lunes, 9 de junio de 2014

Tendido en el desierto






                                         

   Tendido en el desierto laboral evocaba Crescencio los años de bonanza, cuando, cual niño con zapatos nuevos, presumía de tener un empleo, y se levantaba loco de contento todas las mañanas cogiendo el metro en el centro para ir al trabajo, prometiéndoselas muy felices, antojándosele que el preciado vergel por el que deambulaba exhalaría inmarcesibles fragancias, ignorando el concepto de vida breve, que a veces no aguanta la convección térmica de un baño a maría o la veloz fuga por una duna, y en los ratos de ocio forzoso rememoraba aquellos años de vacas gordas, en que se abandonaba confiado a su suerte, levantando la copa y brindando por seductores amaneceres o dulces amores, como si fuese de romería por cautivadores oteros entre los verdes pinos.
   Al levantarse Crescencio por aquellas fechas henchidas de jamón de pata negra, se miraba complaciente al espejo, tarareando traviesas melodías, estribillos que incitaban al goce de la vida. Desayunaba y se acicalaba con parsimonia, rozando con las yemas de los dedos mundos fastuosos e insuperables metas a conseguir.
   Todavía giraba su astro al sol que más calentaba, lejos de las truculentas nubes de polvo y arena que más tarde descargarían sobre las encrucijadas, en los desérticos aledaños, erigiéndose en banderines de enganche en el desplome de lo cultivado, abocando a un sombrío panorama, dibujándose los moratones y mezquindades humanas mediante un abanico de raros espejismos, percatándose Crescencio de que, según descorchaba las alegres botellas de las más prestigiosas marcas, más se distanciaba de los apoteósicos oasis.
   Por todo ello masticaba fatigas, ideas peregrinas o consejas de sabores dispares, ponderando que más le habría valido haberse alistado en una caravana de camelleros pertrechados a la antigua usanza, con pañuelo, luengas barbas y corazón valiente, caminando por la abrasadora arena leyendo animados cuentos de oriente.
    Y montando a lomos del camello, cruzando aquellos ascéticos parajes, no cabe duda de que tendría vida, garantizándosele compaña, discernimiento y cubiertas asimismo las necesidades más primigenias.
   Sin embargo, a estas alturas de  un día cualquiera de mayo del 2014, puede que ya sea tarde para él, al haberse deshilachado los atisbos de los despertares de antaño, que reverberaban cual burbujeante manantial en las cumbres, cuando estando la mar de contento daba un salto de la cama para ir a beber el salario al tajo, y sin saber cómo, quién se lo iba a decir, resultó que al bajar a ras de la realidad, de repente se esfumó todo, viéndose de esa planta, como una planta seca hendida por el rayo, y en tales circunstancias bailaba al son de los vaivenes de la intemperie, de la calle donde anidaba los sueños, arrastrado por las fauces del frío ERE, que, disfrazado de amable dama, como la misma muerte, acabó llevándose por delante las señas de identidad de la empresa.
   Hacía tiempo que se lo espetaba un amigo, no echas las campanas al vuelo, no te consideres el rey del mundo ni en broma, como los mariachis en las canciones, y menos el capitán del buque que te lleva, durmiéndote en los laureles, que no se te ocurra ni borracho, porque las hecatombes no duermen y rara vez avisan, llegando de pronto en entreverados remolinos a desencadenar ráfagas insólitas, acaso una irresistible isquemia por la oclusión coronaria de las coyunturas, trasgrediendo los ritmos del sístole, de las emociones o de las tripas, al retorcer los cimientos del edificio, provocando no pocos calambres, dolores de cabeza o grietas en las estructuras, junto con bruscos cortocircuitos en menos de lo que canta un gallo.
   No obstante, Crescencio podía llorar con un ojo, toda vez que la novia lo adoraba y estaba siempre al pie del cañón, una vez que se había dado el baño y el último toque en el lunar y flequillo, y lo abastecía sin tregua de las vacunas y las nutritivas municiones para plantarle cara al más pintado, y echar por tierra el desaliento, a fin de proseguir en el empeño vital, y no caer en la bancarrota a la vuelta de la esquina o al atravesar los médanos en aviesos advenimientos, que se llevaban por delante lo que encontraban a su paso por un nimio quítame allá esas pajas, dejando por medio cristales rotos, disgustos o ruindades.
    Y daba lo mismo que circulase por caminos de tierra que por la moderna autopista que va de norte a sur, acaso porque iba sin norte por una copa de más o de menos en el listón de autoestima, aunque en semejantes virajes del vehículo todo terreno que conducía por las arenas del desierto laboral, se le amortiguaba a todas luces el golpe, los cardenales, al arrimarle la novia sobre todo los fines de semana y festivos churritos calientes y tentadora fruta, papayas, kiwis, manzanas y una verdurita fresca, acelgas, puerros, apio, espinacas, perejil con unos manojitos de emociones con zanahorias, y en ocasiones unos granitos de arroz para los desajustes puntuales, y como broche o ventana abierta a un ameno amanecer, la roja sandía, que le encendía el alma, de manera que lo portaba a endiabladas corrientes de mares voluptuosos, despuntando como el clavel temprano, desatando la furia de los sentidos, inseminando innovadoras semillas en su campo, semen de calma chicha con sutil gozo, que se incrustaba en la piel, en el buzón de salida del pensamiento, expandiéndose por los flecos de los sentires, configurando y zurciendo desconchones o desaguisados, llevando el agua enriquecida al molino de su ardiente corazón.
   Y a veces, cuando se hallaba tirado en los estertores del desierto, sin gota de esperanza ni cobertura en el móvil, se le hacía de noche de pronto, encendiéndose todas las alarmas, ya que el móvil era todo para él, al ser lo que le impulsaba a avanzar por los barros del vivir, ¡tío, menuda faena!, farfullaba Crescencio, al ver que no le funcionaba nada, y la tarjeta de empleo del INEM aparecía estrangulada, mustia, irreconocible, y se palpaba la postilla de la barbilla por el corte del último rasurado, porque así de desvalido se sentía Crescencio, no sabiéndose a ciencia cierta el alcance del mal, los paradigmas o los parámetros por los que navegaba, fuera a parte de haber perdido el empleo.
   Incluso, habiéndose reconocido que quedarse tirado en el desierto sin arrestos, sin motivos o móvil de arranque para continuar la marcha, resultaba ser un extraño y escabroso desvarío, aunque, no obstante, cabe preguntarse al respecto, qué planearía Crescencio al deslizarse por entre aquellos raquíticos carrizales y solitarios emplazamientos tan comprometedores, y con un andamiaje tan endeble, a lo mejor el móvil que le guiaba fuese el hallazgo de unos sugerentes exteriores para confeccionar su Power Point, acordes a sus sueños, y rodar con mayor garantía memorables escenas de amor o acaso  cotidianas, vaya usted a saber, con el objetivo de trazar unas perspectivas creíbles, más verosímiles en las tomas, únicas, y de esa manera salir airoso del reto que había ideado, redondeando posteriormente con el photoshop los perfiles a su gusto, o tal vez pretendía llenar los pulmones del aire fresco, cargado de sensaciones positivas, que se colaba por la rendija de la puerta que tenía abierta, elucubrando con vivir aventuras nuevas, novedosas experiencias.
   Lo cierto era, sin duda, el encontronazo que tuvo con la realidad, el envenenado pinchazo de aquel día, al pillarle con el pie cambiado, no disponiendo de un remanente en las alforjas ni unos ahorrillos para abrir en aquel desierto un tetrabrik de vino, soja o agua y echar un trago después de tantas millas recorridas.
   Contraponer lo uno con lo otro, lo acaecido ayer con las fisuras y desequilibrios de hoy, tal vez conlleve un desatino, pero es lo que hay, dado que su vida transcurrió en los prístinos veneros casi a pleno confort, conduciendo una vida descapotable, muelle, hasta que los imponderables lo precipitaron todo, de forma que Crescencio, con inusitada premura, se descuajeringó en el primer socavón, y no pudiendo enmendar la plana, se quedó al margen del tren de la vida, hincando el pico sin más remedio.
   La cosa sería muy diferente, mascullaba Crescencio entre alicaídos espejismos, si hubiese bancos y cajeros para cualquiera en cualquier parte, y el planeta no fuese de unos pocos ni estuviese sujeto a la ley del embudo.
   Y si el ser humano pudiese masticar a dos carrillos saciando el apetito, o se deleitase en la madre natura a su libre albedrío, como niño chapoteando en un charco, otro gallo cantaría, o si por un casual se hiciese Crescencio un adicto a las redes sociales, a los medios, a buen seguro que vería el cielo abierto, al introducirse en el tráfico crematístico de la publicidad, en la pantalla televisiva, y, como el que no hace la cosa, meter las narices y lo que haga falta, con toda una ristra de mangoneo, acarreando materia prima, santas excentricidades, exquisitos excrementos, o repletos contenedores de inmundicias humanas, seleccionando y  contrastando los ilustres personajes de alba altura y guante blanco con los cacos a ras del hurto y de la tierra, y no cabe duda de que Crescencio habría llegado a archimillonario, ganando dinero a espuertas, o acaso hubiese generado toda una catarata de tornados o infartos supinos, al publicar efigies, poses y demás fotos íntimas cruzando el fango del desierto a remo o de puntillas con cartas secretas de los reyes de oriente, los que mercadean a sus anchas con el oro negro, paseando en potentes utilitarios de oro, obviando séquitos de moscas tse-tsé, famélicos camellos o fieros abejorros a tiro de piedra, y criaturas al borde de la desesperación, no lejos de donde se descolgaba Crescencio, aguardando que se cruzase algún beduino en dirección a la Meca, a los jardines colgantes de Babilonia o a mercadear en los zocos de Siria o Arabia, acarreando al abrigo de la chilaba manicuras, telas, purpurina o souvenirs con la intención de agenciarse unos dírhams, para alimentar a la familia y a las acémilas.
   Y en ésas andaba Crescencio, un tanto ido, turbado, cuando pasó un dicharachero y animoso tratante de ganado, y al olisquear sus apetencias, se detuvo presto, y al poco, con la mayor celeridad y prestancia sellaron la venta del camello, dándose el apretón de manos reglamentario, quedando al instante cerrado el  trato por trescientos dirhams.
   Entre tantos acontecimientos, y con las ansias casi enfermizas de entablar conversación caminando por el sendero, no tuvo reparos el impaciente Crescencio en bromear largo y tendido con el arriero, aunque chapurreando palabras sueltas del dialecto arábigo de la zona, con ciertos latiguillos chocantes, localismos populares y eslóganes de los ancestros, como el reiterado, habib, bueno, bonito y barato, mezclándose en los coloquios el sefardí, aprendido en las callejas toledanas, con chascarrillos mudéjares y jarchas y decires del árabe, que había bebido en el poso de los moriscos, siendo aún un zagal, y leído por aquel entonces, a trancas y barrancas, con borrosos subtítulos en lengua romance Las mil y una noches.
   Y en un descanso en el recodo del camino tuvo a bien espetarle al interlocutor con no poco resquemor y cierto desparpajo, que si Alá levantara la cabeza y los vislumbrase mercadeando a las puertas de la blanca mezquita, en el corazón del desierto, quizás rugiría furioso como un poseso, pero probablemente echaría el freno al percatarse de que se había quedado sin cobertura en el móvil y enredado en la árida arena, y a lo mejor, movido a compasión, le tendería la mano, a fin de que siguiera feliz la ruta, saliendo airoso de las mareas que le aguardasen en el viaje, haciéndose eco del escozor de las adversidades, de la zozobra de la empresa y de tantas prerrogativas y querencias perdidas o usurpadas, y le rodase una lágrima por la mejilla a Alá, y ya todo decidido sacase de la manga del hábito el Corán y a renglón seguido leyese unos versículos del libro sagrado, aclarando el intríngulis del vademécum divino, que comparte a la sazón cualquier familia creyente, “que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos”, lo que sin duda loaba a Crescencio, toda vez que iba ligero de equipaje, siendo todo un aplauso espontáneo para él, un plausible cum laude a su máster existencial.  
   Y hasta la fecha dicha máxima del debe y del haber divino sigue en pie, según se desprende de los últimos testimonios, por lo que si por un serio revés, se quedase de nuevo Crescencio en la cuneta extenuado, extinto, por algún descabellado desliz, tejemaneje o falta de oxígeno, el todopoderoso Alá, todo bondad y misericordia, le ayudaría dándole unas palmaditas en el rostro diciendo, no te preocupes, Crescencio, “que estarás conmigo esta noche en el paraíso con diez hurís abanicándote, en un maravilloso cielo eterno”…
   Mas, sin apenas tiempo para reaccionar, dio un respingo Crescencio, rebelándose contra la divina oferta, exhalando una lluvia de exabruptos, saltando presuroso a la otra orilla del oasis, y tirando del camello con rabia, que masticaba las puntas de los enclenques matojos que despuntaban por los arenales, se subió presto, y tomando nuevos rumbos caballerescos se dejó llevar por lo primero que se le vino a la mente, ideas más extravagantes y raras, deseando navegar por otras aguas, pugnando por pastorear otros rebaños, otros ideales, cediendo los derechos del prometido edén divino a otros caballeros andantes más caseros y menos dados a francachelas, parrandas o aventuras.
   Crescencio echó un trago del reconfortante elixir que tenía a mano, y transitando por los pechos de la ensoñación se invistió de rey cuasi de la creación más fidedigna, como un mago en toda regla, alejándose de los caballeros andantes al uso, de toda la vida, lanzándose a las profundidades de los mares, de los oasis que fuese libando trecho a trecho, revolcón a revolcón, descorche a descorche, a través de los diferentes jalones y céfiros que le rondaran por la cabeza a las puertas de su desierto, y de repente, como lluvia fresca de primavera, se hubiese abierto el cielo en dádivas, extendiendo ante su presencia la alfombra roja de las grandes solemnidades, sintiéndose fortalecido y correspondido con los deleites y motivaciones más sorprendentes.
   En su pantalla vital refulgían sensuales escenas, harenes con tiernas odaliscas que exhalaban inusitadas fragancias con los bailes del vientre y cantes aflamencados en embrujadas zambras, como si transitara Crescencio por las faldas del Sacromonte granadino, en las mismas entrañas del Castillo Rojo, entre arboleda y fresca y abundante agua después de la severa sequedad del desierto, en una atmósfera de primavera temprana, en contraste con los picos del Veleta y Mulhacén, cubiertos aún por el blanco manto, y, ya instalado en ese hito Crescencio, evocar desde el Suspiro del moro los tiempos de gloria, cuando se levantaba loco de contento para dirigirse al trabajo, sin calibrar heridas, orfandades o infortunios, y tal vez remembrar el mundo de la niñez, en ese período en que los reyes de oriente le obsequiaban con supuestos regalos, y por ende ahora, en estas fechas en que había convivido con el barro y los seísmos más inhumanos, ansiaba con ahínco embadurnarse de la fuerza y las entrañas del desierto, escarbando en las arrugas de la arena, en los gemidos de los lagartos, en los truenos secos del desierto rodeado de palmeras y arbustos milenarios.
   Y en noches de efluvios de luna llena, continuaba Crescencio luchando por inocular en su espíritu telúricas beldades, rutilantes soles, menoscabando la magia de los divinos dones de los reyes infantiles, tal vez embrión de los jeques y jequesas actuales, colocando su mudo desdén por montera, revistiéndose de una criatura nueva, progresando a través del firme terreno que pisaba, esparciendo gozoso por praderas y viñas de uvas de ira y de sangre desangrada diez plagas de cordura, de bienestar social y un antídoto contra la hambruna, mediante una tórrida lluvia de arena que avive el fuego de la justicia y la solidaridad humanas.                                            


       






domingo, 4 de mayo de 2014

La navaja






Es afilada y estrecha,
Como una lengua de acero,
Aunque entre lengua y navaja
Hiere la navaja menos.
Reptil es que manejado
Por otra igual de odio lleno,
Se alimenta en las entrañas
De sangre siempre sediento.
Amiga del asesino,
La diestra del caballero,
Jamás defendió con ella
Ni su honor ni su derecho;
Y en cambio brilla en la faja
Del rufián y del flamenco,
Del chulo, del desalmado,
Del pincho y del bandolero.
Es la espada a la navaja
Lo que es valor al miedo;
Lo que es la virtud al vicio,
Lo que es lo noble a lo abyecto.
Oculta, callada y fría,
En la lucha cuerpo a cuerpo,
Sin que la espere el contrario
Aparece en el momento
Preciso para clavarse
Traidoramente en el pecho.
Llena de orín se ve siempre
De la Audiencia en los procesos,
Y tiene con las ganzúas
Y las mordazas su puesto;
Del cojo, del manco o del tuerto;
Y su esgrima la enseñaron
 Los afamados maestros
Que orgullo de las tabernas
Y de las prisiones fueron.
En su alcurnia muy antigua
Y muy rancio abolengo;
La ejercitaron matones…
De ya muy lejanos tiempos
Porque un matón sin navaja
Es un matón incompleto;
Y los Percheles de Málaga,
Las Ventillas de Toledo,
La plaza del Potro en Córdoba,
De Segovia el Azoguejo,
La Rondilla de Granada,
Y otros mil sitios diversos,
Altas universidades
Y muy ilustres colegios,
Y catedráticos sabios
De la navaja supieron.
Y su gloria fue aumentando
En nobles casas de juego,
En tascas muy principales,
De altas hazañas templo.
Es superior a la espada
Porque cabe hurtar el cuerpo,
Preferible a la pistola
Porque asesina en silencio;
Y en los puños escondida,
Con un solo movimiento
Trueca en sentencia de muerte
Quizás un abrazo de afecto.
Del puñal se diferencia
Por su carácter plebeyo,
Porque éste es aristocrático
Y aquella nació en el pueblo.
Sólo una vez manejada
 Por majos y por chisperos
Supo en Madrid elevarse
A la Patria defendiendo,
Brillando al sol en la lucha
En contra del extranjero,
Frente a frente y pecho a pecho,
Y fue entonces Albacete
Tan noble como Toledo.
Al abrirse charrasquea
Con sonido siniestro,
Y al brillar como el relámpago,
Hiere como el rayo a un tiempo.
Es del elevado arte
Del tatuaje instrumento,
Y a las llaves sustituye
Las cerraduras rompiendo,
Los tornillos desarmando
De oro a caza o de secreto.
Y aunque afilada y estrecha
Como una lengua de acero,
Espanta sólo el mirarla
O inspira quizás desprecio
Entre ella y la lengua infame
Que va sátiras vertiendo
Y culmina propagando,
Y que inocula el veneno
Que elabora la impotencia
Con la envidia en mutuo acuerdo,
Sin dudar ni un sólo instante,
A ojos cerrados prefiero
La navaja, que aunque innoble,
Hiere y mata mucho menos. 

    
    




viernes, 18 de abril de 2014

Por los clavos de Cristo







                                    
   No tuvo al fin más remedio que reconocer las excelencias del teatro, después de la conversación que mantuvo con Eulogio, un conocido del barrio, que se había empeñado en escenificar la salida del armario en mitad de la procesión del Silencio rodeado de cofrades y penitentes al pasar por la calle principal del pueblo, no siéndolo en realidad, como despecho por el desahucio de que había sido objeto en vísperas de Semana Santa, un acontecimiento deplorable a todas luces, pareciendo como si buscaran convertirlo en un santo cristo en vida, preparándolo ya de antemano para una prematura crucifixión reviviendo en su cuerpo sin sabores, persecución y lanzadas, en un humillante recorrido con el desahucio a cuestas por calles, plazas y cuestas del municipio, por lo que en un arranque de lucidez y armándose de valor quiso denunciarlo al mundo, ante las autoridades divinas y humanas, según argüía, teniendo por testigo nada menos que a los santos en sus tronos, a fin de que se enterara todo dios, llevando a la práctica las exhortaciones del refranero, a Dios rogando y con el mazo dando, y de esa guisa salir airoso de la boca del lobo.
   Sin embargo Eulogio no las tenía todas consigo, se sentía mustio, raro, envuelto en un mar de convulso oleaje que brincaba por encima de su estatura a cada paso que daba, sobre todo al pulsar el horizonte, ya que se le apagaban las luces y agolpaban los resquemores e inquietudes, que se iban envalentonando por momentos, tocando con ímpetu los tambores de la desolación a la puerta de sus sentires, desconociendo el alcance de los tentáculos.
   La penuria y precariedad se cernían sobre su vida, y furioso farfullaba onomatopeyas, frases ininteligibles, reflexiones, cuestionándose cómo iba a conciliar el sueño cuando las sombras se apoderen de la ciudad, si era un sin techo, o cómo agenciarse la manutención al verse tirado en  la calle, durmiendo a la intemperie, no atisbando fundadas  esperanzas de que algún día no lejano alguien de cualquier parte del globo terráqueo le contratase.
   Eulogio había urdido la treta de la homosexualidad como coartada, con no poco arrojo, para encubrir el punto candente que le pellizcaba interiormente con insistencia, pues no quería desvelarlo, intentando a toda costa evitar que lo implicaran en el affaire reinante, que le acusaran de ser el culpable del sustento de todos los gatos que pululaban a su libre albedrío por las tapias y balates de huertas y huertos de aquellos parajes del pueblo, lo hacía a sabiendas de que el alcalde había promulgado un bando a bombo y platillo para limpiar la vecindad de tan incómodos huéspedes, promulgando un edicto, “Por orden del señor alcalde, se hace saber a todos los vecinos, que queda terminantemente prohibido alimentar tanto con sustancia líquida como sólida a los gatos que vagabundean por las esquinas, dando una pobre imagen estética, no acorde con las beldades y el rico patrimonio del municipio, bajo penas que van desde trabajos forzados durante una larga temporada en galeras a la inminente expulsión a extramuros del infractor”.
   Los beneficios de los felinos, pensaba Eulogio, eran infinitamente mayores que la insensata labor destructora de los roedores que campaban a sus anchas por doquier en una cantidad inconmensurable, dado que se había constituido últimamente toda una colonia de estos animalejos que circulaban alegremente por los lugares más privilegiados e inverosímiles a cualquier hora del día o de la noche ante el estupor de la gente, repercutiendo directamente en las idas y venidas de  visitantes, guiris y demás amantes del patrimonio artístico y cultural, que recorren sin cesar el entorno urbano. Y no era una arbitrariedad o contrariedad menor este negro borrón ciudadano, porque se daba el caso de que viajeros confiados y sin mucha experiencia, estando descargando el equipaje del taxi o del utilitario se enfrentaban a situaciones bastante lastimosas, pues no era extraño observar a los roedores saltando con suma urgencia por encima de los bártulos, cestos, bolsas con viandas y manjares  o maletines, y los viajeros turbados se apresuraban al calibrar el doble peligro que les acechaba, no sólo el de las terribles ratas, sino también el de los agentes del orden, a fin de no ser multados por estacionar el vehículo para la descarga, porque estaban al quite, quizá en una espantosa y maliciosa rivalidad con los roedores para llevarse la mejor tajada, antes de que los contrarios llegaran con la rebaja.
   Por ende Eulogio, dando cuerpo a sus firmes propósitos, a los dimes y diretes y a sus entendederas, que sin duda eran brillantes y atinadas, se hacía el fuerte, exponiéndose a ser perseguido y encarcelado por las autoridades locales, y porfiaba sin desmayo en su afán por nutrir a todos los gatos de la comarca, sacándoles de la hambruna y todo el lustre posible para contrarrestar la plaga de roedores y otras alimañas que desafiaban a viajeros, monumentos, edificios, turistas y gente de bien que cruzaban por aquellos lugares harto emblemáticos de la ciudad.
   De esa forma aportaba su granito de arena a la humanidad, pensaba, preservando el patrimonio, la seguridad  y la buena decencia en el entorno a todos cuantos discurriesen ávidos de cultura o de otros menesteres por aquellos sitios.
     En días de neblina, de persistente y machacona penumbra, se preguntaba Eulogio si la parábola de los gatos y los roedores tenía alguna validez en la sociedad del siglo veintiuno, si en las altas esferas del poder del mundo mundial no se había instalado un idéntico proceder, donde una casta, una mano negra, invisible pero palpable a los ojos del más ciego de los mortales, urde y maneja con sus insaciables manos roedoras las débiles y sufridas economías horadando cimientos y contaminando conciencias, cuando la clientela, confiada, se duerme en los laureles, como les pasa a los gatos cuando están adormilados reponiendo fuerzas en las encrucijadas, y mientras tanto los roedores, que no duermen, hacen de las suyas, viviendo a salto de mata, a expensas de los demás, saliendo silenciosos, con nocturnidad y alevosía en la clandestinidad, como cualquier gerifalte del establishment, devorando todo cuanto hallan a su paso.

   Por los clavos de Cristo, ¿quién se resiste a alimentar a los pobres  gatos protectores?          





jueves, 27 de marzo de 2014

Al salir de la cárcel






                                          

   Al salir de la cárcel, ese día se hizo mendiga, recorriendo contenedores, marquesinas y los barrios más acogedores, ubicándose siempre en los lugares más propicios, la escalinata de iglesias, casinos o supermercados, y así mitigar las penurias con la mejor holgura, aliviando en la medida de lo posible el portazo que le había dado la vida y su íntimo amigo, el malogrado doctor de sus amores, al volverle la espalda.
   Casilda había vivido anteriormente a todo confort en una lujosa mansión en el centro de la urbe, donde residía la flor y nata, los más nobles linajes.
   Ella se lo había ganado a pulso con su trabajo, no habiendo luchado en vano, vadeando a veces los ríos más turbios que había a su paso, chicos y más grandes, poniendo toda la carne en el asador desde los primeros balbuceos por las esferas de la sociedad, encarando con valentía las adversidades, migrañas o inclemencias, y poco a poco se fue afianzando en su estrado, exhalando una sabrosa lozanía y mordiendo los panes de oro que se le ponían por delante según las avanzadillas, las preferencias o las debilidades.
   Casilda, que no emanaba de las cumbres de la fortuna ni de rancios abolengos, fue materializando golpe a golpe los sueños conforme a las expectativas que avizoraba en el horizonte, no dando un paso atrás ni nunca darse por vencida o satisfecha, siendo el motor de todas sus metas el parpadeo de los anhelos por lograr el obsesivo medro, que con gran tiento y sagacidad alimentaba, procurando no perpetuarse en las mismas poses y estudiados cameos, reinventándose a cada instante en las libidinosas escenas amorosas.
   Había uno, a decir verdad, con el que se abría en canal, no dejando poso en el tintero, secreto alguno por insignificante que fuese, no pudiéndolo evitar, y es que no existe el crimen perfecto.
   Se las ingeniaba como nadie para recabar con todo lujo de detalles aquello que más buscaba, como era que le informasen de los estadillos y cuentas corrientes que figuraban a nombre del testaferro o del titular allende los mares o acá, y las casas donde pernoctaban, llegando a transitar por ellas como pedro por su casa.
   No le satisfacía enteramente el cobro en metálico por las ternuras que suministraba, reivindicando otros impulsos, unas prebendas nuevas y más sustanciosas o sutiles, y subía el listón por momentos aspirando a utilizar a los más poderosos de la tierra, los que mangonean el mundo, los cabecillas de la camorra, los ebrios embajadores del peculio o los apuntalados primeros ministros del mundo mundial.
   Se jactaba Casilda de pasar prolongadas vacaciones con ellos en sus santuarios, en inteligentes chalés o construcciones decimonónicas con profusión de balaustradas, imponentes lámparas en suntuosos salones y unas espaciosas escalinatas escoltadas por estatuas griegas, ilustres pinturas y amorcillos, y al frente fragantes jardines con rosales, siemprevivas, pensamientos, orquídeas y una rica variedad de especímenes y árboles ornamentales remedando jardines de leyenda, de Babilonia, de Versalles o de Aranjuez, con un esmerado microclima en el recinto, donde pasaba Casilda las horas muertas o vivas, viviendo como una reina, con su corte de eunucos y danzarinas del vientre en noches inolvidables.
   Por otra parte, en determinadas calendas deambulaba por estadíos poco agraciados, arrastrando las onerosas cargas propias del sexo y del mundo afectivo en el que se desenvolvía, sobrellevando con agridulce paciencia los vaivenes marcados por las limitaciones más estrictas, y no podía ni por asomo disfrutar de un día libre a su albedrío como cualquier hijo de vecino, debiendo desembarazarse por sus propios medios de los latigazos y las cadenas, mostrando siempre la mejor cara y actitudes.
   En períodos invernales, cuando los fríos arrecian con todas sus armas, Casilda se escurría por otras laderas, ingeniándose las artimañas para conseguir los ingresos precisos para sufragar los costes de su vida muelle, desplazándose a otro hemisferio si era preciso, especialmente a la ciudad de sus sueños, la brasileña Río, y de esa guisa permanecía siempre activa, disfrutando de un verano vitalicia y de una fresca remuneración al alcance de muy pocos,
   No obstante, si la pugna le sonreía en semejantes componendas y coyunturas, entonces se apontocaba en el blanco invierno europeo, eligiendo las más voluptuosas estaciones de esquí, lanzándose por los cuerpos de las excelencias que tuviese a tiro y se dejasen acariciar por sus hábiles y diestras herramientas.
   Así transcurrían las manecillas de su cerebro cronológico, el tren de vida, saltando de palacio en palacete, de cenáculos en sacristías secretas por los parajes más pintorescos.
   Con las tarjetas de crédito oro se le abrían todas las puertas, pudiendo pedir lo que se le antojase, no teniendo en ningún momento un freno o imponderables que le hiciesen sombra en los tramos del debe y el haber, lo que le permitía la libertad de dormir totalmente relajada, haciendo de su capa un sayo, o acaso urdir las más rocambolescas o genuinas excentricidades.
   Sin embargo la dicha rara vez es completa, ni todo el monte orégano, y tenía que hacer a veces de tripas corazón, al objeto de agenciarse los devaneos a su propia conveniencia, toda vez que algunos empecinados clientes, con el afán de un más difícil todavía, quisiesen retenerla indefinidamente atrapada en sus garras para complacer su ego, amantes sin empacho, embajadores distinguidos, testaferros o élites de semejantes títeres y tramas, y al llegar a ese punto chocaba con la realidad del dios Cronos, generándose espinosos comportamientos y ruines resquemores por el amor herido.
   Porque si bien tenía cita cierto día con el marqués de la Majestuosa y Laureada Ensenada y se dormía en los laureles con su efigie dadivosa, debido quizás a la emisión de bonos de provechosos efluvios, mostrándose ella cómplice con el remolino de tiernas perlas y perjúmenes y cuidados extralimitándose en el tiempo, entonces podía partirse la cuerda, y surgirían problemas; porque si en esas entremedias le correspondía  atender a otra alma desvalida ubicada a mil leguas, la situación se tornaba áspera, incómoda, pues podía ocurrir que no llegase a su debido tiempo, y el supuesto magnate entrando en cólera decidiera quitarse de en medio, yéndose de cacería, eludiendo el compromiso, o acaso se ausentase de la alcoba sin previo aviso por una extraña urgencia abandonándola, como aquél que dice, en plena luna de miel, entonces la venganza por parte de ella sería harto justiciera, llegando a negar el pan y la sal en futuros encuentros, sus más sazonados encantos, o bien le exigiría al marqués de turno una cláusula especificando pingües beneficios y copiosas contrapartidas a fin de desestabilizar sus atributos e hidalguía, y más aún si alguno de ellos adoleciera de priapismo, y provocase espantosos calambres o fuertes depresiones, debiendo echar mano de los más prestigiosos galenos, arúspices o chamanes del reino.
   Con el paso del tiempo Casilda se fue deshojando, ajándose el ardiente lunar del cuello y el seductor aire de su figura, acaeciendo otro tanto en las fachendas y dulces atardeceres con los excelentísimos señores y prestigiosos potentados, cayendo paulatinamente en desgracia, en un estado deprimente, y se decía para sus adentros un tanto desconsolada, quiero pero no puedo, me acicalo de la manera más sugerente y atractiva, pero las beldades, el embrujo y la lubricidad no brillan en mis mejillas.
  
   El tiempo le pasa factura y reparte boletos de la suerte o la desolación, sintiéndose últimamente Casilda a las puertas del infierno, dado que se ve a ratos al borde del naufragio, pues al mirarse al espejo casi no se reconoce, a pesar de los lingotazos de polvos, perfumes parisinos y cremas de oriente que inundan su piel. Los milagros de la cosmética no le son favorables ni responden a sus expectativas.
   En esas entremedias, en una escapada loca viene a caer por pura carambola en las redes de su amigo el doctor, al encontrarlo en un simposio internacional de estomatología, de suma trascendencia para su futuro deontológico y profesional, y como la ocasión la pintan calva, no quiere Casilda perderse la oportunidad que se le brinda, haciéndole el doctor un hueco en el grupo, y, aunque nerviosa en el choque tan repentino de emociones por el fortuito encuentro, se muestra radiante y feliz, con el ardiente deseo de pasar unos días con él.
   Al salir de la habitación atisba en el cajón de la mesita de noche una cartera repleta de billetes de quinientos euros, los jugosos billetes con apelativo en la jerga popular de bin laden. Pero al poco descubre en la boutique de pieles de la esquina que son falsos. ¡Cuánta amargura y desengaño en tan breve espacio! 
   Al cabo de los días le fueron dando de lado los amigos y amantes, en unas fechas que no fueron las más felices o afortunadas, y se le mudó la color al emprender la carrera del robo y el chantaje, suplantando a otras personas con tarjetas de crédito robadas.
   Así transcurría la  historia de Casilda, y en las contadas ocasiones en que la citaban para prestar sus servicios, estudiaba meticulosamente los puntos calientes, donde podían guardar los tesoros más preciados y la caja fuerte, llegando a sustraer, en un solo verano, 3 cadenas de plata, cinco anillos de oro macizo, dos pendientes, un ojo, tres corazones, un colgante con una piedra preciosa, cuatro rólex de oro, varias gargantillas y diademas únicas.
   En otro lapso de tiempo de dura precariedad, ejerció ella de mulero, transportando en su organismo 20 bellotas de heroína, planeando con las ganancias macharse al extranjero, y pasar unas reparadoras vacaciones lo más lejos posible del quehacer rutinario y morboso de regalías y amancebamientos, en un intento desesperado por borrar del mapa todas aquellas humillaciones de las que era objeto.
   Atrás quedaban los años de bonanza, de esplendor en la hierba, en estancias tan admiradas por su altura de miras, queriendo en cualquier momento poner una pica en Flandes o ser una reina mora, pero no le salieron bien las cosas.
   En el proceso evolutivo de la vida, Casilda no se vio libre de los zarpazos de las rencillas o desmanes, pasando temporadas enfrascada en una guerra sucia por controlar sus guiños de ninfómana, cayendo sin apenas darse cuenta en la bulimia y la anorexia por mor de mantenerse en su plenitud de belleza, aspirando a ser una modelo de renombre internacional, lo que le acarreaba no pocos quebraderos de cabeza y la moral por los suelos, perdiendo la autoestima y el contacto con el mundo sensible.
   Por todo ello, y el chivatazo de una vecina, le condujo a la comisaría en una redada policial, yendo a dar con los huesos en la  trena.
   En un principio le pusieron tres años de condena, aunque recurrió, pero mientras tanto debía permanecer entre rejas. Allí continuó al serle denegado el recurso, y la decrepitud y las goteras se cebaron con ella.
   Le costaba horrores adaptarse a la denigrante y dura vida de la prisión, teniendo varios intentos de suicidio, pero quiso enderezar en parte los torcidos renglones dados últimamente, y a fin de subvertir la triste rabia que la invadía por la pérdida de la vida muelle de su fastuosa época anterior, decidió pasar las tardes leyendo en la biblioteca de la cárcel a los más eximios creadores que, al igual que ella, vivieron privados de libertad, y obsequiaron al mundo con sus obras inmortales, y de ese modo desactivar los pervertidos pensares que circulaban por las neuronas.
   En una de las salidas que llevó a cabo estando en prisión, un permiso de fin de semana por buen comportamiento, se acercó al médico dentista, antiguo amigo suyo, al objeto, entre otras cosas, de que le arreglase la boca, las piezas dentarias más destartaladas y recordar viejos tiempos.
   A Casilda se le hacía la boca agua al pensar en las artes amatorias de su antiguo amigo, además de dentista, aunque tenía muy presente la faena de los billetes falsos, mas cuando ella entró, él, impasible, inició la labor con una inusitada indiferencia, tratándola como a una desconocida, ajeno a los sentimientos que rumiaba, diciéndose ella para sus adentros, qué alegría más grande le voy a dar, y de camino me arreglaré los implantes en mal estado, y a renglón seguido nos pondremos en manos de Cupido, y en un sigiloso descuido me daré una vuelta por sus lujosas posesiones que tan bien conozco y me vengaré de los billetes falsos, apoderándome de los objetos de valor, mientras lo dejo en los brazos de Morfeo, después de una loca noche de placer.
   Cuando terminó el doctor de arreglarle la boca, Casilda le pide la cuenta, y él no se da por enterado, no queriendo reconocerla, aunque no le cobre el importe, si bien él ya estaba al corriente de sus últimas andanzas.
   En vista de la reacción del doctor, Casilda perdió la cabeza y empezó a gritar como una loca, y sin más dilaciones se dirigió al cajón donde el médico guardaba el revólver, rompiendo al pasar un hermoso jarrón reliquia de su abuela, y al oír éste el ruido se percató de las intenciones, y pegando un salto, se plantó al instante en el lugar de autos y tras un trágico y convulso forcejeo entre ambos con el arma cargada, de pronto, sin saber cómo, se disparó en el preciso momento en que ella le arrojaba una silla a la cabeza con tan mala fortuna que cayó rodando por las escaleras, quedando inconsciente en el frío mármol, inmóvil, mientras la bala impactaba en el techo. A continuación vino la policía y el forense, certificando ipso facto la defunción del doctor.
   Cuando regresó a la prisión después del permiso del fin de semana, ya cumplía los tres años de penalización, logrando la ansiada libertad.
   Entonces al pisar la calle, no teniendo donde caerse muerta, ni nadie que le prestase ayuda, al no disponer de las amistades de antaño ni de familiares cercanos o descendientes, asunto que nunca le preocupó, pues era de la opinión de que lo importante en la vida no es estar cuando un hijo nace, sino cuando se hace, y fiel a sus principios,  llevó dicha filosofía hasta las últimas consecuencias, no reparando lo más mínimo en ello.
   Por eso tomó la firme decisión de hacerse mendiga.                                          
  
        


                      
                          





sábado, 22 de marzo de 2014

Día mundial de la poesía




    
     
Nocturno
En una noche de piedra,
De duro arranque,
Qué mejor que una copiosa
Ración de sutiles tubérculos
Aderezados con ternura
Y bocados de cielo
Que fortalezcan los músculos
Y agudicen el ingenio.
Al igual que los motores
Precisan combustible,
El amor propio
Y la buena predisposición
Coadyuvan a pintar
De colores y perspectivas
Los nocturnos desvaríos.


    Rebeldía
La ventana, en unas ansias locas
Por subvertir la madre natura,
Quiso romper la gravedad
Y la mesura que se colige
Del razonamiento humano,
En un provocador intento
Hurtando el engranaje
De los argumentos compartidos
Presentándolos un tanto falaces,
Y en un derroche de descaro,
Sin saber cómo
Y mediante un juego de manos
Se quedó con la turba,
Saliéndose con la suya, 
Volteándose los principios
Más elementales.

Equilibrio
El cuerpo y tu pie,
Cual columna doblegada
Por el volumen
Del edificio de la vida,
No pueden avanzar,
Mirarse al espejo,
Recibir una palmada
De aliento en la espalda,
Y menos aún
Levantar cabeza.


Visto para sentencia







                                
   Se encontraba paseando por la playa, disfrutando de un día espléndido mientras la suave brisa le acariciaba el rostro. Innumerables gaviotas se arremolinaban en los alrededores graznando estruendosamente, lanzándose como misiles a la caza y captura de los pececillos que flotaban en la superficie de las aguas, pero una de ellas, desnortada, triste y solitaria, revoloteaba cabizbaja por el entorno.
   Cuando lo consideró oportuno el viajero, se despojó de la vestimenta, y se zambulló en las trasparentes aguas marinas.
   Nadaba plácidamente, sin prisas, ejercitando piernas y brazos, metiendo de cuando en vez la cabeza para refrescarse y deshacerse de los turbios pensares, y lo hacía tan confiado y ufano que no se percató de la presencia de una roca que acechaba expectante bajo las olas, y en una de las inmersiones, lo hizo con tan mala fortuna que fue a darse de lleno en mitad de la testa, corriendo el riesgo de quedarse en el sitio. No obstante, tuvo la suerte de los elegidos, pues, pese a la crudeza del golpe, lo que pudo haber sido un serio disgusto se quedó en leve porcino.
   A renglón seguido se alejó de tales escollos, cambiando raudo el rumbo, no sin escapársele antes un repentino y terrible alarido a lo tarzán, teñido de satisfacción y autoafirmación, ¡Yeeeeeeeeeeeeeee, Uhhhhhhhhhhhhhjjjjjjjjjjjj, ehhhhhhhhhhhhhhh!, realizando un colosal zarpazo a los cuatro vientos, cual iracundo cocodrilo, aterrizando donde mueren las olas, llamándole poderosamente la atención los endebles saltitos y raros aspavientos de la gaviota que le seguía los pasos, viéndola de súbito tumbada en la playa, un tanto exánime, picoteando desesperada contra la arena, el sino, en un último esfuerzo, anhelando levantar el vuelo, resistiéndose a morir, y el viajero, sumamente consternado ante la fúnebre escena con una lágrima seca enquistada en los párpados, cual cerro testigo, en un alarde de aviso a navegantes, a las futuras generaciones que pueblen los aires marinos o transiten tierra adentro, sentenció con rabia y sin más contemplaciones, visto para sentencia.


                                      






viernes, 14 de marzo de 2014

Urgencia de local o guarida de fieras







                                     
    Ya de bebé lo advertía la abuela, niño, la vida da muchas vueltas y muchos palos, y si no te espabilas a tiempo puede que luego sea tarde.
    En tales coyunturas de la existencia no se puede intuir, ni acudiendo a los arúspices más avezados del reino, lo que acaecerá el día de mañana, por el abanico de posibilidades y salidas que hay al alcance de la mano, enrolarse en la marina, en la bandera lucrativa de la profesión en una empresa o en la escudería de fórmula uno, o bien en diversos menesteres con otras miradas más solidarias, como puede ser la labor artística o algo por el estilo, porque vaya usted a saber cuál es la madre del cordero, esto es, qué vocación en concreto abrazará a uno o por qué pasadizos lo engatusarán las caprichosas motivaciones, asentando por fin las posaderas, aunque con el más difícil todavía si es  un culo de mal asiento.
   Es a todas luces harto complejo desentrañar, desvelar los misterios interiores por la maraña de enigmas que envuelven el alma humana, el entorno o los bosques por donde se transita, al ir desfilando por su presencia un sinnúmero de novedades o sorpresas, tales como lagartijas, tiburones, personajillos, tigres urbanos o seres pensantes que pican como alacranes o verdaderos demonios, y en ocasiones son más peligrosos que los habitantes de la selva, en tanto que lo desnudan a uno en menos de lo que canta un gallo, saqueando a sangre y fuego los campos por los que pisan cual otros atilas, y se introducen subrepticiamente en los caparazones más íntimos, en los tragos o descansos del camino, en el oasis del fin de semana, cuando se le antoja a alguien ir con la novia a tomar una infusión o el sol a una playa desierta, o disfrutar de un día de campo entre un mar de pinos, y de pronto palpa como en un sueño la lúdica imagen de los cerros jugando al escondite como niños traviesos, o conversando distendidos  con él  en la espesura a través del whatsapp, interrogándose a cada instante por el hacinamiento o las oquedades, buceando en las aguas de las inquietudes, en los manojos de nervios de los menoscabos, en las sutilezas que discurren por las neuronas cerebrales.
   Y es evidente que en la vida no todo es coser y cantar, quedando a años luz de lo que se cuece en la olla del vivir, y más en determinados peldaños o rangos, aunque en semejantes lodazales o dunas los espejismos sean acaso una verdad como la copa de un pino, dado que en la vida –nombre eufemístico a veces-, hay situaciones raras en las que no se percibe que la vida sea vida, sobre todo si ocurre que se queda uno en paro, con la hipoteca colgada y demás adláteres, en cuyo caso, farfullaría él, tierra trágame, o con otras palabras, más le valdría no haber nacido.
   Al fin de cuentas, fue en parte lo que en realidad le sobrevino. Que de la noche a la mañana la empresa donde se forjaba el porvenir y apañaba el sustento cotidiano se chamuscó, se declaró en quiebra, derruyéndose como un castillo de naipes, no dando pie a la apertura de un expediente, a algún tipo de solución sensata, llámese ere, indemnización, reparto de los despojos o lo que se tercie a fin de ayudar a las criaturas, pero sucede todo lo contrario, que si te he visto no me acuerdo, poniéndolo de patitas en la calle, el manido desahucio, no contemplándose al menos una era donde achicar sobresaltos o estirar las piernas o trillar la  parva de trigo pendiente, verdadero soporte del día a día, y poder airear las heridas a flor de piel para que se calmen y oreen, mas nada de eso figura en la agenda, lo único que llama a la puerta es el despido puro y duro, y todo lo más que resta es alojarse bajo un árbol si lo hubiese no hendido por el rayo, o un puente en verano y al Sur, porque si es al Norte de la piel de toro, ni por asomo podrá pernoctar en su húmedo lecho por mor de las abusivas e incesantes lluvias.
   En vista de lo que se avecinaba, se sentó aquella tarde en un banco del parque a planificar la estrategia, un proyecto de fuga de la prisión en que se sentía retenido o la búsqueda de un bote salvavidas para sortear los vaivenes de las olas en la marcha, que consistiría en lo siguiente, abastecerse de mantas y cartones y dormir a la intemperie como un mendigo más, así al menos se sentiría libre, y sería hijo de algo, dueño de algo, del espacio que ocupaba, del aire que respiraba, de las miradas que acaparaba, de las palomas y gorriones que por allí picoteaban, buscándose la vida, luchando a brazo partido contra los imponderables del destino.  
   Quién le iba a vaticinar en los albores de la infancia, en los pinitos del amanecer, que en un tiempo no lejano, allá por las calendas invernales del siglo veintiuno, que lo que se iba a encontrar tan pronto como aterrizase en la rutina del planeta tierra sería enfrentarse a la tesitura del dilema, camina o revienta, o bien, te alejas de por vida de tus querencias, con un vade retro rotundo a los quehaceres culturales y creativos, colgando los hábitos de escribidor, y sacudirse el polvo de las alpargatas y secar la tinta del tintero,  o te verás implicado en graves chantajes o asesinatos a mano armada, a cara descubierta y pluma cargada,  involucrado por una o mil coartadas o quisicosas de la trama, como en los cuentos de Las mil y una noches, al intentar remover Roma con Santiago, o ir de la ceca a la meca para conseguir una cita o contactar con el frío torno del cabildo de turno, y entablar un diálogo con el titular de la asignatura pendiente, batiéndose el cobre, al objeto de que se le ablande el corazón al  mecenas de la ciencia y de las márgenes de los ríos de tintes artísticos , y en un arranque de pundonor, dando el do de pecho, apechugue con los anhelos de los letraheridos, encauzando los rictus y los pros por la escritura, guardándolos en la mochila y se dé por enterado de una vez por todas del affaire, y abra la ventana a la esperanza, alumbrando unos renglones menos ruines, desactivando el candil o la lamparilla de mariposa encendida en el tazón de aceite de oliva virgen para llevar a cabo la lectura o escritura.

    Hay que romper una lanza para que no se clame en el desierto y se autorice la entrada, aunque sea tibiamente, a los solitarios asientos del aula, al uso de los enseres que allí duermen desconsolados, a fin de que se cumplan los sueños de estas sufridas criaturas que hierven en inquietudes, sentires, pensares, búsquedas, y quieren romper moldes, abrir horizontes en las mentes para iluminar un tanto los lúgubres túneles de la impostura, de la zafiedad, de la miopía o la cerrazón, y crezca el caudal de la dignidad, y de esa guisa germinen briznas de cordura, de sapiencia, que yacen a ras de tierra, y se vitoreen las actitudes emprendedoras, entusiastas, y resplandezca la fresca sonrisa en los ansiosos rostros, abrazándose al unísono en una confraternización universal, tanto en períodos de gruesa tormenta como de calma chicha, ahuyentando el riesgo de fugas o abandonos, y se vean cada día menos ensombrecidos los verdes y tiernos despertares de la primavera, y se entierren las absurdas frustraciones en fosas comunes, de suerte que se sientan comprendidos, correspondidos, en comunión solidaria, sensibles a la vorágine del vivir sin tapujos, haciendo realidad el axioma, Escribir es vivir, exclamando, Viva la escritura con papel, lápiz, pupitre y aula, pudiendo borrar de la retina y del encerado todas las encerronas, y que la promesa no sea una pantomima con más brotes baldíos, toda vez que no es potable el agua que se bebe en tales caños, porque baja bastante viciado y turbio el elaborado producto.