miércoles, 16 de septiembre de 2015

Aylan











        
 Sin miedo al peligro,
Cual potrillo desbocado,
Saltaba alegre por el rebalaje,
Donde la blanca espuma de la ola
Se desvanece.
Acompañaba a la familia,
Ávida por hacer las Américas
En las entrañas de la  UE.
Pretendía explorar nuevos mundos,
Y volaba confiado, cual otro Ícaro,
Por los enrarecidos cielos europeos
En busca de una vida mejor,
Y cuando mejor dibujaba las
Cabriolas del plan de vuelo,
Los insensibles gerifaltes,
Indiferentes o cobardes,
Le cortaron las alas de repente,
Cayendo a un mar de arena,
Siendo arrastrado por las corrientes
De la penuria.
¡Hoy somos todos Aylan!
Y queremos honrar su memoria
Por haber dado la vida por todos los niños
Malnutridos del mundo,
Al ser crucificado
Como un Cristo en el húmedo madero
De arena en la triste playa turca.
¡Qué aires más asfixiantes se inhalan
En el horizonte al no acariciar unas briznas
De orgullo humano, capaces de poner freno
A tan mefistofélicos desmanes.

Y cuando nos damos cuenta
Que la vida iba en serio,
Cabe cuestionarse, si es un suspiro la vida,
Para Aylan, ingenuo gavilán, qué habrá sido?
El día de autos aún hervía en su mirada
La roja savia del seco corte
Al amanecer.
La macabra felonía con toda la rabia
Del mundo contenida
Retumbaba en los confines de la tierra.
Mientras tanto los astros y satélites
Doblaban a muerto,
Disparando ráfagas de indignación
Por las órbitas cósmicas,
Removiendo las conciencias por
Tan horrendo crimen.
Los estatutos de nuestra sociedad ética
Urgen a ejecutar con premura
El apremiante rescate
De todas esas deshilachadas almas
Que navegan a la deriva,
Sin el menor avituallamiento,
Por los océanos del abatimiento
En botes salvavidas con tintes de ataúd,
En tétricas pateras
O tenebrosas barcas de Caronte,
Previo pago del óbolo postrero
Por los rotos mares de la vida,
Corriendo el serio riesgo
De ser devoradas a la vuelta de la esquina
Por los tiburones reinantes.
¿Cuánto tiempo de prórroga
Habrá que añadir al partido
Para seguir jugando con la pobre vida
De estas criaturas,
Cruzándose de brazos 
Ante tan vergonzante holocausto humano?     


   
  

  

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Hay que venir al Sur









Cabalgando por las soleadas páginas
Malagueñas, se atisba el castillo de Gibralfaro, 
Donde amanece el día,
Y a sus pies se quiebra el mar.
Prístinos rescoldos históricos
Dormían el sueño de los justos,
Advirtiéndose a bote pronto que
Ni el más avezado zahorí
Habría vaticinado con la mágica varita
La existencia del teatro romano secuestrado
Por las fuerzas del orden artístico  
En el mismo corazón urbano,
Sepultado bajo el férreo cemento
Del entramado del Palacio y archivos
O Casa de la cultura
Que levantaron los ilustrados de turno
Ávidos de gloria en la posteridad.
Una vez derruida por las piquetas de la sensatez,
Renació de sus cenizas el teatro,  
Resplandeciendo con su fulgor romano,
Iluminando los titubeantes túneles del tiempo
Y las ancestrales huellas arqueológicas
De los desdeñados aledaños de calle Alcazabilla.
Bastión musulmán, la Alcazaba,
Cifrada sobre madres fenicio-púnicas,
Emulando a los excelentes caldos de la tierra,
Pajarete o Lágrima, en un crisol de vivificantes culturas,
Endulzadas uvas y febriles razas:
Fenicios, romanos, árabes e ingleses con guiños renacentistas,
Dándole la mano al palacio de la Aduana.
Por sus ricos potosís pelearon a muerte
Almorávides, almohades y nazaríes,
Rivalizando en bélicas estratagemas
Maquinando toda una serie de razias
Para conquistarla o seducirla,  
Discurriendo por sus calzadas y ríos como,
Guadalmedina, Guadalhorce o los furibundos torrentes.
Y entre tanto, parloteaba en su jerga moscovita,
Ensimismado, Vladimir, el infatigable turista,
Un tanto abducido por los rutilantes
Y afrodisíacos licores que bebía en derredor.
Era  un visitante más de los millones
Que circulan cada temporada por aquellos
Líricos rincones, quedando embriagados
Por los aromas del vino Málaga  
Y las milenarias fortificaciones de civilizaciones,
Entre matacanas, torres albarranas con saeteras,
Murallas almenadas o albercas de pizarra
Para almacenar el apreciado y sabroso Garum.
Vladimir libaba con pasión el néctar
De los encantos de Málaga la bella
Sin perder ripio. Y buceaba sin tregua en
Sus océanos, y con la fresca, ansioso por explorar
Los secretos mejor guardados de la urbe
Se descolgó por los creativos andamiajes
De los pintorescos copos de flores
De  la urbanización del Rocío y los pictóricos tesoros
Que cuelgan en los templos museísticos:
Tyssen, Picasso, Pompidú, CAC o Ruso, entre otros.
Le fue harto refrescante a Vladimir
El baño de cultura por aquellas ilustradas aguas,
Prosiguiendo la marcha por la Coracha,
La Caleta, los Baños del Carmen,
El Palo, Pedregalejo y  el Cementerio inglés,
El parque del Morlaco, el Perchel y la Trinidad;
Confluyendo en los céfiros marinos de la blanca Bahía,
Reflejándose en el cristal de sus aguas
La salerosa malagueña, niña hermosa,
Queriendo  besar sus hechiceros labios,
Y mirarla a los ojos, pero no los dejaba parpadear.
Y en su regazo se mecía industrioso
El Puerto, en un frenético reciclaje y
Solidaria comunicación con el mundo,
Junto con el Aeropuerto, allá por las arterias
De Churriana, donde crece la jacaranda
Y antaño se solazaban felices
Las aguerridas mesnadas escipiónicas,
Restañándose las sangrantes heridas
Del alma y del cuerpo en las reparadoras termas
Que por aquellos lares pululaban.
Y no se puede obviar la biznaga y
El Cenachero, con un rojo clavel en el ojal
Deambulando por la plaza de la Merced, las Bodegas del Pimpi
O  la taberna del Piyayo, que apostrofa el poema:
“Y este pescaíto, ¿no es ná?,
Sacado uno a uno del fondo del má,
Gloria pura es,
Las espinas se comen también”.
Y no quiso perderse Vladimir
Por nada del mundo el beatífico
Incienso de la Manquita,
La plaza de la Marina y la Sala de los Espejos
En la Casa Consistorial,
Disfrutando de las esencias de los
Jardines del parque entre perfumados
Jóvenes que van a declarar el amor.
Y Vladimir, antes de partir
Hace acopio de víveres y sol embotellado
De Andalucía para aliviar el infierno invernal
En la fría y dura estepa rusa.
Y no podían quedar en el tintero
Las gestas de los trajes de luces
En la inigualable feria del Sur de Europa,
En la Capital de la Costa de Sol,  
En pleno agosto, augusto y lento,
Que versificara con sutileza  
Gerardo Diego en su emblemático
Soneto “Revelación”,
En que declina la tarde
De la vida.


            

  

jueves, 20 de agosto de 2015

Pensar y hacer o el terrorista









                            
   Estaba Vladimir escuchando música, Volaré, oh oh, cantaré, oh oh oh, nel blu, dipinto di blu… y llevado por la ola de los sones, quiso volar también rompiendo la dura rutina, y aunque no pusiera una pica en Flandes, al menos tomaría nuevos bríos que le vendrían de perlas, bebiendo en el fuego creativo del arte, visitando, por ejemplo, las obras del nuevo museo ruso en la capital de la Costa del Sol; dicho y hecho. Y sin más circunloquios se dispuso a zambullirse en las costuras y suspiros de aquellas aguas a través de los iconos medievales y los affaires zaristas, que revolotean entre las pinceladas de las edades más ocultas o enseñoreadas de la historia moscovita.
   Y guiado por semejantes efervescencias, emprendió Vladimir el viaje a la ansiada exposición, en la que figuran multitud de personajes con distinguidos atuendos confeccionados mediante cuidados trazos con señeras y secretas sensaciones plasmadas a espaldas del verdugo del tiempo o de la cara enamorada de la luna o quizá de rabiosos maremotos, balanceándose en las bambalinas creativas, haciéndolo, cual clandestinos extraterrestres con sus rotundos egos ajenos a las isobaras, puntos negros o avatares del planeta Tierra, como si perteneciesen a otra casta cósmica con leyes gravitatorias propias o exclusivos rezos científicos.
   Estaba convencido Vladimir de que la vida iba en serio, que había que torearla cogiendo el toro por los cuernos, y que no vale todo en los procederes, pasarse la vida como cigarras, día y noche, predicando y no dar fruto; hay que calibrar la posibilidad de que casi todo lo que hierve en los lienzos, lo divino y humano, lo cortesano o aldeano, lo belicoso o legendario, lo religioso o profano, puede simplificarse y adecuarlo a la realidad tangible, haciendo la vida más fácil, no precisando reinventar pólvoras, dosis antivariólicas o diftéricas ni nada que se le parezca.
   La cuestión se presumía con la más solemne normalidad y no poca limpieza, pues bastaba con realizarlo, es decir, emprender la marcha. Aquel día lucía el sol con fuerza, el azul del cielo se confundía con las aguas marinas, como en un tierno abrazo, reconociendo que no hay arrullo como el rugido de las olas y el susurro de la lluvia, ni mejor paisaje que mar, cielo y nubes, y el fuego de la lumbre bien cerca como remedio contra los fríos del alma, recibiendo los atisbos como si fuese a encontrar un lugar paradisíaco, virgen, habiéndose despertado Vladimir con todos los faros y luces en orden, irrumpiendo animoso en la somnolienta marea mañanera. Cogió la mochila y tomando el autobús, se plantó en Málaga dispuesto a poner en práctica la agenda que desde un tiempo a esta parte bullía en su cabeza.
   Al cabo de una hora escasa de camino pisaba suelo malacitano.
   Y haciendo memoria, pasaba lista a las pinacotecas que había visitado en anteriores incursiones, percatándose de que le faltaban las nuevas salas abiertas al público recientemente, para disfrute de los sentidos y la memoria de los pueblos.
   Por ende, se fue raudo a la caza y captura de las estrías, venas y nervios incrustados en los cuadros que reverberan en aquellos silenciosos recintos, junto con las pertinentes anotaciones explicativas en las paredes a lo largo del recorrido.
   En la calle oteó el estético santuario, y cruzó el espacioso patio, como si de fragante jardín se tratase, a fin de llegar a la entrada del museo. Y siguiendo las flechas y pautas de la exposición, comenzó la delectación por los iconos medievales, observando las vitales y entrañables irrigaciones allí dibujadas, su variada y ajetreada historia, y fue poco a poco visualizando, rumiando, aquilatando y descubriendo todo cuanto allí se urdía y exhibía, tanto en lo externo como en las interioridades, gozos, miradas o pulsiones de los zares, así como los parterres esbozados en sus perspectivas y las perfiladas cicatrices de sus vidas, que delataban los truenos emocionales o ronquidos del tiempo, los desasosiegos o resfriados, las represalias o sucesivos estadíos de los protagonistas y demás criaturas que habitaron entre aquellas sabanas pictóricas, estepas y turbulentas sábanas enamoradizas, nutriéndose de las quintaesencias culturales y gastronómicas de la vasta geografía rusa.
   Se diría que Vladimir había aterrizado en unos parajes singulares, cerca del célebre archipiélago Gulag, construido literariamente por Solzhenitsyn, dándole una pátina artística ad líbitum, sin ninguna cortapisa ni fruncimientos del ceño, recreando la vista por las urdimbres de las pinturas que relucían preñadas de maestría colgadas en las paredes ávidas de ser acariciadas, besadas o valoradas por sensibles miradas, sin subterfugios ni maltrato de flashes.
   Y hallándose en un estado de plenitud cósmica,  de éxtasis en aquellos fulgurantes momentos, embebido en la prosopografía, semblanzas y etopeya de las pinturas, sonó de pronto el móvil de Vladimir como una bomba, cogiéndolo con la mayor celeridad para no molestar, contestando a la llamada del interlocutor, y de repente, con la rapidez del rayo, se ve esposado, sujetado por los hombros, como si una mano negra hubiese bajado de los cielos en un enigmático arrebato jamás sospechado, oyendo una voz rara tronando en el tímpano, y retumbaba como los cañones de Navarone, saliendo toda la artillería pesada del musculoso y gigantesco hombre, cual enorme kinkón,  que asesinara con los gritos y la profunda mirada, barruntando penas y castigos sin cuento, el envío a galeras, a la guillotina o a las mazmorras, si no era mucho imaginar, y una vez encontrado acomodo en tales cubiles, retenerlo allí por toda la eternidad.
   Al parecer, el extraño personaje policial pertenecía a la élite de los Geos o de la guardia de asalto o de la KGB rusa, delatándose en sus actuaciones las mismas maneras y carnavalescas situaciones de tantos films de espionaje de zares, Cía o vivencias en los campos de concentración, que aún se amamantan en los aledaños humanos, no poniendo coto a tanto desmadre y tan poco decoro en las relaciones vitales de las personas, no respetando la idiosincrasia o andares del visitante, que con toda pulcritud y mimo se introduce en las grietas y gotas de pintura y sudor caliente o frío de aquellos rostros y neuronas que vibran en esos lienzos, que están esperando una caricia o que alguien les dedique un verso o un momento de su tiempo.
   No cabe duda de que se masticaba por parte de las autoridades del museo un inminente ataque terrorista en todo regla por el espacio silencioso de las salas por esas fechas, mientras los protagonistas retratados y toda la corte zarista dormían confiados y felices en sus orlas, en una especie de homologada dacha dentro del recoleto museo ruso instalado en la antigua tabacalera malacitana.

   Sólo resta colocar junto a las banderas izadas en la fachada del edificio el rótulo, “Pasen y vean el mayor espectáculo del mundo, detención y arresto de un peligroso terrorista disfrazado de turista en trance de inmolarse en el museo ruso de Málaga”.                           


lunes, 29 de junio de 2015

Crisis de gabinete










Cuando se lo llevaron, buscando concretamente identificarlo, notó el equipo sanitario que cuatro cartas, sin remitente y con iconos raros se habían quedado sin abrir dentro de un archivador junto a la computadora. Al parecer había pasado la mañana en su cuarto consultando ficheros, perfilando proyectos, escribiendo cositas sin ton ni son. 

Era un hombre agradable, urbano, sin vicios conocidos, a quien nadie le hubiera asignado vínculos con grupos extraños o de dudosa moralidad, y nunca, que se sepa, había enarbolado banderas ni en público ni en privado. Salía poco pero yo lo encontraba a veces y me gustaba su conversación discreta y amena, que puntuaba con chispas de humor, fulminando con mucho tino a los falsos profetas, los supuestos próceres del mundillo estético, aquellos vanidosos de toda calaña, músicos, pintores, narradores, poetas y actores que salían en las portadas de las revistas. Lo más destacable –porque rompía con su rutina, mas ilustraba cierta afinidad con el secreto– es que hace menos de tres semanas acababa de viajar a Méjico, de ida y vuelta, por Air Madrid, con un servicio envidiable, y sin incidencias ni motivo aclarado, si acaso por complacencia filial.


Se supo que lo habían encontrado inconsciente, la cara sobre el teclado del ordenador encendido. Alumbrar historias, contar cuentos, relatos de pura ficción, era para él una obsesión continua. Cuando se le paralizó el pensamiento escribía de memoria versos de un soneto conocido:
  
                                          “Tengo miedo a perder la maravilla
                                             de tus ojos de estatua y el acento
                                             que me pone de noche en la mejilla
                                             la solitaria rosa de tu aliento.
                                                             Tengo pena...”.

Y al llegar a ese punto, la voz quebrada se había cortado en la pantalla, y rota, demasiado pesada, lo había aplastado... 


Una fatalidad. Pues ese mismo día –por no tener peticiones al respecto– no pasó el butano. Y el cartero –que no era ni de lejos el de Neruda  pero al menos sabía algo de actitudes cinéfilas– rotundo y contumaz tuvo que pulsar, dos veces, el timbre de la letra A, cuarta planta, y después de esperar unos instantes, volver la espalda, llevándose el envío certificado que no había podido entregarle.


Al enterarme de estos detalles, corrida la voz por el vecindario, me acordé de que mi desafortunado amigo acababa de integrarse en un taller literario, donde se fraguaban empeños por acariciar –fuera de las tertulias triviales– veneros de fabulaciones originales, de corte sastre ejemplar, en una palabra perfecta, capaces de suscitar el imaginario del más anquilosado escribidor y despertar la admiración del lector aburrido. Por eso necesitaba demostrarse a sí mismo que merecía la pena el intento, que había que mojarse de una puñetera vez y zambullirse en la piscina sin salvavidas, dado que ya estaba henchido de plazos yermos, de campos sin aromas, de flores ajadas, porque el tiempo –¡Ay del tiempo, nadie responde! – corre, nos traspasa, vuela, como el oro entre las manos del hijo rumboso. Se fijó límites para salir a flote y controlarse. Que hay que abrirse camino, tío; alza la voz y saca punta al boli electrónico, -pensaba- y date tono, majete. Enciende la pantalla y espanta a las sombras. Haz de tripas corazón. Ponte en carne viva en el asador. Ábrete el pecho a la pasión. Hurga en la llaga y hallarás el hueso del éxtasis. Eran algunas de las proclamas que en la intimidad de su ser profundo  utilizaba para azuzarse el ánimo y que daban testimonio de su irrenunciable estirpe.


Ocurrió –así va el mundo de intratable– que aquel día paulatinamente se fue tornando turbio y frío. Una espesa bruma, del mar próximo, tomó inexorablemente la ciudad y la oscureció a destiempo. Se puso la calle septentrional, mortífera, con los faros antiniebla de los vehículos perforando el espacio comprimido.
Entró en el hospital inconsciente, colgando de un frágil hilo la esperanza de recobrar las constantes vitales. Y él, que tantas y tantas entradas y salidas tejió trotando por sendas, vericuetos y laberintos de poesía viva, disfrutando de su paseada admiración por las vastas avenidas de letras nacionales y cosmopolitas; o por sierras semánticas, por picos gramaticales, meandros sintácticos, desentrañando directas y subordinadas, aventando cosechas idiomáticas, trillando, separando el buen grano de la cizaña, o confeccionando collares con palabras raras para lucirlas, se encontró de repente parado al borde del tajo que separaba su mundo de las amplitudes desconocidas. Buscó febrilmente una salida en el menú de ayudas sin hallarla, y sencillamente, como aliviado de los tormentos, se abandonó a la atracción del vacío de antes de la escritura.    


Esperando posiblemente que al renacer, pulcro e inocente, encontraría por fin las vías abiertas, por donde caminar sin tropiezos y entrar en la gloria que el destino reserva a las almas puras...


domingo, 28 de junio de 2015

Crónica sexitana o paisaje con figuras










                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                      
                        
                                  
   Todo empezó con una copa de vino tinto en las Bodegas Calvente.
   Fue una charla informal entre barricas, al abrigo del vino y de los libros.
   -Me permite una pregunta, señor Calvente, ¿cómo se inició en la elaboración del vino?
- Pues como casi todo en la vida, se empieza de la nada y paulatinamente se van incorporando sugerencias, elementos, saberes, uvas, experiencia y sensaciones provenientes de distintos puntos, sobre todo de donde ya se han asentado la confianza y la prosperidad comercial, como ocurre con el vino bordelés.
- ¡Qué sorpresa!, me está usted traduciendo al español las sabias lecciones del inigualable vino de Burdeos.
- En realidad no deja de ser un desafío montar una empresa de estas características en esta ubérrima tierra de aguacates, papayas, chirimoyas, mangos…, urgiendo estudiar al detalle los pros y los contras para no dar un patinazo a la vuelta de la esquina.
- No cabe duda, le felicito por ello, y le adelanto que se confunden o interfieren mis orígenes con los del afamado vino que mienta.
- Me está apuntando que coinciden las madres de las cepas, las copas y las piezas teatrales…
- En efecto, le podría embalar una caja de ricas botellas de vocablos ensamblados con el mejor buqué y solera de mi tierra, que, aunque esté hecho de ferruginosas arenas en accidente geográfico, y no de barro, enarbola unos sensibles aires de mar  y ostricultura acaso única en el mundo.
- Perdone la osadía, me encantaría probar tales ostras, pero ¿me está sugiriendo que es un escritor?
- No está bien que lo diga, pero a la corta edad de diez añitos, en la escuela del pueblo el maestro me designaba con el apelativo de poeta: la redacción tiene ribetes de poeta, apostillaba. Aunque yo no entendía nada de la trascendencia o el discernimiento de la sospecha.
- Pues con el paso de los años el sombrero de hollejos de la uva va aportando al vino tinto color, aroma y sus taninos, mejorando el sabor al paladar. Y se supone que al igual que el currículo del vino, usted, a estas alturas de la vida, debe asimismo exhalar un buqué selecto, de gran cortesía, en los relatos y poemas.
- Le diré que la batalla creativa la tengo ganada, y en lo referente al vino me va la botella con el epígrafe de Guindalera, la denominación de origen, pues quizá sea la que más armonice con los ritmos de mi música temática y métrica libre y burbujeante, que bulle en los corazones y hierve en el cerebro, incrustando las esencias de las tres emes, Mar, Mujer y Muerte, que es el vivir y el soñar más perspicaz y reconfortante.
- Entonces, usted vive y escribe aquí en estos lares sexitanos, según se deduce de su conspicuo escanciar parlamentario.
- Verá, por el Mare Nóstrum, no lejos de la Sirenita en playa Puerta del mar, arribaron a la antigua Sexi los más diversos pueblos, si bien, con las vueltas que da el mundo, sic, nunca se sabe los intrincados enigmas que aguardan detrás de la puerta por las veleidades del destino. Y en el transcurso de lunas llenas y menguantes, del orto al ocaso, a buen seguro que yacen bajo estas aguas vestigios fundados de una Sexi atracada por hordas corsarias, que, empujadas por el hambre o un golpe de mar hacia cualquier parte, bogasen perdidas por el mar de Alborán, y, perdiendo el vínculo del cordón umbilical de Oriente y el rumbo, diesen de bruces en estas playas, teniendo en cuenta que no disponían de las modernas tecnologías para calcular los mares –corrientes, vientos, reglajes-, y peor aún si se les asoció todo un ejército de famélicas bromas perforando la madera de la embarcación en medio de una furiosa tempestad.
-Por el argumentario intuyo el rico acervo hispanista que rezuma.
-No tanto, señor, y me interrogo algo confuso, cómo atemperar o contrarrestar las acometidas o bravuconadas de la tripulación durante la inquieta travesía, acaso echando mano de algún raro ansiolítico, con objeto de evitar o aminorar en lo posible los excesos o despendoladas orgías en el desnortado periplo, en que creyendo ir al norte, iban al sur, queriendo cada cual montar su numerito o bailar con la más sexi y, abrazados a la zozobra, embarrancaran en las rocas y salientes sexitanos, y cegados por el desconcierto cayesen exhaustos en brazos de Morfeo, y al despertar en tan tentadores parajes se sintiesen tocados por una energía tropical, y tras la frenética caída de las hojas y de las noches sin cuento se encasillaran allí, encariñándose perdidamente de la flora y la fauna o de alguna aborigen, despertando en ellos un no sé qué, una atracción fatal o morbosa curiosidad.
Más tarde llegarían otros pobladores, atraídos tal vez por el aura y el espíritu aventurero al socaire de lo ignoto, conviniendo en perpetuarse por estos pagos el resto de sus días, y explotar las bondades de la Punta de la mona, Cantarriján, la playa del muerto, de San Cristóbal, de Velilla, el Majuelo o la Galera, refrescándose en la blancura de las olas, recalando en estas hospitalarias tierras harto contentos y felices. No obstante, se respiraba en el escenario no poca incertidumbre, si tras el abordaje harían una de las suyas, perpetrando irreparables daños en el medio ambiente, o si por el contrario, se establecerían de manera pacífica y confortable en su regazo, respetando lo autóctono, y en un futuro no lejano generar prósperas factorías con industrioso comercio –el garum entre otros -, y así sorprender al mundo conocido, aportando los mejores frutos
-Mire, señor…, vislumbro que en la escuela no perdió el tiempo, enfrascado en mapamundis y venturosos viajes telúricos, pero dígame, por favor, vive usted escribiendo o escribe para vivir…
-Antes de nada le manifestaré que en los escritos soy reconocido por Guillermo X y Juan Bruca. Y bien, señor Calvente, debo remarcarle a propósito del fruto del dios Baco, quien contó con la ayuda de Sileno para plantar viñas y de las Musas para instruirse en el canto y la danza, que otro tanto acontece con su riqueza enológica al brotar de los veneros galos mediante el oportuno asesoramiento de la vitivinicultura. Y asimismo, siguiendo la estela del río Verde que riega la fértil vega sexitana, de la misma manera, con la limitaciones precisas, fluían las aguas líricas de EL Ventanal –revista cultural y literaria de Almuñécar-, que inundaba de sueños y frescor la vida, con la colaboración de toda una pléyade de genuinos caballos de Troya, estrategia acertada sin duda, alguno con melenas de león, habiéndose dejado la piel en sus páginas, en las brisas ardientes del entorno, hilvanando innumerables y sugerentes aventuras con no poco talento.
Y en ese pulular de plumas, concursos, premios, veladas en el Martín Recuerda, en el café de Mila, entrevistas radiofónicas, artículos periodísticos y revistas –como la invulnerable Voces-, de esa guisa, unos, creadores de aquí, otros, de lejanas tierras, y todos en bloque se confabularon para aportar su granito de arena a la noble causa, levantando una torre de palabras enlazadas sin necesidad de intérpretes ni más historias, conformando un corpus artístico de primer orden, que se puede consultar o paladear en las redes, hemerotecas o en los más privilegiados rincones sexitanos.
-Muy agradecido por su cortesía, señor Bruca, ah, por cierto, me podría reseñar los autores que más le han pellizcado en su mundo intuitivo.
-A bote pronto, le mencionaré tres nombres, Antón Chejov, por los magistrales relatos, como “La señora del perrito”; Malcolm Lowry, por la hondura de las creaciones narrativas, siendo un náufrago en la vida que vivía, debajo de un volcán etílico, y sus ebrios versos, “La única esperanza es el próximo trago”…; y el lusitano Fernando Pessoa, que plantea el problema de la doble personalidad con un abanico de heterónimos, pseudónimos y ortónimos en el universo poético, rebosante de filosófico e irónico escepticismo, y así destila el licor en sus versos, “Empiezo a conocerme. No existo/, soy el intervalo entre lo que deseo ser y los demás me hicieron”… “O no somos más que nuestras propias sensaciones”.
-Y como cierre, perdone la intromisión, ¿podría decirme por qué le pone un diez a Guillermo?
- Muy sencillo, monsieur Calvente, usted que es generador de felices alborozos y despierta las afecciones más placenteras, ahogando los pesares y las soledades de las criaturas, lo entenderá pronto, pues le seré sincero, por redondear la dinastía del Príncipe de los poetas, Guillermo IX, y de esa suerte siga ella viva…
-No quiero marcharme sin romper una lanza a favor del delicioso caldo, como hace el refranero, “el vino alegra el ojo, limpia el diente y sana el vientre”.
-Señor Calvente, le sugiero que tome una copita de vino con nueces, y eche en el macuto algo de lectura, ah, y no eche en saco roto el consejo…
   En un día gris o trasparente, lo mejor tal vez sea tomar un copa de vino acompañado de un buen libro, que con su magia permita conocerse un poco más a sí mismo y a los demás, viviendo más vidas que un gato.                 
      


miércoles, 10 de junio de 2015

Las manos









                        
   


Al emprender un viaje por tierras lejanas, por los lugares posibles del planeta, África, Asia, Oceanía…, el viajero se había topado con todo tipo de incongruencias, calamidades y situaciones inimaginables, llegando casi siempre a la conclusión de que sobraban por doquier bombas, negra metralla y tsunamis, pero siempre faltaban manos, alguien que ayudase a sus semejantes en lo más perentorio, que tuviese en cuenta las múltiples penalidades por las que atraviesan millones y millones de criaturas, salvándolos del lodo, de los apestados contenedores hechos montañas, de la famélica impotencia.
   Al cabo de un tiempo, y después de recorrer innumerables territorios, ríos, ásperos desiertos, descubrió, sin apenas proponérselo, algo que le turbó, que le llegó al alma, unas raras tribus apostadas en un inhóspito lugar, que disponían de racimos de manos por todos los costados, era como un prodigio el comprobar a través de las prístinas pesquisas y escuetas averiguaciones que allí se debía respirar la mayor de las fragancias, toda una especie de delicia paradisíaca, donde se rumiaba el incalculable valor del pan amasado entre tantas desprendidas manos, que sabría a cielo o a tocino de cielo, no había penurias, y la felicidad brotaba cantarina y vigorosa entre tantas tiernas manos revoloteando por el entorno, repartiendo bocadillos, globos de infinitos colores, fantasías sin cuento, era el cuento de nunca acabar, achicando agua en las cabañas, preparando en el fuego carne recién cazada en el bosque, abrazándose unos a otros de continuo por la alegría de la lluvia, del sol, de la brisa, de la niebla, de la puesta de sol, de la nocturnidad, dándose los más estimulantes parabienes, cálidas palmaditas en la espalda y en la frente, formando todos una piña, entregados en cuerpo y alma y manos a los demás.







                                                
   

domingo, 31 de mayo de 2015

Esperando una carta





   

  

      Esperando una carta que no llegaba se extinguía Lúculo, cual mariposa en aceite a la Virgen del Perpetuo Socorro, avistando en sueños prometedoras y sonrientes primicias.
   Peleaba a muerte con el cartero, pasando a menudo por su cabeza lo peor, y utilizaba toda clase de martingalas para sonsacarle los secretos profesionales, inquiriendo cómo catalogaban la correspondencia para el reparto diario, así como las prioridades que regían sus menesteres, interrogándose si habría algún desvergonzado en la plantilla que se saltara las reglas, sesgando voluntades o segando la vida de los envíos impunemente, o lo hiciese por superstición en trances como, martes y trece, un gato negro, un cura con negra sotana o pasar por debajo de una escalera, o influido por síndrome de pánico, vaya usted a saber, de manera que fuera arrastrado el funcionario al lugar del crimen por los embates de las pulsiones.
   En diversas ocasiones, se movía Lúculo en un abanico de suposiciones o disparatados galimatías, sospechando de la existencia de algún salteador de caminos, que se hubiese compinchado con el cartero, yendo a medias en las ganancias empleándose a fondo, sobre todo en los fondos de las sacas de Correos cuando iban repletas de peculio, sisando a troche y moche cartas creyendo que contuvieran abundante pasta en el interior, importándole muy poco el destino de la correspondencia. 
   No cabe duda de que Lúculo ansiaba con premura la fruta que hace unos años degustó por itálicos derroteros, pero el hecho de haberlo dejado a medio hilvanar por cambios en la agenda, le condujo al desamparo y a una situación deprimente, empujado con frenesí hacia las expectantes fragancias, sintiéndose turulato en horas crepusculares, cual nave a la deriva por los señuelos de la corriente, perdiendo a lo tonto el tiempo y los estribos, deslizándose por truculentos desesperos, sorteando desdenes, zancadillas o renuentes malentendidos, abriendo a malas penas la boca para emitir los ayes, no pudiendo levantar el vuelo.
   Y tras reiteradas incursiones por las más hirientes cascadas y enrocados pasadizos, de repente plantó cara a los sinsabores de la vida, echando por tierra las más variopintas excusas y por la calle de en medio, solicitando a las librerías más prestigiosas que le enviasen contra reembolso ejemplares o facsímiles de renombradas cartas, con idea de que le sirviesen de bálsamo o acicate para aplacar los nocivos borbotones y la urticaria que le abrumaba, y si con todo no lograse saciar la sed epistolar, pudiese, al menos, restañar los desconchones de su columna vertebral, pero no las tenía todas consigo, al no querer, por otro parte, acabar los días como un vulgar quijote, abducido por los fulgores literarios, y más temprano que tarde exclamó con vehemencia, ¡basta!, retirándose de la pelea, no sin antes despotricar con acritud contra las horas perdidas en semejantes urdimbres, convencido de que lo que le quitaba el sueño era la tardanza de la carta, sintiéndose impotente y entristecido por la gangrena que crecía en su jardín, tornándose más romo y estrafalario en los pensares, obsesionado por acariciar los frescos caracteres de los cabellos de oro.
   En el devenir de las primaveras, unos aviesos vientos se habían colado en su balcón, pasando las de Caín, en un tenso batallar entre tigres y tribulaciones, transitando por turbios vericuetos sintiéndose como niño desvalido, sin un beso ni cuentos ni peladillas, y asimismo sin la damisela, que rimase con sus versos, paseando de la mano por las cálidas aguas del gozo, del parque o de Venecia, aliviando las exaltadas ampollas incrustadas en el alma.
  Las hojas del almanaque que colgaban de la pared del salón, exhalaban un tedioso olor a queso agujereado, recubiertas las cochuras de amarillentos y soporíferos otoños, no vislumbrándose la claridad de las cosas ni la luz al fin del túnel, al no entrar ni gota de frescura ni de sentido común por las entendederas de Lúculo, como no fuese el importuno zumbido de una mosca cojonera que revoloteaba en un fúnebre apocalipsis por las carátulas del calendario.
   Y mientras tanto, resoplaba en su noria, enredado en estridentes incertidumbres, atronadores silencios o quimeras sin fin, mesándose el tupé, pensando que con las cosas del querer no se juega, apostando por su ruta de vuelo con la célebre frase, Lúculo cena hoy con Lúculo, en un acto de asertividad plena, aunque meciéndose en carcomidos columpios, y reflexionaba sobre la frialdad humana, el nepotismo, la impostura o la indiferencia, y se sublevaba sobremanera por supeditarse casi todo al azar, al gordo de navidad o en su caso al hipotético desembarco de las huestes epistolares en su Normandía soñada, en el regazo, imaginando como por hipnosis la llegada de la misiva toda de blanco, cual novia camino del altar, como ocurría entonces, contemplándola con sugestivos acordes al son de bulliciosas chirigotas y comparsas en un sensual desfile veneciano presidido por la artífice mensajera, poniendo coto a tanto tormento o ríos de tinta, fulminando a los intrusos roedores de letras que socavaban los cimientos de la más sincera empresa del corazón.
   A veces, la utopía lo llevaba a campos de ensueño, a panales de rica miel, enarbolando ínclitas banderas, que engastaban envidiables fastos, sensaciones únicas, recreándose en envidiables bocados de cielo, bebiendo la copa del feliz hallazgo, la tan esperada manzana, festejándolo a bombo y platillo por todo el contorno, vestido con genuina indumentaria y finas florituras llegadas de oriente y de allende los mares, brindando jubiloso, esbozando sonrisas y excepcionales proyectos, verbigracia, un crucero por las islas Maldivas, la vuelta al mundo en globo o hacerse la cirugía estética, tantas veces pospuesta por algún imponderable, y todo ello con vistas a no perder el tren de la vida y menos aún el cordón umbilical de la traspapelada carta, rindiéndole la mayor pleitesía, aunque ignorase las curvas de su espíritu o los trazos de la caligrafía, la letra menuda de los vuelos de la falda o los recónditos suspiros, así como las más versátiles conjeturas al respecto, si la misiva, por un casual, había sido escrita desde la playa de los días, de los sueños o del Mar Muerto, al no dar señales de vida en tantas alboradas, o secuestrada por un pirómano o pirata o cabeza loca por mero entretenimiento; o tal vez llevase equivocada la dirección, enviándose al cielo de la sonrisas más humorísticas o de la pena, según el color con que se mire, pasando de largo del refugio de Lúculo, como una venganza del cartero por el rostro tan serio, cual blasfemo carretero, que exhibiera Lúculo el día de autos, cuando se dirigía con la valija por la empedrada calle adonde habitaba el olvido.
   Y tras descabelladas avanzadillas, noches sin entrañas y duros retortijones, yendo de aquí para allá y de capa caída, avizoraba Lúculo los veleidosos pálpitos de su fluir, cruzando callejas y calentamientos de cabeza, pasándolo mal durante los ronquidos del tiempo en la espera, no columbrándose en el horizonte un bote salvavidas o el vuelo de una gaviota, una estrella fugaz o alguna buena nueva, como no fuesen los negros presagios que discurrían por su mirada, ponderando que tal vez algún ladrón de atardeceres hubiese hecho una barrabasada robando las reconfortantes expectativas que paladeaba, comprometido como estaba con la niña de sus ojos, sustrayéndole la correspondencia de su buzón con no poco sigilo y el mayor de los descaros.
   Por lo demás, y pese a los esfuerzos que desplegaba en las horas más felices, se diría que no evocaba como era su empeño la efigie de la embrujada remitente, ya que con el paso del tiempo se había desdibujado un tanto en su memoria, mostrándose imprecisa, en tinieblas, aunque rumiara con el mayor entusiasmo todo cuanto contribuyese a su busca, convencido de que aquello no era una entelequia o gazapo en las páginas de su vida, o una carta de amor y desamor a un certamen literario, sino que respiraba aires de lozanía, de total verismo, recordando más tarde que la tal Isabel había nacido en Verona, aunque criada en Venecia (¡cuántos carnavalescos secretos dormirían en sus cuerdas gondoleras!) con unos tíos maternos, al quedar huérfana, y le cupo en suerte, por veleidades del destino, compartir aula en el máster que llevó a cabo como becario por la Universidad de Bolonia, habiendo sido todo como el sueño de una noche de verano.
    Las referencias que se iban desvelando no podían ser más halagüeñas, una vez atravesado el desierto, un tiempo tan cargante e inicuo desde los prístinos veneros, percatándose por fin Lúculo de que dicha joven de ojos de gata y dulces labios tenía voz y voto en su currículo, conforme a lo reseñado ut supra. 
Y lo corroboraba sobre todo, al rememorar las travesuras y cabriolas luminosas, el aura y el preciso deambular por los meandros y bulevares de antaño, aquilatándose la veracidad de su silueta y sonrisa, las pecas salteadas por el rostro y el lunar que lucía en la mejilla derecha con luz propia en noches de luna roja, no siendo un sueño travieso de un demente dominado por los encantamientos, o por los tejemanejes de un falsificador de iconos o monedas o rastros o rostros humanos, que se hiciese a la mar de doble vida, dejándose pasar por allegado suyo, afectado por alguna enfermedad extraña, como la talidomida, y anduviese pidiendo auxilio o indemnización por las secuelas, acaecida por la ingesta de la madre de las tristemente célebres tabletas durante el embarazo por prescripción facultativa.
   Y como suele sobrevenir de cuando en vez en las crecidas de los ríos u otras coyunturas, un día floreció la sorpresa, al recibir una carta que decía lo siguiente: “Estoy segura de que recibirás muchas cartas, y por ello he dudado a la hora de añadir una más a tu buzón. Pero desde que salí de prisión, donde he pasado los últimos años, cada vez me parece más importante que sepas lo mucho que han significado tus escritos para mí durante ese tiempo entre rejas. En la cárcel recibía pocas visitas. Las escasas horas de ocio de que disponía a la semana las pasaba en la biblioteca. Por desgracia, en la sala no había calefacción, pero la lectura me hacía entrar en calor. Ningún libro me ayudó tanto para afrontar el futuro y forjar una nueva vida al salir de aquí como, Rotos y descosidos. Tu obra me despertó las ganas de vivir. Sólo quería hacértelo saber y dar las gracias más sinceras por ello. Espero que coincidamos algún día en algún lugar y brindemos por la vida. Te deseo lo mejor en futuras aventuras publicitarias. Con afecto. Zuli.  
   Aquel suceso lo tumbó, no dando crédito a lo que leía. Pensaba que acaso fuese una coartada para implicarle en alguna sucia trapisonda, conminándole a extremar el control de entradas y salidas llevando una vida más ordenada y austera.
    De todos modos, Lúculo no era muy dado a trasnochar ni a frecuentar tumbas de famosos con ramilletes de flores o irse de jarana o ir a cualquier parte sin ton ni son, se podría constatar que fue marinero en tierra, no habiéndose mojado apenas el culo con  las olas, como no fuese cuando en cierta ocasión, atravesando la sala de operaciones donde intervenían a vida o muerte a un amigo herido tras un accidente, fue víctima de una descomposición repentina, y no pudiendo anclar la nave gastrointestinal a tiempo por el apretón, se vio obligado a apearse del caballo de batalla, y apoyar las posaderas en el frío inodoro cuando de repente se reventó la cisterna del baño pillándole de lleno la súbita borrasca, quedando el pobre totalmente empapado ¡Vaya si no!
   Llevaba algún tiempo Lúculo impelido por el grueso oleaje de alevosas fruslerías, con una comezón que lo engullía por momentos, no dejándolo ni a sol ni a sombra, estremeciéndose sobremanera cada vez que masticaba algún delicatessen. Y no daba pábulo a la fanfarria que escuchaba en las redes sociales a cerca de cariacontecidos montajes sobre los avatares y esotéricos devaneos de la núbil de sus sueños. Mas de la noche a la mañana, arrastrado por la obsesión, soñó que había recibido la carta a través de una paloma mensajera, siendo objeto de una lluvia de parabienes y ternuras, pese a ser todo el affaire ficticio, y no se explicaba, sorprendido, el revuelo que se había armado en esos instantes en derredor, toda vez que no venía a cuento, ya que ni él se presentaba a la reelección de ningún cargo político en la comunidad ni iba de incógnito por ser artista famoso, ni se declaraba a nadie por carta, y ni siquiera figuraba en la lista de regalos de papá Noel, lo cual daba mucho que pensar, enturbiándose las horas a la hora de enhebrar con sensatez un veredicto o dar pasos seguros, precisando cerciorarse de que no estuviese todo amañado o contaminado por una mano negra, porque ella le podía enviar una epístola con remitente falso, por si hubiese caído en desgracia en el ámbito familiar, laboral por algún desfalco o contrabando de estupefacientes, o que hubiese caído la misma carta en manos de los torturadores de Boko Haram o en las redes de la mafia más infame, enredándose en tan nauseabundo tráfico, manejando ríos de plata, no sabiéndose el quid de la cuestión ni quién es quién en tales circunstancias.
   Así que según pasaban y murmuraban los meses y las estaciones, cada vez se hacía más gigantesca la bola de las especulaciones, arreciando las mareas o el desmadre en un mar encrespado, que se subía a las barbas, ignorando el cúmulo de datos y reseñas acerca de los ojos de gata, circulando los más contrariados advenimientos por los circuitos del Sur, pese a no hurgar en su escote ni secreto escondite, al ir disfrazada tal vez de encantada sirenita por los puertos o puestos de mando de los narcos más eximios estando en cinta, y sin percatarse de ello por las citas a ciegas que le agenciaban en alta mar, no sabiendo a qué carta quedarse, pues puede que sin saberlo estuviese excavando su propia fosa.
   Lo que no casaba en demasía con la realidad eran las testificaciones del amigo sobre la joven, acerca de que andaba oculta o perdida durante largas temporadas, señalando que había ido unas veces por sorpresa a Miami no se sabe a qué, y otras, que se encontraba de gira artística, promocionando el último trabajo, emulando a los divos de la canción o a un perfume recién salido del horno, Ives Rocher, Lirios de los valles o Agua de cerezos, publicitándolo a los cuatro vientos por los emporios del ramo, volando con avezados pilotos (un aguerrido sexitano entre ellos) por los cielos de Dubái, Catar, Arabia Saudí…o por la vieja Europa, Florencia, Londres, París como embajadora cultural.
   De todas maneras cabe preguntarse al respecto, ¿seguirán en pie tan taciturnas ensoñaciones, o se hará la luz, restituyéndose la cordura y la verosimilitud por las alegres aguas de las góndolas vivenciales o venecianas?    
   Más tarde, volviendo en sí, contemplando lo que le sedujo, quiso Lúculo revivir las vibraciones y chisporroteo de los protagonistas de Verona, remedando tales roles y arrojo recorriendo los hitos y pósitos más notorios que dibujaron en los ardientes encuentros.
   Sin embargo las emociones le arrebataban las energías que le sustentaban en el viaje, y mustio, malhumorado y frustrado por las sangrantes adversidades y condicionamientos cayó en el nihilismo, en el caos. Lo que le llevó a replantearse el sentido del vivir, dándose una nueva oportunidad, y llegó a la conclusión de hacerse ermitaño, viviendo en el desierto, alimentándose de raíces y cortezas, y fue encontrándose poco apoco a sí mismo, asentado en la duna, en su propio espíritu, buceando en las vivificantes aguas de la felicidad.