sábado, 7 de marzo de 2015

En el día de la mujer








          
   A igual trabajo, igual salario,
Es  lo menos que se les puede exigir
A los mandamases del empleo
Y a los gobiernos de turno,
Ya que tan operarios son los unos
Como las otras
En la feria de la oferta,
Las vanidades y la demanda laboral.
¿No basta, acaso, con los guiños pendencieros
O, a veces, el maltrato visceral,
El desmantelamiento de empresas
 O los vergonzantes paraísos fiscales,
O el dinero negro del ERE
Amasado en el colchón,
Mirando para la masía o
La mandorga del omnipotente,
Alimentando tics raros, misóginos
Y la galopante penuria según los géneros,
Hurtando  a ellas la protección legítima
A carrillos llenos, dejando las arcas
De l@s currantes vací@s, tiritando de frío
En medio de la nieve,
Sin un euro ni abrigo, y sin que les llegue
La camisa al cuello ni para fin de mes?
Pero ¡sí! la soga para bajar el telón de los días,
Pagando el impuesto revolucionario
De la dolorosa existencia,
Representando la macabra danza de la muerte
En el vientre de la más desolada
Hambruna, a la intemperie, sin cobertura
Alguna, ni plato que llevar a la mesa
Ni bocado para los sentidos o el placer,
A fin de sobrellevar y acallar
De la mejor manera
Los tiernos y exasperados gritos
De la prole en lo más indispensable
Y la pareja cómplice, pudiendo mirar al frente
Con la cabeza bien alta
Orgullosa de sus hazañas
Y conquistas, sintiéndose mujer realizada
En pro de la Humanidad, con una vida
Más justa, sana y,  de una vez por todas,
Más humana.

  



   

sábado, 7 de febrero de 2015

La felicidad








Aquel día estaba hecho un tancredo, con aspecto raro y un tanto confuso. Se había olvidado de los bombones que guardaba en el armario, de las claves de la libertad y del poder de las emociones, según dijo, por no agacharse a ras de las cosas por mor de la presión que rugía en su derredor.
Aunque porfiaba una y mil veces mirando al cielo, gesticulando al viento o dándose fuertes golpes de pecho, no alcanzaba el objetivo, resultando todo el esfuerzo a la postre vano, sin visos de reencarnarse en algo útil y apetecible, debido a que siempre que principiaba el anhelado encendido del cigarrillo con idea de desconectar del hipo, la astricción y los traspiés cotidianos una insulsa y fétida brisa chafaba la incipiente llama.
Corría en esas entremedias un viento hosco e impertinente que le golpeaba la cicatriz del ojo izquierdo y el sufrido caminar dejándolo con dos palmos de narices, y sin otro consuelo, ¡qué remedio le quedaba!, que volver a empezar con la ígnea labor porfiando en ello, cogiendo el toro por los cuernos, indagando presuroso cómo conseguirlo o qué dirección tomar, según avanzaba por la acera con el firme propósito de prenderle fuego al pitillo, suspirando a cada paso por el secreto que le sacase del atolladero resolviendo de una vez por todas el rompecabezas de la ignición del cilíndrico aún virgen, que, ajeno al fragor de la batalla, se columpiaba entre sus pajizos dedos.
Al poco de entrar por fin en contacto con el humo del cigarrillo, una vez que se hizo la luz en las hechuras tóxicas, su garganta no cesó de provocar y protestar, rugiendo con el estruendo de un viejo tren de las películas del Oeste. No cabe duda de que algo chirriaba entre las vigas de los bronquios delatándole por las efervescencias que exhalaba desde lo más recóndito, bien por apnea o por extravío de un amor, no llegando a dilucidarse con claridad meridiana los intersticios o prístinos entresijos precisos para concretar un coiné universal acorde al caso, es decir,  a nivel de calle, como no fuesen la madre que lo parió o las madres del vino.
Sin embargo, el azul del cielo del día invitaba a la calma y le había subido los colores y las endorfinas concitando a soñar, a tirarse al variopinto mar de la vida con furia, dejándose llevar por los vericuetos más sugerentes e insospechados, enterrando espinas, como el carnavalesco entierro de la sardina, evocando épocas gloriosas o dorados sembrados de trigo hecho en tiempos mozos, cuando con melómano porte escuchaba o bailaba en guateques, discotecas o verbenas rancheras o canciones de moda tales como, Tengo el corazón contento, el corazón contento y lleno de alegría, o La felicidad, ah, ah, ah, de sentir amor, oh, oh, oh, …  bogando placentero por ríos de dulce y sonriente agua, que le transportaban a unos espacios siderales preñados de exquisitas degustaciones y ensoñados bocados atravesando muros o quebradizas aguas, montañas o valles o sensibles corazones en un derroche de pasión desbocada.
Al cesar las gotas de lluvia que le humedecían la sequedad del alma, pulsaba las teclas de la primavera, unos ritmos rutilantes que renacían de sus cenizas, oteando en el horizonte frescos acordes, tentadores vientos, nuevas músicas que le  pintaban de color rosa la vida.
No obstante, los efluvios del dios Baco, adormilados en su seno, yacían incrustados por un tiempo en los poros de su habitáculo corporal, empezando a dar guerra y gruñir sin miramiento, farfullando entre dientes, a ver cuántos dedos crees que tengo en esta mano, y cuántos en esta otra sin hacer trampas, qué carajo, pues cinco, ¡pardiez!, respondía, si no me engaña el subconsciente. Y más adelante apostillaba, Tururú, borracho yo, tururú… yo quiero estar contento, quiero vivir feliz, así, así, así…
El tablón que llevaba no sabía de horas punta ni bajas ni de otras florituras, de manera que al perder los estribos de la marcha, el contacto con la consciencia experimental, no llegaba a controlar los vaivenes de la llave que abría las puertas de la melodiosa cordura, y se ninguneaba impunemente la función propia de los sentidos, yendo a la deriva por las esquinas y callejones, deslizándose peligrosamente por los terrenos más resbaladizos.
Tras el lento y monótono caminar, con el cigarrillo apagado y mustio entre los dientes, quería reconstruir la vida, revivir los momentos felices de antaño, prendiendo la llama de las veladas más risueñas y estelares de la hoja de ruta, cuando se deleitaba ufano con ardientes entremeses y endiablados labios y baladas que sabían a beso y sonaban o paseaban por solariegos cafés o tablados del esplendor en la hierba.  
Entre tanto las energías del universo aguardaban en la ventana tiempos mejores, esperando que se alejasen los indolentes hervores de la tajada que había ensamblado la última noche entre palillos y tronquillos, chascarrillos y otros mimbres y los más disparatados títeres sobrevenidos en la parranda por la lluvia de uvas pisadas y embotelladas según transitaba por el camino de Swann en busca tal vez de la apreciada magdalena perdida en el tiempo, perdiéndose por los itinerarios más desmañados y extraños del mapamundi vital sin brújula ni plan de vuelo.
Y al crepúsculo musitaba algo que recordaba de cuando estuvo impedido, y si no peleo por ella, por quién si no...           

   

sábado, 24 de enero de 2015

Cuando el bolígrafo dejó de escribir










                                       

   Cuando el bolígrafo dejó de escribir le reverdecieron todas las jaquecas, sífilis, moquillo, migraña, osteoporosis y el regomello de la terrible taquicardia, convirtiéndose de la noche a la mañana en un manojo de nervios, en hombre muerto.
   Ante la deteriorada situación por la que atravesaba no sabía qué fórmula aplicarse, pero no se lo pensó dos veces y con toda urgencia se presentó en el hospital más próximo requiriendo los servicios del especialista en enfermedades raras, alegando que se encontraba en las últimas, que a lo mejor no llegaba vivo al anochecer, y después de múltiples carreras por los pasillos e indagaciones se comprobó que dicho doctor se encontraba de vacaciones, viajando en un crucero por las islas griegas, y al parecer, según señaló algún colega suyo, había coincidido en el itinerario con un mitin del partido Syriza, habiendo conseguido un autógrafo del líder de ese nuevo partido, que figura en las encuestas en primer lugar en intención de voto.   
   El caso era que le volvieron a salir lo que no está en los escritos, las alergias de antaño, y su maltrecho corazón casi deja de latir, estando a pique de extinguirse, porque la escritura creativa era a la postre para él como el biberón para el bebé, su verdadera vida, la que vivía a plenitud en invierno y verano a través de la trama de muertes, venganzas, borracheras, alumbramientos, celosías o enamoramientos de los personajes que hilvanaba en cuentos, fábulas u otras patrañas que ensartaba en los ratos tan felices que pasaba, haciendo auténticos milagros o de las suyas, burlándose de la zorra ante las uvas o disertando sobre los gustos de los tigres o chacales con sus preferencias por la calidad de la carne de la presa, así como descubriendo espacios, alcobas, estancias, letrinas, voluntades, corazones, o allanando moradas, haciendo colgar hábitos sacros en conventos, o doblegando pasiones, surcos o vientos que soplaban enfurecidos en las más encontradas direcciones o templando tempestades en los mares de los relatos, llevando el timón de la pluma con mano firme, sorteando los obstáculos en cada capítulo, frase, párrafo o coyuntura, así como en los más irritantes mordiscos de la existencia, deslizándose sagazmente por los desfiladeros del papel en blanco, que yacía cubierto de fría nieve al faltar el soplo del alma creativa, la sangre ardiente donde mojar la pluma y dibujar las emociones y correrías de los diversos personajes o personajillos del paisaje y paisanaje en los prístinos balbuceos, naciendo a la vida, echando mano del inigualable combustible de la tinta desafiando el paso del tiempo, quedando incrustado todo ello en indelebles huellas, libres de la acción de la carcoma o la erosión de agentes externos o rayos encendidos.
   Así que para mitigar de algún modo el golpetazo recibido, y sin apenas víveres ni ropa para abrigarse en el viaje, inmerso en tantas carencias y frialdades, sin caricias, solaz en el rebalaje, dulces mareas ni estímulos en lontananza, se hizo a la mar, tomando la corriente o senda que más coraje le dio, y se lanzó raudo a los cuatro vientos, a alta mar, allí donde más brillan las alas de libertad, encontrándose a si mismo entre el cielo y la mar.
   El mazazo de que había sido objeto le arrancó los tiernos brotes de los frutales y fragancias del hábitat literario que habían ido despuntando como en súbita primavera, y que cabalgaban por su pecho y renglones del pensamiento, echando el cerrojo al surgimiento de aves carroñeras que pretendían hurtar las excepcionales expectativas y panorámicas que iban asomando por las lomas y lomos del texto según avanzaba con todos los pertrechos y la tropa de turno sobre la marcha rumbo a nuevas experiencias, a singulares travesuras, engendrando criaturas con miradas únicas y hondos sentires a través de sutiles batiscafos y fantásticos viajes subacuáticos, piruetas o juegos sin cuento que rubricasen el telón de fondo y el ondulado de oro de su vigorosa fantasía rondando por doquier, por los rincones más hirsutos e inverosímiles o chocarreros de la buena o mala suerte o muerte o enceladas más churripastrosas o rocambolescas, plasmándolos con decoro en los ojos, en las gargantas y latidos de los actantes, sin prisa pero sin pausa, punto por punto, suspiro a suspiro en tardes de sonrientes títeres y sosegado aplomo o quizás de total desconcierto en una alocada ingestión de morfina imaginativa, regando y decorando a placer con gotas de inventiva los nuevos tallos que rompían el capullo, el cascarón de su nido, dando la cara en las más adversas circunstancias, bien por el qué dirán o por la censura gubernativa más solapada, saliendo al final la cuenta de los anhelados historias y cuentos, siendo a la postre lo más trascendente para él, al ser el oxígeno que inhalaba para vivir.
   Al habérsele cortado el grifo de los tragos vivenciales, empezó a ronronear subrepticiamente o sin reparos tras los rincones o debajo de la mesa camilla o en el rellano de la escalera, buscando con desparpajo una brizna de calor, elucubrando sobre su futuro en este evanescente mundo, y emprendió una inusitada fuga sin orden ni concierto, cual caballo desbocado, declarándose en rebeldía al no poder retozar alegremente por las acariciadas praderas de la escritura pergeñando a su antojo las cuitas y estéticos afanes de las líneas de ficción, que sigilosamente guardaba en el tintero.
   Por ende, prefería morir con las botas puestas, apretando el gatillo del bolígrafo inerme, antes que abrazar el caos estrangulado por la inanidad del ser.        
           

domingo, 11 de enero de 2015

Graffiti








                                       
  -Venga presto que tengo que partir.
   -Sabes que no sé cómo desbloquear el embrollo del pensamiento para trasmitir que anteayer andaba mareada, aturdida más bien, como si me bañase en un mar encrespado, y se balancease en mi cerebro un torbellino de olas de bíblicos hervores envueltos en mil conjeturas sobre las más diversas quisicosas, tejemanejes o medievales juegos referentes a hábitos o costumbres, como el uso de cinturones de castidad y otros artilugios o cachivaches, que circulaban de mano en mano en tiempos de las Cruzadas, cuando los defensores de la Cruz, soldados hechos y derechos, se batían el cobre contra los contrarios a su credo, estando en boga tales broches, cerrojos o candados con el fin de tapar bocas y proteger a las damas de torpes vaivenes, traviesos deslices o descalabros inesperados por arriesgadas rutas que conducían a Roma o a Santiago, yendo de la ceca a la meca o a ninguna parte, y no puedes imaginar los exóticos pinares y pensares que arrastraban sus aguas por la corriente de mi memoria, en súbitos tic tac y reiteradas sacudidas y contracciones al toparme de repente con unos graffitis plasmados en el ennegrecido muro de la calle principal del pueblo, semejante al muro de las lamentaciones, por donde antaño cruzaban recuas de mulos y burros, como el célebre Platero todo de algodón, cargados hasta las cejas de cañas de azúcar, carbón, aceituna, almendra o abono de nitrato de chile, o con serones o capachos resolviendo las urgentes faenas del agro; y de golpe me han perforado la sienes los primitivos albores humanos, rebobinando avatares o escenarios donde se mascaba la tragedia o guerra de religiones, de corazones o severos dicterios entre el rey de la creación, el todopoderoso terrateniente, y la primera parejita que pobló el planeta tierra.
   Y allí todo bullía, lo divino y lo humano, la serpiente y la manzana, lo ficticio y lo rumiado en sueños sin apenas dar tregua, pateando trochas o pensares sin cesar, no pudiendo esquivar fehacientes informes a la vista del más ciego o empedernido que discurriese por aquel sendero; pues allí se esbozaba cómo se fraguaron los prístinos dimes y diretes sobre la convivencia en pareja e incluso los célebres paparizzi, los enamoramientos y cataratas interpersonales o las epístolas de amor y desamor del universo modeladas en lajas, troncos del árbol del bien o del mal o papiros con unos aditivos coadyuvantes, séase, enredos, celestinajes, emboscadas o títeres de toda índole, interrogándome ansiosa cómo ardería la hoguera de sus vanidades, y si se urdirían tretas entre bastidores o tatuajes carnavalescos, resuellos de corazonadas o acaso latiera estrechez de miras entre Adán y Eva – motivado sin duda por lo de la costilla- en el coqueto marco del Paraíso donde se hallaba su nido, habiendo sido planificado expresamente para ellos con todo lujo de detalles, como palacete de recreo, con sus versallescos jardines, no faltando bocados de cielo, bombones o rica tarta de manzana o privilegiados manjares obrados por manos divinas, y exornado con distinguidos primores del fashion del momento, en aquel perenne goce de luna de miel en que vivían, y que era sumamente trascendente para la Humanidad futura; sería una amena y  placentera estancia, sin tibiezas ni triviales atisbos o rivalidades en su seno o negrura en las cristalinas aguas que bebían y con las que se aseaban y cocinaban, no surgiendo regomellos, raros advenimientos o contrariedades, bien por hortera manía de cambios de chaqueta, contaminación ambiental u otras refriegas en el horizonte, que aguase los guateques o esparcimiento en una especie de isla mínima del ocio durante las paradisíacas fiestas antesala de las saturnales romanas.
  No cabe duda de que en aquellos trópicos herviría el mejor de los rescoldos en unos corazones dados a la comprensión y a una ternura aún virgen, límpida, en pañales. Porque allí no se le permitiría la entrada a barruntos de especulación, desenfreno o signos de esclavitud, brillando por su ausencia usureras tiendas de mercaderes, delicatesen, lencería fina, ultramarinos, cannabis, charcuterías, grandes almacenes o incluso negras mazmorras, ni por ende princesas tristes o engreídos príncipes o habitáculos de alterne, ni pasarelas de moda u opacas tarjetas o nepotismo u otras iniquidades, rupturas o despechados amantes haciendo de las suyas, tomándose la justicia por su mano o las doce uvas cada uno por su cuenta tras los biombos de las hojas de parra.
   Por ende, los ecos sociales yacerían embalsamados como momias, mustios, muertos en vida en las cavernas, llorando de rabia, siendo de pena el vislumbrarlos, revelando auténticos espejismos en los remolinos de la fantasía, con desnutridas efigies y piernecillas de alambre y unos niveles liliputienses, gimoteando desconsolados en aquellas peculiares comidillas.
   Todo aquello sería un desierto bien de arena o quizá, por el contrario, de trajines o trueques a más no poder de camellos rumbo a eventuales zocos, así como gremios o aluviones de castos santones o ermitaños del desierto elevados a los altares de las copas de las palmeras en el oasis, y casi seguro que no brillarían por imperativo legal eventos tales como comuniones, bodas, perfumadas sepulturas, el mes de María, abortos clandestinos en lejano poblado o en los arrabales del Paraíso, y ni por asomo llegaría a perderse la pareja al despuntar el alba tras una noche loca, que al verse ebrio pillase la puerta por un lapsus en el breve trecho del lecho con objeto de aspirar unas briznas de aire fresco, o acaso se esfumase al ir a comprar tabaco o palillos de dientes después de una partida de cartas o de unos sorbos de té, digo yo, entonces aquello sería en esencia otra cosa, un ordenado edén, pero sin embargo muy triste, no crees, sería un mundo sin chismes, chistorra pamplonica o plato roto que echarse a la boca, echando en falta una pizca de picante y pimienta y unos nutrientes del calibre de la telebasura, verdaderas ollas a presión de vitaminas y vitales viandas condimentadas solapadamente con ardides tétricos, lúgubres, sórdidos, irreverentes o trágico-cómicos.
   Y qué decir de las esperanzadoras y amorosas tardes –tal vez remedo de las Últimas con Teresa del mago Juan Marsé- en los medios televisivos de Juan y Medio transportados a los tiempos del cólera, de Adán y Eva, a buen seguro que allí no tendrían mucho gracejo ni futuro, porque todos irían a su bola, como la madre los parió, sin tapujos ni ruedas de prensa ni comulgarían con ruedas de molino ni nada que se le parezca. En tales eras no se trillaban semejantes sementeras ni cultivarían en sus parcelas las plantas de la seducción, la empatía o el guiño a través de historiados abanicos o las citas en los bailes cortesanos o de máscaras venecianas.
   Y por aquel entonces no se sabe si la regla ya estaba en vigor y si se vendían anticonceptivos en alguna plaza, choza o baratillo con agentes policiales vigilando las operaciones a fin de evitar timos, robos o secuestros de niñas como en Ciudad Lineal, ¡qué horror!, no sabes el pánico que siento cada vez que pienso que me pudiese ocurrir, a parte de los tormentos que padecerías con mi desaparición, pues que sepas que lo siento más por ti, aunque lo diga por oírte no más, porque la primera que caería muerta de miedo al suelo sería yo, no lo dudes.
   Pero escucha, tengo tantas y tantas lagunas por las mañanas al limpiarme las legañas del tiempo, pues percibo la despavorida huida de las puñeteras realidades, evocando cuando aún era una niña que iba al cole y creciendo, y trotaban por mis neuronas nubarrones de incertidumbre azotándome sin piedad, no sabiendo cómo apagar la sed o superar ese fuego o vacuidad que me incendiaba o arrinconaba, toda vez que me rebelaba contra el sonsonete de la tradición pura y dura sin apenas advertirlo, por lo que me gustaría aterrizar en aquellos verdes prados donde brotaba la vida y se solazaban nuestros primeros padres, que no sé en verdad si fueron los genuinos o al cabo resultase que procediésemos de otro papá Noel abducido por filibusteros extraterrestres de sabe Dios dónde.
   Te pido, apelando a tu bonhomía y distinguido porte, que no me pises los pensamientos del jardín.



miércoles, 24 de diciembre de 2014

Se mostró intransigente...







                       
                        
   Se mostró intransigente a más no poder por lo más pueril o insulso durante el peregrinaje, al encender un cigarrillo o refrescarse la garganta con un chicle de fresa, al estornudar contra su voluntad o rascarse la cabeza sin darse cuenta, al aflojar el nudo de la corbata o ir silbandito según caminaba por el sendero inhalando el esplendor mañanero, haciendo acopio de las fragancias del campo que se desperezaba del letargo invernal, o acaso de rincones prehistóricos o retablos del Medievo, al desentrañar en la ruta cultural pinturas del hombre primitivo cazando dinosaurios o dinosaurias, que no moscas, como si emulase los televisivos programas de la Cuatro en donde pelean en porretas por la pareja, yendo vestidos a la bíblica usanza, con los mismos trajines y trajes y cicatrices que exhibían a flor de piel Adán y Eva en sus siglos de oro, deambulando por la arenosa pasarela de la playa perdidos entre el excitante y fresco follaje de sus pensamientos pisando con garbo el resbaladizo rebalaje, sin tapujos ni taparrabos o algo que se parezca a hojas de parra, avivando el fuego amoroso o fatuo de la hoguera del dios Eros en las abúlicas calendas decembrinas, en una desatada búsqueda de bonanza, de bocados de cielo, de sentidos despertares, mas ella impertérrita, en su torre de marfil rumiaba bazofias en un turbio girar en la rutina de la noria, como si quisiese poner puertas al campo de la ilusión, a papá Noel, enredando en las neuronas con tejemanejes y variopintas patrañas arrancando los tiernos brotes, impidiendo que se deshiciese de las ataduras, renaciendo de las cenizas, y salir del lúgubre habitáculo a hacer sus necesidades espirituales y fisiológicas más perentorias, bien en silla de ruedas o con los pies por delante si fuese menester o por salirse con la suya, después de pasar tantos túneles y escollos con la soga al cuello, o crudos inviernos con el aire viciado en el hogar, o acaso por malentendidos coyunturales, que, cual cruel pesadilla o zancadilla, casi le tumba el bus en la curva de la vida por mor de la tromba de nieve que caía llegándole al alma, formándose una especie de enorme piedra de molino o bola, cual magma negro, como nunca se había registrado en aquellos puertos de la existencia ni en las áreas de servicio de la autopista, y todo ello por el prurito de beber en los ancestrales cimientos del talento artístico, en el hontanar de las más limpias y claras esencias arquitectónicas, por ámbitos románicos y gótico florido que florecían risueños por las riberas del trayecto conjuntamente con los avatares de las memorables hazañas radiadas por bardos y juglares por callejas, plazas y palacios, y que con tanto sigilo y maestría trenzaron en el prístino rugido de batallas de moros y cristianos (que aún perduran en la memoria festiva de ciertos núcleos de población), las aventuras y desventuras y los postreros suspiros del Cid por los torcidos renglones del Poema extraídos de aquellas ásperas tierras, de ciego sol, sed y fatiga, cabalgando por la terrible estepa castellana con los suyos camino al destierro, hecho polvo machadiano, aunque lo que más le irritaba sin duda eran las barricadas de intransigencia que le montaba ella al menor amago de pisar tierra firme tras la última singladura, la puerta de la calle para echar los malos humores, tomando el tibio sol de la mañana y de esa guisa curarse en salud, séase ósea o protegerse, cual férrea armadura, de los embates del mar de la vida, recibiendo el bálsamo o empujoncito preciso para subir la penosa cuesta de la umbría por donde subía.
   Entre tanto cabría interrogarse, entre la frialdad de las piedras de los claustros catedralicios y de la  nieve que reverberaba en lontananza, cómo se las arreglarían aquellos intrépidos guerreros para atemperar los sinsabores, las emociones, los súbitos embarazos en las emboscadas, para sobreponerse a las indómitas coces de las bestias y duros hálitos peleando en el frente contra las huestes enemigas por aquellos gélidos escenarios evocando numantinas leyendas.
No cabe duda de que en su faz, hitos y veneros aún se leía la ejemplar entrega y amor propio que ponían estos gladiadores, derramando hasta la última gota de vida en defensa de la causa, esquivando ser pasto de aquellas fieras o ninguneados en sus legítimas aspiraciones e ideales por unos desalmados que de la noche a la mañana se plantaron delante de sus narices, en sus dominios sin más, boicoteando los encendidos anhelos de seguir avanzando en el tren de la vida y la ruta de piedra hecha cultura, fervor y vida, sin ser incordiado, pues quería ser él mismo, utilizando los medios o las herramientas más idóneas para tal fin, achicando agua en los pulmones y en la desconchada casa, capeando el temporal de las torticeras e hirientes horas infernales, pero jamás pensó que en menos de lo que canta un gallo se presentara la gendarmería en su propio refugio con una orden de arresto por una imaginaria violencia de género, actuando como unos energúmenos provistos de los más sofisticados artilugios armamentísticos, que no argumentos, dejándose llevar por la negras corrientes; tristes armas si no son las palabras, decía el poeta oriolano, y se agarró con tesón al timón, al firme empeño de navegar por lúcidas aguas, viviendo en un ameno vergel de cordura pese a quien le pese.





miércoles, 19 de noviembre de 2014

Bofetadas de la carestía









   Ya voy, mamá, contestó Carmencita acurrucada en un rincón de la casa, cerca de la cuadra donde dormían el mulo y las gallinas.
   Estaba reclinada sobe la mecedora como de costumbre, sola y un tanto apesadumbrada.  Se abrazaba a los anhelos y a su desdibujado cuerpo, trepando por las ramas de la fantasía tapando su tierno y paliducho rostro y los enredados cabellos sudorosos por la ausencia de aseo.
   Llevaba el vestido arrugado y desteñido con la costura de las mangas descosidas, y algún que otro sabañón en los deditos del pie. Sin comida a la vista, las tripas le crujían vertiginosas dando fe de la precariedad estomacal, aunque se había ido habituando en parte al calvario del hambre, delatándola la delgadez del cuerpo, con unas uñas enjutas y agrietadas por el desamparo.
   Había días que ya no le quedaban réditos para llorar o reír o incluso respirar. El líquido elemento era tan solo lo que precisaba para renovar las lágrimas. La brisa acariciaba su frágil y acongojada silueta en los descarnados peldaños de la soledad, que se hospedaba en el vacío que la envolvía, sin visos de un porvenir. La causa la tenía bastante clara, y sencillamente no se lo interrogó jamás convencida de que la respuesta no llegaría a ningún sitio.
   El agente promotor de la trama macabra estaba cantado, y apartaba la idea de búsqueda convencida de que daba lo mismo, porque no le serviría de nada. Y las tripas le volvieron a crujir puede que por última vez, acaso advirtiendo de la inminente despedida.
   La pequeña tomó contacto con el insensible y frío suelo cayendo tras la pérdida del conocimiento, buscando quizá en su regazo lo que nunca tuvo. Aquellas postreras lágrimas tal vez le anunciasen el fin del sufrimiento, el temido e ingrato final.
   Y si se interrogaba por el paradero de los progenitores le producía una alergia asmática mayúscula, pues la suerte estaba echada. Los abuelos ya habían volado al cielo. En semejante tesitura no le valía la pena cuestionárselo, dado que sin querer lo averiguaría. Y sólo le aguardaba el toque de trompetas con la llegada del último trance, que sin apenas demora vendría a recogerla con los brazos abiertos.
   Al fin su viaje lleno de mezquindades y penurias, se habría confabulado contra ella convirtiendo los pasos vitales en polvo, en nada.
   Ya voy, mamá, descuida, y espérame en donde crece el ciprés, junto al fuego de las sombras.     
           

       


sábado, 8 de noviembre de 2014

La vida











                          
      Ah de la vida, ¿y nadie responde?
   Nadie le respondía, metido como estaba en mil zanjas e inesperados remolinos, luchando a cara de perro contra viento y marea por el río de la vida o acaso de la muerte, vaya usted a saber, porque el lodazal en que había caído sin sospecharlo según avanzaba por las márgenes del río era tétrico, y por mucho que inquiría sobre tan funestos avatares no se lo explicaba, hasta el punto de sentirse perdido y tratado como un mueble viejo que lo llevan de un lado para otro sin miramiento o unas alpargatas rotas que nadie aprecia, llegando a verse arrumbado en los rincones de la desidia más atroz o de la mansión donde se cobijaba totalmente olvidado, triturado y desprovisto de las señas de identidad; y la cosa crecía a borbotones pese a que creía que eran meros espejismos, mas, no obstante, en un acto de amor propio, se tentó los pálpitos y notaba que aún permanecía entero, con las botas puestas y las ganas de caminar y todas las partes del cuerpo se conservaban en orden y al completo, ojos, manos, pies, lunares y lo más trascendente, los sentires y pensares, aunque un tanto diezmados por los temporales.
   Y al llegar a este controvertido estadío tomaba aliento, pero reventaba de indignación y rebeldía, cual volcán en erupción, al estallarle en las propias manos la ceguera y la indignidad de la creación, ya que las ideas, los ideales, las perspectivas que atisbaba a un palmo de su cerebelo no los alcanzaba, como un Tántalo cualquiera, de manera que todo le hervía entre pecho y espalda, entre las corrientes del ayer y hoy, no respirando como le hubiese gustado los fehacientes aromas de recuperación, de levantar cabeza, y  abrazarse a una burbujeante e ilusionada vida, dado que nadie echaba cuentas con él, y tan sólo le espetasen, alto, quién va, la bolsa o la vida, toda vez que los quereres nadie se los podía hurtar.
   Aquella mañana se levantó muy temprano acariciando la cara ante el espejo y un nuevo proyecto, y quería a toda costa llevarlo a la práctica, que en pocas palabras consistiría en no jugar alegremente con la vida, al darse cuenta de que la vida iba en serio, pensó, y que hacer pocicas en las calles tras la lluvia o meterse en los charcos o jugar a la gallina ciega o al pilla pilla desnudo y sin armas, ya no computaban en los tramos que marcaban las manecillas del reloj a estas alturas de la vida, el verdugo del tiempo, debiendo hacer borrón y cuenta nueva. 
   Los aires que inhalaba por aquellos valles y alcores por donde merodeaba no suministraban sonrisas ni solvencia alguna ni tan siquiera un ápice de confianza o verosimilitud, al no gotear el grifo ni una brizna de esperanza o caricias que saciasen la sed existencial que le amordazaba, y después de un higiénico lavado de cerebro como medida preventiva, decidió quedarse siempre que podía en la fuente del barrio que le vio nacer, echando suculentos tragos de fresca y cristalina agua para limpiar la mirada y las impurezas, las turbias acciones y aminorar los calenturientos y melancólicos momentos, que le humillaban ante la impotencia y latían bulliciosos en los riscos del convulso recorrido, estando atento a los cantos de sirena o no rozar en horas bajas las ásperas fronteras de la alexitimia.
   Y de cuando en vez respiraba un no sé qué, como si anduviese girando noche y día en torno a la noria, masticando hastíos, advenedizos resquemores, obsoletos frutos o tal vez verdes sueños aún no hechos pasándose de rosca, que acaso trataran a hurtadillas de hacer un pacto con sabe dios quién, tatuando los  tic-tacs de sus sienes, las ansiedades, espachurrando con furia los anhelos, los más tiernos brotes, unos, más díscolos, y otros, aún sin una presencia reconocible por incipientes o por carecer de experiencia, dejando de ser apetitosos para echarse a la boca, y sin posibilidad de olisquear un oasis donde restañar los desconchones de la estructura ósea o mental.
   Las copas de los árboles y de la vida le daban la espalda o la sombra, así como latigazos de incomprensión, horadando los intersticios más expuestos de las heridas diarias, ahondando en las celdas de sus querencias, en los impulsos más sensatos y sostenibles que alimentaba contra las acometidas de los contratiempos o disfrazadas fruslerías en su afán por palpar la fragancia de mejorías anímicas, pero raudas se esfumaban como humo impulsado por los más raros vientos.
   Todo era como un día sin pan o de difuntos, o como la rama del árbol que se desgaja de la savia del tronco, de las íntimas entrañas que la sustenta, y se cuestionaba atónito y desnortado o apesadumbrado en mitad del desierto que pisaba, ¿y mi madre dónde está?, si ayer la vi partir rumbo a la capital por ese sendero, y no hallo estelas en la mar, ni columbro las mágicas artes que peleen por rescatarla o concertar una cita con ella, por muy enrabietada que esté conmigo u ocupada por el cúmulo de encargos y visitas familiares o de amigos que tenga, o a lo mejor ver tiendas y más tiendas, buscando gangas o las últimas rebajas de la cuesta de Panata (donde se sudaba o tiritaba de lo lindo) o de enero, no se entiende, mascullaba entre dientes, pues ya tendría que haber aparecido, porque las manecillas del reloj cantan que el tiempo ha volado, aunque veinte años no sean nada como en el tango, y que ella ha volado asimismo tiempo ha, no dejando ni rastro de los suspiros, su memoria y cariño, porque con ella voló todo aquel día tan nefasto y tirano, cuando le dijo adiós todo compungido y esperanzado esperando volver a verla pronto.
   Era un día gris, de parkinson, tuerto, digno de que el dios Cronos lo hubiese exterminado con la guadaña, y se notaba en los sones que no carburaba, que no tenía bien la cabeza ni lo mínimo que hay que tener y dar la cara ante el mundo, con los ojos abiertos de par en par, y al llegar a ese punto, de súbito y sin más rodeos, alzó la voz y le dijo al día cuatro cosas bien dichas, traidor, truhán, mezquino, mendaz, dejándose llevar por los embates del mayor rechazo y desprecio, tildándolo de vil serpiente que se enrosca en los dulces bailes de los corazones infantiles, en las derruidas lágrimas de un  indefenso que pierde de repente todo lo que más quiere en este mundo, atestiguando que ese día su alma enmudece, pena y casi muere. 
   La vida no bullía en sus entrañas como debiera, se veía como armario viejo heredado de padres a hijos o nietos o expuesto al mejor postor, y nadie conocía sus interioridades, lo que llevaba grabado entre las cochuras.
   Y las encrucijadas, pinzamientos y pesares iban goteando paulatinamente como gotas de lluvia por los desfiladeros de su existencia, sin permitir echar una cana al aire, subirse a los columpios de la feria del barrio o patinar por las ternezas maternas, olvidado de la divina providencia o tal vez de las tinieblas, que nunca se sabe, y de los tiernos ecos y los requiebros humanos.
   Y en medio del carrusel de la vida, no cabe duda de que su currículo estará lleno de anécdotas de todo tipo y condición, de anécdotas que harían sonreír o suspirar al más pintado o empedernido de los viajeros que circulan por los aeropuertos buscando a un amor o discurren por los lechos de los ríos cotidianos con o sin rumbo, a la deriva, pero que sin embargo los habrá que se consideran gerifaltes o arúspices de los acaeceres más distinguidos, que mueven los hilos de los entramados generacionales y las más íntimas pulsiones de las voluntades.
   Y entonces, cabe insistir en la interrogante, ¡ah, de la vida!, ¿y nadie responde? Y las maquiavélicas maquinarias del poder siguen triturando a toda pastilla las sentidas emociones, los pacientes troncos de los árboles del bosque, las historias más entrañables del ser humano, y todo cuanto encuentran a su paso vale, tanto montando guerras sin piedad, como asfixiando gargantas o apagando la luz de vidas inocentes.