta de entusiasmo del espíritu.
   Y siguiendo la sana y metódica hoja de ruta, el incauto peatón accidental pateaba confiado las aceras y sendas con vigoroso mimo, consciente de que obedecía la letra chica del decálogo, las normas prescritas por el galeno y el Ministerio de salud pública y consumo, anhelando figurar en el cielo de los elegidos, entrando en el libro Guiness de los récords con la ya célebre frase, “Mens sana in corpore sano”.
   Nunca pasó por su cabeza que se llevaría a cabo tan nefasta gesta en sus propios horizontes y carnes, pues según paseaba y pisaba con toda franqueza la redondez de la tierra y solidez del itinerario, de buena a primeras, en un plis plas, se abre la boca del lobo de caperucita, el justiciero Caronte, se desprende la mítica tapadera y se columpia en la cuerda floja del circo entre los tubos de cavernas infernales, tierra trágame, farfulla, al tragarse aquel boquete al transeúnte de pies a cabeza en un periquete, y, aunque duro de testuz, mantenía la cabeza bien alta, no le sirvió de nada, atrapado como estaba en aquel inmundo hoyo, por haber puesto en práctica las sublimes enseñanzas y benefactores parabienes del doctor, sus sabias profecías.
   Después de lo visto y no visto, en un raudo y fugaz examen de consciencia, de ahora en adelante el peatón accidental pasará de cuantos arúspices y gurús y sabelotodo, así como de la Unidad de Defensa del Medio Ambiente y Protección animal, que pregonen en los púlpitos palpitantes y solemnes sentencias que alumbren la dicha, la mejor vida, y andar por caminos seguros, pero ¡ojo!, con mucho talento y tiento, no vaya a ser que, muy a su pesar, pase a mejor vida, al paraíso de los justos con todas las necesidades cubiertas.